¡Hola! Antes que nada, gracias por darle click a ese link y entrar en la historia, les traigo un nuevo fic multichapter, esta vez de South Park; hace mucho fui fan de esta serie, pero mi amor ha regresado como una colisión de tren en menos de un mes; y he de admitir que, he gastado una cantidad un poco vergonzosa de dinero y tiempo en la app de Phone Destroyer; quedé prendada cuando vi a Imp!Tweek y a Youth Pastor!Craig, me enamoré perdidamente y esta historia ha estado rondando mi cabeza tanto tiempo que tuve que escribirla.

Espero les guste, me emociona (y me pone un poco nerviosa) saber sus opiniones.

El fic estará beteado por la mejor de beta de todas, Ren; así como nos juntaron, hasta que la muerte nos separe ❤️

Antes de continuar, agradecería tomar en cuenta las siguientes advertencias:

*Este fic no debería ser leído por personas menores de 18 años ya que tratará temas no apto para todo publico, entre ellos escenas sexuales, de violencia (no juntos lol), satanismo, escenas religiosas y abuso de sustancias.

*La pareja principalmente será Creek, pero habrá Style, un poco de Bunny y un poco de Clybe (porque me conozco y no puedo evitarlo) Si no eres fan de ninguna de estas parejas por favor abstente de leer, el hateship no será tolerado.

*Por cuestiones de preferencia personal, todos los personajes serán mayores de 18 años (la mayoría finalizando sus veinte).

*Es un AU basado en las cartas místicas de Phone Destroyer, por lo que se tratarán temas religiosos; si eres sensible con este tipo de temas que podría considerarse "Blasfemos" Por favor abstente de leer.

*South Park no me pertenece, es de autoría de Trey Parker y Matt Stone.

Y sin más, al capítulo 1.


I

La sangre goteaba del cielo, el sol llora por las almas de los decapitados, y Dios se había negado a bajar al vertedero en que se ha convertido su Tierra. ¿Ese siempre había sido el «Plan» del Padre? Craig a veces no podía evitar preguntárselo, pensamientos fugaces que desaprobaba tan rápido como hacían raíz; y al final no importaba, porque Dios veía todo, en todas partes y en todo momento. No importaba que tan rápido incinerara un pensamiento, Él ya lo sabía.

La única melodía que susurraba por las calles eran los lamentos de los arrepentidos y olvidados; los hijos malditos perdidos entre adicciones y perfidias. Las señales siempre ondularon cual bandera roja, pero ninguno quiso aceptarlo, nadie quiso escuchar y ahora habían caído de la gracia; desechados a un lado.

Claro que no todo estaba perdido, el Padre era misericordioso; y ahora personas como él tenían otra misión, un propósito divino: cuidar al pueblo, guiar al rebaño a su salvación. Todos tenían una segunda oportunidad, no importaba cuáles hubieran sido sus pecados, ladrones, asesinos, violadores, pedófilos; si aceptabas tus pecados, podías ser limpiados de ellos.

Craig conocía muy bien el perdón de Dios.

—No olvidemos de dar gracias por cada día que se nos regala, confíen, pues la tercera venida se acerca —comenzó a despedirse, levantando ambos brazos en señal de gratitud hacia el cielo—. Que el Señor esté con ustedes.

Su pueblo respondió al unísono.

—Y con tu espíritu.

—La bendición de Dios todopoderoso… —rezó, haciendo la señal de la cruz.

Sus dedos se posaron en su frente; enmarcando la primera cruz en su frente, susurró bajo su aliento «Por la señal de la cruz», bajó enmarcando la segunda en su boca «de nuestros enemigos» y la tercera, en su pecho al son de toda su congregación «líbranos, señor, Dios nuestro».

—Padre —siguió la oración—, Hijo y Espíritu santo descienda sobre ustedes.

Amén —su comunidad respondió in crescendo.

—Pueden ir en la Paz de Cristo —los despidió—. Demos gracias a Dios.

