La escondida
—Te encontré.
Trataba de meterse entre unos bidones que alguien usó para disolver restos de cuerpos. Se tapaba la boca, horrorizada, como si no fueran a encontrarla por su aroma.
Olía un poco a perra en celo, otro tanto a carne herida y al perfume importado que él le hacía usar.
Dios, estaba tan loco que tal vez la cortaría en pedazos para meterla en una maleta y llevársela, si resultaba necesario. Lo dijo. Riendo. Luego de golpearlos a todos, como advertencia, por si no la encontraban y las "palomas" llegaban.
—Por favor...—pidió, pero Ayato puso los ojos en blanco, negó con la cabeza y pasó sobre los desperdicios de ese túnel olvidado. No daba a ninguna parte, estaba sellado. Ella debió suponerlo.
Nadie escapaba de él. Nadie, ni Ayato, de habérselo propuesto. De querer irse.
—Está aquí, la encontré, a...Rize. Detengan la búsqueda. Con tacto. No quiero problemas —se comunicó Ayato con Hinami.
—Entendido —respondió Hina, con palpable alivio que compartían. El juego había acabado. Y casi nadie (importante) estaba herido.
Los ojos de su presa se pusieron mojados. Su vestido blanco ya se encontraba húmedo en agua estancada. Ayato se enojó. Seguramente lo mandarían a comprarle ropa. Justo a él.
—¿Tienes idea de lo que has hecho? El Aogiri anda con mejores cosas que hacer en vez de salir a buscar juguetes de sus miembros más importantes.
Era sistemático: Ese sujeto "jugaba" con ella, pues el tipo estaba enfermo, ni que Ayato pudiera hacer algo al respecto. Pero luego algo surgía, la dejaba atada o lo que sea y todos se iban por un tiempo. Cuando volvían, era "el" drama.
Y vaya. No era algo a lo que uno pudiera acostumbrarse.
—Por favor...ayúdame...Ayato...Él...él...—rogó ella, sacudiendo la cabeza. Sus cabellos fucsias le cubrían la mitad del rostro. ¿Estaban cayéndose? ¿O mal acomodados? No debían verse así.
Ayato casi no tenía más paciencia para el drama. La sujetó del brazo y la obligó a ponerse de pie, la miró con fijeza, buscando qué tanto más se había estropeado a sí misma.
Era tan irritante.
—Voy a devolverte...
—¡No! Por favor...Él me viola. Me obliga a matar para comer y a bañarnos los dos en sangre. Mientras que me viola...y después me muerde...me ata...y...y...
Ella lo hacía tan difícil siempre. No era como si pudiera elegir, Ayato no estaba en posición de negarle nada a aquel hombre que lo mandaba.
Tampoco era problema suyo. Y vamos, muchos ghouls se apareaban así, desde tiempos inmemoriales. ¿Ella se creía más refinada que las tradiciones?
—Si, si, si. Comida y sexo gratis, qué mal te lo pasas. Como si no fueras una hembra ghoul. Has vivido así durante meses, aunque te dejara ir, no te queda nada a lo cual volver, entiéndelo. Masacraron al viejo y los suyos, hasta a nuestro tío, no vale la pena afuera, no para ti —quiso razonar Ayato, sujetándole las muñecas con brusquedad. Ella forcejeó, lloraba todavía, intentaba darle lástima.
Ya era solo una sombra de la mujer fuerte que solía ser. Su peluca fucsia estaba corrida, dejando ver sus raíces azuladas, el labial rosado casi se le había ido por completo y su delineador violeta estaba aguado por las lágrimas.
Pronto ella dejó de tirar y rogar, frustrada, Ayato acercó una mano a su rostro. Trató de acomodar como pudo el maquillaje venido a menos, al menos borrar lo malogrado, pero no sabía cómo arreglarlo a ciencia cierta.
Diablos. Hasta Hinami hubiera sido de mayor ayuda. La nueva entendía mejor que...
—Por favor...nunca te he pedido nada...
—La respuesta es no. Mejor ponte buena para él. Así no va a pensar que te he pegado o algo así. Si no querías terminar como la perra de alguien, debiste ser más fuerte. Es culpa de papá por darte mal ejemplo y tuya por imitarlo. ¿Qué de los lentes? Maldita sea. Espero que no se hayan roto.
Ayato los encontró en el suelo, los limpió del fango en su propia túnica y obligó a Touka a ponérselos.
Ella finalmente los aceptó, sin dejar de hacer muecas y temblar. Ayato cerró una mano en torno a su muñeca y le indicó que caminara, lo cual su estúpida hermana (o lo que quedaba de ella) hizo con torpeza, retomando sus sollozos patéticos.
Por el Rey de un Solo Ojo, que no parecían emparentados para nada. Hinami no sabía lo que decía.
Aunque la idiota se lastimó las rodillas escapando, tal vez librándose de la silla donde usualmente era torturada, Ayato la obligó a caminar más y más rápido, hasta que llegaron a las habitaciones de...
—Kaneki...tengo a tu mujer. Otra vez... ¡Me debes un favor! —exclamó, golpeando con el puño la puerta de hierro hasta que el susodicho la abrió.
Tenía la máscara ensangrentada de Jason. Pero se la puso sobre la cabeza, coronada de cabello blanco, peinado con gel húmedo, pegado al cráneo. Su ojo estaba cubierto por el parche que Ayato ya conocía y detestaba. Llevaba un traje blanco que se mandó a hacer luego de comerse a Yamori.
—Si...Ayato...¿Trajiste a Rize? Bien...eso significa que esta vez no voy a medio matarte.
Touka rompió a llorar, Ayato la empujó contra el ghoul que tanto temía y al que obedecía a regañadientes. La soltó y se desligó.
Aún así, por la sonrisa enferma de Ken Kaneki, Ayato Kirishima supo que la verdadera Rize tenía más suerte que Touka al estar muerta.
—Todo estará bien, Rize. Ya nos conocemos. Te alimentarás, me alimentaré y si es necesario, te romperé las piernas para que no tengas la tentación de irte. Y si las corto, será más fácil follarte como te gusta...—escuchó Ayato que el nuevo Jason decía, antes de cerrar la puerta.
A una hembra ghoul normal le hubiese encantado estar ahí, pero Touka era egoísta. Touka no entendía, ella hubiera querido nacer humana, era una hipócrita. Ayato la escuchó gritar y llorar más fuerte que nunca.
Qué desperdicio, se dijo a sí mismo, absteniéndose de intervenir.
