Los personajes no me pertenecen, le pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es de mi invención, agradeceré no publicar ilegalmente en otro lugar.

Historia fuerte, si no te gusta este tipo de historias, pasa a la que sigue.

Gracias RakelLuvre por la edición y corrección del capítulo.


Corazón Oscuro

Capítulo 9

Consecuencias

No supe en qué momento me quedé dormido; sin embargo, lo primero que sentí a la mañana siguiente fue el cálido cuerpo de Isabella, removerse entre mis brazos alejándose de mí. Fruncí el ceño al verla apartarse. Sus ojos estaban abiertos casi hasta lo imposible. En el instante en que las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, me senté en la orilla de la cama, tomé el pantalón del suelo y me puse en pie. Fue entonces que el infierno se desató en la habitación.

Los gritos de Isabella resonaron dentro de las cuatro paredes; y la puerta se abrió tan solo un par de segundos después. El rostro angustiado de Esme, fue el primero en ingresar seguido por el de Alice y Carlisle.

Esme y Carlisle comenzaron a cuestionarme lo sucedido, mientras que, Alice, se aproximaba a una histérica Isabella.

—¡Por Dios, Edward! ¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Carlisle al percatarse de los diversos moretones y heridas en el cuerpo de Isabella. Heridas que no había visto hasta ahora.

—¡Contesta, Edward! —me exigió Esme. Al mismo tiempo que se aproximaba a Isabella, intentando tranquilizarla, pues continuaba gritando.

Mi vista se volvió roja. ¿Cómo se atrevían a cuestionarme? Isabella era mi esposa, nadie tenía el poder de decir o no lo que podía hacer con ella.

—¡No tengo nada que explicar ni rendirle cuentas a nadie sobre mis acciones! —vociferé. Traté de acercarme a Isabella, más Carlisle detuvo mi avance. Forcejeé con él, mientras que Esme y Alice llevaban a Isabella hacia el baño.

Estaba por soltarme de Carlisle, justo cuando Jasper y Emmett ingresaron a la habitación. Como si supieran lo que debían hacer: ambos me tomaron de los brazos y diestramente me arrastraron fuera de la habitación. Por más que exigí que me soltaran, hicieron oídos sordos y al bajar por la escalera casi caímos. Rosalie que, esperaba de pie al inicio de la escalera, se aproximó a mí con sus ojos centelleando de furia.

—¡La violaste, Edward! ¿¡Cómo pudiste!? —Y lo siguiente que sentí fue su palma en mi rostro, el ardor se extendió por mi mejilla. Peleé con mayor frenesí para zafarme de Emmett y Jasper, tarea imposible.

Carlisle se acercó hasta su hija para detenerla en su ataque dirigido a mi persona. La ira se estaba haciendo mayor en mi interior, insoportable. Apreté las manos en puños, mientras dejaba que me arrastraran hacia el despacho de Carlisle. Una vez estuvimos ahí, me dejaron en uno de los sillones. A mi espalda sentí la presencia de Carlisle, sus ojos fijos en mi nuca. El sonido de sus pasos aproximándose, sonaban seguros e imponentes; y al detenerse a un lado de la mesilla —que estaba frente a mí—, dejó una botella con más fuerza de la necesaria y luego se sentó del otro lado. Nuestras miradas lucharon por el dominio de la otra.

—¡Habla, Edward! —El tono de sus palabras fue frío, pero a la vez demandante. Era un tono que solo le había escuchado en una ocasión anterior. La vez que interrogó a Royce King, por lo sucedido con Rosalie—. No lo voy a repetir, Edward. ¡Habla! —exigió, y su inflexión me heló la sangre.

Giré mi cuerpo para quedar frente a él. Su rostro era una completa máscara de indiferencia. Todavía mantenía su mirada fija en la mía y pude advertir un fuego en esos ojos azules avivarse a cada segundo, pues estaba colmando su paciencia por mantenerme callado. Cosa que no me importaba realmente. Yo no daría cuentas a nadie.

—No te incumbe lo que haya pasado entre nosotros a puerta cerrada. Soy su esposo ahora y ella es mía.

Sus ojos azules se oscurecieron y algo se movió muy en el fondo de ellos. Enarcó una ceja y lentamente asintió.

