Hijos de la discordia


Capítulo XVIII

≪La llegada≫


El terreno se sentía todavía tibio bajo sus pies aunque ya hubieran pasado horas desde que arrasaran con el planeta. El suelo compactado crujía cuando ella caminaba y se imaginaba las edificaciones pulverizadas y los cuerpos bajo ella. El aire meneó unos mechones de cabello lila cuando un cadáver fue lanzado hacia su dirección y dos cuerpos más fueron apilados después. Raditz le sonreía mientras hacía su cuello tronar.

—Es una lástima —le dijo al sentarse frente a la pila de cadáveres—. Las tabernas deberían ser más fáciles de reconocer —dijo—, trataría de no destruirlas.

—¿Fue necesario? —divagó la princesa pero Raditz ya había comenzado a comer, lo escuchaba masticar. Bra eligió no mirar y dio unos pasos para alejarse.

—Lo era —le respondió él mientras tragaba. Bra cayó unos centímetros de profundidad cuando avanzó hasta lo que había sido una huella. Sus ojos lilas examinaron las dimensiones y no paró de sorprenderse de lo grande que había sido Raditz durante su transformación—. No habría podido defenderte si seguía controlándome —le confesó—, casi no me percato que te estaban amenazando. Fue lo mejor —dijo y continuó comiendo.

—Lo era —repitió para sí misma y se sentó dentro de la huella, abrazándose de sus piernas. El mentón apoyado sobre sus rodillas, temblando ante su inminente llanto. ¿Había matado? Quizás, no lo sabía, hasta lo dudaba. Lo único que había hecho era intentar defenderse y había lanzado a uno que otro en dirección de Raditz para que él los asesinara. Aquello quizás contaba como una muerte ocasionada por ella. Bra ocultó su rostro cuando sintió que no contendría más su llanto pero no le salió ninguna lágrima.

Raditz la acercó a su cuerpo con un brazo y le puso una mano sobre su cabeza como si la estuviera consolando. Bra no supo cuándo se le había acercado y se había sentado a su lado, pero se abrazó de su torso y comenzó a llorar. Al principio con timidez, luego con más soltura, ¿estaba mal que llorara?

—Lo lamento —le susurró con una oreja pegada a su pecho—. No creo que sea una buena reina, no soy una guerrera —sollozó—, no debería estar llorando.

—Es tu mitad humana —le respondió con indiferencia. Bra no percibió molestia por eso y lo miró con disimulo.

—¿No te molesta? —Bra tenía miedo de la respuesta pero Raditz no se inmutó.

—Si lo hiciera no te habría sacado de tu pequeño planeta —El gigante tomó un mechón lila entre sus dedos y sonrió—. Tu padre también tenía algo de humano en él —dijo Raditz con una mueca—, no de nacimiento por supuesto —rió—. Tu madre lo volvió más tranquilo —dijo—, ya no disfrutaba la matanza pero nunca dejó de disfrutar la pelea. Se convirtió más como un animal que nunca se alejaba mucho de su guarida.

—Si se marchaba nos iban a matar —razonó la chica con tristeza y Raditz asintió con la cabeza—. Todavía lo intentan —dijo después, cabizbaja—, pero ahora no estoy en mi guarida y no está mi padre.

En cualquier escenario mental pasaba lo mismo: ella moría. El único lugar remotamente seguro era su planeta donde vivía junto a Trunks, pero en todos los escenarios mentales ella escapaba. Era como si estuviera escrito en las estrellas que brillaban el día que ella nació.

—Cualquier lugar al que vaya me reconocerán —dijo Bra con tristeza—, verán mi cabello y querrán matarme.

—Los mataré antes —le dijo con una sonrisa y ella lo imitó con tristeza. ¿Acaso Raditz se había vuelto un poco más humano?

En su interior sabía que esa no era una solución, era una evasión.

—Puedes escapar toda tu vida —le dijo el gigante—, o no hacerlo. El universo ya sabe que existes, princesa.

—Lo sé… —Trunks y ella habían pasado de ser un evento a una historia, y la historia se había vuelto una fábula. Cuando había ido a la taberna del planeta de contrabandistas y la habían reconocido, esa fábula se había vuelto un evento otra vez—. Nunca se terminará…

Escapar no era una opción.

—Iré a mi guarida —se dijo a sí misma y Raditz sonrió.

—Y yo no me alejaré de ella —respondió él besándole cortamente la cabeza lila antes de levantarse—. ¿Quieres un poco? —Raditz volvió a la pila y Bra se abstuvo de mirar, no quería que se le grabara en la mente esa escena espantosa.

