El manto de estrellas sobre mi cabeza mantenía mi mente dispersa, mis párpados comenzaron a pesar mientras sentía mi cerebro dar vueltas. Un zumbido en mis oídos se hizo presente alejando cualquier sonido de mi alrededor. La noche era hermosa había pasado mucho tiempo sin poder apreciar una así, la brisa fresca del otoño me envolvía moviendo con suavidad algunos mechones sobre mi rostro.
Aunque quisiera, me es imposible apartarlos. ¿Cuánto tiempo llevo aquí tendida? Por el flujo de estrellas que pasaban sobre mis ojos diría que un par de horas. Pronto vería la constelación de Capricornio sobre mi, durante el otoño era más fácil de apreciar.
De pequeña no era buena reconociendo alguna estrella pero con ternura recordé la voz risueña de Shura explicándome cada una. Siempre dijo que un santo digno de la diosa debía conocer el manto estelar.
Una risa amarga fue cortada por un quejido que escapo de mi garganta. Joder ¿Cómo llegue a esto? Tendida sobre el pasto a los pies de las montañas de los Pirineos, mi cuerpo temblaba porque la temperatura comenzaba a descender con fuerza gracias al próximo invierno. Lo único que en ese instante me traía calor era el constante flujo de sangre que corría por mi abdomen. La herida parecía inofensiva o eso veía yo, mi vista comenzaba a nublarse no tenía que confiar en mis ojos pero siendo sincera conmigo misma no podía confiar en nada.
Ni nadie.
La herida pequeña pero profunda era prueba de ello. Fue un solo descuido, y lo estoy pagando con creces. Pero... ¿Es en este instante que estoy pagando por un error o por varios? Mi final podía ser las consecuencias de mis decisiones.
¿Morir por amor? ¿Estoy pagando por enamorarme?.
- Shura...
Susurré con la voz rasposa. Mi voz sonó lejana y lo sabía. Iba a morir. Nadie me iba a rescatar, nadie me encontraría ¿Y por qué me buscarían? Moriría siendo una traidora.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, no era justo. No hice nada malo. Shura era testigo de mis esfuerzos pero llegué en el momento equivocado ... fui testigo de algo que quizás no debía saber, sí quería vivir.
Pero era tarde.
Las innumerables heridas por todo mi cuerpo lo corroboran, ya no sintió dolor, entre el frío y la pérdida de sangre mi piel se adormecía. Aquel agujero en mi abdomen fue el último golpe y el decisivo, los que siguieron solo fueron la cereza del pastel. Sabía que aquel Santo que fue tras mi cabeza era otro peón en este tablero, no lo culpaba, solo seguía órdenes pero maldición ni siquiera pude defender mi verdad.
Aioros.
Aquel nombre resonó con fuerza en mi mente. ¿Esto sintió Sagitario cuando Shura lo cazó?
Oh Shura ... si supieras la verdad...
No podrías vivir con la culpa por haber asesinado a tu mejor amigo por capricho de otro y no por designio de Athena. Tu siendo tan bueno, tan dulce, tan decidido, con tantas virtudes que demostrar han decidido usar todo eso para torcer tu visión, sin que te dieras cuenta toda nuestra Fe hacía la diosa fue usado en nuestra contra mientras alguien más se hace con el poder y la gloria.
Pero quizás lo más doloroso es que esa persona es significativa para ti. ¿Cómo su pensamiento se corrompió hasta el punto de usarte para acabar con Aioros? ¿Por qué...
- Saga...
Mi garganta se raspó al pronunciar aquel nombre, un repentino ataque de tos me hizo expulsar sangre por la boca mientras mi abdomen y costillas se quejaban del dolor por las arcadas. Sentí aquellas nauseabundas ganas de vomitar luego de que el líquido metalizado se quedara impregnado en mi paladar, el calor de la sangre corría por mis mejillas mezclándose con mis lágrimas.
¿Por qué me hiciste esto? ¿¡Por qué, Saga!? ¡Shura no merecía convertirse en un asesino! ¡Aioros no merecía morir!.
