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A TODOS A QUIEN DEJE ATRÁS
Las calles de noviembre eran iluminadas por la luz de la luna, que se llenaban por la música en vivo de mariachis que elevaban sus voces para que alcanzaran de avenida a avenida. No faltaban los adolescentes que encendían fuegos artificiales para espantar a sus primos menores. Los caminos estaban repletos de los pétalos de los cempaxúchitls que con su olor atraían a los niños de rostros pintados a los altares que, en sus repisas tenían las fotos de esos familiares que conocieron y partieron al cielo. Las velas y veladoras del panteón, iluminaban de vida cada rincón en que los familiares decoraban las tumbas de sus seres queridos y sus risas traspasaban la barrera de lo imaginario.
México amaba las fiestas, era un alma que siempre estaba de humor para una fiesta. El Día de Muertos es sin dudas, una de sus fiestas favoritas, no la más importante, pero si entraría en un top cinco en la lista personal de México. Pero lo que más le encantaba era compartir sus tradiciones con sus amigos.
Estaba saltando de emoción al tener a varios de ellos, que se tomaron un espacio en sus agendas para viajar hasta al otro lado del mundo. Preparó todo con antelación, arregló cada mínimo detalle y con eso la fiesta estaba lista para comenzar. México al avistar a los chicos cerca de su casa, salió por la puerta teniendo por objetivo a su mejor amigo, Chile.
— ¡WEEEEEEEEEEY! — gritó la muchacha abalanzándose encima de Chile, por poco derribándolos al suelo, pero Romano (entre maldiciones) alcanzó a ayudarlos a no caer.
— ¿Qué chuchas comes para estar tan pesada, po'? — le preguntó el chileno recuperando su equilibrio con la mexicana riéndose.
— Maíz, toda buena comida lleva maíz — contestó México desenredándose del brusco abrazo dándole a Manuel su espacio personal.
— Algún día vas a rodar, en vez de caminar — comentó Italia del Sur cruzándose de brazos.
— Tu comes pasta todo el tiempo, el que se va a poner gordo serás tú.
— ¡Tú eres la gorda!
— ¡Gordo!
— ¡Gorda del maíz!
— ¡Retráctate, perro!
— ¿¡Perro!? — gruñó enojado el italiano parado delante de la castaña que le sonreía engreída.
España se puso en medio de ellos, con una sonrisa amistosa — Dejen de pelear, niños.
— No somos niños — le contestaron los dos sincronizándose.
— El único gordo aquí es aquel pibe — señaló Chile al estadounidense que estaba parado junto a China e Inglaterra, quien le miro con una tremenda furia.
— Dude ¿A quién le dices gordo?
Antes de que Manuel le respondiera a Alfred, la chica les interrumpió.
— ¿No que no ibas a venir, güero? — le dijo México mirándolo con una ceja arqueada.
— ¡Tú no asististe a mi fiesta de Halloween! ¡Ahora estas usando un disfraz! — refunfuñó Estados Unidos observando a la chica, su cabello peinado en un intricado y pulcro peinado de trenzas con listones que pasaban en la cúspide de su cabeza, adornado con flores de múltiples colores combinado con un maquillaje básico de una calavera. Traía puesto un bonito vestido blanco y rojo que dejaba al descubierto sus hombros y la falda que le llegaba a los tobillos, que mostraban sus pies con huaraches cafés.
— Es que ahora si me dio la gana — se excusó México, divirtiéndose de los pucheros infantiles de su vecino al agitar un poco su falda. Alfred no perdió tiempo para quejarse con los suspiros resignados de las otras naciones en el fondo, excepto Japón, quien estaba más distraído por los pétalos amarillos en el suelo que construían senderos por el asfalto.
— ¡No es justo! ¿Por qué no asististe?
— La mera verdad se me olvidó. Aun no me contestas, States. Si no querías venir ¿Por qué lo hiciste?
Veneciano sin leer el ambiente, se acercó a los norteamericanos con alegría apartando un poco al chico rubio — ¡México~! Te ves muy linda con ese peinado.
— Ay, gracias Feli. Batalle un poco con las cintas, temía que no pudie-
— ¡México! — gritó Estados Unidos cruzándose de brazos bastante enojado al ser ignorado por los latinos, en respuesta México frunció el ceño.
— Bájale tres rayitas a tu griterío, gringo.
Inglaterra está vez se entrometió en la discusión — Dejando de lado cosas innecesarias — fulminó con la mirada a su antigua colonia — Es una fiesta encantadora y colorida, México.
El británico estaba algo nervioso por la festividad. Hace tiempo que la mexicana le aseguro que los muertos la visitaban por esas fechas, ese conocimiento lo hacía temblar como una hoja. Arthur veía criaturas mágicas, por lo general adorables y amigables que deambulaban en la naturaleza, pero por alguna razón, la idea de que un muerto lo visitara sin poder verlo físicamente y saber que estaba allí, le daba miedo.
— ¡Hola a todos! A buena hora llegan, wey. Hasta que se acuerdan que tienen amiga por acá y es un gustazo verte, Inglaterra — saludó Rosalía rodeando el cuello de Arthur con sus brazos para abrazarlo.
— El trabajo me mantiene ocupada, querida — explicó Francia besándola en la mano.
— Yo voy a venir más seguido — dijo España dirigiéndose a ella para abrazarla — ¡Te ves tan bonita!
— ¡Muchas gracias! ¡Estoy tan feliz de verlos!
— ¿Cuándo no? — contestó Chile con una sonrisa sarcástica.
— Shhh no me arruines esto, we — contestó sonriéndole.
Rusia ladeó su cabeza — ¿Solo seremos nosotros?
— Si, el resto están ocupados con sus propias festividades — aclaró México encogiéndose de hombros — Pero entre nosotros armamos la fiesta ¿a qué sí?
— Si hay alcohol, da~
— Creo que mencionaste algo sobre fantasmas — habló China con algo de malicia en su voz.
— Espera ¿f-fantasmas? — titubeó Estados Unidos asustado.
Alemania se volteo a la nación más vieja — Lo dijiste apropósito ¿no es así? — suspiro cuando Yao solo oculto su sonrisa detrás de su manga.
— Como que sí, pero que no. Técnicamente, ¡pero! ¡Es la parte más mamalona de toda la celebración! ¡Nos visitan! No se saquen de pedo si es que ven a la catrina por aquí, le gusta visitarme en estas fechas — exclamó la chica haciendo rebotar su vestido.
— ¡¿TAMBIEN TE VISITA LA MUERTE?! — chilló Alfred completamente pálido.
