Empecemos con las aclaraciones.
He notado que no muchas historias tienen a Saori de protagonista, además de que este hermoso e INDISPENSABLE personaje se ha tenido que ganar la incomprensión y el odio injustificado del fandom porque es incapaz de entenderla o entender su verdadera misión como diosa. Así que le dedico esta historia para que sepan lo que ella es realmente.
En esta historia aparecerán varias parejas hetero: parejas de personajes por Oc que una de ellos no es mía, no va a haber Yaoi lamentablemente.
Por último y no menos importante; la mayoría de los personajes no son míos sino de Masami Kurumada.
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Era algo ridículo, un cambio al que decir "Extraordinario" sería un eufemismo. Pero aún así no había nada que pudiesen hacer para hacerla cambiar de opinión y no podían evitar sentirse tremendamente conmovidos, todos.
Saori había mandado a anular una de las leyes más antiguas del Santuario, esa que afirmaba que los Caballeros de Athena no podían enamorarse so pena de muerte.
Tan sólo porque ella había presenciado su sufrimiento.
El hermoso ruiseñor está revoloteando y nota como un bello joven no deja de llorar...
Había empezado por una simple corazonada. La joven de cabellos lilas no había evitado angustiarse al notar como sus queridos protectores ya no eran los mismos. Aioros, Aioria, Seiya, Aldebarán... ¡Incluso Saga! Los notaba idos, ella percibía una pizca de melancolía en sus ojos que ellos ante ella hacían el intento de ocultar.
Pero Saori no se traga ese cuento, ella posee la habilidad de percibir cuando algo inquieta a quienes considera su gran familia y está dispuesta a hacerlo todo para hallar una solución.
Igual al ruiseñor que, aunque el estudiante hacía el intento de callar sus sollozos ahogados, es incapaz de hacerse la vista gorda y va a consolarlo, por más que no sea su problema.
El estudiante no cree que la pequeña avecilla pueda ayudarlo, pero aún así podrá desahogarse con él.
Saori varias veces les había dicho, su puerta siempre estaría abierta para ellos cada vez que tuviesen algún problema o algo los aquejara. Sin embargo ellos tenían esa honda mentalidad de que sus preocupaciones son vanas, mundanas y sólo deben pensar en obedecer y proteger a su amada diosa.
Ella varias veces los retuvo con la única intención de hablar con ellos; que liberasen sus cargas en ella y les dejase ayudarlos. Pero ellos se mostraban esquivos y distantes al grado de que hasta Aioros, el hablador Aioria, el quejumbroso Deathmask e incluso el sincero Seiya se negaban a darle respuestas.
—No se preocupe por nosotros, Athena —Era eso lo que sus muchachos le decían.
—No piense en eso, señorita. Si ellos quieren decirle algo en algún momento se lo dirán —Fueron las palabras conciliadoras de Shion; más estas están lejos de darle consuelo.
La exasperaba de sobremanera aquella respuesta, la frustraba, la hacía sentir tremendamente impotente.
¿Acaso nunca podría proteger a los que amaba? ¿Acaso siempre sería la damisela en apuros? ¿Por qué con el poder divino que anidaba en ella no podía ni siquiera adivinar que pasaba por la mente de sus hombres?
Pues sus ojos se veían cansados, se los notaba tristes. Como si codiciasen algo que estaba por completo fuera de su alcance.
Y Saori no soporta ver esas miradas.
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Afortunadamente, Saori era extremadamente perceptiva y jamás se rendía. No por nada era la reencarnación de la diosa de la estrategia y lo primero que notó fue.
La extraña actitud que mantenían Saga y Kanon cada vez que tenían cerca a la Saintia de Corona Boreal y la Amazona castaña.
Porque en sus miradas se demostraba algo mucho más allá de devoción y gratitud hacia ella.
No sólo lo percibió por la mirada especial que demostraba el geminiano cuando veía a Katya. Sino en el trato cortés en todo momento, pero aún así torpe y evasivo que este transmitía cuando estaba con ella, algo no tan común en el correcto Saga.
El anhelo que el geminiano expresaba a través de su mirada cuando veía a la muchacha; ese fulgor inusual en sus ojos en los que antes no existía más que nostalgia y remordimiento. Esa mirada Saori la conocía muy bien, pues ella alguna vez había mostrado esa misma mirada.
Saga estaba enamorado de Katya. Pese a saber que su amor era completamente imposible e indecente para la dogma de Athena.
Que ironía, que la joven diosa alcanzó a presenciar la misma mirada en el gemelo menor, sólo que esta es dirigida hacia la aprendiz de Leo en los vagos encuentros que los dos logran tener.