—¿Y si yo le preguntara a Isabella?

—Es mi esposa, y ella lo sabe. Carlisle, no quieras asustarme.

Carlisle se puso en pie comenzando a caminar de un lado a otro. Finalmente, asintió antes de voltear hacia mí.

—Muy bien. Te pido por favor que salgas de mi casa y vuelvas cuando estés dispuesto a hablarlo. Puedes hacerlo por tus propios pies, Edward, o Jasper y Emmett pueden ayudarte. Tú escoges.

Me incorporé acercando mi cuerpo al de Carlisle, el reto, era evidente en el movimiento. Si creía que me había amedrentado, estaba muy equivocado. Giré mi cuerpo viendo a Jasper y a Emmett; levanté mi rostro, sin demostrar mi frustración e impotencia. No les daría ese deleite.

Los gritos de Isabella todavía resonaban, sentí mi corazón oprimirse ante el desgarrador sonido. Jasper salió primero avanzando deprisa hasta las escaleras, custodiándolas y evitando así, que fuera hasta ella. Emmett me ofreció un saco —ajeno— el cual me coloqué de inmediato, sin siquiera importarme a quién pertenecía. Carlisle caminó directo a la puerta de entrada la cual abrió y señaló el exterior.

Crucé mis brazos a tan solo un par de pasos de estar fuera y aclaré mi garganta antes de decir:

—Es mi esposa, yo tomo las decisiones, si no quieres problemas Carlisle… ¡no los busques! No me importa que seas el esposo de mi tía, tú: ¡No puedes hacer esto!

—Puedes volver cuando estés listo para hablar, recuerda que, si Isabella lo pide, puedo darle asilo en mi casa.

Marché fuera, mis manos estaban echas un puño, la rabia me dominó. ¿Quién se creía? No podría quitarme a Isabella, por derecho era mía ahora. Caminé detrás de la casa, hasta mi carruaje —que se encontraba estacionado al lado de otro, igual de lujoso—, ignorándolo, ya que otra idea mejor se me ocurrió para salir de allí lo más pronto posible.

Entré a las caballerizas y tomé a uno de mis caballos; luego coloqué las riendas y subí en seco sobre el lomo del animal. Y finalmente, enterré mis botas en el estómago del caballo haciéndolo avanzar rápidamente.

Retorcí la rienda, dando la bienvenida al dolor. El aire silbó en mis oídos, y mi cuerpo rebotó al galope del caballo. En el trayecto me di cuenta de la magnitud de mis acciones. Del daño que le había causado a la mujer que amo. Me permití soltar un grito desde el fondo de mi pecho. La realidad cayendo pesada sobre mí, la realización de lo que hice. Continúe gritando, dejando salir todas las emociones; golpeé los costados del caballo instándolo a que cabalgara más rápido.

Dejando que el caballo galopara sin ningún destino fijo, permití que mis pensamientos vagaran libres. Las dudas me comenzaban a inundar y la angustia me asaltó.

«¿Y si Bella le dice que no quiere regresar conmigo? ¿Qué haré sin ella? No quiero perderla, no ahora que está atada a mí». Volví a soltar un grito, sacando mi frustración.

A lo lejos observé perfilarse mi casa… el caballo conocía el camino de vuelta a su hogar, así que, comenzó a desacelerar, resoplar y relinchar al aproximarse a las caballerizas ubicadas detrás de la propiedad. Su carrera se convirtió en un trote, y luego se detuvo en la entrada.

Me bajé del caballo, pero mis piernas perdieron la fuerza por lo que caí al piso. Justo en ese momento, también me di cuenta de que había estado llorando. Mis puños impactaron contra la dura tierra, desquitando todos los sentimientos que me atormentaban.

Con una fuerte sensación de brío por recuperar lo que era mío; me levanté del suelo, caminé a la entrada de mi casa, saqué las llaves del portón y abrí la puerta sobresaltando a las mujeres, que estaban ocupándose de la limpieza. Seguí de largo, no importándome su presencia.

Entrando a mi habitación la noté igual, no me detuve para verificar si mis instrucciones se siguieron. Tomé un traje y me cambié. Mis pensamientos centrados en un objetivo: recuperar a mi esposa y traerla conmigo de vuelta a casa.

