Claudine dio el toque final a su maquillaje, discreto y elegante, se miró al espejo y asintió complacida. Estaba lista, esa mañana podría llevar a cabo su Plan B.
¿Plan B? En efecto, había sido el fracaso de su primer plan lo que la obligó a aplicar una capa extra de base debajo de sus párpados con el fin de cubrir esas ojeras negruzcas que arruinaban su cutis perfecto.
Y todo, como siempre, era culpa de esa desagradable mujer.
Claudine hizo una mueca, rememorando las tortuosas horas que pasó en vela peinando la red en busca de cualquier dato que sirviera remotamente para esclarecer el panorama que rodeaba a su nueva compañera, pero tras decenas de búsquedas distintas, entendió que había sido una pérdida de tiempo.
No había rastro alguno de ella en internet. Ni redes sociales, ni registro de su participación en algún recital, ni siquiera un miserable ensayo escolar firmado a su nombre. Su apellido sí que la había llevado a algo interesante, pues descubrió a la Dinastía Tendo, una familia de estrellas con un talento nato que les había ganado el sobrenombre de Los Purasangre. Al principio creyó haber dado en el clavo, pero no tardó en descubrir que los últimos herederos de ese legado eran una pareja sin hijos que ahora probaba suerte al otro lado del mar.
Al final era como si Tendo Maya nunca hubiese existido.
—Ça n'a pas d'importance. —soltó en un gruñido, echando otro breve vistazo a la pizarra que exhibía todas las pistas que había recolectado a lo largo de la noche.
Importara o no, creó un registro de todas las cosas extrañas que ocurrieron en Seisho desde la llegada de Tendo: la motocicleta y la nota que la acompañaba, misma que encontró en un rincón del patio luego de horas de extenuante búsqueda, fotos del auto negro que aparcó a las afueras de la escuela ese mismo día, y hasta la pulcra nota de disculpa que Hoshimi Junna encontró junto a su uniforme perdido, cuya caligrafía aún estaba pendiente de comparar, todo conectado por fibras de estambre rojo que tomó sin permiso de las pertenencias de Nana.
Incluso Maya, cuyo retrato ocupaba el centro del tablero, resultaba un misterio por sí misma, con talento sobrehumano, conocimientos más allá de la media y una inquietante habilidad para predecir lo que el resto del mundo haría, cuándo y por qué.
—Puede que sea un vampiro —murmuró, sabiendo de antemano que era completamente imposible… ¿O no?
Negó con la cabeza. No había tiempo para fantasear, su objetivo era averiguar la verdadera naturaleza de la relación de esa mujer con Futaba antes de que fuera demasiado tarde para… Lo que sea que estuviese tramando. Tenía evidencia de ello también, en forma de una colilla de cigarro que encontró en la basura, mentolado y con marcas de lápiz labial sobre el filtro.
—Tendo Maya no usa esta clase de maquillaje…
No era como si le prestara atención o algo así, simplemente coincidió que el maquillaje era una de sus muchas ramas de especialidad.
Regresando al punto, sabía que ambas se habían conocido en el mismo periodo de tiempo que abarcaban sus sospechas, pero resultaba intrigante como nadie además de ella parecía consciente de su existencia hasta que se presentó frente a la clase.
Luego estaba esa otra chica…
No recordaba su nombre, y apenas tenía en mente alguno de sus rasgos, pero no olvidaba la reacción de Futaba ante sus avances o la forma en que ambas se perdieron a mitad de su recorrido durante varios minutos. Fuese importante o no, la colocó sobre el tablero en forma de un precario dibujo que hizo en menos de diez minutos con ayuda de un paquete de crayones que Karen le prestó.
Vio su reloj, cubrió su pizarra de la vergüenza con una manta y, comprobando que todo estuviera en orden, tomó su mochila. Faltaban un par de horas para la salida del sol, por lo que aún podía adelantarse y sorprender a Tendo Maya recién despierta, con la guardia baja y en actitud vulnerable.
—Además será divertido verla hecha un desastre —sonrió con malicia, apagó la luz y salió de su habitación de la forma más silenciosa que pudo.
Lo primero que notó al salir al pasillo fue el aroma, suave y con un ligero toque dulzón que le abrió el apetito, haciendo que bajara ansiosa cada escalón que la separaba del recibidor.
—¿Banana? —preguntó en voz alta, imaginando que aquella sería una de esas mañanas en las que su amiga decidía consentirlas con un desayuno digno de diosas —. ¿Qué haces despierta tan temprano?
Pero no obtuvo respuesta, y mucho menos vio las alegres coletas rubias de Nana yendo y viniendo de una alacena a otra. Claudine se paralizó, se tomó unos segundos para ganar valor y, dejando su mochila en la silla de al lado, se sentó frente a la barra del comedor.
—Buenos días, Tendo Maya.
Maya sonrió.
—Buenos días, Saijo Claudine.
Luego de su escueto saludo se giró, regresando su atención a lo que sea que estuviera cocinando. Se veía fresca, sin una sola gota de sudor sobre un rostro que no necesitaba maquillaje para sobresalir, y un uniforme perfectamente planchado bajo un delantal color crema.
¿Cómo podía verse tan bien a esa hora? Claudine tuvo mucho tiempo para prepararse y ni por asomo se veía así.
—Aquí tiene —su compañera colocó una taza de porcelana frente a ella, humeante y con un reconfortante olor a café— cuando bajé, escuché que usted ya se encontraba despierta, así que imaginé que lo necesitaría.
No podía negarlo, ni siquiera cuando sintió su rostro arder a la misma temperatura que su bebida. Se tragó el orgullo y, evitando su mirada a toda costa, la aceptó con timidez.
—Merci.
Tomó un sorbo, viéndose obligada a contener un suspiro de satisfacción. Era el mejor café que había probado en su vida, con un pequeño toque de avellana que le recordó a las mañanas lluviosas de su ciudad natal, esas en las que salía a su balcón para admirar el bello panorama parisino.
—¿Qué haces despierta a esta hora? —preguntó con cautela, atenta a la manera en que sus manos atendían los alimentos al fuego— en caso de que no lo sepas, las clases no comenzarán hasta dentro de tres horas.
—Yo podría preguntarle lo mismo a usted, Saijo-san, ya que me está haciendo compañía.
—Solo coincidimos en el mismo lugar.
—Por supuesto —respondió, mirándola por encima del hombro—. Por mi parte, debo decir que estoy acostumbrada a despertar a esta hora.
—¿Hablas en serio?
—Madrugar no es un sacrificio cuando regulas tus ciclos de sueño —dijo, repartiendo una porción de verduras cocidas dentro de una caja de bento— además quería aprovechar para prepararle el almuerzo a Isurugi-san.
Aquello llamó su atención.
—¿A Futaba?
—Así es —asintió Maya—. Se ha estado alimentando muy mal últimamente, y una comida balanceada la ayudará a mejorar su desempeño y estar más alerta durante el día.
Ahí estaba otra vez, la afilada espina que la sospecha incrustaba en su pecho, haciendo que le diera vueltas a la misma pregunta una y otra vez. Frunció el ceño, y tras un largo trago de café que le quemó la tráquea, se tomó el atrevimiento de dar rienda suelta a su curiosidad.
—¿Qué eres para Futaba?
Lejos de lo que esperaba, Maya lo meditó un momento, ladeando la cabeza de un modo que la llevó a imaginar un par de esponjosas orejas caninas inclinándose delicadamente en la misma dirección.
—¿Qué soy? —repitió, y Claudine tuvo que morderse la lengua para conservar la calma.
—Oui. No veo porque le prepararías el almuerzo a alguien si no es especial para ti.
—Usted es especial para mí —respondió llevando una mano a su barbilla— quizá podría prepararle el almuerzo a usted también…
Claudine casi cae de la silla.
—¡¿Eh?!
—¿Acaso no quiere?
Decirle que no sería una mentira; su comida olía muy bien, y no le vendría mal ahorrarse los yenes que gastaba a diario comprando en la cafetería. Claudine trató de resistirse, pero su estómago impertinente tuvo la última palabra.
—¿Gusta que prepare un poco de pan tostado mientras me encargo de su almuerzo, Saijo-san?
Y de nuevo, ruborizada hasta las orejas, no pudo negarse.
—Mèchant va !
Fue poco más de una hora la que pasaron juntas en la cocina, desayunando en un silencio que, al menos para ella, fue el más incómodo de su vida. Maya no era grosera, al contrario, apenas terminaron de comer se puso de pie, recogiendo los platos sucios para llevarlos al fregadero.
—¡Ni lo sueñes! —exclamó Claudine— tú fuiste quien cocinó, así que a mi me toca lavar los platos.
—Por supuesto que no, Saijo-san —dijo a toda prisa, enrollando las mangas de su uniforme antes de tomar la esponja— dado que fue mi idea preparar el desayuno, a mi es a quién le corresponde limpiar.
Oh no, no se dejaría llevar por esa sonrisa galante. Se plantó en su sitio con firmeza, tomó la esponja de entre sus manos y comenzó a tallar el primero de los platos sin molestarse en preguntar.
—Yo los lavo, tú los enjuagas y secas —ordenó, asegurándose de que el objeto no tuviera ningún rastro de grasa antes de tenderlo a su compañera— a menos que desprecies mi ayuda, Tendo Maya.
