En ese momento, sumergida dentro de una realidad que difícilmente se parecía a la suya, Saijo Claudine pensó que iba a morir.

—Hemos llegado, Saijo-san.

Lo imaginó mucho antes, desde el momento en que Tendo Maya la invitó a acompañarla fuera de su habitación con una sonrisa rígida, guardando cada una de las evidencias que había recolectado esa noche en el interior de su mochila escolar, tomando también los macarrones que había comprado para ella en secreto.

—Espero no le moleste que tome esto —dijo antes de hacer desaparecer la caja entre sus pertenencias— prometo que le compraré otros más tarde.

Asintió en silencio, temerosa, saliendo al pasillo como una prisionera mientras se preguntaba si ese momento llegaría alguna vez.

Recordó bajar las escaleras con la mirada perdida, también haberse sentado en el recibidor para ponerse los zapatos por mera memoria muscular, observando por la ventana el lujoso auto negro que las esperaba al otro lado de la cerca inmóvil como una carroza fúnebre.

—¿Van a alguna parte?

La voz de Daiba Nana llegó a ellas desde el interior de la cocina, y fue cuestión de tiempo para que sus ojos color jade se asomaran por el marco de la puerta, observándolas con curiosidad. Por un momento pensó en gritar, en correr a sus brazos y contarle todo lo que había descubierto esa mañana, pero Tendo la tomó del hombro, discreta como un mal presagio, y el tacto de sus dedos le indicó que no había escapatoria.

—Daiba-san —saludó con esa voz gruesa que parecía diseñada para el canto—. Me temo que Saijo-san no se ha sentido bien desde el almuerzo, así que le pedí a mi padre que pasara por nosotras para dar un paseo.

Nana la miró con los ojos entrecerrados.

—Ahora que lo dices, creo que está algo pálida —dijo, acariciándose la barbilla—. ¿Todo bien, Kuro-chan?

No, nada estaba bien. Estaba aterrorizada, tenía la espalda empapada de sudor frío y los dedos de Tendo Maya cernidos sobre su cuerpo como las garras de un halcón alrededor de su presa, llevando al interior de su cabeza un mensaje fuerte, claro y contundente: una sola palabra, la que fuera, y el juego terminaría para las dos.

—Oui —respondió con la mejor sonrisa que pudo esbozar, apenas una mueca temblorosa y falsa— creo que algo de aire fresco me vendría bien.

Era mentira, una farsa tan enfermiza como la presencia de esa desagradable mujer en su vida. Nana debía ser capaz de verlo, de intuir que el auto que esperaba con el motor encendido era un poco demasiado lujoso para un simple paseo, o que sus piernas estaban temblando más que el pudín de banana que les preparaba todos los fines de semana.

¡Debía darse cuenta!

Pero no lo hizo. Daiba Nana esbozó una sonrisa gentil, llena de alivio y expectativas, se despidió con la mano y volvió tarareando a sus quehaceres.

—Espero se la pasen bien —les deseó— y no vayan a llegar tarde, hoy prepararé algo muy especial para la cena.

—Lo esperaremos con ansias, Daiba-san.

Mientras caminaba fuera de la residencia, abordando el asiento trasero del automóvil, Saijo Claudine pensó en todo lo que su vida pudo haber sido, en las amigas que quizá nunca volvería a ver y en el delicioso sashimi que Nana prepararía para ella con mucho cariño.

El comienzo del recorrido fue, sobre todas las cosas, silencioso. Maya se sentó a su lado, hizo un gesto de asentimiento a la chica tras el volante y el lujoso Mercedes-Benz arrancó, separándola -tal vez para siempre- de todo lo que conocía.

—¿Gusta alguna bebida? —ofreció como si nada, revelando una pequeña nevera y un juego de vasos de cristal cortado desde un compartimiento oculto entre los asientos del conductor y el copiloto—. Tengo agua natural, refresco de manzana y té helado… También hay whisky, brandy y ron, pero usted es muy joven para eso.

—Podría gritar, ¿sabes?

La sonrisa en el rostro de Tendo se esfumó de golpe.

—¿Disculpe?

—Podría abrir la puerta y lanzarme al camino —amenazó en un hilo de voz, colocando una de sus manos sobre la palanca. Estaba cerrada, lo sabía, pero sentir el mecanismo contra sus dedos le devolvió el coraje—. Incluso podría golpear el vidrio con todas mis fuerzas hasta hacerme daño.

—¿Y qué ganará con semejante osadía, Saijo-san? —preguntó Maya con poco interés, revisando una de las botellas dentro de la nevera.

