Meimi había llegado a su casa después de un agotador día de escuela. Se acercaba el primer periodo de evaluación y tenía que estudiar bastante, sobre todo porque sus notas de matemáticas seguían siendo bastante malas. Habían contratado a un profesor particular, que a la muchacha no le caía nada bien, por ser viejo, amargado e irascible, y que le dejaba ejercicios cada vez más complicados. No había mucho tiempo para ser Saint Tail, ni de investigar los robos de la ciudad para Seira, ni tampoco para Daiki de discutir con su compañera. Todos estaban de un humor bastante apesadumbrado como para pensar en alguna otra cosa. Los muchachos y muchachas salieron a las dos de la tarde, como era costumbre, rumbo a sus casas. La joven pelirroja tenía un hambre brutal, tanto que quería comerse una vaca.

-Bienvenida a casa!- respondió alegremente su madre cuando llegó resollando.- Hoy hice pescado frito, tu favorito!- Meimi se relamió y de inmediato, arrojando a un lado la mochila, se fue a lavar las manos para comer con su madre. Su padre, Genichiro Haneoka, no estaba hoy en casa. Estaba asegurando un contrato para dar un espectáculo de varias fechas en los pueblos cercanos. Madre e hija comieron hablando del día que habían tenido ambas, sin ninguna perturbación.

-Meimi, princesa, ya que subas a tu cuarto, me ayudarías a traer algo de la cochera?- La chica sabía a lo que su madre se refería. Hace unos días se había roto accidentalmente el espejo del tocador de su cuarto. El dinero en aquellos días escaseaba, no era una temporada fuerte para los shows de magia de su padre. Quizás por fin habían conseguido un reemplazo para el espejo de la habitación de la muchacha pelirroja.

Efectivamente, envuelto en un papel arrugado de color ocre, había un viejo y enorme espejo ovalado en el garage. Tras subir a la habitación de la chica con el espejo en brazos, le desprendieron del papel de estraza, revelando un marco sencillo de estilo neoclásico, que a pesar de los años y el desgaste aún conservaba su elegancia y finura.

-Te gustó, preciosa?- sonrió Eimi mirando a su hija que examinaba de cerca el objeto.

-Claro que si mamita, es precioso! Se ve que esto era una antigüedad algo cara en su tiempo...pues...- Casi se le va la lengua. Durante sus misiones como Saint Tail había aprendido a reconocer las baratijas de los objetos que eran finos. Era verdad: parecía ser una pieza cara y valiosa. No pudo evitar preguntarle a su madre cuanto le había costado:

-Aunque no lo creas, me costó muy barato. Un hombre lo tenía en un bazar de antigüedades. Me dijo que le diera 900 yenes por el. Una ganga en realidad, sabiendo que los espejos nuevos cuestan un poco más del doble.-

Meimi volteó de nuevo al bello objeto, que le devolvió el reflejo y el de su madre. Estaba limpísimo y parecía completamente plano, sin ninguna distorsión ni concavidad o convexión en su superficie. Eimi bajó a seguir levantando las cosas de la comida, mientras la muchacha se quitaba el uniforme y se cambiaba para hacer los deberes escolares.

Lejos de allí, un hombre de aspecto nervioso y bigote muy poblado resoplaba con disgusto mientras tomaba sus alimentos en un viejo y fino escritorio de caoba. Estaba en medio de una tienda llena de polvo, animales disecados, relojes que funcionaban al unísono en las paredes de madera desgastada. A su alrededor, había muchos objetos viejos, como cuadros antiguos, vasijas, jarrones, candelabros, lámparas, sillones...

-Que sucede hijo, te ves muy preocupado...-Una voz de anciana llegó desde la trastienda. Una mujer pequeñita y muy arrugada, vestida con una bata tejida, avanzaba hacia el hombre.

-Nada mamá... Solo es que...ese espejo. Tengo dudas sobre él...- La anciana hizo un gesto de desaprobación y soltó una risa conciliadora chasqueando la lengua

-Bah, no me digas que crees en esas viejas leyendas sobre el espejo! Si, era un artefacto precioso, y no me hubiera gustado desprenderme de él, pero necesitamos el dinero...-

-Tienes razón mamá. Eso no son más que cuentos de viejas sin ocupación. Te apetece algo de arroz al vapor?-

-Ya he comido, Shinji. Gracias por tus atenciones, precioso.- La madre le hizo una caricia en la mejilla como si fuera un niño pequeño. El hombre parecía avergonzado.: -Ah, un cliente!- exclamó la madre.- Sigue comiendo, yo lo atenderé.-

La mujer avanzó para recibir al comprador. Shinji miró con nostalgia el rincón donde hasta hace unas horas descansaba el espejo. No sabía si vender aquel objeto había sido la mejor desición. Espero que todo saliese bien y que no pasara aquello que el tanto temía. Sólo el había investigado a fondo la historia de aquel artilugio. Su madre ya era mayor y era un persona de firmes convicciones, por lo que no era tan fácil convencerla.

Meimi jugaba con Ruby cuando el sueño empezó a acometerla. Tras ponerse el pijama, lavarse los dientes y darle las buenas noches a sus padres, rezó unos minutos y se metió en la cama. El espejo devolvía el reflejo de la luz de la luna colgado en la pared frente a su cama. Justo estaba por dormirse cuando empezó a oír un murmullo apagado. Como si alguna persona estuviese hablando en la habitación de al lado. Pero en realidad no había tal. Su cuarto estaba enfrente del de sus padres y jamás se filtraba ningún ruido desde aquella dirección. La luz de ellos estaba apagada, prueba de que ya se había ido a dormir. Los sonidos parecían venir desde la pared donde estaba el espejo. La muchacha cerró los ojos. Y de nuevo, aquel sonido de conversaciones se manifestó. Se levantó y miró por la ventana. No había gente en la calle. De nuevo se tumbó en la cama. Tenía demasiado sueño. Y justo antes de cerrar los ojos, juraba haberse visto a si misma sonriendo en el espejo, de pie. Seguramente estaba soñando, se dijo a si misma mientras el murmullo se escuchaba de nuevo y ella se perdía en los brazos de Morfeo...