*N/A: Advertencias: tensión sexual en grandes cantidades (nada explícito). No apoyo a JK en absoluto, el verdadero canon pertenece a la increíble Irati.

Recomiendo escuchar "And I love you so", de Don McLean antes de leer.

Espero que os guste!


Aquí no hay quien viva ni muera

—No puedo creer que te acostaras con mi prima.

—¿Vas a dejarlo algún día?

—Sí, calcula entre 10 y 15 años caninos, recuerda multiplicarlo por 7.

Una conversación extraña. Voces desconocidas.

Tres brujas paran de golpe sus charlatanas lenguas para poder afinar mejor sus oídos.

No es necesario, al final. Las tres se encuentran en el rellano frente a su vivienda y las voces se acercan.

Ellas son viejas y están aburridas. Los que vienen son todo lo contrario.

—Los nuevos vecinos —murmuran.

Son dos hombres en la flor de la vida; apuestos, elegantes. Se les nota emocionados.

Uno de ellos lleva camisa clara y chaqueta de punto con coderas. Bigote bien recortado y sonrisa paciente de profesor.

El otro viste de negro, porte regio y rebelde al mismo tiempo, barba oscura, atractivo. Cuidadosamente desarreglado. Mirada seductora y el pelo por los hombros. Va el primero, frena un momento para no chocar con ellas y les sonríe guiñando un ojo.

—Buenos días, señoras.

Lleva una enorme caja entre los brazos. El que lo sigue sujeta otra, con muchísimo más cuidado.

—Buenos días —repite este a su vez. Su tono es suave y educado.

Tres cabezas atónitas asienten en respuesta, a modo de saludo. Ninguna parpadea ni un instante.

Los magos pasan de largo, continuando su ascenso por las largas escaleras. Tras ellos, un montón más de cajas y baúles vuelan imitando los pasos de sus dueños. La procesión pronto llega al cuarto piso y para de golpe; han llegado a su destino.

Sin mediar palabra, las mujeres se apretujan contra el pasamanos, inclinándose para poder oírlos mejor.

El de las pintas de profesor maniobra hasta sacar una llave de su bolsillo y se dispone a abrir la puerta del piso que hasta hace poco estaba en venta.

—¿Por dónde íbamos? —La voz de su compañero suena llena de intenciones y ninguna especialmente buena. —Ah, sí, ya recuerdo. Con mi prima.

—Con tu prima.

La puerta se abre con un crujido mientras el otro le da la razón, sin molestarse en negarlo. Parece un hombre paciente, o acostumbrado a esta clase de discusiones.

—¡En mi funeral! Qué falta de respeto.

—Pusimos "Miss American Pie" de fondo, ¿no era eso lo que querías?

Entran, la discusión sigue, la puerta se cierra y las voces se apagan.

—Señoras… creo que ese era Black, Sirius Black.

Está pálida.

Se miran entre ellas. El momento es corto. Rápidamente corren al interior de su propio apartamento —el de dos de ellas, claro, la tercera es la invitada que no duda en reclamar sus privilegios: "¡dejadme pasar!", grita, "rápido", agrega —. Se empujan y se atropellan, pero finalmente se encierran dentro.

No hay miedo en sus miradas, solo emoción contenida. Un instinto de aventura olvidado hace tiempo. La vibrante atracción de la Novedad.

—¿Estás segura? ¿Sirius Black aquí? ¿El Sirius Black de las noticias? ¿El mortífago? —Una de ellas pregunta, menos preocupada de lo que debería. —¿No había muerto?

Su hermana corretea por la habitación como una avispa, buscando algo. Aun así, tiene tiempo para contestarle.

—Que no, tontita, que no era un mortífago. Y ya ves que no está muerto. Eso era una de las mentiras del Ministerio. Como lo de los extraterrestres o las pociones para adelgazar.

—Es un héroe de guerra —asiente su vecina —. El padrino de Harry Potter.

—¡Y es mucho más guapo que en los periódicos!

—¿Pero está aquí de verdad? ¿En nuestro edificio?

—Y parece que para quedarse.

La más enjuta y energética de las tres brujas es también la más emocionada. Después de unos minutos infructuosos, impaciente, se cansa de buscar y recuerda sus poderes.

Accio —convoca con un movimiento de varita. Y, orgullosa, muestra su peculiar tesoro a las demás. —No hay problema, nosotras nos encargaremos de vigilarlo.

