Dani, ¡soy tu Amiga Invisible! ¡Yay! :D Nada, me dio ilusión que me tocaras... Aquí he decidido regalarte unas cositas. Poco es comparado con las molestias que te tomas avisándome y así. Muchas gracias. :3

¡Que lo disfrutes! :)

Tomé tu segunda petición. Tropes: opuestos se atraen, personalidades azúcar y hielo, un poquitito de como si estuvieran casados... fluff, romance, toda esa cosa... Adolescentes siendo adolescentes, menciones a algunos pairings por ahí, personajes, hehe.


Charlotte Crave no podía entender qué bicho se le había metido a la cabeza, por los calzones con huecos de Salazar. Ella era juguetona, alegre e ingeniosa. Despreocupada, risueña. Gastaba bromas desde la cuna y lo seguiría haciendo hasta que muriera, posiblemente hasta sacara unas carcajadas a su familia y amigos antes de partir al más allá. No le gustaba la seriedad, renegaba de los caracteres apagados y la reserva no la soportaba.

Entonces ¿por qué se había fijado en Sebastian Don-Soy-Un-Viejito-Atrapado-En-El-Cuerpo-De-Adolescente Schlotterbeck? El perfecto prefecto, la seriedad hecha persona y el ser más aplicado de la tierra. Sebastian no aprobaba sus bromas, le decomisaba sus objetos bromistas mágicos y le regañaba si no prestaba atención en clases.

No lo comprendía.

No iba a negar que estaba bueno. Así, sí, estaba más bueno que el pan. No era ciega, caramba, y los ojos se habían hecho para ver. Con esos ojazos celestísimos y el cabello rubio y rizado, parecía uno de esos héroes guapos de las películas de las que le hablaba Marsh. Claro que Marsh no lo admitía de buenas a primeras. Como esa vez que durante las vacaciones él la había invitado a su casa a ver Star Wars y le había dicho, después de que ella le insistiera:

—Bueno, si hay que reconocer: Luke Skywalker está bien guapo...

Charlotte ni siquiera había entendido de qué se trataba la película, pero tuvo que mostrarse de acuerdo.

Bueno, como iba diciéndose, Schlotterbeck era guapo, no por nada arrancaba los suspiros de la muchachada. Pero aun así, no era por eso por lo que le gustaba, aun si aquello era un bonus, pues como había dicho anteriormente, los ojos estaban para ver. No, no. Es que seguía sin entender. Sebastian, ese Sebastian que usaba lentes para leer, el que organizaba sesiones de estudio en la Sala Común de los Ravenclaw y en el Gran Comedor —Charlotte se lanzaba desde la Torre de Astronomía si llegaba a pasarle algo así— y el que quitaba puntos a diestra y siniestra por la más mínima falta... Pero también era el Sebastian que, no tan a regañadientes, le dejaba notas por si se había olvidado de algo. El Sebastian que siempre se sentaba a su costado cuando Ravenclaw y Slytherin compartían clases. El Sebastian que, después de un partido de quidditch en el que había sido comentarista, le decía: «Lo hiciste bien, Crave» y el que a pesar de todo no la castigaba por sus bromas. Era el Sebastian que la había invitado a el baile de Navidad, rojo hasta las orejas, y que había decidido acompañarla hasta las mazmorras y despedirse de ella con un rápido beso en la mejilla.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi mejor amiga? —le preguntó Marsh esa tarde.

—¿Eh, qué? —Charlotte abandonó su ensueño.

—Que quién eres y qué has hecho con mi mejor amiga.

—Marshall, soy yo —dijo Charlotte bien seria.

—¡Ay, ya la perdí! —se lamentó él—. Mira nada más, si hasta se te ha contagiado la seriedad. Morgana nos ampare.

Las mejillas se le encendieron.

—¿Yo, seria? ¡Jamás!

—El amor te tiene así. —Se llevó una mano a la frente y fingió que se iba a desmayar—. No puedes negarlo, estás enamorada, te gusta, te encanta.

—¡No es cierto! —protestó—. ¡Y no estoy enamorada de Schlotterbeck!

—Yo nunca dije que fuera de Schlotterbeck... —Marsh, que había dejado su papel de dramático, sonrió alzando las cejas.

Oh oh.

Charlotte se ruborizó. Ay. Esto era peor, mucho peor que cuando intercambió cuerpos con Sebastian...

—Bueno, yo... Es que yo... Es que... Desde el baile... No sé, a lo mejor debería ir a la enfermería, sí. Es que... ay. Es tan vergonzoso...

