Ajeno a las preocupaciones de la familia del cardenal Baggia, Patrick McKenna contemplaba cómo el cielo romano se iba tiñendo poco a poco con las tonalidades púrpuras que precedían a la puesta de sol. Con las manos a la espalda, ya vistiendo la sotana blanca que llevaba siendo su atuendo habitual desde esa noche del mes de Junio pasado, el joven religioso trataba de dedicar su atención a otros asuntos, por nimios o triviales que pudieran parecer.

Pero, de un modo u otro, ella seguía regresando a su mente.

Dios, ¿acaso era posible pensar en otra cosa que no fuera ella?

Patrick se apartó de la ventana, negando para sí con la cabeza al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa. A pesar de que había tenido ya bastante tiempo para hacerse a la idea de lo que significaba lo que sentía por Claire, ese sentimiento seguía sorprendiéndole con fuerzas renovadas día tras día, incluso cuando había pensando que no era posible amarla más de lo que ya lo hacía. Pues bien, había sido un error, uno de los pocos que estaba dispuesto a cometer con gusto. Se encontraba con que, a pesar de haber pasado la mayor parte del día juntos - pues Claire se había marchado hacía algo menos de una hora -, ella aún inundaba cada pequeña parte de su ser con una naturalidad que le hacía preguntarse cómo era posible que hubiera llegado a dudar de su amor por ella, si era lo único que sentía que tenía sentido en su vida.

Cada una de sus sensaciones, cada uno de sus pensamientos tenía que ver con ella, apenas acababan de despedirse y ya estaba pensando en cuándo tendría la ocasión de verla de nuevo. A pesar de que la situación en la que ambos se encontraban aún estaba lejos de ser perfecta, sentía que cuanto dependía de ellos sí lo era, que todo era como debía ser. Había habido muchas otras ocasiones en su vida en las que había creído ser feliz, pero ahora se daba cuenta de que todas y cada una de ellas palidecían con lo que sentía ahora. ¿Era así como se sentía, era esto la felicidad? Si tuviera la oportunidad de hablar con su yo del pasado, de las mismas Navidades pasadas, estaba seguro de que no daría crédito a lo que estaba oyendo, pues nunca había estado dentro de sus planes el sentirse de esa manera por nadie.

Aunque viendo a la gente a su alrededor había creído entenderlo, esa inmensa dicha que sentían las parejas con el mero hecho de hallarse en compañía del otro, la emoción que debían experimentar a la hora de emprender una nueva etapa de sus vidas juntos, no había pensado que él mismo pudiera llegar a sentirse de esa manera por nadie. Y, sin embargo, ahí estaba sin apenas poder apartar a Claire Dilthey de sus pensamientos y tampoco con voluntad para hacerlo, negándose en rotundo a que esa serena felicidad le abandonara en un futuro próximo, si es que debía de hacerlo alguna vez. Su mente aún rememoraba una y otra vez cada momento de los que habían vivido juntos, especialmente en las últimas horas: despertar poco antes del amanecer y verla durmiendo a su lado, escucharla decir lo feliz que era mientras reposaban en la cama algo más tarde, el poder compartir juntos las buenas noticias sobre el estado de salud de Chartrand…

La necesidad que sentían el uno por el otro, lejos de verse atenuada tras la noche pasada, había continuado latente entre ellos a lo largo del día. Claire se había despertado a eso de las once de la mañana, poco después habían recibido las buenas noticias sobre el estado de salud de Chartrand y, pese a que lo más prudente hubiera sido marcharse lo antes posible, lo cierto era que a la hora de la verdad siempre había algo que lo impedía. Una mirada en la que era fácil perderse, un beso al que no tardaba en seguirle un segundo, una caricia que les hacía sentirse otra vez al borde del abismo… Todo entre ellos surgía ahora con una naturalidad que daba sentido a todo lo demás, llevándoles a hacer el amor de nuevo ya con la luz del día entrando por los ventanales. No podían separarse y tampoco querían hacerlo, siendo conscientes de que no tendrían muchas oportunidades de volver a estar juntos de esa manera una vez que Claire se marchara.

Así, a pesar de que ese día estaba lejos de ser común en la rutina de ninguno de ellos, había transcurrido como si sí lo fuera. Patrick no tenía apenas compromisos que atender y Claire no tenía que acudir a la sala de prensa, de modo que ninguno de ellos tenía prisa por abandonar esa pequeña burbuja que habían construido sin darse cuenta. Su única interrupción había sido a mediodía, cuando los encargados de la cocina habían traído la comida a Patrick mientras la periodista tomaba una ducha a unas habitaciones de distancia. Había sido un momento extraño, no porque el personal hubiera sospechado nada, sino porque había hecho recordar al joven pontífice la razón por la que había estado experimentando esas terribles alucinaciones durante meses. Era de locos, si no hubiera sido por el ataque de alergia de Claire, era posible que no hubiera descubierto nunca la verdad.

Una vez se hubieron marchado, Patrick se había asomado al umbral del cuarto de baño para avisar a la periodista, que en aquellos momentos se encontraba frente al lavabo, enrollada en una de sus toallas mientras se secaba el cabello rubio con otra más pequeña. Al verla, durante unos momentos pensó que no decirle nada, en dejar pasar el tema de la comida, aún rebelándose a que esos pequeños instantes de cotidiana felicidad se vieran empañados, pero finalmente carraspeó llamando la atención de la joven, quien esbozó una sonrisa al verle. Al contarle que le habían traído la comida, ella tampoco tardó mucho en relacionarlo con las alucinaciones que había sufrido y frunció el ceño, concentrada en buscar alguna solución, aunque a largo plazo no se le ocurría ninguna. Patrick no podía devolver la comida intacta a las cocinas todos los días sin levantar sospechas, pero tampoco quería que siguiera expuesto a lo que fuera que le había estado causando esas visiones.

Lo único que podían hacer era esperar que todo el asunto de Jano terminara lo antes posible.

Para bien o para mal.

Patrick percibió cómo la preocupación volvía a nublar el rostro de la periodista y caminó hacia ella hasta colocarse a su lado frente al espejo, ambos contemplando su reflejo en el mismo. No dijo nada, no hizo falta, sino que se limitó a abrazarla por la espalda, apoyando el mentón en su hombro. La joven respiró hondo, apoyando mejor su mejilla contra la suya a la vez que entrelazaba sus manos con las de Patrick. Habían permanecido así unos instantes, meciéndose en silencio, hasta que el joven se había separado suavemente de Claire, tomando la pequeña toalla que ella había dejado a un lado y ayudándola a secarse el pelo con cariño. La periodista había dejado escapar una suave risa, preguntándole si acaso podía ella ayudarle a afeitarse, aunque creía que le quedaría bien la barba si probara a dejársela aunque sólo fuera por una vez.

Así, los fantasmas que se cernían sobre ellos habían terminado por disiparse. Fuera lo que fuera lo que les deparaba el porvenir, esta vez lo afrontarían juntos, sin recelo alguno ya por lo que sentían el uno por el otro, y dispuestos a llegar a lo que hiciera falta para detener a ese cobarde que ocultaba en las sombras.

Al final, la joven había recordado la comida que había preparado por si tenían hambre en Craco y que había permanecido olvidada en la mochila que portaba consigo. No era perfecta y seguro que estaba lejos de poder equipararse a la de las cocinas del Vaticano, pero al menos tenían la seguridad de que estaba libre de cualquier añadido que no debiera estar ahí. Habían comido juntos, Patrick pensando que no pasaría nada por devolver la comida sin tocar al menos por un día, habían charlado de todo y de nada a la vez, ambos sin querer hablar de nada relacionado con la amenaza de Jano, poco dispuestos a dejar que irrumpiera en aquel pequeño oasis de tranquilidad. Aunque se negaba a admitirlo, Claire continuaba cansada, sus párpados haciendo lo posible por volver a cerrarse en cuanto se descuidaba, de modo que al final habían vuelto a tumbarse en la cama de Patrick, él rodeándola con los brazos y ella acurrucada contra su pecho, y no había tardado demasiado en dormirse de nuevo.