Sus palabras dieron en el clavo.
—¡Por supuesto que no! —Tendo tomó el plato y comenzó con su labor— pero insisto, no es ninguna molestia para mí encargarme de este tipo de cosas.
—Lo sea o no, ahora perteneces a Seisho, y aquí todas somos un equipo.
Vio sus ojos, brillantes y gentiles, pero pese a que esa parecía ser la abertura que su plan requería para operar, apartó esos pensamientos de su cabeza y se conformó con seguir tallando en silencio.
Lo único particularmente bueno que le dejó esa experiencia fue el poema en que se convirtió el semblante de Futaba en cuanto las vio a ambas esperando por ella en la sala de estar, alzando la cabeza ante su llegada como un par de perros en espera de su dueña.
—Bien, este es un panorama bastante raro —murmuró su amiga rascando la parte trasera de su cuello— ¿acaso es una broma de cámara oculta o algo así?
Claudine alzó una ceja.
—¿Por qué sería eso?
—Porque ustedes son a las que menos esperaría ver juntas tan temprano.
—¡No estamos juntas! —aclaró a gritos, aunque Maya no le dio importancia. Tomó una de las tres cajas de bento que había sobre la mesa de centro y, caminando a donde se encontraba la chica de cabello rojo, la dejó en sus manos.
—Hice esto para usted, Isurugi-san.
Sin embargo, Futaba arrugó la nariz.
—No lo quiero, gracias.
—Si no come, no crecerá —respondió la chica de intercambio sin inmutarse— además no agregué ningún ingrediente extraño, e incluso le preparé uno a Saijo-san.
—¿Hablas en serio? —Futaba, sorprendida, la buscó con la mirada—. Eso no me lo esperaba de ti, Kuroko, espero consideres enviarme una invitación para la boda.
—¡Cállate!
Tomó un cojín y lo lanzó en su dirección, sin esperar que Maya lo interceptara en el aire a tal velocidad que su brazo silbó al cortar el viento, dejándolo sobre el sofá más cercano. Al igual que ella, Futaba se quedó sin habla, tomó un poco de café y se sentó a su derecha en silencio.
—Es espeluznante, ¿no? —preguntó en voz baja, a lo que Claudine asintió.
—Demasiado…
Aquel incidente, sin duda, se iría directo a su pizarra de investigación.
—No creo que sea necesario que se los recuerde —dijo Isurugi una vez que se encontraron fuera de los dormitorios, cara a cara con su querida motocicleta— pero no nos podemos subir las tres.
—¿No?
—No —confirmó— sólo tengo dos cascos.
—Y ninguna licencia.
—Eso puede esperar —se colocó el casco y montó, encendiendo el motor para dejar que se calentara— ahora, ¿quién será la afortunada que irá caminando?
Claudine dudó, preguntándose a sí misma si el sacrificio valdría la pena, se tragó lo poco que le quedaba de dignidad y tomó el brazo de su nueva compañera con fuerza.
—C'est bien ! Tendo Maya y yo habíamos planeado ir a la escuela juntas de todas formas.
—¿Estás segura, Kuroko?
—¿Más que subir a esa moto del infierno? Sí, así que puedes irte sin cuidado.
—Bien, pero golpea su nariz si comienza a comportarse extraño —se bajó el visor, y tras desearle buena suerte aceleró de golpe, levantando una cortina de polvo tras de sí.
—Increíble —exclamó Karen desde el marco de la puerta masticando una rebanada de pan tostado—. ¡Futaba-chan es como un huracán!
—¿No sería más como un tornado? —corrigió Mahiru con cortesía— después de todo está en tierra firme.
—Para mí es lo mismo.
Las dos aspirantes a Top Star observaron su interacción en silencio. Claudine, ahora consciente de sí misma, soltó el brazo de Tendo y comenzó a caminar en la misma dirección que apuntaban las marcas de neumáticos sobre la tierra.
—Vamos, o se hará tarde.
Pero Maya no la siguió. Tomó su móvil, marcó un número y lo colocó sobre su oído, comenzando a susurrar.
—Así es, necesito que se encarguen de eso por un rato —escuchó con un poco de esfuerzo— conocen el camino. Sí, cuento con ustedes. Gracias.
Y tan rápido como comenzó, la misteriosa llamada terminó de golpe. Tendo la alcanzó con un suave trote, tomando su brazo de la misma forma en que ella había hecho minutos atrás.
—Vamos, Saijo-san —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Debió haberme dicho antes que quería que caminaramos juntas, yo habría accedido gustosa.
Esa sonrisa… Esa maldita sonrisa…
¡La detestaba!
La siguió a regañadientes, limitándose al uso de monosílabos cada que Maya hacía el intento de entablar una conversación. Aquello no la desanimó, pues cada nueva pregunta era formulada con la misma expresión estúpida y radiante.
Pero estaba bien, aún podía dar inicio al Plan C, cruzando los dedos para que ese pésimo arranque no tirara abajo sus intenciones.
Su tercer plan giraba en torno a una de las primeras cosas que notó sobre su nueva compañera y una de las primeras que colocó sobre el tablero. Había un par de personas en Seisho a las que les gustaba llevar un registro detallado de su día a día; Junna era una de ellas, y había rumores de que Mahiru escondía bajo su almohada un diario que tenía el nombre de Karen escrito tantas veces que si le dieran un yen por cada uno le alcanzaría para comprar un bate de béisbol de oro macizo. Eso era entendible y hasta cierto punto normal.
Pero Maya, como siempre, perfeccionaba todo a límites absurdos.
Solo un día le había bastado para entender que esa libreta hinchada por el uso era como una extensión de la propia Tendo. Iba con ella a todas partes, llevándola bien dentro de su bolsillo y tomando apuntes durante situaciones tan variadas que fracasó al momento de buscar un patrón; temprano en la mañana y tarde por la noche, en la cena o a mitad de una práctica, como si su propietaria fuera consciente de cosas que nadie más podía ver.
Y ella, por supuesto, decidió descubrir de qué se trataba.
No actuó de inmediato, necesitaba encontrar el momento justo para proceder sin que su objetivo - que a veces parecía tener ojos en la nuca- se percatara de sus intenciones. Dicho momento llegó recién terminada su clase de Dirección Escénica, tras la cual tendrían que trasladarse al aula de Artes Plásticas para su siguiente lección.
—¿Puedes ir un poco más rápido, Tendo? —apresuró Futaba con impaciencia—. La clase de Dibujo comenzará en menos de quince minutos y no pretendo atrasarme por tu culpa.
Pero Maya se tomó el tiempo para guardar sus libros de uno en uno, mirando con añoranza sus adorables stickers en forma de cisnes.
—No quiero ir…
—¿Dijiste algo?
—Para nada.
A ese punto Claudine tenía un pie fuera del aula, pero al darse cuenta de lo que estaba sucediendo deshizo sus pasos y acudió junto a ellas.
—¿Qué ocurre?
—Tendo es extraña, como siempre —dijo su amiga entrelazando las manos tras su cabeza perezosamente. Maya la miró de soslayo.
—Eso es grosero, Isurugi-san.
—Grosero o no, es la verdad.
—Solo estoy un poco agotada.
—Sí, y las jirafas hablan —gruñó Isurugi—. ¿Sabes? Planeaba irme sin ti, pero dejar que merodees sola por la escuela suena a un mal augurio.
—Siempre tan desconfiada…
—También lo serías si estuvieras en mi lugar.
Su diálogo era como un espectáculo, y por un momento Claudine consideró sentarse para dejarlas parlotear en lo que seguramente sería un caudal de información. Pero no, cuando un libro resbaló de las manos de Maya, su mirada de halcón enfocó su objetivo, descuidado y a punto de caer de su mesa.
—Yo te ayudo.
Se adelantó para tomar el libro, permitiendo que una de sus manos se deslizara sobre la mesa para enderezarse y, de paso, desaparecer la libreta en uno de sus bolsillos sin que nadie se diera cuenta.
—Debes tener más cuidado —dijo a Maya mientras le tendía el objeto que se le había caído— odiaría que el desempeño de mi rival se fuera a pique por estar distraída.
—¿Rival? —cuestionó Maya abriendo los ojos de par en par.
—Sí, rival.
—Esa es una frase muy apasionada para comenzar el día, Kuroko.
—¡No es como si fuera mentira! —reclamó indignada—. Ahora, si me disculpan, me retiro. No pretendo acompañarlas en detención.
—No esperaba que lo hicieras de todos modos.
—Eso es buena señal.
Entonces se giró con el corazón en la garganta, caminando a paso veloz con una mano delineando el contorno de su nueva adquisición por encima de la ropa. Sintió las miradas de sus compañeras sobre ella como fuego ardiendo, y cuando estuvo a sólo un par de pasos del pasillo, escuchó su voz.
—Saijo-san.
Se detuvo en seco, paralizada.
—¿Sí?
No se giró, estaba demasiado asustada para ello, pero si escuchó como Tendo se levantaba de su silla, acercándose a ella con pasos gráciles.
—Gracias —le dijo en tono amable— por lo del libro, quiero decir.
Bien, eso era… Inesperado…
—Claro...
