Los nombres de los personajes no me pertenecen.
Mamá, yo y papá
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El otoño estaba por finalizar, cada vez es era más notorio ver a los árboles caducos libres de hojas, cambiando su color verde por tonos ocres, hasta que se secan y caen, ayudadas por el viento que sopla suave y las mueve como si bailaran una danza hasta tocar el suelo, unas caen más lento, otras son desprendidas con fuerza cuando las ráfagas del viento son intensas, para mostrarnos como un rompecabezas, formando una gran alfombra echa por el follaje otoñal con sus colores amarillos, naranjas y rojos.
William bajaba a prisa las escaleras para dirigirse al estudio, abrió sin tocar, se imaginaba que todos estaban arriba dando los últimos toques a su vestimenta. Empezó a abrir cajones, y no encontraba lo que buscaba, hasta que se topó con un cajón cerrado no le fue difícil abrirlo, el papel que vio hizo que se le formara un nudo en la garganta, lo tomo en sus manos y se sentó de golpe en el sillón, esa imagen lo transporto al alféizar de la ventana donde vivía con su madre.
Mientras veía a través de la ventana a niños corriendo en el parque, otros aventando hojas y haciendo angelitos, que era lo que él hacia cuando iba al parque, quería estar allí con esos niños, pero la imagen de su madre sentada en esa máquina de coser le impedía decirle que quería ir al parque, el dinero no les sobraba, vivían con lo justo, sabía que ese trabajo que hacia su madre era urgente así lo había dejado claro la señora que vino por la mañana, le pagaría el doble le había dicho. Su madre solo se había levantado de esa silla para hacer algo sencillo de comer, y lo que menos quería era portarse como un niño malcriado adoraba a su madre y a su corta edad veía todo el esfuerzo que ella hacía para darle lo mejor.
Él tomo una hoja de papel en blanco y empezó a dibujar, nunca le había vuelto a preguntar a su madre por su padre, vio la tristeza reflejada en su rostro y esa imagen nunca se le olvidaría. Sus maestros decían que su madurez era de un niño de seis años cuando él solo tenía cuatro años, su estatura era algo que hacía pensar que tenía más edad.
Su ilusión era que un día su papá apareciera y lo llevara al colegio de la mano, junto con su madre los tres juntos riendo, era lo que pedía todas las noches. Era muy bueno dibujando, mientras pensaba como sería su padre término su dibujo «mamá, yo y papá» decía en la hoja, tres imágenes de espalda caminando tomados de la mano. Guardo su dibujo en su lugar especial, cuando escucho la voz de su madre, sabía que aunque ella estuviera en su lugar de trabajo no lo perdía de vista.
—Espero que hayas dibujado algo lindo, hijo —le dijo su madre volteando a verlo con esa sonrisa que solo le dedicaba a él—
—Sí, mamá luego te lo muestro. La señora no tarda en venir por su encargo —respondió William a su madre, cuando tocaron a la puerta— ¡abuelita Gloria! —Se escuchó decir a William.
—Jovencito vengo por ti, para llevarte al parque, sé qué tu madre está ocupada, ¿qué dices? Acompañas a esta pobre anciana que ya anda con achaques. —Una sonriente Gloria le tomaba el rostro con ambas manos, que mostraban el paso de los años.
—Mamá, ¿puedo ir con abuelita Gloria al parque? —se escuchó en la entrada del departamento, Candy se puso de pie para ir a saludar a Gloria la casera.
—Hija, sé que estas muy ocupada, y hace un lindo día, me llevare al niño un rato al parque, después iremos a la panadería por unas ricas conchas recién salidas del horno.
—Se lo agradezco, señora Gloria, a su regreso ya estará el chocolate caliente —le respondió Candy a Gloria, dándole un beso a su hijo.
William iba tomado de la mano de Gloria dando saltos, cruzaron la avenida y él se soltó de la mano para correr al montón de hojas, Gloria lo veía feliz, ella sabía que a esa hora a él le gustaba ir al parque, sabía que su madre estaba ocupada y no podría llevarlo, ella lo quería como a un nieto aunque no llevaran la misma sangre.
—Mira abuelita Gloria, el salto que daré en ese montón de hojas —gritó William mientras corría sin dejar de mirar a Gloria, hasta que sintió que había chocado con algo sin alcanzar hacer su salto para presumirle a su abuelita.
—¡William! ¡William! ¡Cuidado! —Se escuchó la voz de Gloria, mientras corría a su encuentro.
William estaba en el montón de hojas abrazado por unos fuertes brazos y unos ojos azules penetrantes que lo miraban sin parpadear y sin soltarlo, escuchaba voces a su alrededor sin distinguir que decían, él estaba en el montón de hojas con un señor que tenía el color de ojos igual a él, el mismo color de cabello. Era como si estuviera viéndose en un espejo del futuro, así como la película, que había visto con su madre, algo así se imaginaba siendo adulto se vería como ese señor, ambos seguían con la vista fija sin parpadear, luego parpadeaban al mismo tiempo.