El estar así con ella le bastaba, el sentir su suave respiración tan cerca y trazar pequeños senderos en sus cabellos rubios… Era más que suficiente, podría pasar así una y cien vidas sin sentir que había desaprovechado ni un solo minuto.

Por desgracia, el tiempo pasaba y para cuando Claire había vuelto a despertar, desperezándose con cuidado, una breve mirada al otro lado de los ventanales le hizo darse cuenta de que ya era hora de marcharse. Habían pasado todo el día juntos y aún así hubieran dado lo que fuera por unos momentos más. Aferrándose a la posibilidad de que en un futuro pudieran no tener que esconderse, Patrick y Claire se habían dicho finalmente adiós por el momento, no sin antes dedicarse varios besos de despedida que siempre pretendían ser el último. La joven había terminado por reír, afirmando que no iba a darse la vuelta pasara lo que pasara y había caminado los pocos pasos que la separaban de la puerta de entrada.

Y aún así no había podido evitar volver la vista por encima del hombro y sonreír una vez más.

Un recuerdo más en el que Patrick se sentía perdido, de la mejor manera en que uno puede estarlo.

Había escuchado no pocas veces a lo largo de su vida que los caminos del Señor eran inescrutables, pero seguía asombrándose de lo ciertas que eran esas palabras. Ni en un millón de vidas podría haber llegado a imaginar que algo así podía sucederle a él y, sin embargo, ahí estaba, sintiendo que cuanto más amor profesaba a Claire más aún le quedaba por entregarle, como si fuera más allá del que era capaz de contener en el interior de su pecho.

No podía evitar preguntarse cuántos más sacerdotes se habían sentido así por alguien antes que él, cuántos aún se sentían así y se sentían obligados a esconderlo…

Y de nuevo su padre acudió a su mente.

Por primera vez a lo largo del día, Patrick sintió cómo una sombra atravesaba su ánimo: le echaba muchísimo de menos, no había palabras para describir lo arrepentido que se encontraba y quería preguntarle tantas cosas… Pero, aún así, ahora que sabía lo que era estar enamorado de alguien, no comprendía cómo para su padre había resultado tan fácil cortar relación con su madre, menos aún cuando ambos tenían un bebé en común. ¿Cómo pudo salir tan fácilmente de la vida de ambos? ¿Había sido una decisión tan sencilla, nunca había mirado atrás? Pasó toda su infancia convencido de que su padre estaba muerto, nunca había tenido el menor contacto con él, únicamente la muerte de su madre le había traído de nuevo a su vida… De no haberse producido el terremoto, era posible que sus caminos no hubieran llegado a cruzarse jamás.

Y era algo que le costaba comprender, que chocaba con la imagen afable y protectora que siempre le mostró después.

Su padre se había convertido en un enigma para el que no tenía respuesta.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por unos suaves toques sobre la puerta de su despacho, trayéndole de regreso al presente. Estaba algo sorprendido, a decir verdad, pues no esperaba la visita de nadie y la mayor parte de los trabajadores y cardenales residentes en el Vaticano habían regresado a sus lugares de origen. Él mismo, como pontífice, podría haberse retirado al Valle de Aosta o a Castel Gandolfo, donde sus predecesores solían pasar tanto las vacaciones de Navidad como algunas semanas de verano, pero no había sentido necesidad de ello: amaba Roma con cada fibra de su ser y, a decir verdad, creía que ambas residencias podían tener un mejor destino que ser el mero destino vacacional del soberano del Vaticano. Sería interesante la posibilidad de convertirlos en museos o abrirlos al público de algún modo, poder cederlos a la ciudadanía.

Pero eso le llevaría unas cuantos debates con el colegio cardenalicio, estaba seguro.

- Avanti- terminó por decir Patrick en voz alta, haciéndose oír al otro lado de la estancia.

Nicolas Widmer, quien se encargaba del mando de la Guardia Suiza mientras Chartrand continuaba en el hospital, no tardó en aparecer al otro lado de la puerta. El joven pelirrojo, al igual que sus compañeros del cuartel, ya habían recibido la noticia de los primeros signos de la ansiada recuperación de su superior y, aunque había sido motivo de alegría y esperanza hacía apenas unas horas, algo parecía haber nublado ahora el ánimo del joven. Los días posteriores a las fiestas de Navidad siempre habían sido relajados para los miembros del ejército más pequeño del mundo, pero ese año estaba resultando ser muy distinto a cualquier otro en más de un sentido.

- Ah, Widmer, no esperaba verle tan pronto - le dijo el pontífice, esperando animar al soldado a hablar. - La última vez que hablamos fue durante aquella reunión tan improvisada tras el incidente ocurrido en los Museos Vaticanos, ¿tenéis alguna nueva información al respecto?

Le bastó una mirada al azorado rostro del guardia para comprobar que ése no era el motivo de su visita.

- Renzo Nivola y yo interrogamos a todo el mundo que se hallaba presente en el edificio en el marco de tiempo en que se produjo el ataque, pero no hemos llegado a ningún resultado concluyente al respecto - explicó Nicolas, con la decepción reflejada en su voz. - Cuando digo "todo el mundo" me refiero a todos los trabajadores con lo que contamos aquí, no ha sido difícil contrastar sus coartadas y comprobar que, a la hora en la que los conservadores creen que se produjo el daño sobre la pintura, todos estaban o bien en sus puestos de trabajo o ni siquiera se hallaban presentes en el Vaticano en el momento del ataque… Entonces, sólo nos queda la opción de que se tratara de algún visitante del turno de mañana, que logró despistar al guía encargado, pero también hemos hablado con ellos y ninguno percibió nada fuera de lo usual, aunque me insistieron en que le recordara en que son pocos guías al mando de miles de personas que no cesan de salir y entrar…

- Lo sé, los conservadores de los museos me hicieron llegar la misma queja - asintió Patrick. - Y lo cierto es que tienen toda la razón del mundo: no es bueno ni para los turistas, que apenas tienen tiempo de apreciar las obras como es debido, ni para los guías tener que hacerse cargo de grupos tan masivamente grandes… Pero es algo que ya he prometido a los responsables de los Museos Vaticanos, el regular un número determinado de visitantes por día para que sea una experiencia más provechosa para todos los involucrados…

- Le he transmitido a Renzo Nivola que quizás sería buena idea también el comprobar las redes sociales que etiquetaron en sus publicaciones la ubicación de los Museos Vaticanos aquella mañana - expuso el guardia suizo. - Está prohibido usar el teléfono móvil para fotografiar las obras de arte, pero siempre hay alguien que consigue salirse con la suya y, aunque es una probabilidad mínima, quizás logremos sacar algo más en claro… Porque ahora mismo no tenemos otro sendero por el que continuar

Aunque él mismo había tratado de sacar el mayor provecho posible a las redes sociales desde su subida al trono de San Pedro, como un medio de abrir más la Iglesia al siglo XXI y a los fieles, a Patrick aquella le pareció una estupenda idea en la que él mismo no había reparado. Por razones como ésa, era muy positivo que los miembros de la Guardia Suiza fueran tan jóvenes, más en contacto con el mundo que había más allá de los muros del Vaticano que muchos de los cardenales que habían hecho de aquel lugar un refugio en el que permanecer, ignorando cuanto había más allá. A pesar de estar tratando una situación problemática como lo era que hubieran atentado contra una obra de arte de valor incalculable, Patrick McKenna sintió de nuevo cómo la esperanza renacía dentro de sí: podía cambiar ese lugar para mucho mejor, lo sabía. Al mando de la Guardia Suiza estaba Chartrand, Claire podía no tardar demasiado en ser la portavoz de la sala de prensa… Una renovación ya se estaba llevando a cabo y sólo podía esperar que fuera la predecesora de una aún más importante cuando las aguas volvieran a su cauce.