Quería una explicación, mi momento de morir se acercaba pero necesitaba saber la verdad y aunque moriría. Necesito escuchar su voz... solo una excusa, algo, lo que sea pero que valiera la pena tanta sangre derramada.
Capricornio brillo con intensidad sobre el firmamento y un sollozo escapo de mis labios. Mire de reojo mi máscara hecha trizas en el monte, mi armadura toda quebrada intentando brillar para darme fuerzas. Oh grulla, perdóname pero te falle.
A los lejos escuchaba un dulce sonido que intentaba en vano endulzar mis oídos, lo único que escuchaba con claridad era aquel ensordecedor pitido. Entre la maleza su figura sentada en los pequeños montículos de piedra estaba ahí mi asesino.
Orfeo de Lyra.
Mis ojos agotados intentaron ubicar su presencia. Lo escuchaba, su melodía tan dulce disimulaba la sangrienta escena que había sido nuestra batalla. Mi cabeza se ladeó con pesadez, el sonido cesó por un instante. Abrí mis labios pero solo la sangre fluyó hacía el exterior.
Cerré los ojos sintiendo el escosor que era todo mi cuerpo, a lo lejos el repiqueteo de la armadura se escuchó. Suspiré con pesadez, no tenía fuerzas para nada.
- Grulla -su voz contundente sonó lejana. Aquel santo, tres años menor que yo, era uno de los mejores de nuestro rango- Su Ilustrísima, me ha ordenado que acabe con tu vida por cometer acto de traición hacía nuestra venerada diosa, Athena.
Abrí un poco los ojos más por incredulidad que por fuerza. No me sorprendía de qué se me acusaba pero no podía procesar que en serio esto estaba pasando. Traidora.
-Opinó que ya has agonizado el tiempo suficiente para entender tus pecados y es momento de hacerte pagar por ello -juro que si pudiera ver seguro vería alguna sonrisa de satisfacción.
¿Y cómo no sería así? ¡La reputación de aquel chico era fabulosa! Era el preferido del Patriarca, siempre tocaba su lira para él. Con solo once años ya su cosmos era peligrosamente parecido al de un Santo Dorado.
Mis reflexiones cesaron cuando aquel intenso brillo blanquecino inundo la zona. Me daría el golpe definitivo, al fin acabaría con mi agonía. Aguanté el sollozo sabiendo que eso no cambiaría mi destino.
Shura, perdón pero quizás ya no vuelva de esta misión con vida.
Cerré los ojos con fuerza esperando el impacto pero antes que Orfeo lanzará su golpe final otro cosmos se dejo sentir en el ambiente. Puedo jurar que el suelo temblo ante la manigtud de aquel poder, a pesar de que mi aliento era escaso, lo retuve con la impaciencia golpeando mi mente.
Los latidos de mi corazón aumentaron haciendo que la sangre saliera a borbotones de mi abdomen. ¿Qué hace aquí? ¿Viene a por mi o por mi?.
-Retírate, ya has hecho tu parte, Orfeo de Lyra -su voz aunque lejana podía escuchar su dureza y seguridad. Me llenaba de paz aunque no estaba segura de que esperar de él.
Sus pasos se escuchaban con fuerza, el tintineo de su armadura me causó un pequeño espasmos de escalofríos. Mis ojos se entreabrieron con pesadez y pude ver aquel brillo de Oro entre la oscuridad.
-Su Santidad me ha ordenado...
-Lo sé -si pudiera apretaría los puños, sentí mucha tensión- Pero no se si lo has notado, ella ya no tiene escapatoria.
-Aún así, no esta muerta - en estos intantes quisiera reír pero las lágrimas se me adelantaban corriendo por mi cara.
-Lo está, créeme, ni yo podría salvarla aún con mi rapidez y poder-su voz se escucho ronca, llena de amargura. Un nudo se formó en mi garganta.
El cosmos de Orfeo pareció dudar mientras aquel dorado solo lo aumentaba un poco más haciéndolo más amenazante y peligroso. Finalmente el chico apago el suyo y supe que ya no me torturía más. El aliento que retenía salió con suavidad junto a otro ataque de tos.