Se quedó hasta que la última anciana se levantó de su banco y salió por las puertas; notó a un hombre de cabello negro de rodillas frente al sagrario, encendiendo una de las velas. Craig miró el reloj en su muñeca, usualmente cuando la eucaristía terminaba, pasaba un par de horas más en el confesionario, a veces hasta tres, en esos días, las personas estaban hambrientas por la Palabra, anhelaban salvación.

Era su turno de encargarse de la misa de la semana, aunque ya desde hacía muchas que esa responsabilidad había caído en su regazo. Craig no se quejaba, al menos no en altas voces, su compañero tenía meses de encontrarse… indispuesto.

Pero si le preguntaran, solo si le preguntaran, organizar y encargarse de la eucaristía era un privilegio y una bendición.

El último acólito salió luego de encargarse de ordenar el altar. No sin antes girar su cabeza y despedirse de él con alegría. Luchó por no levantar su dedo medio, primero, porque aún había feligreses, y segundo; sabía que el chico rubio del coro sólo era demasiado amable para su bien. Craig nunca fue bueno tratando con demasiada amabilidad.

Su congregación lo sabía, pero para esos días, se solía conformar con lo que había.

El confesionario consistía en dos pequeñas cabinas unidas por una fina celosía para otorgar privacidad. Entró a su lado y esperó al primero.

Entre los resquicios ornamentados de la rejilla pudo reconocer al hombre que había rezado frente al sagrario. Tomó su asiento y llevó ambas manos entrelazadas en medio de sus piernas. Craig guardó silencio y esperó, todos tenían una diferente experiencia en el confesionario, algunos se derramaban antes de cerrar la puerta, sus pecados llegando hasta el límite de sus copas. Otros se guardaban para ellos, organizando sus pensamientos antes de divulgar sus más íntimos pecados.

Craig no juzgaba, no era su deber hacerlo; solo escuchaba, asentía y aconsejaba.

El hombre se aclaró la garganta, y él esclareció su mente, dedicándole toda su atención.

—Perdóneme Padre —comenzó—, porque he pecado.

—Qué te atribula, hijo mío —respondió—; Dios te escucha.

—He tenido —vaciló por unos segundos—… pensamientos que no debería tener.

—Somos de carne y débiles —respondió con naturalidad acostumbrada—, pero Dios es misericordioso y justo, no tengas temor.

—Verá… yo… yo vi a una mujer… una preciosa mujer y pensé… pensé en lo bonito que se sentiría…

Craig no necesitaba saber los detalles, pero parecía que el hombre necesitaba desahogarse.

—Adelante hijo mío, este es un lugar seguro, puedes decir lo que necesites.

—Que se sentiría besarla, Padre; tenía unos labios tan rojos… tan carnosos…

—Los deseos de la carne pueden interrumpir en nuestras mentes muchas veces, pero debemos ser fuertes; rezar por entereza.

—Pero no pude evitarlo Padre —prosiguió—, tuve que probarla… ella forcejeó por un rato…

Su sangre comenzó a helarse, pero continuó escuchando.

Olía tan exquisito —gimió, cerrando sus ojos y levantando su mentón hacia arriba, a Craig le pareció que se relamió la esquina de su boca—, y sabía tan deliciosa… tan cálida… cálida… comencé a preguntarme como se sentiría su sangre…

No pudo decir nada, no era su deber juzgar, se repetía.

—Así que le abrí el cuello, sus gritos no duraron más de un minuto, Padre; y su sangre… su sangre olía tan exquisito como ella —El hombre pasó sus manos sobre su rostro, como si todavía pudiera percibirla con sus sentidos; Craig no necesitó más para saber que no estaba mintiendo.

—¿Padre?

El otro descubrió su faz y lo miró de soslayo.

—¿Puedo encontrar perdón?

Tragó el nudo que espinaba su cuello, sus cuerdas vocales dolían y podía sentir su manzana de Adán moverse de arriba abajo. Sabía que los tiempos eran difíciles, la tierra había cambiado hacía años y ocurrencias como esas no eran extrañas, aunque tenía mucha dificultad de aceptarlo, dijo:

—No hay pecado que sea tan grande que Dios no pueda perdonar —regresó—. Primera de Juan dos, dos: «Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.»

