Título: Bitterly sweet.
Personajes: Kai Chisaki/Overhaul, Eri.
Línea de tiempo: Semi-AU; Bad ending.
Advertencias: Disclaimer Boku no Hero Academia/My Hero Academia; los personajes no me pertenecen, créditos a Kōhei Horikoshi. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Semi-AU [Universo Alterno]. Situaciones exageradas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: M
Categoría: Dolor/Consuelo, Suspenso, Drama.
Nota de autora: No, no estoy bien. Espero no ir a la cárcel. PD: una Eri adolescente (15) para q no sea tan turbio (¿?)


Summary: Se cierra el telón y ella sólo puede esconderse bajo una sábana y dormir hasta que vuelvan a besarla para despertarla del sueño eterno.


—Qué molesta.

Ella no llora.

(Ella tiene sangre seca tras las pupilas.)

—Mocosa molesta.

Ella no canta.

(Ella ha perdido la voz gracias a unas tijeras.)

—Niña...

Ella está sola.

(Ella tiene grilletes en los tobillos y sus muñecas han sido cortadas hasta drenarle la última gota de su alma, así que ahora tiene ríos salados limpiando sus cicatrices y tras sus labios de cerezo invernal hay un recital de dulces, dulces, dulces palabras de dolor y odio y desprecio y—)

Kai la ve mantener el rostro impasible bajo su toque. Su largo pelo plateado esconde el cuerno demoníaco que yace orgulloso en su cabeza, indicando su salida del inframundo —y al único lugar en el que acabará su ser una vez pasen las cien estaciones que le quedan por danzar dentro de esa burbuja llamada mundo terrenal—, y creando una cortina para oscurecer las ya oscuras aureolas que antes eran de un rojo más rojo que la sangre que corre bajo la piel de ambos.

Aunque, claro, Kai sabe que ella no le pertenece. No de esa manera. No comparten nada más que el apellido —y el horror de ver lo que existe tras los armarios simbólicos de la sociedad y la asquerosa basura que nadie quiere limpiar porque, bueno, por qué molestarse con los chiquillos que en nada van a ayudarnos.

Kai puede sentir la piel helada de la niña que yace casi muerta bajo sus manos enguantadas en mentiras. Ella no se parece a una niña. No a la de sus recuerdos y es que— es que sólo han pasado días y semanas y meses y años y—

Eri es como una preciosa muñeca de colección; única en su especie. Carece de vida, carece de amor, carece de todo menos de belleza. Tiene maldiciones antiguas en los dedos y veneno en la lengua (cortada), y sonríe apenas, enseñando sus dientes que ya no son de leche y su expresión fría, fría, fría se torna tan caliente como el mismo infierno. Eri podría levantarse de su trono de huesos y polvo y dar un giro frente a la audiencia —frente a él— y hacer que su vestido de tul, gastado y roto, dance en el aire y flote maravilloso hasta que deje caer las mariposas negras que devorarán a quienes estén más cerca.

Ella es tan bonita. Muñequita perfecta con partes de porcelana y ropas a la medida.

Él quiere tenerla guardada por siempre en una caja de cristal, y ser el único que pueda jugar con ella (por la eternidad, cuidándola incluso en mitad del averno).

Sólo que la odia.

—Eri...

Eri no se mueve ni un poco. No cuando él se acerca a su lecho y se sienta a su lado, haciendo rechinar el colchón de su cama y ahuyenta la distancia al tocarla (con guantes limpios, siempre), al estirar la mano y sujetar el rostro en blanco de la niña ya no tan niña. Ella ni siquiera hace un sonido en cuanto él le gruñe que despierte.

Es un cadáver. Uno que sonríe cansado hacia el monstruo que la tiene aprisionada en una torre sin salida. Un monstruo al que ella no le ha visto la cara porque siempre trae una máscara que anuncia la peste y la muerte eterna en su mundo —en el de todos—. Y su sonrisa hueca combina bien con las palabras del hombre.

Él no la quiere.

Él la odia.

(Ella no sabe qué es odiar o amar.)

