1. UMBRALES

Meses después del final de la guerra, Snape era el amo vitalicio de DCAO.

Sorteando escombros en el colegio, el flamante profesor recibía la luz de la luna, que caía sobre largos tramos de columnas sin techo, y en huecos carcomidos que antes lucieron vitrales.

Aun con los destrozos, era una buena noche y no fue fácil lograr admirar noches buenas.

Snape buscaba la paz. Evitó condecoraciones y puestos honoríficos por su participación en la caída del Señor Tenebroso, y podía dar clases en gran medida porque su esfuerzo no recibió la difusión que merecía. Él deseaba zafarse lo más rápido, Skeeter lo cuestionaba y del Ministerio deseaba a Harry, Dumbledore y Gryffindor como los principales artífices de la victoria.

Y eso venía bien a Snape. Olvidado, se sentía libre.

Y volver como profesor lo consoló al inicio. Lo consoló de no haber muerto.

Snape había despertado en San Mungo, incrédulo de ver la mañana. Fue tan increíble que pensó haber soñado el ataque de Nagini, pero vino la ira.

Lo habían salvado.

No debía estar ahí, ni en ninguna parte. Nadie podía pedírselo. Había hecho más de lo necesario, cumplido cada orden de Dumbledore. ¡Lo había dado todo, sus afectos, su tiempo, su paz, su vida! ¡La idea de morir le hizo llevaderos los años pasados, fue el consuelo que todo habría de terminar un día! Entonces, ¿por qué estaba aquí?

¿Por qué estaba aquí?

Se había levantado gritando de furia. Al mover la cara notó una curación en su cuello. De arrancársela abriría una herida que debió costar mucho cerrar. Y si la reabría no habría remedio.

No pudo usar una mano, por estar encadenada al lecho. Se llevaba la otra al cuello, pero tres medimagos sin tiempo de usar las varitas, le sujetaron frenéticamente los brazos y forcejearon con él para impedirle lesionarse de muerte.

Tuvieron que sedarlo.

Al despertar enfrentó meses de recuperación, de reflexión y de aceptar que debía vivir, y ahora que se acercaba al Gran Salón, para una celebración.

Entró ágilmente, pasando junto a la sección de la mesa donde ellos estaban.

Sus salvadores.

Minerva lo puso al tanto: Cuando Potter volvió del Pensadero, por un mensaje fue a San Mungo. Con el tiempo encima, supo que Granger dedujo que si Snape dio sus lágrimas a Potter, era por una razón que revolucionaría al mundo, y le proporcionó primeros auxilios in extremis.

El chico Weasley presionó con violencia para que se atendiera al herido grave, movido por Hermione. Harry hizo igual, pero se negaban a atender a Snape por ser un mortífago reconocido, en un hospital saturado de heridos y llantos.

Granger lo resolvió tajante. Mintiendo con aplomo, pues supo la verdad hasta que la reveló Harry, dijo al medimago que era necesario salvar a Snape para obtener de él, información para entender cómo se formaron los Walpurgis y evitar que se repitiera la creación de una cofradía peligrosa, así que había que salvarlo no por él, sino por lo que sabía.

Y hoy ahí estaban, en el Gran Salón, para celebrar la Copa de las Casas, que ese año de 1999 la ganaron las cuatro, celebrando el retorno a la normalidad.

Snape ya había hablado con Potter y con Weasley. Les agradeció y tras una larga conversación, habían dado el paso inaudito de respetarse mutuamente. Potter era muy amable, aunque Weasley estaba envuelto en su tragedia familiar, y Snape sentía conmiseración por él.

Y estaba Granger.

Granger a la mesa del Gran Salón, mirándolo pasar con atención discreta.

Snape sintió la atención de ella. Sus ojos firmes, el marco de sus cabellos. Su seriedad. El aire de deseo contenido al seguirlo con la mirada.

Cuando se otorgó el premio y se conversaba en la sobremesa, muchos de pie, sumergidos en el bullicio, Hermione se acercó a Snape para pedirle unas firmas para las siguientes clases. Había mucho trabajo en esos días.

Ella quedó de pie y Snape se sentó en la larga silla, de una de las mesas centrales.

-¿Te voy a ver? –le susurró Snape, firmando, fingiendo.

-Ajá –sonrió Hermione, con la mirada en los pergaminos.

-¿En los arcos del fondo de la galería?

-Sí –respondió.

Las pestañas cubrían los ojos de Hermione. Snape la vio de reojo estampando firmas.

Las facciones de ella lo fascinaban.

-Te he extrañado muchísimo -murmuró él.

-Y yo a ti –respondió ella, más cálida.

Alumnos yendo y viniendo, ruidos, Snape firmando los últimos pergaminos.