—Pero a ver, ¿no era un héroe de guerra? ¿En qué quedamos?

—¿Y eso qué más da? Ahora ven. Vamos a enseñarte cómo se manejan las verdaderas cotillas profesionales.

Con una sonrisa de oreja a oreja, la otra la empuja hacia la ventana.

—Vamos, vamos, vamos.

Y ella, con un suspiro, va.


Adelaida McFinn, a sus 102 años, jamás se había planteado pasarse la tarde asomada a la ventana de sus vecinas, que hacían levitar expertamente una oreja extensible —"Sortilegios Weasley: ¡las mejores del mercado!" —hasta la ventana superior, para escuchar las conversaciones de una pareja famosa. Si alguien le preguntase el porqué de esto, diría que fue porque sencillamente "nunca se le ocurrió", pero que ahora lo estaba disfrutando enormemente y se arrepentía mucho de no haberlo pensado antes. Nadie se lo preguntará nunca, sin embargo. Ya no le queda nadie a quien le pueda interesar...

Hace calor en esa tarde de verano y Sirius Black y Remus Lupin continúan su mudanza.

Horas y horas de flirteos y tensión sexual enmascaradas por discusiones tontas.

Las viejas han escuchado ya tantas obscenidades que sus mejillas están coloradas como las de una veinteañera y hace un rato que no son capaces de mirarse a los ojos entre ellas por temor a sentirse juzgadas. Pese a todo, no despegan sus oídos del piso de arriba y reprimen su emoción con la mirada brillante cuando los hombres vuelven al tema que les da tanta curiosidad.

—Te he preguntado si te parece bien que deje tus discos aquí.

—Haz lo que quieras.

Un resoplido se escucha a través de la oreja encantada.

—Me estoy cansando de este mal humor tuyo, Canuto, llevas todo el día así, perro celoso.

—Tengo todo el derecho del mundo a estar celoso, no todos los días te mudas al piso de al lado de la exmujer de tu novio y su hijo.

Tapándose la boca con las manos para intentar no hacer ruido, las brujas chismosas jadean sorprendidas, ríen complacidas y se señalan entre ellas haciendo gestos. El misterio que allí las había llevado está resuelto al fin; y es mucho más jugoso de lo que habían soñado. "Míralo que calladito se lo tenía esa Nymphadora" y además "¿el padre del pequeño Edward?" y también "ya verás cuando en la peluquería se enteren de que Sirius Black es homosexual" susurran golosas antes de mandarse callar mutuamente. Nada de ello las salva de dar y recibir codazos para poder acercarse más y oír mejor.

No se han perdido mucho.

—Amas a Teddy —la voz del hombre que parecía tan agradable y ha resultado ser mucho más interesante de lo esperado, suena segura y confiada cuando hace esa declaración.

—Eso no tiene nada que ver. —También el otro suena seguro, atrapado en su cabezonería. —El niño no tiene por qué pagar por los pecados de sus padres.

La discusión es cada vez más intensa y las viejas escuchan en silencio, atentas y adictas a cada pizca de información que puedan extraer de una conversación que suena así:

—¿Pecados?

—¡Te casaste con ella!

—La última vez que lo miré eso no era un pecado.

—Calumnias, patrañas. ¡Pecadores!

—Nos casamos porque facilitaba las cosas si nos pasaba algo a uno de los dos.

—¡Porque la dejaste embarazada! ¡En mi funeral!

—Posiblemente.

—No quiero pensar cuántas oportunidades más tuvisteis de que pasara.

—Era la guerra, Sirius, todos estábamos confundidos. Sabes que la quiero solo como una amiga.

—Sí, como una amiga con un prefijo que empieza por "f".

—Sigo siendo gay, Canuto, no me interesa de esa manera.

—Claro, claro, gay, ¿pero gay tipo "no, Sirius, nunca me acostaría con mujeres" o gay tipo "a menos que sean tu prima"?

—Gay tipo "no sé por qué te aguanto".

Al llegar a este punto, ninguna de las tres ancianas es capaz de seguir la escena. De tanto aguantar la risa, Penélope Haywood, llora.

En su larga vida, ha sobrevivido a dos guerras y llorado entre ambas —lágrimas de tristeza, traición, impotencia, rabia —. No ha tenido mucho tiempo para reír, y menos llorar de risa. Tras haber perdido a su hijo en una de las primeras batallas y ser apartada de sus nietas durante las siguientes por una madre muggle con las mejores intenciones, ha sufrido lo suficiente para muchas vidas. Ahora, en estos años de paz, por fin puede permitirse disfrutar de una buena carcajada todo lo que quiera.