No supo qué más responder, por lo que su primera reacción fue abandonar el aula a toda prisa, sin detenerse ni siquiera cuando Futaba hizo el intento de llamarla por su nombre.
—Santo cielo —la escuchó refunfuñar—. ¿Qué se traen ustedes dos?
Pero no se quedó a escuchar la respuesta de Maya.
El aula de Artes Plásticas quedaba en el ala izquierda del colegio, pero ella se separó del resto de sus compañeras para ir a la derecha, directo a la enfermería, donde podría desmayarse sin convertirse en un hazmerreír.
"No estoy haciendo nada malo" se dijo una y otra vez, tomando respiraciones profundas. "Solo le echaré un vistazo y la dejaré entre sus cosas sin que se dé cuenta. Rápido y sencillo".
Pero estaba equivocada, e iba a descubrirlo mas temprano de lo que le gustaría.
Debía verse terrible, pues la enfermera se limitó a tomar su temperatura sin cuestionarla, la acompañó hasta una de las camillas y le informó que saldría un momento. Y en todo ese tiempo Claudine no abrió la boca ni una vez, temerosa de hablar más de la cuenta.
—D'accord —dijo en cuanto se encontró completamente sola. Cerró la cortina que rodeaba su cama, observando como la luz del mediodía se filtraba a través de ella como un espectador oculto—. Llegó el momento.
El silencio era abrumador, o al menos lo suficiente para poder escuchar sus propios latidos mientras extraía la libreta de su bolsillo. Estaba bien cuidada, aunque el uso diario comenzaba a carcomer sus pastas y pintar los bordes de sus páginas de un apagado color sepia.
¿Cuántos años llevaba con ella?
Procedió a abrirla con algo muy similar al miedo, pero cuando pasó a la segunda y a la tercera página ese sentimiento desapareció, culminando en una muy conocida desesperación. Aquello no era un diario, menos una vulgar libreta de apuntes. Eso era algo que nunca antes había visto.
No había idioma reconocible, ni japonés, ni inglés, ni alguna de las lenguas romances con las que estaba familiarizada, sólo un extraño código que se componía de símbolos, números y diagramas repartidos al azar. Lo único que tenía algo de sentido eran las cifras, muchas y de cantidades muy exorbitantes, señaladas por flechas de color rojo o verde.
—Qu'est-ce que cela signifie ?
Se encontraba muy adentrada en su faena cuando la puerta se abrió, pero al suponer que se trataba de la enfermera, Claudine continuó husmeando hasta que la cortina se hizo a un lado, revelando un par de ojos violeta que no tardaron en buscar los suyos.
—Por fin la encuentro, Saijo Claudine.
Su rostro perdió el color. Claudine cerró la libreta de golpe, rezando para no haber desprendido ninguna página por su brusquedad.
—¡No es lo que parece!
Pero lejos de verse molesta, Maya se llevó una mano al pecho y soltó el aliento que parecía llevar minutos enteros conteniendo.
—Gracias al cielo que se encuentra bien. Isurugi-san y yo quedamos un tanto preocupadas por la forma en que salió corriendo tan de repente, así que me ofrecí a buscarla por mi cuenta.
Claudine se encogió en sí misma, mirándola como lo haría un animal herido.
—¿...Estabas preocupada?
—Lamento si mi comportamiento resulta impertinente, Saijo-san —dijo a la vez que le dedicaba una reverencia— pero era algo que no podía pasar de largo.
—¿Segura? ¿No es porque quieres saltarte la clase de dibujo?
Maya, con el orgullo herido, se irguió de golpe.
—¡Eso no…!
Pero cuando alzó la mirada, dejando que sus ojos vagabundos la recorrieran de arriba a abajo, lo encontró.
—¡Puedo explicarlo! —gritó Claudine, abrazando la libreta contra su pecho. Tendo, por su parte, solo se limitó a sonreír.
—¡Con que aquí estaba! —dijo, recuperándola sin encontrar resistencia—. Muchas gracias, Saijo-san, llevaba un rato buscándola.
—¿Eso es…?
—Mi diario —aclaró alegremente mientras tomaba asiento junto a ella, tan cerca que sus hombros se rozaron—. Escribir en él es tan divertido, ¡a veces hasta yo olvido como se lee!
—¿...Esa cosa se lee?
—Por supuesto —se defendió, tomó la libreta y le mostró una de las primeras páginas—. ¿Ve esto?
Claudine se acercó un poco más a lo que en un principio confundió con simbología extraña, repasando su contorno con la mirada antes de ladear la cabeza para verlo mejor.
—¿Eso es —entrecerró los ojos— una pieza de pollo frito?
—¡Es un cisne! —su voz las sobresaltó a ambas, de modo que Tendo se aclaró la garganta e intentó de nuevo—. Es un cisne y puede significar dos cosas: la palabra «no» y la palabra «peligro».
—Tú…
Ahora tenía sentido: todos esos símbolos extraños, el confuso idioma irreconocible.
—Tú —repitió con voz firme— no sabes dibujar, ¿verdad?
—¡Eso no tiene nada que ver con esto, Saijo-san! —reclamó, mostrándole una página al azar—. Este es un método sumamente sofisticado para garantizar la seguridad de mis secretos, ya que nadie lo entiende más que yo.
—Eso no tiene ningún sentido…
—Por eso es efectivo, Saijo-san.
—Ya veo…
No, no lo veía, pero prefirió pretender que sí.
—Mire, le explicaré.
Claudine pensó en objetar pero, temerosa de revelar sus intenciones, dejó que Maya le explicara más sobre su lenguaje secreto hasta que la enfermera regresó con un par de aspirinas.
Ese, por supuesto, había sido el final de su Plan C, y el estambre de color rojo que conectaba sus pistas iba perdiendo fuerza poco a poco. Pero era orgullosa, y no se dio por vencida ni siquiera cuando tuvo que sujetarse del brazo de Maya para acudir a su tercera asignatura del día y, a la vez, a su última esperanza planificada para obtener respuestas.
Había una fotografía en su tablero que le llamaba particularmente la atención, una en la que aparecía Maya de espaldas usando un brillante leotardo azul de manga larga. Claudine la había tomado a escondidas para llevar un registro diario de sus rutinas, pero cuando se sentó a analizarla en casa, se dio cuenta de un detalle que no tardó en señalar con múltiples marcas de rotulador negro.
Era una mancha sobre sus omóplatos, un despliegue de color apenas visible entre largos mechones de cabello castaño. Al principio creyó que se trataba de una marca de nacimiento, pero tenía trazos tan definidos que casi parecía un…
—…Tatuaje.
Maya se detuvo a mitad del pasillo.
—¿Disculpe?
Claro, lo había dicho en voz alta. Negó con la cabeza y la obligó a caminar.
—No es nada.
Pese a que sólo llevaban conviviendo un par de días, Claudine creyó haber encontrado un patrón entre esa misteriosa marca y la forma en que Maya siempre buscaba la oportunidad de ducharse o usar el baño comunal cuando no había nadie cerca.
¿Quizá era tímida? Pero no, Tendo a veces era demasiado sinvergüenza para serlo. Ahí había gato encerrado.
—¿Segura que se encuentra bien? Lleva un minuto riéndose para sí misma.
—No es nada —respondió a sabiendas de que era verdad— solo estoy de muy buen humor.
—Demasiado para ser alguien que acaba de salir de la enfermería —sonrió— pero me alegra, genuinamente estaba muy preocupada por usted.
Ella no respondió.
Cuando llegaron a los vestidores, justo como había previsto, Maya se disculpó, argumentando que debía volver al salón de clases por algo que había olvidado. Claudine la dejó marchar, se cambió de ropa y se apresuró para alcanzar al resto de la clase.
—De regreso al mundo de los vivos, ¿no? —le dijo Futaba al verla, haciendo sus estiramientos con ayuda de Nana.
—Oui, no puedo quedarme atrás.
No cuando Maya la alcanzó tan solo cinco minutos después, con su leotardo puesto y sus pasos tan perfectos como siempre.
Esa mañana, quizá por el rato que pasó en la enfermería, Sakuragi-sensei la emparejó con la dulce Mahiru, por lo que pudo tomarse las cosas con calma hasta dar por terminada la sesión.
—Bien chicas, a las duchas —ordenó su profesora con un silbatazo, haciendo que más de una saliera disparada del estudio—. ¿Te quedarás otra vez, Tendo?
Ella, que había estado haciendo pareja con Junna, asintió con la cabeza.
—Solo serán unos quince minutos más, sensei.
—Bien, pero no te excedas. Perdiste una clase cuidando a Saijo, no quisiera que alguna otra de tus compañeras perdiera su asistencia por cuidarte a ti.
—Le aseguro que no sucederá.
Trató de ignorar la conversación, pero si hubiera sabido que la iban a usar de ejemplo para dar otro reflector a esa mujer se habría quedado en clase.
—Si en verdad te molesta, ¿Por qué pasas tanto tiempo con ella? —le preguntó Futaba cuando llegaron a sus respectivos casilleros, echando una toalla limpia sobre su hombro.
—No sé de qué hablas.
—¿Te está obligando?
—¿Ah? —las alarmas que había al interior de su cabeza se encendieron al instante— ¿por qué haría eso?