—¡Ah! —se exaltó, poniéndose de pie en la pequeña cabina—. ¡Grande es su gracia! —exclamó.

Craig apretó sus puños.

—Pero debes entender, es un pecado grave, Dios es quien da la vida y Él es el único quien la puede quitar. Debes orar mucho para ganarte su perdón.

—Sí, Padre —aceptó, su rostro se dirigió a la celosía, mirando a Craig entre las grietas—. ¿Y usted?

Esperó pacientemente a que continuara.

—¿Usted no tiene secretos, Padre? Sucios secretos que tenga que confesar.

Craig lo miró a los ojos, el hombre lo escudriñaba con enfermiza curiosidad, sus ojos avellanas haciendo agujeros en él.

—Apuesto a que no —siguió—, siempre tan puro, siempre tan estoico, ¿no es así, Padre Craig?

—Si ya has terminado de confesar tus pecados, debo pedir que le des la oportunidad a…

—Tiene una cara bonita, Padre.

Eso fue lo que necesitó para tomarlo desprevenido, Craig podía sentir su ceño comenzar a plisarse.

—¿Qué expresión haría si abro su cuello también?

En una fracción de segundo los ojos avellanas se tornaron nauseabundamente verdes, capaces de iluminar la oscura doble habitación. La pupila se alargó hasta formar una hendidura como los de una serpiente; Craig solo pudo moverse unos centímetros cuando escuchó el brazo del hombre quebrar la celosía, el material cediendo sin resistencia y la mano que se transformó en garras largas y negras atravesando la pared de madera.

Lo siguiente que atravesó fue una cola larga, puntiaguda y roja; esa iba apuntada a su brazo, rompió la madera como mantequilla y alcanzó a rozar su piel hasta el músculo. El lugar era condenadamente pequeño para moverse bien; su mano se movió por si sola, pero para entonces la criatura rompió la pared agujereada con ambas garras.

—¡Vamos Padre! —se rio maniáticamente—. ¡Déjame jugar un poco contigo! —se carcajeo con estridencia.

No era momento de pensar cómo había sido posible que llegara ahí, no cuando un demonio estaba a meros centímetros. Craig se volvió a mover, esquivando el golpe certero de uñas negras y largas, ahora el demonio estaba en la misma cabina de él.

Tenía una sola oportunidad.

Era él o el demonio.

Y Craig se negaba a morir en su propia iglesia, y menos ahora que acababa de presenciar una noticia perturbadora. El demonio lo miraba, sus ojos como serpiente, colmillos largos y una lengua bifurcada; el pelinegro podía escuchar el pulso en sus oídos, solo tenía una oportunidad.

El demonio atacó otra vez, directo a su cuello, abriendo sus fauces, saliva bajando por su mentón.

Un segundo.

Un segundo necesitó para sacar su revólver en la pistolera de su costado y meterla en la boca del demonio.

—Regresa al infierno, hijo de puta —susurró antes de jalar el gatillo.

El disparo fue ensordecedor, la bala atravesó el cerebro de la endemoniada criatura y pintó la puerta del confesionario de sangre negra.

Craig respiraba intentando controlar el pulso que corría más rápido que la autopista, el cuerpo del demonio comenzó a evaporarse y con él la sangre en las paredes y un poco en su ropa. Se terminó de frotar las gotas que habían caído en su rostro y ahora quemaban su piel. Las imágenes comenzando a reproducirse en su cerebro para terminar de entender lo que había sucedido, se levantó y abrió la puerta.

El chico del coro estaba frente a él, estaba tan pálido como cuando la luna no era de sangre; sobresaltado y con una escopeta en sus manos.

—Te tardaste —le dijo simplemente.

—Oh, Dios, yo… yo lo siento mucho señor —se comenzó a disculpar, y lo que lo empeoraba era la sinceridad con la que lo decía.

