Título: Sólo para ti, mi canción de amor.
Personajes: Vil Schoenheit, Neige LeBlanche.
Pairings: Unilateral Neige/Vil.
Línea de tiempo: Semi-AU; Sick?; Post-final. Donde Vil y Neige tienen que actuar en la misma película.
Advertencias: Disclaimer Disney Twisted Wonderland; los personajes no me pertenecen, créditos a Aniplex y Yana Toboso. Posible y demasiado OoC [Fuera de personajes]. Semi-AU [Universo alterno]. Situaciones dramáticas, vergonzosas, cómicas, románticas y dolorosas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: T
Categoría: Suspenso, Romance.
Total de palabras: 2700
Nota de autora: Una parte de mí sigue sin aceptar que la carita inocente de ese niño es verdadera, ¡pero al mismo tiempo no pienso que sea malo! Es complicado.
Summary: Entonando melodías dispersas (venenosas, sublimes, etéreas), lleva en su memoria los pasos que van y van y vienen, se acercan hasta que las plumas en las yemas de sus dedos le den un beso de amor verdadero —que le hará dormir por la eternidad.
Hay dulzura en el aire.
O sólo un afrodisíaco maldito que ha escapado de la boca de una botella abandonada en una estantería vieja, allá en el cuarto cerrado de sus días atiborrados de penumbra y desdicha llena de martirios grotescos. Hacen compañía las agujas de un reloj roto que clavan y clavan el tiempo inconmensurable, yendo en la banal espiral que los humanos llaman segundos, minutos, horas (días, meses, años— como si pudieran medir la eternidad). Y, siendo sinceros, una danza como aquella es absolutamente incómoda. No quiere mirarla.
(«Se te acaba el tiempo»)
Una sonrisa mordaz. Los labios rojos (como manzanas, como sangre) y la mirada violeta desvaneciéndose en la sombra de una habitación casi vacía, casi oscura. Una melodía sin tacto resuena en sus oídos. Las notas picotean con suavidad tras su nuca. El corazón en su pecho bombea tan silenciosamente que quizás piense que no lo hace —nada de vida, nada de vida—, y el alma en los hilos alrededor de su cuerpo no forman nada espantoso ni hermoso, no hay compás. Empero, entre sus dedos de porcelana, descansa lo que llamaría, de manera poética, el elixir de un artista (abandonado y destruido).
De pronto hace tanto frío. Un abrigo de piel no estaría nada mal, pero tal lujo es innecesario. Ya tiene esa camisa blanca, perfecta, los pantalones de vestir y los zapatos altos. No necesita más. Nada podría hacerle ver más perfecto.
(Excepto, quizás, la adoración del mundo entero.)
Al mover los pies, sus zapatos hacen el eco más desagradable que ha escuchado antes (duelen, duelen, duelen). Sin embargo, no es parecido al alarido que suelta su interior en cuanto el reflector, que tanto ama tener encima, va en su contra y cambia de dirección. Ilumina a alguien más, quien ha entrado al escenario tarde —en el momento justo— y ahora está resplandeciendo tan fuertemente que cree posible quedarse ciego. Pero tal exageración...
(«Se te acaba el tiempo»)
Al final, sólo necesita ponerse de pie para volver a tener los ojos de todos encima. No es que sea especial, nadie en el mundo lo es lo suficiente, pero es simple convertirse en quien los demás quieran ver. Un santo quizá no, una deidad tampoco. Las personas que le observan buscan algo más, algo más hermoso. Algo como la pureza y como la astucia, algo como una belleza inigualable. Y realmente no piensa decepcionarlos, o dejar que quien trata de estar a su lado se atreva a ir en su contra y maniatar sus ideales y su esfuerzo, para hacerse de la gloria, la cual ha soñado alcanzar desde que tiene uso de razón.
Pero, siendo sinceros, a veces es cansador pelear por estar en el puesto más alto.
