Lejos del ajetreo de la ciudad, resguardada bajo la discreción de las montañas, Hanayagi Kaoruko volvió a perder el tempo.
—Maldición —gruñó frustrada, plegando el abanico para retomar su posición inicial.
Pese a su naturaleza perezosa, Kaoruko tenía un talento prodigioso para la danza tradicional. Quizá era su sangre, poseedora de conocimientos antiguos, o su extraña perseverancia lo que llenaba sus movimientos de una gracia que se había convertido en su más grande orgullo. Sin embargo, tras una hora de intentos fallidos, toda esa habilidad parecía haberse esfumado en la nada.
¿Acaso estaba tan nerviosa?
—No —murmuró, comenzando su rutina una vez más.
Aunque amaba la vida nocturna de Tokio, no había nada que el capo disfrutara más que una buena mañana de relajación. Pasó un largo rato en su ofuro, disfrutando de la sensación del agua caliente sobre sus poros, se vistió con su mejor kimono y, tras recoger su cabello, se tomó el tiempo de realizar apropiadamente la ceremonia del té, buscando un atisbo de paz en las costumbres transmitidas por su familia a lo largo de los siglos.
Pero nada funcionó. Aún la veía al cerrar los ojos: cabello rojo levantándose en todas direcciones, una mirada color violeta resplandeciendo bajo el sol. Decenas de fotografías tomadas a la distancia y un charco de sangre absorbido por el asfalto.
No, no había encontrado la paz, y cuando giró la muñeca su ritmo se hizo añicos nuevamente.
—¡Maldición!
Pasó una mano por su rostro, de piel blanca y tersa, plegó su abanico y caminó de un lado a otro dentro de su kiosco hexagonal, buscando algo de alivio en su kiseru dorado.
En general, aunque odiara admitirlo, ni la llegada de los refuerzos había traído tranquilidad a su corazón. Sí, se sentía más segura, pero era como si su abuela le respirara en el cuello, presionándola para retomar esa incómoda charla sobre el futuro que habían pospuesto tantas veces. Su sottocapo, Tomoe Tamao, había partido a Kioto para apaciguar la situación, sin nada más que una maleta llena de dinero y una lengua de plata hábil para las excusas.
Ella, mientras tanto, tenía cosas más importantes en qué pensar.
—Una vez más.
No supo decir si habían transcurrido segundos, minutos o incluso horas, pero cuando vio su silueta atravesando el jardín, todo su talento había regresado.
Sus sandalias se deslizaron con energías renovadas, las mangas de su kimono negro volaron como si fueran hojas a merced del viento y sus músculos se movieron bajo el mismo instinto con el que se decía que la primera Hanayagi había hecho que los dragones bajaran del cielo, desprendiendo chispas de genialidad. Ella siempre la hacía sentir así, como si su presencia fuera un bálsamo sobre una herida abierta o una frazada sobre los hombros en una fría noche de invierno.
"Supongo que por eso te elegí".
Pero Futaba no la interrumpió, esperó a que su elaborada danza finalizara, permitiéndose soltar un suspiro solo cuando el canto de las aves reemplazó lo que debió ser la ovación de una multitud.
—Espero que el espectáculo haya sido de tu agrado —dijo, plegando su abanico y guardándolo en uno de los bolsillos ocultos de su kimono— la mayoría de las personas anuncian su llegada, ya sabes, por educación.
Futaba, que la observaba con la boca abierta a mitad del puente que atravesaba el lago, balbuceó un par de veces antes de hablar.
—Lo lamento —respondió, pasando la mirada de su rostro al suelo repetidamente— creí que sería grosero interrumpir.
—¿Grosero? —tomó una calada larga y profunda, alzando una mano en su dirección—. Una adulación de parte tuya siempre será bien recibida, amor mío.
—No tienes remedio.
—No cuando se trata de ti.
—Entonces no te molestará que llegue sin anunciarme, ¿verdad?
Sus palabras le arrebataron una sonrisa sincera.
—Siempre y cuando bailes conmigo, aceptaré todo de ti.
Permaneció firme, esperando con el brazo alzado hasta que Futaba cruzó la poca distancia que las separaba a paso lento, muy lento, al punto que por un momento deseó correr en busca de su calor.
—¿Bailar, dices?
Se detuvo frente a ella, mirándola de una forma que parecía capaz de atravesar todas sus defensas y descubrir todos sus secretos. Le gustaba sentirse así, girando alrededor de sus dedos, encerrada en una burbuja en la que solo existían las dos.
—¿Acaso no quieres?
No respondió, al menos no con palabras. En un segundo arrebató la delgada pipa de sus labios, reemplazándola con los suyos en un roce anhelante. Eran apetitosos, dulces y adictivos, como su golosina favorita deslizándose bajo su lengua, o como las mariposas en su estómago cuando un poco de humo escapó entre su unión. Ella, sin ninguna duda, se había convertido en su sabor favorito.