—Llamar la atención —respondió— hacer un escándalo tan grande que la policía tendría que intervenir.

—¿La policía?

Sus palabras no tuvieron el efecto deseado. Maya esbozó una sonrisa forzada, torcida y antinatural, buscando algo entre los pliegues de su uniforme gris.

—Me parece —continuó— que no está entendiendo del todo la situación, y mucho menos con quiénes está tratando.

Entonces, pese a su ola de valentía, el brillo del acero le robó el aliento.

—Puede gritar, correr, volar si quiere, pero si logra que la policía la escuche, la devolverán a mis manos como los perros obedientes que son. —El arma era pequeña, discreta como un juguete, pero letal cuando Tendo abrió el barril para mostrarle cinco balas doradas y relucientes, listas para dispararse a la menor provocación—. No quiero hacerle daño, así que le pido que no haga las cosas más difíciles para mí.

Cerró la recámara y la giró, devolviéndola al escondite de donde había salido. Cuando se perdió de vista, Claudine se dio cuenta de que estaba temblando.

—Ahora dígame, Saijo-san —Maya regresó su atención a la botella entre sus manos, sonriendo como si nada hubiese ocurrido— ¿se le ofrece algo de beber?

Y pese a tener los labios secos, agrietados como si llevase años enteros vagando por el desierto, Saijo Claudine negó con la cabeza.

No volvieron a intercambiar palabras tras ese incidente, y en solo un par de ocasiones sintió los ojos violeta de su compañera encima suyo, mirándola atentamente mientras daba un sorbo desganado a su vaso de whisky. Decidió ignorarla, concentrándose en su lugar en la forma en que el paisaje urbano se transformaba a través de la ventana, convirtiéndose en los hermosos tonos verdes de un área rural.

Nunca se había alejado tanto de la ciudad, y la imagen de los campos fértiles extendiéndose a la lejanía le habría resultado pintoresca de no encontrarse en esa situación, dentro de un auto desconocido que sorteaba con destreza la maleza de un sendero que subía por la montaña, tan alto que se le taparon los oídos.

Claudine se mordió la lengua, prometiendo conservar el último rastro de orgullo que le quedaba, pero cuando Tendo anunció su llegada y la perspectiva del grueso muro de concreto y su ornamentado portón karamon se hizo visible, comprendió que estaba entrando directamente a la guarida de la bestia.

—Bueno, Saijo-san, le doy la bienvenida a la Mansión Hanayagi.

La puerta se abrió desde dentro, marcando el principio del fin. Claudine no llevaba mucho tiempo en Japón, pero si el suficiente para haber visitado muchas de sus más famosas atracciones turísticas, y lo que vio tras el muro era tan parecido a uno de esos viejos castillos feudales que consideró que llamarlo mansión era una falta de respeto. Era, según consideraba su juicio, una maravilla arquitectónica que se alzaba tres plantas por encima del suelo, de vigas rojas, tejado negro y un jardín tan frondoso que parecía sacado de una postal.

—Este solía ser el palacio del shogun local durante la época más violenta de la región. —Explicó Maya al notar su interés, dando un último sorbo a su whisky antes de dejar el vaso junto a la nevera—. Cuando Hanayagi-san lo compró estaba hecho un desastre, apenas un montón de ceniza y madera podrida, pero con algo de esfuerzo lo levantamos y lo convertimos en esto.

—Impresionante —murmuró sin poder evitarlo, robando a su captora una sonrisa triunfal.

—Y no ha visto nada.

Observando con atención Claudine se dio cuenta de que el complejo se componía de varios edificios, almacenes y cocinas, pero el Mercedes siguió el sendero principal hasta el más grande de todos, rodeando una majestuosa fuente con la forma de un dragón que escupía un torrente de agua desde sus fauces mientras acechaba a los visitantes con un par de ojos hechos de rubí.

—Te llamaré en cuanto termine mis asuntos —dijo Maya a la chica tras el volante— mientras ve a traerme un expreso; tengo una caja de macarrones con los que iría muy bien.

—Entendido, Tendo-sama.

La escuchó bajar primero, rodeando la parte trasera del auto hasta llegar a su puerta, abriéndola para ella mientras ofrecía una de sus manos en gesto galante.

—Permítame ayudarla.

Miró su palma abierta. Sus dedos eran largos como los de un pianista, de piel suave y bien cuidada, y su cínico porte la convertía en la compañera de baile ideal. Sintió tanta rabia que la apartó de un manotazo, con la mandíbula tensa y los dientes rechinando de frustración.

—Puedo hacerlo sola, gracias.