- Pero no es eso de lo que venía a informarle - continuó diciendo Nicolas Widmer, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra, incómodo. - Verá, no hace mucho que recibimos en el cuartel la llamada de quien se identificó como Filippo Baggia, sobrino del camarlengo, y nos ha transmitido su preocupación porque su tío debía haber llegado a Florencia hace dos días y desde entonces no saben nada de él…

Patrick miró al guardia suizo, perplejo.

- ¿No se encuentra ya con ellos?

- No, y querían saber si nosotros sabíamos algo al respecto

El pontífice no tardó en sentir cómo los músculos se le agarrotaban levemente, la tensión comenzando a aparecer por momentos. No obstante, trató de tranquilizarse, relajando las extremidades poco a poco y centrándose en la información que acababa de recibir. El cardenal Baggia debía haber llegado a Florencia hacía dos días y, sin embargo, sus familiares decían que aún no había llegado. ¿Cuándo había sido la última vez que había hablado con él? Últimamente los acontecimientos se sucedían de forma tan repentina que le costaba recordar cuándo habían tenido lugar algunos de ellos, pero sí recordaba que Baggia le había dicho que iba a pasar unos días en Florencia aprovechando las vacaciones de Navidad.

- ¿Han informado de esto al cardenal Strauss? - quiso saber Patrick.

- Al momento - asintió el guardia suizo. - Como decano del colegio cardenalicio, es nuestro deber informarle de estos asuntos por si acaso…

El joven se detuvo ahí, temeroso de pronunciar el resto de la frase y Patrick no podía culparle. Debido a la avanzada edad de la mayoría de los cardenales, si alguno de ellos era echado en falta durante la jornada diaria se acudía al decano para hacerle saber la situación y éste daba el permiso a la Guardia Suiza para dirigirse a los aposentos del prelado en cuestión para ver si todo iba bien, teniendo permiso a acceder a los mismos si no hallaban respuesta del interior de los mismos. Los cardenales eran hombres ancianos, podían haber sufrido alguna caída que les mantuviera impedidos o en el peor de los casos… Ninguno de los dos pronunció su nombre, pero era evidente que el recuerdo de lo sucedido con Gennaro Scialo aún proyectaba una sombra entre los trabajadores del Vaticano.

- ¿Y bien? - insistió el pontífice.

- Bueno, su Eminencia nos autorizó para entrar en los apartamentos del cardenal Baggia… Pero él no se encontraba allí - contestó el joven, sin poder disimular cierto alivio. - Ni él ni mucha de su ropa, tampoco encontramos maletas por lo que sí llegó a salir del Vaticano, pero es la única información de la que disponemos. Es muy extraño, ¿no notó su Santidad nada inusual en su comportamiento los días previos? Puede que quizás el cardenal Baggia tuviera intención de pasar por algún otro lugar antes de partir hacia Florencia y de ahí la razón de su retraso…

Patrick sopesó la información que acababa de recibir: ¿si había visto algún comportamiento en el cardenal Baggia que se saliera de lo normal? En un principio no, pero sí le había resultado chocante en un principio que el prelado tuviera tan claros los planes de sus días libres de Navidad, ya que su presencia en el Vaticano era constante hasta el punto de que era extraño imaginarlo sin él. No solía tomarse días libres ni tampoco vacaciones, ya que él era en verdad feliz allí, con sus liturgias y sus estudios… A decir verdad, Patrick hasta se había alegrado de que su camarlengo se diera un merecido respiro en sus funciones, quizás el hecho de haber visto la muerte tan de cerca el pasado verano le había hecho ver la vida de otra manera…

Pero ninguna de esas conjeturas daba respuesta al problema que tenían ante sí: si no se encontraba en Ciudad del Vaticano, ni tampoco en Florencia… ¿Dónde podía estar?

- Quizás mencionó algo, pero de forma tan leve que he acabado por olvidarlo… - reconoció Patrick, negando con la cabeza para sí.

- A decir verdad, su Santidad… - comenzó a hablar de nuevo Nicolas Widmer. - Cuando se pusieron en contacto con nosotros, sus familiares dejaron muy claro que si éramos incapaces de proporcionarles respuestas iban a poner el asunto en manos de las autoridades que consideraran pertinentes. Le puedo prometer que estamos haciendo todo cuanto nos es posible hacer…

Patrick creía conocer bien de dónde venía la angustia reflejada en las palabras del guardiasuizo. A ojos del mundo, la Guardia Suiza tenía un papel poco menos que ceremonial, más relacionado con la tradición que con ninguna responsabilidad real que sus jóvenes miembros pudieran tener sobre sus hombros y desde luego que las tenían. Incluso los propios compañeros de otras fuerzas de seguridad del estado, como los carabinieri, tendían a pensar en la Guardia Suiza como un grupo peculiar similar a los guardias del palacio de Buckingham pero con ropa más extravagante, sin tomarles demasiado en serio. En ese sentido, la labor del ahora comandante Chartrand había sido encomiable: a pesar de su juventud y de enfrentarse a una situación que le hubiera venido grande a cualquiera, había sabido salir adelante cumpliendo con su deber incluso si eso había supuesto enfrentarse a su superior de entonces, el comandante Richter, demostrando un valor por el que a día de hoy era aún muy admirado.

Y ahora parecía que, sin él, la Guardia Suiza corría peligro de volver a convertirse en la caricatura que, por desgracia, siempre habían sido considerados.

- ¿Quién está ahora mismo en el cuartel? De los tenientes, me refiero… - preguntó Patrick McKenna.

- Renzo Nivola, su Santidad

Aunque trataba de relativizar la situación, tratando de no ponerse en el peor escenario posible, Patrick no sabía muy bien qué pensar. Estaba preocupado, ¿cómo no estarlo? Pero al mismo tiempo sentía que si al cardenal Baggia le hubiese sucedido algo malo, tanto el Vaticano como sus familiares hubieran terminado por enterarse ya. Debido a su cargo como camarlengo, el cardenal Baggia tenía acceso a ciertas dependencias de las que el Vaticano disponía no sólo en Roma sino en toda Italia, lugares por los que siempre se había mostrado muy interesado por investigar… Puede que tan sólo se tratase de que había decidido marcharse unos pocos días antes para poder dedicar parte de su tiempo libre a esas nuevas puertas que ahora se le abrían y simplemente había perdido la noción del tiempo.

No podía decir que fuera algo que le extrañase, de ser así.

Pidió a Nicolas Widmer que se retirara con un gesto de la mano, a lo que el joven respondió con una reverencia antes de abandonar el despacho. Ya a solas, Patrick tamborileó con los dedos sobre la superficie del escritorio, reflexionando sobre lo sucedido. Su mente se resistía a pensar que al cardenal Baggia le hubiera podido suceder algo malo, pero al mismo tiempo sabía que, aunque Claire y él hubieran encontrado un remanso de paz en su relación y aunque Chartrand hubiera comenzado a dar señales de recuperación, los planes de Jano debían seguir adelante, incluso si no los entendía muy bien después de no haber hallado respuesta alguna en Craco.

Dirigió la mirada al cielo de Roma, preguntándose dónde podía encontrarse su fiel camarlengo.


Claire Dilthey sintió como si se quitara un peso de encima al devolver el coche de Chartrand a los garajes vaticanos.

El simple hecho de entregar las llaves de nuevo al encargado le había dado cierta sensación de cierre con respecto a sus investigaciones en Craco, aunque al mismo tiempo se sentía insegura sobre qué dirección tomar después. Procuraba recordarse que debía dar importancia a las pequeñas victorias que uno conseguía en el camino, especialmente en una situación tan poco típica como ésa. Sabía que ese plan tan apresurado que había ideado con Patrick para visitar su pueblo natal tenía muchas papeletas para salir mal y aún así habían conseguido ir y volver sin que nadie se percatara de sus respectivas ausencias, pero lo cierto es que ahora no tenían más pistas que seguir. Había estado tan segura de que hallarían algo, por pequeño que fuera, en el pueblo de Craco…

Pese a todo, mientras recorría el corto tramo que separaba la zona de los garajes del límite de Ciudad del Vaticano, el ánimo que predominaba en la joven estaba lejos de ser sombrío.