Montando nuevamente el caballo, marché rumbo a la casa Cullen. El camino pasaba vertiginoso. A lo lejos vi la figura de Erik moviéndose de manera frenética, hasta que me contempló llegando a la propiedad. Le grité que preparara el carruaje al mismo tiempo que brinqué del caballo. Atravesé las caballerizas sabiendo que encontraría libre al interior de la mansión desde este lado.

Encontré mi camino sin ningún obstáculo, lo que agradecí. Subí a la habitación encontrándola vacía. Tomé mis pertenencias, del traje de boda; saqué mi reloj, pasándolo a mi actual vestimenta, pero antes de guardarlo verifiqué la hora. Las manecillas indicaban que eran las dos y cuarto. Por lo que deduje que la familia se encontraba degustando la comida.

Bajé, retornando por mi camino de entrada, agradecí que Erik tuviera listo el carruaje, le indiqué que lo llevara al frente de la propiedad y mantuviera la puerta abierta para mi regreso. Arrojé al interior mi ropa y la de Isabella. Volví dentro de la casa hasta las puertas del comedor, las cuales abrí de par en par.

Mi vista inmediatamente se centró en Isabella, en unos cuantos pasos estuve a su lado, sujeté su brazo y la arrastré fuera de la habitación. Volvió a gritar, lo que solo hizo bullir la ira dentro de mí. Giré hacia ella levantando una de mis cejas, y como por arte de magia dejó de gritar.

Me aproximé a ella y le dije solo para sus oídos: —No me provoques más Isabella.

Retomé mi camino y la llevé conmigo. El resto de la familia pululaba a nuestro alrededor. Alice se abrazó a Jasper, al mismo tiempo que sollozaba. Cerca de la puerta se encontraba Rosalie y Emmett, este último la sujetaba a ella.

—¡Eres un desgraciado, Edward! —la escuché gritarme. Dejé que sus palabras se las llevara el viento, importándome poco su opinión.

Seguí caminando y abrí la puerta; sin decir palabra alguna salimos de la casa. Continué arrastrando a Isabella por el camino. Y sin esperar nada más, la subí deprisa dentro del carruaje, no queriendo que Carlisle interviniera. Estaba muy seguro que por sus palabras no se quedaría de brazos cruzados. Por lo que le grité a Erik que se pusiera en marcha de inmediato.

Observé a Isabella sentarse en el lado opuesto a mí con la cabeza baja, mirando su regazo. La tensión al interior del carruaje podía cortarse con un cuchillo. Solo esperaba que Isabella no hubiera abierto la boca porque le pesaría. El carruaje se detuvo frente al portón, bajé de inmediato y le tendí la mano a Isabella. La vi moverse lentamente. Miré detrás de nosotros hacia el camino que habíamos recorrido, no lograba ver ningún movimiento, impaciente ante la tardanza de Isabella la apuré.

—No tengo todo el día, Isabella. —Mi voz sonó dura y fría. Una vez que tuve la mano de Isabella entre la mía, la llevé dentro de la casa. Aclarándole que ahora debía dormir en nuestra habitación, justo cuando me respondió que iría a la suya.

El resto de la tarde estuve bastante ansioso, esperaba a Carlisle tocando el portón. Sin embargo, para mi fortuna, no ocurrió. La noche llegó y los nervios junto con el remordimiento, me invadieron. Una de las sirvientas ayudó a Isabella a cambiarse de ropa. Cuando la mujer salió, lo hizo casi huyendo.

Dejé a Isabella que se acomodara primero en la cama y me acosté del lado opuesto; me sentí tentado a aproximarme a ella, no obstante, no estaba seguro de que fuera el momento ideal, dejaría que las cosas se asentaran.

La mañana llegó rápido, me levanté sumamente ansioso. Tenía el presentimiento que hoy iba a ser un día decisivo. Encontré a las sirvientas preparando el desayuno. Estaba por acercarme para cerciorarme que todo estuviera bien, cuando los gritos de Alice y golpes en el portón, me detuvieron.

Dejé que mis pies me llevaran hasta la entrada, aún desde la distancia el rostro descompuesto de Esme y el de Alice lleno de furia me dieron la bienvenida.

—¿Se les ofrece algo? —pregunté con tono neutro.