Hasta que se atrevió a tocar con sus manos el rostro de la persona que tenía enfrente, luego le dio toquecitos con su pequeño dedo por todo el rostro, provocando una sonrisa en el adulto que no dejaba de mirarlo ni de abrazarlo, su corazón le decía que tal vez ese señor era su padre.
Las voces se fueron volviendo más claras, distinguió la voz de su abuela Gloria que se notaba preocupada, otra persona que no sabía quién era, le habla al señor que estaba en el suelo con él.
—¡William! ¿Estás bien hijo? —Se escuchó la voz angustiada de la anciana— señor disculpe, fue un accidente.
Albert se sentó en el montón de hojas con William a su lado que no dejaba de mirarlo.
—¿Quieres seguir tocando mi rostro? —le pregunto con una sonrisa resplandeciente.
Él no lo pensó dos veces y volvió a tocarlo y lo que le dijo le comprobó lo que Albert ya sospechaba.
—Tú, eres mi papá, ¿verdad? —Y se colgó al cuello de su padre, que él lo recibió gustoso envolviéndolo con sus brazos para no separarse de él.
—¡William! ¿¡Qué dices!? Discúlpelo señor, pero creo que la caída le afecto algo en la cabeza —Dijo Gloria llevándose las manos a la cabeza, por la impresión de ver la caída, Gloria no había reparado en el parentesco del niño con el adulto.
—No sé preocupe señora, la cabeza de mi hijo está muy bien, ¿verdad? —le respondió Albert a Gloria con una sonrisa y mirando a su hijo, su corazón así se lo gritaba.
—Creo que a usted también le afectó la caída señor —contestó Gloria apenada provocando la risa de todos los presentes— William, es como si fuera mi nieto, nunca nos había pasado esto.
—¿Cuál es tu nombre completo? —le preguntó Albert mientras se ponía de pie con su hijo.
—William Albert White —le respondió el niño mientras se sacudía unas hojas que se habían quedado pegadas a su sweater.
Albert lo alzó en brazos y giro con él, riendo juntos, ante la mirada de Gloria y George. George que no daba crédito a lo que sus ojos veían, una semana atrás su jefe había recuperado la memoria, habían viajado directo de Londres a Chicago para contratar a un detective para buscar a la mujer de la cual se había enamorado desde el momento mismo en que la vio, pero las cosas se complicaron cuando él decidió viajar a Londres para terminar de una vez su matrimonio, si se podría llamar matrimonio. Ya tenía un año que Albert se había ido a Chicago dejando a su esposa en Londres. Se negaba una y otra vez a darle el divorcio.
Gloria hasta ese momento pudo ver el gran parecido del niño con su padre, la misma sonrisa, y esa mirada azul cielo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, George le dio su pañuelo.
—¿Dónde está tu madre? —le preguntó Albert aun con su hijo en brazos, el niño señalo los departamentos que estaban enfrente del parque.
—En los departamentos Magnolia piso dos —respondió William con la voz entrecortada.
Albert sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, apenas recupero la memoria no quiso esperar más para volar a Chicago, encontraría a esa rubia de ojos verdes, aunque le llevará tiempo encontrarla, pero el destino le tenía planeado algo inesperado y que lo llenó de júbilo.
Él después de hablar con su esposa para firmar el divorcio, todo se salió de control, una histérica Camila, se abalanzó sobre él, golpeándolo, él la sostenía con fuerza, para que no se lastimara, esos ataques los conocía a la perfección, después venía el llanto y echarle la culpa de su matrimonio. Pero esta vez él no iba a ceder, se había dejado manipular lo reconocía y había sido débil para terminar esa relación tormentosa. Su esposa era una alcohólica, la situación era ya insostenible. Él decidió poner un océano de por medio.
Fue en esa bendita esquina que chocaron, y quedar prendado de ella, al fin había encontrado el motivo para seguir viviendo. A su regreso le explicaría todo… Sin pensar que tardaría cinco años en volver.
Candy escucho pisadas en las escaleras y la voz inconfundible de su hijo, por lo que se apuró abrir la puerta y regresar a la pequeña cocina.
—Regresaron pronto, el chocolate todavía no está —Albert escucho esa voz que pensó no oiría más, al recuperar su memoria, se imaginó que ella tal vez estaría casada. No quiso preguntar a su hijo si tenía un padre, sabía que podía lastimar sus sentimientos—. Porque no contestan, acaso paso una travesura en el parque, se cuánto le gusta a William aventarse a las hojas, Gloria. —En eso Candy giro la cabeza y vio a su hijo en brazos de su padre.
