Disclaimer: Los personajes de «InuYasha » le pertenecen exclusivamente a Rumiko Takahashi


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Te entiendo

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El cielo se pintaba de un color naranja penetrante la luz del sol comenzaba a perder su intensidad, los pájaros ya no cantaban, la suave brisa del viento anunciaba que el atardecer estaba por terminar. Todo parecía estar en calma, sino fuera porque desde un rincón del denso bosque en medio de la maleza, una joven sacerdotisa de cabellos azabaches y ojos chocolate observaba una escena que le encogía el corazón sintiendo como este se le partía en pedazos por la impotencia de no saber cuál es la manera de confortar el alma abatida de un hanyō que estaba en ese momento sumergido en sus más dolorosos pensamientos.

El agua fluía como normalmente debía hacerlo la corriente de un río, el frío de esta pasaba por las garras del híbrido metiéndose en la profundidad de sus afiladas uñas tratando así de borrar cada huella que le recordara la masacre que había provocado sin siquiera estar consiente, estaba tan molesto consigo mismo, deseaba que el agua se llevara cada rastro de suciedad, una que se instaló en su pecho al recordar el rostro de temor y asco que le otorgaban las mujeres de la aldea destruida.

«Mira que el olor a sangre no se quita; es bastante molesto», pensó al obligarse a olvidar el sutil recuerdo de lo que había pasado.

Por mucho tiempo tuvo una idea fija en su mente; quería convertirse en un yōkai anhelaba dejar de ser visto como nadie, quería llenar ese vacío que creía se acabaría al llevar acabo su cometido, pero ahí en medio del agua golpeándola con tanta fuerza que se podía sentir como esta se rompía con cada manotada que él mismo provocaba, sin obtener borrar ese detestable aroma del óxido de la sangre, sólo podía pensar que este no era el ser en el que deseaba convertirse, él no deseaba humanos matar no quería ser un depredador deseoso de sangre, simplemente anhela sentirse por fin aceptado.

Cansado de pelear con el mismo decide salir del río, sus pasos se escuchan aún estando dentro de este pues la fuerza con la que camina hacia la orilla lo hace no pasar desapercibido, se sentía tan derrotado que simplemente se dejó caer en el suave pasto agachando su rostro en un intento por olvidar…

Tan sumido esta en sus pensamientos que no percibe la presencia de la colegiala que lleva buen rato observando con tanto dolor todo lo que está pasando, con paso firme y decidida Kagome se sienta a su lado, llevando con ella una toalla que desde hace mucho tiempo sostenía contra su pecho y que ahora se la ofrece al hanyō pero que este simplemente rechaza.

—No tienes que forzarte a estar a mi lado —le dice.

Pero ella con esos ojos chocolate que posee fija su mirada a la dorada de él y sin decir una sola palabra lo observa intentando transmitir todo lo que ella también siente en esos momentos. Compasión, dolor, impotencia es lo que su rostro refleja quiere que este pueda leerla desea que se de cuenta que ella está ahí para él pero... NO, él esta tan aturdido por la situación que reacciona como lo ha venido haciendo a lo largo de toda su vida con indiferencia.

—¿Qué pasa contigo? —La cuestiona— lo siento pero no estoy preocupado por eso, esos bandidos eran…

«InuYasha…» repite en su mente, su mirada se llena de más compasión, de más bondad, de más ternura. Se ahí a su lado viéndolo, volviendo a clavar sus ojos con los de él, intentando una vez más transmitirle su comprensión; su rostro refleja dolor uno que aprecia al verlo tan abatido por todo lo que sucedió; ella, mejor que nadie sabe perfectamente que esta sufriendo siente cada una de sus frustraciones pero él se sigue resistiendo no quiere sentirse vulnerable, sigue sosteniendo esa barrera.

—InuYasha —logra por fin decirle, pero este reacciona desviando su rostro no quiere verla, no puede verla.

«Es doloroso, ¿no es así?» se pregunta, corroborando lo que su corazón ya sabe esto es algo que le esta doliendo.

La sacerdotisa desea tanto ayudarlo, quiere reafirmar esa promesa que ambos se habían hecho de estar al lado del otro apoyándose sin importar nada. Un impulso se instala en su pecho y, en un instante sin pensarlo con sus rodillas apoyadas en el pasto camina hacia la espalda del hanyō inclinado un poco su cabeza dejándola descansar junto a la de él lo abraza, aferrándose fuertemente a su anatomía masculina, pasando su brazo derecho hasta rodear su cuello y colocando su mano izquierda sobre el hombro del mismo, intensificando así el contacto.

—InuYasha… entiendo —es lo que se escapa de sus labios en una frase tan corta y sincera, llena de amor y comprensión, logrando al fin hacer sentir la calidez que su alma tanto necesita en estos momentos.

«Kagome…» el dulce nombre que le obsequia la paz es lo que llega a su conciencia, haciendo así que su corazón reaccione llevando su mano derecha hasta la mano con la que ella envuelve su cuello, tomándola con delicadeza para hacerle sentir que percibe lo que Kagome le está transmitiendo.

«No recuerdo que pasó, mientras estaba transformado… ¿sí me transformo otra vez? con estas garras… Kagome yo… podría atacarte», eran los pensamientos que llegaban a su aturdida mente pero, sin ninguna explicación sentió como una fuerza más grande que sus propios temores se sitúa en medio de sus dudas, aferrándose más al agarre de la suave mano de la sacerdotisa pudiendo sólo pensar: debo buscar una solución.

«Yo me prometí protegerte…»


Gusto volver por acá y saludarles, quiero contarles que esta viñeta me hace muy feliz pues es la primera que escribo para mi amado InuKag.

Surgió una noche cuando fije la mirada en una de las imagines del mural que tengo en habitación, me pareció tan íntimo este momento entre InuYasha y Kagome que simplemente la inspiración se apodero de mí para darle vida a este fic.

Quiero contarles que esta situado en el capítulo 187 del manga, ya que sus sentimientos se perciben más acá que en el anime. De igual manera se me hace un capítulo hermoso, si se preguntan ¿cuál es? es el episodio 52.

Espero que lo difruten y puedan sentir este amor tan profundo que iba creciendo entre InuYasha y Kagome.

Mi ángel hermosa gracias por creer en mí, te amo ok?

Con amor

Gabriela Jaeger