—No comeré nada que haya tenido una civilización —replicó con un escalofrío recorriéndole la espalda y se abrazó las piernas, besando sus rodillas.

Nada para ti, entonces, princesa —le dijo a la distancia un tanto divertido, tomando un brazo cercenado y moviéndolo como si estuviera despidiéndose de ella.

—No princesa —se dijo—, reina. —Y Bra sonrió—. ¡Cuando termines me gustaría entrenar!

No será una buena idea —le dijo y la chiquilla casi se dio la vuelta para protestar—, cuando termine estaré lleno y seré más difícil de derribar —dijo riéndose.


Pasado


≪¿El bebé murió?≫ se preguntó Bulma con un dedo entre los labios mientras fruncía el ceño. Esa noche había soñado con la imagen de bebé inerte en los brazos de los ingenieros que intentaban de todo para reanimarlo, pero el bebé nunca lloró, al menos no el tiempo que estuvo mirando antes de que Vegeta se fuera. Estuvo tentada a preguntarle al rey si sabía algo pero intuía que su respuesta sería un ≪no me interesa.≫

La terrícola miró su lado con disimulo, Vegeta le daba la espalda pero supo que él no estaba durmiendo. Era la primera vez que se quedaba reposando junto a ella pero Bulma no lo quiso hacer notar para no espantarlo. No lo veía descansar, siempre parecía atormentado por algo y se dedicaba a pensar con el ceño fruncido eternamente.

—Deberías irte de aquí —dijo entonces. Bulma primero se sorprendió, luego puso mala cara.

—¿Perdóname? Eres tú el que está en mi habitación —puntualizó y el rey se incorporó de la cama para mirarla con una mueca—. Al menos la que uso desde que llegué acá. —Un hombre muerto se la había dado. ≪Tarble está muerto al igual que ese bebé≫, aunque Vegeta no había tenido la intención de matar al bebé, los había matado a los dos.

—No me refiero a esta habitación. —La amargura del rey volvió a su rostro en la forma de una mueca. Vegeta se levantó en silencio y comenzó a vestirse, sin que ella saliera del asombro. Lo único que quiso pedirle fue que no se marchara aun.

—¿Por qué? —Bulma tomó uno de los guantes de Vegeta con la esperanza de que no se fuera sin calzarse los dos—. No me quiero ir.

Vegeta miró su guante en las manos de Bulma. Como no hubo respuestas de su parte. la humana frunció el ceño.

—¿Qué haría sola? —preguntó—, no tengo a nadie —continuó—, ¡si no hubieras matado a Tarble me iría con él!

Aquello no le cayó bien a Vegeta.

—¡Antes dijiste que querías escapar! —le dijo aguantándose las ganas de gritar.

—¡Eso era antes de esto! —le gritó de vuelta ella, tan enfadada que los cambios de humor del rey le importaban muy poco—. ¡No me iré! —dijo después, cruzándose de brazos y volteando la cabeza para evitar mirarlo.

—Dame mi guante —rebatió Vegeta en un susurro apretado, a unos disgustos de distancia de gritar.

—No.

Vegeta ahogó un grito con la boca cerrada y comenzó a caminar hacia la salida, sin un guante ni paciencia. Antes de que llegara a la puerta escuchó que Bulma se levantaba a tropezones para correr hasta él.

—¡Por qué eres así! —Vegeta no respondió—. ¿Por qué quieres que me vaya? —preguntó Bulma aunque sabía que él no respondería algo como eso, simplemente evitó sus ojos lila—. ¿A dónde me iría?

—Lejos —dijo con la voz calmada, impropia de él. Bulma sintió que le quemaban los ojos. Al final ella asintió con la cabeza y se alejó de él, pero se negó a entregar el guante y lo estrujó en sus manos hasta que llegó al lecho casi como si quisiera romperlo, pero el material era tan resistente que era imposible.

La armonía del regente no podía durar mucho tiempo, por lo que un científico se le acercó temeroso, protegiéndose el pecho con una computadora portátil que seguro llevaba para mostrarle una simulación o datos. Vegeta no disimuló su disgusto y por poco el hombre se echó a la fuga, pero se mantuvo en su posición hasta lograr juntar la valentía para seguirlo.

—Su Alteza... —murmuró el científico, cuando Vegeta se volteó a mirarlo de soslayo el hombrecito comenzó a temblar—, su otro guante…

Vegeta se miró las manos y dio con la prenda que faltaba. De un arrebato se arrancó el guante que tenía y lo lanzó al suelo, sintiendo que había hecho el ridículo solo usando uno. El científico se sobresaltó pero el rey siguió caminando a regañadientes.

