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LA CENIZA
Los Vengadores lo resolverían, fue lo que pensaron al ver las noticias de una nave espacial con apariencia de dona sobrevolando la ciudad de Nueva York. El mundo estaba acostumbrado a las rarezas que eran arregladas por el grupo de superhéroes. Todo estará bien, fue el pensamiento colectivo. Y en caso de que hubiera un nuevo intento de reconquista - invasión, podrían superarlo al lado de sus héroes.
Pero recordaron la fracturación del equipo a causa de los Acuerdos de Sokovia. Empezaron a preocuparse y en un chasquido todos sus temores se hicieron realidad.
Perdieron.
No lo notarías si vivieras solo, como en el caso de Manuel González Rojas, la representación de la República de Chile. No lo notarías si tuvieras las cortinas cerradas después de un largo turno de noche en el casino o en la oficina. No estarías enterado si no estuvieras viendo las noticias que interrumpieron la programación del día o tuvieras el teléfono en silencio. Chile tarda en darse cuenta porque estaba dormido y cuando lo hace no lo puede creer.
Nadie lo hace en el comienzo.
Chile despertó de su sueño abruptamente por el sonido de un avión descendiendo cerca, ese molesto ruido al que nunca se acostumbraría. Dio un respingo a nadie en particular, extendió su mano buscando a tientas su celular queriendo ver qué hora era, sus dedos hicieron tambalear la lámpara por lo que se alejó rápidamente, luego algo hizo clic en su cabeza al recordar algo muy importante... Manuel se sentó en su cama con el escalofriante pensamiento "No hay aeropuertos cerca de mi casa".
Luego hubo escuchó una gran explosión. El chileno se estremeció sintiendo su corazón caer a su estómago, a tropezones con sus pies enredados en la sábana blanca y estiró su mano izquierda jalando la cortina a un lado. Las llamas devoraban el concreto de uno de los rascacielos de la capital, crepitantes nubes de humo negro que se elevaba en el cielo ondeando como una siniestra bandera de la muerte.
— Por Dios — susurró Chile poniéndose una mano en la boca.
¿El avión será que solo se estrelló por una falla mecánica? ¿Fue a propósito? ¿Qué la hizo caer? ¿Un ataque terrorista? ¿De quién? Él no le ha hecho nada a nadie ¡Lo juraba por Dios! ¿Debería llamar a su jefe? ¡Claro que sí, no seas weon! ¡Debía ir a ayudar! ¿Dónde estaba su celular? Chile palpó sus piernas, maldijo al recordar que solo traía ropa interior. Sin perder un minuto, agarró sus pantalones del sillón reclinable de su cuarto, olvidándose por completo de sus zapatos debajo de la cama.
Los pensamientos de Manuel iban a mil por hora, uno más ilógico que el anterior imaginando el peor escenario posible. Luego gritos... no pudo comparar un grito como ese con alguno que hubiera escuchado antes. Dolor puro e implacable; quemado desde lo profundo en ese grito. No se da cuenta que esos gritos vienen del interior de su cabeza.
Con el celular a la mano, corrió hacia afuera siendo casi atropellado por un auto que se estrelló en su patio delantero.
— ¡Pedazo de sacowea! ¿Estás ciego o que chucha? — le gritó al conductor que... lo miraba con profunda desesperación y confusión.
Chile se paralizó consternado. Sintió su miedo crudo. El hombre le miro asustado antes de convertirse en partículas de polvo. Flotando y cayendo en el asiento delantero que se juntó en un montículo de ese polvo café. Se desvaneció en la nada, solo... ido. Sus ojos no se despegaron del cumulo de ese material con una textura parecida a la ceniza.
Retrocedió varios pasos sin entender lo que estaba sucediendo, Manuel cayó en bruces al suelo con el pánico creciendo en su pecho. Trató de tranquilizarse... no podía respirar. No podía ver nada. También el aire se volvió delgado y helado. Sin embargo, escuchaba gritos.
No podía ver nada.
Los gritos se enmudecieron cuando el golpe llego.