Las manos de Alice sacudieron el portón.

—No te hagas el tonto, Edward. No tenías derecho.

Ladeé mi cabeza y sonreí petulante. —¿A qué te refieres? —le respondí haciéndome el tonto.

—¡Maldita sea, Edward!

Chasqueé mi boca ante las palabras de Alice y negué.

—Esas no son las formas de hablar de una señora de sociedad.

—Me importa un bledo. Por favor, no te quieras desviar del tema.

Dejé que una carcajada saliera de mi garganta. Di un par de pasos hacia el portón, y atrapé sus manos entre las mías y los barrotes.

—No te equivoques, Alice. Isabella es mi esposa, lo que pase entre ella y yo solo nos incumbe a ambos. Ninguno de ustedes tiene opinión en nada. —En el momento que dije esto, fijé mi vista en la de mi tía. Ella jadeó y llevó sus manos a su boca.

Apreté mi agarre sobre las manos de Alice, la cual, se quejó por el dolor que le ocasionaba al presionar su mano contra el metal.

—¡No quiero que se metan en mi matrimonio! ¡No quiero que se metan en mi vida!, Y por, sobre todo: ¡Quiero que nos dejen en paz!

Solté las manos de Alice y me moví hacia Esme. Mi pecho bajaba y subía, dejé que las emociones que me había guardado fluyeran. Grité mi frustración, mi enojo, mi resentimiento. Le grité a Esme por no ser lo suficientemente buena y perfecta como lo era mi madre. Le grité, porque ella estaba viva y mi madre no. Las lágrimas corrieron por las mejillas de Esme, Alice la abrazó y la llevó de regreso al carruaje que las esperaba. Alice subió a Esme para luego hacerlo ella. Finalmente, me dio una mirada acuosa antes de cerrar la puerta del carruaje.

Miré al carruaje alejarse. Respiré profundo sintiendo una liberación que me había mantenido atrapado durante años. Al volverme hacia la casa, la opresión se vio intensificada por el rostro de Isabella, en cuanto sintió mi vista dio media vuelta y regresó al interior.

. . .

Los siguientes días fueron de mal en peor. Mi sueño se veía constantemente interrumpido por los sollozos y las palabras entrecortadas de Isabella en sus sueños. Todas reviviendo nuestra noche de bodas. En las contadas ocasiones que traté de consolarla, su inconsciente me rechazó, lo que solo ocasionó mayor sufrimiento en mí. Para evadir el dolor de sus rechazos, centré mis energías en el trabajo.

Los días pasaron uno a uno, de manera lenta y tortuosa, Esme y Carlisle no se hicieron presentes tal como esperaba después del despliegue que había hecho, lo que agradecí de sobremanera, lo mismo Alice, Jasper, Emmett y Rosalie. Parecía que se los hubiera tragado la tierra. Me aventuré a echar un vistazo al consultorio de Carlisle, el cual para mi sorpresa estaba cerrado.

Gradualmente los días se volvieron semanas. Observé como de poco a poco, Isabella, comenzaba a consumirse. Las sirvientas incluso superaron su terror a mi persona, y comenzaron a informarme sobre cada uno de los movimientos de mi esposa. Supe por ellas, que únicamente probaba un par de bocados en el desayuno y cena; el resto del día las ignoraba a ellas y a la comida que le preparaban.

Les insté a insistir con Isabella otras opciones de comida. Nada pareció funcionar. La preocupación comenzó a invadirme, cada mañana que veía a Isabella llegar al comedor para el desayuno o la cena mi angustia crecía. Las ojeras bajo sus ojos —de un color morado—, parecían parte de ella, como si siempre las hubiera tenido. Su pérdida de peso también se volvió evidente con la soltura de sus vestidos y los huesos de su clavícula resaltando de manera alarmante. Todos sus vestidos ahora le quedaban un par de tallas más grandes, sus dulces curvas se estaban esfumando.

El día de hoy había llegado un poco antes a casa; había visitado al doctor Gerandy, que era el doctor del siguiente pueblo. Para mi fortuna me había recibido y había aceptado que llevara a Isabella con él al día siguiente.