Pero no se lo permitió. Maya la tomó del brazo de tal forma en que no habría podido liberarse ni usando todas sus fuerzas, obligándola a descender a trompicones.

—Yo no haría eso si fuera usted.

Para cuando el auto arrancó, perdiéndose por el mismo camino por el que había llegado, Maya la ayudaba a subir los escalones del pórtico de uno en uno, tomándola de la cintura para que sus piernas no la traicionaran.

—Vaya —dijo alguien desde la cima, justo frente al umbral— creí que jugarías a la niñera por un poco más de tiempo, Tendo, especialmente cuando nos estamos hundiendo con el trabajo.

Pese a todo, la aludida sonrió.

—También me alegra verla, Yumeoji Fumi.

La chica, rubia y de rasgos severos, no parecía muy feliz de verlas. Claudine se esforzó por mirar lo que había tras ella, descubriendo a un par de chicas con armas de fuego custodiando la puerta principal.

—¿Quién es ella?

—Una visita circunstancial —respondió Tendo.

—¿Acaso es otra de las chicas de la jefa?

—Para nada —negó con una sonrisa— Hanayagi-san tiene las manos ocupadas justo ahora.

—Y que lo digas. —Fumi suspiró, cruzando sus brazos sobre el pecho—. Esta mañana me encomendó traer a esa otra chica desde el centro de la ciudad, y no deja de sorprenderme que sea tan solo un año mayor que Shiori...

Claudine se puso alerta. Cuando la llamó, Futaba se encontraba conduciendo hacia su destino, ¿sería posible que la hubieran alcanzado? Guardó silencio y agudizó el oído.

—¿Acaso le ha ocurrido algo a su hermana, Yumeoji-san?

—Por suerte no —suspiró— pero ver a esa chica me hace preguntarme cuánto tiempo pasará antes de que Shiori termine involucrada en uno de nuestros asuntos.

—Puede ser mañana, en un año o tal vez nunca. No deja de ser una posibilidad dado que las une la sangre, pero le aseguro que todo saldrá bien.

—¿Y crees que lo mismo aplique para la pequeña amante de Hanayagi-san?

Amante. El uso de la palabra la hizo arrugar el entrecejo. Maya lo pensó un momento, pasándose una mano por la barbilla.

—Supongo que el tiempo lo dirá.

La charla continuó, pero Claudine decidió que ya había escuchado suficiente. Miró a su alrededor en busca de alguna pista de su paradero, y la cercanía del Monte Fuji le indicó que se encontraba en algún lugar del sur de Tokio.

—Bueno, Yumeoji-san —Maya tiró de su brazo nuevamente— me encantaría seguir con nuestra conversación, pero temo que tenemos un asunto pendiente.

—Por supuesto. —Fumi chasqueó los dedos y las chicas bajo su mando abrieron la puerta para ellas—. La jefa ordenó que la esperaras en su sala de audiencias.

—Perfecto, entonces nos retiramos.

—Claro, rezaré para que no te arranque la piel.

—Muy graciosa...

La puerta se cerró apenas cruzaron el umbral, atrapándola en un enorme recibidor con un getabako tan grande que bien podría albergar más de una veintena de zapatos. Claudine se quitó sus zapatillas escolares en silencio, observando por el rabillo del ojo como Maya entregaba su bolso a una mujer vestida con un kimono de colores.

—Puede echar un vistazo si quiere —dijo su captora mientras acomodaba su calzado en un espacio libre— me imagino que querrá estirar las piernas luego del largo trayecto.

¿Estirar las piernas? Claro, aunque hubiera preferido echarse a correr.

El interior era tan excesivo como el exterior, con el suelo compuesto de tablones de madera perfectamente encerados, y los muros adornados con bellos patrones florales. Dentro del vestíbulo se exhibía una armadura samurai, un pequeño arreglo floral y una pintura en la que se mostraba a una bailarina de kimono negro balanceando un abanico en torno al cual giraba un enorme dragón de jade.

—Interesante, ¿no? —Maya se paró a su lado, hombro con hombro, observando la imagen con fascinación—. Cuando era pequeña, la abuela de Hanayagi-san me dijo que esa pintura narraba el origen de su familia.

—Pues no le encuentro ningún sentido.

Lejos de molestarse, Tendo Maya sonrió.

—Se lo explicaré entonces. —Se aclaró la garganta con un carraspeo, tomó aire y comenzó el relato—. Hace muchos siglos, en la época de las guerras civiles, una cortesana danzaba para entretener a su señor. Su vida era triste, ya que estaba llena de vejaciones y abusos de los que no podía escapar, por lo que movida por la desesperación, decidió proponerle a su amo una arriesgada apuesta.