-Iré a reportarme entonces -fue lo último que escuché del niño antes de que retomará el camino hacía el Santuario.
Todo quedo en silencio mientras el cosmos de oro se volvía más pacífico y con delicadeza envolvió mi cuerpo llenándolo de calidez apartando el frío de la noche y la sensación de muerte. Mis ojos volvieron a fijarse en las estrellas, solo ellas sabían la verdad pero no podían hablar.
Con suavidad su mano izquierda tomo la mía que cubría en vano mi herida. Su brazo derecho se deslizo tras mi nuca y me levantó con cuidado para recostar mi cabeza sobre su regazo. No podía detallar su rostro pero lo conocía, no necesitaba ver para saber que sus ojos estaban llenos de tristeza y su rostro desencajado por el dolor. Su mano derecha acaricio con mimo mi cabello mientras sus lágrimas caían en mi rostro.
Tosía escupiendo sangre en el proceso, me queje por las arcadas pero él me sostuvo para evitar que me lastimará aún más. Boqueé buscando oxígeno, sentía mucha desesperación por respirar pero su cosmos cálido inundo mi ser amortiguando la ansiedad y cubriendo el dolor haciendo todo esto más soportable. Las heridas más pequeñas cerraron pero las grandes, ni él podía hacer algo con eso. Era muy tarde.
-¿Cómo terminaste así? -me susurró con la voz ronca. Quién sabe lo que el Patriarca dijo sobre mi.
- Sh... Shura... -gemí de dolor, su nombre dolía pero no sabía si era por las lágrimas o por mi cercana muerte- El mae... maestro...
Otro ataque de tos me impedía decir lo que sabía, aunque no me creyera él tenía que saber lo que ocurría en el Templo Papal.
-Basta, ya no hables -me suplicó dejando un beso en mi frente. ¡Tienes que saber, tengo que decírtelo!.
-Es... es un... i-imp... impostor... -sus caricias cesaron y lo escuche suspirar.
Conociéndolo como lo hacía, eso no era buena señal. Para mi.
-Mi amor... basta -pidió en un susurro- El Patriarca me contó que descubrieron que tú ayudaste a Aioros a escabullirse aquella noche. Era la hora de tu guardia y lo dejaste pasar- no tenia que ver esos ojos para saber que estaban llenos de reproche.
No mentía. Yo deje ir a Aioros porque confíe en él, no quería creer que era un asesino pero creí que nadie más me había visto, era una aprendiz apenas ¿Qué iba hacer yo contra alguien como el Santo de Sagitario? ¿Cómo el maestro se entero de eso? ¿Alguien más me vio? ¿Podría haber sido Gigas?.
- Saga... es Saga... -murmuré desesperada. Géminis lo había puesto en mi contra. Sollocé con fuerza- Él... la más... máscara... quitásela.
-¿Qué... -comencé a toser y vomitar sangre. Con rapidez sus manos me voltearon para que no me ahogara- Estas delirando... Saga desapareció.
Las lágrimas corrieron por mi rostro y con mis pocas fuerzas logré que mis brazos se alzaran y cayeran con pesadez sobre sus hombros. Con la vista borrosa ubique su rostro desencajado.
- Es... un impostor, confía en mi... -él abrió la boca y pude sentir su confusión- Shura... mi amor... yo...
El tétrico sonido de algo desgarrándose me hizo callar. Un espasmos recorrió mi cuerpo, con terror dirigí mis ojos hacía la causa de aquel sonido. Dos gotas salieron de mis ojos hasta caer sobre el brazo envuelto en oro y cosmos que se había encajado con firmeza en mi pecho. Con un poco más de fuerza él presionó aún más hundiendo el brazo en mi corazón, con lentitud lo saco dejando ir un chorro de sangre que baño todo entre nosotros expandiendo el charco carmesí a nuestro alrededor. Mi vista se nubló redirigí la mirada hacía Shura con confusión y dolor. Abrí los labios pero nada salió, temblaban al igual que él.