Solo escuchaba ruido blanco incesante, con algo de esfuerzo, frente a sus ojos comenzaban a verse siluetas sin forma, parecido a un viejo televisor mal ajustado o una radio vieja, imágenes difusas y sonido apagado a su alrededor. Y luego, viene el dolor. Es...indescriptible, es como si le arrancaran una gran parte de su cuerpo...No, era su alma. No se comparaba al dolor de pérdida de territorio o las pérdidas de ciudadanos por una pandemia masiva. Esto no fue como la muerte, era peor.
Y Dios, el vacío y el frio que dejaron a su paso, taladran en la mente de Manuel en cada noche.
Su cuerpo se rompe. Las vértebras crujen al no soportar el cambio repentino, la sangre en sus venas está latiendo en contra de sus venas como si tratara de salir, sus órganos se contraen en un dolor abrasador y el zumbido de su cerebro se intensificó para dejarlo inconsciente. La mente de Manuel era un vacío, silencioso y escabroso como la extensión helada del espacio exterior. Infinitamente silencioso, tan mal. No se supone que hubiera silencio, debería estar escuchando las voces de su gente. Cualquier posible pensamiento que se filtró se convirtió en un eco a la nada, en un susurro ahogado y un grito que no salía de sus labios. Devoró a su cerebro reduciéndolo a papilla, no era capaz de moverse o ejercer control en sus pensamientos. Solo flotaba en el vacío, ese aterrador silencio en que una mitad se ha desvanecido.
Cuando despierta espera que todo sea una pesadilla, que alguien entre y le diga que existe una forma de revertir el fracaso o una pizca de esperanza. Pero no sucede.
Piensa de inmediato en su familia y amigos. Si a ellos como naciones también se les considera candidatos para ser diezmados. Se derrumba en alivio cuando escucha la voz de Bolivia que está llorando pidiéndole que le hable. Minutos después, tiembla al recordar que en el resto de continentes es de noche y no han sido testigos de lo que ha pasado.
La primera semana fue la peor de todas después del chasquido. Varios coches chocaron creando masivos accidentes que mataron a varios sobrevivientes. Los helicópteros y aviones cayeron del cielo entre el pánico, si hubo algo de suerte se estrellaron en medio de la nada o en el océano, en el peor de los casos los edificios de las grandes ciudades recibieron el impacto de las grandes máquinas. Los trenes dejaron de funcionar en medio de sus labores, el pánico de los pasajeros provocó un efecto domino que acabó con el aplastamiento de varias personas.
El servicio médico no daba abasto; hubo dos razones para eso: los doctores se habían desvanecido o se fueron con los que les quedaba de familia. Varios miembros de los gobiernos renunciaron o fueron víctimas del chasquido, por lo que las Encarnaciones de las Naciones tuvieron que tomar las riendas. Algo que nunca había pasado en la historia. Llegan noticias preocupantes. Iron Man fue encontrado vivo, está hospitalizado y sin ninguna solución. Algunos gobiernos caen. En otros las revueltas se vuelven preocupantes. Arriban la gente restante de Asgard. Y el mundo sigue esperando una solución de las estrellas.
No es hasta dos semanas después que Chile empieza a creer en el infierno que están viviendo.
[...]
Chile está sentado en los escalones de la entrada del complejo de los Vengadores, miro mientras el sol sale proyectando los más hermosos rayos de colores sobre la piel. Ve a varias naciones vagar en los terrenos, algunos están arrodillados en el pasto. Manuel nunca supo cómo las cosas tan simples podrían ser lo más anhelado para su destrozada alma, hasta que todo lo que conocía y sabía, le fue arrebatado de las manos. Que toda esperanza de arreglarlo fuera una ilusión, y con el paso de las horas, se pregunta qué van a hacer. El mundo es un caos. Ya no sabe nada, admite que nunca sabe en qué dirección avanzar y no sabe qué hacer para solucionarlo. Pero Chile es consciente que no tiene tiempo para llorar y que ahora dependen de él.