—¿Qué es lo que quieres? —le cuestionó Vegeta en cuanto dejó de gruñir—, si quieres hablar de las incubadoras o bebés, piérdete.

El hombrecillo, en efecto, se perdió.

—¡Oye! —le gritó el rey apenas se lo pensó un poco y alcanzó a atajarlo cuando ya estaba saliendo de ese edificio. Con un potente gruñido el hombre se obligó a devolverse con cautela, temblando de pies a cabeza—. Necesito que me muestres algo —le ordenó y el científico asintió con la cabeza empapada de sudor—, necesito ver el cuadrante completo.


El laboratorio que había escogido estaba un poco lejos de los laboratorios más importantes y tenía equipo antiguo, pero seguía útil para lo que pretendía. Estaban sumidos en la penumbra y lo único que los iluminaba era la simulación que se dibujaba en el aire. Como el cuadrante era tan grande que algunas galaxias se proyectaron sobre sus cuerpos. Vegeta caminó un poco para orientarse.

—Muéstrame lo que está purgado. —El hombre escribió unos códigos y los sectores conquistados se tornaron de color rojo, dejando los lugares intactos oscuros. Vegeta masculló al pensar que era demasiado lo poco que habían hecho—. Lo que está vendido. —Más códigos y lo pedido se volvió azul. Lo que no estaba vendido estaba muy destruido o tenía poco valor. El rey caminó hasta los límites con el cuadrante enemigo y apuntó con el dedo un planeta oscuro y bastante pequeño—. Qué le pasa a este lugar —preguntó, el planeta era un punto negro entre rojos y azules.

El científico tecleó un par de códigos más y la simulación se convirtió en la proyección de la superficie de ese lugar. Era más que nada desierto y contaba con una población mínima poco evolucionada, no contaban con escritura ni lenguaje.

—Nadie lo ha reclamado —dijo—, no posee muchos recursos naturales y está tan cerca del cuadrante de la Patrulla Galáctica que se considera arriesgado.

Vegeta se lo pensó un poco y asintió, asegurándose de recordar las coordenadas de ese lugar sin recurrir más al científico para que no se metieran en sus asuntos. Sin demora o despedida el rey se marchó, haciendo que el hombre respirara desesperado para intentar tranquilizarse.

Aún no cerraba la simulación cuando la figura del rey volvió a aparecer en la puerta y el científico pensó que se echaría a llorar.

—¡Su Alteza! —Pero no era Vegeta y el científico dejó caer el computador portátil al sentir el peligro. El intruso caminó dentro del laboratorio desgarrando las galaxias por las que pasaba.

—Dime —le dijo el hombre—, qué es lo que quería Vegeta.


Presente


—Ponte la capucha —le dijo Raditz cuando se acercaron al planeta y comenzarían a entrar en órbita, pero Bra estaba ensimismada como para hacer caso. Se acercó a la ventana lo que más pudo para observar mejor, sin pestañear siquiera. Era un pequeña cuando se había marchado de ahí por lo que solo se había imaginado el planeta toda su vida. Trunks le había comentado que lo recordaba rojo y así era, aunque tenía vetas de distintas tonalidades y colores. El corazón de Bra latía y mareaba más de lo que había esperado. Raditz sonrió.

El aterrizaje le pareció una eternidad y para cuando se activó el piloto automático, Raditz se levantó del asiento que le quedaba demasiado chico para estar cómodo. Al pasar para atrás de la nave le bajó la capucha hasta las cejas con dos dedos.

Bra se levantó de golpe y se encaramó a la puerta de salida junto a él y no logró disimular la emoción cuando se abrió la escotilla. La princesa sintió que Raditz se le acercaba al oído.

—Actúa como si estuvieras aterrada —le dijo con una risa—, a las chicas alienígenas no les agrada venir acá.

Bra frunció el ceño y levantó la cara para mirarlo.

—No soy una chica alienígena cualquiera —replicó y Raditz volvió a bajar la capucha que se deslizó por el cabello lila para descubrirse.

—Por supuesto que no —le contestó y se la echó al hombro de improviso, haciendo chillar a Bra cuando daba los primeros pasos afuera. La princesa pataleó un poco y sintió que Raditz le mordisqueaba un muslo.

Ver el suelo desde la espada de Raditz hizo que no mirara directo a los hombres que estaban en el hangar, Bra se sentía audaz y quizás hubiera cometido el error de descubrirse antes de tiempo. Además daba la impresión de que era una chica esclava.