Aún tenía que disimular como podía una sonrisa al recordar lo mucho que le había costado despedirse de Patrick, a pesar de haber pasado la mayor parte del día juntos. Puede que no hubiera sido la decisión más sabia o más prudente, pero la verdad es que no le importaba: hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz, incluso teniendo tanto en contra. No iba a negar que todavía tenía algo de miedo, pero a la vez procuraba aferrarse a la sensación contraria, la que le hacía sentir que podían conseguirlo, lograr cualquier cosa.

Su recorrido en la vida había sido distinto al de Patrick, en muchos sentidos. Para él, ella había sido la única, como le había dicho la noche anterior, pero para Claire el enamorarse no le era un sentimiento desconocido y, sin embargo, era consciente de que nunca se había sentido de esa manera antes. Sí, había querido con todo su corazón y hubiera dado todo por esas personas, pero había algo que no sabía bien cómo definir, que diferenciaba su amor por Patrick de cualquier otro que hubiera sentido antes. Si Chinita estuviera allí con ella, se apresuraría a decir que ella sabía lo que era, incapaz de abandonar su buen humor por nada del mundo, pero Claire sabía que no tenía nada que ver con el hecho de que su relación con Patrick estuviera "prohibida" o muchas veces le hubiera llegado a parecer inalcanzable.

Él la veía como ninguna otra persona la había visto nunca, llegaba a ella como si se conocieran desde siempre.

Patrick la hacía sentirse en su hogar, incluso cuando nunca se había encontrado tan lejos del mismo.

Y, tras la noche pasada, se le hacía mucho más difícil tener que vivir su relación del modo en que lo hacían, casi a escondidas como si estuvieran cometiendo un crimen terrible. Procuraba no pensar en ello, pero lo cierto es que esa realidad empañaba un poco la felicidad que sentía en aquellos momentos. Ojalá no hubiera tenido que marcharse, ojalá hubiera podido pasar otra noche con él… Claire negó para sí con la cabeza, apartándose del rostro unos mechones rubios que la brisa de la tarde se empeñaba en revolver.

Hallarían la manera, habían conquistado muchos obstáculos hasta llegar al punto en el que se encontraban.

Estaban juntos, eso era lo único que importaba.

Al ver cómo unos turistas sacaban fotografías muy poco disimuladas de unos guardias suizos con su pintoresco uniforme, la periodista no pudo evitar reflexionar sobre lo mucho que había cambiado su vida en tan poco tiempo. No hace demasiado era ella la que miraba a los guardias del Vaticano como si se hubieran escapado del Renacimiento, la que nunca antes había estado en Roma hasta el fallecimiento del padre de Patrick… Y ahora, a pesar de que ciertas zonas de la ciudad aún le traían malos recuerdos, sentía que ese opaco velo se alzaba, dejándola contemplar la capital italiana tal y como verdaderamente era por primera vez desde que vivía allí.

A Roma la llamaban "la ciudad eterna" y no le costaba nada ver el por qué.

Allá donde posara la vista, no era extraño ver cómo una escultura en relieve que no desentonaría en un museo se encontraba al lado de un semáforo junto al que esperaban con impaciencia los turistas, cargados con sus cámaras de fotos y sus callejeros en la mano. Podía parecer un tópico, pero no era extraño el aroma a queso y orégano al caminar por las calles más estrechas o las plazas más concurridas de la ciudad, siempre con gente entablando charla amistosa incluso si su tono de voz era mucho más alto que los británicos. El mundo antiguo y el contemporáneo encajaban a la perfección en Roma, con tanta armonía que resultaba un testigo evidente del paso del tiempo y de todo lo que la humanidad había sobrevivido hasta llegar a la actualidad.

Roma continuaba allí, siempre lo haría, a pesar de todos los males que pudieran atormentarla.

No existía mal que pudiera opacar su fuerza y su luz.

Claire se sorprendió al no haber llegado a esa conclusión mucho antes, pero tenía que ser amable consigo misma y recordarse que el tiempo que llevaba en el Vaticano no había sido precisamente fácil, siempre con un problema grave sucediendo a otro peor. Era por ello que quería disfrutar de aquel remanso de paz por cuanto tiempo le fuera posible, sin pensar mucho más allá en el tiempo. Patrick la amaba y Chartrand se iba a poner bien, eso era lo importante. Tan pronto como el joven suizo acudió a su mente, la periodista pensó en si debería acercarse al hospital Gemelli para hacerle una visita, pero supuso que estando Erika y las cuatro hermanas de Chartrand lo último que querrían era más gente en la habitación, más si Chartrand estaba comenzando a reaccionar poco a poco.

Entonces recordó cuando ella estuvo ingresada en el Gemelli, no demasiado tiempo atrás, cómo en una ocasión se había despertado y había visto sobre la mesita camilla un ramo de rosas blancas y amarillas precioso que le habían enviado sus compañeros de la sala de prensa. Ya le había dado las gracias al cardenal Gabelli al regresar al Vaticano, pero esperaba de corazón tener oportunidad de darles las gracias también al resto de sus compañeros cuando regresaran de sus vacaciones de Navidad. Patrick solía insistirle en que la opinión que el cardenal Strauss tenía de ella no tenía por qué corresponderse con el resto de personas del Vaticano, que había mucha gente que la apreciaba y la valoraba más de lo que era capaz de ver ahora, y puede que quizás debiera empezar a hacerle caso.

Era difícil sentirse apreciada en el Vaticano cuando la voz del cardenal Strauss tenía tanto peso allí, pero sí era cierto que sus compañeros de la sala de prensa no tenían por qué haberle enviado el ramo de rosas, que Chartrand siempre había estado de su lado, que había mucha gente a la que no conocía pero que la llamaba por su nombre y la saludaba con amabilidad cuando se cruzaba con ellos. A decir verdad, al volver a Londres el pasado Junio no había tardado demasiado en buscar refugio en el distrito de Glasgow en que nació debido a toda la atención que recibía por parte de desconocidos, algo que le sorprendía puesto que no había imaginado que a lo largo de esa ya famosa tarde-noche hubiera terminado por convertirse en una figura tan conocida.

El periodista nunca estaba preparado para convertirse en noticia, eso era evidente.

Pero sí, tenía que admitir que ninguna de las personas que la habían reconocido después de regresar de Roma había sido desconsiderada con ella, al contrario, solían tener muy buenas palabras que dedicarle, hasta el punto que le costaba reconocerse en ellas, pero no había estado preparada para esa atención tan abrumadora. Eso había sido seis meses atrás, durante su estancia actual en Roma había pillado miradas de reojo y ciertos cuchicheos al verla pasar, pero lo cierto es que iba siempre con mucha prisa y pasaba la mayor parte del tiempo en el Vaticano, trabajara o no puesto que si no tenía demasiado que hacer en la sala de prensa siempre iba a hacer una visita a Patrick.

Quizás hubiera llegado el momento de hacer las paces con Roma, ¿qué mejor momento que aquel, en el que sentía que todo estaba a punto de mejorar?

Atisbó a un nuevo guardia suizo, durante el cambio de guardia seguramente, y Alexandre Chartrand regresó a su mente. Quizás Erika y la familia del joven estuvieran demasiado atareados como para recibir visita, pero podía de igual manera tener un detalle con ellos pese a todo.

Maldijo entre dientes al darse cuenta de que aún no conocía demasiado de la capital italiana como para localizar una floristería cercana y mucho menos que pudiera hacer envíos al hospital. El cardenal Gabelli le había enviado flores al hospital Gemelli, pero la sala de prensa estaba cerrada durante las vacaciones de Navidad y no tenía modo de contactar con él para preguntarle.