Sus nietas, Penny y Beatrice Haywood, son felices también y están sanas y salvas. Curiosamente, de hecho, la mayor, la que lleva su nombre, había coincidido en la misma Casa —Hufflepuff, como su orgullosa abuela, como toda su familia desde hace generaciones —que la joven Nymphadora que ahora vivía en el mismo edificio que ella y su hermana. Un encanto de niña.

Se había mudado hacía unos años y jamás contestaba a sus preguntas. Sabían que era una auror, algo torpe y demasiado entusiasta. Pero siempre las ayudaba cuando lo necesitaban y se ofrecía a hacerles la compra para que ellas no tuviesen que salir. Su hijito, además, era monísimo.

Y su exmarido, al parecer, ahora era su nuevo vecino.

—No sé de qué te quejas, tu hijo tiene tus genes —argumentaba él justo en ese momento.

—No es lo que suele ocurrir cuando adoptas un niño, Remus.

Y de pronto, movimiento.

—¿Qué es ese ruido? —Susurra al oírlo la voz de Adelaida McFinn.

Pasos.

Son pasos.

—¡Nos van a pillar!

Penélope Haywood comparte una mirada con su hermana.

Gloriosa Haywood, cotilla con 60 años de experiencia, asiente.

—Corre.

Y las gemelas repiten:

—Corre, corre, corre.

Los pasos se acercan a la ventana mientras lo hacen.

Las orejas extensibles se desvanecen con un sencillo hechizo. Da comienzo el plan B:

—La bola.

—La bola, la bola, la bola.

—¿Qué bola?

—¡Esta bola!

Gloriosa Haywood agita sobre su cabeza la esfera de cristal con aire de victoria.

Atrás quedan todas las risas que se habían producido en Hogwarts tras descubrir el que era su único talento. Todavía podía recordar a sus profesores de Adivinación y a sus crueles compañeros acusándola, ya no solo de ser negada para su asignatura, sino de ser "negativa" para ello. A quién le interesaba, después de todo, conocer el presente al mirar una bola mágica. Al menos, Gloriosa Haywood podía ver algo en aquellos artilugios —había defendido ella siempre —, a diferencia de muchos de sus compañeros que, por mucho que se esforzasen, tan solo podían ver Oscuridad en ellas. Presagio acertado de los tiempos que vendrían, por otra parte.

El presente, que no el futuro, un don peculiar e inútil al mismo tiempo para una adivina. Por lo menos hasta que llegó la guerra.

Bloqueando esos intrusivos pensamientos que amenazan con amargarle la velada de nuevo, la bruja obliga a sus compañeras, tan fisgonas como ella, a sentarse alrededor de su mesa.

Su extraño talento, hoy, ya no sería usado para observar al enemigo y desbaratar sus planes; hoy, lo usaría para algo mucho más temible, satisfacer su curiosidad.

El sonido que proviene de la esfera se escucha distorsionado, pero todavía funciona.

La imagen, sin embargo, es tan clara como si los tuvieran delante.

Con nitidez, aquella magia sin igual les muestra cómo Remus Lupin ordena los libros que va sacando de un enorme baúl con parsimonia, apoyado en una mesa en el centro de una estancia que, una vez acaben de decorar, será un hermoso salón. A unos metros de él, pero lo suficientemente cerca como para no salirse del plano empequeñecido que sus vecinas tienen sobre ellos, Sirius Black se sienta en la ventana a fumar, con una pierna colgando por fuera.

—Más le vale que no me deje ceniza en la ropa tendida o verá lo que es bueno, mortífago o no.


Un silencio de agradable paz recorre el apartamento de la pareja. Incluso desde fuera puede percibirse en ambos el aroma tranquilo de quien se sabe en casa después de un largo viaje.

No es ningún secreto cuál ha sido ese terrible viaje que han tenido que hacer para poder llegar a este punto y no será algo fácil de olvidar, pero la palabra "casa" —"hogar" —parece hace tiempo asentada en cada mirada que cruzan aquellos hombres; el nuevo piso es mera formalidad.