—¡Albert! —gritó Candy antes de caer desmayada, Albert bajo a su hijo y corrió para ayudar a Candy. La levantó en brazos y la deposito en el mueble, ante la mirada angustiante de su hijo.
—¡Mamá! —la voz cortada de William, hizo que George se acercara al pequeño cargándolo, mientras Gloria le ponía las sales a Candy.
—Se pondrá bien, tu mamá, solo es un desmayo por la impresión. —Le dijo George para tranquilizarlo— ya está despertando, mira.
—Mamá, ¿estás bien?, me he asustado cuando te caíste al piso —le decía William sin dejar de abrazarla.
—Ya estoy bien, mi amor, lamento haberte asustado —respondió una Candy todavía pálida, el color de sus labios había desaparecido.
—Es mejor que permanezcas acostada, hija, tu semblante no se ve muy bien, estás pálida —comento la señora Gloria, tocando la frente de Candy.
—Te llevare al hospital, el golpe que te has dado en la cabeza fue muy fuerte —le dijo Albert acercándose a ella— te cargare hasta el automóvil y no acepto un no respuesta.
—Es mejor que te vea un doctor, hija, para estar tranquilos, me quedare con William aquí —hablo Gloria, mirando al pequeño.
—Yo, quiero ir con mi mamá, no quiero separarme de ella —respondió el pequeño con voz autoritaria.
—Vamos todos al hospital —se escuchó la voz grave de George.
Llegaban al hospital con Candy en brazos de Albert, pidiendo un doctor, salía una enfermera y le explicaba del golpe en la cabeza que había sufrido su esposa, esa palabra «esposa» había sorprendido a Candy, y se acurrucó más en su pecho. Albert la sintió más cerca y su corazón empezó a latir con fuerza.
George y Gloria, se quedaron con el pequeño que no dejaba de mirar el pasillo por donde se habían llevado a su madre.
Unas horas después, su madre era ingresada a una habitación, William, espero y se acercó a la puerta que estaba entre abierta, mientras George y Gloria se quedaban platicando.
William alcanzó a escuchar todo lo que le decía su papá a su mamá, y el motivo por el que no había regresado y había roto su promesa. Poco a poco fue dando pasos hacia atrás, iba a correr cuando fue interceptado por George, el rostro de William bañado de lágrimas, le partió el corazón. En un susurro apenas entendible le dijo a George.
—He escuchado todo, él tiene otra familia —después grito— ¡por eso no venía a verme!
Albert al escuchar a su hijo se alarmó, Candy quiso pararse y él la detuvo.
—Voy a ver qué pasa, no te muevas, por favor. —Albert salió dándole un pequeño beso en la frente a Candy.
—¡William! ¡Hijo! —Albert veía a su hijo abrazado a George, no quería soltarlo, sabía que estaba llorando.
—Es mejor que escuches a tu padre, —le dijo George, mirándolo de frente, momento que aprovechó Albert, para cargarlo.
—Por favor señora Gloria, puede ir a tranquilizar a Candy, mientras hablo con mi hijo. —William se removía en los brazos de padre.
—No sé preocupe señor, lo importante es calmar al niño —respondió la señora Gloria angustiada, siempre le había parecido un niño tranquilo.
Albert salió con su hijo en brazos, a la plaza del hospital, busco una banca y se sentó con él.
—¿Qué fue lo que escuchaste, hijo? —Le preguntó su padre angustiado.
—Qué tienes otra mujer —le respondió sin mirarlo,
—No hay, otra mujer hijo, eres muy pequeño para entenderlo, pero el principal motivo por el que no te vi nacer, fue, porque perdí la memoria, hace una semana la recupere y lo primero que hice fue viajar a Chicago para buscar a tu madre. No sabía que era el padre de un hermoso niño. —Diciendo estás palabras Albert, lo abrazo tan fuerte, que escucho una pequeña risa.
—¿Pero tú mencionaste a otra mujer? Y mi madre te vio en una revista, eso dijo. —Albert sabía que su pequeño hijo era un niño inteligente.
—Sí, hubo otra mujer en vida, cuando conocí a tu madre yo estaba separado ya de mi primer esposa, lo único que debes saber es que amo a tu madre, y no hay otra familia.
—¿Y la memoria, que perdiste? —Albert sonrió y le beso la frente.
—Recibí un fuerte golpe en la cabeza, de una persona que quería hacerme daño —Albert le enseño la pequeña cicatriz que tenía atrás de la cabeza.
—¿Ya no te duele? —le pregunto William, tocando con sus dedos la cicatriz.