— Pos claro que viene, antes de que vinera este compadre — México señaló a España — Visitaba por la semana que duraba la fiesta y convivía con la gente de aquel entonces sin ningún problema. Creo que ella se llamaba diferente en esos años, vaya como cambian las cosas. Pero ahora, a ella le encanta robarse el pan de muerto y las botellas de alcohol para vagar por ahí asustando a la gente. Pero es inofensiva, te lo juro.
— ¿Y usted lo dice tan tranquila? — murmuró Japón con sus ojos disparándose a todos lados.
México frotó el hombro del asiático — Ya, ya, no te preocupes. No pienses en eso, no quería asustarte.
— Nadie está asustado — dijo Rusia con una sonrisa amistosa.
— S-sí, nadie le tiene miedo a un e-esqueleto anda-ante — tartamudeó Estados Unidos con sus comisuras temblando.
— Exacto, nadie está en pánico-o — completó Romano abrazándose a sí mismo y teniendo a un Veneciano tembloroso en su cuello.
— ¡Qué bueno! Por qué hay una gigante por ahí en el desfile, por lo que me comento doña Mari.
México sabía que su vecino le estaba mintiendo, le parecía curioso que el chico padecía de una clara fobia a los fantasmas, pero a pesar de eso, le encantaba la festividad de Halloween y ver películas de terror a las tres de la mañana.
— Haberlo mencionado antes, weona. Para ponerme a grabar.
— ¡Amo los desfiles! — dijo Francia.
— No tan rápido, guapo. Hay que pintarlos de calavera.
— ¿Están pintados de esqueletos? ¡Pensé que se maquillaron de pandas y mapaches! — habló China alterado.
— Si no quieres, no te obligare — lo tranquilizó México — ¿Y ustedes quieren maquillarse?
Los chicos accedieron por el brillo entusiasta de los ojos de la chica con una enorme sonrisa y no querían desentonar con todos los humanos que incluso se maquillaron huesos en sus brazos. China también terminó por ceder a la alegría de la mexicana y pensó que por las expresiones de los demás que se estaba perdiendo de algo muy divertido y no quería que lo excluyeran.
— Vayamos al desfile, después habrá un baile tradicional ¡En verdad tienen que verlo!
Los guió al lugar lleno de gritos, música y gente con trajes extravagantes y estaban maquillados con gemas de fantasía con flores anaranjadas en el cabello y unas moradas como el terciopelo. Se perdieron entre la multitud que parecía una mezcla de nostalgia, alegría y diversión. De reojo, Alemania notó que muchos asiduos se concentraban en el camposanto, no se parecía en nada a las fiestas de Halloween de Estados Unidos. Lleno de velas, gente hablando, flores, comida e incienso, parecía un lugar mágico.
No se comparaba a nada que vio antes.
— ¿Así es como celebran a sus muertos? — preguntó Alemania a su anfitriona sin apartar la mirada del cementerio.
— Sip — explotó la 'p' — Les ponemos ofrendas y limpiamos su lugar de descanso.
— ¿No es deprimente? ¿No les da miedo estar en un cementerio, de noche?
— ¡Claro que no! ¿Por qué habría de tenerles miedo? Son familia y amigos — sonrió la chica — Y cuando creo que cuando vuelves a casa después de un largo viaje, esperas una cálida bienvenida de quienes amas ¿no lo crees?
Alemania lo comprendió, nunca se había puesto a pensar de aquella manera: Los muertos eran la familia de alguien, su gente. Los amaban, los cuidaban y velaban por ellos. Viéndolo de ese modo, no se sentía triste o provocaba miedo al ir al cementerio. De hecho, era pacífico.
— ¿Crees que él nos esté viendo ahora?
México sonrió con tristeza, tomó una de las flores de cempaxúchitl, poniéndola en el bolsillo en el pecho de Alemania — Estoy segura, con esto podrá encontrar el camino más rápido hacia ti.
Ludwig solo atinó a una casi imperceptible sonrisa con un leve agradecimiento.
El momento fue interrumpido por Chile que tenía un sombrero de mariachi cubierto de confeti y colocó su brazo derecho en la cabeza de México.
— ¡Oigan! ¡Se nos perdieron por un segundo! ¿Vienen? — les dijo Manuel cubriéndolos por accidente de los papeles de colores al sacudir la cabeza.
Los tres optaron por unirse a la multitud que marchaba entre las calles. Había muchísima gente de todas las edades, una exageración de una muchedumbre que era difícil moverse sin tropezar con el pie de alguien. Todos se movieron hasta una gran plaza, formaron un gran circulo al mismo tiempo en que bailarines con penachos de plumas y joyas postizas, pintados de pies a cabeza de negro con huesos blancos y rodeados por el místico humo del incienso.
Sus pies descalzos se sincronizaban con la música de trompetas, violines y violonchelos. En cada vuelta abrupta que daban, enviaban el olor de las cempaxúchitls a su nariz y eso desenterró varios recuerdos a México. Pronto sonaron los fuegos artificiales que iluminaron el cielo.
Las grandes pirámides blancas que creaban enormes sombras que permitían brillar con mayor fulgor a las antorchas. Los cenotes, los patios de las casas y los sitios de ceremonias, colocaban hojas de plátano a modo de mantel en tres niveles, ponían insectos de hermosos colores, comida y flores. También recuerda que las celebraciones podían extenderse por semanas para que todos los difuntos pudieran cruzar.
Hubo canciones, pero estos salían desde el diafragma y cada fragmento era una delicada sonar en que se ponía el corazón. Todos se pintaban de pigmentos naturales, decoraban cada altar en tres pisos y cuidaban de ellos con un ciego amor.
Recuerda a su abuela Olmeca, a sus hermanos y a Maya, lo tanto que adoraron esta festividad. México se pregunta si a ellos no les molesta todos los cambios que le hicieron, a ella no le disgusta. Al alejarse del espectáculo al finalizar, el silencio de México alertó un poco al resto.
— ¿Estás bien?
La pregunta de Francia sacó a México de la bruma nostálgica de su cabeza. El europeo se inclinó sobre ella con preocupación.
— Si, solo es que yo ví esto nacer. Ha cambiado a como era desde un inicio y me enorgullece lo tanto que ha evolucionado.
Francia se acomodó unos mechones de cabello — Te hace sentir viejo.
— Bastante y la mera neta no quiero sentirme como una anciana ahora mismo — dijo México a punto de rascarse la mejilla, pero se detuvo al recordar que traía pintada la cara.
— Cariño, nadie quiere sentirse viejo.
— Somos viejos, Francis.
— ¡Trató de no pensar en eso! ¡Me siento y me veo joven, tengo varias fotografías en las que me veo muy guapo!