—Solo si dejas de fumar. —Futaba se paró sobre la punta de sus pies, uniendo su frente con la suya—. No te lo tomes a mal, pero comienzo a cansarme del olor.
Le devolvió la pipa y ella la tomó con dedos temblorosos.
—Te acostumbrarás en algún momento.
—No. —Sus dedos se deslizaron por encima de su flequillo, peinándolo suavemente—. Ya son muchas cosas a las que debo acostumbrarme por ti.
—Menciona una.
—Tendo.
—Ahora eres tú quien viene a hablar de negocios, ¿eh?
—Si queremos hacer esto bien, no podemos dejarlo pasar.
Tenía razón, y odiaba con toda su alma cuando eso sucedía. Tomó su mano, guiándola hasta uno de los extremos del kiosco, el más cercano al lago, invitándola a observar su superficie y los coloridos peces koi que nadaban bajo ella.
—Si te soy sincera, llegué a creer que no vendrías.
—Lo pensé —confesó, descansando su peso sobre la barandilla de madera— no te sorprenderá saber que este sitio me trae malos recuerdos.
—Lo sé —respondió con cierto pesar— pero siempre podemos crear memorias nuevas.
—Supongo que tienes razón. —Futaba apoyó su rostro sobre su palma abierta, dejando escapar un pequeño bufido—. Al menos esta vez el recorrido fue agradable, sin nadie que me amordazara o que intentara romperme la nariz.
—Habla mal de su hermana y Yumeoji-han te romperá algo más que la nariz.
—¿Yumeoji? —los ojos violeta de su chica brillaron con entendimiento— ¿Cómo esa chica de la cafetería?
—Tienes buena memoria. —Su mano se escabulló a su espalda baja, acariciando de arriba a abajo—. En efecto, Shiori-han es su hermana menor.
La vio bajar la mirada, pensativa, y por un momento Kaoruko creyó haber dicho demasiado. Luego de casi un minuto, y tras una gran bocanada de aire, rompió el silencio.
—Tú me dijiste que ella era una chica normal.
—Y lo es —afirmó.
—¿Entonces ella sabe...?
—No. —La respuesta fue dura y contundente—. Como casi todo el mundo Shiori-han cree que soy una especie de millonaria excéntrica y que su hermana es mi guardaespaldas. Yumeoji-han se ha esforzado mucho en mantenerla al margen de nuestro mundo.
—¿Tal como tú haces conmigo?
—Sí.
Futaba buscó su rostro, sorprendida por su súbito arranque de honestidad, pero ella evitó su mirada como las sombras a un rayo de luz.
—Omertà —murmuró, sintiendo como una migraña acechaba desde el fondo de su cabeza—. Los asuntos de la «familia» nos conciernen solo a nosotros, y ni siquiera la sangre está por encima de esa verdad.
—¿Entonces por qué me has hecho venir?
Buscó el pequeño trozo de papel que llevaba en su bolsillo, doblado cuidadosamente en cuatro partes.
—Porque hay cosas que deben cambiar.
Le ofreció el papel y Futaba lo aceptó sin pensarlo dos veces, desdoblándolo para analizarlo con una ceja alzada.
—¿Reconoces eso?
—Por supuesto —respondió con poco interés, releyendo el contenido escrito con su propio puño y letra— es la ficha que presenté cuando me inscribí a Seisho, ¿acaso nuestra directora la apostó en una partida de póker?
Por supuesto que pensaría eso. Kaoruko se mordió el labio inferior.
—Ni ella ni nosotros tuvimos algo que ver con esto, Futaba-han.
No lo entendió, o al menos eso fue lo que le indicó la forma en que su cabeza se ladeó ligeramente. Kaoruko tomó una calada lenta, casi reflexiva, suplicando a todos los dioses que el tiempo se detuviera en ese momento y lugar.
—¿Entonces quién?
—Lo conseguí de un par de matones que atrapé muy cerca de tu dormitorio, junto con algunas cosas más. —Recordó las fotografías que guardaba en su mesita de noche, bajo llave, esas en las que aparecían ambas recorriendo la ciudad mano con mano—. No me queda claro lo que planeaban o quién los contrató, pero su objetivo es más que evidente.
Ahí estaba el momento que tanto temía, ese en el que veía como el pecho de su chica subía y bajaba con pesadez, luchando por llevar algo de oxígeno a sus pulmones.
—¿Por qué? —la escuchó preguntar en un hilo de voz, con el rostro desencajado por la paranoia— ¿Qué ganan yendo tras de mí?
Kaoruko no respondió. Primero exhaló, dejando que el humo gris del tabaco se perdiera entre las nubes, en el mismo azul en el que las aves de caza acechaban a sus presas.
—Destruirme.
Nunca, ni una sola vez, se había detenido a pensar en lo doloroso que resultaría externar ese pensamiento. Se llevó la pipa a los labios y, tras una bocanada ansiosa, continuó.