Y sólo desea agarrar la botella entre sus dedos para ponerle una pizca de muerte en el interior, y dársela de beber a ese ser despreciable que sonríe a diestra y siniestra cual ninfa de los bosques y canta como un pajarillo silvestre en gozo de su eterna libertad.
Sin embargo, el tiempo de nuevo está en medio.
Al verlo caminar, con elegancia y una ligereza de fantasía, siente que sus dedos bien podrían hacer añicos el vidrio de la botella envenenada. El único impedimento de que alguien pueda notar su innegable furia, su odio inminente, es la perfecta máscara de oro que se ha creado para todo. La expresión ensayada le sale natural en cuanto ve de cerca las facciones del ente más celestial (corrupto) que podría acompañarle en su apogeo natural a lo que llama una vida completa.
Un chocolate lleno de asquerosa dulzura acompaña al azúcar en cristal de una sonrisa de luna creciente a punto de extinguirse. Tanto de ello le da un mal sabor en la boca, demasiado dulzor. Es peligroso incluso si lo único que hace es acercarse para soltar líneas inauditas, que habrá leído sin cuidado de un par de hojas (hasta memorizarse incluso la letra más pequeña y la palabra más inútil y convertir todo aquello en un vómito verbal incontrolable). Un recital como aquel podría dañar sus oídos a tal punto de sangrar y, aun así— no se niega a una improvisación perfecta.
Por su mente, en un instante demasiado pequeño, demasiado corto para llamarlo un segundo entero, pasa la idea inaudita de que lo está haciendo bien.
De repente, la luz de arriba está sobre los dos.
Entonces sabe que eso no es bueno. Nada de eso es bueno. Mucho menos él, con ese rostro y la expresión en exceso acrisolado, con la vestimenta cliché cargada de una pureza excesiva, como un protagonista en la irrompible regla de lo que jamás ha de volverse negro, o gris. El blanco impoluto sobre su piel de nieve (oh, qué epifanía, tal cual su bonito nombre repitiendo la obviedad más tonta del mundo ante la falta de originalidad de quienes hubieron sido sus progenitores, o sólo ha sido el abandono indirecto y una pereza ridícula, o un desapego de cariño preocupante—), contrastante a las hebras de noche y los rutilos en sus orbitas, tan brillantes como estrellas, las constelaciones bajo las capas trasparentes de su mentalidad absurda, llena de estúpida esperanza, son tan comunes que cualquier niño inocente en el mundo lo creería igual a uno mismo. Es tan simple y tan bello.
Casi como un hierbajo creciendo en el asfalto.
En serio no le gusta.
—Corte.
Un sonido seco rompe la tensión constante en los alrededores, en su propio interior. El hilo antes extendido frente a su nariz, amenazando con dañar su rostro de manera peligrosa, no se corta pero deja de ser un peligro. Vuela a su alrededor sin tocarle a él o a su sonrisa fingida. Al ponerse de pie evita enredarse con sus dedos y sus extremidades, y entre sus palabras amables para con los demás (con él) le rodea y sobrevuela en su órbita sin crear contratiempos. Sólo está allí, como cuidándole, como avisándole que pronto regresaría para seguir amenazando todo lo que fuera suyo.
Sin esperar algo más —nada que tuviera que ver con una puñalada en el corazón o veneno en una fruta—, se retira por sí mismo del escenario. La función ha acabado, no necesita seguir actuando en contra de su voluntad para hacer ver a los demás que no desea (asesinar) alejarse de aquel otro joven que continúa, consciente o inconscientemente, robando parte de su exorbitante esmero para con todo y todos. Era absurdamente cansador, todo lo era.
Empero, en cuanto está a punto de ir en busca de un espejo que le hable en silencio sobre la magia de su belleza, nota la presencia a sus espaldas. No podría confundirse jamás y, con pesar, vuelve a ponerse la máscara de oro que le ha costado tanto conseguir. Y aún suele tenerla encima, en especial para con él.
—Neige.
Siempre es él. Siempre es Neige.
Neige. Neige. Neige.