Mirando a su alrededor, Claire lamentó no haberse esforzado más con sus lecciones de italiano. Era cierto que Patrick le enseñaba algunas cosas, insistiéndole en que no era tan complicado como podía resultarle, y al escuchar hablar al resto de trabajadores del Vaticano había ido captando palabras y frases que identificaba, pero aún así no lo bastante como para poder mantener una conversación mínimamente coherente. Podía acercarse a alguien y hablarle en inglés, siendo Italia un país que vivía del turismo no era extraño que sus ciudadanos tuvieran un conocimiento básico del idioma, pero siempre le había parecido de mala educación viajar a un país extranjero y dar por sentado que eran los nativos los que tenían que hablar tu idioma.

Prometiéndose que iba a poner todo de su parte para mejorar su italiano lo antes posible, la joven periodista se fijó en una mujer que se encontraba no demasiado lejos de ella, realizando fotografías al horizonte vaticano aprovechando los tonos rojizos que teñían el cielo de la tarde. La desconocida ocultaba su rostro tras la cámara, moviendo el objetivo de la misma con una habilidad que envidiarían muchos compañeros suyos de la BBC. A pesar de que temía quedarse en blanco y no saber muy bien qué decirle, Claire decidió acercarse a preguntarle.

- Scusi… - la llamó cuando estuvo lo suficientemente cerca.

La mujer dio un respingo, sobresaltada, y la periodista se apresuró a disculparse.

- Oh, lo siento, es decir… Scusi… - repitió mientras se llevaba la mano al pecho, tratando de apoyarse en el lenguaje corporal. - Iohouna domandaperte

Era consciente de que decirle a una desconocida por la calle que tenía una pregunta para ella era algo extraño, pero era lo mejor que se veía capaz de hallar en su mente en esos momentos. Por suerte, la mujer no parecía importunada, sino que prestaba atención a lo que le decía asintiendo levemente. Claire sonrió, sintiéndose de repente más tranquila y alzó las manos pidiendo tiempo mientras trataba de encontrar las palabras que necesitaba. De acuerdo, una floristería… No tenía ni idea de cómo se decía en italiano, pero sí creía recordar cómo se decía flor y tienda…

- Io ricerco un negozio di…¿Fiori? - se atrevió finalmente Claire torciendo un poco el gesto, no estando muy segura de que fuera la palabra correcta.

Pero, para su pronto alivio, la mujer esbozó una amplia sonrisa y dio un breve aplauso, colgándose la cámara del antebrazo.

- ¡Brava!

Claire sonrió de nuevo, aliviada. Bueno, no había sido tan terrible y no se le había dado tan mal. Tan pronto como la sala de prensa volviera a la actividad trataría de hablarles a sus compañeros más en italiano, de momento podía ir soltándose poco a poco cuando fuera a hacer la compra y cosas por el estilo. Consciente de que quizás no conocía lo suficiente del idioma como para comprender sus instrucciones, la mujer se colocó junto a la periodista y se limitó a señalar la calle que tenían ante sí, apuntando varias veces en una determinada dirección. Al principio no lograba ver a qué se refería la mujer, entre toda la gente que iba y venía, pero al fin la joven vislumbró los colores de las flores expuestas frente a un local cuyo cartel rezaba…

- Claro, fioristeria… - murmuró Claire, llevándose la mano a la frente: ahora le resultaba tan evidente que casi sentía vergüenza.

- La fioristeria- repitió la mujer de la cámara mientras asentía.

- Grazie mille- le agradeció la periodista, llevándose de nuevo la mano al corazón.

- Grazie a lei- contestó la desconocida al momento, esbozando una amplia sonrisa.

La joven se despidió de ella con la mano, dispuesta a no perder un segundo más debido a sus problemas con el idioma. El cielo cada vez estaba más oscuro y no estaba segura de a qué hora cerraban las tiendas, mucho menos si continuarían haciendo envíos durante mucho más tiempo. Pero lo cierto es que la forma de despedirse de la mujer de la cámara la había dejado con dudas, no por su actitud, al contrario, había sido muy amable, sino por lo que le había dicho. Tenía entendido que "lei" era el pronombre que se correspondía a "ella", así que le había dicho… ¿Gracias a ella? Quizás no tuviera el tema de los pronombres tan dominado como había creído en un principio.

Apartando sus dudas gramaticales a un lado, Claire Dilthey recorrió los metros que la separaban de la floristería a zancadas, esquivando como podía a los turistas y el resto de viandantes. Cuando se halló frente a los frondosos y coloridos puestos de flores colocados cuidadosamente frente al local, la periodista casi temió toparse con un cartel tras el cristal que le indicara que el negocio había echado el cierre, pero por suerte no era así. Tras el escaparate pudo distinguir a un hombre mayor sentado al otro lado del mostrador, leyendo un libro con la calma del que no espera más clientes a esas horas de la tarde. Casi sintiendo pena por turbar su paz, la periodista dio unos suaves toquecitos sobre el cristal para llamar su atención.

Al principio, el hombre creyó que goteaba agua de algún sitio, pero no tardó en ver a Claire al otro lado del escaparate, saludándole con la mano y señalando la puerta, pidiendo permiso para entrar. Éste la observó durante unos segundos que se le antojaron más largos de lo que en realidad en eran y finalmente asintió con la cabeza. Nada más abrir la puerta, Claire sintió cómo un fresco y suave aroma la invadía por completo: era imposible tratar de asociar ese olor a una única flor, puesto que allí donde posaba la vista se topaba con rosas, tulipanes, narcisos, lirios… De repente, era como estar de nuevo en Hogganfield, tumbada junto al lago y sintiendo la calidez del sol en el rostro.

- ¿Posso aiutala? - preguntó el hombre, quitándose las gafas de leer.

Como solía suceder mientras se aprende un idioma, Claire entendía el italiano mejor de lo que lo hablaba, así que asintió con la cabeza y se acercó al mostrador, aún incapaz de dejar que su mirada azul continuara vagabundeando por la tienda. Al igual que había hecho con la mujer de la cámara cerca de la plaza de san Pedro, la periodista se tomó su tiempo para comenzar a hablar, pero procurando mostrarse cercana.

- Un amico mio sono in ospedale…- terminó por decir Claire, pensando que era lo mejor empezar explicando su situación de tener a un amigo en el hospital.

Abrió la boca para continuar hablando pero se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo conjugar el verbo que le hacía falta, quedándose sin palabras tras haber pronunciado una única frase. Comenzaba a sentir cómo sus mejillas comenzaban a enrojecer cuando el hombre tomó un pequeño muestrario y lo colocó sobre la superficie de madera del mostrador, frente a ella. La joven lo abrió y se topó con imágenes de distintas flores y distintos ramos, todos con su nombre científico, su nombre en italiano y su nombre en inglés.

- Es perfecto… Perfetto- se corrigió ella al momento, alzando la mirada hacia el hombre. - Grazie mille

Éste negó con la cabeza y se dio la vuelta hacia los estantes que había tras el mostrador mientras ella comenzaba a pasar las páginas, prestando atención a las flores que estaban disponibles por temporada. La verdad es que nunca había sido una experta en flores, aunque hubo un tiempo en que Chinita no hablaba de otra cosa cuando se apuntó a aquel curso de botánica, pero no quería tirar de rosas. Sentía que era el tipo de flor que se enviaba por defecto y ella buscaba alguna otra cosa, algo que pudiera hacer saber a Chartrand lo agradecida que le estaba por todo cuando las viera.

- Se il tuo amico e inospedale… - comenzó a explicar el viejo dependiente, volviéndose hacia ella y comenzando a pasar páginas del muestrario. Finalmente, lo dejó abierto y señaló la imagen de unas flores amarillas. - Narcisi

- ¿Narcisos?

El hombre volvió a asentir, señalando una pequeña leyenda que había bajo la fotografía de la flor.

Narcisi. Significa rinascimento, nuova vita.

"Renacimiento, nueva vida".

Eso esperaba.

- E perfetto, grazie- asintió Claire mientras tomaba un formulario y comenzaba a rellenar los datos, dando gracias a que Erika le hubiera dicho el nombre de pila de su amigo.

