Cuando resulta más probable que las emociones de Spock, tan rígidas y herméticas, casi invisibles, incomoden a los nativos, resulta que, en cambio, es McCoy quien los mantiene tensos y con un ojo apuntando siempre en su dirección.
Dado que se ha convertido súbitamente en objeto de estudio, Leonard contempla dar media vuelta y solicitar a Scotty que lo regrese directo a la nave. Cinco minutos de estar en suelo firme es suficiente para saber que no está listo para soportal la mirada de veinte pares de ojos alienígenas.
Ya tiene suficiente con el par de ojos vulcanos que, actualmente, acecha sobre su hombro.
Por su parte, a Spock no le sorprende la situación. Los sucranianos son una especie sumamente empática y pacífica cuya armonía se debe, principalmente, a que cultivan la paz interior con mucho ahínco. Si bien, Leonard puede llegar a ser un humano controlado y paciente en selectas circunstancias (circunstancias que aún de vez en cuando logran sorprender a un vulcano entrenado en la idiosincrasia de las emociones humanas), Spock debió de haber previsto que las condiciones que llevaron al doctor a su estado actual, y que comienzan a perturbar a sus anfitriones, podrían llegar a complicar las negociaciones para que el planeta se una como miembro activo a la Federación.
Su misión, por lo tanto, está en riesgo.
Mientras avanzan hacia el edificio principal, en donde se llevarán a cabo las negociaciones finales, el capitán se mantiene algunos metros al frente del resto del grupo de desembarco y de la comitiva de piel rojiza que los estaba esperando. Jim camina hombro con hombro entre los dos líderes sucranianos que aseguraran un acuerdo amistoso y beneficioso para todas las partes.
El carisma que caracteriza al capitán de la Enterprise resulta tan atrayente para esta nueva especie que, por un buen rato, se olvidan de la nube negra que permanece flotando sobre la cabeza de McCoy. El viaje, sin embargo, concluye en una enorme sala circular de paredes azules, y allí, mientras esperan a que un pequeño grupo de ancianos sucranianos se una a ellos, nuevamente los ojos grises, que caracterizan a los nativos, vuelven a posarse insistentemente sobre el doctor.
Leonard gruñe y grita internamente. La incomodidad y la molestia que esas miradas evaluadoras le provocan comienzan a convertirse en un círculo vicioso cada vez más grande. Ser inspeccionado descaradamente no le hace la vida más fácil a nadie, quiere decirles, agradecería que se ocuparan de sus propios asuntos. Aparentemente, ahora que pueden mirar al doctor de frente, el carisma del capitán resulta menos llamativo que esa curiosa bomba humana en la que se ha convertido el doctor. Sonríe malévolamente cuando piensa que, si al menos ellos pudieran ser conscientes del peligro que corren por mirarlo con tanta curiosidad, ahora mismo se abstendrían voluntariamente de hacerlo. Está dispuesto a gruñir y morder si es necesario. Esa sonrisa y lo que sea que ellos están captando de él no hace más que acrecentar el estudio minucioso de su absurda humanidad. Un poco de piedad, por favor. Resopla y se concentra en ver volar al pequeño insecto que se ha posado por un segundo al centro de su frente.
Sé libre pequeño insecto, aléjate antes de que decidan juzgarte a ti también por aletear tan perezosamente.
Cuando los ancianos han llegado, con su respectiva cucharada de curiosidad dirigida al doctor, una gran puerta de madera se abre a la izquierda del grupo y comienzan a entrar a paso lento. El capitán se detiene, gira, mira a su primer oficial con una expresión pensativa y algo culpable, y con un simple movimiento de su mano indica que él se hará cargo de ahora en adelante. Spock asiente suavemente, él también considera que en las actuales circunstancias ese es el mejor curso de acción. La compañía de la teniente Uhura y el teniente Rogers serán más que suficientes. Los ven desaparecer detrás de la gran puerta y ambos quedan acompañados únicamente por los dos guardias sucranianos que la resguardan.
– Lo estoy arruinando ¿No?
Spock se mantiene en silencio. Cuatro años, cinco meses, tres días y quince punto sesenta y dos horas conviviendo con este humano en particular le ha enseñado lo que es una pregunta retórica. También sabe que aceptar los hechos solo complicará el caos de emociones que el doctor parece tener dentro.
– Tal vez sea recomendable que me vaya ahora que tengo la oportunidad. Tú y Jim lo harán muy bien solos, no me necesitan. Claramente no estoy ayudando– Leonard se frota las manos con ansiedad. No puede recordar hace cuanto que no se sentía tan molesto, avergonzado y triste al mismo tiempo.