Se estaba tapando el rostro, no podía ver a su amigo a los ojos.

—¡Es tan distinto a mí! ¡Tan disciplinado, tan serio, tan estudioso! ¿No se supone que debería gustarme alguien más... parecido?

—Eh, ¿Rockwood?

—Uh, no. ¿Te imaginas a su madre metiéndose en nuestra relación? —Aquello bastó para que se riera—. No lo soportaría. Pero... Ay, Marsh ¿no estaré volviéndome loca?

—Eh, yo ya te conocí faltándote algunos tornillos, pero jamás imaginé que te gustaría el perfecto prefecto. Igual te puedo decir que el amor nos vuelve a todos locos.

—Como tú no tienes estos problemas... —dijo Charlotte cruzándose de brazos.

—¿Cómo que no? Las chicas se pelean por mi amor y yo no sé a quién escoger... ¿Por qué nací tan guapo, dios mío, por qué?

—¡Ya basta! —Ella le dio un codazo amistoso mientras se reía—. Te has puesto así desde que llegaron esos franceses. Buuuuuu, buuu.

—Es que son competencia a mi belleza.

—Competencia a tu belleza... Si sigues así, voy a explotar de la risa, te advierto.

Por un momento olvidó sus dudas.


Sebastian quizá tenía un poco más de problemas. Le gustaba Charlotte Crave, sí, no tenía caso negar lo evidente. No sabía cuándo, pero lo había aceptado. Si creyera en esas cosas del corazón, le habría preguntado: «Ay, ¿es verdad? Estúpido corazón», pero no. De hecho era un sentimiento bienvenido después de... de Melissa. Encontraba refrescante las risas y el espíritu animado de Charlotte, todo lo contrario a Malfoy. Le gustaba sentarse a su costado en clases y llamarle la atención cuando se pasaba notitas con Chambers. Le gustaba el sonido de su risa, y su ingenio. Le gustaba su sonrisa, y sus ojos... Le gustaba Charlotte Crave, simplemente Charlotte Crave.

El problema, gran problema, era decírselo. Lo del baile era una estupidez, era nada. Esto era distinto. Quería ser... algo más. Invitarla al baile no se comparaba a decirle que le gustaba, era cosa de niños. Ni siquiera con Malfoy se había sentido así. Pero Charlotte era diferente.

Resolvió preguntarle a Kyle, después de todo, incluso él había tenido novia, lo cual era más de lo que podía decirse de Sebastian en cuanto a asuntos amorosos. Ay.

—¿Cómo le dijiste a Avery que te gustaba?

Kyle se le quedó mirando.

—¿Eehhh?

Sebastian se sintió extrañamente avergonzado.

—Cómo... cómo le dijiste a Avery que te gustaba. Cómo le pediste que fuera tu novia.

—Ummm. —Se rascó la cabeza—. Pues... me confesé con un poema en el día de los enamorados.

—Ah... —Se aclaró la garganta, sintiendo el rostro arder— ya.

—Ajá —dijo Kyle arqueando las cejas—. A mí no me molesta, sabes.

—¿Qué?

—Si quieres salir con Amy. Pero fue al baile con el tal Beria, el que no es ruso-ruso, ya sabes... Tal vez ya estén saliendo...

Sebastian balbuceó hasta finalmente decir:

—No estoy interesado en Avery —aclaró. Era muy torpe y despistada para su gusto, aunque pensaba que hacía buena pareja con Kyle. Tenían caracteres parecidos, risueños, alegres. Beria era medio bruto.

—¿No? —Él parpadeó. Se encogió de hombros—. Yo pensé que sí...

Poemas. Día de los enamorados. Sebastian suspiró. Para San Valentín faltaban meses, y él, constipado emocionalmente (en palabras de Boot, más valía estar constipado emocionalmente que en constipado en el baño, el muy bufón), no podría escribir un poema ni para salvar su vida.

Pensando en payasos fue entonces que se le ocurrió... Oh, Salazar.

Boot se estaba secando el cabello con una toalla azul claro. Los demás chicos se estaban alistando para ir a dormir. Sebastian ya se había cepillado los dientes y estaba esperando a Boot en la cama.

(Eso sonaba mal).

—Boot.

No lo escuchó.

—¡Boot! —susurró.

—¿Eh? —Él se volteó para verlo. Entonces sonrió—. Eh, pero sí es mi buen amigo Schlotterbeckin...

—Schlotterbeck —siseó Sebastian—, y no eres mi amigo, Boot, somos compañeros de casa —aclaró, siempre tan correcto.