—Esto no es como en las películas donde los clanes pelean de frente por orgullo o gloria. Nuestras guerras ocurren en las sombras, Futaba-han, y esa ficha es prueba de ello.
—¿Pero qué rayos es?
—Una advertencia.
El tabaco ganó un gusto amargo en su paladar, produciéndole una sensación similar a las náuseas.
—¿Por eso hiciste que Tendo entrara a Seisho?, ¿para protegerme?
Kaoruko esbozó una sonrisa torcida.
—Eres buena para llegar a conclusiones obvias, ¿no?
Pero pese al sarcasmo en su voz, Futaba no se detuvo. Se acercó un poco más, haciéndola retroceder para recuperar terreno.
—¿Por qué llegas tan lejos por mí?
Dejó que fuera su cuerpo quien hablara por ella. La atrapó entre sus brazos, ocultando su rostro en la curva de su cuello para aspirar el toque cítrico de su shampoo.
—Porque no dejaré que te hagan daño.
Y como si los dioses hubiesen acudido en su auxilio, el tiempo se detuvo a su alrededor. Se sintió patética como cuando soñaba con ella en sus noches de whisky y deseos, como cuando comprendía que si los muros a su alrededor caían, ella caería también.
—No permitiré que te alejes, y mucho menos permitiré que sean ellos quienes te alejen de mí. —Su voz fue perdiendo fuerza con cada palabra, volviéndose un murmullo apenas audible en el escaso espacio que había entre ambas—. Mataré a quien se atreva a ponerte un dedo encima, te lo prometo.
Sus palabras la hicieron estremecer.
—Kaoruko...
—¿Recuerdas cuando nos vimos cara a cara por primera vez? —la interrumpió, alejándose lo suficiente para mirarla a los ojos— te pedí que me dieras una oportunidad y decidieras si este capricho mío podía convertirse en algo más.
—¿Y eso qué significa? —pese a su pregunta tan brusca, el temblor en su voz y sus ojos desorbitados le indicaron que conocía la respuesta.
—Significa que ha llegado la hora de tomar una decisión.
Tomó sus manos entre las suyas, acariciando lentamente su dorso con sus pulgares, maravillada por la leve rugosidad que el trabajo duro esculpió en su piel. En aquel momento apreció un poco más la belleza de su jardín, la visión de las montañas y el brillo del sol.
—Acéptame a tu lado, Futaba-han —pidió, sintiendo como el corazón subía hasta su garganta—. Dame tu corazón y prometo que cuando llegue al lugar más brillante de la tierra serás la primera en verlo.
Avanzó, lista para sellar su pacto con un beso, pero su chica dio un paso hacía atrás.
—Bromeas, ¿no?
Nunca antes había estado tan asustada.
—¿P-Por qué lo haría?
—Mi vida corre peligro por estar cerca de ti, ¿enserio me estás pidiendo que salga contigo?
Aquello no podía ser real, debía tratarse de un sueño o de una maldita pesadilla. No había forma en que esas palabras le dolieran tanto. Estuvo a punto de pellizcar su propio brazo para despertar, pero un par de manos se deslizaron alrededor de su cuello, jugando con los mechones sueltos de su cabello azul.
—¿Futaba-han?
—Eres injusta —dijo frente a su rostro, tan cerca que pudo sentir su respiración sobre la piel—. Me pides que me quede a tu lado cuando sabes perfectamente que no puedo decirte que no.
Y entonces, solo entonces, Kaoruko volvió a respirar. Al principio permaneció inmóvil, repasando sus palabras para comprender su significado, y cuando al fin lo entendió no pudo contener la emoción.
—¿Hablas enserio?
—Tengo una condición.
—Haré lo que sea —dijo quizá con mucho entusiasmo, logrando que la chica de cabello rojo colocara un dedo índice sobre sus labios inquietos.
—¿En serio? —preguntó esbozando una media sonrisa— entonces deja de fumar.
Ninguna de las dos se dio cuenta de su cercanía hasta que el aliento de la otra tocó su piel, cálido y esperanzador. En el instante en que sus labios se encontraron, danzando de un modo en que nunca antes lo habían hecho, una sola frase acaparó cada uno de los pensamientos del capo.
"Es mía".
Y a diferencia de aquella ocasión en que estaba consumida por celos e ira, ahí se sintió libre. Futaba realmente era suya, y de un modo u otro, ella le pertenecía también.
—¿Crees que sea tan malo? —la escuchó decir en cuanto se separaron— ¿en serio crees que ellos puedan con ustedes?
—No —respondió, y se sintió aliviada de creerlo de verdad—. Mi equipo es hábil, Tendo-han es infalible y yo soy brillante.
Futaba puso los ojos en blanco.
—Eres humilde, sin duda.
Y en lugar de molestarse, ambas rieron, hasta que el sonido de sus voces se fue en la misma brisa que mecía los árboles. Futaba acarició su rostro con delicadeza, como si fuera un trozo de porcelana que debía manipularse con cuidado, como si fuera ella a quien debía proteger.