Estaba terminando de escribir cuando notó cómo el hombre colocaba una fotografía junto al papel, de modo que ella pudiera verla. En ella aparecían el propio dependiente de la floristería junto a una niña no mayor de seis o siete años que debía ser su nieta. Al principio le costó reconocer al hombre, pues sonreía de una manera que le hacía diez años más joven. A su lado, la niña, de cabello pelirrojo y el rostro salpicado de pecas, sacaba la lengua a la cámara con expresión divertida mientras la pobre llevaba un brazo en cabestrillo. No entendía por qué el hombre le enseñaba esa imagen, pero Claire alzó la mirada mientras señalaba a la pequeña en la imagen.

- E bellisima- dijo la periodista con una sonrisa.

- La mia nipote - asintió con orgullo el dependiente, confirmando que era su nieta. - Il suo nome e Chiara

¿Chiara? Era curioso, entonces la niña se llamaba igual que ella, pues sabía que Chiara era la versión italiana de su nombre. Lo había aprendido una tarde en la que Patrick había ido señalando distintos objetos que tenía en el despacho, diciéndole cuál era el término en italiano de tal o cual cosa. En un momento que la había pillado desprevenida, el joven la había señalado a ella, quien tras dejar escapar una breve risa había preguntado si acaso se refería a "bellisima" a modo de broma. Patrick había sonreído y hecho un gesto con la cabeza que indicaba que también, pero que no era a lo que se refería, hasta que finalmente pronunció el nombre de Chiara, su nombre en italiano.

- Chiara… - repitió Claire, prestando su atención de nuevo al hombre. - Anche io

Había añadido esto último queriendo compartir con el dependiente que ése era también su nombre, pero le bastó una mirada para darse cuenta de que ya lo sabía: aquel hombre la había reconocido, como tantos otros antes que él, por su papel durante la llamada por la prensa resistencia Illuminati. Ojalá hubiera algo menos sombrío con lo que la gente pudiera relacionarla.

No pudo dedicar demasiado tiempo a esos pensamientos, ya que el hombre volvió a señalar la fotografía, esta vez indicando especialmente el brazo en cabestrillo de la niña. Una vez más, Claire se sintió frustrada por sus escasos conocimientos en su idioma: le hubiera gustado preguntarle qué edad tenía, qué le había pasado en el brazo… Pero entonces, el hombre comenzó a hablarle en su idioma, sorprendiéndola con su seguridad a pesar de su escasa fluidez y su fuerte acento.

- Este verano, su brazo roto - señaló de nuevo el hombre. - Ella no llora, ella dice que valiente, igual que tú

A pesar de la rapidez con la que el señor pronunció estas palabras, Claire tardó un poco en procesarlas y esta vez el idioma no tenía nada que ver. Estaba tan acostumbrada a recibir palabras bastante menos amables desde que comenzara a trabajar en el Vaticano que aquello la había tomado por sorpresa y no fue hasta que pasaron unos segundos que todo cobró sentido en su mente. Ella se había roto el brazo el pasado verano, consecuencia de la explosión del helicóptero con la antimateria en el cielo de la plaza de san Pedro, aunque lo había llevado herido durante toda la tarde debido al disparo del Hassassin. Justo al día siguiente, había retomado su puesto como corresponsal frente a la cámara de Chinita, esta vez llevando el brazo en cabestrillo, aún con marcadas ojeras y algunos cortes sin sanar en el rostro. Su amiga y compañera le había dicho entonces que había sido muy valiente, que era algo que había comentado todo el mundo, no sólo por volver tan pronto al trabajo sino por todo lo que las cámaras habían recogido esa tarde-noche, incluyendo cuando se había enfrentado a sus propios compañeros cuando trataron de filmar a un Patrick malherido cuando le sacaron del Vaticano con ayuda de Robert Langdon y Vittoria Vetra.

Al parecer, aquellas acciones no habían pasado tan en vano para los telespectadores como sí lo habían pasado para ella misma, demasiado pendiente de otros asuntos como para reparar en lo que las cámaras podían estar o no filmando.

Y ahí estaba su tocaya italiana, con su brazo roto y aún así diciendo a su abuelo que iba a ser igual de valiente que ella.

El nudo en la garganta se le formó con tanta rapidez que se vio obligada a dejar escapar el aire que retenía en sus pulmones y cubrirse los ojos, donde se habían empezado a formar unas lágrimas rebeldes, con la yema de los dedos. Oyó cómo el hombre se dirigía hacia ella, formulándole una pregunta pero ella se limitó a negar con la cabeza y sonreír como pudo, haciéndole ver que estaba bien.

¿Acaso aquel día podía traerle alguna bendición más?

Mientras ella se secaba los ojos con la manga de su abrigo, el hombre había tomado varios narcisos de color amarillo de su caja de madera correspondiente y habían comenzado a juntarlos, añadiendo pequeños brotes y cintas de colores con la habilidad de quien lleva toda su vida dedicándose a ello. Se encontraba aún tan conmovida por la anécdota y tan impresionada por la rapidez con la que el hombre trabajaba que no se dio cuenta hasta el final de que había confeccionado dos ramos en lugar de uno.

- Oh, no - se lamentó Claire, teniendo poco ánimo de corregir al hombre en su error y mirando el formulario que había rellenado para ver dónde se había equivocado. - Tan sólo uno…

Las palabras en su lengua materna escaparon de sus labios antes de que pudiera traducirlas al italiano como mejor pudiera, pero no tuvo tiempo a disculparse puesto que el hombre le tendió uno de los ramos sobre el mostrador.

- Queste sono per te

Ésas eran para ella.

Si aquel señor se había propuesto que saliera de su floristería llorando, iba por muy buen camino.

Notando cómo los ojos volvían a empañársele y, poco dispuesta a montar una escena, Claire volvió a darle las gracias, pidiendo que saludara a su nieta de su parte de una manera que esperaba que no hubiera resultado tan incomprensible para el hombre como lo había sonado para ella, y apoyó la espalda en la puerta del local, abriéndola con cuidado mientras el dependiente la despedía con buen ánimo. Una vez fuera de la tienda, ya con la fría brisa romana recibiéndola de nuevo y haciendo que el perfume de los narcisos se elevara hasta su nariz, Claire abrazó contra sí el ramo con cuidado de no romperlo y, tras contemplar cómo los petalos danzaban al compás del viento, alzó la mirada al cielo.

Renacimiento.

Nueva vida.

Quizás era eso lo que todos necesitaban.

Allí, a las puertas de esa pequeña floristería, ella se sorprendió rezando por los mañanas.

Allí, la vida comenzaba otra vez.


Hacía mucho que anhelaba tener una oportunidad para visitar Roma y pasar algo de tiempo con su hermano, pero desde luego que ésas no eran vacaciones con las que tanto había soñado.

Tras mantener el rostro sumergido en el cuenco de agua que formaban sus manos, Hélène Chartrand alzó el rostro empapado, respirando profundamente y contemplando su rostro en el espejo. Recordaba la primera vez que se había visto en aquel mismo baño de hospital, hacía apenas unos días de ellos desde aquello y ya parecía que había pasado una vida entera. Acababa de regresar al hogar familiar que sus padres poseían en Sion desde Ginebra, donde ella estudiaba en la universidad, cuando les habían llamado desde el cuartel de la Guardia Suiza de Ciudad del Vaticano.

Al principio no habían pensado nada raro, ni ella, ni sus padres, ni el resto de sus hermanas, pues no era extraño que Alexandre les telefoneara desde allí de vez en cuando, aunque el principal medio por el que mantenían el contacto con él era mediante correos electrónicos, pero el asunto había cambiado mucho cuando la voz que les habló desde el otro lado no era la que esperaban, con un tono de seriedad que les había paralizado al momento. Había sido cosa de la pobre Sophie el contestar esa dichosa llamada mediante el manos libres, dispuesta a sermonear a su hermano por no confirmar si iba a visitarles aquellas Navidades o no, y de ese modo toda la familia se había enterado al mismo tiempo de la terrible noticia.