Sus ojos se perdieron en las escamas de la bestia, de un verde tan intenso que casi parecían cobrar vida. Señalándolas, Maya continuó.

—Usando solo su baile, haría descender a los dragones del cielo.

—¿Dragones?

—Así es —asintió— si lo conseguía, ella ganaría su libertad junto a toda la fortuna del hombre, pero si fracasaba, el viejo samurai al que servía le arrancaría la piel y la colgaría en su salón junto con el resto de sus trofeos de caza.

—¿Y qué pasó entonces?

—La historia dice que los dragones realmente bajaron atraídos por la danza de la mujer, y que uno de ellos le obsequió una de sus garras como muestra de agradecimiento, misma que en sus manos se convirtió en una naginata de oro que dio muerte al samurai. —Sonrió, y sus gestos se impregnaron de algo muy similar a la nostalgia—. O al menos eso fue lo que me contó la abuela.

—Pues es ridículo —respondió sin poder evitarlo— los dragones no existen.

—Tiene razón, pero existan o no, la familia aún conserva la naginata, y las mujeres Hanayagi honran a los dragones que bajaron en su auxilio llevándolos en la piel que les permitieron conservar. —Tras esto, Maya le ofreció su brazo con gentileza—. Pero esa es una historia para después, y lo que ahora nos compete es un asunto muy distinto.

Fue guiada a través de un pasillo largo, cerrado y estrecho, flanqueado por una serie de puertas corredizas a su derecha y por enormes ventanales de cristal templado a su izquierda, mismos que lo iluminaban por completo y le permitían observar un poco del hermoso jardín exterior. Tensa hasta los huesos, Claudine decidió romper el silencio.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Tendo Maya?

Ella alzó una ceja.

—Siempre y cuando me esté permitido, estaré encantada de responderla, Saijo Claudine.

—¿Qué quieren de nosotras?

Su brazo se tensó bajo sus dedos.

—Me temo que eso no es algo que pueda decirle.

Las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba, en una pequeña sonrisa que en esas circunstancias le produjo náuseas, por lo que Claudine desvió la mirada para concentrarse en el jardín. Era hermoso en todos los aspectos, desde el torii por el que se accedía a él hasta la vegetación, compuesta de flores multicolor y árboles de cerezo que seguramente llenaban el puente a sus pies de pétalos rosáceos en plena primavera. El lago era amplio, adornado con flores de loto y lirios acuáticos sobre los que algunos cisnes de plumas blancas nadaban tranquilamente.

En el centro de toda esa belleza, dentro de un hermoso kiosco hexagonal, una bella mujer danzaba delicadamente, moviendo su abanico con soltura mientras las mangas amplias de su kimono negro volaban con el viento.

—Nadie baila tan bien como Hanayagi-san —dijo Maya a su lado— verla hace que esa historia que le conté no parezca tan descabellada, ¿verdad?

Odiaba admitirlo, pero tenía razón. Hanayagi Kaoruko no era como nadie que hubiera visto antes, ni siquiera dentro de los muros de la prestigiosa Academia Seisho. Sus movimientos eran gráciles, tan fluidos como los de los peces koi que nadaban en círculos dentro de su estanque. Lo que se apoderó de su pecho resultó ser muy similar a lo que sintió cuando vio a Tendo Maya por primera vez, como si su brillo fuera tan poderoso que amenazara con cegarla.

—Y ahora su compañera ha llegado…

No la vio al principio, pero luego de observar con detalle no tardó en notar a la invitada que invadió aquel panorama de ensueño a paso lento, sin despegar la mirada de la figura esbelta que se movía con la soltura del agua, dentro de un trance que parecía no terminar. Lo primero que notó fue su uniforme, tan gris como el suyo, y su cabello, tan rojo como el atardecer.

—Futaba…

Por un instante pensó en golpear el cristal, en llamar su atención para advertirle, pero ver el suave brillo en los ojos de su compañera ante la danza del capo la detuvo en seco. Kaoruko esbozó una discreta sonrisa, deteniendo sus movimientos gradualmente hasta que paró por completo, extendiendo una de sus manos en una invitación silenciosa.

—¿Qué está ocurriendo?

—Lo que estaba destinado a ocurrir. —Maya se colocó tras ella, tomando sus hombros para invitarla a observar—. Si ve con detenimiento, entenderá a lo que me refiero.