—Durante siete años, viviendo juntos, por cierto, ¿no crees que aquello nos vuelve más que compañeros?

Hizo caso omiso de su pulla.

—Boot, quería hacerte una pregunta.

—¿Ah, sí? —Arqueó una ceja, con la toalla sobre los hombros—. El gran perfecto prefecto quiere algo de mí...

—Es algo serio, Boot, por favor —dijo Sebastian, razonable—. Sobre... romance.

—Oh, Seb. No me gustan los chicos, lo siento. —Fingió una expresión compungida—. Y además tengo novia y soy fiel.

—Por eso mismo —dijo Sebastian ignorando la broma anterior—. Tienes novia. ¿Cómo? —Aquello sí era un hito, pero Sebastian no lo mencionó en voz alta.

—Soy irresistible.

—Va en serio, ¿cómo... ?

—Uff. Pues, le pregunté: «Andy, ¿te gustaría ir conmigo a Las tres escobas?» y ahí surgió todo.

—¿Invitaste a Kiraly a las Tres Escobas en tu primera cita? —preguntó Sebastian atónito, olvidando su propia pregunta—. ¿No le llevaste flores, ni a un lugar más... romántico?

Boot se encogió de hombros.

—A Andika no le gustan esas cosas, y a mí tampoco. Peluches, rosas, chocolates... No es nuestro estilo. En realidad la cita no fue distinta a nuestras conversaciones anteriores ¿sabes? No sé cómo explicarlo, pero no hacía falta hacer grandes gestos románticos o cursis para impresionarla... La pasamos bien, y descubrimos que queríamos seguir juntos.

—Eso fue... sorprendentemente sabio, Boot. De alguna manera. —Sebastian suspiró—. Oye... Gracias.

—Eh, no es nada. —Boot se dio la vuelta, despreocupado y alegre—. Ah, ¿y Schlotterbeckin? —Lo miró por encima del hombro—. Harías buena pareja con Charlotte.

Sebastian quiso protestar, con su rostro ardiendo como si estuviera en llamas... pero no lo hizo. En verdad, sí haría buena pareja con Charlotte Crave.


—Ugh, son tan melosos... —dijo Drake haciendo una mueca, mientras Melissa, sentada sobre el regazo de Lucas, se besaba con él.

—Pues no los veas, duh —dijo Charlotte masticando su ensalada de pollo.

—Es que es tan... Mira cómo intercambian saliva...

—Uh, hasta Lamperouge se besuquea y tú no, Baker —dijo Richard sonriendo.

Elizabeth suspiró.

—No es apropiado. Un profesor puede verlos y castigarlos...

—Como si eso les importara ahora que están juntos —dijo Drake.

—Neil y Carmichael no harían esto —señaló Richard. Entonces vio el rostro de Elizabeth—. Oh, Lizzie, yo...

Ella movió la cabeza.

—No importa, Richard.

Richard se acercó más a ella.

—Por favor, acepta mi invitación para pasar el verano en la mansión Rockwood —le pidió con cariño, solo para que ella escuchara—. Puedes venir con Charlotte si quieres, sabes que mi madre no va a decir que no. Ella siempre te ha apreciado, y además Evan estará ahí. Seguro te acuerdas cuando jugábamos, y él una vez te regaló esa caja de música, el muy tonto...

—Todavía la tengo... —admitió Elizabeth—. Con una bailarina, dijo que se acordó de mí, porque nos parecíamos... Lo voy a pensar, Richard. Gracias. —Sonrió levemente.

Charlotte suspiró.

—No voy a quedarme a ver cómo el pervertido de Baker no quita los ojos de encima de Melissa y Lucas —dijo—. Tengo mejores cosas que hacer.

—No te metas en problemas, Charlotte —recomendó Elizabeth, adulta y razonable.

—Que no descubran que te has metido en problemas, Charlotte —fue lo que dijo Richard, ganándose un codazo de Elizabeth.

Charlotte solo puso los ojos en blanco y sonrió. Buscó con la mirada en la mesa de los Hufflepuff a Marsh, pero no lo halló. Pensativa, miró su reloj. Quedaban quince minutos para el comienzo de las clases, y Marsh Chambers nunca había sido de los que se preocupara por llegar temprano, o a clases. Decidió ir hacia uno de sus lugares favoritos, aquel en donde ingresaban a través del pasillo ultrasecreto que conducía a Hogsmeade y que guardaba la feroz gárgola y en efecto, su amigo conversaba animadamente con Olive.

