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PURGATORIO DE POR MEDIO
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CAPÍTULO 1
Marioneta herida
Hacía tiempo buscaba la excusa perfecta para visitar nuevamente a su vieja familia, y el viaje de Kagome a su época llegó justo en el preciso momento en donde su corazón más le pedía pisar su tierra. Miroku se ofreció amablemente a hacerle compañía, y emprendieron viaje hacia su aldea apenas un par de horas luego de la partida a Kagome, dejando atrás a Shippō al cuidado de Kaede y a Inuyasha indeciso junto al pozo.
Entre que Kirara sobrevolaba algunas nubes y bajaba de tanto en tanto unos pocos metros para observar nuevamente el camino, Sango pensaba que sin duda tenía por lo menos dos días para honrar a sus muertos. El monje siempre le ayudaba a las tareas de limpiar lo que hiciera faltar, y recolectar tantas flores y ofrendas como ella considerara necesarias, de modo que le daría tiempo para meditaciones propias.
Miroku se mantuvo callado gran parte del viaje, dedicando unas pocas palabras al cruzar determinados poblados, tanteando cordialmente el humor de Sango. Pero ella aún estaba sumida en sus propios pensamientos, y algo que el monje conocía bien era su tiempo. El resto del viaje se dedicó a olor el perfume que emanaba del cabello de la exterminadora, tan próximo a él, deseando internamente que esos pequeños momentos de paz y a solas fueran eternos.
El viento de la mañana sobre su rostro y las manos de Miroku sobre su cintura eran todo lo que parecía necesitar de momento, tendría luego lugar a cavilaciones un poco más nefastas.
«Bueno, bueno, pero quién llega aquí», murmuró, y si bien su voz no alcanzó los oídos de los recién llegados, la bestia miró en su dirección y él soltó un bufido.
Caminaron las calles desiertas, ignorando las cabañas desde cuyas ventanas nadie los observaba. Por cada paso se levantaba polvo de la tierra ya reseca, y el calor del sol de mediodía les hacía sudar en la nuca. Pero ignoraron todo eso, con Kirara caminando feliz entre sus piernas, y hablando trivialidades, olvidando momentáneamente su próxima tarea.
Kirara frenó de repente y quedó mirando a lo lejos, moviendo ligeramente la nariz. Sango siguió su mirada en silencio, pero el reflejo del sol no le ayudó a distinguir nada entre las frondosas copas de los árboles.
—¿Usted siente algo extraño?
Miroku negó con la cabeza, pero de todos modos puso su atención hacia donde Kirara miraba. Las hojas se movían rítmicamente. El sol le quemaba. Sintió un pinchazo en el brazo, y agitó las manos intentando ahuyentar a cualquier insecto; Sango también se había quejado de pinchazos así que tal vez era buena idea usar sus dotes de exterminadora.
—Tal vez deberíamos hacer alguna ronda por los alrededores, solo por si acaso —dijo Sango, aún atenta a los pelos encrespados del lomo de Kirara.
Miroku se encogió de hombros.
—Como gustes, pero no creo que…
—Kirara está inquieta.
El monje asintió. El sol realmente estaba fuerte.
—Demos una vuelta más cerca de los árboles.
«Endemoniado asunto, sí, pero interesante… sí, sí», la vocecilla se acalló, aplacada por los ruidos del bosque.
—¿No crees que ya debería haber vuelto? —volvió a preguntar, mirando en torno.
Miroku le sonrió. Estando ahora a salvo del fuego infernal del sol del verano a la tarde, su humor sin duda había mejorado.
—¿Realmente temes por Kirara? Estoy seguro de que se ha quedado haciendo vigilancia alrededor, tal como le indicaste.
Sango le devolvió la sonrisa.
—Pues sí, es absurdo. Además, mi aldea… está defendida por toda mi familia. Nada malo puede ocurrir aquí.
El monje estuvo de acuerdo, y luego le sugirió buscar otras flores silvestres para decorar las tumbas de aquel triste cementerio. Sango caminó a su lado adentrándose en el bosque.
«Pues ya está bien, sí, mejor…», se calló, reprimiéndose mentalmente por esa maldita costumbre de pensar en voz alta.
La gatita ya no era un problema, así que, a lo siguiente.
Decoraron las tumbas, dedicándole plegarias en silencio. De tanto en tanto, Sango levantaba la cabeza y miraba alrededor, no porque sintiera algo fuera de lugar, sino porque Kirara aún no había aparecido, y ni siquiera se la había cruzado una sola vez en todos sus paseos de un lado a otro de la aldea.
—No me gusta eso. Ya tendría que estar aquí.
Miroku la miró de soslayo un momento, terminó su plegaria y observó alrededor.
—Creo que estás preocupándote de más, vendrá en cualquier momento.
—No, no estoy preocupándome de más —respondió Sango, contrariada—. Iré a buscarla.
No pudo terminar de incorporarse, pues Miroku tiró de su mano, impidiéndole avanzar. Sango lo miró con sorpresa y él sonrió tímidamente. Esa misma sonrisa era también un poco desvergonzada, en su opinión.
—Su Excelencia…
—Sango, por favor, siéntate otra vez.
La exterminadora juntó las cejas, pero no le hizo caso. No le gustaba la ausencia de Kirara, ella nunca la dejaba sola cuando venían a la aldea.
Miroku suspiró. —Yo le pedí un momento a solas contigo.
Las cejas de Sango se alzaron.
—¿Qué? —Y a pesar de su preocupación inicial por Kirara (que aún no la abandonaba del todo), siguió el agarre de Miroku, firme en su kimono, y se sentó junto a él.
