Hijos de la discordia


Capítulo XVII

«Incubadoras»


Lo que mandó al suelo a Goten y a Trunks no fueron sus contrincantes de la cárcel. Todos ellos habían sido muy sencillos de derrotar y lo único que les favorecía era el número. Por supuesto que Trunks buscó entre el mar de reclusos el paradero de Mai y se dirigió hasta ella en tanto lo hizo, haciendo que Goten lo siguiera para mantenerse juntos. Antes que pudiera tomarla para sacarla del recoveco en el que se había escondido, un chorro gélido y a alta presión los aplastó como mosquitos contra el suelo, y los mantuvo ahí porque la sustancia era muy viscosa y densa.

—¡Al suelo! —les gritó un hombrecillo detrás de los barrotes y Goten escupió un poco de la sustancia.

—¡¿Dónde crees que estamos?! —gritó Goten de vuelta, tirando aire por la nariz para evitar que la sustancia trepara dentro de los orificios para matarlo. Trunks escupió la sustancia que tenía en los labios y Mai corrió hasta él para limpiarle la cara con las mangas del uniforme carcelario.

La sustancia disuasoria echó a la fuga a los demás reclusos y ambos hombres demoraron largo rato en limpiarse la viscosidad. Goten se sentó molesto en el suelo y al mirar hacia arriba donde estaban los hombrecillos guardianes, vio que una figura enorme y masiva los miraba con seriedad. Sin quitar sus ojos de encima le dijo a Trunks que estaban vigilándolos y cuando el príncipe volteó a verlo, Broly se marchó de la ventana.

—¿Enemigo o amigo? —preguntó el moreno y Trunks frunció el ceño.

—No lo sé —respondió—, pero es peligroso. —Trunks se sentó a su lado—. Necesitamos escapar. Bra está en peligro, quizás ya la han atrapado…

Goten no quiso ser desagradable así que no mencionó a Pan.

—Ya sabríamos si estuviera aquí —masculló Goten y se limpió la sustancia que le caía desde el cuero cabelludo—, todos aquí parecen odiar el color lila. Cuando salgamos de aquí quizás debamos cortarte el cabello.

Goten se rió y Trunks sonrió.

—Me pregunto qué habrá hecho tu madre para que la odien tanto —dijo al aire Goten y Trunks apretó la boca, buscando a Mai con la mirada. Una de las primeras conversaciones que tuvo con ella parecía conocer sobre la historia de Bulma pero era reticente a contarla. Sin embargo no había nadie más certero para contar su historia que su madre y el objeto que guardaba su holograma se había quedado en la nave. Se había enfadado tanto con el eco de su madre que no quiso escucharla más. ≪Ella parecía saber que Bra escaparía≫, pensó Trunks con culpa.

—Creo que odiaban más a tu padre que a tu madre —dijo Mai al intercambiar miradas con Trunks—, tu apariencia solo hace recordar a Bulma y de cómo actuó tu padre después de conocerla.

—Vegeta sólo empezó a tener bebés —dijo Goten un tanto incrédulo—. Qué es lo que hace un bebé que sea tan ofensivo.

—Son bebés híbridos —corrigió Mai—, y más fuertes que los puros.

—Aún no me explico la ofensa.

—Supongo que era un mal rey —respondió ella y Trunks bajó la mirada. Todos le decían que su padre era una persona horrible, en cambio el holograma de su madre y el recuerdo que tenía de él le decían que no era así—. Así son las historias, no se sabe qué versión es la correcta.


Pasado


A Vegeta no le interesaba lo que tuvieran que decir sus generales o asesores, por lo que la única manera es que tuvieran alguna conversación con él era atajándolo en los pasillos sorpresivamente. Su padre o incluso Tarble eran más receptivos que el regente actual, a ellos les importaba el planeta y su gente, algo que para Vegeta era obvio que no.

—Pero señor… nuestros hombres están muriendo más rápido de lo que…

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó de mala manera mientras intentaba alejarse del grupo de ingenieros que lo atosigaba.

—Si hubiera una manera para que la natalidad aumentara, porque la mortalidad de niños en las incubadoras es alto-

—¡Entonces construyan mejores incubadoras! —gritó Vegeta y se dio la vuelta para marcharse a regañadientes. Había sido una mala jugada acercarse sin algún plan que él pudiera dar el visto bueno simplemente, después de todo él solamente era un guerrero.