—No creo que sea muy saludable consumir tantos dulces en una sola tarde —decía ella, razonable—, ¿no te duele el estómago después?

—Qué va, esas cosas no le pasan a Monseur Chambers... —contestó con acento francés.

Monsieur, se dice monsieur —dijo ella, sonriendo.

—Merci, Madame.

—¡Señora! —Olive se cruzó de brazos y con cara de jum fingió que se ofendía tremendamente—. ¡Me tratas de señora! ¿Cómo te atreves? ¿No ves que yo soy una señorita? ¿Una doncella, una criatura, prácticamente?

—Ups... —Marsh se rascó la cabeza, soltando una risita nerviosa—, jejeje fue un error. Un lapsus. Siento haber ofendido a la señorita... —E hizo una reverencia. Charlotte decidió que era suficiente Marsh galante por hoy. Se acercó.

—¿Pero qué es esto?

Ellos dos se voltearon.

—Querida... —balbuceó Marsh— no es lo que parece, lo juro...

—Ajá, sí... —Charlotte se puso frente a ellos con los brazos cruzados—. Me ausento un rato y me encuentro con que me has reemplazado por una más joven...

—Y más bella —añadió Olive sonriendo—, más joven y más bella.

—Por favor, Olive, no empeores las cosas. Charlotte va a escucharte...

—¿Y qué pasó cuando me dijiste que yo era la única? —Olive, que se puso al lado de Charlotte, fingió que le echaba encima un vaso de agua invisible—. ¡Sinvergüenza!

—Así se habla, hermana —celebró Charlotte, quien también derramó sobre su amigo otro vaso invisible—. Así son los hombres, lo debí haber sabido... Viles y pendencieros...

—Chicas, no se preocupen. —Marsh movía las manos—. ¡Hay Marsh para todas!

—Me parece a mí que no —dijo Olive, que había entrelazado su brazo con el de Charlotte y alzaba la barbilla—. No vamos a caer en tu trampa una segunda vez, señor, no.

Charlotte, que hacía lo posible por contener la risa, estuvo a punto de decir algo, cuando los pasos firmes y la voz de hielo de Sebastian Schlotterbeck se escuchó por todo el pasillo.

—¿Se puede saber qué sucede aquí?

—Ah, nada —dijo Marsh con aire despreocupado—. Las mujeres se pelean por mí, cosa de todos los días.

—Estábamos bromeando —explicó Olive, más razonable, sonriendo. Sebastian la miró y asintió, la conocía mejor gracias a las reuniones de prefectos. Olive era una buena muchacha, lo sabía, era lista y aplicada, solo existía un elemento desafortunado y era el que se juntara con Chambers... pero bueno, eran de la misma casa.

—¿Qué, acaso era broma cuando me dijiste que me querías? —Marsh hizo un puchero—. El amor es cruel...

—Oh, silencio, Chambers —dijo Sebastian, que lo conocía muy bien. Miró su reloj—. Faltan cinco minutos para el comienzo de las clases. Será mejor que nos vayamos moviendo, pues...

—Ay, qué aburrido... —dijo Charlotte. Olive se despidió de ellos y Charlotte le pidió que le enviara saludos de su parte a Belle. Marsh, que tenía otra clase, tampoco los acompañó. El darse cuenta que se quedaba a solas con Sebastian la hizo ruborizar, muy a su pesar.

—Así que pociones... ¿no? —Charlotte estaba tan consciente de sí misma que no sabía qué más hacer.

—Sí... —Sebastian se rascó la nuca, y ella vio sus rizos. Cómo le gustaría acariciarlos... Se puso tieso entonces—. ¿Ya has hecho tu tarea, Charlotte?

—¿Había tarea? —preguntó Charlotte, con ojos abiertos como platos.

—Eh, sí, sí... —Sebastian se detuvo y rebuscó en su mochila—. Tenemos tarea... —Siguió buscando, y sacó un pergamino que desenrrolló. Era el horario de clases. Lo guardó luego de echar un vistazo y sacó otro. Hizo lo mismo. Leyó... y sus ojos celestes se abrieron más. Guardó todo, con las mejillas rojas... y apartó la mirada. Carraspeó—. Me temo que he cometido un error. La tarea era para Historia de la magia, para mañana...

—Ah... —Charlotte siguió caminando, entonces recordó algo—: Oh, Salazar, olvidé mi mochila... La dejé en mi Sala Común... —Esbozó una sonrisa nerviosa y salió corriendo. Habría trepado y saltado por rejas y habría cruzado esos laberintos de deportes con eficacia si hubieran estado ahí. Merlín, eso había sido vergonzoso, ni siquiera había mirado atrás... ¿Acaso Sebastian la creería estúpida?