—Esa no es una de nuestras naves —dijo uno de los que vigilaba el hangar pero Raditz sonrió de lado.

—Perdí la mía —puntualizó—, tuve que improvisar —les dijo—. Hagan lo que sea con ella.

Uno de los hombres en el hangar aclaró la garganta para llamarle la atención a Raditz sin ser demasiado evidente. El gigante se volteó cuando el otro saiyan llegó a su lado.

—Sabes que es de mal gusto traer mujeres alienígenas —le murmuró un tanto temeroso y Bra tuvo la impresión de que quería verle la cara.

—¡Suéltame! —gritó Bra mientras pataleaba para sobresaltar al hombre para alejarlo.

—Lo sé —respondió Raditz al hombre, dándole una palmada en un glúteo a Bra y ella se calló.

Apenas salieron del hangar el gigante bajó a la pequeña princesa del hombro y ella se acomodó el cabello dentro de la capucha tan rápido como pudo. Raditz le sonreía y pasó un brazo por los hombros femeninos para caminar cerca.

—¿Por qué es de mal gusto? —A Bra le agradaba que fuera así pero dudaba mucho que fuera porque respetaran a los alienígenas.

—Después de lo de tu padre se hizo de mal gusto —respondió cortamente y Bra pisó suelo desnudo al fin. El color era entre el naranja y rojo, y teñía mucho la ropa. El dobladillo de su vestido y sus botas quedaron sucias tras un par de pasos. Había poca gente en la calle y las construcciones eran dispersas y hemisféricas, la mayoría no contaba con puertas y podía ver con claridad a la gente en su interior. En general todo se veía deteriorado.

A Bra le pareció curioso que no vieran a ninguna mujer en todo el trayecto. Todos eran hombres.

Caminaron un buen rato hasta que Raditz decidió que era suficiente el silencio.

—Hay facciones que aún veneran a tu padre.

—Imagino que hay otras que no —dijo ella, ajustándose la capucha para que no se resbalara.

—Vamos a tomar algo —le sugirió Raditz, tomándola de los hombros con uno de sus brazos y pegándola a su costado. Bra se cruzó de brazos con impaciencia, era claro que era mejor aclimatarse antes de hacer cualquier cosa.

Raditz comenzó a mirar hacia todas direcciones haciendo memoria, habían cosas que habían cambiado aparentemente. Después de la muerte de Vegeta y el corto reinado de Tarble, el planeta se había ido a pique. Aún hacían incursiones espaciales pero habían perdido la mayor parte del cuadrante a manos de la Patrulla Galáctica. El desorden de los clanes, la matanza entre ellos y la baja natalidad los estaba devolviendo a una etapa más primitiva.

—Creo que había una taberna por acá —le dijo mientras comenzaba a caminar. Bra pensó que las calles áridas y llenas de polvo eran horribles. Se cruzaron con un par de soldados y otros de inferior rango en el camino pero ninguno les dedicó una mirada. Como le había dicho Raditz, todos ellos eran feos.

La taberna no parecía taberna y entraron a una construcción igual que todas las otras, sin puertas y muchas mesas regadas por ahí y por allá. Dentro estaba más lleno que en las calles y se bebía cerveza y carne asada, lo que desanimó a Bra al pensar que jamás iría a comer algo más elaborado que eso. No habían Milks en ese lugar.

Al sentarse, Raditz pidió una cerveza y golpeó la mesa con las manos un par de veces con ansias hasta que se la trajeron. Como Bra era una supuesta chica alienígena era como si fuera invisible, por lo que Raditz le permitió beber cerveza antes que él porque a ella no le servirían absolutamente nada. La princesa dio tres sorbos largos, sin haberse dado cuenta lo sedienta que estaba. También sintió hambre.

Ya me parecía que eras tú, Raditz —les dijo una voz a sus espaldas y el gigante puso una mala cara cuando lo interrumpieron dando el primer sorbo de su cerveza—. ¿Dónde está tu padre? ¿Y Tomma? —Raditz se volteó fingiendo una sonrisa y Bra se encogió de hombros, más asustada que otra cosa. No apartó la vista de sus manos sobre su regazo.

—Tomma murió, su nave nunca llegó a destino.

—Osea sí lo lograron —dijo el hombre y bajó el volumen de su voz al sentir que pecaba—. ¿Pudieron hacerlo? —Miró alrededor—. ¿Dónde está el chico?