Nappa lo siguió de cerca, acostumbrado a esos arranques de ira y a cómo controlarlos. Ya estaban lejos de los laboratorios cuando el más alto de los dos se dignó a hablar.

—Hay una planeta cercano que volvió a poblarse, al parecer dejaron sobrevivientes —hizo una pequeña introducción—. Alistare las naves para esas coordenadas —dijo Nappa sabiendo que aquello lo calmaría pero Vegeta simplemente lo miró de reojo y no dijo nada, yéndose de la misma manera. Esa reacción era poco común pero no del todo extraña, al menos no era una negativa. Nappa se fue antes de que Vegeta llegara al ventanal en donde se encontraba la terrícola. Antes volvía ahí para buscar el comunicador que había lanzado pero que ahora Vegeta lo tenía, por lo que él no entendía por qué insistía en ir. Cuando estuvo cerca de ella, Bulma le habló mientras se volteaba a mirarlo con una sonrisa.

—Yo puedo mejorar las incubadoras que tienen —dijo ella para sorpresa de Vegeta. Su expresión la hizo reír—. Tus gritos se oyen a lo lejos, lo escuché todo.

—Por supuesto que sí... —dijo cuando salió de la sorpresa de haber sido tan escandaloso. Vegeta se comenzó a reír suavemente pero ella no se sintió ofendida por ello—. ¿Mejorar las incubadoras para que sobrevivan más niños saiyan? —Bulma frunció los labios, claro que podría pero poniéndolo de ese modo no era buena idea—. En cualquier caso, no. Que se mueran los que deben morir, no me interesa.

Vegeta había requerido de un tiempo mínimo en la incubadora cuando era un bebé, por otro lado, Tarble se demoró más que el promedio en salir de ella.

—¿No te molestaría que se extinguieran? —preguntó la terrícola simulando que no le interesaba tanto la respuesta.

—No —respondió él sin sorprenderla.

—Es bueno saber que estamos de acuerdo en algo —rió ella y lo abrazó por los hombros, su reacción esta vez sí la sorprendió. Vegeta no ocultó la mueca de espanto y sintió que tensó todo el cuerpo ante ese simple abrazo—. ¿Tienes miedo que alguien nos vea? —bromeó pero Vegeta se sacudió disimuladamente con un leve rubor—. Hemos hecho cosas peores que abrazarnos —se rió a carcajadas cuando él le daba la espalda.

—No hacemos esas cosas en este planeta —murmuró Vegeta aclarándose la garganta y Bulma comprendió por qué se retiraba enseguida de su lado después del sexo.

—Por supuesto que no —seguía riéndose y estaba luchando contra el deseo de saltarle encima sólo para molestarlo. Bulma se tapó la boca cuando el rey la miró de soslayo cuando pensó que no dejaba de burlarse de él, pero la risa simplemente no paraba de brotar—. Por favor no me mates —rió sin pensar que Vegeta la fuera a matar realmente.

—Sólo no vuelvas a hacerlo… —murmuró él con la punta de las orejas rojas, emprendiendo la huida. Bulma no podía simplemente dejarlo como le habían ordenado, ahora que sabía que esas muestras de cariño lo ponía incómodo pero no violento.

—¿A dónde vas? —preguntó la terrícola apurando el paso para alcanzarlo. Vegeta, todavía no recuperado del bochorno, demoró en contestar.

—Afuera.

—¿Puedo ir? —Bulma ya había llegado al punto de aburrirse cuando estaba sola, no tenía mucho que hacer a menos que estuviera con él.

—No.

—¿Por qué? ¿Irás a matar gente? —Bulma lo había lanzado como una broma pero la mirada silenciosa que le dedicó el rey la hizo entender que era cierto. Enseguida dejó de reírse y él lo notó, deteniéndose para buscar su mirada pero Bulma lo evitaba—. Buen viaje —le susurró y se dio la vuelta para retirarse. Vegeta se la quedó mirando un rato hasta que se le perdió de vista, un tanto decepcionado. Y lo odió. Se odió a sí mismo por sentirse así.