Sus lágrimas se acabaron en su jardín delantero, pero de alguna manera los ojos de Manuel se empañan cuando el sol sale por el horizonte sabiendo que no volverá a saludar a su vecina y a sus hijos. Al atardecer las ganas de desahogarse reaparecen siempre. Todo lo que alguna vez logró como nación, la frustración y el vacío desolador lo dejan en segundo plano. Entonces, con ese sol ajeno a lo que pasaba, entró al complejo que era un amargo recordatorio de una promesa rota. El lugar es frío. El hedor de la derrota estaba tan arraigado que Chile sintió que nunca los abandonaría.
Manuel sabía por el informe del Capitán Rogers y el Dr. Banner que las piedras del infinito fueron destruidas por el hijo de puta del alienígena morado (sabía que se llamaba Thanos, pero prefería llamarlo así). No podían remediar esto y tampoco es que pudieran pedir ayuda a otros planetas que estaban en una igual o peor crisis que ellos.
Chile no sabía qué hacer o como decirle a la población que los que se volvieron ceniza no regresaran.
— ¿Hay un plan para esto? — la voz débil de Wakanda es quien pregunta lo que todos necesitan desesperadamente. Su cabeza se gira un poco para mirar al hombre vestido de negro, inmediatamente siente lástima por la nación africana. Buhar había perdido a casi a toda su familia real; a excepción de la reina Ramonda, en esta guerra que ignoraban que estaban peleando contra el Titán loco.
Hay una risa seca, Chile reconoce que es Estados Unidos, pero suena hueca — ¿Cómo puede haber un plan para esto?
— Pensé que tendrías un plan en caso de que la Iniciativa Vengadores fallará.
Nadie pudo predecir que alguien diezmara cada kilómetro del universo entero en busca de "equilibrio y prosperidad".
Unos silencios de silencio largos — Nunca pensé que perderíamos. Confié en que ganaríamos sin importar lo que pasará.
— Eso es tan arrogante — dice Chile llamando la atención de ambos. Su voz suena rasposa, como si hubiera hecho gárgaras con lejía. Probablemente por el tiempo en que no ha usado su voz.
Estados Unidos se ve mal. Su cabello se disparaba en direcciones extrañas, su ropa arrugada y demasiado pálido incluso para el estándar del estereotipo estadounidense. Y apestaba a colonia. Honestamente, Chile no puedo culparlo por su apariencia andrajosa.
— Yo...
— Las guerras se ganan con alianzas, po' — Manuel le interrumpe sin dejarlo dar excusas. Esos dos siempre pudieron haber hecho algo y nunca lo hicieron — Al parecer éramos el único planeta de mamahuevos que no sabía acerca de la amenaza del Titán Loco cuando con la llegada del vikingo greñudo ese, sabíamos que no éramos la única raza inteligente. ¿No se le ocurrió a tu gobierno establecer alianzas con el reino de Asgard y a partir de ahí ir conociendo a más posibles aliados? Pudimos estar preparados mejor, tal vez incluso todo este grupito solo conformado por personas mentalmente inestables y estadounidenses estaba destinado a fallar desde el inicio.
— Chile — Buhar trató de llamarlo.
— Y tú, Wakanda — espetó el castaño — Tú tecnología pudo haber defendido mejor al resto del mundo y tal vez así, Sokovia nunca hubiera muerto y habríamos tenido una oportunidad en contra de esas cosas. Pero decidiste aislarte del mundo y dejarnos a nuestra suerte en tantas tragedias. Pudimos hacer más, hacer las cosas diferentes, pero es demasiado tarde y no hay un plan.
Alfred y Buhar lo miraron infinitamente tristes. La última oración se pudo distinguir que no estaba hablando con ninguno de los dos.
— ¿¡Qué?! — explotó en un grito.
— Estás llorando — señaló Estados Unidos mirando las mejillas morenas con lágrimas recorriéndolas.
Manuel se limpió tallando sus ojos — Mierda, mierda.
