FANFIC LA BELLA Y LA BESTIA – UNA MALA NOCHE

La noche caía sobre las afiladas cúspides de las torres del castillo, tiñendo de negro y azul oscuro las cortinas, los pasillos, los salones, las esculturas y los demás ornamentos y rincones, que habían sido rojos y anaranjados durante la puesta del sol. El único resquicio de luz que quedaba lo proporcionaba el fuego de la chimenea, donde unas horas antes, Bella había desinfectado las heridas del amo del castillo, Bestia, a pesar de los gruñidos de este. El brazo de Bestia estaba lleno de arañazos y rasguños, que por suerte, ya no sangraban, pero que podían ser un problema si no se curaban a tiempo, y Bella lo sabía. A menudo, cuando su padre volvía de alguno de sus viajes, traía también algún "recuerdo" de alguna rama o de alguna fiera del bosque, así que la joven estaba versada en primeros auxilios. Sin embargo, no podía evitar sentirse culpable, pues, si ella no hubiera roto el pacto que había hecho con la Bestia al escaparse, no habría sido perseguida por aquellos salvajes lobos, sedientos de sangre, y el señor del castillo no habría padecido aquellas terribles lesiones para salvarla. Una pregunta le atenazaba constantemente el pecho: ¿se habría sacrificado la Bestia simplemente por devolverla a su prisión, y salvaguardar el trato con el que le había entregado su vida, o verdaderamente se había preocupado por su bienestar? Una calurosa sonrisa subía a sus mejillas al pensar, quizá estúpidamente, que se trataba de lo segundo.

Desde que era una niña, Bella había sido aficionada a las novelas de aventuras, especialmente si incluían algún romance. Cuando se mudaron desde París, la capital donde nació, a Villeneuve, la aldea en la que había vivido casi toda su vida, su padre trajo consigo –entre otras muchas cosas– baúles llenos de libros a los que tanto él como su madre eran muy aficionados. Bella recordaba los títulos y sus autores casi como si los tuviera delante: el prohibido amor entre el caballero Lanzarote y su reina en El caballero de la carreta, las hazañas de Carlomagno y del valeroso Roldán en su Cantar, los dulcísimos versos de Guilhem de Poitiers a sus amantes, las divertidas y ácidas novelas de Rabelais, las dramáticas tragedias de Corneille, que solían hacerla llorar casi tanto como las de Shakespeare, las estupideces que reflejaba Molière en sus comedias, y sus favoritas, las Cartas persas de Montesquieu, que contaban la travesía de un viajero por otros países. Los libros habían sido, no solo la única conexión que tenía con su madre, sino también la única forma de acceder a otros lugares del mundo y de la historia sin moverse de su silla. A veces, de hecho, había envidiado a su padre cuando marchaba a ferias y mercados de inventos, pues también a ella le habría gustado poder acompañarlo y descubrir con sus propios ojos todo lo que el mundo podía ofrecerle. El mejor regalo que su padre le hacía después de cada viaje, además de su regreso sano y salvo, eran las historias que contaba, pues Bella veía así el mundo a través de sus ojos.

Puesto que sus experiencias vitales eran fundamentalmente literarias, a Bella le gustaba recrearse en lo poético de su entorno, y dejar volar su imaginación. De hecho, a pesar de lo mucho que extrañaba a su padre, su propia existencia se había convertido en una aventura novelesca desde que había entrado en aquel castillo oculto en el bosque, que estaba casi al cien por cien segura de que estaba hechizado. Si no, ¿cómo se explicaba que hubiera permanecido desconocido a todos los habitantes de la aldea, aunque estuviera situado a escasos kilómetros de ella? Y, ¿qué otra explicación había para todos los cachivaches parlantes que había conocido en él? ¿Por qué se mostraban todos ellos tan temerosos, y a la vez, tan afectuosos con el extraño dueño del castillo: una criatura de voz humana, oscuro atuendo y aspecto animal que guardaba una rosa resplandeciente en una campana de cristal y que la había salvado de una muerte segura?