-Ya basta... basta por favor -suplico entre lágrimas tomando mi nuca para unir nuestras frentes- ¿Cuánta más gente preciada tengo que perder?
- ¿Por... qué... - me apuñalaste, quise decir pero todos mis sentidos dejaron de responder. Él sollozo con fuerza.
Oh mi pobre Shura, estás sufriendo injustamente. Pero tu fe te ha cegado.
-Perdóname, por favor, perdóname- sus brazos me envolvieron en un fuerte abrazo pero yo me desvanecía entre ellos- Te amo... ojalá nunca hubiera pasado esto... te sacaría de aquí si tuviera otra oportunidad. Debí haber hecho algo más por ti...
Pero ya no había tiempo, nuestro sueño de una vida juntos se había esfumado. No pude escuchar más su voz porque mi cabeza cayó con pesadez hacia atrás mientras dejaba ir mi último suspiro. Mi corazón paro de latir... y con ello mi vida se había extinguido.
Nuestra historia de amor murió mucho antes de empezar.
Lo curioso, es que todo esto ocurriría.
Quisiera o no.
Las estrellas ya lo han decidido.
Mi nacimiento fue marcado por ellas.
El día era lluvioso pero aún así en Star Hill se podía apreciar el brillo de las estrellas. El Patriarca de aquel entonces, Shion de Aries, escribía con sumo cuidado cada cosa que pudiera ser de importancia para la orden en crecimiento en esta nueva era. Aunque ya estaban ubicados todos los aprendices de oro no eran los únicos importantes, la orden tenía ochenta y ocho guerreros donde no había ni la mitad. Su deber era conseguir posibles ubicaciones donde el cosmos de los infantes fuera intenso y podrían localizarse con facilidad.
Por eso estaba allí, pidiendo consejo a las estrellas de por donde podía empezar. Anotaba todas las zonas que las estrellas susurraban, mandaría a los santos de plata y bronce a buscar hasta que consiguieran a sus sucesores. Era de vital importancia que la diosa tuviera a toda su orden lista para cuando el momento cumbre lleguera.
Lo que nadie sabía...
Era que otro ser interferiría en el camino.
¿En qué momento entro yo?
Justo ahora...
Todo comenzó un día caluroso, el sol picaba con fuerza mi tierna piel. Con cuatro años correteaba por el campo jugando con mi dulce hermano menor. A la distancia nuestro padre nos vigilaba, él llevaba entre sus manos la correa que guiaba a un burro que cargaba alguna de las cosas que habíamos conseguido en el pueblo.
Vivíamos muy adentrados en la naturaleza, lejos de Rodorio, el pequeño poblado que mantenía ocultó un gran secreto.
El Santurio de la diosa Athena, diosa de la Sabiduría, Estrategia y la Justicia. Diosa de la Guerra aquella que velaba por nuestro bienestar sin esperar algo a cambio. Su ejército y ella vivían muy adentrados en las montañas donde nadie común podía ingresar, la única forma que se podía verificar su existencia era gracias a los soldados y doncellas que bajaban todos los días por suministros.
Ocasionalmente en fechas especiales el mismísimo Maestro bajaba acompañado de algún Santo y sacerdotisa, muy pocas se podía ver algún Santo. Aunque los otros niños comentaban que los veían entrar a la taberna con frecuencia y otro edificio donde solo podía ir adultos pero si era raro verlos pasear por el pueblo y muchos más que hablarán con alguien. A excepción de un par de aprendices...
Y no era cualquier par de aprendices.
Aioros y Saga.
Dos aprendices de oro que bajaban con frecuencia al mes a pasear y recorrer el lugar, a veces acompañado de otro aprendiz más pequeño. La comunidad los adoraba como príncipes, venían y ayudaban en lo que podría o simplemente se sentaban en alguna banca a descansar de lo que seguro sería un largo día.
Mientras yo corría y jugaba con libertad, ellos entrenaban con dureza para convertirse en los seres humanos con mayor poder en el mundo. Santos Dorados de Athena. El mundo dependiente de ellos algún día y nadie lo sabía.