Repitió la palabra un par de veces antes de que Wakanda palmeara su hombro — Sé que pude haber hecho más. No pienses que no me lo repito a todas horas.
Eso fue un puñetazo de culpa en el estómago de Manuel. Estaba siendo injusto, lo sabía y que estaba siendo irracional. La mitad del tiempo estaba enojado y en la otra tenía unas inmensas ganas de llorar con la cara enterrada en la almohada.
— Lo siento, no quería — balbuceó el chileno mirando a los ojos ébano de su amigo —Solo quiero tener a alguien a quien culpar — terminó por admitir.
— Créeme sé cómo se siente eso — habló Alfred acomodándose los lentes, luciendo como alguien a quien le dieron una paliza masiva.
— Las calles están más vacías — añadió Chile de repente.
— Están en luto — aseguró Wakanda.
Las casas vacías que fueron saqueadas en las horas de pánico, los supermercados desiertos, las calles repletas de coches abandonados y varios negocios tapiados de tablas de madera, edificios destruidos casi hasta los cimientos y varios lugares estaban repletos de ceniza. Ciudades fantasmas que tratan de seguir adelante.
— No sé qué hacer para resolver lo que este a mi alcance. Tengo que resolver toda la mierda de los accidentes y en qué hacer con la crisis nuclear que puede que nos aniquile a todos.
Wakanda y Chile suspiraron. Claro, ese maldito detalle.
— ¿Ya han evacuado? — preguntó Buhar con preocupación.
— Difícilmente — dijo Alfred — La policía está dispersa, los rescatistas tienen las manos llena con los accidentados y varios del ejército desertaron. La evacuación es demasiado lenta y el personal capacitado para operar no alcanza para todas las plantas nucleares, incluso he tenido que llamar estudiantes y jubilados para mantenerlo a raya.
— ¿Crees que querrán seguir trabajando después de la noticia? — continúa preguntando el wakandiano.
Estados Unidos de inmediato negó con la cabeza — La esperanza de que se resolverá es lo que los mantiene en movimiento.
Chile no tuvo el valor de preguntar qué es lo que los mantendrá impulsados hacia adelante a ellos y a él.
La humanidad colapsa y con el tiempo arrastra a las naciones con ellos.
Ha pasado un año desde el chasquido (porque en serio, a Manuel le suena ridículo que los medios lo llamen el "Blip"). Las calles no están llenas como de la forma en la que estaban antes, pero hay gente. Y eso es suficiente para Chile.
Era difícil adaptarse a la vida después del día del chasquido. Por alguna razón, se siente peor cuando la gente a su alrededor entiende por completo sus ataques de pánico por el café molido, la diamantina o el confeti. No le hablan, ni Manuel a ellos, porque sabían que alguien se rompería. Sin embargo, ellos no podían entender el vacío constante que era potencializado por la depresión casi colectiva de la población. Incluso algunos de sus amigos no entienden porque no lograba adaptarse a la vida civil. Incapaz de dormir en el colchón porque era demasiado cómodo o dormía muchas horas, pero sigue sintiéndose agotado. Le cuesta encontrar razones para realizar actividades tan simples como limpiar los platos, hacer actividades sociales o ducharse. Y Chile sabe que ha cambiado. Que su voz suena hueca, sin expresar emociones y que se nota que se está forzando a sonreír. Pero, nuevamente, nadie lo culpa y Manuel quiere que alguien lo señale y lo regañe por aquello.
Las pesadillas iniciaron unos meses después. Se despertaba en capas de sudor, con intensas ganas de vomitar y el sentimiento de su alma partida a la mitad no desapareció al despertar. Esa ira de no poder encontrar una salida lo hizo arremeter con violencia. Y nuevamente repetía ese ciclo, de tratar de sentir más que la honda soledad con emociones que no sentía.
Por esas razones, se sentía incómodo comiendo en un pequeño café con Filipinas. Era un local color crema con detalles verde primavera junto a un parque con la vegetación fuera de control y con solo dos personas para atender el lugar. Felipe comía despacio la dona azucarada y Manuel sorbía su café sin azúcar sin mirar a su compañía.