Oh, pero resulta que su captor puede quitarse el velo negro de la cara sólo para darle una expresión de odio y repetirle una y otra vez que no se queje, que no haga problemas. Y Eri obedece, porque es una niña buena y porque, tal vez, de esa manera se deshaga de las vendas ensangrentadas en sus brazos y piernas (y pueda tirar las sábanas manchadas de carmesí y quemar la ropa rota de su baúl de infinitos vestidos de pálido cielo invernal), o es que sólo está bien con tener a quien le toque sin que le haga tanto daño como las agujas de aquel lugar.

A Eri no me gustan esas agujas.

(Ella no sabe lo que es odiar.)

Pero resulta que le gustan los labios de Kai sobre su frente —sobre sus párpados, sobre sus mejillas, sobre su cuello y más abajo—, los dedos enguantados sobre sus dedos malditos, el sonido de su corazón haciendo eco por los recovecos de la oscura habitación llena de los más finos juguetes y las más preciosas prendas (y con el aroma más fuerte a putrefacción y la soledad más cruel que pueda haber en el universo). Los regalos esparcidos por el piso de cristal y la tela suave bajo sus rodillas, junto con un susurro amable y caricias blancas le dejan más adormecida de lo que ya está.

Pero, al menos, puede sentir cosquillas. Cosquillas aquí y allá; sobre los brazos, en el cuello, en las piernas y en el vientre. Le obligan a soltar una risa muda que es casicasicasi amarga, pero que sabe dulce y ácida como las fresas en su pastel favorito.

Recostada contra el ruidoso colchón, ve los ojos dorados de una serpiente volviendo a tentarla para comer más y más de un fruto envenenado y morir más pronto que cualquier hombre en la Tierra. Y Eri cede porque, en realidad, no busca nada más que morir, morir en serio puesto que ya no soporta ser despedazada y luego hecha de nuevo por las bestias que yacen tras las puertas de su cuarto sellado, aquellos que le hacen temblar sólo de recordarlos. Y entonces no solloza pero quiere hacer un sonido, quiere decir algo, lo que sea. Gritar.

Pero solamente puede suspirar.

—Asqueroso... Sucio... Repugnante...

Ella no le escucha. No escucha su voz cruel. Sólo el sonido de los labios de ese hombre besando su carne expuesta y también oye la piel de las manos ajenas rozarse y hacer a un lado los guantes benditos para poder poner las yemas de sus dedos sobre su piel, sin hacerle daño. Y eso se siente bien. Son caricias suaves y cálidas, cálidas como chocolate tras correr toda la mañana, suaves como algodón de azúcar de color rosa.

Simples roces que, antes de que lo note, se enredan entre los hilos de plata en su cabeza y se cierran sobre los músculos blandos de su regazo, jalando con fuerza su pelo desaliñado y rompiendo pequeños vasos sanguíneos bajo su tierna piel hasta dejar acuarelas moradas y rojas— heridas preciosas que pronto serán adoradas por esos mismos labios que la insultan una y otra vez y contradicen cada acción que toma el hombre que le recuerda a una serpiente pecadora. Él, que le limpia las lágrimas con su lengua filosa y la despoja con un cuidado antinatural de su vestido viejo y enfermizo, y que le pregunta una vez y sólo una vez:

—¿Vas a dejar de llorar ahora?

Empero, es como si olvidara que Eri ya no llora desde hace tiempo. Así que aunque le conteste, no habrá diferencia, por eso la niña queda en silencio y espera, con paciencia, a que los dedos que le han hecho daño y le han consolado con dulzura sinsentido pronto vayan hacia su interior, hacia los lugares más profundos que ni siquiera ella es capaz de alcanzar. Y siente, siente, siente calor y frío y todo su ser se retuerce pero ella se aferra sin querer a las ropas oscuras de su enemigo y le suplica, sin palabra alguna, que se detenga pero que no lo haga.

Eri es tan contradictoria como Kai.

Pero Kai no es más que un bastardo que sonríe enseñando sus colmillos y le brillan las pupilas, como perlas negras en mitad de un océano, y se yergue sobre la niña abandonada y la escucha y ve retorcerse una y otra y otra vez solo con su toque. Eri no grita pero su cuerpo siempre le dice todo —incluso cuando la hace pedazos y la debe reconstruir en menos de de un segundo o podría perderla y esa idea es—, tan desagradable es su imagen pero tan adictiva también. Por poco es completamente similar a las drogas que no ingiere pero que ha visto a las personas enloquecer por ellas y, por un momento, puede comprender algo de ello. No cree poder seguir viviendo sin ver algo como esto.