Al parecer incluso el hombre que logró engañar a un dios podía caer en la trampa del primer amor. Pero igualmente ese hermoso sentimiento está refrenado por el simple hecho de pertenecer a la dogma de una diosa.
Y a Saori eso le angustia, encuentra desgarrador que la vean como un motivo para no poder sentir, mucho menos algo tan maravilloso como lo es el amor.
Ella no desea ser un obstáculo en la felicidad de los demás.
El ruiseñor anhela sentir el amor en el aire.
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El segundo cambio que Saori alcanzó a percibir fue la inusual sonrisa de Aioria.
Debido a que esta de por sí es una sonrisa hermosa, pero cuando está aquella jovencita se vuelve simplemente resplandeciente.
Saori tampoco era una mujer paranoica. Ella reconocía perfectamente que el Santo de Leo era un ser burbujeante por naturaleza y no era raro verlo sonriendo; acompañado de Mu o Milo en todo momento.
Pero ella hace tiempo ha visto que Aioria suele ser esperado junto a Sagitario por aquellas misteriosas hermanas. Ella no las conoce demasiado bien, pues la mayor de ellas es íntima amiga de su Saintia Erda; pero ella siente algo realmente inquietante en la presencia de las dos. Mas no quiere sacar conclusiones apresuradas, hasta el momento ellas no le han hecho daño a nadie.
Lo que inspira ansiedad en la joven es el hecho de que cuando se encuentra frente a la menor de las hermanas. Aioria parece transformarse.
Pues sus ojos parecen cargarse de chispas, sus sonrisa se dulcifica y su aura se vuelve visiblemente más optimista. Tristemente, en la mirada esmeralda de Aioria se hace ver esa tristeza que Saori tanto desprecia.
Ella no tiene que pensar demasiado, pues el Santo de Leo es un libro abierto.
Aioria estaba aprendiendo a amar. Descubría ese hermoso sentimiento detonado por la joven Wen Ling.
Pero al igual que todos, Aioria sabe que no será posible.
La preocupación revuelve el estómago de Saori. Porque Aioria es un sol, un jovencito inexperto que desgraciadamente ha vivido en carne propia la crueldad de la realidad; él más que nadie merece ser feliz.
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El tercer cambio que Saori presenció fue el de sus Sagitarios preferidos.
Porque Seiya sin más explicaciones buscó consuelo en sus brazos; y Aioros, por más que lo intentó no consiguió ocultarle su llanto.
Había sido algo completamente sorpresivo, repentino. Ella no se lo esperaba.
Pero una noche lluviosa en la que ella ya estaba lista para irse a la cama, con sólo las lámparas de aceite iluminando sus ostentosos aposentos, hasta que oye como golpean las enormes puertas.
Confundida, se dirige a abrir. Segura de que solamente es Shion o una de las sirvientas deseando informarle algo o incluso Shoko pidiendo dormir con ella debido a su miedo a las tormentas.
No fue ninguna de las dos, resultó no ser otro que el impertinente Pegaso. Pero la forma en la que lo encontró al abrir la puerta le ocasionó un escalofrío por su columna.
Porque Seiya estaba empapado hasta la médula, tembloroso por el frío y lo más escalofriante era la mirada que tenía.
Porque sus hermosos chocolates estaban oscurecidos, carentes de la vida y determinación que los caracterizaba; con una mirada tan destruida y... Arrepentida que fue inevitable que se le hiciese un nudo en la garganta.
Sin siquiera dejarla preguntar qué le había pasado, Seiya se arrojó sin más a sus brazos y la diosa lo recibió de buen grado. Importándole poco el que hubiese manchado su pijama de satin y lo escoltó a sus aposentos.
Porque el que la había apoyado incondicionalmente cuando más lo necesitó, ahora necesitaba ser protegido y consolado.
—Lo siento... Lo siento... Lo siento, Saori —Era lo único que declaraba el castaño una y otra y otra vez, llorando sobre el regazo de Saori.
Parecía un niño llorando en el regazo de su madre.
—¿Por qué, Seiya? ¿Qué sucedió? Me estás asustando.
—Yo.. Lo siento —Era todo lo que decía Seiya, llorando sin cesar hasta secarse.
Seiya cayó profundamente dormido, exhausto en los brazos de Saori, quien completamente privada de sueño, tenía a su cerebro funcionando a toda máquina.
¿Por qué Seiya se estaba disculpando? ¿Por qué llegó a verla en ese estado?