— ¿Cómo te ha ido? — pregunta Chile fijando sus ojos cobrizos en los cafés de Filipinas.
— Mi economía está creciendo bien, es mejor de lo que esperaba — contestó el chico.
— No me refería a eso.
—…. Tengo sueño.
— Debe ser por el desfase horario — ofrece Chile sin sentir el amargo sabor del café. No es capaz de saborear la comida, todo le sabe igual.
— Todo el tiempo tengo sueño — aclara el filipino dejando la comida casi intacta en el plato, lo único que parece haber sido masticado es la dona espolvoreada.
— Felipe, dejaste de tomar tus medicamentos — no lo pregunta, lo afirmó. Antes, hablaban de cualquier cosa y sobre las personas de su trabajo. Ninguno se quedaba callado o quieto por más de dos minutos. Después, fue difícil completar frases o incluso asentir con la cabeza.
Filipinas se encogió de hombros. La falta del peso de su mascota, le trajo lágrimas a sus ojos y no pudo pararlo — Lo olvide por el funeral.
Chile se muerde los labios con fuerza. Ha sido una tragedia tras otra — Es peligroso. Nuestras mentes no son estables con todo esto — se cohibió en decir tasas de suicidio por los humanos que circundaban la zona.
Ser regañado despertó la ira contenida del asiático — No lo entiendes — al ver la cara de su familiar, al instante Filipinas se arrepintió de haberlo dicho.
— Sí sé cómo te sientes, cada segundo que pasamos juntos lo puedo sentir — habló severamente dejando caer la taza vacía con fuerza en la mesa.
— Lo siento, es que no puedo parar de pensar en eso. Mi cabeza insiste en recordármelo.
Fue una disculpa sincera — Está bien. También lo veo por todos lados y los funerales te lo recuerdan sin parar.
— No has hablado con Colombia desde que Venezuela falleció — comenta el chico.
Manuel traga saliva — Lo sé.
— Sé que ella lo siente.
— Yo también lo siento.
Filipinas reprime un bufido por las respuestas cortantes de su hermano — Deberías decírselo, antes de que sea tarde. ¿A cuántos hemos perdido sin poder decirles todo lo que queríamos hablar? — inquirió Felipe apretando sus dientes.
Chile recordó con amargura y susurró — Inglaterra, Venezuela, Sudán del Sur, Burundi, Haití, Bahamas, Corea del Norte, Afganistán, Kazajistán, Polonia, Georgia, Croacia, Somalia, Panamá, Senegal, Nepal, Turkmenistán, Guyana, Uganda, Benín, Libia, Macao, España, Granada, Bahamas, Seychelles...
La lista de nombres llego a los cincuenta. Los más vulnerables fueron los que tenían gobiernos inestables y economías deplorables que se mezclaron con diferentes factores. Algunas naciones con sus gobiernos y gente no pudieron sobrellevar la pérdida por lo que prontamente cayeron al igual que Sokovia. Les lloraron, les sufrieron y siguieron adelante tratando de recoger las piezas.
— Brunéi — Chile nombró a su pérdida más reciente.
— Era mi amigo — comenzó Filipinas como si lo estuvieran estrangulando — No puedo ser capaz de seguir adelante, no como los otros y eso me frustra y les tengo envidia porque para ellos es fácil. Me hace preguntarme si es que estoy roto y no tengo reparación. Kuya, este vacío que nos dejaron es demasiado para mí — apoyó sus codos en la mesa — Y no sé qué hacer para que pare — su voz se quebró en sollozos, expresando la tristeza de su corazón.
Filipinas se dice a si mismo que puede sobrevivir. Tiene trabajo, aún tiene a gran parte de su familia y un hogar. Puede sobrevivir. Va a hacerlo. Debe sobrevivir. Su vista se nubla con lágrimas, su garganta emite hipidos hasta que le quitan el aliento. Sus lágrimas caen encima de la comida.
