Bleach pertenece a Tite Kubo.
«El primer acontecimiento que me produjo una terrible impresión y que aún ahora sigue grabado en mi mente, es al propio tiempo uno de los primeros sucesos de mi vida que puedo recordar». —Carmilla, Sheridan Le Fanu.
Gárgola
Me aferré tan fuerte como pude y, aun así, no hubo manera de que me mantuviese en pie; el hambre y el cansancio pudieron contra mí. El viento se hizo tan violento que desparramó todo mi cabello hacia distintos lados de mi rostro. A lo largo de todos estos días mi cuerpo ha ido en decadencia; me faltan las fuerzas que tenía al principio, necesito alimentos para poder reponerme. Sin embargo, me mantengo firme en lo que anhelo, que no es otra cosa más que sobrevivir.
Me levanto y camino hasta el arroyo de agua clara que hay en este bosque denso y oscuro. Al final llego a rastras, pero llego. Caigo en la orilla y zambullo mi cara en el agua; la frescura y vitalidad me llenan un poco mientras absorbo cada gota de esta agua que está tan sabrosa.
Finalmente, saciada mi sed me quedo un poco más, ahí sobre pasto verde, con los brazos extendidos hacia ambos lados, y me pregunto: ¿cuánto más tendré que seguir así? ¿Qué falta para que esto se acabe? Coloco un brazo sobre mi rostro y el agotamiento me vence, las piernas me duelen de tanto correr, los ojos me pesan de no dormir, y pronto empiezo a ceder al inconfundible sueño.
Cuando abro los ojos y despierto, una mariposa que revoloteaba por el lugar decidió que mi nariz era un buen sitio para descansar o aterrizar. Me fastidia. La espanto con mi mano derecha y ésta se quita de mi nariz para posarse sobre mi cabeza. Es negra, pero también tiene sobre los costados de sus alas el inconfundible color rojo. De pronto, llega a mí una horrible imagen; una masacre de la cual huyo y no quiero recordar, pero que sin importar cuánto lo desee, no puedo borrar.
Harta de esto, me levanto, le ofrezco un dedo a la mariposa y ésta cede posándose en él, luego alzo mi mano y la invito a volar. Como si lo hubiese estado pensando, al poco tiempo decide salir batiendo sus alas y perderse en el bosque.
Estoy sucia y huelo mal. Me empiezo a quitar la ropa que está toda mugrienta y maltratada. Alguna vez fue suave y olía maravilloso, pero ahora solo lleva impregnado el olor de la muerte y los recuerdos más horrorosos que alguien ha podido tener.
Completamente desnuda me lanzo al agua, como si de alguna forma me limpiara no solo la suciedad, sino también las heridas. Además, al menos la frescura del agua logra hacerme sentir mejor y con un poco más de vitalidad.
Me salgo un momento y tomo mi ropa; un vestido azul y mi ropa interior. Empiezo a restregar la mugre, y aunque no ha quedado de lo mejor, al menos se ve mucho más presentable y menos deprimente. Lejos ha quedado el olor a detergente y suavizante.
Huele a agua y tierra, a inmundicia y miedo. A esa tenebrosa y asqueante sensación que te cala hasta los huesos y así quebrarte junto con ellos.
Extiendo las prendas sobre unas ramas bajas de un árbol, espero un rato hasta que se sequen y aunque hace un frío enorme, me siento bien.
Horas han pasado y la ropa está seca en su totalidad, me la coloco y camino por el lugar en busca de alguna fruta o algo que pueda comer.
Bichos zumban a mi alrededor y me pican, dejándome con marcas rojas que me causan comezón. Ramas me arañan las piernas y mis pies tropiezan con piedras, haciéndolos sangrar.
No me detengo hasta que escucho un ruido proveniente de un árbol. Miro a mi alrededor hasta que doy con lo que parece una madriguera. Sí, efectivamente lo es.
Con mucho cuidado me acerco, cuando llego lo suficientemente cerca para observar qué hay dentro doy con lo que ha llamado mi atención y resulta ser un hermoso animal el que se asoma; es un conejo blanco. O coneja, quién sabe.
Mi estómago de inmediato procesa lo que mi cerebro reconoce y mis sentimientos desean negar; que debo comer mi animal favorito para sobrevivir.
Sonrío con amargura e ironía ante su aparición, y de pronto éste huye perdiéndose en la inmensidad del lugar.
Es lo mejor, porque, aunque tal vez hubiese tenido que cazarlo y comerlo, dudo que lo atrapara con esa gran velocidad que tenía, lo cual me habría dejado más exhausta y hambrienta de lo que ya estoy.
Sigo dando vueltas, no hallo nada, mi estómago gruñe con desesperación exigiendo ser alimentado.
Cansada y frustrada me dejo caer por el tronco de un árbol, cierro los ojos y a mi mente llegan todo tipo de alimentos. Puedo olerlos e incluso saborearlos. Abro los ojos de golpe y agudizo mi olfato. Algo dulce huele en el aire. Volteo hacia mi derecha, y más que sorpresivo es una maravillosa suerte; un árbol de frutas. Parecen bayas o ciruelas. Son de un color vinotinto y otras tan rojas como las manzanas. Huelen riquísimo. Pero, ¿serán comestibles? A la mierda, de todas formas, puedo morir de hambre así que me arriesgaré.
Pruebo la primera que arranco y sabe a gloria: es jugosa y dulce. Enseguida arranco tantas que como hasta hartarme. Finalmente, saciada, empiezo a desprender otras para comer más tarde cuando el hambre vuelva. Las junto todas hasta ponerlas en mi vestido.
Camino hasta el arroyo y busco algún lugar donde pernoctar durante la noche. Me fijo en unas ramas caídas que forman un pequeño agujero y está decidido, ahí pasaré la noche.
Solo la luz de la luna llena me salva de una total oscuridad. Ranas croan, mosquitos zumban y otros cientos de sonidos se escuchan en derredor. Mi corazón late con regularidad, hasta que un alarido resuena en medio del bosque y se escucha con estruendo por cada rincón.
Me abrazo a mí misma rodeando mis piernas con los brazos, siento que algo malo se acerca. Una gelidez inicua se impregna en el lugar, cualquier sonido se detiene y mi mente se hace un mar de horrores a la expectativa de lo que sea.
La presión macabra se manifiesta en el aire, el corazón me retumba en el pecho y los oídos, mientras que las manos me tiemblan. Termino cerrando los ojos bajo la fuerte sensación de temor y angustia que me superan.
El tiempo corre; no sé cuánto realmente, pueden haber sido segundos, minutos, o tal vez horas.
Inhalo una bocanada de aire y la exhalo por la nariz, en cuanto abro los ojos hay una criatura horrible enfrente de mí y me susurra:
—No puedes escapar, el miedo se inyectará en ti como espinas ponzoñosas.
«—Esta noche —dijo— la luna está llena de influjos magnéticos. Mirad cómo brillan las ventanas con un resplandor plateado, como si unas manos invisibles hubieran iluminado las estancias para recibir huéspedes espectrales». —Carmilla, Sheridan Le Fanu.
NOTA
Estoy releyendo Bleach, así que imagino que pronto me vendrán ideas para escribir sobre temas más claros en cuanto a su trama y sobre lo que mayormente desarrollo para este fandom, pero no quería pasar la oportunidad de volver a dejar esta historia.
Feliz Halloween.