México saltó un poco al acordarse de la más importante tradición de la festividad.
— ¡Oh! Chicos, necesito que me sigan por aquí, tengo que mostrarles algo.
Las naciones la siguieron hasta su casa, en una habitación amplia había una estructura de varios pisos cubierta de manteles blancos y telas de franjas de colores, aunque eso no era lo que más destacaba. La estrella era la enorme cruz de cempasúchil y un camino grueso de estas mismas flores que a sus lados tenían canastas de fruta con panes espolvoreados de azúcar, papeles de colores con diseños extraños se alzaban encima o en esas repisas, comida de varios tamaños con botellas de tequila u otras bebidas de ese tipo, cráneos blancos con diseños curvos de vivos colores, pilas de cartas, cruces de sal, fotos de distintas épocas o retratos de gran detalle y unas hileras de veladoras prendidas rodeaban toda la escena.
Pero parte de esa estructura se encontraba vacía.
— ¿Cuánto tiempo te llevo esto? — le preguntó China admirando cada detalle.
Rosalía se encogió de hombros — Dos días, tuve que andar esculcando en mis bodegas y álbumes y comprar un chingo de cosas. Se me rompieron unas tres veladoras, un costal de sal y unas cuantas flores en el camino hasta aquí — extendió la mano— Ahora, ¿se acuerdan de que les pedí una foto y algo que apreciaba la persona de la foto? — les preguntó México.
— Si me acuerdo de eso — dijo Inglaterra sacando una foto de su saco, una tristeza se apodero de sus rasgos.
— Wey, ese vato es el hombre más cínico que he conocido. Churchill era bueno — contestó la mexicana haciendo sonreír al británico.
— Una buena lengua de plata, de hecho — recordó Arthur.
— Yo también tengo una — habló Francia con un retrato pequeño en la mano.
México le echo un vistazo y puso una sonrisa pícara — Muy guapa ¿Quién es?
El francés solo le sonrió con tristeza y le guiño el ojo. Nadie le hizo preguntas.
— Yo... — habló Estados Unidos entregándole otro retrato.
Un niño pecoso de ojos azules con flores azules en sus cortos brazos. México las reconoció con el nombre de "No me olvides".
— ¿Un amigo? — preguntó México gentilmente, solo recibiendo un asentimiento de su vecino — ¿Alguien más?
— Yo... — contestó Alemania.
El rostro de España y Francia se tornó serio, los demás guardaron silencio.
La mexicana tomó la foto que era contenida en un marco de metal, la observó con una sonrisa — Prusia sí que sabía cómo usar un uniforme, muy guapo. Debiste agarrarlo de él.
Alfred tosió un poco para confesar algo para romper la tensión — Estaba un poco enamorado de él en mi independencia.
Francis soltó una carcajada por la expresión de incredulidad de Alemania. Romano puso una mueca de desagrado que contrastaba con la mirada confundida de Veneciano y Rusia. Japón se puso incómodo con México que tenía una sonrisa pícara, China, España e Inglaterra le miraron perplejos y Chile sonrojado levantó la mano diciendo "yo también".
— ¿Qué vieron en él? — preguntó entre risas el galo.
— Era un guapo extranjero que vino a ayudarme a cumplir mis sueños de libertad. Fue difícil no hacerlo — explicó el estadounidense con pena.
— Y era divertido, agradable y un gran militar. Y la admiración fácilmente se convierte en atracción — se excusó Manuel.
— God — dijo Arthur — ¿Se lo dijiste alguna vez?
Estados Unidos negó vehemente — ¡Jamás! ¡Imagínate las burlas que me hubiera hecho si se enteraba!
— Ugh, se hubiera regodeado de lo que increíble que era y su belleza insuperable — concordó Chile.
— Jamás dejaría de mencionarlo — suspiró Rusia.
— Si, es lo que hubiese hecho — admitió Alemania con una ligera paz — Probablemente baila presumiendo en donde quiera que esté.
— No lo dudes, mon ami — rió Francia.
Cuando México paró de reírse, se volteo a su ex tutor — ¿Tienes una foto por ahí, España?
Antonio asintió teniendo en sus manos un retrato de Isabel de Castilla, probablemente pintado por él mismo. La colocaron en el altar sin comentarios.
— ¿Romano? ¿Veneciano? — se dirigió a los hermanos italianos.
— Solo un retrato del viejo — comentó Romano colocándolo en el altar, ignorando las objeciones de su hermano de que no llamara al abuelo Roma "un viejo".
— Weeeey.
— ¿Qué?
— Ta bien guapo tu abuelo. Un buen taco de ojo.
— No quería saber eso, deja a mi abuelo fuera de tus perversiones.
— Yo no dije nada de eso — se defendió la mexicana.
— Pero lo pensaste, te conozco bastarda del chile — gruñó el italiano mayor.
— ¿Por qué nunca he podido mentirte? — se lamentó México — Ya, no te enojes conmigo. Ahora Veneciano ¿tu foto?
El italiano menor se quedó callado por unos segundos, lo que preocupó a la mexicana.
— ¿Feliciano?
— Em... yo... este
— ¿Estás bien?
— Si, lo siento me distraje — entregó otro retrato. Un niño rubio de grandes ojos azules en traje negro con un sombrero ridículamente grande, le devolvió la mirada.
— Se ve tan serio ¿él era así?
Italia del Norte asintió en sus recuerdos — Bastante, pero también muy torpe y eso lo hacía tan adorable.
México se tranquilizó al ver la postura más relajada de Veneciano.
— Pos bueno, falta algo de espacio por tantas fotos que puse en las repisas — sonrió México señalando las decenas de fotos de diferentes personas, a China le llamó la atención algunos que parecían retratos de los Antiguos de América, no tuvo la gracia de conocerlos.
— México ¿esos son tus ancestros? — le preguntó Yao a la chica.
Ella asintió — Tuve que pintarlos como los recordaba, pues ya sabes no existían las cámaras en ese tiempo. Recuerdo que ellos eran geniales, buena onda mis compadres. No las pasábamos tomándole el pelo a los ancianos, hablábamos en varias lenguas que a veces nos inventábamos entre nosotros y no se entendía ni pio. Pero el que hablábamos era hermoso, rítmico y aún mi gente lo habla. Ya no lo hablo tanto como antes, y de hecho creo que olvide un poco esa lengua. ¡Jugábamos algo parecido al futbol! ¡Pero wey, era más chingón! Teníamos que pasar la pelota en un aro que estaba de lado y pegado a la pared ¡Y usábamos el antebrazo para encestarla! ¡Dolía un huevo! Y tomábamos pulque o chocolate con picante, ya no los preparan como antes. Extraño eso — suspiró al ver el retrato de Zapoteca — Les encantaba contar historias de los astros, en especial a Maya, tenía una fijación por ellos. Totonaca se aterraba si las contábamos de noche, era un miedoso y Tolteca se molestaba mucho por eso. Aunque con el tiempo olvide de que trataban los otros relatos...