Definitivamente, no lo que uno espera oír cuando quedan pocos días para Navidad.

Hélène recordaba que se había sentido paralizada en el lugar donde se encontraba y había comenzado a sentir una enorme sensación de vértigo, como si el mundo se acabara de abrir a sus pies. Entonces había recordado las llamadas perdidas de Erika en su teléfono móvil hacía apenas unas horas, esas mismas que había juzgado que serían de poca importancia y que respondería desde la comodidad de su hogar cuando hubiera deshecho las maletas. Al ser sólo tres años mayor que el único hermano varón de la familia, la noticia le había afectado especialmente.

Alexandre era su hermano menor, su único hermano menor.

Durante más tiempo del que se sentía orgullosa de admitir, había sido incapaz de reaccionar, todo cuanto ella era parecía haberse quedado congelado en el tiempo mientras el mundo a su alrededor se volvía completamente loco. Sus hermanas, Joséphine, Sophie y Louise, habían tenido más capacidad de reacción, cada una en su estilo, ya fuera llorando o apresurándose a consolar a sus padres asegurándoles que todo saldría bien, incluso si ellas mismas no estaban seguras de que eso fuera lo que iba a suceder. Como si las voces y sonidos a su alrededor le llegaran como desde muy lejos, Hélène había ido respirando hondo poco a poco, sujeta a la mesa más cercana, y cuando sus hermanas habían empezado a discutir sobre quién debía ir a Roma para acompañar a Erika y velar por Alexandre, Hélène no había tardado en ofrecerse voluntaria.

Era la decisión más lógica, era la hermana más joven, con la que Alexandre siempre había tenido más afinidad y aún no tenía los compromisos familiares que sí tenían algunas de sus hermanas mayores, que se veían entre la espada y la pared al tener que atender a sus padres y a sus hijos. Como no sabían lo que iba a pasar, no habían puesto demasiadas objeciones y la habían instado a que se marchara al aeropuerto de inmediato, reservando para ella el primer vuelo que saliera hacia la Ciudad Eterna.

Y allí estaba, frente al espejo del baño de la habitación de su hermano en el policlínico Gemelli.

La primera vez que había contemplado su reflejo allí apenas había podido ver otra cosas que no fueran sus ojos azules completamente enrojecidos e hinchados por las lágrimas. No había llorado en el aeropuerto, ni en el avión, ni siquiera al llegar a Roma, suponía que porque aún no podía creer lo que había pasado, pero le había bastado encontrarse con Erika deambulando en uno de los pasillos del hospital para que las dos se apresuraran a abrazarse entre lágrimas, Hélène preguntando como podía que qué era lo que había pasado.

Una discusión entre ellos en el puente de Víctor Manuel II.

Un coche que no había hecho sonar el claxon ni había hecho ademán de frenar.

Su hermano pequeño en una habitación de hospital.

Antes siquiera de poder acercarse a la cama a verle con sus propios ojos, se había metido corriendo en el baño para intentar controlar sus nervios y le había costado reconocer a la chica que le había devuelto la mirada. Ahora, una vez que parecía que todo iba a salir todo lo bien que podía salir teniendo en cuenta la gravedad del accidente, Hélène Chartrand volvía a reconocerse en su reflejo. Su rostro ovalado, su cabello rubio ondulado y esas pecas que no sólo salpicaban sus pronunciadas mejillas, sino también la frente, el mentón y la nariz. Podía resultar una tontería, pero encontraba reconfortante el poder mirarse en el espejo y verse calmada, con esperanza, con esos rasgos físicos que compartía con su familia.

Hacía que les sintiera cerca incluso si estaban lejos.

No iba a mentir, aún se encontraba inmersa en el proceso de duelo que les suponía a todos el hecho de que su hermano hubiera perdido una de sus piernas, pero se aferraba a que durante demasiado tiempo había pensado que aquel supuesto accidente le iba a costar mucho más y a que aquella misma mañana había comenzado a reaccionar, para asombro de todos. A pesar de que acababa de llegar al apartamento después de pasar toda la noche en el hospital, Hélène se había dado la vuelta y había echado a correr hacia el Gemelli tan pronto como recibió la llamada de Erika, dando gracias a quien fuera que hubiera estado escuchando sus plegarias.

Más tarde, había podido ver ella misma cómo Alexandre estiraba con cuidado los dedos ante el estímulo de la música, llegando incluso a encogerlos en torno a la mano de Erika. Desde entonces, nada más para ella había tenido importancia.

Su hermano se iba a poner bien y era lo único que importaba.

Hélène suspiró y cerró los ojos, pasándose la mano por el rostro en un gesto de cansancio. A pesar de que, desde que se hallaba en Roma, Erika y ella habían procurado turnarse de manera que ambas pudieran descansar como era debido, aquella tarde - que era ya casi más noche que tarde - habían decidido quedarse las dos con él, ambas expectantes por si el joven mostraba algún signo más de recuperación, aunque los médicos las habían instado a descansar por encima de todo. Había dejado a Erika en la habitación mientras ella iba a echarse agua en la cara al baño, pero no descartaba que tuviera que retirarse de nuevo al apartamento por mucho que quisiera permanecer en el hospital: apenas había podido dormir nada la noche anterior y estaba que se caía de sueño.

La joven respiró hondo, sujetándose los cabellos frente al espejo para recogerlos en una coleta cuando escuchó pasos al otro lado de la puerta, en la habitación donde reposaba Alexandre. Le siguió un murmullo de una breve conversación, probablemente algún enfermero que estaba de turno de noche y había preguntado a Erika cualquier cuestión sobre cómo había pasado el paciente aquella tarde. Hélène se hallaba preguntándose si sería mala señal que su hermano no hubiera mostrado avance alguno desde el mediodía cuando oyó cómo la cerradura del baño se accionaba a su lado. Al principio creyó que era Erika, que no iba a tardar en asomar el rostro por el umbral de la puerta preguntando si le quedaba mucho, pero la puerta no se abrió y, cuando Hélène trató de girar el picaporte, se dio cuenta de que la puerta estaba cerrada con llave.

¿Qué demonios…?

Pensando que lo empapadas que aún tenía las manos había hecho que no sujetara el picaporte como era debido, la hermana del comandante de la Guardia Suiza volvió a tratar de abrir la puerta pero no hubo manera. Había abierto la boca para llamar a Erika para preguntarle si le había hecho algo a la cerradura cuando escuchó cómo la bailarina alzaba la voz, algo alterada.

Y no pasó mucho tiempo hasta que comenzaron los golpes.

Como ya le había ocurrido en su hogar en Sion, Hélène sintió como si le hubieran vaciado un vaso de agua fría sobre la cabeza y ésta fuera bajando lentamente, recorriendo todo su cuerpo y haciéndola estremecer. Forzándose a respirar hondo, la joven suiza aferró el picaporte, tratando de girarlo una vez sin éxito y golpeando la superficie de la puerta mientras al otro lado seguía escuchando gritos y golpes que parecían ir de más a menos. Ella misma no pudo contener un grito de sorpresa cuando dos fuertes golpes resonaron contra la superficie de la puerta con tal fuerza que la sintió vibrar. Hélène se detuvo un momento, comenzando a palparse los bolsillos del pantalón en busca de su teléfono móvil, pero no tardó en recordar que lo había dejado en su abrigo, sobre el sillón en la habitación contigua. Y, de repente, tan pronto como hubieron comenzado, se detuvieron, unos pasos apresurados abandonando la habitación y perdiéndose en la lejanía.

Con el corazón en un puño, Hélène intentó abrir la puerta de nuevo, sin éxito alguno.

- ¿Erika? - llamó ella, colocando la oreja contra la puerta. - ¡Erika! ¿Va todo bien, qué ha pasado?