Días después, se manifestó otra casualidad que no hizo sino aumentar la intranquilidad de Saori.
Pasaba por la casa de Sagitario, era de madrugada y ya el sol comenzaba a salir. Se había levantado más temprano de lo que imaginaba y no pudo volver a invocar al sueño; por lo que simplemente se abrigó y decidió salir a caminar.
Pero mientras con pasos ligeros atravesaba el enorme y ostentoso templo, notó por el rabillo del ojo que Aioros también estaba despierto y observando por una de las ventanas, más parecía sumido en su propio mundo pues no había notado su presencia.
Y al acercarse a saludarlo, Saori sintió que su corazón se partía más de lo que le quedó esa noche que Seiya llegó derrumbado a sus brazos.
Pues el Caballero de Sagitario mantenía un gesto que pretendía endurecerse, pero no mostraba más que puro dolor. De sus ojos derruidos y cansados caían gotas sin parar por sus coloradas mejillas, pero el parecía no notarlo.
Aioros se sobresaltó cuando sintió una mano pequeña posarse con delicadeza sobre su hombro y el horror y vergüenza invadieron sus facciones al encontrarse con el rostro precioso de Saori, cargado de preocupación a la vez que comprensión.
—¿Aioros? —Lo llamó con ridícula delicadeza para evitar ahuyentarlo.
—A-Athena —Tartamudeó nerviosamente, quería recomponerse, apartarse, cubrirse su rostro lloroso cuando menos, porque su diosa lo está observando en su peor momento. Porque no quiere agobiarla con sus nimios problemas.
Pero sin aviso previo Saori lo abrazó, rodeando su espalda con sus delicados brazos y se las arregló para ocultar su rostro en su cuello. Un abrazo tan suave que los músculos tensos de Aioros se relajan sin poder evitarlo.
La joven llevó al arquero destrozado hacia uno de los sofás y comenzó a acariciarle el cabello.
Como una madre consolando a su pequeño.
—Todo está bien —Susurró—Llora lo que quieras, no te juzgaré.
Sin pena ni gloria Saori no tardó en sentir las calientes lágrimas de Aioros mojando su propio hombro y parte de su cabello. Los hombros del castaño se convulsionaban y tímidos quejidos chocaban contra su piel.
El ruiseñor se conmueve por las lágrimas del joven, desea ayudarlo.
La diosa difícilmente había visto tan vulnerables a dos de sus Caballeros más confiables, le había dolido que intentasen esconderle su sufrimiento con tal de no molestarla, pero ella no es tonta; desde un principio sabe qué los aqueja y aquél espectáculo se lo ha confirmado.
Porque ella alguna vez lloró de esa manera, lloró por noches incontables en completa soledad.
Lloró porque amó, siendo una diosa amó y supo que no podría tener nunca a quien amaba.
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El cuarto cambio que vio Saori fue el cambio de actitud de Deathmask.
Porque ella divisó en sus ojos una nobleza y arrepentimiento que pasó tantos años dormida dentro de él.
Cuando revivieron sus Santos, a Saori la impresionó notoriamente cuánto había cambiado Deathmask, no sólo por el hecho de haber sido aceptado nuevamente por su Armadura, sino que todo en él cambió dramáticamente, desde el brillo en sus ojos hasta su forma de hablar, seguía siendo algo cínico y ofensivo pero ya no en la misma medida de antes.
Su sonrisa se había suavizado, su aura era menos siniestra y violenta de lo que era antes, su carácter se había vuelto más tranquilo y hasta cierto punto infantil y despreocupado, incluso había comenzado a llamarla "Princesa" y a relacionarse con otras personas además de Afrodita o Shura. Pero Saori percibía otra cosa detrás de todo ese cambio.
Y eso era el patente aire de tristeza que solía acompañarlo en todo momento, su ademán de perder la mirada en el cielo cuando creía que nadie lo estaba mirando... Como si buscase a alguien entre las nubes... Alguien por quien sentía más que un simple afecto.
Deathmask extrañaba a alguien.
Al parecer el dolor del amor de alguna manera se había vuelto una especie de epidemia; una que infectaba indiscriminadamente a sus Santos.
Y este análisis fue confirmado en una ocasión en la que Deathmask llegó herido después de una misión. Ella se quedó a cuidarlo y el canceriano comenzó a hablar entre sueños.
—Helena... Helena.. No te vayas —Saori sintió que se le encogía el corazón, ese no era el Deathmask que conocía.
Era un hombre que había perdido repentinamente a su primer amor, quien lo hizo ver que también podía ser humano y a quien no pudo olvidar nunca.
