Draco Malfoy y la Bienaventuranza

Nadie puede ayudarme –se lamentó Malfoy, sacudido por fuertes temblores-. No puedo hacerlo, no puedo… no saldrá bien… Pero si no lo hago pronto… él me matará…

Harry Potter y el Misterio del Príncipe, p. 484.

1. Oración

Cubierto de sudor frío, Draco se encontraba de pie en medio del dormitorio de Slytherin. Ninguno de sus compañeros estaba allí con él, y el extraño silencio que reinaba sólo quedaba atenuado por el lago, por el omnipresente y ominoso rumor de las aguas golpeando con suavidad las ventanas sumergidas. No era un sonido agradable; nunca lo había sido: corrientes invisibles, burbujeos misteriosos, aletazos y ecos siniestros de ignotas criaturas marinas nadando en la oscuridad, y esa respiración que según la leyenda volvió loco a Salazar Slytherin, la respiración lenta y poderosa del lago al embestir contra las ventanas; un suspiro gutural, rítmico, profundo y antiquísimo, que daba a la sala común cierto ambiente de gruta inhóspita, como si todos se estuviesen refugiando de algún terror innombrable que los había obligado a esconderse bajo tierra, en la oscuridad. Donde no tuviesen que ser vistos.

«Es el precio de la ambición». Así empezaba la primera carta que su padre le había enviado a Hogwarts, cuando Draco todavía iba a primero. Sus palabras aún resonaban en su interior: «La voluntad para alcanzar el poder, Draco, no es un sendero que corra bajo el sol de la tarde, entre flores y brisas cálidas, entre carcajadas y buena compañía. Muy al contrario, es un lugar oscuro y frío, una fortaleza de honor que es tuya tan solo».

Imperturbabilidad. Autosuficiencia. Cierto ideal ascético, áspero y despechado. Draco conocía bien los sagrados principios de su casa. Por eso estaba allí. Por eso había cerrado la puerta del dormitorio: ninguna otra voz humana podía enturbiar la pureza de su soledad, ese vasto reino de pesadumbre, perfecto e infinito.

Draco contuvo un estremecimiento. Unas lámparas de aspecto lúgubre colgaban del alto techo, emitiendo una luz insuficiente que caía sobre el vacío dormitorio y las vacías camas. Parqué oscuro, recios postes, crujidos de la madera. Draco cerró los ojos, colocó las palmas de las manos hacia arriba y entonó una extraña oración:

- Olvida todo lo que alguna vez ha salido de mis labios, y atiende, Señor, a esta única súplica: que lluevan sobre mí…

Pero a Draco se le rompió la voz. No podía respirar bien. Sentía de una forma insoportablemente intensa la fragilidad de su propio cuerpo, todos esos tendones y huesos tiernamente entrelazados, palpitantes, expuestos con ansiedad a la furia de la naturaleza.

-Que lluevan sobre mí…

Los ojos humedecidos, el temblor en el pecho, el nudo en la garganta. Nadie podía verlo así. Por eso Draco apretó las mandíbulas, contrajo los músculos del cuello, apretó los brazos contra los costados y se arañó lentamente la palma de una mano; lentamente, sí, casi con rencor, hundiendo las uñas en la carne. El dolor físico, la tensión, el incómodo malestar al habitar tu propio cuerpo: ellos eran en el fondo sus aliados y sus maestros. Eran los vigilantes que le recordaban que no debía sucumbir, que no debía relajarse, que no debía caer derrotado ante la emoción temblorosa, ante esa emoción laxa y cálida que le acariciaba los miembros y le decía Abandónate, Abandónate al dulce consuelo del sollozo...

Draco se concentró al máximo en el ácido escozor de los arañazos (esa rabiosa amargura, cruda y despiadada), y poco a poco su mente empezó a serenarse, hasta que, al fin, pudo de nuevo desterrar y silenciar la sombra roja de la inquietud, la inseguridad, las constantes vacilaciones. Todo aquello debía ser acallado, debía ser amordazado e inmovilizado en lo más recóndito de su interior. Sólo así lograría esclavizarse a sí mismo. Ése era sin duda el término más apropiado: esclavización, violenta esclavización, una opresión brutal que revistió su cuerpo de dureza, un escalofrío que secó sus imperturbables ojos claros.

«El dominio de las pasiones es la más alta y la más necesaria condición del hombre exitoso –decía su padre-. Draco, hijo mío, siempre debemos estar alerta: la mente fija en nuestros objetivos, el corazón frío y quieto, quizás un poco constreñido, como un puño a medio cerrar, un soldado vigilante listo para entrar en batalla. ¿O acaso… –en este punto siempre le levantaba la mano- O acaso quieres pecar de tibieza? ¿Quieres llorar y moquear como los débiles de espíritu, hijo mío, esos miserables que gimotean patéticamente, regodeados en su autocompasión, lamentándose de su suerte, sin hacer nada por cambiarla?».

Draco se estremeció de nuevo. Él era un digno vástago de su estirpe. Un orgulloso hijo de Slytherin. El más fiel de todos los servidores del Señor Tenebroso. No derramaría ni una lágrima. No les daría ese gusto a los sangre sucia, a los traidores a la sangre, a la ponzoña muggle que corrompía la pureza de su sociedad…

No derramaría ni una lágrima, pensó otra vez.

Pero, ¿a costa de qué?

-Que lluevan sobre mí todas las desgracias que Tu Voluntad haya dispuesto enviarnos –dijo el joven mortífago con una voz más tranquila, más sombría-. Que me ataquen el hielo y el fuego, que caiga derribado en tierra… No me importa: deja que repose en mí todo Tu rencor. Pero protégela. Protege a mi madre. Ella no tiene la culpa… -Draco tragó saliva y calló durante unos segundos, como si no estuviese decidido a continuar-. Así que acepta esta balanza que te ofrendo, Señor. Tómala entre Tus Manos y desequilíbrala a Tu gusto: baja un platillo para que el otro pueda alcanzar el cielo. Yo soportaré todos los sufrimientos… Y Tu voz será como estruendo de aguas, y fuego y rayos devorarán el mundo, y blandirás Tu espada llameante sobre los pueblos y las naciones…

Llegados a este punto, Draco ya no veía el dormitorio. Su mirada perdida se paseaba entre paisajes devastados, llantos y alaridos, un furioso vendaval, formas tristes y lejanas, desconocidas, siniestras… Un desierto sin estrellas amenazaba con engullirlo, un silbido agudo que cada vez se hacía más presente, más alto y más molesto hasta que se convertía en una voz, una voz fría y cruel que reía, y un rostro blanco de ojos rojos que era como el rostro de la Muerte… Y Draco besaba ese rostro, sin esperanzas, sin apenas voluntad, y mecido por una invitante oscuridad sentía que caía, y caía y caía sin fin por un abismo tranquilo y silencioso...

-…a salvo…– murmuró entre las tinieblas.