—Ya —intentó dejar el tema—, llama al carpintero, necesitamos reparar el confesionario… y no me llames señor.

—Sí, señor… quiero decir… Padre. Padre Tucker.

—Craig está bien —recordó.

Nunca fue fanático de las jerarquías, dentro o fuera de la iglesia, estaba consciente que la parroquia estaba a su cargo; pero siempre odio ser el líder en algo. Había personas más capaces para ello.

—Sí… eh… señor Padre Tucker Craig —-se tropezó con sus palabras; Craig no lo corrijo, no tenía energías para hacerlo—. Pero… quiero decir… por los cielos… ¿ese fue un demonio?

—Sí —contestó, comenzando a caminar, los demás acólitos estaban sacando a los últimos feligreses que habían esperado su turno para confesarse. Él no podría hacerse cargo ahora y de todas maneras el confesionario estaba en muy malas condiciones—. Un demonio o un jodido humano con super poderes.

—Definitivamente es lo primero —señaló lo evidente.

—Sí, Butters, que era un demonio.

—Oh, Dios. ¡¿Pero cómo ha podido entrar a la iglesia?!

—Yo… no lo sé… Debo hablar con…

—¡Padre! —exclamó el chico del coro—. ¿Estás bien? Estás sangrando mucho.

Finalmente, Craig le prestó atención al profundo tajo en su brazo, su camisa negra había sido abierta y la tela se apelmazaba a su piel llena de sangre. Siseó de dolor y murmuró la palabra «Mierda.» bajo su aliento. Parecía que necesitaría puntadas.

—Tu rostro también —señaló el rubio con ojos enormes de cervatillo.

Le llevaron un espejo, que era más una bandeja de plata reluciente que utilizaban en los rituales de las misas. Tenía algunos rasguños, ninguno tan profundo como el de su brazo ni tan grandes como para dejar marcas. Demonios, llevar su revólver se había convertido más en una costumbre que en una necesidad, nunca había tenido que matar uno dentro de su iglesia.

Los demonios simplemente no podían entrar a la casa de Dios.

Nada tenía sentido.

—Entonces… ¿lo ma-ma-mataste dentro del confesionario?

—Sí, Jimmy —contestó antes de sisear por lo bajo al sentir la aguja meterse en su piel y salir con demasiada lentitud —si se lo preguntaban—, pero el fraile siempre alegaba que hacerlo despacio era lo ideal para una mejor cicatrización. A Craig no le importaba, ya tenía tantas cicatrices que no tenía importancia agregar una más—. El bastardo empezó a confesarse antes y todo.

—Increíble —comentó el fraile, Jimmy Valmer.

—Intenta no mostrarte tan extasiado.

—No es felicidad —regresó el fraile de cabello marrón—, es fascinación.

—Sí, bueno, al menos uno de los dos ve el lado bueno —Craig resopló—. Yo solamente me pregunto qué diablos haremos ahora, con esa información ni siquiera estamos seguros en nuestras malditas camas.

—¿Cómo lo mataste?

—¿Eh? Con una bala bañada en agua bendita; el hijo de puta ni siquiera tuvo un segundo de darse cuenta lo que estaba por suceder.

—Genial —dejó salir unas risillas.

Jimmy cortó el hilo de sutura del último punto en su brazo, el sangrado se había detenido; pero dolía como el demonio. Miró la herida de cerca, el fraile no era por cerca un cirujano, pero se las arreglaban como podían, sabía lo suficiente de anatomía para no joderla y Craig se conformaba con eso. Siseando con dolor desdobló la manga larga de su camisa negra hasta sus muñecas.

Ni siquiera esperó a lavarse las manos y limpiarse la sangre antes para sacar un cigarrillo de su bolsillo trasero y con él, su encendedor metálico —con una cruz gótica grabada, claro—; encendió el pequeño taco y respiró el veneno adictivo.

—No de-de-deberías fumar —señaló Jimmy—, es malo para la cicatrización.

—¿Qué es lo peor que me podría pasar? ¿Morirme? —regresó, ácido sarcasmo goteando de su voz.

