Otoño.

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Cada hoja habla de felicidad para mí, agitando los árboles de otoño.

(Emily Bronte)

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El otoño es una segunda primavera, donde cada hoja es una flor.
(Albert Camus)

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Oh, what do you think about that

Now you know how I feel

Say, you can handle my love, are you for real

(Are you for real)

I won't be hasty, I'll give you a try

If you really bug me then I'll say goodbye…

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A Hermione Granger le sorprendía poder escuchar el equipo de música de los chicos que ocupaban la habitación de al lado. No porque su volumen estuviera muy bajo que digamos (estaba tan alto que hacía que la fina pared temblara) sino porque el sonido de su propio corazón golpeaba fuerte en sus oídos en aquel momento.

En la oscuridad de la diminuta habitación, pasó lista de todo lo que la enloquecía de Fred Weasley. Cosa que no era del todo difícil cuando estaban apretados en su estrecha cama, en lo que a ellos les gustaba llamar como una sesión de despedida intensa.

Le gustaban sus labios finos, más aún cuando chocaban con fuerza con los suyos. O cuando bajaban por su cuello, dejando un camino húmedo y caliente, como estaba haciendo en ese instante.

Le gustaba la barba que le estaba comenzando a crecer y le producía cosquillas al rozar su piel. Aunque esa tarde, en ese pequeño cuarto a oscuras, la piel se le estaba erizando con cada toque. Y a diferencia de lo que hubiera pensado, aquella sensación no le era desagradable en lo más mínimo.

Y también le gustaban sus manos. Para ser más clara, la volvían loca. Grandes y de dedos largos. Una vez alguien había dicho que tenía manos de pianista, logrando así que Fred se riera al oír eso, ya que nunca se había sentado ante un piano en la vida. Amaba esas manos tanto como su cabello rojo y su rostro lleno de pecas. Amaba como recorrían su cuerpo y parecían llevar consigo un fuego que le dejaba hormigueando la piel.

Amaba tanto la forma en que Fred la tocaba con aquellas manos, que no opuso ningún tipo de resistencia cuando una de ellas se coló bajo su blusa y siguió subiendo hasta rozar la tela de encaje de su recientemente adquirido sostén.

Se apretó contra él, deseosa de más. Fred besó el espacio que había bajo su oreja, mientras su mano curiosa se apoderaba de su pecho izquierdo haciendo que soltara un suspiro. Apartó la fina tela a ciegas, acariciando su pezón con el pulgar.

Inclinó el rostro en busca de sus labios y los encontró fácil y bien dispuestos a ser besados. Rozó su cadera con la de él, intentando que supiera lo que quería. Intentando hacerle entender sin palabras lo que necesitaba con tantísimas urgencia.

Alzó su rodilla, envolviendo la cadera del pelirrojo, apretándose contra él un poco más.

Fred se detuvo, apartándose sólo lo suficiente para acabar con su beso, pero aún rozando sus labios al hablar.

—Es tarde. —dijo con voz ronca.

—No, no lo es.

—Si lo es —alejó sus manos de su cuerpo y alzó la cabeza. La habitación se iluminó apenas con la luz del reloj de pulsera de Fred. En la fantasmal penumbra Hermione admiró su obra. Había logrado que estuviera rojo hasta las orejas, con cara sudada y el cabello completamente despeinado. Sus ojos brillaban con intensidad mientras sus labios estaban completamente hinchados.

La música seguía sonando en la habitación de al lado. Una chica soltó una risotada en el pasillo y alguien dio un portazo con la puerta del baño. A Hermione le sorprendía lo fácil que se había olvidado del resto de personas que habitaban la casa de estudiantes donde ahora vivía su novio. Era sencillo olvidarse de todo cuando al fin Fred Weasley se atrevía a meter sus manos bajo su ropa.

Durante todo el verano había buscado un momento como aquél. Y es que desde que se habían vuelto novios, parecía que el mundo entero conspiraba para no darles privacidad. Su madre, Janet, lo hacía con poca sutileza, entrando a la habitación donde estuvieran sin llamar a la puerta y solía dejarla abierta al salir.

A Hermione le causaba gracia aquel repentino nerviosismo de parte de su madre ahora que Fred y ella eran novios oficiales. Hacía solo un año atrás, ellos pasaban horas encerrados en su habitación escuchando música y ni una sola vez habían recibido una mirada de desconfianza o la puerta se había abierto con la brusquedad de quien le daba una patada.

Así que la repentina privacidad que les otorgaba estar solos en Londres, en el diminuto dormitorio de Fred, era toda una novedad para la pareja. Tanto así que Hermione no quería que aquello terminara nunca.

—Podría tomar el siguiente tren…. —le propuso antes lanzarse otra vez en busca de sus labios.

—Hermione… —Fred intentó ser el adulto (al fin de cuentas era el mayor) pero toda convicción tambaleó cuando Hermione lo besó de esa forma que solo ella podía. De pronto estaba con la espalda contra el colchón y todo el cuerpo de su novia sobre él. Antes que pudiera oír la voz de la razón dentro de su cabeza, hundió sus manos bajo la falda de la chica, sintiéndose en la gloria nuevamente.