Neige LeBlanche.
Cómo lo odia.
—Vil.
Su vocecita de ruiseñor, de ángel amado por Dios, es un martirio para el sentido auditivo de la reina de mirada amatista y sonrisa venenosa.
«¿Estaría mejor si Dios te echara del cielo? ¿No estaría mejor? ¿No lo estaría?».
Sus dudas no las puede contestar. No todavía.
—Vil, yo...
(—No me llames por mi nombre.)
—¿Qué sucede?
(—Piérdete. No lo quiero saber.)
—Si no te molesta, me preguntaba si podrías hacerme un favor.
(—No, desaparece.)
—Por supuesto que sí. ¿Qué es lo que necesitas?
LeBlanche sonríe, tan brillantemente como una supernova. Es la expresión que cualquier protagonista pondría.
Sin embargo, que el protagonista le sonriera así al antagonista...
(—Vete. Vete. Vete.)
—¿Bailarías conmigo?
(—No lo...)
Vil, de repente, se siente lo suficientemente confundido como para parpadear más de la cuenta y casi borrar su sonrisa amistosa. Pero rápidamente recompone su expresión, cuidando el no dejar escapar más de la cuenta. Aunque, por dentro, bien podría estar frunciendo el ceño con asco de sólo imaginarse una situación como la que estaba pidiendo hacer realidad su némesis.
—¿Bailar? —Repite, arrastrando las letras, sin dejar de verse digno. Neige asiente, como un niño emocionado—. Disculpa, ¿por qué quieres...? ¿... Conmigo?
—Hay una escena de baile casi el final de la película —explica el menor, entusiasmado. Vil todavía siente náuseas—. Quiero hacerlo bien, y según me han dicho, tú sabes bailar muy bien, Vil. Quería saber si podrías ayudarme a practicar.
Schoenheit suelta una pequeña risa, una casi divertida.
No se da cuenta de lo que causa ese acto suyo en Neige. No podría, de todas maneras.
Él también es un buen actor.
—Se supone que ese baile lo haces con la co-protagonista, no con el villano.
Sus propias palabras son como un recordatorio de lo que siempre ocurre con su realidad. Es un sabor ácido, pero nada que no pueda soportar. Se ha acostumbrado tan bien a eso, como lo hace con los tacones nuevos que raspan e hieren sus pies. No es algo del otro mundo, para nadie.
Aunque tal vez sus palabras no le han gustado al objetivo de los reflectores. O es que Vil sólo ha visto mal, el desagrado instantáneo en los ojitos dulces de su enemigo, porque algo así no sería posible ni por el par de segundos que cree haberse imaginado. Neige definitivamente no ha puesto esa expresión.
«Tal vez el cansancio me ha afectado».
Y esa es la excusa perfecta.
—Ahora mismo, creo que no me encuentro muy bien —pone una expresión lastimera, que consigue engañar a su contrario. La carita preocupada de LeBlanche es algo que realmente deseará olvidar cuanto antes—. De verdad lo siento, Neige. No creo que pueda ayudarte con ese baile por hoy.
—Oh, no. No es problema. Tu salud es primero, Vil —asiente, tratando de verse serio y firme, pero sólo se asemeja a un niño nervioso, preocupado por lo que fuera a pasar tras lo que es una mentira descarada—. Y el que lo lamenta soy yo. Te pedí este favor sin haber considerado antes tu estado. Perdón.
—No hay problema. Gracias por entender.
Tanta falsa molestia. Vuelve a sentir náuseas.
Pero finalmente puede librarse de él. Se aleja, sin girar ni una sola vez, porque no quiere hacerlo. Le molesta tanto saber que ha compartido un instante de su preciado tiempo junto a ese niño. Quiere olvidarlo, así que— No llega a percibir ni un poco el rostro en blanco de su rival, ni la pobre resignación luchando con un incansable anhelo, mientras ve desvanecerse la hermosa imagen de un hada, de una deidad, entre las imágenes de otras personas, hasta perderse. Y casi se muestra completamente furioso por ello.