Todos estos pensamientos rondaban por su cabeza mientras daba vueltas y más vueltas en la cama, que dicho sea de paso, era la más cómoda que había probado nunca. Su padre y ella siempre habían dormido en colchones de heno, puesto que eran los más asequibles, pero en el castillo, a pesar de que los muebles estaban polvorientos y poco usados, eran lujosos y de muy alta calidad: sin ir más lejos, su propio colchón era de pluma de ganso. Cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño por enésima vez, y abrazó uno de los numerosos almohadones que la rodeaban: la imagen de los lobos, con sus alargados rostros famélicos, y sus colmillos punzantes, se le volvía a aparecer. Podía sentir su pelaje gris erizarse por el frío y por el olor de su presa, veía sus lenguas de nuevo, sus poderosas dentaduras dispuestas a abalanzarse sobre su carne…

- ¡El té de las nueve, querida!

La tierna voz de la señora Potts, por fortuna, interrumpió las terribles escenas que se negaban a abandonar su mente.

La señora Potts, a pesar de ser una tetera parlante, era lo más parecido a una madre que Bella había tenido jamás. Era la encargada de las cocinas del castillo, y se había preocupado por ella desde que la conoció, agasajándola constantemente con infusiones relajantes de tila y manzanilla, potentes mezclas hindúes con canela y jengibre, o el dulce y clásico té de China aderezado con pétalos de cerezo, siempre acompañados de su ración de galletas y pasteles caseros. De hecho, solo con un vistazo a la cara de Bella le bastó a la amable cocinera para comprender que necesitaba la bebida más calmante que tuviera.

- Demasiadas aventuras por hoy, ¿verdad, mi niña? – le dijo la señora Potts, mientras le servía una taza de melisa con valeriana.

- Algo así – asintió Bella, mientras sorbía con cuidado el líquido –. Hoy es una de esas noches en que no apagaría la vela antes de dormir, y dejaría las riendas de Philippe atadas junto a mi ventana, por si acaso – dijo mientras se acariciaba la muñeca.

La señora Potts soltó una carcajada: - ¡Difícilmente podremos atar al pobre Philippe al torreón, o al menos, él no estaría muy de acuerdo!

Bella también rio ante la ocurrencia, imaginando a su adorado caballo colgando del balcón, montando guardia toda la noche.

- Y, ¿qué es eso que tienes ahí, chiquilla? – preguntó la tetera con perspicacia.

Bella trató de ocultarlo con la manga, pero la señora Potts ya había visto aquella reliquia a la que se aferraba cuando venían tiempos difíciles. Bella se sonrojó:

- Esto… No es nada. En realidad… Bueno, se lo diré. Este es el cordón que solía llevar mi madre para ceñirse los vestidos, lo suelo llevar siempre guardado en mi bota, porque así siento como si ella me acompañase. Pero cuando algo va mal, y necesito un abrazo, lo ato a mi muñeca, como un brazalete, y lo pongo contra mi pecho. Así, esté donde esté mi madre, sé que una parte de ella está conmigo.

En ese momento Chip, la tacita, saltó del carrito de té y botó hasta posarse en el regazo de Bella. En su interior llevaba unas cuantas onzas del más fino cacao.

¡Oh, Chip! – exclamó Bella - ¿Esto es para mí?

¡Pues claro! – sonrió la tacita – Mi mamá y yo no podemos dar abrazos, pero el chocolate es lo más parecido que hay en el mundo.

Bella besó el asa de Chip, y cogió el chocolate que le ofrecía con cuidado. Tanto él, como la tetera y el resto de ayudantes del castillo, sabían hacer que se sintiera como en casa y levantarle los ánimos. La joven saboreó despacio cada trocito, y se relamió los dedos al terminar.