Kaoruko guardó su abanico, reemplazándolo por una delgada pipa dorada que no tardó ni un minuto en llevarse a los labios, tomando una calada profunda y exhalando el humo como si fuera un dragón. Futaba terminó la distancia entre ambas, pero en lugar de ceñirse a sus términos, arrebató el objeto humeante entre sus manos y se puso de puntitas para alcanzar su rostro.

—La relación entre Hanayagi-san e Isurugi-san ha evolucionado mucho —dijo Tendo a su oído— así que nos convendría mantener el asunto lo más discreto que sea posible, ¿no cree?

Pero no la escuchó, no cuando podía ver pequeñas ráfagas de humo escapando entre la unión de sus labios.

—Se han estado burlando de mí todo este tiempo, ¿no?

De no haber estado tan concentrada en la escena al otro lado del cristal, habría notado como Tendo daba un paso hacia atrás.

—¿Qué quiere decir?

Sus manos se convirtieron en puños a sus costados, tan tensos que la piel de sus nudillos palideció. Miró por la ventana una última vez, observando como la pareja conversaba tranquilamente, y ver sus expresiones la hizo sentirse traicionada. Por Futaba, por Kaoruko…

—¿Recuerdas esos tontos macarrones?

…Y por Maya.

—Disculpe, pero no entiendo la relación entre ambas cosas….

—Esos malditos dulces eran para ti —dijo entre dientes, castañeando con rencor— era mi forma de pedirte perdón después de lo mal que te traté.

—Saijo-san…

En esa ocasión, con los ojos ardiendo por la impotencia, Claudine se giró para encararla.

—Fui una tonta al creer que eras buena persona, que había sido injusta luego de todo lo que hiciste por mí. —Vio como sus ojos se abrían más y más con cada palabra, pero no se detuvo—. Me he cansado de tu actuación, de esa tonta mentira sobre admirarme y encontrar alivio en mi trabajo…

—¡No es una mentira! —respondió Maya dispuesta a enfrentarla—. Lo que dije en las duchas era verdad, usted fue una gran inspiración para mí.

—Tu vas me dire qui tu es vraiment ?! —alzó la voz, recuperando el terreno perdido—. Dijiste que viste ese tonto musical cuando eras más joven, ¿pero de qué edad estamos hablando en realidad, Tendo Maya?

—Eso no…

—¿Acaso tampoco puedes responder a esa pregunta?, ¿tanto te aprieta la correa?

La vio pasar saliva de forma casi dolorosa, y cuando al fin reunió valor para responder lo hizo en un hilo de voz.

—Tenía diecisiete…

—Diecisiete —repitió en medio de una risa seca y amarga—. Yo tenía diez en aquel entonces, eso fue hace siete malditos años.

—Escuche, Saijo-san…

Pronunció su nombre de una forma tan comprensiva que la rabia se acumuló dentro de su pecho como si fuera una olla de presión, lista para estallar en cualquier momento. A sus espaldas, entre arbustos y flores, Futaba buscaba los brazos de Kaoruko con anhelo.

—¡Al final no eres más que un maldito fraude!

Su cuerpo se movió por sí solo, y antes de darse cuenta su palma abierta se había estrellado contra la mejilla de Tendo con tanta fuerza que el impacto debió escucharse en cada rincón de la mansión. El rostro de Maya se giró en dirección al golpe, se llevó una mano a la zona afectada y, cuando buscó su rostro, Claudine se dio cuenta de lo que acababa de hacer.

La abofeteó. Realmente había abofeteado a un maldito gangster.

—Saijo-san…

Su corazón latía descontrolado, como si luchara por escapar de su pecho, su cuerpo se puso frío, y apenas fue capaz de razonar otra vez, una serie de pensamientos primitivos llenó su cabeza.

Corre. Escóndete. Sobrevive.

—¡Saijo-san!

Para cuando Maya la llamó, Claudine ya se encontraba deslizándose por el pasillo a toda velocidad, escuchando como una serie de pasos frenéticos se acercaban desde el vestíbulo.

—¡¿Qué ocurrió?! —Preguntó Yumeoji Fumi a gritos—. ¡¿Dónde está la chica?!

—Bloquea las salidas —ordenó Maya al instante— Hanayagi-san no debe enterarse de esto.

—¡¿Bromeas?!

—Si alguien ajeno a nosotras la ve, podría hacerle daño.

—Y por mi culpa no será…

—Yumeoji-san —su voz era seria, demandante— si se tratara de su hermana, ¿no desearía que alguien se preocupara por protegerla?

Sus palabras hicieron que múltiples escalofríos recorrieran su piel. Fumi suspiró, girando sobre sus talones con una resignación que, incluso sin verla, podía sentir.