El rey buscó dentro de su armadura el comunicador y se fue gruñendo con el aparato bien apretado bajo un puño. Era su recordatorio, se dijo, de que no tenía que entusiasmarse tanto con ella. Bulma no era una guerrera, no era una saiyan, no tenía el pelo ni los ojos de color negro…


Como Vegeta esperaba, la cara con la que se subió a su nave personal no cambió para nada cuando llegaron al planeta en cuestión, y participó poco de la purga. Nappa lo notó y cuando fue a preguntarle si estaba bien, el rey simplemente gritó a boca cerrada y se devolvió a la nave personal. Su estado de ánimo estaba más horrible que antes y por primera vez esto inquietó a Nappa que había sido su compañero de escuadrón toda la vida, pero prefirió no insistir más de lo que ya lo había hecho.

No era que hubiera perdido su gusto por la pelea o por matar, sino que le molestaba que ella lo mirara distinto cuando mostrara su faceta de asesino. Y Bulma solo era una simple humana.

Vegeta volvió al planeta en solitario antes de lo acordado. Los hombres que lo recibieron en el hangar no pudieron ocultar el asombro pero procuraron no meterse en su camino para no tentar al destino. Al principio comenzaron los rumores de que había matado a Nappa y a los demás y para cuando éstos llegaron al planeta, el rumor ya se había propagado por el planeta sin piedad. Aunque lo que se dijera de él poco le importaba a Vegeta.

El rey caminó rápido y no planeó desviarse de su camino hasta sus estancias personales hasta que escuchó una voz que le resultó familiar. Venía desde una de las tantas habitaciones que almacenaban incubadoras y sin equivocarse, vio que la terrícola estaba ahí.

Un ingeniero le explicaba a Bulma, vestida de blanco, cómo funcionaban las incubadoras. Por el tono de voz que tenía, el ingeniero dudaba que la chica entendiera un ápice de lo que le estaba diciendo y quería que la mujer se fuera más rápido que tarde. Al llegar Vegeta y pararse frente a ellos, se demoraron un tanto en notarlo, y cuando el ingeniero al fin lo vio se deshizo en disculpas, reverencias y lágrimas. Bulma, en cambio, le sonrió y murmuró un ≪ya llegaste≫. El ingeniero al ver que no hacía reverencias, le puso una mano sobre la cabeza y la obligó a doblarse en sumisión.

Por supuesto que Bulma gritó con disgusto y se intentó liberar, sintiendo que le arrancaban unos cuantos cabellos lilas en el acto. A Vegeta se le desfiguró la cara y dio un paso para golpear con un puño apretado al ingeniero. El hombrecillo llegó a parar a una incubadora, la rompió con el golpe y el bebé que crecía dentro se precipitó al suelo. Los otros ingenieros llegaron corriendo para auxiliar al bebé con desesperación y Bulma se sobresaltó al ver al infante inmóvil, pero Vegeta se retiró y ella lo siguió.

—¿Qué ocurre? —le preguntó él cuando se habían alejado lo suficiente del laboratorio. Bulma apretó los labios.

—El bebé…

Era claro que a Vegeta no le interesaba y no dijo más, muy rabioso aún para hacer algo más que caminar hacia sus estancias personales. Bulma estaba incómoda e intentó aliviar el ambiente con una pequeña charla.

—Tus ingenieros son unos estúpidos pero no veo fallas en las incubadoras —comenzó ella—, creo que el problema en realidad son ustedes —dijo después, pensando que quizás eso lo ofendería pero no dijo nada—. Creo que podrían intentar diversificar su genética con la reproducción entre distintos clanes o con ingeniería genética..

Vegeta la interrumpió.

—No me interesa.

A Vegeta no le interesaban muchas cosas.

—Sólo quería ayudar.

—No lo hagas —ordenó y se detuvo de súbito, ella chocó contra su espalda y se asustó. La atmósfera tensa y su enfado evidente la hacían querer molestarlo lo menos posible. En efecto, Vegeta se volteó a verla de reojo pero no dijo o hizo nada. Bulma tragó saliva y asintió la cabeza con suavidad. Él estuvo satisfecho y volvió a caminar, pero ella no se atrevió a seguirlo—. ¿No vienes? —le preguntó sin detenerse y a Bulma se le paró el corazón. Por supuesto que quería aunque no lo dijera en voz alta y fue, apurando el paso para quedar a su lado. Ningún paso más atrás, ningún paso más adelante.