—Su Excelencia, ¿qué quiere…?
—Creo que es tiempo de que me llames Miroku de una vez.
Sango comenzó a negar con la cabeza. No era la primera vez que el monje le hacía ese pedido, y tampoco era la primera vez que se negaba, pero Miroku la frenó en el acto.
—Yo creo que sí. Sobre todo cuando estamos solos… al fin.
Sango lo observó con atención. Sentía que sus pulsaciones aumentaban el ritmo, y allí donde Miroku aún tenía apoyada su mano le quemaba casi tanto como los rayos de luz solar que se filtraban entre las hojas de los árboles, sombras que bailaban al ritmo de la brisa estival.
Kirara desapareció de su mente por completo cuando Miroku inclinó un poco más el cuerpo hacia ella. No dijo nada, como si las palabras no existieran. Sango se preguntó si acaso aquello era un sueño. ¿Dónde estaban las manos traviesas del monje, que sin vergüenza se acomodaban en sus curvas? Pero sí estaban allí los ojos azules intensos, fijos en ella, desviándose a su boca…
—Su Excelencia… —comenzó. Él no dijo nada, pero su cuerpo instintivamente se acercó más al de ella, y ella, inconscientemente, más a él—. Miroku…
Cerró los ojos en el momento mismo del encuentro. Los labios del monje eran cálidos y húmedos, y se movían suavemente sobre los de ella. Sango aceptó todo. El calor, su corazón desbocado, el perfume de él envolviéndola, el inmenso placer de ese sueño cumplido…
«Ya, ya, ya está bien así», musitó él, con la sonrisa extendida de oreja a oreja y los puntiagudos dientes de alguna manera escapando de su boca.
Nada mejor que un poco de felicidad antes, mejora tanto el impacto.
El sueño se desvaneció tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de pensar qué estaba pesando. Soltó un quejido sobre su boca, a milímetros de distancia. No pudo articular palabra. El monje la miraba con una sonrisa divertida.
Tenía un dolor intenso y punzante en la espalda (¿sería acaso en el lugar mismo de su vieja cicatriz?), y al segundo que sintió eso, que el aire escapó de sus pulmones violentamente sobre el rostro de su amado, lo supo. Kirara estaba muerta, y esa persona frente suyo no era Miroku.
No podía serlo. Pero allí estaban esos ojos azules, y un brillo plateado divertido, una sonrisa lánguida, ligeramente torcida a la izquierda. Tal vez la manera en que le había hablado hasta ese momento le había hecho pensar que era él, pero no era posible. De repente la tarde soleada de verano, ligera y en paz, le resultaba oscura y oprimente, y eso no era posible, no ahí y no con él.
Ese no era Miroku. No había sido su mano y sus palabras quienes la habían retenido ahí, ni sus labios los que la habían besado, pero cuando por fin se dio cuenta, era ya demasiado tarde.
Tosió un poco, escupiendo sangre roja y caliente, y el dolor se esparció por toda su espalda y oprimió sus pulmones. Aún tenía una de las manos de Miroku sobre su brazo. Sentía el líquido caliente de su sangre en la espalda, y es que la herida sangraba profusamente. Los recuerdos dolorosos poco enterrados del pasado volvieron con inmensurable crueldad. Los ojos de espanto que antaño habían sido de Kohaku, eran ahora los joviales ojos de Miroku, que seguía mirándola curiosamente, como acaso esperando su reacción al fin.
Otra punzada lacerante, otra vez el aire se escapó de su cuerpo, y sus ojos llenos de lágrimas parpadearon ante la agonía, al momento que Miroku desenterró de su espalda la hoz que utilizó para lastimarla, lúgubremente similar a la que le había dejado en primer lugar una horrible cicatriz.
—Sango —dijo primero. Dos gotas de sangre se precipitaron al suelo desde el filo del arma, a la cual le dedicó otra curiosa mirada. Sango vivió esos segundos con tortuosa lentitud, su mirada perdida en la aureola que había dejado su sangre en el piso—. Lo siento —masculló él, pero sus palabras no parecían sinceras—. Supongo —agregó entonces, y la sonrisa lánguida y falsa se extendió, como si se tratara de un extraño muñeco.
Sango perdió la consciencia con la sonrisa esquiva de aquel nuevo Miroku de mirada hostil grabada en su memoria, sumergiéndose en las profundidades de una pesadilla dolorosa, sin saber si iba a volver a despertar.
El titiritero canturreaba una antigua canción por lo bajo, mientras acariciaba suavemente el cabello de Kirara, inconsciente hace largo rato ya.
Las copas de los árboles se mecían suavemente por la brisa de la tarde.
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𝑡𝑜 𝑏𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑖𝑛𝑢𝑒
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Palabras utilizadas: tumbas, lagrimas, pesadilla, tarde.
ɴᴏᴛᴀ ᴅᴇ ʟᴀ ᴀᴜᴛᴏʀᴀ:
Holaaaa~ Como habrán visto en el summary, este fic viene como respuesta a un nuevo reto del foro ¡Siéntate!. Viva Halloween y viva este foro para amantes de Inuyasha (por supuesto que hay un link en mi perfil, vayan, adelante)~
¿Hay dudas, preguntas, enojo? Espero que este primer capítulo haya por lo menos despertado su curiosidad, y que les haya generado un poquito de miedo. Los espero el próximo viernes para ver el segundo capítulo de esta historia de pasión, romance y traición (y estoy pensando en otras palabras telenovelescas...). ¿Qué está pasando?, vamos a descubrirlo pronto, dejen sus apuestas en la cajita de abajo.
Saluditos misteriosos desde este lado de la pantalla,
Mor.