Ni yo. En mi mente eran cuentos y leyendas que escuchaba solo cuando iba al pueblo acompañando a mi padre. Del resto vivíamos tan apartados como se pudiera de aquel sitio, no entendía en ese momento porqué.
Pero quizás mis padres temían a lo que aquello tan mágico traía consigo. Muerte y dolor. El temor a un poder superior asediando nuestro hogar y terminar dependiendo de unos niños que no nos constaba su poder o capacidad para enfrentar el peligro. Quizás era falta de fe por su parte pero hacían lo que creían mejor para sus hijos.
Aunque eso sería en vano. Si supieran que por más que se resistieran, no podrían cambiar lo que las estrellas ya están dictado. Mi destino estaba unido aquella diosa desconocida de la que no les constaba su existencia.
Aquel caluroso día llegamos alrededor del almuerzo pero todo lo que encontraríamos cambiaría nuestra vida para siempre. Mi vida ya no sería igual. Por fuera nuestra pequeña casa de madera rústica parecía estar como siempre fueron detalles o quizás que el ambiente estaba cargado de algo que en ese momento no sabía reconocer pero de haberlo sabido, no habría entrado.
Las ventanas se hallaban cerradas a pesar de que algunos cristales estaban rotos o quebrados. Era hora de la comida pero no olía al guiso que hacía mamá, me hizo dudar de si debía o no seguir. Yo había llegado primero pero mi hermanito en cualquier instante me daría alcance, mi padre si se hallaba mucho más apartado de nosotros.
Con cuidado de no hacer algún ruido que alertara mi llegada me fui acercando con lentitud hacía la puerta, se vieron entreabierta y eso por alguna razón me erizo los vellos de la nuca. Escuche los pasos apresurados de mi hermano y me voltee para señarle que guardara silencio.
Sus ojos me vieron curioso pero notó mi insistencia y retrocedió temeroso. Le señale que se ocultara y él corrió hacía los matorrales del jardín que mi madre mantenía con mimo.
Mire de reojo hacía la puerta y como si temiera encontrar algún monstruo atrás de ella, la abrí tratando que no hiciera aquel clásico chirrido que tanto me irritaba. Quizás fue el universo sabiendo que corría peligro pero ese día ni la madera del suelo crujió cuando me adentre a la casa. Con pasos dudosos me acerque a la pequeña salita donde todos los muebles y objetos estaban volcados o destrozados, abrí los ojos de par en par cuando noté un pequeño rastro carmesí que iba hacía la cocina.
Lentamente me acerque a la puerta de madera clara que tenía unas marcas sangrientas de una fina mano de mujer. Era muy pequeña para darme cuenta a quién pertenecía esa mano de haberlo sabido no hubiera abierto esa puerta. Empuje con fuerza abriéndola de par en par y contuve un grito cuando vi la figura tendida de mi madre rodeada de aquel líquido rojo.
Su hermosa cabellera estaba llena de aquel líquido espeso tornándolo de un tono rojizo oscuro, con temor di un par de pasos al frente y me asome para ver a mi alrededor. La cocina estaba vacía pero la puerta hacía el granero y parte del jardín estaba abierta.
Temblorosa caí de rodillas junto al cuerpo de mi madre. Estaba pálida y tiesa, tragué saliva sin saber muy bien que debía hacer. Se hallaba de espaldas a mi así que con cuidado la tome del brazo pero inmediatamente la solté. Su piel estaba helada.
-Mamá ... -la llamé. Mi voz temblaba pero seguí- ¡Despierta! ¡Mamá!
Pero antes de que siguiera gritando algo más ocurrió. De solo recordar mi piel se eriza. La voz de mi hermano comenzó a chillar seguido de los gritos de desesperados de mi padre. Me paralice en mi puesto y vi hacía los lados por reflejo.
