Pareja: Guido Mista x Giorno Giovanna

Temática: Comedia | Ligero romance | Mudad

Universo: Alternativo | Escolar | Preparatoria


DELUSIONE

Mista se tiró sobre la cama para checar las notificaciones que saltaron en la pantalla del celular. Había terminado de resolver los ejercicios de tarea y lo que restaba era esperar que Giorno los revisara; sin embargo, el susodicho salió hacia la cocina con la intención de preparar algunos bocadillos para que el hambre no redujera la concentración.

Mista tenía un importante examen de recuperación en un par de días y Giorno se ofreció a ayudarlo con ello. Lo gracioso del asunto era que Mista pertenecía a un curso superior, aunque eso era lo de menos, Giorno era brillante, un verdadero genio. Además de asombroso, osado, intrépido, inteligente, calculador y misterioso. Podría mencionar más de sus cualidades, pero se veía incapaz de contarlas todas.

Al inicio no entendió por qué su corazón se aceleraba cada que compartían una habitación. Solos. Tuvo su proceso de negación y redescubrimiento; al final, con un golpecito de su amigo Fugo, concluyó que estaba perdido por Giorno Giovanna. El chico le coqueteaba de forma agresiva, cerrando el espacio entre ambos, mostrándose calmado la mayor parte del tiempo, generando el contacto físico que Mista no lograba iniciar ni consumar. Deseaba tener algo de iniciativa, pero no sabía cómo. Siempre era el otro quien lo sorprendía. No obstante, aprovecharía ese día que se había plantado frente a la puerta de su casa, atreviéndose a aceptar el ofrecimiento que el otro le había hecho sobre ayudarlo con sus estudios.

—Bien —mencionó en tono bajo. Dejó de lado el celular y se levantó de la cama con un brinco.

Era hora de hacer su movimiento. Le demostraría a Giorno que él también tenía la capacidad de ser ardiente, pasional y lo que le seguía a eso.

Salió del cuarto y bajó las escaleras. No estaba muy familiarizado con la casa de su conquista, era muy grande y apenas su segunda vez ahí. Supuso que tendría que explorar un poco.

No transcurrió mucho tiempo hasta que logró divisar una cabellera rubia por encima de un sofá alto, parecía sacado de una película de vampiros.

Se acercó por la espalda a paso de gato, lento y silencioso. Cuando estuvo justo detrás escuchó el característico crujido que resultaba de morder una galleta; pensar que ya estaba botaneando sin él... Lo pasaría por alto.

Acarició sus cabellos con una mano, luego la bajó por uno de los hombros y continuó hacia el brazo, con un tacto delicado, pero deseoso a la vez.

—Oi, Giorno. ¿Consideras educado dejar sola a tu visita? Parece que tendré que darte una lección —dijo con un tono sugerente, como resultado de imitar una mala película porno bajada de Internet.

—Mista, ¿qué haces?

El nombrado giró el rostro hacia atrás, de donde provenía la voz, y en un parpadeo palideció como si hubiese visto un fantasma. ¡Era Giorno! Estaba de pie, sosteniendo una taza de té sobre un platito.

—¿Q... Qué? —¡¿Entonces a quién estaba tocando?!

Levantó las manos como si le apuntaran con un arma.

El rostro de Giorno pareció oscurecerse y apresuró el paso para colocar la bebida sobre una mesa pequeña a un lado del sofá.

—Dejaré aquí tu té, padre.

«¡¿Padre?!» Mista quería que se lo tragara la tierra en esos instantes.

—Vamos —dijo, en un hilo de voz apenas audible, cuando pasó por un lado de Mista.

—Giorno —el llamado de Dio fue lo bastante imponente como para hacer que ambos se detuvieran—. No soy fan de meterme en tus asuntos —cerró el libro que sostenía entre sus manos antes de dejarlo en la mesilla, a un lado del té; se puso de pie para encarar a los jóvenes, a uno en específico—, pero me intriga saber qué clase de lección puede enseñarte este... —hizo una pausa para buscar la palabra adecuada, a la par en que barría al visitante con una mirada despectiva—, sujeto. ¿Acaso yo, el magnífico Dio Brando, he cometido algún error en la crianza de mi propio hijo?