Presente


Bra ya había aprendido a hacer llaves con la ayuda de sus brazos y sus piernas, para disfrute de Raditz. No había logrado derribarlo aún pero estaba bien encaminada, quizás en unos años más sería una guerrera decente pero desgraciadamente no tenían tanto tiempo. La chica hizo fuerza y gruñó un tanto al intentar lanzarlo al suelo, pero lo único que logró fue quedar colgando del cuello masculino. Raditz se rió y cuando ella acercó la cabeza pensó que lo golpearía con un cabezazo, pero lo que hizo distaba mucho de un ataque. Bra simplemente lo beso y cuando Raditz le respondió, ella logró hacer lo que estaba intentando hacer hacía mucho. Bra se rió y se sentó sobre él, victoriosa.

—No puedes besar a cada hombre o mujer con el que pelees —le dijo Raditz con una risa corta.

—Dijiste que no había honor en la pelea —replicó ella sobre él, acostándose sobre su pecho.

—No me refería a eso —dijo tomándola de los muslos. Bra supo enseguida lo que quería.

—No quiero —dijo levantándose—, estoy en mis días de sangre —explicó y Raditz se rió acostándose sobre su costado.

—He visto mucha sangre como para que me asusten los días de sangre.

La princesa se rió pero no volvió a él, reafirmando su negativa. En cambio comenzó a mirar por una escotilla, algo había llamado su atención.

—¿Qué es eso?

El gigante se desperezó y caminó hasta ella con lentitud, al llegar a ella tuvo que bajar encorvarse para poder ver por la escotilla.

—Un planeta —dijo sin más y bostezó.

—Ya sé que es un planeta —respondió ella con el ceño fruncido—, ¿es ese tu planeta?

—Aún no —respondió poniéndole las manos sobre sus hombros—, pero es la última parada antes de él, ¿o prefieres ir a una cárcel de la Patrulla Galáctica?

La princesa sufrió una decepción, parecía que hacía mil años habían salido de su planeta natal y aún no llegaban a destino. Bra ya se estaba impacientando y ya no quería quedarse en otro planeta de contrabandistas y piratas espaciales.

Raditz tomó un mechón de cabello lila entre sus dedos.

—Esta vez llevarás capucha todo el tiempo —dijo—, no queremos que te reconozcan en territorio desconocido. —Bra tampoco lo quería, la última vez había sufrido una herida grave y no contaban con más líquido de regeneración porque Raditz lo había vertido completo en el agujero que tenía en el costado.

Rara vez pensaba en Trunks porque se angustiaba mucho pensando en él. Se preguntaba cómo se encontraría y si estaba bien, también pensó en Goten y en Pan, en Milk, Gohan y Videl…, también pensó en el Repartidor. ¿Cómo se habrían tomado su huida? Dudaba que bien y esperaba que no fueran tras ella, aunque también dudaba de ello.


Andar con la capucha puesta era más incómodo de lo que esperaba Bra. La tela se resbalaba constantemente sobre su cabeza y se vio a sí misma sosteniendo la prenda a un lado de su mejilla en todo momento. Por supuesto que Raditz quiso encontrar un lugar para comer y la pequeña princesa solo quería que ese suplicio se acabara pronto. El gigante caminaba un poco más adelante de ella y no hablaba tanto, por lo que Bra pensó que estaría enfadado con ella por no haberlo aceptado en la nave.

—¿Qué te pasa?

Raditz se detuvo pero esperó a que ella llegara hasta él para responder mirándola a los ojos.

—Nada —rió y estrechó contra sus costillas mientras seguía caminando—. No pasa nada —murmuró como si estuviera perdiendo el aire.

Pero Bra no le creyó una palabra y hasta le pareció que tenía unos escalofríos y la piel de gallina pero su piel estaba caliente al tacto. Bra no tuvo tiempo para divagar porque Raditz siguió carraspeando y cuando sintió que su abrazo se convertía en un peso sobre sí misma, ella gritó de sorpresa. El enorme hombre estaba temblando un poco pero se obligaba a contenerse.

—¡Dime! —Raditz no le respondió pero no era porque no pudiera, simplemente no quería hacerlo. Bra tuvo una corazonada y buscó el cielo con la ansiedad en la boca del estómago. Ahí estaba, un disco plateado coronando las nubes—. La luna… —murmuró con angustia. A ella nunca le habían llamado la atención. En su planeta natal habían dos y a veces se llenaban y exhibían colores lilas, tal como ella y Trunks, pero a diferencia de la mayoría Bra no les dedicaba más que una mirada. Como ninguno de los mestizos ahí conservaban las colas, ver las lunas nunca fue motivo de preocupación…, pero ahora….—. ¡Estúpido! ¿Cómo es que no te fijaste en esto?