¿Acaso Charlotte lo creía estúpido ahora? Sebastian estaba rojo. ¿Cómo se había olvidado de algo tan simple?

Rowena lo encontró camino al aula de Pociones. Su hermana, que ya estaba reconciliada con Carmichael, había estado caminando con ella hacia su clase. Al verlo, se detuvo, le susurró algo a Carmichael y se dirigió a él.

—¡Sebastian! —susurró con preocupación—. Por Godric... ¿Estás bien? ¿No quieres que te acompañe a la enfermería?

—Fue un lapsus —balbuceó.

—¿Qué? —Rowy parpadeó.

—Un deslice mental.

—¡Ya sé lo que significa! Pero...

—Reacción química del cerebro, segregación de hormonas... —Sebastian murmuraba, caminando a su clase, mientras Rowena lo miraba, muy quieta.

Se le acercó Chloe Carmichael.

—¿Tu hermano está bien?

Ella suspiró.

—Lo estará.

Charlotte apareció, agitada, con la mochila colgando de un hombro. Sebastian carraspeó, involuntariamente, causando que ella lo viera. Había reservado, por pura casualidad, un sitio para ella, a su lado.

—Lo siento, lo siento profesor Longbottom...

—¿Profesor Longbottom? Lo siento, querida muchacha, me temo que no estamos en la clase de Herbología.

Ella se dio un zape en la frente.

—Disculpe, profesora Chang. Es que estoy...

—Charlotte se ha sentido un poco indispuesta, profesora —intervino Sebastian levantando una mano. La jefa de su casa lo miró.

—Confío en ti, Sebastian. Y Charlotte, si te sientes mal, podrías visitar la enfermería.

—Oh, no, no, no —se apresuró a decir ella—, me siento mejor, profesora. No quisiera perderme su clase ni por nada del mundo.

Ella sonrió.

Charlotte lo miró.

—Oye... um... Gracias. Seguro sin tu intervención la profesora me habría castigado o habría restado puntos a mi casa...

Sebastian, cuyo corazón había actuado antes que su cerebro, solo pudo asentir, sonrojado.

—Muy bien, ¿calderos listos?

Charlotte ni siquiera había reparado en ello. Sacó el suyo, de peltre, y lo puso frente a sí.

—Hoy les voy a enseñar la poción conocida como Amortentia. Por supuesto, ya todos habrán escuchado que es la poción de amor más poderosa conocida por los magos. Y es la más peligrosa también. Si bien es cierto que un mago excepcional es capaz de crear un filtro poderoso, nadie jamás ha logrado imitar con la poción lo que conocemos por amor verdadero pues esto es imposible. Esta poción genera obsesión, capricho, deseo... pero amor, jamás. Ténganlo en cuenta. Es extremadamente peligroso usar esta poción. Debo aclarar que es ilegal vender la Amortentia, y que aquellas pociones que encuentran ustedes en las tiendas de Hogsmeade no son sino filtros muy débiles que solo generan un enamoramiento que muere en cuestión de segundos. Les haré oler la Amortentia y después comenzaremos a prepararla. Recuerden que si todo sale bien, deberían ser capaces de recrear el olor...

Comenzó a acercarse a cada alumno con el frasquito de la poción en mano. Todos miraban atentos, esperando a que se recitaran los olores. Elizabeth Bletchley confesó que olía miel, rosas y algo que la hizo ruborizar. Drake Baker olía canela y libros.

—¿Qué? —dijo cuando se le quedaron mirando con expresiones de incredulidad y diversión—. A mí también me gusta leer...

Neil Nott dijo con reserva que el olor era agradable y le recordaba a casa. Sam Boot dijo que el olor era el del cabello de su novia y menta. Richard olía limón y «como ese olor que queda cuando soplas una vela para apagarla». Amelia Avery olía frutas y té.

—Sebastian...

Él, con una ceja arqueada y los labios apretados, casi volvía a ser el Sebastian de siempre. Acercó la poción a su rostro.

—Pergamino, tierra mojada y... —Aspiró—. No sabría describirlo... Pero no es desagradable...

Fue el turno de Charlotte. Olía madera y percibió el aroma de las flores que recordaban a su infancia, siempre bien colocadas por su madre en la enorme sala de estar, en el comedor, en la sala en la que recibían a los invitados, hasta en su cuarto... Y algo, algo que tampoco sabía describir...