Futaba se tensó, quizá al darse cuenta que había dicho algo que no debía, se encogió de hombros y pasó una mano entre su cabello, desordenado y húmedo por el sudor.
—Cosas mías, lo siento.
Aquello era todo lo que podría conseguir sin presionar directamente, y dado que tenía el tiempo contado, decidió dejarlo para otra ocasión. Abrió su casillero y fingió buscar algo dentro, y ni siquiera necesitó hacer uso de sus dotes actorales para fingir su frustración.
—Merde…
Lanzó la caña y el pez mordió el anzuelo.
—¿Qué?
—Olvidé algo en la enfermería.
—¿Y hasta ahora te das cuenta?
—Lo siento, hacer un inventario de mis pertenencias no es lo primero que pienso cuando estoy en la maldita enfermería.
—¿Así es como llamas a saltarte clases con Tendo? —Futaba disparó una media sonrisa—. Bien, entonces me adelantaré, no te tardes mucho o asumiré que tienen una relación secreta.
—Relación secreta —repitió entre dientes— mira quien habla.
¿Estaba irritada? Sí, pero al menos todo había salido a la perfección. Abandonó los vestidores con la misma urgencia con la que se había saltado clases y, tal como hizo en aquel momento, no acudió ni por asomo a donde tenía previsto.
"Las chicas por lo general tardan menos de diez minutos en ducharse, salvo Karen que tarda quince".
La tela se pegaba a su piel por el sudor, pero resistió la incomodidad y dio un par de vueltas al plantel en espera del momento correcto. Cuando regresó, ya no quedaba ni un alma en los vestidores, siendo el único sonido el correr del agua de una regadera que, si tenía algo de suerte, sería la de su presa. Claudine se desvistió en silencio, enredó una toalla alrededor de su cuerpo y cruzó la puerta que la separaba de las duchas, encontrando a quien buscaba en el primer cubículo de izquierda a derecha, dándole la espalda.
—Bonjour.
Tendo se giró velozmente, y su pequeño desconcierto la hizo contener una sonrisa.
—¿Saijo-san?
—Creo que se me hizo algo tarde —eligió deliberadamente al cubículo al lado suyo. Trató de echar un vistazo por encima de la puerta, pero Tendo se apresuró a pegar la espalda contra la pared— me quedé a recitar un par de líneas por mi cuenta.
Y se dispuso a esperar, dejando que el agua caliente limpiara sus poros. Según su pequeño e improvisado análisis, Maya tardaba cinco minutos en ducharse, por lo que su paciencia comenzó a agotarse luego de los diez. El líquido estaba tibio, pero se iba enfriando y calculaba que en un máximo de ocho minutos se volvería demasiado frío para resistir bajo ella.
—Me quedaré un poco más de tiempo, Saijo-san, puede adelantarse si gusta.
—No —respondió— también me quedaré otro rato.
Su rival no dijo ni una palabra, pero creyó escuchar un suave quejido, así que como si compitieran por ver quién resistía más tiempo bajo una cascada helada, ambas permanecieron inmóviles con los hombros temblorosos y los dientes castañeando de frío.
¡¿Hasta cuando se rendiría esa mujer?!
Si había algo que Claudine apreciaba más que a su dignidad era su piel. Le gustaba mantenerla hermosa y tersa, suave al tacto y libre de imperfecciones, pero en ese instante sintió como el agua convertía ese valioso tesoro en una especie de uva pasa.
—¡Ya está bien! —cerró la llave, tomó su toalla bruscamente y, sin importarle la privacidad, asomó la cabeza al cubículo de al lado—. ¡¿Hasta cuando piensas…?!
Pero no había nadie ahí dentro, la puerta estaba cerrada y el agua se encontraba corriendo libremente, pero no quedaba rastro de la chica.
—¡Oye!
Giró el rostro, alcanzando a ver como Tendo se encontraba a medio camino del vestidor, acelerando el paso cuando sus ojos se cruzaron. Claudine cerró la llave del otro cubículo y, sujetando su toalla lo mejor que pudo, salió corriendo tras ella.
—¡Espera!
Ni siquiera la miró. Obviamente la estaba evitando, y el pensamiento le resultó tan frustrante que rechinó los dientes, corriendo sobre el suelo húmedo para tomar a su compañera del brazo, obligándola a encararla.
—¡Eres la mujer más desconsiderada que…!
Lo siguiente ocurrió en solo unos cuantos segundos, tan rápido que la mitad de las cosas pudieron haber sucedido solo en su imaginación: perdió el equilibrio, sus pies resbalaron y repentinamente Claudine sintió como su mundo daba vueltas mientras se iba hacia atrás. Maya reaccionó al instante, atrapando su brazo con la misma agilidad con la que había interceptado el cojín que le arrojó a Futaba en pleno vuelo, atrayéndola a su cuerpo y haciendo que se fueran de espaldas en una caída inminente.
—¡Tendo Maya!
Maya respondió con un gruñido. Todo su peso estaba sobre ella, y aunque parecía haber recibido un buen golpe, no la obligó a levantarse. Claudine sin embargo apoyó su peso en manos y rodillas, dando a su rival suficiente espacio para respirar.
—Oh Dios mío —tomó su rostro entre sus manos, buscando alguna herida abierta en su cabeza— ¿te encuentras bien?, ¿te lastimaste mucho?
—No es nada —su sonrisa era temblorosa— le aseguro que me han dado golpes peores.
—¡Pero podrías tener una contusión!
—Estoy bien…
—¡Nada de eso!
Revisó cada ángulo de su rostro sin ninguna clase de pudor, aliviada de no encontrar ningún rastro de sangre en sus dedos. Escuchó a Maya quejarse por lo bajo cuando palpó su nuca, así que decidió continuar su búsqueda por la misma zona en movimientos tan delicados que bien pudieron pasar por un masaje.
—¿Por qué hiciste eso?
Maya ladeó la cabeza.
—¿Dejar el agua corriendo?
—Ayudarme —corrigió—. Pudiste haberte lastimado gravemente, no tenías porqué…
—Pero quería —sonrió— lo que le dije el día que nos conocimos no era mentira, ¿sabe? En verdad la admiro mucho, Saijo-san.
—¿Eso que tiene que ver con esto?
Maya dejó escapar una risita, y ver su rostro radiante la hizo soltar un suspiro de alivio. Dejó que tomara sus manos entre las suyas, deslizando los dedos por encima de sus nudillos. Claudine se sentó sobre su regazo en silencio, observando como acariciaba sus palmas como si estuvieran hechas de porcelana.
—Puede que no sea ni el momento ni el lugar adecuado para decir esto, pero mi juventud nunca fue la mejor —dijo en una voz que bien pudo pasar por un susurro— pero cuando vi una de sus obras por primera vez, quedé tan maravillada que me obsesioné con ellas; de algún modo usted me ayudó a escapar de mi realidad.
—Maya…
—Esto, protegerla, es lo menos que puedo hacer.
—Santo Dios —dijo entre risas, robando una sonrisa a su compañera— eres tan extraña…
Tendo abrió la boca para hablar, pero lo que estuvo a punto de decirle quedó en el olvido cuando la puerta se abrió de golpe. revelando un par de fríos ojos azules y una larga cascada de cabello negro. Claudine vio el rostro de Maya, y no pudo evitar pensar en Futaba y la forma en que sus mejillas perdieron color cuando Karen leyó la comprometedora carta que acompañaba su motocicleta.
—Kagura-san…
Hikari las miró de arriba a abajo con una ceja alzada, y esa reacción hizo que Claudine fuera consciente tanto de su entorno como de sí misma por primera vez. Por supuesto, salió de la ducha a toda prisa, y se asustó tanto por la caída que su toalla a duras penas se mantenía en su sitio, dejando muy poco a la imaginación. Maya estaba en un estado similar, consternada, luchando por sostener su mirada con ojos temblorosos.
—Lo siento —murmuró— no sabía…
Clic.
La luz del flash las despertó del trance, haciendo que Claudine se pusiera en pie con las manos convertidas en zarpas alrededor de su toalla.
—¡Hikari! —gritó a todo pulmón, sintiendo sus piernas temblando por la vergüenza y la ira—. ¡¿Qué diablos es lo que haces?! ¡Borra eso ahora mismo!
—¿Qué ofrecen?
—¿Eh?
Kagura les mostró la fotografía recién tomada desde la pantalla de su teléfono, y aunque se encontraba demasiado lejos para apreciar los detalles, no era muy difícil imaginar todas las formas en que su postura podía malinterpretarse de la peor manera.
—¿Qué ofrecen? —repitió, y Claudine sintió como le hervía la sangre.
—¡¿Qué ofrecemos?! ¡¿De nuevo?! —dio un paso al frente; su cabello desaliñado por la ducha la hacía parecer un león a punto de saltar sobre su presa—. No sé a qué diablos estás jugando últimamente, pero te advierto…
Hikari entró al chat que compartía con todas sus compañeras de generación, cargando la fotografía de forma que era solo cuestión de presionar un botón para hacerla circular por toda la escuela.
—Kagura-san.
Maya había permanecido en el suelo todo ese tiempo, paralizada, pero en cuanto vio su reacción se incorporó y pegó su frente contra el suelo en una súplica silenciosa.