(Pero él no es un niño caprichoso.)
De repente—
De repente todo está oscuro. No hay luz. No hay reflectores. No hay sueños o esperanzas. Es un profundo y dramático vacío eterno, no que se alza frente a sus ojos por encima del manto claroscuro que yace como una pintura a su merced. Él podría entender los dedos. Podría dar un paso. Podría hacer a un lado todo y salir de allí y correr, correr, correr y—
Y él no es un cobarde. Es cierto. Pero esto no es miedo.
Esto es odio. Y a lo único a lo que podría temerle es a lo que podría hacer por sí mismo.
(Tal vez matarlo.
Tal vez amarlo.
Simples alucinaciones baratas.)
Pero la mudez constante se desvanece en cuanto una melodía empieza a dar giros y giros alrededor de sus oídos. Casi puede sentirla sobre su piel, deslizándose y buscando los recovecos de su alma para instalarse allí, de una manera tan cruel y macabra que haría llorar de horror y asco incluso a alguien como él. Él que no soporta esa canción porque no es más que la misma basura inútil que le ha dado el papel de antagonista desde el principio de su existencia.
Sólo que ni siquiera puede mover sus manos.
Las tiene apresadas otras manos. Son suaves, blancas, amables y—
A Vil le encantaría atárselas a una silla y hundir clavos en sus palmas, y cortar sus dedos uno por uno, no sin antes arrancar sus bonitas uñas y escuchad con enferma alegría los gritos que causaría la descarga sensorial de una tortura lenta y constante.
Sin embargo, tal barbarie sólo ha de quedarse dentro de su mente. Porque la realidad es otra, y él desliza los pies por la habitación, que poco a poco empieza a iluminarse. Puede ver, finalmente, el infierno azotando con fuerza sobre su ser entero, como un castigo por sus deseos pecaminosos de causar dolor y muerte a alguien más.
(Alguien que, quizás, también se merece el infierno.)
—¡Vil, bailas excelente!
—Por sup– Oh, gracias.
—Espero que podamos seguir bailando pronto otra vez.
Falsa molestia. Nada es mejor que eso.
(Pero Neige es un mentiroso manipulador y Vil lo odia más que a nada en el mundo.)
Entre un pedido mudo de guardar silencio, prosiguen en calma con el movimiento sutil, delicado y amable de sus pies yendo tras líneas imaginarias, haciendo un engranaje perfecto que va de la mano con la canción que anuncia verdades horrendas y mentiras piadosas, nada más que fanfarronería sobre situaciones falsas.
O es que no tanto.
No si LeBlanche le sonríe con tanto amor a Schoenheit, haciendo caso omiso al fuego de averno que este mismo demonio de impactante belleza le dedica con tanto odio. Parece, incluso, adorarlo más que antes, mientras más de ese sentimiento se enreda entre él y su ignocencia apabullante.
Nada más que una coreografía interminable. Entonando melodías dispersas (venenosas, sublimes, etéreas), Vil lleva en su memoria los pasos que van y van y vienen, se acercan hasta que las plumas en las yemas de sus dedos le den un beso de amor verdadero —que le hará dormir por la eternidad— a Neige, quien acepta como si se tratara de una bendición, que no lo es.
Y—
—No puedo creer que el director te diera la aprobación para agregar una escena de baile como esta. —La sonrisa cerrada del rubio flaquea un poco, son embargo, se relaja al notar que la expresión de su compañero también cambia.
Él entrelaza sus dedos, desvergonzadamente. Se acerca tres pasos más. Un giro.
Y una sonrisa encantadora (que sabe a un veneno que jamás podrá alcanzar a crear por sí mismo).
—De verdad quería bailar esta canción contigo, Vil.
Vil podría golpearlo.
(Neige tal vez lo besaría al final del enredo de dedos y sueños hechos añicos.)
¿fin?
N/A: NO SÉ QUÉ ES ESTO AAAAA