Le devolvió el frasco a la profesora.

Comenzaron a preparar la poción. El salón se encontraba en la mayor parte en silencio cuando manipulaban los ingredientes, excepto por algunas relecturas en murmullos sobre la poción, y algunas conversaciones, como las de Avery.

—Los muggles han intentado de todo para crear una rosa azul —explicaba ella mientras le pasaba a Richard los pétalos que necesitaban— porque es genéticamente imposible. O bueno, al menos para ellos —dijo sonriendo—. Todavía recuerdo mi sorpresa cuando Sam me las mostró y dijo que eran auténticas.

—Es uno de los mejores secretos que guardamos los magos —afirmó Richard con orgullo—. Pero oye ¿no era muy avanzada su esencia?

Ella se encogió de hombros sin dejar de sonreír.

—«Ciencia». Y sí, lo es. Pero parece que por ahora no lograrán crear una rosa en verdad azul, no. Cuando lo han intentado, han salido colores morados, incluso una color malva...

Él silbó.

—Vaya...

—Oh, por cierto ¿cuántos pétalos vamos? Hay que tener cuidado con el número, pero olvidé contar... —Ella sonrió, apenada, mientras Richard comenzó a contar los pétalos en la palma de su mano.

—Polvo de perlas para el color... —recitaba Drake Baker, con Sunny echando una mirada sobre su hombro, concentrada totalmente. Kyle y Neil estaban machacando en el mortero.

—Usa el gotero cuando vayas a meter las lágrimas de sirena... —aconsejaba Boot a Malfoy minutos después—. Aquí dice que estamos jodidos si no ponemos la cantidad exacta.

—¿Qué, acaso va a explotar en nuestra cara? —Melissa bufó, pero hizo caso de todos modos.

—Pásame la pimienta —le pidió Sebastian—, el frasco, por favor...

Charlotte lo hizo. Quizá demoró el roce un poco más, pero se separó de inmediato, cuando sintió como si le hubiera pasado corriente. Lo sabía porque una vez Marsh había traído de sus vacaciones una especie de juguete que te pasaba corriente si lo jalabas. Charlotte le había dado un zape en la cabeza por ello.

—Una pizca, bien... Y las espinas de rosas rojas. Ten cuidado con picarte. —La miró de reojo, con las mejillas rosadas.

Charlotte las separó de las flores, cuidando de no picarse, como le había aconsejado.

—¿Se machacan?

—¿Eh... ? No, no, las espinas no, pero... cuidado...

Su poción despedía vapores con aromas agradables, y había adquirido un tono nacarado, con el más leve toque de color rosa. Sebastian estaba leyendo el libro, con sus lentes reposando sobre su nariz. Charlotte se le quedó mirando.

—¿Tengo... tengo algo en la cara? —dijo de pronto, avergonzado.

Ella negó con la cabeza, apartó la mirada.

—¿Y... ya está? —preguntó con rapidez, pues el tiempo se había ido volando—. ¿Acabamos? ¿Ya?

—Sí, sí... Solo falta que algunos alumnos terminen, pero la nuestra está terminada. —Se inclinó y aspiró el aroma desde el caldero que Charlotte había puesto para usar los dos—. Huele... agradable. —La miró fugazmente y apartó la mirada.

—Por favor, chicos, cuando los llame, entreguen su poción en un frasquito...

Charlotte no recordaba haber traído uno.

—Oh, yo... Lo olvidé.

—Usemos el mío. Es justo.

Ella sonrió un poco. Dejó que Sebastian se encargara de poner la poción, ella habría derramado el contenido. Se estaba poniendo muy nerviosa.

—Boot, Malfoy...

Mientras cada pareja se presentaba frente a la profesora con su poción, Charlotte esperó. Ciertamente le parecía que el tiempo había pasado más rápido cuando estaban preparándola. Llamaron a Rockwood y Avery los últimos antes que a ellos... Cuando llegó su turno, los dos casi chocaron.

—Muy bien, muchachos... —decía la profesora después de examinar y oler los frascos—. Encuentro que todos han excedido las expectativas. —Sonrió—. Estoy orgullosa de poder enseñar a unos muchachos tan listos... No se preocupen por sus materiales. Hoy en la noche los encontrarán todos en sus cuartos. Cada uno de ustedes recibirá 100 puntos para su casa.

Sebastian suspiró, y no sin sus dudas, le dijo adiós a Charlotte. Es que por un momento había pensado... No importaba. Kyle y Jan estaban cerca.