—Gracias —murmuró— por ser honesta conmigo.
Kaoruko asintió.
—Si hay un peligro afuera necesito que aprendas a reconocerlo, esa es la mejor estrategia que podemos seguir.
—Entiendo...
—¿Estás asustada?
—Por supuesto —dijo sin dudar— pero confió en que sabes lo que haces.
—Yo siempre sé lo que hago, cariño —la mano en su cintura bajó, deslizándose un poco más allá de lo que era permitido y decente, acariciando por encima de su falda. Puede que no fuera el momento o el lugar, pero había esperado demasiado, y cuando la sintió estremecerse bajo sus dedos suspiró complacida—. Por eso no temas, yo te protegeré hasta el final.
—¿Protegerme? —Los dedos de Futaba se cerraron sobre su piel como las pinzas de un cangrejo, haciendo que detuviera su caricia furtiva—. Puedes mantenerme a salvo de otros gangsters, pero nadie puede salvarme de ti.
Kaoruko, aunque adolorida, sonrió.
—Nunca te obligaría a hacer algo que no quieras, Futaba-han. De ser necesario esperaré hasta el día de la boda para dar el siguiente paso.
—¡¿Boda?! —el rostro de su chica se tiñó del mismo rojo que el atardecer—. ¡Acepté salir contigo, pero nunca dije nada sobre casarnos!
—Oh, amor. La Dinastía Hanayagi se ha mantenido viva durante siglos, necesito un heredero para continuar el ciclo.
—Somos chicas, Kaoruko, hay un grave problema en tu lógica.
—Nada que no se pueda arreglar con un poco de dinero.
—Mucho dinero.
—Es igual.
Guiñó con picardía, tomó su pipa y se la llevó a los labios. Futaba siguió sus movimientos con la mirada, frunciendo el entrecejo ligeramente.
—¿Hablaste en serio hace un momento?
—¿Sobre tener hijos? —Kaoruko alzó una ceja—. Por supuesto, ya he investigado un par de métodos, pero si quieres podemos intentarlo de la manera tradicional…
—¡E-Eso no! Me refiero a dejar de fumar.
La miró con la boca entreabierta, dejando escapar de entre sus labios una columna de humo que se deshizo en cuanto llegó al techo del kiosco.
Claro.
—Lo siento, no fue a propósito —apartó la pipa, genuinamente culpable—. Llevo casi nueve años haciéndolo, esta es la primera vez que intentaré dejarlo...
—No tienes porque hacerlo si no quieres.
—Pero dijiste...
—Lo sé —Futaba desvió la mirada— pero no quiero presionarte.
Kaoruko se acercó a ella con una sonrisa traviesa, aprovechando su cercanía para observar la forma en que sus ojos bajaban a sus labios, a su cuello y a su pecho, en donde la tela del kimono dejaba ver algunos trazos del dragón que llevaba tatuado en el costado.
—Eres muy gentil, ¿no?
—Solo no quiero que…
—Fu-ta-ba-han.
Amaba esa expresión, tímida e insegura, tratando de sostener su mirada a toda costa. Avanzó un poco más, hasta que la acorraló entre su cuerpo y la barandilla.
—Eres tan linda…
Recordó la última vez que la tuvo así, a su merced, cuando la observaba con los ojos llenos de temor; en ese momento no había miedo en su semblante, solo nerviosismo e intriga.
—¿Eso qué relación tiene con lo que estamos discutiendo?
—Nada, por supuesto —rozó sus labios con suavidad— pero no puedo concentrarme en cualquier cosa con todo este brillo frente a mí.
—No puedes decir eso cuando brillas más que yo…
—Entonces brillaremos juntas.
Antes de que pudiera responder, Kaoruko la calló con un beso. La sintió dudar, pero cuando comenzó a corresponder el capo deseó quedarse de esa manera para siempre, atrapada con esa pequeña que se había convertido en todo su mundo.
—Con permiso, Hanayagi-san.
Pero una voz la regresó a la realidad, rompiendo la burbuja que se había esmerado en crear para ambas. Se separó de su chica y, sin mirar a su interlocutora, lanzó una pregunta al aire.
—¿Qué necesitas, Yumeoji-han?
Yumeoji Fumi, la nueva encargada de su seguridad personal, inclinó la cabeza con cortesía, acomodando un mechón de cabello rubio detrás de su oreja.
—Lamento interrumpir —señaló— pero le informo que su otra invitada la está esperando en su sala de audiencias tal como pidió.
Claro, casi lo olvidaba.
—Tardó más de lo normal.
—En efecto —respondió Fumi encogiéndose de hombros— pero sabe como es ella, le gusta tomarse su tiempo.
—Bien —Kaoruko se alejó, dejando a su chica espacio para respirar— diles que iré en diez minutos.
Fumi asintió, dedicó un gesto de cortesía a Futaba y giró sobre sus talones de regreso a la mansión.