No sé cómo agradeceros todo lo que hacéis por mí – dijo con una sonrisa, y lágrimas en los ojos – La verdad es que… No me lo merezco.

¡Tonterías! Todo lo que hacemos por usted, lo hacemos con gusto – le respondió la señora Potts, también sonriente – Hacía que no veíamos a otro humano desde… ¡O sea, quiero decir, a un humano! ¡A cualquier humano! ¡Olvide lo que he dicho!

Y se fue a toda velocidad en su carrito por la puerta del dormitorio.

Bella bajó la mirada, y se encontró a Chip observándola.

¿Qué te ocurre, chiquitín? - le preguntó - ¿No deberías ir con tu madre?

La tacita hizo un puchero: - Es que hoy he pasado mucho miedo por ti, Bella. No quiero que te vayas nunca de este castillo. Eres la primera amiga que tengo.

Bella sonrió dulcemente y cogió a Chip entre sus manos:

Lo sé, Chip. Sé que todos habéis pasado miedo por mí, y lo siento mucho. Yo también me he asustado. Por suerte, o por el motivo que sea, Bestia ha acudido a tiempo. No sé por qué lo ha hecho, pero lo ha hecho, así que ya estamos juntos otra vez – Bella apretó la porcelana de la tacita contra su mejilla, suavemente.

¿De verdad no sabes por qué lo ha hecho? – le respondió Chip, de nuevo en el suelo, dirigiéndose a saltitos hacia la puerta.

Pues no, no lo sé, ¿tú sí? – contestó Bella. Chip se rió.

Mamá dice que los niños no entendemos muchas cosas, ¡pero los mayores tampoco! – dicho esto salió del dormitorio, pero antes, se asomó – Bestia parece malo porque es grande y fuerte, pero tú también eres la primera amiga que tiene. Además, ¡él no es una taza, así que sí puede dar abrazos!

La última palabra resonó entre las paredes de su cuarto, dejando pensativa a Bella.

El reloj de pared –que afortunadamente, no hablaba– dio las diez, las once, las doce de la noche, y Bella no podía dormirse. Había pensado en volver a curiosear por el ala oeste, pero después de su enfrentamiento con la Bestia, quizá no era la mejor idea. ¿Cómo estaría él? ¿Estaría también pensando en ella? No, imposible. Eso eran fantasías románticas. Seguro que llevaba ya horas durmiendo plácidamente. De todas formas, ¿qué hacía ella preocupándose por él? Al fin y al cabo, solo era una Bestia: un monstruo, un animal, una criatura de cuerpo peludo, colmillos y cuernos, que casualmente la había defendido aquella noche. ¿Lo era? ¿Era un monstruo? No, eso no era posible. Un monstruo jamás habría movido un dedo por ella, aunque solo fuera por conservarla como su prisionera. Además… Estaba ese cuadro, ese bello retrato destrozado que había descubierto en el ala oeste. Mostraba a un muchacho –¿otro antiguo prisionero, quizá? – de melena dorada y porte regio, ojos severos pero dulces, y azules, muy azules… ¿Como los de Bestia? Bella no conseguía recordarlo. «Bueno, puesto que esta noche no voy a dormir, podría levantarme y comprobar si está bien, o necesita algo» - pensó - «Bah, seguro que me gritará y me mandará de vuelta a mi cuarto, o pensará que soy una estúpida por preocuparme por él. ¿Me estoy preocupando por él? ¿Pero qué estoy haciendo?». Y, sin que fuera capaz de pararlos, sus pies descalzos la guiaron fuera de la cama y del dormitorio, a través de los pasillos, en busca de la Bestia.