Nada, estaba sola. ¿Que era lo correcto en esa situación? Si la viviera ahora, sabría que lo correcto era aprovechar mi debilidad y estatura para huir hacía el pueblo buscando ayuda. Al mediodía había guardias custodiando los locales para evitar robos, además se rumorea que hay más santos al igual que la noche. Las dos únicas ocasiones que puedes cruzarte con uno.
Pero era una infante, por mucho miedo que sintió fui directo al escándalo. Mis ojos se iban a salir de sus cuencas cuando vi a una mujer con una energía púrpura a su alrededor alzando del cuello a mi padre varios metros del suelo, mi hermanito lloriqueaba bajo su pie.
Su cabello era de un color rojo intenso, sus ojos eran de un tono como el ámbar. Colmillos y una lengua bífida sobresalían de su inmensa boca, manos y pies tenían garras afiladas.
Mi padre sollozaba entre su mano mientras la sangre corría de las heridas causadas por las garras afiladas de aquella criatura. Temblé en mi puesto aterrorizada ¿Qué podía hacer yo? Nada, no podía hacer nada. Los ojos de mi progenitor se fijaron en mi y lo vi.
Corre.
No reaccione al instante pero un nuevo quejido de mi hermanito me hizo respingar. Vi a mi padre, no sabía que esa sería la última vez que lo vería; me giré y corrí desesperada lo más rápido que mis piernas daban. A lo lejos el grito de dolor de papá se escucho junto al de terror de mi pequeño hermano.
Corrí y corrí, metiéndome entre la maleza. No mire atrás, no podía, sintió terror. La sangre palpitaba mi cabeza con fuerza, era lo unció que podía escuchar aparte de mi respiración acelerada. Ni siquiera estaba segura de adonde me dirigía, era muy pequeña para poder orientarme sola. Yo solo quería conseguir ayuda.
Fue curioso, yo nací en una familia feliz,
Lejos del Santuario.
De sus reglas.
Lejos de Rodorio.
Y sus creencias.
Mi destino iba a estar lejos de todo ese mundo.
Las estrellas dijeron que no.
-¡AYUDA! - grite cuando note que luego del alto monte había una pradera llena de flores.
No estaba segura pero esas flores crecían bordeando el pueblo y el camino hacía el Santuario. Acelere el paso como pude, un calor se dejo sentir en mi pecho pero no le preste atención. Un chillido a mis espaldas me alerto de que aquella cosa me seguía.
-¡QUE ALGUIEN ME AYUDE! - algunas ramas me golpeaban el rostro causándome picor pero no tenía tiempo para sacarme la molestia de encima.
Aquel monstruo me perseguía y sintió que era mucho más rápido que yo. Ahora sé que si era más rápido y fuerte pero en ese instante solo depende de mi instinto de supervivencia.
-¡POR FAVOR! ¡AYUDA! -grite con tanta fuerza que la garganta se me desgarro.
El chillido de la mujer se escucho por toda la zona. Sollocé con fuerza y las lágrimas que cubrieron mis ojos me evito ver una serie de piedras que iniciaban un pequeño camino.
Al vivir tan lejos de aquel poblado me hizo desconocer que por aquel angosto y dificultoso camino los guardias del Santurio tomaban un atajo para que nadie los viera llegar o salir. Evitando usar el camino principal frente a turistas curiosos.
Me tropecé con las primeras piedras del camino y rodee unos metros ya que el camino desigual hacía que tomará una forma de serpiente. Mis rodillas se rasparon junto a mi ropa llenando mis piernas de sangre, el ardor en mis manos me advirtió de mis heridas allí también.
Gemí de dolor y con torpeza me puse de pie, ignorando el dolor corrí a pesar de mi cojera.
-¡Ayuda...! -llamé entre jadeos. Mi cuerpo llegaba a un limite desconocido para mi.
Nunca había corrido tanto.
-¡Por favor... que alguien me ayude! -lloré como nunca había llorado.
Aquella cosa se acercaba cada vez más y volví a caer al suelo. Mi boca golpeo con fuerza las rocas e inmediatamente sentí la necesidad de escupir.
Sangre, como nunca había visto.
Hasta ese día.