—Es que la francesa esa es tan poquita cosa... —decía Melissa—. Si en el baile ni el vestido la favoreció. Hasta la mojigata de Schlotterbeck mostró toditito, y eso que es otra santa.

—Oye, Melissa ¿no estás siendo muy cruel? —dijo Richard.

—Sí, además recuerda que Schlotterbeck es nuevamente amiga de Carmichael. —Drake puso los ojos en blanco—. Ya sabes, la novia de Nott... y además se habla con tu Lucas.

—Neil es un estúpido —se quejó Melissa con las mejillas encendidas—, y no hables de Lu...

—¿Es que ya se hizo novio de Chloe Carmichael? —preguntó Charlotte.

—Creo que sí. Desde el baile son más cercanos —dijo Richard encogiéndose de hombros—. Pero no es algo que debamos discutir tan abiertamente —añadió mirando a Melissa y Drake.

Ella chasqueó la lengua y jugó con su cabello rubio.

Charlotte suspiró. Se despidió de Richard y se levantó. Se suponía que tendrían que estar haciendo las tareas, se imaginó incluso a Schlotterbeck encerrando a los pobres Ravenclaw mientras los tiranizaba con libros y pergaminos y no pudo evitar reír.

Así la encontró Marsh y le contó por qué reía.

—Pues tanta compasión no me inspiran, teniendo en cuenta que son todos unos cerebritos y que deben gozar con las sesiones de estudio como otros seres normales no harían —dijo Marsh y sonrió.

—Anda, no estereotipes así. —Le dio un codazo amistoso—. Dicen que los Hufflepuff se caracterizan por su trabajo duro, y tú, mi querido Marsh, no podrías ser más holgazán...

—Lo que pasa es que nadie comprende mi genialidad.

Se rieron juntos. De pronto Marsh se quedó quieto.

—Ahí viene tu amorsh... Guiño guiño codazo codazo. Yo me retiro. ¡Chau!

—¿Qué? Oh... ¡Marshall Chambers, ya verás... ! —estaba diciendo con el puño alzado cuando Sebastian la alcanzó a oír.


Había pasado dos semanas desde aquella clase de Pociones, y Sebastian decidió que daría el primer paso. Había descubierto que no tenía caso esperar si ya estaba seguro al cien por ciento de que quería ser más en ese algo que había tenido con Charlotte Crave desde siempre.

La cosa era encontrar el momento adecuado para pedirle una cita. No iba a ser frente a nadie, claro. Valoraba demasiado su privacidad como para eso, y no soportaba el cotilleo. Suficiente con el de los noviazgos que parecían abundar en el castillo durante las últimas semanas. Que Boot y Kiraly... Que Dorsey y el francés, que Avery y Beria, que Nott y Carmichael, que Lamperouge y Malfoy. Incluso Kyle y Belladonna Goldstein. A Sebastian no le habría sorprendido si terminaban casadas las directoras de Durmstrang y de Beauxbatons, con tanto romance. El amor estaba en el aire, como decía Kyle por esa canción muggle...

—¡Oh! —Sonrió Amelia Avery aquella mañana, cuando su lechuza aterrizó con elegancia en la mesa. Llevaba un paquete y una carta—. Oh, Klaus, muchas gracias... —Acarició cariñosamente al animalito, quien luego de recibir aquellas muestras de afecto de su dueña, emprendió el vuelo directo a la lechucería.

Boot y Dorsey se inclinaron hacia ella.

—Es de mis papás —explicó ella con una sonrisa—. Y papá me envió una caja de chocolates...

De modo que comenzó a compartir. La caja era mediana, en forma de corazón, y parecía que el Señor Avery se había tomado la molestia de conseguirla desde una tienda mágica, porque parecía haber adentro más chocolates conforme sacaban más. Aunque fuera torpe, más que despistada, y pusiera a prueba su paciencia, Sebastian tenía que reconocer que siempre que recibía dulces, era la primera en compartir con sus compañeros.

Luego de las clases de Historia de la Magia que compartían con los Hufflepuff, y en las que Sebastian era conocido como Schokolade, para gran pesar suyo, decidió ir a buscar a Charlotte. Tendría que estar haciendo las tareas, pero supuso que esta vez podrían esperar. Toda su vida había sido responsable, y el mundo no se iba a acabar por un día fuera de la rutina.