—No me vengas llorando si te matas. —Remus comienza a hablar de pronto. No despega la vista de su tarea, no obstante, concentrado, al parecer, en leer cada título de su extensa colección de libros, muggles y mágicos, para ordenarlos alfabéticamente.

Sirius deja escapar una carcajada. El humo de su cigarrillo sale de sus labios en una gran bocanada.

—Si después de todo, muriera por caerme por una triste ventana, creo que hasta me lo merecería. —Tiene una sonrisa perruna y peligrosa. —Al final James tenía razón, por cierto, no se me ocurre una muerte más estúpida que "muerte por cortina".

—Pena no haberme sumado a la apuesta, habría ganado sin un ápice de duda.

El otro hombre protesta en una queja que bien podría haber sido un ladrido.

—Por suerte, no moriste —concede el licántropo —. Todavía tienes una oportunidad.

—¡Por supuesto que no lo hice! Era una cortina de mierda, solo tenía que conseguir que se corriese y me dejase pasar. Y ya sabes lo bien que se me da.

El mago guiña un ojo sugerentemente. Sugerencia que es claramente ignorada por su compañero.

—Tardaste más de dos años.

—Soy un amante paciente.

—Díselo a quien no te conozca.

—El tiempo pasa diferente cuando estás muerto.

—¿No era que no habías muerto?

—Bueno, vale, sí, morí un poco —admite —. Pero es aburrido estar muerto. James sigue tan obsesionado con Lily como siempre, no tienen tiempo para mí entre tantos arrumacos.

—Así que te escapaste.

—Sí. Eso.

Remus levanta por primera vez la mirada de sus libros. Sus ojos brillan y la comisura de su labio tiembla mientras intenta mantenerse serio.

—¿Recuerdas que ya me has contado que fue James el que te dio una patada en el culo para que volvieras conmigo y con Harry a través de la dichosa cortina, no?

Sirius se encoge de hombros en contestación.

—Tenía la esperanza de que lo olvidaras. Es mejor que me pienses en mí como un héroe o empezarás a ponerle ojitos a mi prima otra vez.

—Nunca he puesto "ojitos" en mi vida. Y se casa pasado mañana, Sirius, creo que a su esposa no le haría gracia.

—Tendré que aliarme con ella para vigilaros de cerca —asiente, convencido.

—Por supuesto que sí.

—¿Es pasado mañana ya? —Comenta retóricamente, relajándose contra la pared y llevando de nuevo su cigarrillo a los labios.

El poder de las brujas les permite observar al "exprisionero de Azkaban" en la ventana. Sereno, tranquilo; sonríe levemente todavía. Se ha subido las mangas de su camisa y sus tatuajes destacan sobre su piel, visibles incluso a través del orbe de cristal. El viento de la calle agita su melena mientras mira hacia el cielo. En paz.

Abajo, por el contrario, no hay lugar para la calma; la noticia descubierta causa revuelo entre sus espías.

La sorpresa obliga a abrir desmesuradamente los ojos a las tres ancianas.

—¿Cómo se atreve a casarse sin decírnoslo? ¡Somos sus queridas vecinas!

—¡Circe Santísima! ¡Y yo con estos pelos! ¿Creéis que Rosemary tendrá hueco a primera hora para peinarme?

—¡Pero si no te han invitado! —Adelaida McFinn decide ser la voz de la razón.

—¿Pero tienen que hacerlo, no? Si no, tendremos que ponerles maleficios y esas cosas. Lo dicen en los libros de la pequeña Beatrice.

Gloriosa Haywood se ríe una vez más de su gemela, cuya obsesión por los cuentos muggles no pasa desapercibida.

—¡Eso es en los bautizos! ¡Que no te enteras!

—Oh, sí, claro, claro.

No está muy convencida pese a sus palabras, pero Penélope Haywood no tiene tiempo para seguir discutiendo porque las voces masculinas del piso superior continúan su debate sin esperar por ellas.

—Que no vas a ir en falda. No otra vez. —La paciencia de Remus parece inagotable.

—¿Y Teddy?

—Teddy tiene 6 años, no entiendo por qué insistes en compararte con él —declara —. Y si lo hace, que no lo hará porque ya le has comprado un traje carísimo, será porque quiera hacerlo, sin más. La diferencia es que tú lo haces por llamar más la atención que las novias y robarles el protagonismo. Es su boda, Sirius, no la tuya.

—Me refería a qué va a pasar con él.