—Siempre debe interrumpirnos alguien, ¿no? —preguntó con una media sonrisa, observando como Futaba se aseguraba de que nada en su uniforme estuviera fuera de lugar.
—Eso está bien, no quiero ni pensar en lo que pudiste haberme hecho cuando estuvimos solas la primera vez.
—Me habría robado tu primer beso.
—Por supuesto —pese a su evidente fastidio, Futaba sonrió— no esperaba menos de una criminal como tú.
Cruzaron juntas el jardín, lado a lado, hasta introducirse a los serpenteantes pasillos de su enorme mansión, con esos inmensos ventanales que daban entrada la luz del atardecer.
—Es aquí —dijo, deteniéndose frente a una puerta corrediza que una vez abierta dejó al descubierto unas escaleras que conducían a la segunda planta—. Subiendo por aquí llegarás a mis aposentos, puedes esperar ahí en lo que termino mis deberes.
Futaba parpadeó, confundida.
—¿No piensas llevarme a casa?
—Lo haré después de cenar.
—¡De esa manera nunca llegaré antes del toque de queda!
—¿Acaso olvidas con quién estás hablando? —se acercó y le dio un pequeño beso en la comisura de los labios— no tienes nada que temer mientras estés conmigo.
—Tu influencia no evitará que me envíen a detención...
—Ya lo veremos.
Chasqueó los dedos y en un segundo una de sus sirvientas se acercó corriendo hasta ellas, tomó el brazo de Futaba y la guió escaleras arriba.
—¡¿Qué diablos...?!
—Ella te ayudará a alistarte.
—¿Alistarme? —trató de liberarse sin éxito—. ¿Para qué?
No respondió. Se despidió con la mano y se alejó por el pasillo hasta el lugar en donde se llevaría a cabo su siguiente reunión, una que nunca estuvo planeada y que le ponía los nervios de punta.
—Hanayagi-sama.
Un par de sus chicas la saludaron por el pasillo, mostrando sus uzis como haría un soldado frente a su general. Kaoruko asintió complacida, las despidió con un gesto y siguió su camino, preguntándose porque esa pequeña interacción se había sentido tan fuera de lugar.
"¿Habrá ocurrido algo?", se preguntó notando como había más movimiento de lo normal entre sus chicas, pero descartó la idea y continuó su camino. "Quizá tener a tantos invitados les inquieta".
Pero, por alguna razón, ese pensamiento no logró tranquilizarla del todo.
Incluso a paso lento no tardó mucho en llegar a su sala de audiencias, un salón alejado del resto de su mansión con un par de elegantes ventanas redondas y un suelo de tatami en el que disfrutaba dormitar cuando no lo utilizaba para algo importante.
«Lo sabe».
En realidad no le sorprendía el rumbo que había tomado la situación, pero sí que hubiera escalado tan pronto, tras un escueto mensaje de texto recibido justo antes de dar el primer sorbo a su té.
¿Por qué tuvo que ocurrir ese día?
Sintió su cuerpo tensarse, despidiéndose de toda la calma que había encontrado en su jardín, en la tranquilidad que los brazos de su chica le obsequiaron. Se tomó un instante para secarse el sudor y colocó una mano sobre la puerta corrediza.
No dejaría que nadie le arrebatara la felicidad que había conseguido ese día, ni las tontas ambiciones de Kirin, ni las misteriosas intenciones de su abuela...
—Es un gusto verte de nuevo, Kuro-han.
...Ni la estúpida curiosidad de una mocosa.
Sentada sobre un cojín con las manos fuertemente atadas tras su espalda, portando un bello yukata naranja, Saijo Claudine le dedicó una mirada feroz.
—Hanayagi-san.
Tendo Maya, sentada junto a su prisionera con su propia yukata azul, la recibió pegando su frente contra el suelo en muestra de sumisión. Kaoruko la rodeó lentamente como si fuera un depredador, buscando un rastro de flaqueza en sus movimientos.
—Eres de quien menos esperaba un descuido de tal magnitud, Tendo-han.
Pero Maya se mantuvo en su sitio, firme.
—Lo lamento mucho.
Caminó al otro lado del salón, al lugar de honor reservado exclusivamente para ella. A veces le parecía muy teatral, con su aura tradicional que funcionaba como una máquina del tiempo y que la hacía sentir como el shogun que, en otro tiempo, debió sentarse ahí, dando la espalda a ese exquisito fusuma que ilustraba la antigua rivalidad entre el tigre y el dragón. Tomó asiento y entregó su kiseru a una de sus sirvientas.
—Temo que lamentarlo no recuperará mi discreción.
—No es necesario recuperar algo que no se ha perdido, incluso Kagura-san…
—Kagura-han se mantendrá callada si le lleguemos al precio —interrumpió, dando tiempo para que la mujer le devolviera su pipa, limpia y llena de tabaco fresco; la llevó a sus labios y aspiró— pero esta chica no será tan fácil de controlar...
