Iguales:

Incluso antes de nacer, el todopoderoso Zeus ya me quería muerto...

Había dos grandes motivos por los que el rey de la hipocresía quería acabar con mi vida:

Primero, según él, yo nunca debería haber existido, al ser el hijo bastardo de Afrodita, fruto de la relación prohibida entre la diosa del amor y el dios de la guerra.

El segundo motivo era aún más simple. Yo suponía un peligro para Zeus. Era el único que tendría el poder para transformar al todopoderoso dios de dioses en un simple títere, patético e insignificante, movido únicamente por los hilos de la lujuria y el deseo.

Así que, para evitar mi muerte temprana, mi madre no tuvo más remedio que abandonarme en un bosque remoto, tétrico e indómito, infestado de toda clase de feroces fieras, que se encargaban de cuidarme, jugar conmigo y protegerme, como si yo fuera una de sus crías.

De vez en cuando, mi madre se escapaba del Olimpo para venir a visitarme en secreto, llenando mi corazón de dicha con cada encuentro, pues me hacía muy feliz el saber que había alguien más ahí fuera, aparte de las bestias, que me amaba profundamente y deseaba verme con ansias.

Sin embargo, no podía recibir las visitas de mi querida madre tan a menudo como yo deseaba, porque, al parecer, ese tal "Zeus" del que tanto hablaba empezaría a sospechar de sus misteriosas ausencias. Así que no me quedaba más remedio que armarme de paciencia y aguardar ansioso su regreso bajo la fría lluvia o el ardiente sol. Siempre sólo, abandonado en mitad de la nada. Pero no me importaba, todo estaba bien, porque ella siempre volvía por mí. Porque me amaba. Solo tenía que tener fe, confiar en ella ciegamente. Entonces mi madre me demostraría su amor volviendo a mí, como siempre hacía.

En eso consiste el amor, ¿no?

En esperar. En confiar.

Durante su amarga ausencia me entretenía inventando trampas, creando arcos y flechas con palos de madera o haciendo mil y una travesuras. A veces incluso lograba disfrutar de la ingrata compañía de los monstruos, los animales salvajes o las malévolas ninfas del bosque oscuro, que habitaban aquel inhóspito lugar que se había transformado en mi reino, mi patio de juegos, mi hogar, el único mundo que conocía.

La naturaleza era mi casa. Esas criaturas eran mi gente.

Por ello, durante mucho, muchísimo tiempo, pensé de forma muy ilusa que el planeta entero estaba cubierto por un tupido bosque, oscuro y temible, habitado únicamente por criaturas como las que veía a diario merodeando por mis dominios. Un mundo entero lleno de bestias salvajes. De monstruos perversos, fieros y corruptos.

No estaba tan mal encaminado después de todo…

Un buen día se presentó ante mí una especie de monstruo muy peculiar que nunca antes había visto. En ese momento no lo sabía, porque era muy pequeño, pero se trataba de un humano. Era un cazador, tan estúpido como temerario, que se atrevió a invadir mi territorio. El hombre pensó que yo era un inocente niño perdido, así que muy galantemente me ofreció su protección. Yo tan solo me eché a reír cruelmente en su cara, pensando en lo extraña que era esa bestia tan débil, sin garras ni dientes ni escamas, que se atrevía a ofrecerme protección cuando ni siquiera parecía poder defenderse a sí misma. Entre diversas provocaciones le llevé directo a la trampa para animales que yo mismo había diseñado. Con una siniestra sonrisa llena de satisfacción, presencié como el cazador activaba el resorte de la trampa al pisarla; una cuerda que se enredó alrededor de su pierna y lo elevó por los aires, quedando colgando boca abajo. La parlanchina alimaña empezó a soltar toda clase de amenazas e insultos, pero yo, ignorando completamente sus protestas, me limite a observarle con gran curiosidad.

"Que interesante…" – pensé. – "Al contrario que los demás animales, este puede hablar. Además, camina a dos patas. Es como mi madre, pero mucho más feo que ella."

Fascinado por este inesperado descubrimiento, decidí quedármelo. Le dije que a partir de ese día él sería mi mascota. Incluso le puse un nombre. Su única función sería la de hacerme compañía en este lugar solitario. Lástima que mi madre no me permitiera quedármelo, a pesar de que le aseguré que lo iba a tratar muy bien, que lo iba a alimentar, que le daría todo lo que necesitara e incluso le enseñaría a cazar como es debido.