—Al menos no dejes que la iglesia te descubra —El fraile comenzó a guardar y desechar los instrumentos que había utilizado, moviéndose con una de sus muletas.

—Sí, sí —aseguró distraído, simplemente no se le antojaba seguir las reglas después de casi haber muerto; y ahora, con el conocimiento del hecho que de ahora en adelante debía dormir con un ojo abierto, se sentía el doble de exhausto.

Perdió la cuenta de los minutos que se quedó mirando el cigarrillo entre sus dedos, viendo como la punta ardía como un pequeño infierno y minúsculas cenizas caían hacia la mesa. Le era demasiado familiar, le recordaba a la mañana en la que su pesadilla eterna había comenzado, el día que perdió a toda su familia en un respiro.

Cuando los demonios morían con una retahíla de palabras en latín y una cruz en sus frentes, cuando no eran necesarias pistolas y cuchillos para destazarlos y mandarlos al infierno del que habían salido.

—Oye, Jimmy —llamó.

Valmer quien apenas regresaba del cuarto contiguo respondió con un suave «¿Mm?».

—No le digas a los demás lo que sucedió ahora.

Eso le hizo fruncir el ceño.

—¿Por qué? Deberían estar atentos por si el inci… incidente se repite.

—Lo sé. —No tenía idea del porqué de su razonamiento, podría ser por intuición, sexto sentido; pero todo el episodio era demasiado extraño, demasiado… coincidente—. Yo lo haré, solo quiero investigar antes, para tener una prueba contundente. Tú conoces a esos imbéciles, puede que ni siquiera crean lo ocurrido.

Jimmy se llevó una mano a su mentón.

—Bu-bueno eso sí suena como ellos…

No intentó averiguar más sobre su decisión, demonios, ni siquiera Craig lo sabía bien; pero odiaba la atención. Se llevó ambas manos y sobó sus sienes, presionando el parche de piel, con ojos cerrados podía visualizar al más grande dolor de cabeza de todos, sacándolo de sus casillas; diciendo con voz burlona algo como: «Ah, no me digas Craig, ¡un demonio se metió en tu iglesia!» su estridente risa como uñas en un pizarrón parando los vellos de su nuca «¡Eres un inútil y un perdedor!»

El dolor de su antebrazo había bajado a un tolerable zumbido, y la nicotina había comenzado a calmar sus huesos. Al menos podía confiar en Jimmy, él guardaría el secreto, no permanentemente, de eso estaba consciente, pero al menos lo suficiente para regresar a la capilla y buscar… pruebas. Regresar al lugar de los hechos, ¿no era eso lo que hacía la policía?

Los únicos testigos habían sido los acólitos, el rostro infantil de Butters vino a su mente; pero estaba seguro de que él no le diría a los demás… quizás solo a Stan, pero él no haría nada.

—¿Te quedas a cenar? —preguntó Jimmy.

Esa fue la señal que necesitó para ponerse de pie y dirigirse a la puerta.

—Nah —rechazó, tenía cosas por hacer. Debía regresar a su parroquia y, además, era seguro que el fraile lo obligaría a cocinar—. Aunque gracias por el remiendo —mostró la herida recién suturada.

—De nada, no fue tan grave como las demás —regresó sonriendo.

Le dio unos pequeños toques a su cigarrillo, dejando caer la ceniza a la mesa; lo que se ganó algunos quejidos de Jimmy. Craig se despidió y con el taco de nicotina en la esquina de su boca, se persignó frente al crucifijo colgado en la pared.

Al salir fue asaltado por el imperdonable y frío viento, sería una de esas noches; por hábito haló las orejeras de su chullo azul, el pedazo de tela al menos le ayudaba a mantenerse caliente. Apagó el cigarrillo en un enorme basurero industrial fuera del convento de Valmer. Sabía que los demás monjes —los pocos que habían quedado—, no decían nada de sus adicciones; en esos días era más preocupante llegar al final del día que los pecados y mierdas de los demás.