Pero él seguía sin responderle, sólo estaba interesado en controlar el impulso de ceder ante su naturaleza.

—No te atrevas a hacerlo —le ordenó más asustada que enojada y trató de a levantarse para que siguieran caminando, pero el cuerpo de Raditz sobre ella era simplemente muy pesado. Ya estaban atrayendo demasiada atención—. ¿Alguna vez has logrado no transformarte?

Silencio.

—Háblame.

—No te va a gustar la respuesta —comentó trabajosamente y una risa se coló entre medio de los jadeos. Su burla sólo la enervaba más, Bra quería golpearlo pero sabía que no le haría nada, quizás hasta empeoraría su condición.

—¡Estúpido! —Como pudo Bra se arrastró de debajo del cuerpo de su compañero, dejándolo boca abajo, sostenido de sus antebrazos y sus rodillas, temblando y gruñiendo, intentando de todo para calmar su deseo.

La princesa miró alrededor en busca de testigos y grande fue su sorpresa cuando muchos alienígenas veían el espectáculo con la cara seria. Eran muchos, casi cientos, y más llegaban a hacer fila y empujarse para mirar el espectáculo. Bra apretó los puños.

—¡Qué están viendo! —les gritó con toda la fuerza que pudo y los ojos la miraron de vuelta pero no mencionaron nada. Tal como Raditz, nadie le hacía caso.

El gigante ahogó un grito y a Bra se le erizaron los vellos, esto no podía estar pasándole…

Es un saiyan —murmuró uno con certeza pero no miedo.

¿Por qué no tenían miedo?

¿No deberíamos huir? —preguntó otra voz pero no parecía alarmado en absoluto.

Unas ganas de llorar le vinieron y se volteó hacia Raditz para intentar pararlo otra vez, pero no logró acercarse ni siquiera un paso porque la derribaron al suelo. La princesa sintió el sabor de la tierra en la lengua y escupió antes de darse la vuelta para atacar de vuelta. Muchos humanoides la rodeaban y comenzaron a tironearla de los brazos, las piernas, el pelo…

≪¡Mi capucha!≫

Bra tenía las manos inmovilizadas y sintió cómo le arrancaban la capucha de la cabeza, y aunque gritó que se detuvieran, los alienígenas no la escuchaban. Tampoco Raditz que luchaba contra sí mismo para evitar una transformación que atraería mucha atención.

—¡Raditz! —gritó pero no supo si le contestó porque había muchos gritos y muchas risas a su alrededor. Lila, princesa y bastarda fueron las palabras que lograba escuchar—. ¡Suéltenme!

Cuando alguien le pegó una cachetada sintió que una oleada de enfado la embargó y pataleó hasta que logró liberar una pierna y mandó a volar a un agresor de una patada. Los alienígenas la soltaron y dieron un paso hacia atrás pero no dejaron de mirarla con amenaza. Eran muchos y ella era inexperta, y ellos lo sabían. No lograría zafarse una segunda vez.

Eres esa princesa —le dijo uno con la voz temible y vio sonrisas, un millar de sonrisas.

Bra sintió que todo su cuerpo temblaba de ira y sintió que no le saldría la voz aunque intentara gritar. Aguantó la respiración y sintió que su corazón se le salía del pecho. Un par de mechones lila maltratados le cayó sobre la cara.

—Lo soy —dijo al fin—, y se van a arrepentir de esto. Lo prometo.

Cualquiera de aquí es mejor luchador que tú —le dijo alguien de la multitud—. Incluso a ese saiyan que te acompaña. Nadie se acordará de ustedes mañana.

—Sí lo harán —dijo mirando levemente hacia atrás—. Raditz.

Los alienígenas sacaron armas y se pusieron en guardia cuando una ráfaga poderosa subió el cabello lila de la princesa y lo despeinó unos segundos antes de volver a su posición natural. Los alienígenas apuntaron hacia el cielo y otros pocos hacia ella pero antes de que los disparos llegaran a Bra, una mano descomunal la escudó para luego barrer con todos los que estaban al alcance. Un enorme rugido desgarró el cielo de ese pequeño planeta y en cuestión de horas nadie estaría vivo para contar que una pequeña princesa había llegado ahí.


Nota: Me encanta que odien tanto un color de pelo. Adios.