Había terminado de acomodar unos papeles dentro de la caja fuerte justo cuando un grito irrumpió el silencio. Salí corriendo y me topé con una de las sirvientas al pie de la escalera con la cabeza de Isabella sobre sus piernas. Volé por la escalera hasta alcanzar a ambas mujeres

—¿Qué pasó? —grité angustiado.

—No lo sé —susurró la mujer, mientras movía su mano sobre el rostro de Isabella tratando de generar una brisa.

Hice a un lado a la mujer y sujeté en brazos a Isabella, subí las escaleras y la deposité en la cama. Corrí al baño y tomé la botella de alcohol vaciándola casi en su totalidad sobre una pequeña toalla. Pasé el trapo empapado cerca de la nariz de Isabella sin obtener ninguna reacción de su parte.

—¡Isabella por favor! —exclamé, al mismo tiempo que continuaba mi infructuosa tarea—. ¡Maldita sea! —grité en tanto lanzaba el pedazo de tela, llevé las manos a mi cabello para tirar fuertemente de las hebras cobrizas, en frustración. Moví el cuerpo de Isabella obteniendo el mismo resultado.

—Señor, debería ir por el sanador, la señora ha estado mal, y no es bueno que no despierte.

Gruñí ante sus palabras, sabiendo que eran verdad. Si el alcohol no la hacía reaccionar esto era más grave de lo que parecía.

—¡Cuídala y trata de reanimarla!

Sin esperar más, salí de la habitación y de la casa. Rechiné los dientes por lo que a continuación estaba por hacer. Ensillé el caballo y a todo galope tomé dirección a la mansión Cullen. Azucé al caballo hasta hacerlo ir al tope de sus zancadas. Cuando la mansión estuvo a la vista, frené con tanta brusquedad que el caballo patinó sobre la tierra; levantando una nube de polvo. Lo até a la reja, aventando al joven que la custodiaba. Corrí al interior, preparándome mentalmente para lo que estaba a punto de hacer.

—¡Carlisle! —grité al tope de mis pulmones, él apareció en la parte superior de las escaleras, cruzó sus brazos y me miró—. ¡Necesito que revises a Isabella!

—Buenas noches, Edward. —La mirada que me dio, me hizo resoplar.

—Necesito que vengas conmigo.

—¿Por qué, Edward?

Bufé molesto, sabía que lo estaba haciendo a propósito. —Carlisle, estoy pidiendo por el médico, Isabella se desmayó y no reacciona.

Su cuerpo se tensó, yo no le importaba, por otro lado, Isabella, sí. —¿Por qué tengo que ayudarte?, después de lo irrespetuoso y grosero que fuiste con tu tía Esme.

—No me tienes que ayudar a mí, es Isabella la que te necesita —contesté exasperado.

Nos miramos, Carlisle levantó una de sus cejas; sabía lo que eso significaba. Sus palabras todavía resonaban en mi mente, no había olvidado lo que me había dicho la mañana siguiente a mi boda: él quería respuestas.

—Sí, Carlisle, aproveché mi fuerza y superioridad sobre Isabella, para poder valer mis derechos de marido. ¿Contento? —exclamé lo último con un tono nada amigable, más bien burlón.

—No solo la lastimaste físicamente, Edward. A esa niña a la que llamas tu esposa, la has herido emocionalmente.

—No estoy para reclamos, Carlisle. Ni para consejos matrimoniales, que no he pedido; si no vas a ayudarla entonces buscaré quien quiera hacerlo. —Di media vuelta y caminé rumbo a la salida. Calculé el tiempo que me tomaría llegar con el doctor Gerandy, solo esperaba que estuviera dispuesto a venir a mi casa para revisar a Isabella.

—Déjame ir por el maletín, Edward —la voz de Carlisle resonó en las paredes y luego, escuché sus pasos bajando las escaleras.

—Pediré que preparen tu caballo —sentencié al tiempo que salía.

Al niño que se encontraba en la entrada le ordené que preparara el caballo de Carlisle. Observé cada uno de sus movimientos apresurándolo. En el momento en que Carlisle salió, el caballo, ya estaba preparado. Trepé al mío y sin siquiera mirar atrás, tomé rumbo de regreso a casa. Al llegar subí las escaleras corriendo, la visión de Isabella todavía inconsciente me hizo sentir mal, y trayendo consigo recuerdos de mi madre. Recuerdos que me hicieron temblar de terror.