—No volverá a causarnos problemas.
—Seré quien decida eso. —Alzó su mano libre, soltando una ráfaga de humo gris—. La evidencia, por favor.
Pensó en su novia y en la promesa que le acababa de hacer, pero sacudió la imagen de su cabeza y la hizo a un lado. Tendrían tiempo para arreglar eso después, pero en ese momento necesitaba el tabaco en sus venas para mantener la calma.
—Por supuesto…
Dudó, lo vio en sus ojos, pero se incorporó y dejó que una de sus manos se perdiera al interior de su bolso, sacando de él una gruesa montaña de papeles que entregó a la servidumbre con solemnidad, misma que los llevó hasta sus manos de inmediato.
—¿Dices que recopiló todo esto frente a tus narices?
Maya frunció el ceño.
—Sí.
—Es demasiado —echó un vistazo rápido a los documentos, fotografías y diagramas escritos a manos, todos teorizando sobre ella y su gente—. No me sorprende que la hayas tenido que atar.
—Saijo-san es valiente, pero no es tonta y me ha obedecido sin chistar —Tendo llevó una mano al interior de su yukata, sacó su revólver y lo dejó sobre el tatami—. Como dije, no volverá a causarnos problemas.
—¿Por eso la mordaza?
Ahí estaba, dudando nuevamente.
—Nunca sobran precauciones.
En respuesta Claudine se revolvió en su lugar, moviendo los labios furiosamente por debajo de la tela. Kaoruko se inclinó hacia adelante, interesada.
—Quítale eso.
El temblor en los ojos de Tendo no pasó desapercibido por ella.
—Estoy dispuesta a tomar la palabra por ella, Hanayagi-san.
—Dije que se la quites.
El Don dio una orden, y su leal consigliere lo entendió en el acto. Le quitó la mordaza con pesar, tan lento que le resultó difícil creer que se trataba de la misma persona que dominaba todo lo que se proponía al primer intento.
—Listo —Kaoruko sonrió— haz traído una leona sin colmillos a mi guarida.
Pero esa vez fue Claudine quien encontró su voz.
—Acércate y te mostraré lo que esta leona puede hacer…
Ambas mafiosas guardaron silencio; su voz estaba llena de rabia, tan pura que pudo arrancarle el alma. El capo la miró fijamente, tomó una calada y soltó el humo en su dirección, convirtiendo su rostro en una mueca de asco.
—Sí, es valiente.
—Es impertinente —la corrigió Maya con una sonrisa nerviosa— pero sólo es una reacción proveniente del miedo, si me permite yo puedo…
—Kuro-han no es una niña pequeña para que hables por ella. Además me gusta ver ese fuego en los ojos de una chica… Las cenizas que dejan al consumirse no tienen comparación.
Guiñó, haciendo oídos sordos a los insultos que llegaban a sus oídos en una lengua extranjera.
—Este es bueno —dijo, separando lo que parecía un rudimentario retrato suyo hecho a base de crayones —dibuja mucho mejor que tú, Tendo-han.
Maya tuvo la decencia de ruborizarse.
—¿Podríamos no tocar el tema?
—Claro, hablemos pues de cómo dejaste que una niña te descubriera, seguro eso te resultará más interesante. —Arrojó los papeles con furia, haciendo que notas de periódico y fotografías de su juicio volaran por los aires—. Nunca, en siglos de existencia, nuestro Clan había estado tan expuesto.
—No volverá a suceder...
—¡Porque ya ha sucedido! —Maya bajó la cabeza, pálida como una hoja de papel—. ¡Estamos al borde de una maldita guerra, Tendo, te necesito con la cabeza fría y no metida bajo la falda de una jodida actriz!
Vio como las manos de su consigliere se convertían en puños sobre su regazo, tan tensos que perdieron el color. Tomó aire y pegó nuevamente la frente contra el suelo.
—Lo lamento —repitió en voz baja—. Por la deuda que tengo con su familia, le pido que me dé otra oportunidad.
—Esta es la segunda vez que me lo pides.
—Y juró por mi honor que no habrá una tercera.
Kaoruko suspiró, observando la escena en silencio con expresión pensativa. Esa era una de las pocas cosas que odiaba de su trabajo, poner contra las cuerdas a alguien con quien llevaba casi una vida. Claudine hacía lo mismo, observaba, pero sus labios torcidos mostraban desdén.
—¿Vas a dejar que te humille de esa manera?
Tendo Maya, obediente, no se movió.
—Así que no dirás nada… —Más silencio. Claudine miró al suelo, decepcionada—. No eres ni la sombra de quien creí, Tendo Maya.
—Tienes muchas ganas de hablar, ¿no?
Estaba justo frente a ella, la causa de sus problemas. Tomó otra bocanada de tabaco y continuó.
—Perfecto, entonces podemos ir al grano.
—Vete a la mierda…
—¿Disculpa?
—¡Que te vayas a la mierda!
Kaoruko arrugó la nariz.
