"Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras."

Disclaimer: Harry Potter pertenece a J.K. Rowling

Prompt: Biblioteca


Albus alzó la vista cuando el silencio del sótano se rompió con el sordo golpe de los libros al caer. Casi lo sintió como un dolor propio mientras abandonaba el banco y corría hacia el otro lado del estante. Desde el piso superior no llegaban señales de alarma. La señora Bagshot debía seguir con la nariz enterrada entre sus apuntes y fechas.

―Gellert ―llamó Albus, preocupado al no verlo. Luego descubrió el brazo que se aferraba a un pequeño libro y los otros que cubrían su cuerpo.

Al instante de arrodillo a su lado, apartó los libros con pánico y quiso llamar a Bathilda, pero una mano en su boca lo silencio. El pánico desapareció cuando Gellert soltó una ruidosa carcajada, una que Albus hubiera querido callar de un golpe.

―¿Pensaste que ya te habías librado de mí? ―bromeó, mientras soltaba a Albus.

―Tienes mal sentido del humor.

―Tú igual, debías responder que jamás querrías hacerlo.

Ambos rieron, y Bathilda tampoco pareció darse cuenta de los estragos que causaban en su biblioteca.

―¿Es este? ―preguntó Gellert, mostrándole la portada

―Ah, Los cuentos de Beedle el Bardo.

―¿Casi me rompo la cabeza por un libro para niños? ―Gellert volvió a reírse, una risa explosiva que calentaba el corazón de Albus.

―Bueno ―sonrió un poco al dirigirse a una viejo sillón polvoriento―, dicen que los niños y los borrachos dicen la verdad.

Gellert se sentó en el apoyabrazos del sillón. Albus empezó a leer el último cuento, el que los había reunido en una causa común. Pero era difícil concentrarse cuando Gellert le prestaba más atención a él que al cuento e intentaba ayudarlo a pasar las páginas sin perder la oportunidad de rozar sus manos.

―Yo…

Se detuvieron para mirarse, sorprendidos.

―Tú primero…―volvieron a repetir a unísono.

Luego sus carcajadas volvieron a hacer eco en la biblioteca, lo suficiente para que Bathilda les gritara «silencio» desde algún lugar de la casa.

―Dime, tú ―dijo Gellert, mientras cerraba el libro para prestarle toda su atención.

―Bueno, ―Albus se inclinó hasta que sus ojos azules pudieron verse―, estaba pensando, ¿Qué vez cuando imaginas el nuevo mundo?

―¿Qué veo? No muchas cosas aparte de muggles arrodillados, libertad, tú y yo… ¿Qué vez tú?

«Libertad para mis hermanos», pensó Albus al instante, «Aberforth podría dejar de preocuparse de Ariana. Ella ya no tendría que esconderse, nadie la juzgaría y tal vez volviera a ser la niña feliz»

Sonaba tan bien, pero no podía transformarlo en palabras, no sin que doliera su corazón al saber que de haber tenido antes ese mundo su vida, su familia, todo podría haber sido diferente

―Albus, ¡Albus! ―Gellert lo sacudió por los hombros

Se veía preocupado, Albus supo que la tristeza se notaba en su rostro.

―Mi padre fue llevado a Azkaban por atacar a unos muggles ―le susurró―. Murió allí, solo. Por él hay quienes me rechazaron, otros que me aplaudieron. Nadie sabe lo que ocurrió en realidad.

Gellert sujetó sus manos. Albus las apretó como si de eso dependiera su vida, porque ese gesto le transmitía todo lo que necesitaba: «Estoy aquí, no estás solo»

―Ariana… no es la niña que ves ahora. ―Gellert solo la conocía de oído, cuando llamaba a su madre o a sus hermanos y Albus se veía en obligación de ir a calmarla. Mejor conocía el cuadro muggle de ella en la sala, con la sonrisa que solía tener antes del suceso―. Siempre estaba feliz, llena de vida. Mi madre solía decir que sin ella seríamos unos amargados, era nuestra alegría. Era la favorita de mis padres…

Antes de darse cuenta las lágrimas estaban cayendo por su rostro, sobre sus manos unidas y entrelazas. El recuerdo seguía ardiendo, ni cien años podrían curar la herida, menos cuando la victima seguía encerrada y en lucha con sus propios monstruos.

―Unos muggles la atacaron. Ella no… ya no volvió a ser ella.

Gellert apretó su agarre, pareció querer hablar pero se contuvo.

―Mi padre hizo lo que creyó correcto. No lo fue. ―Albus intentó mantener su voz clara, pero quería desplomarse y llorar en los brazos de Gellert, por un momento dejar las responsabilidades―. Los perdí a los dos… los tres. Mi madre tampoco era la misma, solo se encargaba de Ariana y nada más. No volvió a ser cariñosa y cerró las puertas a todo. No volvía a casa en las navidades, era peor que estar solo. Mi hermana estaba sufriendo, mi madre no podía ayudarla y Aberforth estaba en medio de las dos. Nosotros estábamos solos.

En medio de la confesión llegó a estar entre sus brazos, Gellert lo sostenía con fuerza y cariño. Albus no podía recuperar la calma, los sollozos y la quemazón en la garganta eran demasiado fuertes para continuar. Sentía las lágrimas caer como un reguero por su rostro Antes, en Hogwarts, debía tener cuidado en mostrar si las palabras de los demás le afectaban. Luego debió ser el encargado de su familia, no debía desmoronarse.

Pero con él, era tan fácil ser.

Después de unos minutos Gellert lo apartó, Albus volvió a buscar su mirada. Sus ojos estaban brillantes, pero había una nueva determinación. Sus movimientos fueron rigidos cuando recogió el libro que en algún momento había caído al suelo.

―Muggles. ―La palabra en sus labios sonó como la peor blasfemia―. No tienen magia, no tienen poder. Nos oprimen y lastiman, pero somos nosotros quienes nos escondemos.

Cogió un lápiz del desastre que había sobre un escritorio y encontró la página de El cuento de los tres hermanos

―Lo que hicieron es solo una muestra de lo que han hecho por años con nosotros. No podemos lastimarlos, pero cuando nos atacan nadie dice algo. ―Con rabia garabateo el símbolo. La capa, la piedra y la varita―. Seremos los amos del mundo. El precio será alto, pero ya basta de esconderse ―sujetó su mano con fuerza, pero nada se compraba con la intensidad de su mirada―. Ya no más Arianas.

Albus inhaló, sin apartar la vista.

―Por el bien mayor ―dijo, con más firmeza de la que sentía.

Gellert sonrió, con cariño secó lo que quedaba de las lágrimas.

―Por el bien mayor.