¡Hola a todos!
He estado muy ausente del fandom debido a mi trabajo; pero hoy regreso brevemente para publicar este one-shot bien rosita. Es sólo un ensayo, espero volver y continuar alguna historia que tengo pendiente.
Microfic dedicado a las Albertfans y a mis queridas Evita y Claudia. Abrazos.
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EL MERCADILLO
Hacía un sol espléndido y un clima bastante agradable para ser otoño.
Los niños correteaban en la pequeña plaza principal del pueblo, que había sido convenientemente cerrada para permitir la puesta del mercadillo anual en un apartado pueblo de Missouri.
-¡Pasa, tenemos quesos y embutidos caseros! ¡Prueba sin compromiso!- ofrecía una señora entrada en años y carnes, agitando un plato con pequeñas lonchas de sus productos.
Las vacas, pollos y demás animales de granja parecían ajenos a las negociaciones que sus dueños hacían con posibles clientes y otros granjeros.
La fruta recién cogida impregnaba el ambiente con su rico aroma, combinado con el de las tartas recién hechas.
Era la típica feria de pueblo rural. Pero para Albert, cada feria era distinta, siempre encontraba diferencias, matices; y disfrutaba mucho el proceso de montar y desmontar su pequeño puesto de venta, viajar por todo el país con su autocaravana... por no hablar de que su mercancía se vendía bien y además, al terminar la jornada de feria se iba al bar más cercano, a compartir pintas con los nuevos amigos que solía hacer en cada pueblo; ya que tenía por costumbre trabajar sus artículos delante de la gente, para animarles a comprar.
-Éste vale veinticinco dólares, señora; es lo menos que le puedo rebajar.
La mujer se queda observando el bonito sporran, se nota que entiende de esos artículos y al final termina comprándolo.
-Gracias, señora, ahora mismo se lo envuelvo- responde Albert, usando la misma frase de cortesía que utiliza con cada venta.
Se agacha para sacar de debajo de la mesa una bolsita de papel fabricado en casa, a fin de empacar el sporran.
-¿Tan vieja soy?- pregunta la clienta, medio en broma, medio en serio.
El joven rubio se pone colorado hasta los dedos de los pies.
-Bueno, es que yo intento ser respetuoso, ¿sabes? No es que no me haya fijado en ti -de hecho, llevaba observándola desde que llegó acompañada de un grupo de amigas a la feria- pero pues como estoy trabajando... -dijo señalando la parte de la mesa donde tenía sus materiales y herramientas para fabricar los sporran.
La chica y sus amigas no parecían del pueblo, tenían un aire demasiado cosmopolita y vestían muy a la moda pero, como tampoco conocía de nada al resto de los viandantes; no hubo a quién preguntar por esa preciosa muchacha. Alta, pecosa, con unos bellos ojos verdes y una figura espectacular.
-Aquí tienes tus veinticinco dólares, -dijo la chica, al tiempo que extendía la mano para coger la bolsita con el sporran -por cierto, me llamo Candy... espero que tú no tengas un nombre raro de esos medievales, ¿o sí?
Tal vez lo dijo por la temática de la mercancía que vende y la ropa que lleva Albert. De nuevo, el joven se sonrojó. Esa chica era clara y directa.
-Esto... me llamo Albert -alcanzó a decir el artesano.
Candy sonrió, complacida, y no se cortó a la hora de volver a preguntar.
-Encantada, Albert... ¿pero no deberías llevar una de esas faldas de cuadritos, en vez del pantalón? Digo, creo que oí decir por ahí que estas bolsitas -señaló el sporran- las usan los escoceses, aunque no sé para qué, si ni les caben nada... -reflexionó en voz alta.
Albert rió a carcajadas antes de contestar. Si ella supiera que el propósito de los sporran era llevar unas cuantas monedas, pero principalmente tapar los bajos de esos rudos highlanders, que iban por ahí sin ropa interior bajo la falda. No quiso ser irrespetuoso con ella, por lo que dio una explicación sucinta.
-Debería, sí, pero no fue posible convencer a la mujer del ministro, ¿sabes?... Les pareció indecente que un escocés lleve kilt, la "faldita", y tuve que improvisar.
Ahora ella soltó una risita burlona.
-Realmente no vas muy ad-hoc a la imagen de escocés, más bien, pareces un pirata. Pero te ves muy guapo. Tus manos son realmente de artesano, ¡mira cuántas cortaduras y callos!
Tercer sonrojo para el rubio.
Y sin más, la joven se marchó a donde estaban sus amigas, probándose collares y pulseras con otro artesano. Entre el barullo del mercadillo y los gritos de un bebé llorando, el joven artesano alcanzó a escucharle decir:
-Hoy iremos al baile en el ayuntamiento, ¿vienes?
Pero antes de que llegase a procesar la invitación, Albert ha decidido que esa noche no habría pintas de cerveza en el bar: se cambiaría esos ridículos pantalones por el kilt de su clan y dedicaría sus esfuerzos a buscar a esa linda rubia.
Y luego, ya el destino decidiría.
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Gracias por leer