Hermione tenía tantísima piel que todavía no había explorado, que cada nuevo descubrimiento era como tocar el cielo con las manos.

Había pasado toda su adolescencia fantaseando con tener el permiso para hacer aquello, que ella no tenía que esforzarse demasiado para seducirlo. Aunque dudaba que fuera seducción lo que hacía su novia. Ella era tan dulce e inocente a veces que sentía que era él quien la arrastraba a todo aquello.

La chica se acomodó sobre él, sentándose a horcajadas sobre cierta parte de su anatomía que pedía a gritos ser atendida.

En aquel instante se mordió el labio para no soltar un gemido. La música de la habitación de al lado había quedado en silencio y se escuchaban las voces de sus compañeros discutiendo por alguna estupidez.

Usando toda su fuerza de voluntad apartó a Hermione. Con el corazón a mil por hora se sentó en la cama y encendió una pequeña lámpara que tenía a un lado. Se concentró para calmar su respiración acelerada mientras se pasaba las manos por la cara.

La miró de reojo. Estaba de rodilla sobre el colchón, con la blusa arrugada y la falda tan levantada que podía saber de qué color era su ropa interior.

Apartó la mirada, tragando con fuerza, intentando olvidar el encaje negro que acariciaba su piel. ¿Por qué diablos tenía que usar ropa interior tan jodidamente provocativa?

Intentó ignorar aquello y la siguiente vez que la miró se concentró en su rostro de mejillas al rojo vivo. Error. Sus ojos brillantes lo miraban dolidos por el obvio rechazo.

Se apresuró a alzar una mano, acariciando su rostro. Se inclinó lo suficiente para darle un casto beso en los labios.

—No puedes perder el tren, Hermione. No hoy, no la primera vez que tus padres te permiten venir a verme sola. —Acarició su mejilla con ternura. —No podemos permitir que piensen que es mala idea dejarte venir.

Hermione suspiró. Resignada se sentó junto a su madre mientras se arreglaba la ropa.

Desde que Fred se había instalado en Londres para estudiar y hacer su pasantía en la radio del hermano de su antiguo jefe, había sido él quien cada viernes por la noche tomaba un tren y un autobús para regresar al pueblo y pasar todo el fin de semana con ella. Mientras todos sus compañeros se iban de fiesta y disfrutaban los días libres con todas las tentaciones que podía ofrecerles la capital, él regresaba a casa, regresaba a ella.

Pero últimamente las cosas se habían complicado y Fred no había podido regresar al pueblo las dos últimas semanas.

Ante eso Hermione había decidido tomar el asunto en sus capacitadas manos. Si él no podía ir a verla, ella lo haría. Le había costado muchísimo convencer a su madre, pero por suerte no mucho a su padre.

Al final había presentado su caso con todos los argumentos que se le habían ocurrido. Desde lo importante que era verse para dos jóvenes enamorados, hasta señalarle a su madre que el próximo año ella también se iría a la universidad y tendría que saber cómo moverse por las ciudades sin estar esperando por nadie.

Al final ese argumento fue el que la convenció y le dio permiso para ir a Londres, aunque sólo por el día.

Hermione estaba tan harta de tener que conformarse con la voz de Fred en el teléfono, que la idea de estar con él solo unas pocas horas le era suficiente para ser feliz. Aunque ahora que debían separarse nuevamente, sentía que el agujero en el pecho que había tenido las últimas semanas volvía a formarse.

Volvió a suspirar. Definitivamente no podían arruinarlo y hacer que sus padres le prohibieran regresar. Tal vez en un tiempo sí podrían usar la carta de perder el tren, pero no ahora.

Se arreglaron la ropa y Hermione tuvo que peinarse nuevamente ya que la trenza que se había hecho al salir de casa estaba por completo desecha. En cuanto estuvo lista se colocó la chaqueta y se colgó al hombro su mochila. Se echó un vistazo al espejo que Fred tenía en la puerta de su diminuto armario. Su aspecto era completamente normal, aunque aún tenía las mejillas manchadas de carmesí y los labios un poco hinchados.

Fred le sonrió antes de darle un último sentido beso y abrir la puerta del dormitorio. Con las manos fuertemente agarradas salieron con sonrisas tontas y mirándose con complicidad.

La casa tenía dos plantas, contaba con dos cocinas bien equipadas y cinco baños. Vivían nueve chicos y siete chicas, el más joven tenía apenas diecisiete y la mayor acababa de cumplir los treinta. La casera vivía dos portales más allá y solía aparecer por sorpresa para asegurarse que no estuvieran haciendo nada indebido ni destrozando la casa. La mayoría de los huéspedes compartían habitación en dormitorios que contaban con dos o hasta tres camas. Todos excepto Fred, que tenía una habitación para él solo. Aunque la palabra habitación describía más de lo que en realidad era. Lo que tenía el pelirrojo era un pequeño espacio rectangular donde literalmente sólo entraba una cama, un armario pequeño y un escritorio, la silla no, porque así ya no se podría ni abrir la puerta.