Arrojó la basura dentro del contenedor y sacó su revólver calibre treinta y ocho, abriendo la recamara hizo un recuento de las cinco balas que quedaban. Siempre llevaba seis extras en el bolsillo de su chaqueta; le hacía sentir más seguro de esa manera. Las calles eran más amenazantes en las noches, los demonios salían a jugar y los humanos hacían el papel de muñecos de trapo.

Craig podía cuidarse solo, había tenido años de práctica; después del fatídico día, miles de cientos de padres, curas y monjes de todas las religiones se habían quedado; pero la mayoría había muerto cuando el infierno hizo su hogar en la tierra. Quizás por una cruel broma, pero los que habían quedado, los que habían sobrevivido y ahora guiaban al pueblo abandonado, solían ser peores que algunos demonios.

De todas maneras, para sobrevivir en ese infierno terrenal, era necesario deshacerse de un pedazo de humanidad.

Haló el alzacuello de su camisa, a veces sentía que le apretaba; cuando su conciencia le hacía sentir pesada su cabeza. Siguió caminando, si las horas pasaban, la negrura de la noche devoraba a cualquiera. El cielo seguía pintado, tan rojo como la sangre, pinceladas tan carmesí que hasta podía jurar que olía ese aroma acre de huesos roídos.

Avanzó a paso rápido, entre callejuelas y pasadizos a ningún lugar; movió el martillo y cargó una bala a la recámara de su revólver. Su dedo acariciaba el gatillo, sus ojos se movían entre las sombras que amenazaban de las paredes; un golpe metálico lo hizo apuntar hacia callejón.

Seguido del alboroto, un gato emergió, persiguiendo un ratón.

Resopló, intentando relajarse; ya había tenido una experiencia cercana a la muerte, al menos su creador debía darle esa noche libre.

Un golpe en su espalda que vino de su punto ciego fue el «jódete» de Dios que necesitaba para saber que nuevamente se había quedado a su suerte.

Fue arrojado un par de metros sobre el pavimento, rodó sobre la grava y gruñó de dolor cuando el golpe fue recibido por la herida recién cosida en su antebrazo; pudo sentir los puntos zafarse y la sangre comenzar a fluir nuevamente. Algo lo había arrojado con fuerza sobrehumana.

Ahora que podía recoger los fragmentos de sus pensamientos notó que no lo habían arrojado, alguien se había arrojado contra él.

El otro cuerpo estaba encima de él, con la esquina de sus ojos notó una cola y por instinto arrojó al otro con una patada. Ignorando el dolor —porque, rayos, el golpe le había sacado el aire de sus pulmones, los demonios eran condenadamente pesados—, apuntó con el revólver y disparó hacia el piso.

El primero como advertencia, el segundo para asesinar.

Con lo que se encontró fue con dos ojos enormes y abiertos como platos; una maraña de cabellos como el trigo, apuntando a todas partes; si no hubiera sido por los cuernillos en su frente, Craig habría jurado que se trataba de un humano.

Le miraba fijamente, aunque no podía quedarse quieto, esos ojos le hacían agujero en su rostro; su cuerpo, sin embargo, era más pequeño que el del joven padre. Un chico tan lábil como los que había visto en los hospitales que solía visitar. Tiritaba sin parar, aunque la noche no estuviera insoportablemente fría.

Si se lo preguntaran en un futuro, el porqué no había disparado, Craig diría que fue porque ese diablillo no le había parecido una amenaza —a lo que el otro se enojaría y le diría que estaba inventando cosas para hacerse el valiente—, pero la verdad era que no tenía una explicación simple.

Él seguía sus instintos y en ese momento estos le decían que no disparase.

Aunque todavía no lo sabía.

No tenía manera de saber lo que ese diablillo significaría para él.

Y cómo sacudiría y cambiaría su vida, sus pensamientos e incluso ser completo hasta poner su realidad de cabeza.


¿Qué les pareció?

Espero puedan compartir sus opiniones en la cajita de abajo.

Gracias por leer.

Nos leemos luego~