Snape le tendió los folios.

-Muero por besarte –afirmó él mirándose a los ojos.

-Entonces, ven pronto –ella tomó las hojas.

2. CITA EN LA NOCHE

Hermione llegó cuando Snape ya estaba en los arcos, lejos para ser vistos, y avanzada la noche, la conversación giraba sobre su amor.

Hermione se veía realmente fascinada de estar con Snape. Los ojos le brillaban, su sonrisa era abierta.

Ella le habló de cómo se enamoró de él muy pronto, y que aunque Hogwarts aun no pudiera saberlo, lo sabría.

-¡No lo puedo creer! –le sonrió ella–. ¡Que estemos así!

Azules oscuros de la noche fresca se arremolinaban entre los arcos.

-Yo no puedo creer que estés conmigo –Snape le tomó una mano, viendo un instante atrás y luego besándosela-. Es... maravilloso –lo pensó- Esa es la palabra... maravilloso. Nunca antes creí sentir algo que mereciera era palabra.

Ella se graduó y con el paso de los años…

… Hermione se casó con Snape.

Diez años transcurrieron, Hermione embarazó y por Trelawney supieron que tendrían una niña de cabellos castaños ondulados y ojos negros.

Y la vida prometía, pero cerca del nacimiento de su hija, el profesor sintió un dolor constante en el cuello.

En San Mungo, le dijeron que parte del veneno de Nagini se había depositado en una zona inoperable, pero que ya se extendía lentamente por su cuerpo.

Snape estaba hecho al dolor, no así Hermione, por lo que habló con ella largamente, sobrellevando la ira y frustración en llantos de su esposa.

Cuando llegó el final, un Snape en San Mungo reposaba en un lecho, sintiendo que el veneno lo adormecía. Ya se habían despedido de él, unos abrumados Harry, Ron, otros alumnos y profesores, ahora afuera del hospital, acompañándolo.

Hermione, cariñosa y sonriente, con ojos brillosos, llegó a su lecho con una pequeña niña de brazos.

-Eileen Jane Snape –le dijo Hermione, amorosa–. Tu hija, Severus.

Snape asintió, fatigado, con leve sonrisa.

-Nuestra hija... Nuestra hija, Hermione...

Ella se enjugó una lágrima huidiza.

-Tiene el mejor padre que pueda haber –afirmó ella-. Yo, el mejor esposo.

Hermione llevó a la pequeña Eileen Jane hacia Snape, que la besó en la frente.

-Ven... siéntate a mi lado... -le pidió él.

Hermione se sentó junto a él, llevando a la niña y tomando una mano de su esposo.

Ella le habló cálida de su amor, de su historia audaz e incluso escandalosa para Hogwarts.

-Maravilloso, como te dije esa vez en el castillo -dijo él-. Lamento... que no pueda ver crecer a nuestra hija, a tu lado... Pero verte con ella en brazos, vale por todo...

Hermione se secó los ojos, dueña de sí en lo posible, y lo besó en los labios.

-Volveré a verte -dijo ella.

Snape jadeó:

-¿C... crees en esas cosas? Yo no lo sé... No sé si eso exista...

-Existe, porque yo lo digo –afirmó ella, dejando correr mansa sus lágrimas- Volveré a verte, Severus. ¿Sabes por qué? Porque yo no voy a dejarte.

Hermione se inclinó a él, apretándole una mano.

-Mira a nuestra hija –lo invitó-. Esta niña fue por mucho tiempo una promesa para nosotros. Ahora que está, ella es el eslabón que nos unirá de nuevo.

Snape acarició la mano de la castaña.

-¿Sabes? Una vez... Un domingo en la noche, me detuve en Casa de Madame Malkin... Y cuando vi las túnicas por la vitrina, los pequeños maniquíes, pensé: "Hermione Granger, y yo, y una niña".

Hermione sonrió, melancólica.

-No lo sabía. Tú siempre has tenido cosas bellas qué contarme. ¿Qué sucedió?

-Me dije: "Ese maniquí sin rostro es la promesa. Un ser es la magia del amor. Sólo falta que desde mi soledad, yo estire la mano, y la niña que vive en ese maniquí despertará y me tenderá la suya, tendrá un rostro, atravesará la vitrina... Ella vendrá desde el fondo de mi amor por Hermione, y me pedirá que la tome en brazos, y que vayamos a casa con su mamá."

-¡Así será...! –sollozó Hermione- ¿Lo crees, mi amor?

-Lo... creo... Te amo...

Hermione le besó la palma

-¡Yo también te amo...!

Snape le sonrió, adormeciéndose.

Y llegó al final de su vida, cerrando los ojos.

Y a continuación los abrió de nuevo.