Aunque también preferiría sólo hacerla polvo por siempre (y dejarla volar eternamente por el viento).

Él continúa tocándola. Ella grita en silencio. Él tiene una de sus peligrosas manos sobre el corazón infantil que late presuroso bajo el pecho femenino, dando golpeteos fuertes —boomboomboom— al mismo ritmo en que el interior de ella se contrae dulcemente —boomboomboom— una y otra vez y sus fluidos manchan las sábanas y la piel ajena. Y no se detiene y él tampoco lo hace; cierra su mano sobre la yugular de la pequeña muñeca y aprieta, aprieta, aprieta y la siente luchar.

Pero su lucha es tan débil que duda de que en serio esté esperando librar su vida. O es que él no está apretando lo suficientemente fuerte.

(O tal vez es ambas cosas.)

—Sucio... Sucio... Sucio...

Y muerde y besa sus mejillas y la toca y la quiere hasta que— hasta que la niña-muñeca pierde todas sus fuerzas y apenas respira, se mantiene recostada con todos y cada uno de sus músculos relajados y mucha, mucha viscosidad allí entre sus piernas. Los jadeos de ambos llenan la habitación que se ha calentado como el mismísimo infierno (el que les espera a ambos) mientras el desagradable aroma a feromonas se vuelve adormecedor y obliga a Kai a quitarse su propio traje y dejar que ella también lo toque tanto como se le antoje.

Pero Eri tiene miedo. Ella sólo conoce el miedo.

Miedo de hacerlo desaparecer a él también.

Así que Kai le ata las muñecas con las vendas y continúa dejando cardenales sobre la piel mancillada hasta saciarse de su sangre, sus lágrimas y toda ella. No la besa en los labios pero la deja besarlo a él. Enreda de nuevo sus dedos en ese desaliñado pelo plateado y se corta los nudillos con el cuerno. El alma podrida de la niña los envuelve a ambos y Kai podría gruñirle como una bestia furiosa, pero prefiere sólo esconder un gemido en el interior de su pecho y enterrar sus uñas en las caderas ensanchadas de la pequeña señorita, mientras se hunde en ella con una facilidad abrumadora.

Es caliente.

Caliente como fuego. Ella quema como lava.

(«Ambos arderán por siempre»)

Kai sopla en su oído y Eri no llora, pero hace un sonido vago y distante y tal vez puede escucharla hablar otra vez.

Pero ella tampoco habla. Ha dejado de hacerlo hace tanto tiempo porque Kai le había dicho que su voz era molesta.

Sólo que Kai es un maldito mentiroso.

Tan mentiroso que la abraza y se mueve sólo cuando ella lo hace. No busca sus manos ni la consuela, pero cuida que no sangre a menos que se trate de sus dedos buscando dañarla inconscientemente, como aún rebuscando cosas que nadie sería capaz de descifrar. Y a Eri no le importa porque, mientras escucha el sonido del colchón, la respiración y la piel deslizándose de una manera tan obscena pero adictiva, lo único que debería saber es que lo valioso en su ser es la maldición que lleva bajo sus huellas y entre sus venas rotas y el núcleo en su pecho que no le deja descansar en las noches de absoluto y desesperante silencio y soledad (corazón traidor, maldito, maldito traidor).

A Eri no le gusta la soledad.

Le gusta la calidez.

Le gusta el calor en su vientre —el que deja Kai y luego se aparta de ella y murmura cosas ininteligibles (lo siento lo siento lo siento) cuando dice que se irá pero no se aleja— y le gusta el agua tibia. A Eri le gustan los besos en la frente y las caricias en sus tobillos y muñecas. También le gustan las sábanas nuevas y la manta que la cubre antes de quedarse dormida—

Y luego despertar sola en la oscuridad, de nuevo.

No le gustan los finales.

Se cierra el telón y ella sólo puede esconderse bajo una sábana y dormir hasta que vuelvan a besarla para despertarla del sueño eterno.

Y Kai quema sus guantes y las sábanas sucias, prometiendo no volver allá nunca más.

Pero él sólo sabe contradecirse y ella sólo sabe de las cosas que no le gustan.


¿fin?