—Que chica tan grosera…
—Alguien que se hace pasar por una adolescente para acercarse a su víctima no merece ni un poco de mi respeto.
—¿Ah, no? —Kaoruko esbozó una sonrisa maliciosa—. Tendo, ¿puedes recordarle a esta niña como respetar a sus mayores?
Tendo Maya se incorporó como un resorte.
—Si pudiera reconsiderarlo…
—¿Te parece que lo quiero reconsiderar?
Su voz era fría y contundente, esa que utilizaba para dirigir a sus tropas. Maya se mordió el labio, pero tras unos segundos asintió.
—Lo lamento mucho, Saijo-san.
Se colocó justo detrás de ella, y la empujó mucho antes de que tuviera la oportunidad de objetar, colocando una de sus manos sobre su cuello para presionar su rostro en el tatami.
—Merde…
—Puede que no estés familiarizada con nuestras costumbres, Kuro-han, pero reverenciar a tu anfitriona es una regla de cortesía básica.
—¿Cortesía? —cuestionó desde el suelo, conteniendo un quejido—. ¿Te atreves a hablar de cortesía cuando le rompiste la pierna al hombre que trató de llevarte a la justicia?
—¿Hablas de ese tonto juez? —el capo soltó una risita— sí, envié a mis chicas a darle una lección, pero fue menos de lo que se merecía.
—Y tú merecías estar en la cárcel.
—No defiendas a esos cerdos, muchacha, conozco un par de ellos que si te tuvieran a su merced te usarían de tal manera que no podrías volver a caminar. —Tomó otra calada, soltando el humo por la nariz—. Por suerte para ti, nosotras somos más decentes... Aunque tampoco negaré a mi consejera la oportunidad de fortalecer su vínculo con su actriz favorita.
Le sostuvo la mirada, pero Kaoruko pudo ver como su pecho subía y bajaba en un tenso vaivén.
—¿Qué dices, Tendo?
—No —respondió secamente, haciendo que su jefa se encogiera de hombros.
—Sí, eso mismo creí. Esas cosas deben ser recíprocas, forzar a alguien que no te puede mirar a los ojos no produce ninguna clase de satisfacción. —Kaoruko esbozó una media sonrisa—. ¿Lo ves? Has caído del lado de los buenos, Kuro-han, así que deja de poner tu fe en esa gente y mejor ponla en mí.
—No me interesa lo que tengas que decir.
Hizo un gesto y Maya asintió con pesar, poniendo un poco más de fuerza en su agarre y arrancando a la chica un quejido de dolor.
—Vas a escucharme, lo quieras o no.
Se puso de pie, paseando tranquilamente en su sala de audiencias. Le agradaba la sensación de la seda del kimono sobre su piel al caminar, era muy suave y relajante, totalmente opuesto a la situación.
—A diario suelo tratar con personas como tú, querida —continuó— los paparazzi son unos entrometidos que no saben en dónde diablos detenerse. Se creen muy valientes al tratar de exponerme, pero en cuanto les hago una visita se retractan de todas sus mentiras y me dejan tranquila.
—Pues yo no pienso callarme —retó— y de todos modos, ¿por qué decirme todo esto si vas a matarme igual?
—Debería matarte por tu insolencia, pero debido a que eres tan apreciada por mi consejera, estoy dispuesta a hacer una excepción.
Claudine frunció el ceño.
—¿Excepción?
—Tengo una fascinación por el baile, y el teatro no se me ha escapado. Mi agencia es una de las más grandes del país, quizá hayas escuchado de ella…
—Déjate de tonterías y dime qué quieres de mí.
—¿Qué quiero? —Kaoruko volvió a reír— te quiero a ti, Kuro-han.
Hizo otra seña y Maya se apartó de su prisionera, dándole el espacio suficiente para recuperar el aliento.
—¿A mí? —preguntó entre jadeos.
—Exacto. —Caminó hacia ella, tomando su barbilla para obligarla a alzar la mirada—. Ante todo soy una cazatalento, niña, y cuando encuentro nuevas estrellas en ascenso me gusta ponerlas a prueba.
—¿Quieres decir…?
—Sí, me gusta llevarlas a la cama, y si se portan bien, las hago famosas.
Los ojos rojos de su presa se abrieron de par en par.
—¡HAZ PERDIDO LA CABEZA SI CREES QUE…!
La calló con un golpe, apenas una suave palmadita en el rostro, pero mucho más letal y dolorosa que un puño cerrado. Era humillante.
—No eres mi tipo, pero para ti tengo otro plan.
Su acuclilló hasta que su rostro quedó a su mismo nivel; sentía la furia irradiando de su ser como un incendio forestal.
—Tuve la oportunidad de verte en acción el día que visité Seisho, y déjame decirte que me agradó lo que vi. Tienes talento y experiencia, eres un diamante en bruto que necesita ser pulido, y estás frente a la dueña de la mejor joyería del mundo.