Spock se abstiene de decirle que su ausencia no sería oportuna, por el contrario, se consideraría una gran falta de respeto y una casi proclamada declaración de guerra. Los sucranianos, además de ser pacíficos, también han sido clasificados como extremadamente paranoicos.
Leonard quiere huir o dar vueltas por la habitación y, sin embargo, se mantiene en silencio, clavado en el último lugar en el que lo vio Jim. Se repite mentalmente una y otra vez que no debió de haber cedido ante la mirada suplicante de su capitán. Qué más daba que la afamada unidad del equipo de mando de la Enterprise no fuera apreciada de primera mano por los lideres sucranianos. Capitán y primer oficial son la viva imagen de un equipo ordenado y perfecto. Él puede salir sobrando en cualquier momento. De hecho, este hubiera sido un muy buen momento.
–Doctor
McCoy alza la mirada e instintivamente se cruza de brazos para protegerse inconscientemente de lo que Spock pudiera llegar a decir. No está en su mejor momento y, ciertamente, éste no es el mejor lugar para desahogarse a gritos de toda esta situación. Suficiente ha hecho ya.
Spock lo observa con la pasividad de siempre y declara –Estás molesto.
¡Oh, Dios! He aquí un poco de aguda percepción vulcana –Dime algo que no sepa– gruñe. Da media vuelta e inmediatamente se arrepiente. No tiene que ser empático para sentir la tensión en el ambiente; los dos guardias lo miran con lo que cree poder traducir como preocupación y alarma. Sus cuerpos muestran una postura felina, algo encorvada, que tal vez indique que están preparados para atacar o correr en caso de que el humano saturado de malas vibras explote en mis pedazos. Por el bien de las relaciones diplomáticas no quiere averiguar cuál de las dos opciones es la correcta.
Leonard gira los ojos y vuelve a dar media vuelta. Se sorprende de que Spock haya dado un par de pasos en su dirección y de que ahora lo tenga a menos de medio metro de distancia.
–Doctor
El doctor solo desea que todo acabe. Por el amor de Dios, que sólo diga lo que tenga que decir. Después, esperará que Jim salga, acompañará a su capitán al banquete de celebración, hará acto de presencia por solo diez minutos, tal vez menos si logra deshacerse de su autoproclamada escolta vulcana, y pedirá transporte de emergencia para el hombre que solo desea estar ahogando las penas en una buena jarra de alcohol, o sea, él.
–Leonard
Leonard no está lo suficientemente meditabundo para evitar sorprenderse de que su nombre haya salido de esa boca con tanta facilidad. Alza la vista para salvar esos pocos centímetros de diferencia entre uno y otro. Los ojos de Spock no le dicen nada, mucho menos su semblante serio. Su tono de voz, por otro lado, mostró un poco de preocupación.
Spock dirige su mano lentamente hacia él.
McCoy al fin comprende – ¡Oh, no! No, no, no. Este no es un buen momento, Spock.
–Al contrario, doctor.
–No quieres sentir lo que traigo adentro.
Leonard no quiere interpretar esa casi imperceptible pausa de Spock en la que pareció como si realmente se estuviera cuestionando su disposición a aceptar su turbulento caos.
–No lo haré– dice al fin –Solo te pido que me permitas ayudarte.
Leonard sabe que esa es una mentira parcial, pues no hay forma de que, una vez que estén en contacto directo, Spock no perciba los sentimientos contradictorios que punzan en su cabeza. Inhala lentamente y analiza la situación.
Dado que el sujeto que tiene al frente no le señaló directa y tajantemente que su presencia estaba haciendo estragos en la misión, e ignoró su intento de huida, el doctor termina por suponer que regresar a su zona de confort dentro de la Enterprise no es una opción aceptable. Deberá de permanecer en tierra como tercero al mando de su nave y como representante de la Federación. Eso incluye tener consigo a su indisposición mental y su incapacidad para mantenerla controlada.
Spock lo mira pacientemente y mantiene su mano al frente con la palma hacia arriba.
Leonard arruga el ceño y lo mira con preocupación. El miedo de que Spock sepa que está dudando de toda su carrera, por no decir de su vida, es casi comparable a la confianza que tiene de que Spock no verá nada más de lo que lo él mismo le permita observar.