Después de borrar la memoria del aterrorizado hombre, mi madre me explicó que él no era una bestia o un animal cualquiera, sino un "humano". Dijo que era una criatura especial, pero mi yo más pequeño no lo entendió muy bien. Me parecía idéntico a todos los demás seres de aquel bosque, solo que un poco más frágil.

Solo cuando finalmente crecí pude entender cuáles eran las verdaderas diferencias entre bestias, mortales y dioses. En ese entonces, a mis ojos todos eran iguales. Todos eran dianas perfectas para mis flechas. Todos eran mis juguetes. Mis queridas marionetas. Mascotas cuyo único propósito en la vida era entretenerme.

Aun a día de hoy, sigo pensando que los corazones de todos ellos son muy similares entre sí. No importa si se trata del mortal más débil o el más fuerte de los dioses. Todos caen rendidos ante el amor. En sus corazones duerme el mismo deseo, la misma lujuria, la misma pasión, ansiando despertar. Cuando mis flechas atraviesan sus pechos, liberan estos sentimientos de su prisión y estos invaden sin piedad la mente, el alma y el cuerpo de mi víctima. El embrujo de mi ataque es tan fuerte que nadie puede resistirse. Llevados por la más ardiente de las necesidades, las mujeres más dignas se abren de piernas, los hombres más avaros entregan fortunas a cambio de poseer el amor que anhelan y los amantes despechados pierden la vida a causa del dolor de un rechazo amoroso.

¿Cuántas veces me he quedado asombrado por la magnitud de este poder o por el devastador efecto de mis flechas?

¿Cuántas veces habré flechado a alguien tan solo para ser testigo de esta incontenible locura que les posee?

¿Cuántas veces me habré burlado cruelmente de dioses, bestias o humanos por igual, al verlos correr patéticamente rogando por el amor de otro ser hasta llegar a humillarse a sí mismos?

¿Cuántas veces? Tantas veces que son incontables.

Es fascinante ver lo poderoso que es el deseo. Lo que le hace a toda criatura viviente que lo experimenta. Te vuelve estúpido, ilógico… Te hace querer vivir en una tortura tan temida como ansiada. Un dulce sufrir, pero un sufrimiento, al fin y al cabo.

Desde que vi por primera vez los efectos causados por mis flechas, tuve una cosa bien clara: no quería enamorarme ni sentir deseo alguno por otra persona. No quería ser una marioneta como todos los demás. Quería mantener el control, para evitar volverme tan estúpido e ilógico como ellos.

Muchos clamaban que era mejor morir por amor que morir sin haber amado nunca; pero eso, bajo mi punto de vista no eran más que delirios de locos enamorados, de ciegos con vendas en los ojos y cadenas en el corazón. Mires por donde lo mires, unas horas de pasión, más un par de minutos de felicidad, no compensan todos los problemas que causa este sentimiento. Solo tenían que echar un vistazo a su alrededor para darse cuenta de que la gran mayoría de las historias de romance acababan mal. Píramo y Tisbe son un claro ejemplo de todo esto. Que tontos fueron… ¿por qué harían algo así? ¿por qué morir por amor? A veces desearía poder entenderlo...

Pero, a pesar de que muchas veces me asaltaban la curiosidad, las dudas e incluso la envidia, siempre me resistí a ese extraño sentimiento. Y así, durante mucho tiempo conseguí mi objetivo: nunca me enamoré. Lo cual no era un objetivo muy difícil de cumplir, ya que cuento con la ventaja de ser el dios del amor. Soy uno de los pocos privilegiados, por no decir el único, con el poder para repartir este veneno por el mundo... y una serpiente no puede envenenarse con su propio veneno.

Además, aunque consiguiera enamorarme de algún modo, daba igual; si alguna vez el destino se empeñaba en hacerme sentir algo por alguien tan solo tenía que clavarme una flecha de punta de plomo, que causaba desamor instantáneo, para recuperar de inmediato la cordura.

Con esta forma de pensar iba por el mundo, sonriendo con sorna, creyéndome el dueño del devenir de mi vida. Pensé que todo estaba bajo mi control. Que ni el mismísimo destino podía hacerme caer.