Chile sabía que el llanto de Filipinas debía despertar algo en él. No sintió nada más que vacío y por eso, empezó a llorar. El mesero trata de consolarlos. Son el décimo y undécimo que ve llorar en lo que va del día.
[...]
Es el tercer año desde el chasquido. Manuel González Rojas ve como el mundo empieza a sanar. La herida se volvió en una cicatriz fea y arrugada en los bordes. Hay días en la que sangra con filosas punzadas a los nervios o simplemente está ahí, existiendo sin causar daño. Con la fuerza de voluntad de la humanidad, el vacío de la parte mitad faltante es llevadero. No es menos pesado, pero no duele tanto como antes.
La vida avanza y Chile establece una rutina. Se levanta en las mañanas, firma y ordena el papeleo, se asegura que la población restante este en buenas condiciones para la prosperidad, va a juntas del sindicato de trabajo, toma una siesta en la tarde para finalizar el día, Manuel va a los nuevos orfanatos donde el silencio es inexistente y es sustituido por los pequeños pasos, risas inocentes, música repetitiva y ojos limpios de la crueldad de la realidad. Los niños eran criaturas tan lindas y merecían una buena infancia en lo que cabía dentro de sus posibilidades. Por primera vez en meses, puede sonreír un poco.
A veces encuentra a uno de sus hermanos dormido en su sillón. Otras ocasiones son México o Argentina que están preparando la cena y están felices de verlo. Es reconfortante tener a gente que le importa y lo reciben con los brazos abiertos cuando abre la puerta. Siempre hay alguien invadiendo su casa, cocinando sus recetas, algunas tortugas vagando en su garaje y que fueron dejadas por Ecuador para cuidarlas por un rato, sus amigos dejan sus ropas olvidadas en las habitaciones, hay mensajes en su bandeja de entrada de su correo y se siente afortunado de tenerlos.
— Comételo estás muy flaco— demanda México colocando un plato de arroz, frijol y chuleta de puerco en la mesa. Es uno de esos días en que Rosalía entra en su casa y hace que las sonrisas florezcan con un beso de bienvenida.
Chile parpadea sin procesar el inusual acompañante de su amiga. Esos ojos negros animalescos lo miran sin malicia, su nariz húmeda lo olfatea un poco antes de enterrar su hocico en su propio plato de comida.
— Mex, ¿por qué chucha hay un panda contigo? Entendería si es que China estuviera cerca, pero...
El castaño señala al animal monocromático que sujeta con las patas el cuenco hondo lleno de bambú picado que no le importa en lo más mínimo de que su presencia no es exactamente bienvenida por el dueño de la casa.
— Se llama Helios — contesta la mujer con una cuchara en su boca — No fue idea mía llamarlo así. Mi idea era llamarlo Carlos, pero los cuidadores no me dejaron. Nació en el refugio de preservación, pero dejaron que lo sacara a pasear.
— Pasear es ir a un parque o a otras áreas del refugio — le dice riéndose un poco por la casualidad con que su mejor amiga trata con sus problemas — Llevarlo a otro país no es un paseo.
— ¡No, pero es mejor! — exclama México acariciando al panda — Míralo, ni siquiera se ha dado cuenta de que estamos lejos.
— Huh... — musita Manuel mirando al animal — Tiene cara de Carlos.
Rosalía le sonríe de forma brillante — ¿Verdad? Es un nombre más normal que "Helios" o sea que clase de nombre es ése.
Fue un día lindo. Y hay una pizca de normalidad cuando Alemania los regaña por el secuestro de un panda.
De hecho, ha empezado a llevarse bien con naciones con las que ha tenido roces en el pasado. La desgracia compartida hace que la empatía sea más fácil de cultivar. Todo está lejos de estar bien. Venezuela está muerta, Haití falleció, Panamá se ha ido y la idea de que no volverán ha comenzado a asentarse, (aunque la otra mitad de la población reaparezca). Pero es mejor que antes. Eso trata de decirse, y una pregunta se asoma entre todas que le arrebata el sueño.