Sirius da una calada profunda sin dejar de hacer contacto visual con su pareja. En su rostro, una sonrisa de falsa inocencia, una mirada traviesa que lo delata. Exhala, y el humo de sus pulmones se escapa por la ventana.

Remus alza las cejas, pero aun así contesta.

—Si nos da tiempo a organizar todo esto, se quedará con nosotros toda la semana mientras ellas se van de luna de miel.

—Cierto —asiente el animago y, con su gesto, las cajas y baúles a su alrededor comienzan a desembalarse solas; cada vez a más velocidad, los objetos se colocan uno a uno en su sitio diligentemente. Los ojos de Remus chispean divertidos, pero Sirius no parece darle importancia a su hechizo y continúa fumando, impasible. —¿A dónde me dijiste que iban?

—No te lo dije, no te interesaba.

—Bueno, ahora sí me interesa.

—Se van a Grecia, hasta el domingo.

Se oye un suspiro dramático. En la esfera mágica destacan de pronto unos ojos grises, que se hacen cada vez más intensos.

Algo se rompe en el aire.

Remus levanta la cabeza. Es sutil. Es lenguaje corporal. Sirius lo mira fijamente.

El ambiente cambia. No hay causa concreta. Todo se ralentiza. Las ancianas mironas tragan saliva y contienen la respiración.

—¿Grecia? —Sirius da una última calada a su cigarrillo. Lo hace desaparecer al tiempo que se levanta, elegante. Cierra la ventana, prudente. Camina hacia el lobo hasta ponerse justo detrás; peligroso, sensual. —Deberíamos ir. Algún día, no ahora, no con Tonks por ahí haciendo cosas pervertidas.

—¿Quieres ir de viaje? ¿Conmigo?

Remus no se da la vuelta, pero le escucha. Le escucha claramente. Lo que dice y lo que no está diciendo. Sus palabras rozan su cuello.

—¿Con quién más iba a hacer cosas pervertidas?

Un beso, solo uno, pequeño. Allá donde comienzan las cicatrices de su espalda.

—Está bien, iremos. —No se resiste demasiado. —Algún día, no el domingo, tampoco. Viene Harry de visita.

Sirius reacciona de golpe. Sus ojos brillan muy abiertos. Remus aprovecha para darse la vuelta y mirarlo de nuevo. Sus manos se apoyan contra la mesa tras él.

—¿Harry?

—Estás moviendo la cola, chucho, contrólate —ríe en voz alta. Pequeñas arrugas enmarcan sus ojos.

Sirius le devuelve la sonrisa y se acerca un poco más. Lo suficiente para que sus cabezas se junten y no haya entre sus labios más de un susurro de distancia.

—Hey, Remus.

—Qué —se queja él en su boca.

Sirius comienza una caricia y le sujeta la nuca. Su agarre es firme, seguro, potencialmente mortal.

—Vamos a ser muy felices aquí.

Remus se mueve sin cederle el control por completo. Su expresión es risueña y sincera.

—Eso llevo diciéndote todo el mes.

—Lo sé —susurra; paladea las palabras, disfrutándolas, como si estuviera en un juego a punto de ganar. —A veces te escucho.

Se miran a los ojos y parece que saltan chispas. Hay magia en el ambiente y tensión en sus cuerpos. Es tarde ya y la luz de la luna menguante entra por la ventana, saludándolos como una vieja amiga.

No hace falta ser experto en Adivinación para saber lo que ocurrirá a continuación. La bola de cristal refleja la escena de dos magos que se aman y no temen mostrarlo al mundo. Ya no temen a nada.

Se lanzarán el uno sobre el otro. Pronto. Y se van a besar. Se van a morder. Y lo van a disfrutar.

Indomables, inconformistas, avariciosos.

Pero ahora mismo, en este instante, no se mueven. Solo sus ojos lo hacen: boca, labios, ojos, repetir. Alargando un momento que parece a punto de estallar.

Es una atmósfera tirante como el arco que dispara una flecha. El juego solo acaba de empezar.

Es divertido y es sexual. Se escucha un gemido. De una de las mujeres que los observan. Quizás de las tres. No importa, de todos modos, todas lo negarán. Risas nerviosas. Se están saltando demasiadas reglas. Sus mejillas arden como el infierno; se sienten jóvenes, traviesas y con ganas de encerrarse en su habitación, contagiadas por el espíritu rebelde de los merodeadores.

Quizá sea demasiado para ellas.