Aún conservaba gran parte de su esencia nativa, sin embargo, todo lo inculcado por España se mezcló de forma irremediable y caótica con esa esencia. México no era la persona que fue en el pasado, eran dos personas y dos naciones completamente diferentes. Y eso no necesariamente era algo malo, pero tampoco bueno. Solo había cabida para la aceptación del pasado.
— ¿Y tu madre?
— ¿Mi ma...? ¡Ah! ¿Te refieres a Mexica? — ladeó la cabeza algo nerviosa, para su suerte el ibérico habló.
— Ehhh... Azteca no se va aparecer ¿verdad? — interrumpió España. Él nunca había conocido cara a cara al imperio, sus caminos nunca se cruzaron por tener diferentes prioridades en la guerra. Pero eso no impidió que escuchara las horribles historias de los sobrevivientes de las masacres a manos de la misma.
— No me acuerdo de su rostro, así que no hay retrato — mintió México, aplaudió asustando a todos — Pero como sea, también están varios a quienes conocí ya hace muchoooooo tiempo. Ya estiraron la pata como el Capulina, Tin Tan o el Cantinflas, esos vatos ojalá nunca se hubieran muerto.
— ¿Es el tipo de bigote gracioso? — preguntó Estados Unidos recordando al hombre en una de las fiestas de su vecina del sur.
— No era un bigote, era pintura, pero si es él.
— Espérame, me acuerdo de ese pedazo de weon — señaló Chile a una foto de Diego Rivera con su esposa, Frida Khalo.
— También ya se fueron a ver a San Pedro — sonrió con un suspiro — El Diego era medio pendejo y la mitad del tiempo quería partirle la madre, pero sí que tenía talento con la pintura. ¿Lo conociste?
Chile bufó — No dejaba de insistir en que dejara que me pintara. Y una vez lo encontré con su cuñada haciendo-
México le interrumpió — Wey, no quiero saber eso, así que dejando de lado a Diego. Mejor hablemos de Chavela Vargas.
— ¿No te peleaste con Costa Rica por esa mujer? — preguntó Rusia.
— Pues es que ella nació en su territorio, pero se llamaba a si misma mexicana. ¡Pero como Chavela dijo! ¡Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana! Así que ella es mexicana y que Costa Rica se vaya a chingar a su madre — contestó México sin una pizca de pena.
— ¿Por qué esta Santa Anna en tu altar? — le cuestionó el estadounidense sabiendo a la perfección quien era el hombre.
— Me quería mucho, cometió varios errores pendejos — asintió la mexicana — Algo egocéntrico, pero muy apasionado en su deber de protegerme. Eso, y lo recuerdo por que le hizo un funeral a la pierna que perdió en la primera intervención de Francia. Ese vato y su pata.
— ¿A su pierna? — Romano se rió preguntando por más detalles.
España miró el retrato del cura Miguel Hidalgo con la bandera de los insurgentes. Un recordatorio en que la mujer a su lado, (literalmente) lo apuñaló por la espalda en su momento de debilidad. En su época, soltó la carcajada de la idea de que un sacerdote fuera la cabecilla de un movimiento independentista. Odio tanto al hombre que lo decapitó, por arrebatarle a su joya.
Ahora, solo eran recuerdos que aprendió a dejar ir. No obstante, eso no le impedía tener una competencia de miradas contra el retrato del difunto.
— Te hubiera agradado — comentó México con una sonrisa nostálgica.
España dijo incrédulo — ¿En serio?
— Era un hombre de fe como tú y se lo tomaba muy en serio.
— Si... —se puso incómodo al hablar de ese sacerdote, también evito la mirada de los retratos de Allende, Zaragoza, Morelos y otros insurgentes, en especial de Guerrero y ese traidor de la corona española, Iturbide.
— Y tú lo decapitaste, España — mencionó Arthur metiéndose en la conversación — Yo siendo ella, te hubiera odiado por todas esas transgresiones a su gente.
— ¿¡Aún me odias por eso!? ¡Ya me disculpé! ¡Miles de veces! — chilló Antonio luciendo arrepentido.
— ¿Qué? ¡No! ¿Cuántas veces te tengo que decir que no te odio, vato? — chilló igualmente Rosalía — Ya, pasado es pasado y pos ya.
— ¡México! — gritó España abrazándola en un mar de disculpas.
— Inglaterra ¿por qué?
El británico lució algo culpable por la angustia de su amiga, aunque también satisfecho al ver a España en ese estado. Luego Chile trato de separarlos, lo cual fue un error.
— ¡Chile! ¿Tú también me odias? ¡Claro que sí! ¿Qué preguntas estoy haciendo?
Manuel no le contesto de inmediato porque no le odiaba, pero tampoco era que lo quisiera mucho. Llámenlo rencoroso, no le importa.
— No me abraces — advirtió el chileno — Y no te odio.
— Ya, wey — puso una mano en el hombro de España para poner distancia entre ambos — Si no fuera por ti, las calaveritas de azúcar seguirían siendo cráneos reales de los sacrificios.
Francia se erizo aterrado — ¿S-Sacrificios?
China tosió algo incómodo — También tuve mi parte de sacrificios humanos.
— Ustedes dos dan miedo — lloró Veneciano.
— ¿En serio? ¿Y cómo lo hacían? — les preguntó Rusia genuinamente curioso.
— No quiero saber eso — el rostro de Italia del Sur se puso algo verde al recordar el coliseo romano y su "entretenimiento".
— Mejor vemos las otras fotos — dijo México — Esa es doña Elena, buena mano para lanzar la chancla a sus nietos. Y ese es Don Ignacio es el dueño de la taquería de la esquina, pero ahora es su hijo quien lo administra. Alberto el que vendía chicharrones con salsa, ese cabrón solo por eso tiene asegurado el cielo. Alma, esa mujer estaba adelantada a su época, éramos muy buenas amigas.
— ¿Convives mucho con los humanos? — los hombres se encontraban confundidos, pues era algo que no harían. La vida humana en comparación a la de una nación, era efímera, demasiado corta y dolía. Dolía tanto cuando apreciaban a esos humanos y ellos eran arrebatados por las manos de la muerte.