—Tú ganas. Desplegaré a mis chicas por los pasillos, avísame por la radio cuando desees que informe a la jefa acerca de tu llegada.

—Se lo agradezco de corazón —respondió— y recuerde, la necesitamos viva.

Lejos de animarla, esa afirmación hizo que un terror paralizante le carcomiera los huesos.

—Merde !

No tardó mucho en descubrir que casi todas las puertas se encontraban cerradas, y las que no llevaban o a ninguna parte o a cuartos llenos de sirvientes que, de no haber estado tan desconcertados con su presencia, la habrían entregado en el acto. Podía escuchar a Maya pisándole los talones, sola, y la idea de girarse y descubrirse al alcance de su brazo le produjo pavor.

—Allez, s'il vous plaît !

Intentó con la más próxima, y tal como esperaba, fracasó, probó con otra y tuvo la misma suerte, y no fue hasta la tercera cuando escuchó un milagroso y celestial clic que reveló una amplia estancia vacía con un fusuma entreabierto que llevaba a un pequeño jardincito de arena y rocas.

—¡Saijo-san!

Se giró, encontrándose de frente con el brazo alzado de Tendo. Lo vio cerca, pero por fortuna fue lo suficientemente rápida para cerrar la puerta en su cara y echar el pestillo.

—Abra por favor, Saijo-san —pidió Maya intentando mantener la calma—. Por su propio bien le pido que discutamos nuestra situación como personas civilizadas.

—¡¿Civilizadas?! —Claudine se paseó de lado a lado como si fuera una leona atrapada en una jaula, intentando encontrar algo útil en aquel salón de apariencia tradicional. Había un fogón en el centro, aún cálido por el uso, y no se le ocurrió mejor idea que tomar uno de los leños chamuscados que había en su interior para defenderse—. Me amenazaste para traerme aquí, Tendo Maya, ¡¿qué parte de eso es civilizado?!

—Si no actuaba rápido alguien más habría salido involucrado.

—¡Eso no justifica nada!

—Escuche por favor —pidió con paciencia— mientras hablamos se están desplegando múltiples unidades de vigilancia en toda la mansión. Solo debe venir conmigo y le prometo que olvidaremos esto.

—¡¿Y tu lunática amiga también lo olvidará?!

—Hanayagi-san no tiene porqué enterarse.

—¡Tonterías!

Maya dio a la puerta un último golpe lleno de frustración, y cuando Claudine escuchó el suave tintineo de lo que aparentaba ser un juego de llaves, entendió que no tenía mucho tiempo. Salió por el fusuma que conducía al segundo jardín, y ahí se tomó un momento para planear su próximo gran movimiento. Trató de recordar todo lo que vio apenas llegar, el muro, la fuente, el jardín y todos los edificios que se alzaban entre lo que podían ser una o dos hectáreas de bosque.

"Puedo ir a los almacenes" pensó para sí, rememorando vagamente la ubicación del par de chozas que acompañaban a la residencia, "quizá si las despisto el tiempo necesario encuentre una salida".

¿Y cómo haría para volver a casa una vez estuviera fuera? Bueno, eso sería asunto de su futuro yo.

—¡Saijo-san!

Y si anteriormente se sintió como una leona, al abrirse la puerta Claudine comprendió lo que sentía un cervatillo a mitad de la carretera deslumbrado por las luces de un auto. Cuando se dispuso a escapar, tomando el pasillo a mano izquierda, se encontró de frente con un par de chicas vestidas de negro.

—¡Atrápenla, ahora!

Se lanzaron por ella, juntas como una fuerza demoledora, y en un arranque de adrenalina Claudine les lanzó el tronco que llevaba entre manos, lo que le dio el tiempo suficiente para esquivarlas de puro milagro e incrementar la velocidad.

—¡Asegúrense de que las salidas estén bloqueadas!

—¡Sí, Tendo-sama!

¡¿Qué acaso Tendo Maya tenía que ser el centro de atención en todos los contextos posibles?!

Esquivó rocas y helechos con los pies descalzos, tratando de poner tanta distancia entre ella y sus perseguidoras como fuera posible, corriendo a través de un pequeño pasillo abierto que conectaba con el patio este y que seguramente servía para llevar alimentos desde la cocina al salón de banquetes del que acababa de escapar. Estaba muerta de miedo y cansancio, pero hizo una nota mental para darse una palmadita en la espalda por realmente haber puesto atención en todos esos tontos recorridos turísticos de castillos similares a los que acudió con sus padres.