Pero entonces la vi…

Se encontraba recogiendo flores en el jardín de su castillo. Su radiante hermosura me encandiló tanto que desde el primer segundo no pude apartar la mirada. Qué bella. Bella como ninguna otra. Incluso yo, siendo un dios, me sentía indigno de ver a semejante criatura de tal esplendor. Sus cabellos eran rubios, resplandecientes como el sol; sus ojos eran de un color verde intenso, como el de los bosques salvajes en los que me crie; su tez era blanca como las nieves de las cumbres y parecía tan suave que a duras penas pude contenerme para no ir a tocarla. Su sonrisa risueña, tan vivaz y enérgica, reflejaba una personalidad tan encantadora como su exterior. Al contrario que la belleza de mi madre, la suya era natural y autentica, sin rastro de vanidad o arrogancia.

Tan embelesado me quedé admirándola, que no sentí el pinchazo de dolor de mi flecha hasta que fue demasiado tarde.

No era la primera vez que me clavaba una flecha por accidente. No debería haber pasado nada. Absolutamente nada. Pero… sucedió. Desde que mis ojos se posaron en ella nuevamente, sentí que algo se liberaba en mi interior. Nació en pecho y se fue extendiendo, como un veneno corrosivo que corría ardiendo por mis venas, infectando cada rincón de mi cuerpo, hasta que no hubo nada más que corroer.

Mi propio poder se volvió en mi contra, tomando todo lo que ya sentía por esa mujer y multiplicándolo por mil.

De pronto, la necesidad de poseerla ahí mismo era incontrolable.

La quería.

La deseaba.

Tenía que ser mía.

Mía.

Asustado por la locura de mis propios pensamientos, extendí mis alas y escapé de allí apresuradamente, como si estuviese huyendo de una bestia feroz. Pero no había ninguna bestia, tan solo estaba yo.

Yo era la bestia.

Desde ese día apenas he podido dormir. Solo pienso en ella, en su risa, en su voz, en sus labios… Sueño con su cuerpo una y otra vez, imaginando todas las cosas que quiero hacerle. En mis fantasías inquietas la veo retorciéndose de placer, mirándome con ojos suplicantes inundados de lágrimas mientras me ruega por más, mientras clava sus uñas en mi espalda y me rodea con sus piernas. Despierto cada noche excitado, con el corazón latiendo frenético, la frente empapada en sudor y el cuerpo ardiendo como si estuviese prendido en llamas. Luego, sentado en mi lecho, lamento no estar soñando; pues desearía no haber despertado nunca, para así poder gozar eternamente del paraíso que había entre sus piernas. Me avergüenzo de mí mismo, por mis actos, por mis oscuros pensamientos, por los deseos lascivos de mi cuerpo que ahora se niega a obedecerme.

Ya no sé qué hacer. Estoy desesperado. Me clavé una flecha con punta de plomo directamente en el pecho, esperando que anulase todo lo que siento por ella, pero no sirvió de nada.

Tras ese inútil intento por apagar las llamas de mi pasión, decidí que lo mejor que podía hacer era alejarme de ella, hasta que el fuego se extinguiera por sí mismo. Traté de mantener la distancia. Traté de ser leal al juramento de venganza que le hice mi madre. De verdad, lo intenté con todas mis fuerzas. El cielo es testigo de ello. Pero fue imposible.

No debo, pero no puedo evitar ir todos los días a verla, aunque sea solo un momento, para deleitarme mi vista al recorrer con la mirada las sinuosas curvas de su pecaminoso cuerpo. Sin embargo, siempre que lo hago vuelvo inquieto, al ver la ingente cantidad de hombres que la desean o lo ansioso que está su padre por casarla con el más rico que encuentre. Los celos se apoderan de mí con cada visita. Luego, la vergüenza me asalta. Me siento estúpido. No debería estar celoso por culpa de un par de humanos débiles y desagradables. Pero… ¿cómo evitarlo? Me imagino a su futuro esposo disfrutando de lo que para mí está prohibido y siento que se me desgarra algo por dentro.

Ya no sé qué hacer. Lo único que sé es que no puedo seguir así. Siento que muero. Muero en vida por ella.

Alejarme ya no es una opción...