— Pues eran chidos — se encogió de hombros y eso fue toda la explicación que dio — Bueno si nadie más va a colocar otra foto, pasemos a lo otro ¡Colocar un objeto! Puede ser de ustedes, o de algo que esa persona apreciaba mucho.
Los hermanos italianos pusieron pan de trigo y un estuche de pinturas, el alemán colocó un tarro de cerveza, el francés puso una de sus famosas rosas, el inglés unos puros, el estadounidense sacó un ramo de esas flores azules violáceo y las puso enfrente del retrato del niño pecoso y el español puso una pulsera plateada.
Los vientos de la noche ulularon por la ciudad, como una especie de respuesta a las luces de los altares que rezaban por el bienestar de sus seres amados y perdidos. Inglaterra en específico, vio como los pétalos anaranjados se arrastraban con algo de aserrín y daban vueltas, inhaló la magia tangente en el aire y sintió su latido incrementar. Fue complicado de explicar, no era capaz de ver a su amigo, pero podía sentirlo.
Debajo del arco de cempaxúchitl, reposaba el retrato de un hombre joven, guapo y su postura era firme señalando al mismo tiempo la bondad que había en su interior. Los amables ojos de Maya movieron algo en el interior de México, tirando de esos hilos. La plata se enfrentó al dorado. El foco de todo, siempre fue el antiguo imperio.
— ¡Deja eso! — masculló en voz baja Inglaterra hacia Estados Unidos.
— Pero son de azúcar.
— ¿Qué están haciendo? — preguntó México viendo en la mano de su vecino una de las calaveritas de azúcar.
— Nada — apresuró a contestar el estadounidense.
— Así te quería agarrar, puerco — dijo fastidiada — Si quería una, solo tenías que preguntar. Cosas malas pasan si le robas a los muertos.
Alfred tragó saliva — ¿Qué clase de cosas malas?
Rosalía dibujó una sonrisa confiada en sus labios — Quien sabe, gringo. Los muertos no les hace gracia que en el día en que se supone que reciben, les quiten cosas. Tal vez te atormenten por unos días o años, o te acompañen con un pequeño escalofrió porque están respirando en tu nuca.
El ruso se quitó un guante y puso su helada mano en la nuca de su rival, haciendo que él diera un grito de terror, provocando las risas de los presentes.
— Eso estuvo bueno — carcajeó Chile agarrándose el estómago.
— Grande Rusia — alabó España.
— ¡Ya entendí! ¡No le robes a los muertos!
— No te enojes. Te lo buscaste — le dijo Francia.
— Mejor que Mex nos explique que es todo esto.
Los ojos de los muchachos se pusieron en la mujer de tocado de flores por las palabras de España.
— Los papeles de colores, que tienen esos diseños; representan el aire. Las flores que han visto también las llaman la flor de veinte pétalos o las conocen mejor como cempaxúchitl y formamos largos caminos con sus pétalos para alegrar a los visitantes y guiarlos a su camino, eso y huelen bastante bien y el incienso también. Hay pan de muerto, no me mires así Feli, no está hecho de muertos se le dice así porque es para ellos —se rió de la expresión del italiano — El agua es para que no les de sed, la sal es una especie de purificador y el espejo es para que cuando se vea y recuerde que está muerto y no se quede vagando por ahí.
— ¿Eso sería malo? — preguntó Japón.
— Si, es mejor que los muertos acepten su nueva existencia que a quedarse penando en un mundo en el que no pueden convivir con nadie — puso un dedo sobre sus labios — El espíritu al terminar su visita... sube los escalones y.… se van hasta el próximo año.
— ¿Y qué hacemos ahora?
— ¡A la fiesta!
Los chicos se esfumaron para dejar sola a México frente al altar, bastante entretenidos con los colores, la música y el licor que ofrecían los lugareños. Rosalía observó cada una de las fotografías y los retratos que pintó hace décadas, ella no quería olvidar ningún rostro, porque uno solo muere definitivamente cuando se le olvida. Permaneció sentada entre los pétalos anaranjados observando al retrato de Maya, Sor Juana y Vicente Guerrero.
México necesitaba pasar tiempo a solas con su familia fallecida. Sintió cuando cruzaron, era algo complejo de explicar ¿Podía sentir su presencia? ¿Alma? ¿Las naciones tenían alma? Como sea. Ellos estaban impacientes y curiosos. Sentía que trataban de llevarla frente al altar y que necesitaban hablar con ella.
No era capaz de ver ni oír a los muertos, pero podía sentirlos. Solo en la semana que duraba el Día de Muertos, si es que se quedaba en el sur de su territorio. No era hablarles directamente, aunque se conformaría con lo que estuviera dentro de sus posibilidades.
Primero sintió a Zapoteca, con esa aura dominante que lo caracterizaba envuelta a su alrededor, como si él estuviera tratando de abrazarla. Lo cual siempre se sentirá algo raro con él pasando a través de su cuerpo en unas ocasiones. Aunque se sintió como un accidente y no hecho a propósito.
México pasó el día alrededor de sus amigos y su familia muerta. Era una lástima que Guatemala y sus hermanos menores no pudieran asistir, de seguro abuela Olmeca se quedaría cerca de ellos queriendo conocerlos. Mixteca era una energía nerviosa ansiosa. Al parecer Tolteca se la pasó bailando y tirando algunas cosas para espantar a los niños traviesos. Por otro lado, Purépecha estaba feliz y alegre rodeando a los asiáticos.
Se notaba que eran hermanos.
Sin embargo, Maya se quedó cerca de ella toda la noche. Él seguía cada paso que daba, se quedó parado detrás de ella en la danza prehispánica. Esperaba que le gustaran las canciones que tocaban, tuvo el sentimiento de que a Maya le gustaban. Sus labios rosaron sus mejillas en un cálido saludo amoroso, su amor quejumbroso tuvo la fuerza suficiente para arrodillarla frente al altar.
Maya jugó con las flores de su cabello. Sintió a Totonaca burlarse en el fondo de la habitación y la presencia frustrada de Teotihuacano al saber que no podía escucharlo. Cada tirón en los adornos, sus energías saltaban. México se reía tratando de abrazar cualquiera de esas energías, sus manos los atravesaban y ella se sintió exasperada al ser incapaz de abrazar a sus hermanos.
— Ha pasado un tiempo, las cosas han cambiado mucho para solo un año. Mi jefe sigue siendo un pendejo que tira pasteles.
Je, Tolteca se rio de eso.