–Maldito vulcano terco – susurra Leonard con una media sonrisa en su cara –Espero que estés listo. Si te desmayas ninguno será de utilidad para nuestro capitán– bromea antes de posar suavemente sus dedos sobre la mano ofrecida.
Como única respuesta, los ojos de Spock muestran un pequeño brillo de diversión.
Con apenas un toque, Spock se sorprende de lo mucho que subestimó al doctor y de la capacidad humana para soportar tantos altibajos emocionales al mismo tiempo. Mientras alza su mano para posarse en la cara del doctor, eleva una nueva barrera frente a sus escudos mentales y da un paso, metafórico, al frente. La mente de Leonard es una tormenta tropical con vientos y lluvia azotando desde todas las direcciones posibles; los sonidos son difusos salvo en las ocasiones en las que retumban con tanta fuerza que siente las vibraciones a su alrededor; y los colores son tan opacos como una tira en escala de grises.
Siente la vergüenza del doctor por su propia ineptitud al intentar controlar y organizar sus emociones para que Spock no pueda ver lo incapacitado que está. La vergüenza, a su vez, trae rechazo; y el rechazo se convierte en una tormenta de granizo que golpea a Spock dolorosamente; resiste impasiblemente sólo porque sabe que existía una probabilidad del 95.63% de que Leonard se arrepintiera de esa intrusión a tan solo segundos de haber iniciado. A cambio, Spock comparte una oleada de calma y afecto que logra sorprender al doctor y detener la tormenta paulatinamente.
Ahora que la mente de Leonard puede parar y analizar más a fondo los hechos, Spock está listo para partir, sin embargo, a tan solo segundos de romper la conexión los sonidos se vuelven más claros; culpa a su mitad humana por la curiosidad de acercarse a ellos y descifrarlos.
Es tu hija…se está recuperando…nada grave…ha preguntado por ti…me hizo prometer que te llamaría…quiere verte…te extraña…la darán de alta en unos días…tal vez puedas estar allí cuando ella salga…
Debería de estar a su lado…soy su padre…debería de haberla cuidado…me aleje…enfermó…si estuviera con ella…si lo hubiera notado…si no me hubiera apartado…si no hubiera decidido huir al espacio…Joanna…Jim
La voz del doctor se cuela como un susurro –Spock, hubiera preferido que no metieras tus narices en esto– no es un reclamo, ni siquiera hay enojo en las palabras, sólo es un hecho.
–El estabilizador de antimaterial del núcleo warp necesitan una actualización y mantenimiento general. La base Júpiter podría recibirnos en 36 días.
Spock percibe confusión. Después, pequeñas burbujas de color amarillo y azul comienzan a revolotear por todos lados. Esperanza y aprehensión.
–El núcleo warp está en perfectas condiciones, Spock.
–El Sr. Scott podría demostrarle que está equivocado, doctor. Un detrimento en la capacidad funcional del estabilizador podría poner en peligro a la nave y a la tripulación.
–Sería tonto si creyera que has dejado que naveguemos por allí con una bomba encima. Así que… ¿Ajustar las necesidades de la nave a las de un solo elemento de la tripulación, te parece lógico?
Spock no responde, en vez de ello, aporta un poco más de calma a la mente del doctor, finaliza la conexión y espera a que, en la soledad de ese gran salón, McCoy abra los ojos.
–¿Se siente mejor, doctor?
Leonard parpadea un poco ante el deslumbrante color de las paredes –¿Dos días antes del cumpleaños de Joanna? – contesta a cambio –tendrás que ayudarme con la fiesta sorpresa entonces.
Spock eleva una ceja.
–Ni pienses que vas a salirte de ésta, fuiste tú quien planeo todo.
La segunda ceja se une a la primera.
Una hora más tarde, cuando Jim sale de la negociación más rápida y amistosa de toda su carrera, Leonard ya no tiene el deseo de salir pitando a la nave y encerrarse en su habitación para despertar un día después deseando que el dolor y las dudas hayan desaparecido. Durante esa hora, Spock le ha enseñado los dos tipos de plantas que podrían ser de utilidad para desarrollar un par de investigaciones médicas y un tipo de insecto, cuyo nombre solo un vulcano podría pronunciar correctamente, que se considera de buena fortuna cuando se posa sobre la frente.
Jim no cree conveniente mencionar que los dos guardias que resguardaban la puerta fueron quienes advirtieron a los líderes del cambio de ambiente en el salón azul, ni que las negociaciones dieron comienzo realmente hasta que la nube negra que abatía al doctor se debilitó al grado de casi desparecer.