Un amor que ni siquiera alcanzó a confesar porque se lo arrebataron..
Al igual que ella..
El ruiseñor se refleja a sí mismo en las lágrimas del muchacho, en esa hermosa mirada cargada de dolor.
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El quinto cambio que se le presentó a Saori fue la repentina introversión de Aldebarán...
Porque la mujer sabe el taurino no es alguien que se sumerja en la melancolía sin razón..
Aldebarán no es alguien distante y Saori lo sabe.
Al contrario, es una de las personas más cálidas y confiables que conoce. Llegando a ser incluso tan tierno y adorable que la hace sonrojar y chillar internamente. Es por este motivo que, verlo serio y nostálgico le resulta tan chocante, tan inquietante y no sólo a ella sino al resto de la Orden.
Además de que últimamente va a Rodorio mucho más de lo que imaginaba que él iría.
Había intentado hablarle, preguntarle que era lo que lo atormentaba. Pero ella no tenía idea de cómo acercársele y decirle "Ya no eres el mismo" sin que él taurino se pusiese defensivo o evasivo.
Había intentado recopilar información a través de Mu y Kanon, quienes eran los que más tiempo pasaban con el brasileño. Pero...
—Lo lamento, princesa. Con todo respeto le prometí a Aldebarán que no le contaría nada a nadie —Había dicho el lemurano cuando ella le quiso preguntar qué le pasaba a Aldebarán, ella no tuvo corazón para presionarlo y tuvo que buscar otra manera de averiguar.
De cualquier forma, ella sabía que Mu era una tumba y su amistad con Aldebarán significaba demasiado para él. No quería que discutiesen por culpa de su molesta curiosidad.
Con Kanon tampoco tuvo éxito, él sólo le revolvió el pelo mientras le decía "Perdón, muñeca, pero es secreto" y se marchó a saber dónde. Momentos después Saori escuchó como nuevamente comenzaba a discutir con su gemelo, quien le recriminaba por ocultarle cosas a Athena.
Sin más espera a que caiga la noche, y la disfruta como nunca porque sabe que es la última que verá.
Finalmente pudo descubrir la razón, no sólo de la extraña actitud del brasileño, sino el motivo de este para visitar Rodorio tanto como fuese posible.
—Se llama Johari-Sempai —Había dicho Xiaoling bailoteando en su lugar—. Es una gran amiga de Aldebarán-Sama, incluso me atrevería a decir que son más que eso —Una pequeña risita se le escapó.
Y entonces Saori lo comprendió; recordó que mientras había visitado la casa de Tauro había visto un par de fotos del brasileño posando al lado de una mujer morena de cabellos y ojos negros, muy hermosa la verdad.
Y recordó que en algún momento, ella había visto esos odiosos sentimientos negativos en los ojos del taurino.
Saori está harta de esas miradas, está hastiada de que sus queridos Caballeros sufran en silencio, reprimiendo sus sentimientos únicamente para no perturbarla, para no apartarse de su lado. El hecho de que de verdad ellos estén así de dispuestos a seguir a su lado; aunque sufran es algo realmente conmovedor, pero las cosas no pueden seguir así.
Esta vez Saori no será una frágil princesa incapaz de hacer algo por su reino. Esta vez Saori está dispuesta a buscar activamente la felicidad de quienes tantas batallas han soportado por ella.
—No puedo permitirlo... No dejaré que ellos sufran lo mismo que yo.
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Ha llegado el momento; el ruiseñor vuela en picada y sin muchas contemplaciones se atraviesa el pecho con una de las afiladas espinas.
Los últimos días Saori se los había pasado en la Biblioteca, investigando sobre la Era del Mito como si le fuese la vida en ello. Descubrió que su dogma no era la única que prohibía los amoríos; así como descubrió los millones de hermosos romances que fueron trágicamente interrumpidos por los caprichos de los dioses.
—El corazón debe pertenecerle a los dioses o al alma gemela. Los dos no es posible —Había dicho alguna vez Hestia, y Saori no está de acuerdo con aquellas palabras.
Por lo menos sus Santos han sido una excepción; capaces de entregarle a ella sus almas y cuerpos, pero dejando sus corazones en otras manos.
El estudiante duerme, es incapaz de percibir el valiente sacrificio de la frágil avecilla, quien no deja de cantar encantada con la idea del amor.
Y por eso ella toma una decisión, será la recompensa que recibirán sus soldados. Una mísera manera de devolverles todas esas lágrimas y sangre que se dejaron protegiéndola.