Los numerosos matices de cada nación fallecida la sobrecargaban mucho. Era como un radio que captaba muchas señales y no lograba captar ninguna con claridad. No podían hablar, ninguno le decía lo que pasaba en el otro lado. México tenía tantas ganas de preguntar cómo era, no creía que fueran al mismo lugar que las almas humanas y si estaban a gusto allí. También si había alcohol, preguntaba por si acaso.
— Y el gasolinazo, tuve que pasar algunas semanas en la cama. No me duele ahora — les explicó — Y tuve un gran dolor de cabeza por las protestas. Pero ya sabes lo que dicen, lo que no te mata, te hace más fuerte.
Las energías emanaron preocupación.
— Estoy bien ¡Se los juro!
Sintió a Maya acomodarse a su lado con un abrazo.
— Los extraño, pienso en ustedes a diario. Desearía haber estado con ustedes un poco más de tiempo — confesó Rosalía compartiendo las inseguridades de su corazón — Me pongo tan nostálgica por ustedes, no es como si pusiera tomar un tren o avión para verlos. No me gusta quedarme atrás, a veces me pongo a pensar que hubiera pasado si me quedaba, al lado de la familia.
Todo el asunto de la plática unidireccional era demasiado surrealista, México sabía que, para los ojos en el exterior, ella no sería diferente a la loca del pueblo. Aún así, le encantaba que su familia la estuviese escuchándola quejarse de su situación, lo que no podía hacer con los vivos. Amaba a sus amigos y familia viva, pero no quería dar la impresión de que ser una malagradecida. Constantemente se guardaba sus frustraciones, dolor, nostalgia y decepción para sí mismo.
Acomodó su vestido para que dejara de enredarse en sus piernas — Eso no se puede hacer, son deseos en vano e inútiles como esa taza para ardillas que vi en Amazon.
México sintió la confusión de su abuela Olmeca — Es un sitio en Internet en el que venden cosas, como un tianguis. Aunque luego venden cosas bien fumadas allí.
Por lo general, la muerte no le causaba ningún problema. Era algo natural en la vida, gente va y viene como las estaciones del año. Sin embargo, eso no le impedía convivir con esos humanos a sabiendas de que le dolería su inminente muerte, pero nunca diría que fue un error conocerlos, no después de tantas sonrisas. El problema era ser dejado atrás.
Ser dejado atrás le resultaba más doloroso que cualquier cosa.
— Hay que aprovechar cuando aún se está vivo ¿no? Con eso me basta y me sobra para seguir armando desmadre — bromeó ligeramente. Quería que fuera un encuentro alegre, sería un desperdicio que se la pasaran tristes.
— Supongo que Tlaxcalteca decidió quedarse en el otro lado — razonó la mexicana al no sentir a su hermano mayor. Las presencias se sintieron avergonzadas y hubo una afirmación de alguno.
— Bueno, él se lo pierde. Ese pinché amargado — dijo México con un deje de molestia.
La vibra de Tolteca y Zapoteca concordaban con ella.
— Al menos puedo estar con la banda, aunque el gringo se autoinvito. Ya sabes el vecino en el norte que a cada rato se mete en mis asuntos. El mundo moderno sigue con sus problemas de siempre. Me la paso paseándome en las calles pa' escaparme de la oficina.
Si, su jefe tira pasteles seguía regañándola por esquivar sus responsabilidades. Pero era difícil tomarlo en serio con ese copete gigante.
— Al chile no sé para qué me hacen leer artículos de trigonometría, psicología y de algo llamado sociología. O sea ¿de qué chingados me sirve eso para mi trabajo? — resopló México, antes de agregar — Ahora puedo calcular el área de un hexágono y sus tangentes... sigo sin verle lo útil, pero bueno, si alguien pregunta al menos no quedare como una tonta.
Parece que eso los hizo reír de nuevo. Las llamas de las velas se deslizaron a la derecha por unos milisegundos.
— Como sea, ¿vieron a mis amigos? En especial tú Purépecha, no creas que no sé qué andabas acosando al pobre Japón — regañó para la diversión del difunto que se quejaba.
Las vibras de diversión de los mayores la hicieron temblar. Una ola de alegría provino de Mixteca.
— Tomaré eso como que te agrada. Y no abuela, ninguno de ellos es mi novio — aclaró México para sentir la ola de decepción de Olmeca.
Puede sentir los celos y diversión provenir de la energía de Maya.
— Wey, ya les dije que no hay pareja, nada. Dejen de ponerse así, a propósito ¿les gusto los discos de música que les puse? Espero que hayan dejado que Chichimeca se encargara de eso, siempre ha sido mejor con la tecnología — dijo la chica sintiendo un leve tirón en su vestido.
Ahora Zapoteca irradiaba molestia e indignación.
— Mano, no se enoje conmigo. Te quiero un chingo, pero no podrías cambiar un foco ni, aunque tu vida dependiera de ello.
La conversación fue interrumpida por las campanas de la iglesia. Pronto iniciaría el espectáculo de fuegos artificiales. Los chicos se preguntarían en donde estaba.
— Se va a poner increíble — habló México — La noche aún es joven y no quiero que se la pasen encerrados aquí. Disfruten de su noche especial y ahí me arrastran pa' platicar a donde quieran.
Sintió un sentimiento abrumador provenir de sus familiares. Una ola de amor, afecto, expectativa y alegría que la rodeaba en un abrazo que decía en alto "Nos vemos", sintió que se alejaban entre las miles de presencias que bailaban, caminaban y reían sin ser vistos por los ojos humanos. México salió de la sala del altar y con la cabeza en alto se unió a la celebración en un cielo iluminado de luces.
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Cuando murió su abuela Olmeca, México no lloró.
Cuando ellos nacieron, Olmeca supo de la caída de su imperio. Los preparó para su muerte y nunca trató de ocultarlo, a pesar de eso, el duelo que inundó su corazón no fue menos doloroso. No había tiempo para desahogarse, organizó un funeral junto con sus hermanos. No había una forma correcta de despedir a una nación, solo colocaron su cuerpo embalsamado en tela que rodearon con flores y cerámica de jade. Juntos vieron como su cuerpo se desvanecía en polvo azul brillante hacia el cielo de la Luna.
Totonaca lloró todo el tiempo (siempre fue muy sensible), Zapoteca miró al cielo en busca de una respuesta, Tolteca cantó la melodía del adiós con la voz tambaleante, Mixteca la tomó de la mano tan fuerte, Purépecha se unió al canto de las luces ambulantes, Teotihuacano gritó de tristeza y Tlaxcalteca soltó unas lágrimas con hipidos. Ella no lloró ni mostro una sola emoción, solo se retiró en silencio apretando con fuerza un pendiente de jade en su mano derecha. Sus hermanos pensaron que era fría, con un corazón inconmovible, pero no la conocían.