—Al menos compraré otras malditas medias —murmuró con voz entrecortada, notando como las suyas casi estaban hechas jirones.

Los almacenes estaban ahí, a una carrera corta, pero ir a ellos daría a sus perseguidoras el tiempo suficiente para alcanzarla o, en su defecto, para que la guardia se desplegase completamente. Escuchaba movimiento cerca de las murallas, también a su izquierda, detrás del edificio principal, por lo que decidió ocultarse tras una hilera de cajas y barriles que se encontraban pegados a la pared, raspando sus rodillas e impregnando su uniforme de tierra.

—¿A dónde se fue?

Tendo surgió del pasillo, jadeante, limpiándose el sudor de la frente mientras sus subordinadas le pisaban los talones; no parecía cansada, pero la preocupación daba a su rostro unas cuantas arrugas de más.

—¿Desea que llamemos más refuerzos, Tendo-sama?

—No, aún tenemos un poco de tiempo antes de que la reunión de Hanayagi-san termine.

Dentro de su escondite, Claudine se mordió el labio inferior. ¿Cómo había terminado en esa situación? Debería estar en casa, terminando sus deberes y saboreando el rico sashimi que Nana estaba preparando para ella. Tenía que escapar a como diera lugar, así que trató de concentrarse y buscar un mejor escondite con su vista periférica.

Y lo encontró. Parecía diferente a todas las estructuras que había visto en ese lugar, tan pequeño que le recordó a uno de esos santuarios abandonados que a veces veía en las películas de terror, y que siempre auguraban cosas nada buenas.

Era espeluznante…

No. Sacudió la cabeza, dándose un par de palmadas en el rostro para espabilar. No había tiempo para dudar o para temerle a monstruos de sus fantasías infantiles; había bestias reales en aquella mansión, y todas estaban tras ella.

—Vayan a buscarla a la cocina y a los almacenes, yo tendré que revisar algunas cosas antes de proseguir.

—¡Sí, Tendo-sama!

Además los almacenes habían quedado fuera de cuestión.

Cuando las tres se separaron, Claudine reunió el valor suficiente para salir, y en medio de un silencio lúgubre, se acercó de a poco al objetivo protegida por las sombras. El precinto se alzaba poco más de medio metro por encima del suelo, con una decena de escalones que subió corriendo apenas tuvo oportunidad.

—Tiene que estar abierto…

Y lo estaba. Por suerte o desgracia, la puerta se abrió en un rechinido y ella se introdujo sin pensarlo, parpadeando incesantemente para acostumbrarse a las penumbras. A primera vista parecía otro almacén, con estantes repletos de decenas de pergaminos, documentos y otras antigüedades cuyo nombre no conocía. No olía a polvo ni a humedad, sino a tinta, a incienso y a tabaco.

—Conozco este olor.

Claro que lo conocía, últimamente Futaba lo arrastraba con ella a todas partes.

Caminó en penumbras, tropezando con algunas estanterías hasta que sus pupilas se dilataron lo suficiente para ver mejor: más que un almacén, aquello era un estudio, con un cojín de apariencia bastante cómoda y una mesa sobre la cual se encontraba un tintero y un pergamino. Los pinceles estaban bien cuidados, costosos y de calidad perfecta, y los trazos sobre el papel eran tan finos y elegantes que resultaba evidente que habían sido realizados por una mano experta.

Sin embargo, lo que la hizo dar un paso atrás fue el objeto empotrado en la pared, en medio de un par de antorchas que aún desprendían calor residual. A lo largo de su trayectoria, Claudine había visto todo tipo de utilería, incluso había disparado una pistola real durante un campamento en Guam, pero un simple vistazo le bastó para saber que esa arma era diferente a todo lo demás.

Oro. El oro del acero resplandecía incluso en medio de toda esa oscuridad, y el gran rubí en el extremo opuesto del filo parecía brillar con luz propia, como si absorbiera el calor de un fuego que parecía haberse consumido hace horas. En cualquier otro contexto, esa naginata habría resultado hermosa.

—¿Qué diablos…?

Alzó la mano movida por una curiosidad casi inconsciente, y cuando las yemas de sus dedos tocaron ligeramente el filo, su piel comenzó a sangrar.

—Es curioso, ¿no?

La luz del exterior la cegó, y mucho antes de poder girarse un trozo de tela húmeda se presionó contra su rostro.

—La historia que le conté esta exagerada por los siglos y el folclore, y por supuesto que esta arma está lejos de ser de oro macizo —dijo Maya a su oído— pero verla de esta manera hace que realmente parezca sacada de otro mundo.