3. SUEÑOS O REALIDAD

Abrió los ojos y estaba en San Mungo, confundido, rodeado de medimagos y enfermeras febriles por su despertar, corriendo para avisar al director y al Ministro Shacklebolt.

Snape miró a todos lados, abrumado de sorpresa.

Minerva venía hacia él, sonriendo y llorando.

¿Qué… sucedía?

Hace un instante estaba en el filo de su propio final, pero ahora, ahora era como…

Si se hubiera salvado de morir.

Snape buscó ansioso a Hermione con la vista.

Y ahí estaba.

Hermione estaba a unos pasos, con las manos entrelazadas por enfrente, estupefacta, atenta a él, vistiendo el uniforme de Hogwarts.

Ella sola, sin nadie más con ella.

Hermione, como era diez años atrás.

Órdenes de los médicos, enfermeras con medicamentos.

Minerva se le acercó con nerviosismo, tomándole una mano, ocultando sin querer a Hermione. Snape miraba para todos lados.

McGonagall era como por aquellos años, él también, al verse brevemente en un espejo.

Llegaron más medimagos.

-¿Qué fecha es hoy? –exigió Snape- ¡Díganme!

Minerva negó con la cara, haciendo un gesto de preocupación con la otra.

-Severus...

-¡Díganme!

Minerva suspiró:

-Debes estar tranquilo. Has estado cerca de ocho meses en coma.

Snape no daba crédito:

-¿Cómo? ¿Ocho... meses? –refutó al preguntar- ¿No diez años?

-No debes dejar que eso te altere –pidió Minerva.

Snape buscaba a Hermione con la vista, pero tomó a un medimago por una manga, y éste luego de consultar a Minerva con los ojos, respondió:

-Profesor Snape, hoy es 9 de enero de 1999.

Snape se dejó caer en la cama, viendo al techo, al borde del mareo. En su incredulidad se posó una mano en el cuello y nada tenía.

Estaba diez años atrás, diez años, el día que despertó en San Mungo luego que lo salvaran del ataque de Nagini

-De su herida, sólo quedará una cicatriz –le explicó el director de San Mungo.

-¿Y el daño a largo plazo? –Severus quiso saber, pese a lo asombrado que estaba.

-¿A largo plazo? –el medimago se extrañó- Interesante pregunta de alguien que no es especialista, pero acertada. Pudo quedar algo de veneno remanente, con efecto a largo plazo en efecto, pero la prefecta Granger nos lo hizo notar, ella es una persona inteligentísima, y hemos conjurado ese peligro.

Snape trataba de ver a Hermione, pero había enfermeras afanosas, y recordó:

-Veneno residual, depositado en mis tejidos, que se extienda y me cause una recaída... ¿Nada?

El medimago intercambió miradas interrogantes con sus colegas, aunque terminó sonriendo:

-¿Cómo supo que corrió ese riesgo? En fin, debió oírlo de nosotros al estar inconsciente, pero no, eliminamos el depósito. La cicatriz le dolerá un poco en meses de invierno, pero nada más, si se cubre. Es usted muy afortunado, y se le debe a esa señorita -señaló con la cabeza y se alejó.

Hermione llegaba con una jofaina y paños.

-La señorita Granger –aclaró McGonagall, que tomó un paño- y yo, te aclaro, Severus, yo también, hemos estado cuidándote estos meses. Debes saber, Severus, que la señorita Granger ha enfrentado la incomprensión de sus compañeros, para estar contigo.

Snape no podía apartar la vista de esa Hermione tan joven, como cuando se enamoró de ella.

-¿En… verdad? –soltó él, pese a todo.

-Sí, profesor –dijo Hermione, sin mirarlo, vertiendo agua de la jofaina en un cántaro.

Minerva lo conminó:

-Entonces no te vas a enojar con ella, ni dirás nada amargo, porque no hay buenas referencia de tu carácter, Severus, perdóname, pero sí hay buenas opiniones con respecto a la señorita Granger, y no quiero que tu...

-Gracias, Hermione –le dijo Severus.

La castaña casi se va para atrás por la impresión, así como McGonagall.

Snape se acomodó en la almohada.

-Juro no amargarle más la vida a nadie. Gracias, gracias, por lo que ha hecho, Hermione. Y a sus amigos. Dígales que les agradeceré en persona. Y a usted le pido perdón por mis torpezas.

La castaña se pasó un mechón tras una oreja, ruborizada.

-No... sí... no...

Pasaron días.

Snape se preguntaba si una mañana ya no despertaría, pero comprendió que había llegado ahí para quedarse.

¿Había muerto y tenido otra oportunidad, gracias a una magia desconocida?

¿O había soñado una vida entera mientras estuvo hospitalizado?

La única realidad que contaba para él, era Hermione.