No lloraría por los muertos, eso no los traería de vuelta.
La cultura madre murió y fue a la primera a quien enterró en las estrellas.
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Cuando murió Tolteca, lo hizo con una sonrisa en los labios.
México (no, en ese momento era Tenochtitlán) sabía que esa sonrisa era de alguien que estaba listo para partir; que amó con cada fibra de su alma y no se arrepentía de la vida que tuvo con la total confianza de que su hermana menor cuidaría a los últimos de su gente y conservaría su legado. Ella estuvo a su lado hasta el último respiro que desapareció en cenizas cuando el Sol se consumió en la oscuridad.
Ella y sus hermanos no se hablaban mucho, la arrogancia y la envidia les fue inyectado como un veneno de acción lenta que desgasto sus lazos fraternales. Pero honraron la muerte de Tolteca en silencio, esparciendo polvo de jade al mar. México construyó grandes estructuras y esculturas de piedra plasmando cada rasgo de la cultura que su hermano represento, que la veía desde el Mictlán con los dioses.
Las crónicas del Mictlán le dejaban en claro que llorar, no le era permitido...
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Cuando Teotihuacano murió, fue en fría soledad.
En un instante se fue en polvo azul en una noche de otoño, que México y su gente no se dieron cuenta hasta que exploraron los asentamientos vacíos del gran imperio que conquisto el norte. Una devastadora y solitaria muerte. No sabe con exactitud qué fue lo que le paso, nunca ha podido decir que fue lo que mató a Teotihuacano. No organizó un funeral, fue la primera vez que su mente quedó en blanco de negación y la culpa de dejar solo a su hermano mayor.
Todo se siente como un sueño febril, brumoso, imágenes borrosas y lo siguiente que sabía era ser rastrada a una realidad en que sostenía la vasija favorita de su hermano, rodeada de varios de sus sacerdotes que trataron de consolarla. Fue el aterrador recordatorio de lo frágiles que son y que no siempre llegarías a despedirte de quienes más amas.
Fue la primera fractura en su corazón y la dureza de su caparazón se fue ablandando.
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Cuando murió Maya, destrozó por completo a Mexica.
Demasiado aturdida para llorar y viendo a Maya besar un mechón de su cabello moviendo los labios en silencio con las palabras; in yaakumech. Te amo. No fue repentino, Maya estaba enfermo por la decadencia de su tierra que fue sobreexplotada sin retorno y el abandono de sus asentamientos que fue invadido por la naturaleza. México lo amaba, tanto que soltó un grito desgarrador de dolor cuando su cuerpo se deshizo en polvo azul que se caía entre sus dedos. No estaba preparada para esto, ella lloró por horas olvidándose de guardar sus lágrimas.
Su dolor se desbordaba y burbujeaba como una caldera en fuego alto. Y entendió que el problema con la muerte no era por quienes se iban, si no por quienes eran dejados atrás para lidiar con la pérdida ¿Era egoísta? Si, el amor es así.
Dolía ser dejado atrás.
Fue al primero al que le impidió avanzar a las estrellas con su llanto y tal vez el único hombre que genuinamente la amo.
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Cuando murió Moctezuma, despertó una gran ira.
Le lloró en rabia, de noche, de día, sobre su sangre y grito por su muerte culpando a los españoles por la extinción del fuego de su mirada. Un gran rey, hijo de grandes gobernantes que deseaba la paz y peleó sin aliento hasta quedar inerme. El humano, también se volvió ceniza para viajar al Mictlán para su descanso eterno con sus antecesores. Recordado y amado por su nación, que años más tarde, le vengaría al apuñalar a España por la espalda.
En el vuelo de los colibrís en cada aleteo rápido se oía la risa dulce de su rey emitía cuando le traía plumas disparejas, susurrándole con una acaricia por el viento de colores que la espera en el otro lado.
Uno de los pocos jefes que la llevo al luto.
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Cuando murieron el resto de sus hermanos, fue por su propia mano.
Mexica los sometió a su dominio por años, sacrificando sin criterio a la gente en rituales para los dioses y poco a poco fue asimilando su cultura como suya. Los mato despacio, tan lento que le sorprendía que Totonaca en su lecho de muerte nunca le dijo que la odiaba y beso su mano deseándole lo mejor. El hombre era demasiado bueno para ser una nación. Zapoteca la blasfemo en toses con sangre, Mixteca negó con la cabeza sin dirigirle la palabra, Tlaxcalteca desapareció sin dejar rastro y varios pueblos tributarios fueron ejecutados por su traición.
Imperio Mexica era cruel con los desleales. Imperio Mexica no lloró a los traidores... Sin embargo, no niega que alguna vez los amó.
Imperio Mexica cayó y se convirtió en el Virreinato de la Nueva España, una niña sin espinas.
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Cuando Juana Inés de la Cruz falleció por la epidemia de tuberculosis, México le cantó como si le hubieran arrancado el corazón del pecho.
Le compuso baladas de amor a la hermosa estrella en la que se convirtió su amada poeta después de que cerró sus ojos soñando con la eternidad. Cantaría hasta que sus pulmones sangraran, hasta que su voz se perdiera entre los ecos de las noches largas. Cada letra gotea el afán de un próximo encuentro en un cielo más azul donde caminarían por el sendero primaveral de los montes de la capital.
Soñando con el vestido dorado porque ahí es donde pertenecía. De su inteligencia sagaz que le hacía enfurecer y la reducía a sonrojos carmín al igual que los labios voluptuosos que le dictaron grandes textos como una narrativa de cuentos.
Juana Inés fue recordada por México con una sonrisa y flores de buganvilia.
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Cuando México se independizó y recordó todo, Rosalía se rió hasta llorar.
Sabía que había sido la única sobreviviente a la colonización del continente. La única antigua de América que fue dejada atrás. Crió a los hijos de sus antiguos amigos en Sudamérica cuando les odio por ser un remplazo de ellos e irónicamente los amo como a sus hermanos. La ironía de la situación era tan... jodida, horrible y siendo franca, casi rompió su cordura.
Quería abrazarlos fuerte y cerca una vez más, pero no un beso de despedida. Estaba dispuesta a enterrar a sus ancianos, a sus gobernantes, sus héroes y liberadores; cada pérdida estaba destinada a suceder tarde o temprano, por dolorosa que fuera. Pero no a ellos, no a quienes la criaron y apenas unos años mayor que ella. Y no estuvo ahí cuando Inca, Nativa y varios amigos, se volvieron polvo de las estrellas.
Y rio hasta llorar y lloró hasta volver a reír. México los retrato en óleo y les hizo un funeral.