Fred detestaba cada minuto que pasaba dentro de aquel dormitorio, pero Hermione lo había encontrado hasta acogedor, más cuando estar allí equivalía a estar a solas con él.

Atravesaron la sala, un área común llena de mesas y sillones, que en aquellos momentos estaba decorada con calabazas y murciélagos de papel ante la inminente llegada del Halloween. Había un par de chicas en una mesa haciendo tareas que ni siquiera dieron muestras de verlos. Un chico desparramado en uno de los sofás miraba la TV con cara de aburrimiento. Al verlos pasar, les lanzó una sonrisa divertida y les enseñó el pulgar, felicitándolos.

Hermione frunció el ceño, pero Fred solo apuró el paso con cara de pocos amigos y soltando entre dientes un casi inaudible "Idiota."

Llegaron a la estación con tiempo de sobra. En el andén permanecieron abrazados y besándose mientras que esperaban la llegada del tren. Hermione rodeando su cuello con las manos mientras enredaba sus dedos en sus cabellos color fuego, sonreía como boba al tiempo que Fred posaba sus manos sobre su cadera, acariciando el pequeño trocito de piel que quedaba al descubierto cada vez que Hermione se estiraba para alcanzar sus labios.

Faltaban minutos para la llegada del tren cuando apartó su rostro lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Podría convencer a mi madre para que me dejara quedarme todo el fin de semana la próxima vez que venga.

En cuanto lo dijo en voz alta, Hermione entendió porqué su madre había sido tan inflexible en el tema de quedarse a dormir en Londres. Hacer eso equivalía a pasar la noche juntos, sin ninguna supervisión, solo ellos dos. Su madre había sabido lo que eso acarrearía, al igual que Fred, que al escucharla negó con la cabeza.

—No creo que sea buena idea, cielo.

Nuevamente Hermione sintió como si acabarán de abofetearla. Primero más temprano cuando Fred la había apartado con excesiva brusquedad y ahora otra vez. Se tragó la humillación. Era obvio cuál era el problema.

—No quieres acostarte conmigo. —Susurró. No era una pregunta. Fred sintió como su novia intentó apartarse, pero él la tenía bien sujeta de la cintura.

—¿Por qué dices algo así?

Hermione lo fulminó con la mirada

—¿Qué quieres que piense entonces? —Le espetó en voz baja— cada vez que intento…. Está claro no te atraigo lo suficiente como para….

Fred la calló con un beso. Uno feroz y hambriento que la hizo chocar contra una de las columnas del andén.

—Nunca jamás vuelvas a decir que tu no me atraes—le dijo al oído jadeando, haciendo que se le erizaran los pelos de la nuca. —No te haces una idea de todo el autocontrol que debo usar cada vez que te tengo cerca.

—¿Entonces cuál es el problema? —Porque definitivamente Hermione veía que había un problema.

El pelirrojo apoyó una de las manos en la columna que había detrás de Hermione y miró el cielo cada vez más oscuro, antes de soltar un largo y profundo suspiro.

—Te mereces algo mejor…

—¿De qué diablos hablas?

—¿Sabes por qué Devon nos sonrió cuando salimos? Porque creía que tuvimos sexo—le explicó molesto —Te mereces algo mejor Hermione.

—¿Sigo sin entender…?

—Tu primera vez…. Nuestra primera vez tiene que ser especial. No quiero que sea en ese cuchitril en el que vivo, mientras suena la estúpida música que escucha el idiota de la habitación de al lado.

—Ey, no te metas con las Spice Girls. —le advirtió apuñalándolo con su dedo índice. Cuando Fred la miró, se sorprendió al verla sonreír de la forma más sincera. —Fred, te amo desde que tenía once años y era demasiado tonta como para entenderlo. Te amo.

—Yo también te amo, por eso…

—Por eso, nada. —Posó un par de dedos en sus labios para hacerlo callar—Quiero estar contigo ¿acaso tú no?

Fred besó sus dedos antes de responder.

—Por supuesto que quiero.

—Entonces que no se hable más —se puso de puntillas para darle un beso —A mí me gusta ese cuchitril, y más si estoy contigo. Y si no te gusta la música del chico de al lado, pondremos la nuestra. ¡Y al diablo Devon! —tomó sus manos, entrelazando los dedos mientras le sonreía con dulzura. — No necesito velas ni rosas, ni ninguna de esas estupideces que la TV te dice que necesito para mi primera vez. Lo único que quiero es a ti. Solo a ti.

Fred la miró maravillado. Cuando ella hablaba todo parecía tan sencillo. Tan obvio.

El tren llegó y se dieron un último beso que los dejó con el corazón apretado.

—¡Hermione! —la llamó cuando la chica tenía un pie en la entrada de uno de los vagones.— Dudo que la próxima semana pueda ir… ¿qué tal si vienes tú? Podrías venir el sábado en la mañana y regresar el domingo…

Hermione le dedicó una sonrisa radiante antes de subir al tren de un salto.

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El otoño es el silencio antes del invierno.
(Proverbio francés)

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Gracias por estar aquí para esta nueva aventura.

Los quiero 3001!

Luz