≪Pregunta por Trunks≫ pensó Bra con un poco de enojo, ≪Raditz dijo que él no sabía sobre mí hasta que llegó a mi planeta. Sólo Bardock sabía de mi existencia.≫

—Preferiría discutirlo en otro momento y en otro lugar —dijo Raditz ya impaciente. Era claro que no quería que se acercara a la princesa antes de que pensaran bien lo que harían.

—¿Dónde está? —preguntó el hombre picado por el enfado y el gigante tomó un sorbo largo de cerveza al entender que no iría a dejarlos.

—No lo sé —dijo casi sin importarle—, está con Bardock seguramente. Pero no está conmigo ciertamente.

—Raditz, tenías un trabajo… —La voz de la chica habló por sobre las palabras del hombre que la miró como si recién se enterara de su existencia.

—Mi hermano no vino —dijo ella. Bra se levantó de su asiento temblando en una mezcla de miedo y rabia, y se descubrió el cabello mientras se daba la vuelta. Raditz no se inmutó al verla. El cabello y los ojos de la princesa parecieron aún más lilas que de costumbre, y el hombre hizo una mueca como si ella tuviera peste—. En cambio vine yo —Bra miró a su alrededor y vio muchos hombres mirarla aterrados. Hasta pensó que muchos la estaban confundiendo con su madre—. Vegeta tuvo dos hijos —les dijo por si no lo sabían. Raditz se levantó y se puso a su lado como si quisiera intimidar al resto con su altura.

Cómo pudiste traerla acá —murmuraron algunos con miedo.

Es igual a ella —dijeron otros con odio.

Bra tuvo terror pero no había vuelta atrás y no pensó en otra oportunidad mejor que aquella. Pensaba que Raditz quería presentarla ante un clan que apoyara a Vegeta después de muerto pero el plan había cambiado.

¡Es una humana!

—Medio humana —corrigió Raditz y vio que el hombre que lo había increpado se había ido al final de la taberna para evadir la pelea que se estaba formando—. Mi misión era traer a un hijo de Vegeta —dijo.

¡Al hijo, no a la hija! —cuestionó uno atrás, uno más allí conocía el plan.

Raditz hizo una mueca.

—Es más atractiva la hija —respondió con burla y se caldearon más los ánimos.

—Soy tan capaz como mi hermano —respondió Bra muy ofendida, el tema de que era una mujer siempre salía a flote, al igual que el tono de su cabello y ojos.

¡Entonces pelea contra mí! —le dijo un hombre que bebía y comía carne al centro de la taberna y se levantó para caminar hasta ella y Raditz—. Un rey debería saber pelear al menos.

—Una reina —corrigió y sintió que se desmayaría por la petición. Ese hombre se veía curtido por la vida guerrera y era mucho más alto que ella, aunque menos que Raditz. Hasta el gigante atrás de ella se sobresaltó y adivinó que no le agradaba la idea. Ambos sabían que Bra sería la perdedora. ≪Trunks ganaría≫, pensó amargamente Bra, aceptando su destino.

—¡Alto! —gritaron desde la entrada de la taberna. Era una chica sin cola que entró a paso decidido para quedar un paso más adelante de Bra—. Alteza, deja que me encargue de él. Tú no deberías involucrarte —sugirió Pan dando un paso adelante de ella y captando la atención del resto—. Podré ser sólo un cuarto saiyan pero eso será suficiente.

Pan la conocía y la había entrenado, sabía el resultado de la pelea si llegaba a realizarse y sería un total fracaso. Una guerrera más experimentada como ella bastaba…, pero eso no era algo que ellos estaban cerca de saberlo.

Bra no supo salir de su asombro cuando la palabra ≪Alteza≫ salió de la boca de Pan, en el pasado la morena la llamaba así como una ofensa pero en ese momento lo decía con infinito respeto.

—Viniste por mí… —murmuró la del cabello lila.

—Por supuesto que vendría por ti, Bra —le susurró lo más bajo que su voz le permitió y llevó la vista al frente, a donde un guerrero la rodeaba como un depredador—, déjamelo a mí. —Y caminó para llevárselo unos metros más allá. Pan estaba nerviosa, había entrenado toda la vida pero jamás con alguien que no fuera su familia o Trunks, de los que ya conocía sus reacciones como las suyas. No conocía el estilo fuera de su planeta.

En cambio, Bra se sintió terriblemente arrepentida Ese no era su hogar, nunca lo había sido y esa no era su gente, su única compatriota en toda la órbita era la chica que se había ofrecido para pelear contra sus detractores.


Nota: Para Sybloominaï. Cada vez disfruto más el vegebul, debería separar todas las escenas del pasado y hacerlas una historia independiente porque el futuro da un poco de cringe.