Bajo el trozo de tela, Claudine emitió un quejido.

—¿Sabe? Hace no mucho tiempo, el día que me ordenaron dejar una rosa dentro de su casillero, Isurugi-san terminó en una situación muy similar. —Suspiró, cansada y sin fuerzas—. Nunca creí que me vería obligada a hacer lo mismo con usted...

Trató de liberarse, de luchar, pero los brazos de Maya se cerraron en torno a su cintura mucho más fuertes que los suyos, atrapándola contra su pecho.

—¿En qué estaba pensando? ¿Realmente creyó que no tendríamos algo tan básico como cámaras de seguridad? —le preguntó en un reproche—. ¿Acaso pretendía escapar al bosque para que Hanayagi-san enviara una tropa a buscarla como sabuesos de caza?

No, ella solo quería volver a su hogar, a su escuela y con sus amigas. Se retorció, pero su cuerpo fue perdiendo fuerza con cada minuto, y sus párpados cedieron ante su propio peso como si llevara días sin dormir.

—Confíe en mí, Saijo-san —la escuchó susurrar en sus últimos segundos de consciencia, cada vez más lejos— yo me encargaré de mantenerla a salvo.

Dijo algo más, pero no fue capaz de escucharlo. Se derrumbó entre sus brazos, pálida por el temor, observando como todo a su alrededor se teñía de negro poco a poco.

—¿Hay una yukata a su medida? Si Hanayagi-san la ve en ese estado sabrá que intentó escapar.

La primera vez la despertó el frío. Estaba tendida en el suelo de una habitación en la que no había estado antes, sin poder mover nada más que sus ojos nublados por el cansancio. Miró hacia abajo, a su propio cuerpo, y descubrió que se encontraba en ropa interior.

—Parece que tiene el sueño bastante ligero, Saijo-san.

Maya ya no llevaba su uniforme, sino un yukata sencillo de color azul oscuro con su cabello castaño arreglado en una elegante coleta alta. La miró desde arriba, sonriendo con indulgencia, sosteniendo en cada brazo una prenda doblada a la perfección.

—Creo que el naranja irá bien con usted, hará que sus ojos resalten.

No entendió. Sentía la cabeza ligera, como si se encontrara sobre una nube o como si estuviera hecha de algodón. Maya se acuclilló a su lado, deslizando una mano por los largos mechones de su cabello rubio con gentileza.

—Ahora debe volver a dormir —susurró suavemente— la despertaré cuando su reunión esté a punto de comenzar.

Y lo hizo, durmió, y cuando al fin recuperó la consciencia el sol ya teñía el panorama con los colores del atardecer. El tatami sobre el que se encontraba era cómodo, tanto que le habría gustado tomar una siesta de no encontrarse en medio de lo que parecía la primera resaca de su vida. Tenía náuseas, la vista nublada y por alguna razón no podía moverse o hablar.

—Es bueno tenerla de vuelta, Saijo-san.

Tendo, sentada a su lado en un cojín, le sonrió para luego ayudarla a incorporarse. Cuando intentó moverse Claudine se dio cuenta de dos cosas: que su uniforme escolar había sido reemplazado por un delicado yukata naranja, y que sus brazos y piernas se encontraban perfectamente atadas. Trató de reclamar, pero una mordaza le impidió el habla.

—Me costó mucho encubrir su pequeño acto de rebeldía —le dijo, sacudiendo algunos rastros de polvo de su rostro— así que, por lo que más quiera, necesito que se comporte.

¿Comportarse? La habría maldecido de no estar tan mareada. Echó un vistazo a su alrededor, a lo que tenía más de una similitud con el aula de Danza Tradicional Japonesa que había en Seisho y donde, en retrospectiva, habían comenzado todos sus problemas.

Aunque a decir verdad, esos problemas tenían un nombre.

—Llegó la hora —murmuró Maya en cuanto unos pasos ligeros se hicieron audibles por el pasillo, deteniéndose frente a la puerta corrediza del estudio—. Pase lo que pase, déjeme hablar a mí.

Entonces la puerta se abrió, revelando a la misma mujer que vio bailando en el jardín durante su llegada.

Claudine se irguió en su sitio, orgullosa, sosteniendo sin temor la mirada que llevaba atormentándola todo el día. Ya no había escapatoria, si quería sobrevivir tendría que depender de sus propias agallas y de lo mucho o poco que Maya pudiera abogar por ella.

Mirándola de arriba a abajo, Hanayagi Kaoruko sonrió.

—Es un gusto verte de nuevo, Kuro-han.