—Por el honor de Saijo Claudine, le pido que elimine esa imagen.
El rostro de Claudine se ablandó.
—Tendo Maya…
—¿Qué ofreces? —Hikari pasó su dedo peligrosamente por la opción de «enviar».
—No me queda dinero desde la última vez, y estoy imposibilitada para administrar mis negocios desde la escuela —respondió con el cabello pegándose a su frente por la humedad— pero hay algo más valioso que puedo ofrecerle.
—¿Y eso es?
—Información.
Hikari bajó su teléfono.
—Te escucho.
—No es apropiado decirlo por mi misma, pero la discreción es mi fuerte. Puedo mantenerla al tanto de toda información que la beneficie a usted y a su «familia».
—¿Familia?
—Exactamente —asintió Maya—. Aijo-san y Tsuyuzaki-san son parte de su «familia», ¿no es así?
Claudine no entendió ni una palabra de lo que se dijo en esa habitación, pero Hikari le dio la vuelta a la idea, creando dentro de su cabeza mil escenarios tan brillantes como aquellos sobre los que se paraba. En un segundo sus ojos se iluminaron y, tan misteriosa como siempre, asintió con la cabeza.
—«Familia» —repitió seriamente. Les mostró el teléfono y se deshizo de la foto tan rápido como la había obtenido, dirigiéndole a Maya unas ultimas palabras cortantes—. Cuento contigo.
—No la defraudaré.
Cuando se marchó, Claudine la siguió con la mirada sin saber que había contribuido al nacimiento de un monstruo. Maya soltó un suspiro, sentándose en el suelo con los brazos cruzados y la toalla hecha un desastre alrededor de su cintura.
—Tiene mucho futuro —dijo en voz alta, aunque parecía decirlo más para sí misma que para ella— seguro que conseguirá su primer territorio pronto.
—Creo que yo la volví así —se lamentó Claudine, recordando la forma en que trató de comprar su silencio hace unos días— pero nunca imaginé que se convertiría en una extorsionadora de primer nivel.
—Bueno, casi todos empiezan así.
Claudine bajó la mirada y por un segundo, casi por accidente, lo vio: el tatuaje cubría buena parte de su espalda, con trazos finos y colores tan realistas que por un momento pensó que el cisne abriría sus alas y abandonaría ese campo de flores rojas para tocar el cielo. Era lo que buscaba, la pista final, pero cuando una de sus manos se acercó para descubrirlo… Se detuvo, tocando su hombro para llamar su atención y ofrecerle una de sus manos como gesto de buena voluntad.
—Si haces algo así por mí otra vez, haré que te arrepientas.
Tendo la miró confundida, pero después esbozó una sonrisa y aceptó gustosa su ofrecimiento.
—Lo tendré en cuenta, Saijo-san.
La ayudó a levantarse, tras lo cual ambas se vistieron dándose la espalda, y aunque tuvo mucho tiempo para ver su tatuaje con más detalle, Claudine decidió dejarlo por la paz. Al final, guardar el secreto era lo menos que podía hacer por ella.
El resto del día transcurrió sin incidentes. Sus amigas decidieron pasar el receso juntas, y ella las acompañó sin llegar a formar parte de la conversación, dando pequeños bocados al bento que Tendo le había preparado.
—Esto está delicioso —exclamó Futaba con la boca llena, mirando a Maya por el rabillo del ojo— ¿cómo es que también sabes cocinar?
La extraña chica, con una porción dos veces más grande que la suya, soltó una risita.
—Bueno, tengo muchos talentos.
—Quizá algún día puedas ayudarme con uno de mis platillos, Maya-chan.
—Será un honor, Daiba-san. Sus recetas me resultan fascinantes.
—Puedo enseñarte a prepararlas si quieres. ¡Ser maestra seria algo Bananice!
—Siempre con tanta energía, Nana —la representante de clases miró a su amiga con admiración—. Debes estar demasiado ocupada con el guion de la próxima obra.
—¡Cierto! —Karen se inclinó por encima de la mesa, curiosa—. ¿Cómo vas con eso, Banana?
—¡Magnífico! La forma en que se llevarán acabo nuestros ensayos será algo muy emocionante, aunque los profesores aún no me permiten decirlo…
—¡Vamos! ¿Ni siquiera nos dirás de qué trata?
Banana solo sonrió.
—Se-cre-to.
Maya parecía una chica normal, siguiendo su conversación con Nana animadamente mientras se llevaba a la boca su séptimo muffin; incluso Futaba parecía bien con su presencia, interviniendo en la charla cada que parecía conveniente. Viendo su interacción desde lejos, una sola idea atravesó la cabeza de Claudine: al final del día, pese al extraño presentimiento que aún tenía en su pecho, quizá todo era producto de su imaginación.
Suspiró y se puso de pie.
—Si me disculpan, me retiro —dijo a sus amigas sin pensarlo dos veces. Banana, bastante perceptiva con los sentimientos ajenos, la miró con una mezcla de interés y angustia.
—¿Sigues sintiéndote mal, Kuro-chan?
—Aún me siento un tanto mareada —mintió, cruzando los dedos para que sus amigas se tragaran la mentira— creo que me hace falta descansar un poco más.
—¿Necesitas que te acompañe? —Junna se puso de pie— es uno de mis deberes como representante de clase, después de todo…
—No te preocupes —la tranquilizó con un gesto— soy fuerte, puedo caminar hasta allá por mí misma.
—Kuroko…
Los ojos de Futaba brillaban, enormes y honestos, y Claudine sintió el impulso de contarle toda la verdad en ese mismo momento y lugar.
—Si me sigues, me enojaré.
No esperó su respuesta. Se despidió con la mano, le dedicó una gran sonrisa a la mesa entera y dio media vuelta, tratando de alejarse de ellas lo más rápido posible. Escuchó cómo una de sus amigas se levantó para seguirla, pero al final suspiró y regresó a su lugar
Claudine camino por el patio un rato, con la mirada paseando sobre la réplica de la Venus de Milo antes de detenerse en un mundo que parecía girar sin ella, en su propia sintonía. ¿Había comenzado ese alboroto por Futaba o por sí misma?, ¿realmente era tan insegura que hizo a Tendo Maya partícipe de una conspiración dentro de su cabeza?
Desde que llegó sólo había tenido buenos gestos hacia ella, y se lo había pagado de la peor manera posible.
—Soy una horrible persona —dijo para sí con una mueca.
—Yo no lo creo —respondió otra voz, y al alzar su rostro Claudine se encontró con quien menos se esperaba— Saijo-san ha sido muy considerada conmigo.
—¡¿Qué haces aquí?! —preguntó dando un salto hacia atrás.
—Aijo-san planeaba correr tras usted, pero todas coincidieron en que debía ser yo quien lo hiciera —dijo Maya caminando a su lado—. No mentiré, he estado preocupada por usted desde que salimos de la enfermería, así que quiero asegurarme de que llegue al salón de clases sana y salva.
—No deberías hacer eso, no me debes nada.
—Al contrario, le debo mucho, pero no lo hago por pagarle alguna clase de deuda.
—¿Entonces por qué?
Maya se encogió de hombros.
—Quiero hacerlo, por usted.
Claudine sonrió.
—Futaba tenía razón, eres muy extraña.
Aún faltaba algo de tiempo para su próxima clase, por lo que ambas recorrieron el campus a su paso, sin prisas, disfrutando de la suave brisa de la mañana que mecía su cabello y les otorgaba una sensación de tranquilidad. Claudine miró a Maya por el rabillo del ojo, no sin cierto recelo, preguntándose lo que pasaría por su cabeza.
—¿Cómo lo haces?
—¿Qué cosa?
—Ser tan perfecta —soltó en un suspiro—. Menos de una semana te ha bastado para arrebatarme todo lo que una vez creí mío.
—Nunca fue mi intención…
—No, es justo como me dijiste el día que nos conocimos. Puede que haya sido demasiado confiada todo este tiempo creyendo que siempre, sin importar lo que hiciera, sería la mejor.
—No tiene porqué ser así, Saijo-san.
—Y no lo será —confirmó con mirada retadora— te alcanzaré en un santiamén.
—Y no puedo esperar a que ese momento llegue. Puede que Sakuragi-sensei tenga razón y ambas nos paremos en el mismo escenario a final del año escolar.
—Y entonces robaré los reflectores de la perfecta Tendo Maya.
Maya le dio vueltas a su frase, bajando la mirada con expresión pensativa. Por un momento pensó en dejarlo pasar, pero Claudine se aclaró la garganta y decidió dejar salir la pregunta que tenía en la punta de la lengua.
—¿Ocurre algo?
—Nada en particular —respondió— solo creo que se está llevando una impresión errónea de mí.
—¿Y quieres hablar de ello?
¿Qué estaba haciendo? No debía servir de confidente a esa mujer tan extraña, no antes de asegurarse de que todo lo que sospechaba realmente era producto de su imaginación. Pero dejó que Maya lo considerara en silencio, buscando las palabras adecuadas, y cuando comenzó a hablar, no intentó detenerla.