Mista sabía de sobra que la pregunta era para él. Un escalofrío de terror le recorrió la columna. ¡Tenía a un jodido hombre ario y fornido de casi dos metros esperando para arrancarle la cabeza! Eso último no le constaba, pero lo pensó.

—N-No lo creo, señor —tartamudeó, aunque se sintió como un logro digno de cualquier deporte extremo por hacerlo sólo con una palabra, en lugar de todas las que pronunció.

—Eso pensé —no dejó de observarlo por encima con altivez y desprecio.

Estaba al tanto de la orientación de su hijo. Jamás tuvieron problemas por ello, aunque su "plática" no pasó de ser un:

«Papá, soy homosexual».

«Ah, muy bien».

Lo que generaba el verdadero conflicto allí, era el asqueroso y desaliñado moreno que tenía delante. Por lo general, le importaba un bledo la apariencia de terceros, sólo él mismo y en cierta medida Giorno, merecían esa clase de atención de su parte.

Volvió la mirada a su hijo, esperando alguna explicación.

Giorno conocía bien lo que significaba cada una de las miradas de su padre, era lo suficientemente observador para saberlo. Sin embargo, no iba a empeorar el momento. Dio estaba asqueado o decepcionado, difícil de explicar en esos instantes. Giorno luchó por no partirse de risa ya que Mista parecía contener la respiración por la incomodidad y la pena.

—Estaremos arriba —puso las manos en la espalda de su amigo para empujarlo y hacer que caminara—. Se va a enfriar tu té.

Dio podía aceptar que su hijo tuviera lacayos o recaderos con la apariencia del gato ese; que estuviera interesado en alguien de tan baja presencia… ¡¿Dónde quedaría el nombre de la familia Brando?! ¿Qué diría la gente? ¡Maldita sea!

Cuando los jóvenes llegaron al cuarto de Giorno, este último se giró para cerrar la puerta con cuidado, sin levantar sospechas. Mista centró su mirada en la espalda ajena y notó un ligero temblor.

«¡Demonios!» Giorno estaba… ¿Llorando? ¿Acaso lo había avergonzado? ¿Hizo algo mal? Sabía que su padre era estricto y daba mucho miedo per se. ¿Lo había metido en problemas por sus acciones? Era lo más seguro.

—Ah… —no sabía qué decir, por lo que se limitó a posar una mano sobre el hombro de su enamorado a manera de consuelo. No podía dejarlo así.

En ese momento Giorno se giró. Estaba… ¡¿Estaba riendo?!

Mista separó los labios a causa de la sorpresa y enarcó una ceja en un gesto de extrañeza mientras veía al otro sostenerse el estómago con ambos brazos para estallar a carcajadas.

Era la primera vez que lo veía así.

—Tú… —la risa le impidió el habla—. ¡La cara de papá…! —nunca antes lo había visto rojo de indignación, igual, el color no fue muy notorio, pero para lo bien que Dio controlaba sus emociones, daba mucho en qué pensar.

Cabía mencionar que Giorno vio la escena con detalle, desde que Mista se acercó al sofá.

—¡Oh, por Dios! —se limpió una lagrimita traicionera que escapó de uno de sus ojos.

En otra situación, Mista hubiese reído junto a él. Cada carcajada lo hacía quedar más y más avergonzado.

—¡Basta ya! —gritó de manera dramática luego de estampar sus manos contra el rostro.

Además de contagiosa, Giorno tenía la risa más hermosa que hubiera escuchado jamás, risa que también podía ser cruel, como en esos instantes.

Si ya le costaba mirar a los ojos al señor Dio cuando pasaba a buscar a su hijo, ahora le sería imposible.