Y entonces comienza. Los dos hombres, allí mismo, se besan, ante sus ojos. Al fin. Y cada beso que se dan es como el primero que se dieron. Ardiente. Único.

Las caricias que presencian les recuerdan a cientos de caricias en sus propios cuerpos. Amores y pasiones que ya no volverán. Otros juegos, otras risas, otros tiempos. Recuerdan su propia felicidad.

Sus vecinos son animales que se besan, muerden, luchan hasta dejarse sin respirar. Sus lenguas se enredan brillantes de saliva.

Parecen tan jóvenes y ancianos al mismo tiempo. Frágiles y fuertes. Poderosos y atormentados.

De pronto, algo arde, y no son solo ellas.

Se apartan al mismo tiempo.

Un jadeo. El ruido de un golpe retumba. Una bola mágica rota.


—¿Qué ha sido eso? —Remus tira del pelo con fuerza a su amigo más antiguo, sin parar de besarle.

—Las viejas de abajo —contesta él —llevan espiando desde que llegamos.

—Hemos causado una buena impresión.

Sus labios hinchados sonríen a la vez.

—Ya me conoces, siempre dispuesto a dar un buen espectáculo.

—Quizás deberíamos poner protecciones. No queremos que se enteren de todos nuestros secretos.

—Déjalas que miren.

—No me refería a esos.

Remus sonríe de nuevo y Sirius, una vez más, le besa. Le lame la boca.

Se alimentan el uno del otro. Se besan hasta que ya no pueden besarse más sin pararse a respirar. Y entonces se besan un poco más. Sólo porque pueden. Sólo porque ya nada ni nadie se lo impedirá jamás.

Y luego se abrazan. Entre ellos y a la nueva vida que empiezan ese día.

El ritmo de sus corazones cambia y se vuelven a besar; en esta ocasión es lento, tierno, eterno.

Disfrutan de los brazos del otro, de su alma volcada en cada caricia. Del aliento sobre su piel. Por un momento, sus respiraciones se acompasan, jadeantes. La mano de Sirius sigue en la nuca de Remus y elige ese momento para recorrer su espalda y descansar sobre su cintura.

La otra toma una de las manos de su compañero y la deja sobre su pecho. Su corazón late bajo el calor de sus dedos. Una y otra vez. Constante. Fuerte.

El pulso de Remus se le marca en el cuello y Sirius lo besa.

Vivos. Están vivos y se sienten vivos. Y eternamente agradecidos por ello.

Es un momento íntimo, lleno de esperanza y calor.

Se separan un poco; por una vez, el mago Black se molesta en sacar la varita de su bolsillo.

—¿Un poco de música, Lunático? —Pregunta, aunque el gramófono ya está en marcha.

Remus asiente con ojos amables, volviendo a enredar sus dedos en el cabello oscuro de su enamorado.

Sus frentes vuelven a chocar al sonar las primeras notas.

Son notas que les atrapan, traídas de otra época. Recuerdos de una habitación desordenada en Hogwarts y el mismo gramófono, cantando las mismas canciones.

Cuatro voces en el pasado, haciendo los coros. Cuatro voces desafinadas, a veces una más, femenina, entre ellas. Voces jóvenes, gritando palabras de las que todavía no entienden el significado.

La guitarra baila, alegre y melancólica al mismo tiempo.

Y —And I love you so —, Don McLean empieza a cantar.

Los primeros acordes les envuelven como una caricia.

La letra les llega muy dentro esta vez.

The people ask me how,
How I've lived till now.
I tell them, "I don't know."

No se mueven, no se balancean, aunque la música invita a ello. Escuchan y se abrazan. Con las frentes juntas y sus almas aún más.

I guess they understand
How lonely life has been.

Suave y sensual. Siguen abrazados y se apoyan el uno en el otro, disfrutando la música que late, vibra y baila entre ellos.

But life began again
The day you took my hand.

Remus cierra los ojos.

—Sirius —murmura.

Él asiente, y esa es toda la respuesta que necesita.

Nunca se han dicho las palabras. Nunca han sido necesarias. Nunca han sido suficientes. "Si existiera la manera de decirte lo que siento por ti, te juro que te lo diría" se habían prometido una vez. Sentimientos tan intensos y tan profundos que crean las magias más poderosas y ganan las más terribles guerras.

No lo dicen, pero se lo demuestran, cada día desde que volvieron a estar juntos, como siempre debieron estar.

