No le estaba dando nada a lo que pudiera asirse. Era una especie retorcida de galantería, de reconocimiento tácito que sería más vergonzoso aceptar haber notado, porque eso significaría que le estaba prestando atención, significaría negar que ese encuentro había escapado de lo esporádico y se había convertido en una rutina. No por su cotidianeidad sino por lo estrecho. Era casi dolorosa la manera en la que apenas con la punta de los dedos de su mano izquierda sostenía su peso, dejando que él tomara su cintura entre sus manos y apretara. No marcando, no acariciando sino reduciéndolo. Sus palmas desnudas en su piel lejos de ser una caricia amatoria eran un reto, eran una amenaza. Sin su poder, Chuuya seguía teniendo una excelente agilidad, un envidiable equilibrio obtenido de su terquedad en afinarse físicamente hasta los límites.
Límites que Dazai iba quitando como telarañas de una rosa, con cuidado, con adoración pero no de una manera sensual sino más bien macabra. Sus ojos lo recorrían como preguntando si estaba listo para romperse, si acaso sería capaz de dejarse romper por él y la mirada azul que le devolvía en un reto mudo sólo ensanchaba su sonrisa, con sus uñas marcadas en su cintura sin que él pudiera más que sujetarse de su cuello, la punta de los dedos en el suelo enrojecidos por la sangre que se le acumulaba y la presión que estaba ejerciendo. Era mucho más ágil y fuerte físicamente que Dazai y nada le tomaría golpearlo, someterlo y escapar. Podía decirse que lo detenía solo el cuchillo que Dazai sostenía contra su cuello, con esa sonrisa que le recordaba a los comerciales, vacía, ensayada, o el centenar de vidrios rotos que adornaban el suelo y eran el motivo por el cual no podía apoyar las palmas o los pies correctamente porque los vidrios estaban macerados en veneno.
—¿No te duelen los brazos? Yo no soy muy pesado pero tú no cargas ni siquiera con dinero en tu cartera así que debes estar sintiendo que te arrancan las extremidades.
Ácido, burlón, su comentario fue recibido con una sonrisa más ladeada, la delgada ceja levantada, los dedos subiendo de su cintura a su espalda por dentro de su camisa y los escalofríos le subieron más afilados que el café de sus ojos, que sus labios agrietados.
— Apuesto que eso es lo que quisieras tú, arrancarme las extremidades por tu cuenta, no te preocupes. No dejaré que la gravedad haga tu trabajo.
Sus uñas en sus costillas le arrancaron un gemido que no tuvo reparo en dejar salir, ronco, llenando el silencio de la habitación, consciente que a un par de puertas estaba alguno de sus compañeros, que estaba en desventaja. Pero Dazai lo conocía, se lo decía la manera lenta y desafiante con la que se lamió los labios, esperando. Era la clase de animal que se siente más eufórico ante el peligro. Por eso el cuchillo, por eso el veneno no eran lo que le hacía mantenerse ahí, suspendido entre el cuerpo del hombre y la posibilidad de herirse. Había un hilo de veneno más fuerte que los sujetaba, un equilibrio maldito entre los dos que la gente no podía alcanzar a comprender. Eran el soporte del otro, pero no venía su lazo de un adorable compañerismo, menos de una cálida empatía o de una entrañable convivencia.
Su hilo estaba revestido de odio, de dolor y desesperación.
De soledad, de tristeza.
De miedo.
—¿Tienes una mascota, Dazai? Apesta a gatito.
La sonrisa siguió ahí sujetándolo y él rogando que no dejara de tocarlo aunque eso significara que estaba inactivando su poder, aunque significara que su mayor defensa estaba siendo una burla , manteniéndolo en sus manos como si esto no fuera más que una alegoría de lo que realmente eran.
— Casi pareces celoso, Chuuya.
La sombra de la tarde se quedó entre sus cabellos, mecidos por el viento que alcanzaba a colarse por la ventana, cansado de los juegos, cansado de lo que ardía en su pecho sin poder decirlo. Con su pierna entre las rodillas de Dazai lo obligó a que cambiaran de posiciones, disfrutando el sonido de la ropa rasgarse ante los cristales, el rictus de dolor en su rostro. Sin perder la sonrisa, con sus manos en sus caderas, Dazai soltó el cuchillo y Chuuya lo tomó, paseándolo por el perfil del hombre, negando al escucharlo suspirar.
— Tú y tus malditos instintos suicidas.
Resopló mirándolo fijamente, dejando caer su peso contra sus caderas, clavando más vidrios bajo su piel. Con una sonrisa que podía perderse bajo el sombrero, bajo el cabello pero que Dazai siempre vería, a pesar de que sus ojos estaban imantados al cuchillo en sus manos, a la forma tan lenta en la cual Chuuya lo clavó en su propia camisa, desgarrando botón a botón, dejando que la piel se exhibiera sólo para su mirada.
Era una invitación que nunca iba a rechazar y lo sabía.