Carlisle dejó su maletín al lado de Isabella y comenzó a auscultarla. Me preguntó desde cuando estaba así, por ende, no tuve más remedio que decirle todo. Le hablé de su falta de apetito, de cómo había notado su peso ir disminuyendo, de sus pesadillas. En el momento que quiso saber de temas femeninos me giré hacia la sirvienta que seguía en la esquina de la habitación.

—La señora no ha sangrado desde hace casi tres meses.

Ante esas palabras palpó el estómago de Isabella, sin mirarme colocó un aparato sobre su estómago.

—Está embarazada y su condición no es estable. Está sumamente débil, puede ser un embarazo de alto riesgo.

Justo esas eran las palabras que no esperaba escuchar. El terror de perderla me asaltó, instalándose en todo mi ser. Mi peor pesadilla cobraba vida ahora frente a mí. No solo Isabella estaba en peligro, también mi hijo, «¡Seré padre!» la frase resonó en mi cabeza, haciendo eco e incrementando el miedo en mí:

—No quiero perderlos —expresé más para mí, que para Carlisle.

Carlisle, continúo atendiendo a Isabella, quien se removió, tratando de incorporarse.

—Tranquila, Isabella. ¡No te levantes! —insistió Carlisle, mientras la empujaba suavemente sobre la cama.

Miré a la sirvienta, que todavía continuaba cerca de la puerta; le ordené que trajera comida. Isabella se removió insistentemente y, Carlisle, la consoló con palabras alentadoras. La sirvienta regresó con una bandeja de comida; él mismo tomó el plato y la cuchara de la bandeja y le ofreció un bocado a Isabella. Mi angustia creció ante la reticencia de ella. ¿No comprendía su situación? ¿Por qué se resistía a obedecer?

Isabella susurró palabras ininteligibles para mí; caso contrario a Carlisle, quien le pidió que tomara unos bocados más. Pensé que, tal vez, algo dulce le caería mejor; así que solicité subieran pan y una jarra de chocolate.

—Isabella —la voz seria de Carlisle la llamó—. Quiero que comas, estás muy débil, y eso no es bueno. —Lo vi apretar las manos de Isabella entre las suyas y luego mirarme. Asentí casi imperceptiblemente—. Tienes que… Bella. —Suavizó su tono—: ¡Tienes que cuidarlo!

Isabella miró de Carlisle a mí y de regreso. Seguro no comprendiendo su situación. Estaba por hablar justo cuando Carlisle lo hizo.

—Tienes que cuidar la vida que crece dentro de ti.

Lo que siguió a continuación fue la repetición de la mañana después de la boda. Isabella gritó y negó. Carlisle trató de calmarla, sin embargo, ninguna de sus palabras estaba surtiendo el efecto deseado. Isabella comenzó a mover sus brazos, era como si se estuviera defendiendo de algo o… más certero decir de alguien. Como último recurso Carlisle la abrazó, para impedir que se lastimara ella y lo lastimara a él. Retazos de palabras me llegaron mientras la tranquilizaba y a mí me consumía la desesperación.

¿Cómo iba a ser capaz de calmarla? Más después de escuchar sus gritos implorando la salvarán de mí. ¿Cómo iba a hacerle entender a Carlisle que no volvería a hacerle daño? Me dejé caer junto a la puerta golpeando mi cabeza contra el marco, debía pensar en algo. No quería que Carlisle se llevara a mi Isabella y a mi hijo no nacido de mi lado.


Hola

Gracias por su paciencia, lamento no haber actualizado la semana pasada, pero la verdad es que no me gustó como estaba el capítulo, lo sentía incompleto y me puse a reescribirlo y luego tuve que acudir al médico en ese inter, y las primeras noticias no eran lo que esperaba y me cortó las ganas de todo.

Agradezco sus mensajes en el grupo. Espero el capítulo les agrade, me gustó como quedó, pude expresar más claro lo que tenía en mente sobre Edward. De igual manera gracias por sus reviews, son mi aliciente y pago.

Saludos

P.D. a uno de mis anónimos justo diste al clavo mujer, le atinaste en tu review a lo que quiero expresar de Edward.