Un día los vería. No hoy, no mañana, no pronto. Solo sabía que un día los vería.
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Cuando Tlaxcalteca falleció, México abiertamente le lloró.
Resulto que el hombre seguía vivo. Envejecido y arrugado como el cuero descuidado por el cruel pasar de los años. Reconoció esos ojos dorados, una característica que compartían como hermanos en sangre, esos ojos que no la reconocieron, aunque le dijo que era Mexica.
No le creyó, Tlaxcalteca negó con la cabeza con su paso ralentizado y la tomo de la mejilla diciéndole que había demasiada inocencia en su mirada como para ser ese monstruo. Le repitió de nuevo, él negó. Le contó anécdotas de su infancia que solo los dos sabrían y fue cuando Tlaxcalteca soltó una sonora carcajada, riéndose de ella por convertirse en una colonia de un imperio usurpador, después un país en bancarrota y le dijo:
"No eres Mexica, ya no. Ganaste y a la vez perdiste. Te preguntare de nuevo ¿Cómo te llamas?"
Le contesto "México" y él asintió sentándose en una mecedora de cuerdas. Él no la perdono, pero acepto su derrota al tiempo en que el balanceo se detuvo. México derramó lágrimas por el último de sus hermanos.
Tlaxcalteca vive en la obstinación de la gente que dejo atrás, en el estado que nombró en su memoria, en la infinita paciencia en las que Tlaxcala trata a sus hermanos menores, en los coloridos textiles de las mujeres, escucha su risa en los tintineos de las luciérnagas en los bosques y siente su presencia entre las ruinas ancestrales de la tierra dorada.
Con los preparativos del Día de Muertos en el siguiente año, México todavía lo recuerda y llora en silencio.
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Cuando Guerrero pasó a mejor vida, México veló su cuerpo y sonrió por haberlo conocido.
El hombre era... encantador, impetuoso y audaz. Sus ojos eran las llamas de un fuego eterno, los ojos de un hombre cuyo propósito se había hecho carne. El propósito de proteger, amar y dar libertad a su país. Y vaya que lo hizo, la amo con tanta adoración cruda, un amor tan extenso que dejaba corto al cielo nocturno. No se fue de su lado hasta que su muerte los separo, incluso cuando le dijo que se fuero e hiciera su vida, nunca la dejó.
Se preocupó por ella como persona y como nación, se preocupó de forma genuina de sus miedos, sus inseguridades y sus deseos, escucho cada confesión de su pasado y cada arrepentimiento que tuvo y la levanto del suelo por esas piernas que no daban un paso adelante. Siempre tuvo fe en Vicente, en vida y en la otra.
Con orgullo su retrato está en los escalones superiores del altar de cempasúchiles con las cruces de sal y los platillos de comida. Todo junto con el retrato de Miguel Hidalgo, José María Morelos e Ignacio Allende.
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"No llores por mí partida, porque cada lágrima que derramas inunda mi camino e interrumpe mi andar. Recuerda que todavía te extraña mi corazón, y si te oigo llorar, lo primero que haré será voltear hacia atrás..."
Crónicas del Mictlán. Inframundo Mexica.
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Notas del autor:
Es un error muy popular incluso entre mexicanos, que creen que los aztecas son el verdadero nombre de la sangrienta cultura de sacrificios humanos. Cuando en realidad se hacían llamar a si mismo mexicas en honor a su Dios Huitzilopochtli, también llamado Mexicalli que significa "Ombligo de la Luna". Así que el verdadero y correcto nombre era Mexica, que más tarde los insurgentes de la independencia tomarían ese nombre y traduciéndola español para recordar por siempre nuestras raíces, exacto México. Por lo que Imperio Azteca/Mexica es México.
Dato interesante: En todas las culturas mesoamericanas, la luna es femenina y representado por una diosa. Meztli también es un derivado del nombre de México, que a su vez era la diosa maya de la Luna. Es divertido que siempre se refirieron a México como a una mujer.
En México hubo varias culturas, la llamada cultura madre eran los Olmecas, de ahí surgieron las culturas totonaca, tolteca, mixteca, zapoteca, purépecha, tlaxcalteca, chichimeca, mexica y muchas otras menores. Se puede decir que Olmeca fue la madre de la cultura mexicana.
Tolteca fue la cultura directa que ascendió después del declive de la cultura Olmeca. Eran llamados maestros constructores, buenos en la arquitectura de pirámides, grandes guerreros, los precursores de los sacrificios humanos, eran un pueblo agresivo y violento y desaparecieron hace mil años a manos de los aztecas. Curiosamente, los aztecas adquirieron varias de sus costumbres y su estilo de arquitectura.
Teotihuacano, fue una cultura que desapareció misteriosamente, nadie sabe qué les paso. Nadie sabe de su procedencia, o de su cultura. Son realmente un misterio, la única forma en que supimos de su existencia fue por las ruinas que los aztecas encontraron que llamaron Teotihuacan. Lo más divertido que Teotihuacano no es su nombre real, su verdadero nombre se perdió hace un milenio.
Maya, la cultura más avanzada de Mesoamérica, una cultura que aun sobrevive en el sur de México en el que tuve el honor de aprender y ver. Varias de sus ciudades fueron abandonadas por motivos desconocidos que iniciaron un declive después de 4000 años de existencia. Los mayas aún viven en la península de Yucatán y en varios estados de la República Mexicana, pero como Imperio dejo de existir y con la llegada de los españoles dejo de ser una cultura independiente para pasar a ser parte de la cultura mexicana.
Hay dos versiones de cómo murió Moctezuma. Uno que fue asesinado por los españoles y otra en que fue apedreado por los mexicas. Decidí no aclararlo, pero ambas versiones coinciden en que fue incinerado.
Las otras culturas como Totonaca, purépecha, zapotecas y otros fueron subyugados por el poder de los mexicas, posteriormente sus culturas se mezclaron con la de los mexicas para dar paso a la cultura mexicana que conocemos hoy. Pero como tal, desaparecieron.
Juana Inés de la Cruz es posiblemente una de las poetas femeninas más conocidas en el mundo. Puedes leer mi historia Loyal, Brave and True en mi perfil para saber más de ella.
Guerrero fue ejecutado por el traidor de Bustamante. Antes de eso, fue el liberador de México, presidente que abolió la esclavitud siendo hijo de un indígena y un afromexicano, patriota y un gran estratega. Siempre expresó su gran amor a su nación, un nacionalista de principio a fin. El estado de Guerrero fue nombrado en su memoria y a día de hoy sigue siendo alabado como un héroe.