Una Hermione que no lo amaba, que no tuvo una hija con él, que acababa de salvarlo.

Una que lo conocía poco.

Hermione iba y venía en su habitación del hospital, o se sentaba para pasar apuntes de clase en limpio, en una mesa, a unos metros de Snape, en las mañanas claras.

Snape la contemplaba. Deseaba besarla. Y se dijo que no debía hacer nada, porque aquí, nada de lo vivido existió.

Pero eres tú, Hermione, se decía Snapeal contemplar sus labios rojos, su expresión de concentración al redactar, paladeando la emoción que lo conquistó cuando pudo acercarse a ella.

Hermione... Lo que viví contigo, ¿fue un sueño?

No. No fue un sueño. En otro mundo nos amamos. En otro mundo te amé. En otro mundo nos besamos, nos tuvimos. En otro mundo, me amaste.

El gesto adusto, educado de Hermione al leer. Su mirarlo con ojos marrones, profundos.

Tuvimos una hija, pensó Snape.

Hermione le pasaba libros, con las pestañas bajas.

Una hija, con tus cabellos rizados y mis ojos negros.

Le pusiste el nombre de mi madre.

Una vez, trató de saber:

-Miss Granger. Usted recuerda... ¿recuerda algún suceso del pasado, que haga irreal el presente? Como... ¿haber estado en otro lugar?

Y ella, que todo lo tomaba en serio, pensó y respondió:

-No, profesor. No tengo recuerdos así –se intrigó- ¿Y usted?

Snape no se preguntó más.

-No, pero pienso... –caviló- En otros mundos. Leí de dos personas que se conocieron, por fin, luego de largas travesías, y ellos se amaron. Fueron el uno del otro.

Ella sonrió apenas.

-¿Se hicieron bien entre ellos? No me gustan las historias que terminan tristemente.

Snape se relajó:

-Oh, se hicieron el mayor bien que se pueden hacer dos personas. Ella le mostró la luz, porque él estaba perdido, y él le dio la luz que tenía guardada. Se transformaron uno a otro, y así se amaron.

-¿Y cómo termina la historia? –Hermione cobraba gusto a charlar con Snape. Empezaba a conocerlo de verdad.

Snape suspiró, encogiéndose de hombros.

-No lo sé. ¿Quiere quedarse para saberlo? Tal vez recuerde el final.

Ella lo pensó. Pudo haberse ido, pero...

... pero decidió no irse.

-Está bien, profesor –asintió–. Me quedaré con usted. No tiene horario límite de visitas.

Hermione llevó su silla, y se sentó al lado del lecho de Snape, y por la alta ventana pasó el día de un vivo azul brillante, nubes blancas resplandecientes, un pegaso que cruzó por la altura de la tarde calurosa.

Tenían esa tarde entera para hablar.

Tenían tiempo. Tiempo para conocerse.

-El día es hermoso –opinó Hermione, mirando al través de la ventana hacia el vívido azul.

-Es el día más hermoso –dijo Snape.

Ella volteó a verlo, sorprendida por esas palabras. No lo mostró, excepto, tal vez, por un animarse en su rostro, y más cuando encontró un gesto en Snape.

Un gesto que él nunca le había hecho a ella.

Una leve sonrisa. Una sonrisa que nunca antes dedicó a nadie.

Y lo de Hermione no fue solamente gusto.

Fue un fugaz destello de emoción, de satisfacción. Como abrir un umbral y mostrar una posibilidad.

Esta Hermione no lo conocía del todo, ella no estaba ligada a él por un sentimiento, nunca tuvieron una relación, ni se amaban, aquello sucedió en otro mundo o fue un ensueño como tantos deseos de la vida, o sucedió, terminó y ahora podían iniciar de nuevo porque el universo lanzó los dados y por una vez, favoreció los deseos de dos corazones.

¿Quién sabe?

La magia no se explica, simplemente se deja ser.

El mundo vino, el mundo terminó, y nada estaba escrito.

Quedaba la realidad creada por sus decisiones.

Tal vez había abrazos en su futuro.

Una niña de rizos color de noche.

Snape pensó que debía desentrañar los laberintos del alma de la prefecta de Gryffindor. Conocerla, por primera vez. Renunciar al pasado y buscar el presente en la voz de ella.

Renunciar a lo que había sido, a cómo se había entendido, y emprender el vuelo.

¿No es eso lo que hace, alguien que ama a otra persona?

Snape deseó ser digno de los ojos marrones de Hermione Granger.

Las nubes se encendían de nieve, y el cielo se encendía de mar.

Hermione le dijo, con alegre intensidad.

-¡Está sonriendo conmigo, profesor Snape!

Snape asintió.

-No será la única vez. Señorita Granger. Se lo prometo.