—Digamos que alguien a quien aprecio mucho me puso al cuidado de algo importante —le dijo con la mirada perdida en el cielo— algo tan valioso para ella que no se atrevió a dejarlo en manos de nadie más.
Claudine alzó una ceja.
—¿Cómo joyería?
—Algo así —respondió— es frágil y está preocupada de perderlo.
—Pero no hay algo de que preocuparse, ¿verdad?
—Me gustaría creer que no, pero a este punto no estoy tan segura.
Entraron al edificio principal, caminando hasta las escaleras para subir a la segunda planta. Claudine volvió a dudar, se giró para asegurarse de que no hubiera ninguna mirada curiosa sobre ellas y, cuando recién pisaban el rellano, colocó una mano sobre su espalda baja.
—¿Saijo-san?
—Tu amiga tomó la decisión correcta —dijo cuando ambas se detuvieron, evitando mirar sus ojos a toda costa—. No tengo idea de lo que resguarden o por qué, pero estoy segura de que ese tesoro tan valioso no pudo caer en mejores manos.
Maya abrió los ojos con asombro, pero su rostro poco a poco fue siendo invadido por una sonrisa sincera y brillante. Se acercó un poco más a Claudine, chocando sus hombros con delicadeza.
—Vine a hacerla sentir mejor, pero parece ser que al final fue usted la que me subió los ánimos.
Su rostro estalló en mil colores.
—Mèchant va !
Cuando el día terminó, y por fin se encontró dentro de la privacidad de su habitación, Claudine arrancó las fotos de su pizarra de una a una, enrolló el estambre y prometió devolverlo a las cosas de Nana la tarde siguiente. No tenía más razones para seguir con esa farsa, por lo que se puso su pijama, se envolvió entre sus sábanas y durmió todo lo que no hizo la noche anterior, soñando con unos gentiles ojos color violeta.
La mañana pasó con rapidez. No se molestó en esperar a Maya, sino que tomó su bicicleta y pedaleó a la escuela con calma, desviándose unos minutos para comprar una caja de sus macarrones favoritos en una cafetería que solía frecuentar, disfrutando de la brisa como si solo fuera un tripulante de su propio cuerpo. Al llegar guardó el regalo en su casillero, se cambió a su leotardo y, saludando a sus compañeras con calma, regresó a su vida cotidiana como si nada hubiese pasado.
Salvo que si pasó algo que la dejó sin palabras.
—Ni siquiera debería molestarme —se dijo a sí misma, merodeando por los pasillos de la Academia Seisho en pleno receso mientras cargaba la elegante caja de macarrones tras de sí— no es como si necesitara saberlo de todos modos…
Pero no estaría bien consigo misma hasta que no le ofreciera a Maya las disculpas que se merecía, o al menos hasta que no compensara sus cuestionables acciones con esa caja de golosinas costosas. No sabía si era debido a su conversación, pero ese día Tendo parecía incluso más brillante que antes, como si sus palabras le hubiesen dado el impulso que necesitaba. Ella no se quedó atrás, pues ahora si podía concentrarse en lo que de verdad importaba.
Sin embargo, una vez terminado su primer periodo de clases, y cuando apenas se había puesto de pie para ir junto a ella, Maya abandonó el aula a toda prisa, atendiendo una llamada en voz baja.
—Ni siquiera porque me iba a disculpar…
Bueno, al final del día no era como si Tendo pudiera leerle la mente, había quedado bien claro que no era un vampiro… Aunque…
No. Saijo Claudine no era una mala perdedora, y pese a su creciente rivalidad, reconocía que Tendo Maya había sido mejor persona que ella. Nadie había hecho más preguntas de las necesarias acerca de su estado enfermizo del día anterior, pues Tendo se comprometió a cuidarla y mantenerlas informadas de las novedades. Hikari tampoco había dicho ni una sola palabra sobre lo ocurrido en las duchas, y estaba bastante segura de que la razón era ese extraño trato que ambas hicieron ese día.
—Me pregunto que pensaría Futaba de mí…
Seguramente nada malo; su amiga era tan honesta como ella, y siempre podía acercarse con una bandera blanca para hablar sobre lo sucedido.
Pero primero lo primero, debía aclarar las cosas con esa desagradable mujer.
Se paseó por los pasillos del primer y segundo piso, buscando con la mirada una cascada de cabello castaño y un llamativo moño purpura sin obtener resultados, por lo que siguió su búsqueda lamentándose de no haber almorzado cuando tuvo la oportunidad. Maya se tomó muy enserio lo dicho el día anterior, y esa mañana se había unido a Nana para preparar un pequeño banquete que sus amigas debían estar disfrutando en el patio.
—¡¿Dónde diablos estará?!
Giró en la siguiente esquina, caminó unos cuantos pasos y entonces escuchó una voz al otro lado de una puerta corrediza, la misma que llevaba al aula de danza tradicional.
—¿Por qué me trajiste aquí, Tendo?
Futaba. Futaba estaba ahí dentro y parecía ser que Maya estaba con ella. Claudine no pudo contener su curiosidad, se recargó al lado de la puerta con oído atento. disimulando ante las chicas que merodeaban por los alrededores.
Maya no respondió, pero pudo escuchar el roce de la tela y el suave rasguño de una hoja de papel. Futaba, de nuevo, fue quien rompió el silencio.
—¿Qué es esto?
—Es el lugar al que debe ir —respondió Maya, aunque su voz sonaba diferente a la que ella recordaba, fría y distante—. Si lo ve por fuera parece un almacén, pero en realidad se trata de uno de nuestros centros de distribución. Ahí puede dejar su motocicleta y un auto se encargará de llevarla a nuestro cuartel.
—Me niego —respondió su amiga— no puedo confiar en tus métodos, menos cuando la última vez casi me rompes la nariz.
—Eso no ocurrirá.
—¿Y cómo sé que no?
—Hanayagi-san me ordenó protegerla con mi vida. Si usted se rompe la nariz, ella romperá mi pierna; si usted, por azares del destino, se rompe la pierna, nada le impedirá romperme el cuello. Así funcionan las cosas en nuestro mundo.
—Y es tan estúpido como pensé.
—Se llama lealtad, Isurugi-san, y es lo que nos ha mantenido unidas durante siglos.
—No entiendo. —Su amiga sonaba un poco más frustrada con cada segundo, caminando de un lado al otro sobre el tatami—. A Kaoruko nunca le ha costado aparecer en donde sea y cuando sea, ¿por qué debo ir yo a ese lugar?
—Ella y yo conversamos mucho ese día, cuando recién me transferí.
—Sí, y no entiendo como nadie olió el terrible hedor a tabaco que salía de tu habitación. A Kaoruko le vendría bien dejar de ser un cenicero andante.
—Creo que por primera vez estamos de acuerdo en algo, Isurugi-san.
Claudine frunció el ceño; ahora esa colilla con restos de lápiz labial tenía un poco más de sentido, aunque aún faltaba mucho por averiguar. Cerró los ojos y concentró toda su atención en seguir escuchando.
—El punto es —continuó Maya— que ambas hemos llegado a la misma conclusión: es necesario hacerle creer que usted no está al tanto de las circunstancias.
—¿A quién?
—Solo Hanayagi-san puede desvelar esa información.
—Cielos, ustedes dos se comportan como si algo horrible estuviese a punto de suceder.
—Horrible no, grande. —Maya suspiró, dejando escapar la tensión que tenía acumulada en su pecho—. Por ahora tenemos todo bajo control, pero la confianza es el peor enemigo del hombre.
—Juraría que he escuchado a Hoshimi decir algo así…
—Y es un gran consejo.
—Kaoruko se encuentra bien, ¿no? —Aquella frase, por alguna razón, parecía impregnada de angustia.
—Mejor que nunca. Su señora abuela nos ha enviado refuerzos desde su base en Kioto, además de que nuestro círculo cercano no la deja sola ni un segundo.
—E imagino que sabe defenderse…
—Bueno, el último incauto que se atrevió a acercarse a ella más de la cuenta ahora duerme con los peces, así que estará bien.
Eso era aterrador, tan sospechoso como la clase de cosas que podías ver en películas de crimen. ¿Acaso estaban en medio de un ejercicio de improvisación? Si quería descubrirlo, tendría que acercarse un poco más. Tenía que abrir la puerta sin ser vista.
—Sé honesta, Tendo —pidió Futaba con seriedad— ¿Quién las sigue es la policía?
—Esas cosas no se discuten en voz alta.
—Solo quiero saber que es lo que pone a Kaoruko tan nerviosa.
Deslizó la puerta delicadamente, formando apenas una delgada rendija por la que se asomaba un delgado haz de luz. Claudine trató de ver por ahí, pero lo único que vislumbró eran un par de siluetas en la oscuridad.
—Puede imaginar al Clan como una manada de lobos —explicó Maya con paciencia— cazan juntos, comen juntos y defienden su territorio juntos. El territorio es lo más importante para una manada, y eventualmente llegará otra con la intención de apoderarse de él.
—Eso significa…
—…Que es fundamental que se reúna con Hanayagi-san después de clases.
Claudine abrió la puerta, lo suficiente para que sus figuras se hicieran visibles ante sus ojos, pero cuando intentó aventurarse un poco más, la madera crujió.
—¿Quién es?