Me dolía todo pero no podía parar. Con mucho esfuerzo seguí arrastrándome aún cuando mi vista se nublaba, estiré mi brazo hacía delante con la esperanza de agarrar algo que pudiera salvarme a último minuto. Parpadeé con pesadez, y de repente la sombra de aquella criatura se cirnó sobre mi. Apreté los ojos con fuerza pensando "Señora Diosa, si existe por favor ayúdeme y salve a mi familia por favor, por favor, por favor..."
No sé si Athena me escucho.
Pero un milagro ocurrió aquel día.
Un estruendo se escucho repentinamente y retuve el aliento agachando el rostro. ¿Qué fue eso? ¿Y el monstruo?. Unos pasos suaves se fueron acercando a mi, solté un pequeño sollozo estaba asustada. A lo lejos escuchaba un golpe tras otro, los chillidos de la bestia y la carcajada de... ¿un niño?.
-Tranquila ... -la voz dulce de un niño me hablo con suavidad. Subí la mirada con temor- Todo esta bien, pequeña.
Mis ojitos acuosos notaron que aquel niño estaba acuclillado frente a mi y con lentitud alzo la mano, yo por reflejo aparte el rostro pero él solo me regalo una sonrisa.
No sabía por qué pero sentí paz cuando lo vi, él pareció notarlo porque no bajo la mano, la acerco hasta enterrar los dedos en mi cabellera y despeinarla con cierto mimo. Atrás de él otros tres niños observaban todo impresionados, los golpes ya no se escuchaban con tanta fuerza pero tenía mucho miedo de voltear para ver.
Aquel castaño de ojos color cielo se dio cuenta y con cuidado acunó mi cara entre sus manos para evitar que viera hacía atrás.
-Solo mírame, confía en mi -asentí de forma imperceptible- No dejaré que nada malo te ocurra.
-M-mi casa... -murmuré temblorosa. Sentía los ojos pincharme por las lágrimas- San... sangre... m-mucha...
-Shh... -puso un dedo en mis labios y su mirada paso a ser de preocupación.
-Aioros -otra vocecita se escucho a sus espaldas. Un niño de pelos verde oscuro y más pequeño que el que tenía al frente, dio un par de pasos para acercarse- Parece conmocionada.
-Deberíamos buscar a alguien por ayuda -comentó otra voz. Ahora era un pequeño como de mi edad con el cabello color celeste se había adelantado.
-¡No hay nada que temer! -se carcajeo otro peliazul. Los tres tenían un acento muy extraño, quizás eran extranjeros- ¡Los gemelos ya están terminando con esa cosa!.
-La niña necesita ayuda, Ángelo -se quejo el pequeño peliverde. Los cuatro me veían pero mi frágil cuerpo ya no podía más.
Solté un chillido mientras las lágrimas corrían por mi cara. Temblé y quise gritar pero no podía, mi familia. Mi madre. Mi padre. Mi hermano. ¿Estaban muertos? Mi frente toco el suelo y solo podía escuchar mi llanto de repente el calor en mi pecho volvió y se acrecentó.
No escuche, ni vi nada. No se qué paso pero unas manitas me sostuvieron con firmeza y me obligaron a alzarme. Aquel niño de ojos verdes me sacudió y me callé, vi en su mirada los nervios que sintió al igual que yo.
-Vas a estar bien ... confía en mi -me susurro pegando su frente con la mía- No llores, quédate cerca de mi y todo saldrá bien. Los demás fueron por ayuda.
-¿Quién eres?.
-Shura -me sonrió con ternura y sus mejillas se tornaron de color rosado.
Maldito el día que vi tu sonrisa.
Este sería el comienzo de mi final.
Mis pecados llegaron como un bálsamo,
Entre tus pequeñas manos.
Maldito Shura.
Te amo.
NdA: ¡Hola! Espero que les guste. Esto es un Shura x Lector. Al principio de la historia Shura tiene 15 años, es decir que han transcurrido 5 años de la muerte de Aioros.
Este fic se lo dediqué a una gran amiga. UltraVioletSoul. ¡Gracias por todo!.