La frialdad de mármol electrizaba su cuerpo al contactar con las plantas de sus pies, y al ver el reflejo de sus cabellos despeinados sobre él, se preguntó si Bestia no huiría de ella, pensando que era un fantasma. «El fantasma del castillo encantado, es una buena idea para una novela» - sonrió Bella - «Ojalá pudiera decírsela al señor Walpole, el amigo de papá. Sabría qué hacer con ella». Perdida de nuevo en sus pensamientos, la muchacha llegó sigilosamente hasta el salón que creía vacío. Sin embargo, podía ver la raída capa roja de Bestia cubriendo su brazo herido, apoyado en el sillón frente al fuego. «¿Qué hará despierto a estas horas?» - se preguntó Bella - «Bueno, lo mismo podría preguntarme él a mí». Su camisón azul se deslizó sobre el atizador de la chimenea, que estaba apoyado junto a la puerta del salón, y lo hizo caer al suelo. Bella pensó en salir corriendo, pero Bestia gruñó por toda respuesta:

Din-Don, te he dicho que no tengo sueño. No me molestes más.

Es que… No soy Din-Don – susurró Bella.

La Bestia se giró de golpe al oír aquella voz femenina.

¡Bella! – exclamó, cubriéndose casi instintivamente la herida del brazo - ¿Qué… qué haces aquí?

Podría preguntaros lo mismo – respondió la joven, acercándose poco a poco.

Por favor, nada de "vos" ni de "usted", ni de "señor", ni de "amo" ... Estoy harto de tantas formalidades. Todos me tratan aquí como si me tuvieran miedo – Bestia agachó la cabeza con resignación, pero Bella puso la mano en su mejilla:

Quizá es porque no nos has dejado conocerte.

Bestia hizo una mueca con los labios, y frunció el ceño: - Puede que tengas razón.

Bella cruzó las piernas y se sentó en la alfombra, al lado del sillón de Bestia. Los dos contemplaron el fuego en silencio.

Quería preguntarte una cosa – susurró Bella, sin dejar de mirar las llamas. No se atrevía a admitir su curiosidad mirando a Bestia a los ojos.

Adelante – respondió él – Tienes casi toda la noche para ello.

Bella tragó saliva, armándose de valor:

¿Qué hacías en el bosque? Quiero decir… ¿Cómo es que viniste a salvarme de los lobos? Me habías… Bueno, me habías echado del castillo unos minutos antes.

Bestia continuó mirando la chimenea, pensativo.

No sé si puedo contestar a tu pregunta con otra pregunta, pero voy a hacerlo. Esta pregunta me la hago desde que llegaste al castillo. ¿Por qué saliste de casa en busca de tu padre? ¿Por qué te adentraste en un bosque desconocido, en un castillo desconocido, y cambiaste su vida por la tuya?

Bella lo miró: - Porque era lo correcto. Era lo que había que hacer. Lo que tenía que hacer.

Bestia le devolvió la mirada: - Entonces tú misma has respondido a tu pregunta.

Bella, sin embargo, no estaba dispuesta a darse por vencida tan fácilmente.

Pero tú… Tú me tomaste prisionera aquel día.

Porque tú me lo pediste.

Bueno, porque tú apresaste a mi padre.

Ya, pero… Pero… ¡Tu padre curioseó por donde no debía!

¡Y yo también, y aun así, me salvaste!

¡Porque no podía dejar de hacerlo! ¡Habría muerto por dentro!

Bella observó su gesto, tratando de adivinar si decía la verdad. Sus ojos eran, efectivamente, azules, como los de aquel retrato. Bella se concentró en una de sus pupilas, y después, en la otra. Sus ojos eran profundos, tristes, apasionados, dulces: humanos, demasiado humanos. ¿Cómo podría una bestia tener aquellos ojos?

La chica sonrió para sus adentros. Bestia vio su sonrisa:

¿Y qué es lo que te hace tanta gracia ahora?

Nada… - Bella siguió riendo – Es que no sé si alguna vez seremos capaces de conversar sin acabar discutiendo.