El silencio latía sordamente contra su oído, sólo quebrado por el lejano pitido de las máquina que había dispuestas junto al lecho de Alexandre. Contenía la respiración sin siquiera darse cuenta, temiendo perderse cualquier sonido que pudiera brindarle algo más de información sobre lo que había escuchado al otro lado de la puerta. Tanto era así que no pudo evitar sobresaltarse cuando el pomo giró desde el otro lado de la puerta, accionando la cerradura. Hélène retrocedió, temerosa de que la puerta fuera a abrirse de golpe debido a lo que había escuchado en la habitación contigua, pero nada más lejos de la realidad: ésta se abrió poco a poco y tras ella no tardó en aparecer Erika Keller, haciendo que Hélène dejara escapar un suspiro de alivio.

- Erika, menudo susto… - protestó la joven. - ¿Qué ha pasado, te has tropezado con algo? Mira que te dije que tuvieras cuidado con el ballet, sé que tienes mucho…

Pero se vio obligada a detener sus palabras ahí, enmudecida por la sorpresa al ver cómo un enfermero entraba en la habitación a zancadas.

- ¿Va todo bien? - se interesó él, mirándolas a ambas. - Se han oído unos golpes muy fuertes…

Sí que debían haber sido fuertes para que incluso al personal de aquella planta le hubiera llamado la atención, ya que, al ser aquella una zona destinada a atender a ciudadanos del Vaticano - tales como cardenales, guardias suizos y el propio santo padre si así era preciso - no estaba demasiado concurrida y, al haberse estabilizado Alexandre, los enfermeros habían espaciado un poco sus visitas a lo largo del día para poder ayudar a sus compañeros que trabajaban en otras plantas. Hélène ya iba a negar con la cabeza, diciendo que no era nada, cuando se dio cuenta de que Erika parecía abstraída, como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que había alguien más en la habitación… La hermana de Chartrand contuvo el aliento al percatarse de que una de las mejillas de Erika estaba enrojecida y amenazaba con hincharse…

Y también de que tenía las manos llenas de sangre.

- ¿Erika? - la llamó Hélène, tomándola de los hombros sin poder creer lo que veía. - ¿Qué es lo que ha pasado?

Pero su insistencia sólo parecía contribuir a que la bailarina se hallara más confusa, a que las palabras se trabaran aún más en su garganta. Alzando la mirada hacia ella mientras el enfermero salía al pasillo a alertar a compañeros, la hermana de Chartrand se dio cuenta de que también la trenza rubia de Erika estaba deshecha, como si la hubieran agarrado con fuerza… Con el corazón en un puño, Hélène salió del baño y se precipitó hacia la cama donde reposaba su hermano menor. Le bastó una mirada para darse cuenta de que él parecía estar bien, no tenía ninguna herida nueva ni nada estaba fuera de su lugar en cuanto al material médico. Sin apenas atreverse a quitarle el ojo de encima, Hélène se volvió de nuevo hacia Erika, a quien había comenzado a temblarle el mentón.

- Erika… - volvió a repetirle la joven. - ¿Qué demonios ha pasado aquí?

La bailarina la miró suplicante y Hélène hizo por dulcificar la expresión de su rostro pese a lo asustada que aún se encontraba, el corazón resistiéndose a recuperar su ritmo normal. Erika parecía querer hablar, pero no lo lograba y eso sólo hacía que se pusiese todavía más nerviosa, por lo que la joven decidió salvar la distancia que había entre ellas y envolverla en un abrazo, tratando de calmarla. Notó que la bailarina se tensaba, pero no tardó en aferrarse a ella sin poder parar de temblar. Fue por encima del hombro de Erika como Hélène vio cómo el enfermero de antes regresaba acompañado de dos compañeros suyos y lo que parecía ser un guardia de seguridad, mientras hablaba frenéticamente en un italiano que Hélène distaba mucho de dominar.

Aunque Erika no parecía querer soltarla, la joven se obligó a separarla un poco de sí para contemplar sus manos, tan temblorosas como hojas secas contra el viento del otoño. Aquella visión alteró aún más a la bailarina, quien reprimió un sollozo que se asemejaba más al de un animalillo herido que al de una persona, y ya iba a consolarla diciéndole que no era nada, que seguro que ni siquiera tenían que darle puntos cuando se dio cuenta de que, a pesar de que Erika tenía las manos llenas de sangre, no veía ninguna herida.

Se dio cuenta a la vez que el personal sanitario, pues sí acertó a identificar las palabras que compartieron de forma frenética antes de que uno de los enfermeros se dirigiera a ella en su francés natal.

- La sangre no es suya, señorita…

Apenas tuvo oportunidad de contestar al enfermero preguntándole qué quería decir con eso, puesto que éste se volvió a hablar con el guardia de inmediato, diciéndole algo que ella no llegó a entender del todo pero estaba segura de que era un fuerte reproche sobre su trabajo. Hélène volvió la vista de nuevo a la asustada Erika, comprendiendo al fin lo que había ocurrido.

Desde el principio, debido al testimonio de Erika y el resto de testigos en el puente de Víctor Manuel II, tanto los médicos como la policía habían barajado la posibilidad de que el atropello no fuera un accidente y ahora tenía ante ella la prueba más evidente de ello. Alguien había entrado en la habitación, había cerrado la puerta del cuarto de baño con llave pensando que se encontraba sola allí y había tratado de hacerle algo a su hermano. La idea era tan horrible que ni siquiera se atrevía a aventurar el qué, pero nada bueno. Al parecer, esta persona no se había percatado de la presencia de Erika hasta el último momento y la había emprendido a golpes con ella hasta que el ruido de su resistencia había terminado por alertar al personal, viéndose obligado a huir.

- Dios santo, Erika… - murmuró Hélène, horrorizada y agradecida a partes iguales.

Volvió a abrazarse a ella, tratando de calmarse ella misma también, mientras oía cómo el guardia les aseguraba a los allí presentes - usando el francés para asegurarse de que las muchachas le entendían - que había estado pendiente de las cámaras de seguridad dispuestas a la entrada a la planta y que no había visto más que personal médico entrar y salir, pero por el momento eso no le importaba.

Su hermano estaba a salvo, Erika también.

Y cuando el corazón volviera a latirle con normalidad, iba a llamar al Vaticano exigiendo que enviaran a un par de compañeros de su hermano si la seguridad del Gemelli no era suficiente.

Había estado a punto de perderle una vez y no estaba dispuesta a volver a pasar por ello.


NdA: Lo primero de todo, y espero que dentro de poco ya no tenga que preguntarlo más, espero que tanto vosotras como vuestros seres queridos os encontréis bien de salud. Afortunadamente, parece que esta pesadilla ya se va acercando a su final y es importante que hasta entonces continuemos con las medidas de seguridad, tratando de evitar el contagio en la medida de lo posible. Debo de ser sincera con vosotras: este capítulo lleva escrito mucho tiempo, pero quería hacer una doble actualización así que dentro de unas horas tendréis también disponible el capítulo 39 (aquí en España ya es pasada la medianoche, así que lo subiré cuando me levante mañana por la mañana).

La verdad es que he disfrutado mucho escribiendo a Patrick y Claire felices, creo que ya les iba tocando después de lo mal que lo han pasado, y no podía evitar sonreír como una boba durante las escenas de más shipperío. Pero lo dicho, creo que ya tocaba y, por mucho que ellos estén disfrutando ahora de una tregua, no significa que los problemas hayan desaparecido, en absoluto.

También tenía muchas ganas de escribir a Claire lidiando con el italiano con más profundidad, así como de presentar a una de las hermanas de Chartrand en la historia, así que espero que dichas escenas os hayan gustado.

Una vez más y aún a riesgo de repetirme, muchísimas gracias por vuestro apoyo incondicional a mí y a mi historia, me conmueve mucho más de lo que podáis imaginar o yo pueda llegar a expresar con palabras algún día.

De corazón, espero que tanto vosotras como vuestros seres queridos gocéis de buena salud y volvemos a leernos en las notas de autora en unas horas.

Un abrazo enorme.