La dureza en su voz le heló la sangre. Fueran o no sospechas suyas, Claudine cerró la puerta de golpe y se echó a correr por el pasillo, empujando a un puñado de chicas que se preparaban para volver a sus clases.
Tenía razón, maldita sea, tenía razón y no estaba segura de que fuera algo bueno.
—¿Qué ocurre? —preguntó Futaba al ver que Maya abría la puerta de golpe, mirando a ambos lados del corredor.
—Lo que ocurre, Isurugi-san, es la razón por la que estas cosas deben discutirse en privado.
Se acuclilló, revisando cada palmo de la puerta en busca de huellas, fibras o, en el peor de los casos, pólvora. Tras ella, Futaba se cruzó de brazos.
—Pero ellos no podrían entrar aquí…
—Si nosotras pudimos, alguien con una fuerza similar a la nuestra podría hacerlo también.
—¿Incluso contigo aquí?
No respondió. Se sentía frustrada y ansiosa, tanto como si estuviera a mitad de un tiroteo con pocas balas en el cargador. Era imposible que la madera se deslizara por sí misma, y el sonido de los pasos del intruso aún hacían eco en sus oídos.
Pasos suaves, debía ser una chica. ¿Pero quién? Kagura la habría enfrentado en el momento, y a no ser que su enemigo tuviera un informante, no había manera en que alguien se acercara tanto con la cantidad de vigilancia que se asentaba alrededor de Seisho.
Pero, ¿quién?
—Diablos, ¡¿qué se supone que haremos ahora?!
Futaba se apartó del camino, dejando que un rayo de luz alcanzara el marco de la puerta y permitiera que la pista que tanto buscaba brillara frente a sus ojos como una pieza de oro.
—¿Tendo?
Tomó el descubrimiento entre sus dedos para examinarlo con detalle. Era grueso, ondulado y fuerte, de un rubio pálido que había visto cientos de veces antes. No quedaba la menor duda.
—Oye…
—Todo está bien, Isurugi-san —Maya se puso en pie, esbozando una sonrisa tranquilizadora— tal parece que solo era una chica con demasiada curiosidad.
—No parecías muy segura hace rato…
—Bueno, un análisis más detallado me da a entender que es así —respondió, y en ese momento la campana que marcaba el inicio del segundo período retumbó en toda la escuela—. Ahora vamos, no debe llegar tarde.
—Lo dices como si fueras mi niñera.
—Y lo soy —dijo, pasando una mano tras sus hombros— ya que usted es el tesoro más valioso de Hanayagi-san.
La chica se ruborizó, y por un momento su rostro pareció iluminar el aula en penumbras.
—¡¿Qué obsesión tienen ustedes dos con avergonzarme?!
—Es que usted es adorable, casi como un cachorro.
—No les parecerá tan gracioso cuando el cachorro las muerda…
—A mí no, pero seguro a Hanayagi-san le agrada, debería intentarlo cuando la vea.
Abrió la puerta para ella, cediendo el paso con gesto amable. Futaba analizó sus palabras por un minuto entero, y cuando comprendió la idea sus orejas echaron humo.
—¡N-No digas cosas como esa!
Caminaron juntas a su siguiente clase, y en cuanto cruzó la puerta, sintió como esos ojos carmesí se detenían sobre ella con ferocidad. Lo ignoró lo mejor que pudo y se sentó en el lugar de siempre, tomando su móvil y enviando un único mensaje a un número privado.
«Lo sabe».
Presionó «enviar», y se dispuso a esperar hasta el final de clases, robando cada cierto tiempo una mirada a ese delicado hilo de cabello rubio.
Mientras tanto, si el día anterior le había parecido lento, ese segundo período de clases se sintió como una eternidad para Claudine.
Las clases teóricas nunca habían sido sus preferidas, pero esa mañana en particular el choque de la tiza contra la pizarra la estaba volviendo loca. Y el camino a casa, para variar, no fue mejor. Corrió hasta su bicicleta apenas se despidió de sus compañeras, pedaleando con tanta fuerza que sintió sus piernas cansadas y los nervios de punta al imaginar a Tendo Maya apareciendo frente a ella en cualquier momento para decirle que sabía demasiado.
—Estaré bien —repitió para darse valor, atravesando la cerca de madera para dejar su bicicleta en el aparcadero— no puede hacerme daño, estaré bien.
Aunque ahora no estaba tan segura.
Cuando entró a la residencia se quitó los zapatos sin cuidado y subió los escalones de dos en dos, corriendo a su habitación y arrojando tanto su mochila como la caja de macarrones sobre su mesa de noche.
Problemas de pandillas, amenazas. Las posibilidades se abrían ante sus ojos como un abanico conforme se deshizo de la sabana que cubría su tablero y sacó las pistas de la basura de una en una, colocándolas en su lugar con manos temblorosas. Ahora todo tenía mucho más sentido, con las piezas del rompecabezas embonando una con otra hasta límites que ya no estaba segura de querer averiguar.
Estaba ese asunto de la mañana anterior, esa pequeña llamada que hizo Maya antes de que caminaran juntas a la escuela. Pidió a alguien que se ocupara de algo.
—¿Pero de qué?
Vio la fotografía de Futaba y, por alguna extraña corazonada, conectó los hilos.
Luego estaba la libreta, escrita en un idioma que sólo Maya conocía. Podía hacerla pasar por cualquier cosa, incluso por un diario. Estaba llena de números, ¿quién escribía tantos números en un diario?
—Pérdidas y ganancias.
Claro, ahí estaban las flechas. Bien podría tratarse de entradas y salidas de dinero. Lo conectó con el tatuaje, cuyo hermoso estilo tradicional hizo que se le erizara la piel.
—Estoy cerca —meditó, sintiendo como el corazón golpeaba su pecho como un martillo—. Sólo queda…
El cigarrillo.
Primero lo miró fijamente, inquieta, luego su verdadero significado se reveló ante sus ojos como una epifanía. Lo conectó con la otra pista sin fundamentos que poseía: la silueta sin rostro, la chica que llegó con Maya ese día y que nunca había vuelto a aparecer en sus conversaciones. Dejó todo a un lado, se sentó en su cama y, con una de las paletas de caramelo que Futaba le había dado dando vueltas en su boca, se encontró de nuevo en donde había comenzado: frente a una pestaña incógnita de su navegador de Internet habitual y un nombre en la mente.
—Hanayagi Kaoruko.
Su uso del japonés era bueno, muy cerca de la excelencia, pero le tomó un par de intentos dar con la combinación de kanjis que arrojara algo más que un puñado de información inútil.
Y el resultado la hizo palidecer.
—C'est impossible... —murmuró, pero su fotografía estaba ahí, idéntica a lo que recordaba.
Cuando Kaoruko se presentó con ella en la cafetería le dio la impresión de haber escuchado su nombre en algún lugar, y en ese momento entendió la razón. Claro que había escuchado de ella, todo aquel que quisiera forjarse una carrera en el mundo del espectáculo de Tokio eventualmente daba con su nombre. Hanayagi Kaoruko era la directora de una de las productoras más grandes de Japón, con un amplio historial de financiamiento al cine y teatro; algunos medios la consideraban el Rey Midas del escenario, pues cada estrella sobre la que ponía el ojo triunfaba como si tuviera la llave para abrir las puertas del éxito.
Claro que una figura como esa no podía escapar de su radar, era el tipo de mujer de negocios con la que aprendió a tratar desde que era pequeña, pero su cabello largo y sus ojos atrapados en una broma eterna hicieron que casi se le detuviera el corazón.
—No puede ser ella —siguió su búsqueda en la pestaña de imágenes, paseando sus ojos de una a una. En algunas aparecía inaugurando tal o cual lugar, o desfilando por la alfombra roja por la que caminaban sus estrellas, e incluso un par de revistas se tomaban la libertad de considerar a la señorita Hanayagi una de las mujeres más ricas del país—. Si es cierto debería tener al menos veinte años…
Veintitrés, para ser exactos, o al menos eso era lo que se decía en una de las muchas entrevistas que encontró y que describía a la joven productora como una mujer de gustos finos con una afición por la danza tradicional japonesa y los dulces caros.
Se echó hacia atrás, tomándose el tiempo para limpiar el sudor frío que impregnaba su frente. No hacía calor, pero Claudine estaba hiperventilando.
Bien, puede que hubiese conocido a una productora de ensueño sin saberlo, ¿pero que tenía que ver todo eso con Maya y el interés que ambas tenían por Futaba?
—Tiene que haber algo más —dijo entre dientes, mirando su pizarra— debe haber algo más detrás de todo esto…
Bajó un poco más, buscando entre todas las fotografías una que lograra atrapar su atención. En todas, la joven heredera parecía desprender glamour desde sus poros, con aire señorial que la hacía lucir como una de las superestrellas que apadrinaba, salvo en una, la cual estaba enmarcada por un aura de hostilidad en múltiples tonos de gris.
No llevaba la costosa ropa de diseñador que usaba para hablar con la prensa, sino un elegante traje de vestir color negro acentuado por un sombrero de ala ancha, un ostentoso abrigo de cuello emplumado y unas gafas de sol. Junto a ella, una chica de aspecto somnoliento mantenía a raya a la decena de reporteros que luchaban para recibir una entrevista. La curiosidad fue grande, así que abrió el enlace y se encontró con una nota de un periódico online de un año atrás. Miró su reloj, asegurándose de que aún tenía algunos minutos antes de que sus compañeras regresaran a casa, y sin pensarlo dos veces, comenzó a leer.