Le da igual si el mismo Zeus la castiga por eso. Ella irá sola contra viento y marea por la felicidad de la humanidad, por la tranquilidad de ellos y devolverles aquello a lo que tuvieron que renunciar a tan corta edad.
Sin más se dirige hacia los aposentos de Shion, abre las enormes puertas con una mirada decidida y sin más dice:
—Shion, quiero eliminar una de las leyes de la Era del Mito.
El Patriarca abre sus ojos sorprendido, incluso un tanto intimidado por ese destello en los orbes glaucos de Athena.
—¿Qué? —Es lo que logra balbucear.
—¡¿QUEEEEEEEEEEÉ?! —Es lo que exclaman posteriormente el grupo de Santos de Bronce, el pequeño equipo de Saintias y toda la Orden Dorada, con sus rostros rebosando de estupefacción.
—Lo que oyeron —La diosa se permite sonreír divertida ante el arrebato de sus guardianes—. Se ha levantado definitivamente la ley que impide que los Caballeros de Athena sostengan algún tipo de Romance con otra persona —Saori se detiene para mirarlos con ternura—. Esa cruel ley no existe más, es inhumano prohibir algo tan maravilloso como lo es el amor en todas sus facetas existentes.. Y quiero que todos ustedes lo experimenten.
Toda clase de agradecimientos llenan la sala y Saori sonríe aún más al ver sus rostros iluminarse y sus ojos llenarse de esperanza. Percibe esas muestras de gratitud tan sinceras que Shion se sorprende.
Después de aquella conferencia, la noticia de que una ley del Santuario que era supuestamente inamovible había sido cancelada por nadie más que la princesa Athena corrió como pólvora, y para sorpresa de todo el mundo las relaciones comenzaron a llover y romances que permanecían en secreto salieron a la luz, incluso entre hombre y hombre, así como entre mujer y mujer.
Por ejemplo, Seiya junto a Xiaoling y Katya pusieron el grito en el cielo cuando se enteraron de que su maestra Marín estaba comenzando una relación con Shaina. Pero rápidamente felicitaron a las dos mujeres; y en el fondo Seiya se sentía muy aliviado de ya no tener a la de cabellos verdes persiguiéndolo a dónde quiera que vaya.
Hubo otras relaciones, como la de Shiryu y Shunrei, que realmente no asombraron a absolutamente nadie. Al grado de que cuando se los contó a sus hermanos Shiryu se indignó ante la poca o nada de sorpresa que transmitieron
Como Saori lo había querido el amor estaba en todas partes.
Saori se sentía extremadamente feliz por todos, era notorio en su sonrisa. O más bien, Athena se sentía feliz por ellos.
Porque Saori, la humana común que ella había sido antes de todo aquello no podía evitar soltar un triste suspiró al ver tanta alegría a su alrededor, no podía evitar sentir envidia de todos los que tenían libre derecho de tener a la persona que amaban en sus brazos.
Ella ni siquiera pudo hablarle en condiciones.
En esos momentos, mientras Saori veía como Aioros corría a los brazos de Mei Ling y como Seiya recibía con alegría a Jiang, el hermano pequeño de esta y de Wen (Quien era su pareja). Saori los observa desde lejos y con una sonrisa, pero silenciosas gotas cristalinas caen por sus mejillas.
Athena sonreía, pero Saori lloraba.
Hasta su último suspiro, el ruiseñor siguió cantando a la luna, una hermosa flor carmesí fue lo último que quedó de él.
La mujer se negaba a aceptar ese punzante dolor que embargaba su alma humana. Se negaba a admitir que lloraba por sí misma, porque sabía muy bien que ella jamás podría gozar de ese hermoso sentimiento.
Pero sus Caballeros no tienen por qué saberlo, simplemente dejará que sean felices. Eso es lo que merecen después de tantas penurias.
A ella no le importa consumirse en la soledad si los seres que ama disfrutan de esos amores por ella.
Ese lacerante amor por Abel estaba mal, por eso lo escondería y sólo lo dejaría salir en las noches, en completa soledad. Sería en completa soledad cuando la máscara de Athena se caería y Saori descargaría todo su tormento.
Se lo arrancará del pecho y soportará el dolor con una sonrisa. Contenta porque su divina pureza prevalece y porque su alma bondadosa cumplió su objetivo, mientras que su humana escondida llora sin consuelo.
Porque al igual que el ruiseñor del cuento eligió la felicidad del estudiante a costa de su vida. Saori anhela más que nada ver a sus Santos felices... Aún si ella se marchita por dentro.