Bestia aceptó el desafío: - Te demostraré que sí. Verás, mañana, cuando haya pasado la tormenta, saldremos al jardín a hacer ángeles de nieve y a alimentar a los animales. Después, desayunaremos chocolate caliente, y si quieres, incluso leeremos un libro juntos. Te prometo que no te discutiré nada.

Bella alzó una ceja socarronamente: - ¿Seguro que serás capaz?

Bestia asintió con energía: - Sin ninguna duda.

Bella exclamó: - ¡Trato hecho, entonces! – y le tendió la mano para sellar el pacto, pero vio su brazo vendado, y se disculpó inmediatamente. Bestia le sonrió con ternura.

No te preocupes. Gracias a tus cuidados, mañana ya no habrá ninguna herida.

Discúlpame, de veras – pidió perdón de nuevo Bella – Lo había olvidado por completo, qué insensible por mi parte. Voy a traerte pomada, o alguna infusión…

Eh – le dijo Bestia, agarrando su mano para que volviera a sentarse – Todo está bien. No te preocupes por nada. Pero…

¿Pero? – le preguntó Bella, dispuesta a levantarse en cualquier momento para traer lo que Bestia necesitara.

Si no es mucha molestia… Bueno, si no es inconveniente… No sé cómo pedir esto… - balbuceó Bestia, rascándose la cabeza. Bella pudo ver un ligero rubor en sus mejillas – En fin… Bueno, que si… A ver si lo digo…

Bella lo miró a los ojos, y cogió su mano. Él, asombrado, la miró también:

Lo sé. Yo tampoco puedo dormir esta noche. Dormiremos aquí junto al fuego, si es lo que quieres.

Es lo que trataba de pedirte – asintió Bestia, deslizándose hacia la alfombra, y tumbándose justo al lado de Bella, que apoyó su cabeza sobre el cálido pecho de la criatura. Su corazón latía rápido, como el batir de las alas de un colibrí.

No puedo creer que un tipo tan grande y fuerte como tú tuviera miedo. Pensaba que ya conocías a esos lobos – susurró Bella.

Y lo hacía. No me asustaron ellos. Me asustó la posibilidad de perderte por mi culpa. Eres muy importante para mí, Bella.

La chica no podía creer lo que estaba oyendo.

Bueno, fui yo la que se escapó. No fue culpa tuya.

Te escapaste porque yo perdí el control, lo sé. Y lo siento.

Bella sonrió, y cogió la zarpa de Bestia. Su respiración era cada vez más pausada.

No pasa nada. Me salvaste la vida. Está todo perdonado.

Jamás dejaría que te ocurriese nada malo, Bella. Para mí… Eres mucho más que una prisionera…

«Prisionera…», «Prisionera…». Bella se sumió en un profundo sueño, guiado por la voz de Bestia. Vagaba entre el sueño y la vigilia, y se veía a sí misma en camisón, rodeada de lobos de nuevo, helada de frío, llena de heridas sangrantes.

«Por favor… Ayuda… Que alguien me ayude…» - murmuraba en sueños. Pero nadie aparecía. Bella estaba cada vez más asustada, su corazón se aceleraba, su cuerpo se estremecía, defendiéndose de un peligro imaginario.

«¡Por favor, que alguien me ayude!» - pero solo le respondía su propio eco. Bestia no aparecía esta vez. Nadie acudía a salvarla. Sus gritos se disolvían entre la nieve. Estaba acabada.

¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Basta! – gritó, despertando de golpe. Estaba cubierta de sudor, y respirando a toda velocidad, como si le faltara el aire - ¡Bestia!

Estoy aquí, Bella – respondió él, estrechándola contra sí – Estoy aquí. Ya está. Ya ha pasado. Solo era un mal sueño.

¡Pero los lobos, y tú, no estabas…! ¡Y yo, yo…! – exclamaba ella, con los ojos cerrados. Él volvió a abrazarla.

Estoy aquí. Siempre voy a estar aquí.

FIN