CONCLUYE LARGO JUICIO CONTRA PRODUCTORA DE ESPECTÁCULOS: ES DECLARADA INOCENTE. Este lunes el Tribunal de Justicia de la capital absolvió por unanimidad a la conocida productora Hanayagi Kaoruko, acusada de los delitos de fraude, lavado de dinero y evasión fiscal. Tras una larga contienda judicial, el juez encargado de llevar el caso a la justicia afirmó que las pruebas presentadas por la fiscalía no podían demostrar con certeza que la señorita Hanayagi se encontrara involucrada directamente en actividades ilícitas. Fuera de los juzgados, la eminencia del rakugo y representante legal de la familia Hanayagi en Tokio, Tanaka Yuyuko, dijo lo siguiente sobre el caso: "Mi clienta está satisfecha con el resultado de la contienda, sin embargo el daño que las acusaciones han causado a su imagen y su reputación se vieron reflejadas como pérdidas para sus negocios. Esta mañana hemos presentado una contrademanda y nos parece que va por buen camino". Por su parte, la señorita Hanayagi se negó a dar declaraciones. Las acusaciones hacia la productora se remontan a una serie de redadas hechas a varios clubes nocturnos dentro del distrito de Ginza, entre los que se encontraba un inmueble perteneciente a la celebridad en el que se decomisó una generosa suma de dólares americanos que no se veían reflejados en su informe fiscal. Cabe destacar que esta no es la primera vez que se relaciona a la familia con estos crímenes, pues existe entre las autoridades un amplio debate en sí se debería considerar al grupo y sus asociados como una organización criminal.Siguió revisando todas las fotografías anexas, incluyendo una en la que la escolta personal de Kaoruko arrebataba la cámara del reportero más impertinente. Al principio dudó, luego se acercó más a la pantalla, y tras frotarse los ojos pudo corroborar con la boca seca que aquello no era producto de su imaginación.
Era Maya. Tendo Maya en un pulcro traje de tres piezas color blanco con el mismo moño que siempre llevaba sujetando su cabello en una coleta alta. No solo reconoció el rostro de la que hasta hace unas horas creyó que era su compañera de clase, sino que recordó su ropa, el tacto de la tela contra sus dedos y la enorme mancha roja que cubría parte de sus pantalones y que, cuando los encontró escondidos en el estudio de baile, creyó que se trataba de utilería.
—Eso era... —se sintió mareada— …Sangre.
Tenía la vista nublada, por lo que cerró los ojos con fuerza y trató de tranquilizarse. No iba a desmayarse, no por eso, aún le quedaba mucho por hacer. Reunió valor para imprimir la imagen, colocándola junto a la silueta sin rostro que representaba a Kaoruko para conectarla con lo demás. La investigación estaba llegando a su fin.
Regresó la atención a su móvil de manera casi obsesiva, excavando un poco más en las notas de prensa pero, aunque encontró más de diez dedicadas a ese caso, la mayoría sólo relataban la gran victoria, y salvo un tabloide amarillista sin reputación, ninguna se había detenido a hablar sobre cómo la acusación se cayó a pedazos a días del veredicto, o como el juez llegó al tribunal con la pierna izquierda envuelta en una escayola.
Tal como leyó, las autoridades japonesas estaban renuentes a relacionar al Clan con cualquier hecho ilícito, pero los medios internacionales no compartían su recelo. «Yakuza» era el término más recurrente cuando los analistas extranjeros hablaban de la abrumadora fortuna que la jefa de la «familia» había acumulado en un par de años luego de que uno de los comandantes de policía más importantes de su distrito falleciera junto a su familia en un atentado con coche bomba que las autoridades japonesas nunca se habían molestado en esclarecer.
Y había mucho más: centros de apuestas, tráfico de narcóticos cuyas pesquisas nunca llegaban a nada y una amplia red de prostitución de alta gama que abarcaba todo el centro de Tokio y que tenía entre sus clientes a numerosas figuras públicas de la policía y el gobierno local. Los medios más osados declaraban que muchas de las estrellas protagonistas de sus producciones obtuvieron su papel a cambio de favores sexuales para socios comerciales del Clan o para la productora en persona, cuyo gusto por las chicas jóvenes era un secreto a voces.
Fue en un pequeño blog escrito en inglés donde encontró su primera evidencia real: un video corto de una cámara de seguridad del despacho del juez que llevó el caso, en el que se lo mostraba de cara al suelo recibiendo una golpiza salvaje por parte de dos mujeres vestidas como policías, mientras una tercera lo amagaba con un arma de fuego de alto calibre.
Esa mujer, con sus pómulos altos y su rostro perfecto, era Tendo Maya.
Claudine dejó a un lado el teléfono con las manos temblorosas, tratando de recuperar el aliento mientras sentía como el almuerzo subía por su garganta. Tiró el caramelo, tomó su cesto de basura y lo acercó a su rostro, pero pese a que tosió un par de veces, logró que el contenido de su estómago se quedara en su lugar. Miró la pizarra y, por primera vez, tuvo miedo de todo lo que se encontraba en ella.
Hanayagi Kaoruko era la última pieza que necesitaba, la que rellenaba cada hueco y movía los hilos rojos a la misma dirección.
Mafia.
—Tengo que advertirle…
Tomó su teléfono, aunque le costó un par de intentos sujetarlo adecuadamente con las manos llenas de sudor, buscó a Futaba en su lista de contactos y llamó. Sonó una vez, luego otra y otra, y en cada segundo que pasaba Claudine se comía las uñas por los nervios.
Lejos, en la planta baja, la puerta principal se abrió.
—Vamos —pidió en voz alta— tienes que contestar, tú siempre contestas.
Pero no lo hizo. Los pasos subieron por las escaleras, caminaron a través del corredor y se detuvieron justo afuera de su habitación, obstruyendo el delgado filamento de luz en la parte de abajo. Claudine esperó, congelada en su sitio, conteniendo el aliento.
—¿Q-Quién...? —cuestionó en un hilo de voz, pero fue tan débil que seguramente nadie más que ella pudo escucharlo.
Esperó y esperó, hasta que unos nudillos golpearon la madera suavemente.
—¿Quién es? —repitió, ahora un poco más fuerte.
Para su sorpresa, alguien carraspeó.
—Lo lamento mucho, Saijo-san. —Junna, la representante de clase, sonaba un tanto avergonzada—. Solo quería asegurarme de que te encontraras bien.
Claudine suspiró.
—Claro —respondió— sólo estoy un poco cansada.
—Me alegro mucho —dijo Junna—. Nana también está preocupada por ti, hasta dijo que iba a cocinar sashimi para la cena.
—¿En serio?
Aquello debió dar una pizca de emoción a su voz, pues Hoshimi soltó una risita.
—Pero no le digas que te lo dije, está tan emocionada por sorprenderte que odiaría arruinarlo.
—Cuenta con ello.
—Bueno, te dejo descansar. Hasta pronto.
—Sí, nos vemos.
Luego de esto se marchó, dejándola sola con un teléfono que no paraba de sonar. Los pasos regresaron al poco tiempo, tan tranquilos como antes, y cuando sus nudillos tocaron la puerta, Claudine estaba lista.
—¿Necesitas algo más, Junna?
—Creo que está confundida, Saijo-san.
El móvil resbaló de sus manos, causando un golpe que hizo eco en una habitación silenciosa. Para cuando la puerta se abrió de par en par, Claudine pudo escuchar la voz de Futaba al otro lado de la línea.
—¿Hola?, ¿Kuroko? Tuve que aparcar la moto para contestar. ¿Ocurre algo?
Había echado el cerrojo, estaba segura de ello, pero la recién llegada giraba en sus dedos largos y ágiles un manojo de llaves maestras. Cerró la puerta tras de sí, se acercó hasta donde estaba el móvil y lo tomó del suelo, colgando la llamada en el acto.
—Isurugi-san tiene una cita el día de hoy, sería de mala educación molestarla en un momento tan íntimo, ¿no cree?
Claudine se puso en pie con la velocidad del rayo, saltando al otro lado de la cama para poner tanta distancia entre Tendo Maya y ella como fuera posible.
—Increíble —se rió Tendo al descubrir su pizarra, deteniéndose un momento sobre la fotografía de Kaoruko— nadie había llegado tan lejos con tan poco, ni siquiera el FBI. Puede que la haya subestimado todo este tiempo.
Sus ojos se desviaron a su mesa de noche, adquiriendo un pequeño brillo infantil cuando se encontraron con la caja de macarrones que había comprado esa mañana, precisamente pensando en ella. La tomó y le echó un vistazo.
—Estos me encantan, ¿le importa si tomo uno?
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó temblando de miedo. Maya dejó de prestar atención a los dulces y se concentró en ella, esbozando una abrumadora sonrisa falsa.
—Bueno, si ya ha terminado de jugar a los detectives, quiero que me acompañe. Me parece que usted y yo tenemos mucho de qué hablar, Saijo Claudine.