And, yes… —grita el gramófono con pasión —, I know how lonely life can be.
The shadows follow me, and the night won't set me free.

El brazo de Remus aprieta el de Sirius, aferrándose con fuerza a su camisa.

But I don't let the evening get me down
Now that you're around me.

Otro beso, suave y lento. La flauta y la guitarra acompañan sus movimientos, deslizándose a su alrededor en un canto de esperanza, amor y felicidad.

La canción sigue sonando.

And you love me, too.

Las manos de Sirius descansan en la cintura de Remus; firmes, inamovibles.

Your thoughts are just for me.

Su voz les envuelve. La de ese gran músico que no se habían atrevido a escuchar desde aquel funeral en el que había cantado sobre el día en que la música moriría.

You set my spirit free.
I'm happy that you do.

Cierran los ojos y están escuchando a James, a Lily, e incluso a Peter, cantando en la Sala Común a todo pulmón, o en el Gran Comedor, o en el patio, en el jardín, en el bosque. Pueden oír sus risas, igual que lo harán por el resto de sus vidas.

Pero los abren y ante ellos, con la mirada limpia y llena de amor, ven a su compañero, a su amigo, a su amante y al amor de su vida. Y ven también a Teddy, a Harry, a Tonks y a su encantadora mujer. Ven su nueva familia y su futuro, y lo escuchan en las notas que flotan delicadas en la habitación.

The book of life is brief

Se agarran con fuerza, para no dejarse escapar.

And once a page is read
All but love is dead.

—Podría haber sido siempre así. Tú, yo, Harry.

That is my belief.

Sirius respira. Una, dos veces. Despacio. Pero no hay rencor o arrepentimientos en sus palabras esta vez, y su sonrisa no abandona su expresión.

And, yes, I know how loveless life can be.

—Todos cometimos demasiados errores.

Remus le acaricia, tantas veces como sea necesario hasta borrar todos los malos recuerdos.

The shadows follow me, and the night won't set me free.

—Si no me hubiesen quitado a Harry de las manos no habría ido a por Peter, Remus. Harry lo era todo para mí, no la venganza, como todos parecéis creer.

But I don't let the evening bring me down
Now that you're around me.

—Lo sé.

—Ahora tenemos otra oportunidad, Lupin. Somos libres, puedo salir a la calle, puedo darte la mano. Puedo vivir contigo y criar a nuestro hijo.

Todavía podía recordar con detalle el día en que había abierto los ojos por primera vez en un mundo en el que todos lo creían muerto. Podía sentirse corriendo a través de los pasillos de San Mungo, ignorando los rumores sobre su muerte. Podía ver a su prima Andrómeda, que había intentado pararle con un hechizo mientras sujetaba un bebé en brazos. Podía escuchar su propia respiración, jadeante, al lanzarse hacia la habitación donde estaba Él. Ella también estaba ahí, dormida o algo peor, y Andrómeda, que había entrado tras él. Y el bebé. Pero nada de eso importaba en ese momento. Porque lo había encontrado y allí estaba. Él. Dormido, herido, al borde de la muerte. Pero vivo. Tan vivo como él.

—Lo haremos. Todo eso y más.

—No la voy a cagar esta vez. Lo prometo.

—Yo tampoco, Canuto, yo tampoco. —Sus ojos se encuentran, celebrando el resto de su vida. —Lo juro solemnemente.

And I love you so.
The people ask me how,
How I've lived till now.
I tell them, "I don't know."


—Hey, Lunático, ¿crees que mi santa madre estaría orgullosa de mí? Al final tengo un hijo con mi prima, justo como siempre soñó.

Fin.


¡Hola de nuevo! Sé que hace mucho tiempo que no publico, pero mis amigas han insistido mucho en que debería compartir esta historia con el mundo jaja espero que la hayáis disfrutado tanto como ellas. Ahora que la maravillosa Irati vuelve a publicar (si no lo habéis hecho, por favor leer el Marauders!crack de esta increíble autora), me pareció un buen momento para finalmente atreverme a enseñaros esto que escribí tratando de sanar mi corazoncito que sangra de pena por estos dos...

Muchísimas gracias por leer, no os olvidéis de decirme si os ha gustado!

Y a mi amiga, la pirata pelirroja que tanto me ha apoya con cada cosa que escribo... te dedico esta historia, gracias por todo.