Eran las 4 y 35 de la tarde cuando bajó al Gran Comedor. Estaban los Slytherin sentados en su mesa, con algunos de los estudiantes extranjeros en ella, y otros repartidos en las de las otras casas, aunque ninguno parecía estar haciendo la tarea. Rockwood, Malfoy, Baker... En Hufflepuff no divisó a Chambers, y dedujo que probablemente se encontrarían causando problemas. Sabía que eran amigos, y sabía que era tonto... pero Merlín, cómo deseaba ocupar él el lugar de Chambers en ese momento. De escuchar sus confidencias, de oír sus risas. Era egoísta, porque él jamás podría tener ese puesto en su vida. Era egoísta porque sabía que no le bastaría, no. Él quería ser... más.

Así que cuando los vio, riendo alegremente en el pasillo, actuó. Tenía las mejillas ardiendo, y probablemente no parecía compuesto, pero fue. Se sentía poseído por una especie de valor loco.

Chambers se había marchado incluso antes de que él llegara, lanzándole una mirada con intención. Ah, entonces lo sabía. Bueno, pronto se iba a terminar enterando...

—Charlotte. —Ella lo miró—. Me gustas.

Lo dejó en el aire, y sintió sus hombros ligeros, como si se hubiera quitado un enorme peso de encima. Se sentía bien, se sentía muy bien.

—Me gustaría invitarte a Hogsmeade... No como amigos, sino como... algo más.


Charlotte parpadeó, con la boca semi abierta. Entonces se echó a reír, alegre, y aquello fue el «tú también me gustas» que Sebastian necesitaba escuchar.

—Oh, sí. Me gustaría. Sí, sí, sí...

Estaba segura de que estaría rojísima, y no dudaba de que parecería loca, con la risa que nacía desde su garganta y los ojos brillando, pero qué importaba. Cualquier rastro de temor había desaparecido. Ya no le oprimía el pecho, ni la hacía sentirse torpe o tonta, se sentía feliz. Oh, su madre tenía razón, sí, mucha razón.

Entonces se acercó a él y besó su mejilla.

—Te espero a las 10.

Sebastian se encontró esbozando una sonrisa leve... Era el olor de su amortentia, lo sintió cuando ella se acercó. Las cosas no podían ser mejores. La miró con ojos cálidos.

—A las 10.

—Y ni un minuto tarde, eh, Schlotterbeck... —Charlotte volvía a ser la Charlotte juguetona de siempre. Se puso las manos en la cintura.

—Una suposición así ofende, Crave. —El arqueó las cejas.

—Bueno, es cierto que no hay en la escuela persona más puntual que tú... —dijo ella sonriendo.


Sebastian no se había preguntado qué clase de bicho se le había metido en la cabeza, no. Tampoco se interrogó por qué se trataba, de entre todas, de Charlotte Crave. Traviesa, infantil y despreocupada Charlotte Crave. No hacía falta preguntarse por qué encajaban, siendo él como era, casi de piedra, frío y callado. Rowy lo llamaba «los opuestos se atraen». Sebastian la dejó hacer. No importaba, no. Sé gustaban y ya.

—Anda, tómala —dijo Charlotte, ofreciéndole su mano—. No creas que no me he dado cuenta, Schlotterbeck, de que me quieres tomar de la mano... —canturreó.

—Solo esperaba a que tú... Yo... No quería hacerte sentir incómoda... —confesó él, ruborizado, muy a su pesar. Había aceptado que con Charlotte tampoco iban los grandes detalles de amor o cosas cursis, en eso coincidían y se sentía más cómodo. Pero otros gestos los consideraba necesarios... mas cuando ella tomó su mano, ya no le preocupó más.

—¿Ya ves? No está tan mal esto ¿a qué no? —Sonrió.

—Crave... —Sebastian le dio un apretón suave.

Ella rió.

—Espera a que descubras lo que es un abrazo...

Sebastian agradeció el clima frío que ya coloreaba sus mejillas.

—Ah, y no creas que no lo sé. Te estoy haciendo sonrojar —dijo ella con un guiño.

Él puso los ojos en blanco y se ajustó la capucha con la mano libre queriendo ocultar la sonrisa.

—Ya lo sabes —se adelantó él—. Me estás haciendo sonreír...

—Es todo un hito, Sebastian, no me lo vas a negar. —Ella soltó una risita—. Por Salazar...

Sí lo era. Entrelazó sus dedos con los de Charlotte. Era una sensación agradable, muy. Verla sonreír, escuchar su voz, oír cómo le tomaba el pelo, sentir su mano cálida... La sonrisa le salía tan genuina, solo estando con ella, solo siendo ellos... y Sebastian decidió que no le importaría hacerlo más seguido.