—No, ya no, ahora me duele haberte echo llorar, créeme hijo, no hay otra familia, tu madre y tú, son mi única familia, debo decirte que tienes primos, una abuelita, tíos y tías que te van a querer mucho.
William se abrazó fuerte de su padre llorando con mucho sentimiento, eso lo descoloco y apretó a su hijo contra su pecho, llorando ambos.
—Hijo, lamento profundamente no haber estado contigo cuando naciste —le dijo Albert con su voz quebrada, sin dejar de abrazarlo.
—Uno de mis sueños era conocerte, pero no podía preguntarle a mamá, porque se ponía triste. Y que me llevaras al colegio, como hacían los papás de los otros niños.
Una voz lo saco de sus recuerdos, sus ojos mostraban que había llorado, su mirada se quedó en la imagen de su padre, de pie en la entrada. Se levantó, padre e hijo caminaron al mismo tiempo para abrazarse.
—Padre, ¿dónde encontraste este dibujo?, me ha transportado cuando te conocí. —Aun con su voz quebrada William y sosteniendo el dibujo. Sin dejar de sonreír.
—¿Estás bien, hijo? ¿Has llorado? Ese dibujo lo encontré en una caja de zapatos en el desván, tu madre dijo que escucho un ruido, y pensando que podían ser roedores u otro animal, subí, Se tiró todo lo que había, y se arregló, lo pinte, redecore, ahora es la guarida de tus hermanas. Una cajita estaba en un rincón, cuando la abrí, el primer dibujo era este, eres un excelente dibujante. Este dibujo en particular lo tome para ponerle un marco y colgarlo en la oficina. Los demás están guardados en la caja fuerte, tal vez para decorar una habitación.
—Me transporto al pasado, el deseo que tenía de conocerte, después hiciste mi sueño realidad, viejo, desde entonces has estado conmigo, como me lo prometiste. —Le dijo William a su padre abrazándolo.
—Y siempre estaré para ti, hijo, el hecho que te cases hoy, no quiere decir que pierdo un hijo, quiero decir que nuestra familia será más grande con la llegada de los nietos, mi nuera, que será como una hija más. Sé que me perdí esa etapa, no te vi nacer, tus primeros pasos, tu primer palabra, cuando te salió tu primer diente de leche, cuando fuiste al colegio por primera vez. Esos recuerdos no los tengo en mi mente y mi corazón. Pero tengo otros, cuando te caíste de la bicicleta, cuando dejaste de ser niño para convertirte en un adolescente, cuando te cambio la voz, te enseñe a afeitarte, tu primera desilusión amorosa, que nos emborrachamos con jugo de manzana, y después tu madre nos regañó por tomar tanta azúcar —William se carcajeo, al recordar esa vez que estaban sentados en la mesa haciéndose los borrachos, cuando llegó su madre y los mandó a dormir—. Esos recuerdos los tengo guardados en mi corazón como un tesoro, cuando te graduaste y la lista sigue, hijo, hoy te casas, para formar tu propia familia, pero esta casa siempre será tuya, aquí estaremos tu madre y yo…
—¿Interrumpo? —la voz de Candy, los saco de sus recuerdos, ambos miraron hacia la puerta.
—A poco, ¿no? Es la mujer más hermosa del universo, tu madre, hijo. —Dijo Albert sin dejar de mirar a su mujer.
—Es la mamá más hermosa del universo —le respondió su hijo.
—¿Se puede saber que les pasa? —Preguntó Candy seria.
—Mi amor, teníamos una plática de padre e hijo, por este hermoso dibujo. —Albert le paso la hoja a Candy, y ella al ver la imagen se la llevó al pecho.
—Hijo, este dibujo nunca me lo enseñaste —contestó Candy, mirando a su hijo, a punto de llorar ella.
—Mamá, no llores, se te correrá el maquillaje, este dibujo lo hice minutos antes de conocer a mi padre en el parque.
—¿Aquí están? ¿No me digas que ya te arrepentiste hermanito? —dijo Faith, una de las gemelas.
—No, Aina es el amor de mi vida, andaba buscando los gemelos que me regalo papá, bueno con eso de que, debes usar algo regalado y no sé qué más. —Respondió William
—Eso es para las novias, hermanito, —le contesto la otra gemela Hope, cuando se escuchó una pequeña voz.
—Va a ver boda, ¿o no? —dijo el pequeño George de la familia
Todos rieron al ver al pequeño de la familia, idéntico a su padre, apenas visibles las pequeñas pecas en el puente de su nariz. William se puso en medio de su madre y su padre, abrazándolos, juntos los tres caminaron, mientras sus hermanos caminaban al frente, donde ya los esperaba la tía abuela y George.
FIN
Esta pequeña historia que me rondaba por la cabeza, hace un tiempo.
Deseando se encuentren bien.
Priscila