Debo tenerla, aunque yo no quiera. Debo hacerla mía, aunque jamás haya deseado a nadie.

La atraparé…

Y será mi mascota...

Tal vez debería acabar de una vez con todo este sinsentido. Debería ir a su casa, clavarle una de mis flechas justo en medio de su corazón palpitante y hacerla mía. Obligarla a desearme tanto como yo la deseo a ella, hasta que se ponga de rodillas e implore que la lleve al éxtasis todas las noches por el resto de su existencia. Que el veneno de mis flechas la haga extrañar mis besos, mis caricias, hasta el punto en el que no encuentre consuelo en otra actividad que no involucre amarme.

Pero…

No puedo.

No puedo hacerle eso. O más bien dicho, no quiero. ¿Cómo podría condenar a un ser tan inocente al calvario de este deseo insaciable? Definitivamente no quiero algo así para ella, porque junto a la pasión también ha nacido otro sentimiento que ahora reside en mi pecho; uno muy extraño, pero muy cálido, que me hace sentir como nunca antes me he sentido en mi vida. La simple imagen de su rostro sonriente o el sonido de su risa es más que suficiente para provocar en mí la sensación de tener a un montón de mariposas revoloteando en mi estómago. Sonrío cuando me la imagino feliz y mi corazón se quiebra cuando ella sufre. Por eso… No quiero enloquecerla de amor con mi poder. Lo que quiero… lo que de verdad deseo, es que me ame de verdad. Que me quiera, de forma sincera y natural, con la dulzura que la caracteriza, sin flechas infectadas de veneno lujurioso afectando a su juicio. Quiero que sólo me dé el cariño que ella quiera darme, que sólo me entregue el amor que nazca de su alma y que me desee tanto como sea capaz de hacerlo por sí misma.

Estoy dispuesto a lo que sea con tal de obtener su cariño. Le daré mi cuerpo y mi alma. Le concederé noches de amor que jamás podrá olvidar. Construiré un palacio para ella, tan magnifico que hasta un dios quedaría cegado por su esplendor. Tendrá jardines enormes, tan grandes como un bosque, llenos de llores y de todo lo que a ella le guste. En su interior habrá numerosos sirvientes que solo existirán para satisfacer cada uno de sus deseos. La colmaré de joyas, riquezas y lujos sin igual. Le regalaré los más bellos diamantes que existan sobre la faz de la tierra, pues por muy bellos que sean, no habrá gemas o joyas que puedan eclipsar su hermosura. Por el día le proporcionaré todas las atenciones posibles y por las noches le daré una pasión más adictiva que cualquier droga.

En ese palacio la mantendré escondida, lejos del alcance de mi madre o de sus aliados. No me la quitará. No se lo voy a permitir. Esconderé mi identidad para que no pueda describir que yo soy su esposo. Por mucho que nos espíe, sólo podrá ver imágenes borrosas en lugar de un lujoso palacio. Sólo podrá vislumbrar la figura de una criatura que se oculta en la oscuridad en vez de al traidor de su hijo. Moveré mis fichas y jugaré a esta farsa todo cuanto haga falta, hasta que Zeus se digne a concederme el gozo de estar junto a mi amada.

Para que mi plan tenga éxito, deberé engañar incluso a la persona que amo. Además, no podré estar con ella todo el tiempo que querría, pues mi ausencia en el Olimpo no pasaría desapercibida. Así que… Quizás se sienta sola en mi ausencia, pero ella lo entenderá. Solo tendrá que esperar. Tener fe. Y yo le demostraré mi amor volviendo una y otra vez a sus brazos hasta el fin de los tiempos.

En eso consiste el amor, al fin y al cabo, ¿no?

En esperar. En confiar.

Cuando finalmente confíe en mí plenamente, significará que me ama de verdad. Y será mía. Pero no será mi mascota. ¿A quién quiero engañar? La amo demasiado para rebajarla a algo así. Será mi mujer, mi esposa, la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida.

Que idiota e ilógico me he vuelto…

Sin embargo, debo admitir que estuve en lo cierto desde el principio. Bestias, mortales, dioses. Todos en el fondo somos iguales. Tenemos el mismo corazón.

Todos caemos ante el amor. Incluso la mismísima reencarnación de este.