Un ruido llega. El pomo de la puerta gira. Unas manos gentiles lo empujan a un pecho más pequeño, y tiembla contra el peso de Argentina.
— ¿Por qué nosotros no desaparecimos en el chasquido? — pregunta como si su amigo tuviera las respuestas del universo. Al despertar, Chile pensaba que la mitad de las personificaciones también fueron borradas de la existencia. Al contrario de lo que Manuel pensaba, las ciento noventa y cuatro seguían de pie junto con sus micronaciones. Fueron los que tuvieron suerte momentánea, luego vino el torrente de muertes.
La nación de la plata permanece en silencio, cuando piensa que no le va a responder, él lo hace — Tal vez no contamos como vida para las piedras del infinito.
— ¿Qué?
— Es lo único que se me ocurre, boludo ¿acaso vos tenéis mejores ideas? — expresa Martín con algo de sarcasmo palmeando su espalda.
Chile lo medita — No, pero explícate tantito.
— Somos creencias con forma física. Los humanos saben que es una nación y una cultura, puedes describir que es y que forman parte de una desde que nacen. Pero no es algo que es tangible y al mismo tiempo lo viven y le dan vida. Ahí salimos nosotros — Argentina hace una mueca luciendo con el peso del mundo sobre sus hombros — Es complicado, pero técnicamente las creencias son los que nos dan vida y nos mantienen en la tierra, es la cultura que nos da alma y la historia nuestra personalidad. Y esas definiciones no son algo vivo por si solos, nuestra propia existencia va en contra de todo lo lógico, incluso lo mágico. Creo que somos un vacío en las reglas de la vida y que eso nos salvó del chasquido.
— ¿Y para qué? — moqueó el chileno recordando la caída de las naciones en el primer año — Seguimos muriendo y volviéndonos polvo por este nuevo mundo.
— Estaremos bien — le promete Martín acariciando su cabello.
— No sabes eso — contesta de inmediato moqueando en el hombro de su hermano en todo menos sangre.
— No, sé que saldremos adelante. Siempre lo hacemos — afirma Martín y su voz es un bálsamo para sus heridas.
[...]
El cuarto año llega deprisa. El aire y el agua son más limpios, las cosechas han estado mejor y son abundantes, el suelo se recupera de años de sobreexplotación y la población de animales en peligro de extinción ha aumentado como nunca en décadas. Y es la primera vez en que las naciones se reúnen para año nuevo. Claro, no hay brillantina o algo parecido en algún lugar, China se encargó de que sea un lugar cómodo.
Miran el cielo llenarse de colores brillantes. Alzan las copas de champán en un grito igual de fuerte deseando que el tratado de sin fronteras sea algo permanente. Chile aún piensa diariamente por los que fueron arrastrados por el polvo.
Chile sujeta delicadamente a Colombia de la cintura en ese baile lento. Las notas armónicas del piano de Austria los hacen girar por la pista siendo capaces de mirarse a los ojos y Colombia le da una dulce sonrisa en un gesto que le dice sin palabras que está bien. Y Catalina se ve mejor que hace dos años, no era quien fue, pero su nuevo yo se ha adaptado a las mareas del dolor y se ha establecido.
Manuel ha cambiado. Tiene recaídas, días malos y en los que no sale de casa, pero han sido menos frecuentes.
Se han perdonado por las palabras no dichas y las que hirieron.
Se alejan en silencio.
[…]
Han pasado cinco años en los que lidian con las consecuencias. Chile se despierta con la garganta apretada con sus ojos acuosos y adolorido por el peso repentino que lo golpea como a un tren. Por primera vez, el vacío desaparece, no duele de forma incomoda, sino que arde de un sentimiento de satisfacción e infinita felicidad.
No lo puede creer. Nadie lo hace en un principio.
El vacío es sustituido por las voces ruidosas, brillantes, los hilos de conversaciones intercambiándose entre ellas y se abrazan con la mitad presente. Está temblando cuando agarra el teléfono y llama a su jefe que lo recibe con un mensaje con la voz entrecortada:
— Han vuelto.