—Ve al grano de una vez.
—Olvida todo lo que sabes, Kuro-han. Si te unes a mí, te entregaré el estrellato en bandeja de plata, te llevaré al escenario donde tu luz no se extinguirá jamás.
—Las Chicas de Escenario brillan por sí solas, Kaoruko, nunca necesitaremos a alguien como tú.
—¿No? —dijo entre risas—. Una de tus compañeras parece necesitar mucho de mí, y yo he decidido ayudarla.
La chica de cabello rubio se tensó de inmediato.
—¡Si Futaba supiera todo lo que haces…!
—¿Realmente crees que a ella le importa toda esa mierda? —su mano se cerró en torno a su mentón, bruscamente—. Claro que no. Ella sabía quién era yo desde el principio y se entregó a mí porque estaba harta de vivir bajo tu sombra.
—¡Estás mintiendo!
—Ella me buscó, y yo prometí llevarla a la cima si me complace como se debe. —Se lamió los labios con descaro, disfrutando la forma en que el rostro de su prisionera se deformó por la rabia—. Deberías verla en acción, Kuro-han: su cabello sobre mis sábanas, su cuerpo retorciéndose debajo de mí. Joder, aún recuerdo cuando tomé su virginidad, era tan estrecha…
Pero Claudine no la dejó terminar. Se soltó de su agarre de un tirón, tomó impulso e impactó su cabeza con la suya con todas sus fuerzas, haciéndola caer hacia atrás.
—¡Hanayagi-san!
Maya se acercó, pero Kaoruko la apartó de un manotazo. Sentía el sabor al metal llenando su paladar, y cuando llevó una mano a sus labios, su piel se impregnó de pequeñas gotitas de sangre fresca.
—Niña insolente…
Pero aunque estaba desorientada por el golpe, Claudine se permitió reír.
—Eres un desastre, Kaoruko —dijo— crees que engañas al mundo cuando en realidad eres una matona de segunda.
Antes de responder, Kaoruko escupió una mezcla de saliva y sangre.
—Cuida tus palabras.
—Sé todo. Sé que llegaste a donde estás porque hiciste estallar a un jefe de policía junto a su familia, sé todo sobre el tráfico de drogas y puedo ir a las autoridades en cualquier momento. Incluso burlé toda tu seguridad y deambulé a mis anchas por tu mansión.
Sus ojos se abrieron de par en par. Miró a su amiga en busca de respuestas, pero al verla agachar la cabeza su respiración se aceleró. Por eso todo se sentía tan fuera de lugar, como si estuvieran ocultándole algo. Tomó el arma de Maya cegada por la furia y se puso de pie, colocando el cañón sobre la frente de la chica mitad francesa.
—¡Hanayagi-san!
—Hazlo. —Claudine tenía miedo, lo veía en sus ojos, pero a su vez encontró en ellos una valerosa resignación—. Cuando mis padres se enteren de que no regresé a Seisho llamarán a la policía, y cuando ellos no me encuentren los organismos internacionales comenzarán a moverse. Eventualmente darán con Tendo Maya de la misma forma en que yo lo hice.
Su dedo tembló sobre el gatillo. Esa niña tenía razón. La presión internacional haría que la policía tomara partido, y cuando los clanes descubrieran el percal, la atacarían como aves de rapiña. Bajó el arma con la sangre hirviendo, con la desesperación del animal que busca escapar de una trampa.
—Escucha —dijo en un ronquido cansado y furioso— no quiero malditos problemas, tampoco quiero faltarle al respeto a mi amiga asesinándote.
—¿Entonces qué harás? —le preguntó— ¿Acaso me dejarás ir a hablar a mis anchas?
Tomó un puñado de sedoso cabello rubio, obligándola a levantar el rostro entre una serie de gruñidos de dolor. No gritó, claro, todavía estaba llena de determinación, y ella se encargaría de romperla hasta que no quedara nada.
—No hablarás —su voz se volvió ronca, profunda y amenazante.
—¿Cómo estás tan segura? —cuestionó Claudine.
—Destruiré tu carrera. Si dices aunque sea la más mínima pizca de información sobre mí o sobre mi gente, me encargaré de que te expulsen de Seisho.
—¿Y crees que eso me alejará de mis sueños?
—¿Y tú crees que me detendré ahí? —tiró con más fuerza, de modo que Saijo emitió un siseo de dolor—. No. Haré que te veten de cada producción, de cada estudio y de cada escenario, no me detendré hasta que estés en la más triste ruina.
—Ha sido mi culpa, Hanayagi-san —Maya la tomó del hombro— yo tomaré cualquier castigo que usted considere oportuno en su lugar.
—No, ella debe hacerse responsable de sus acciones —dijo, mirando a su presa a los ojos—. Puede decidir: cerrar la jodida boca y no meterse en los negocios de los adultos, o ir por ahí con sus cuentos sobre mafias y sacrificar años de dedicación… Tanto de ella como de Futaba.
Pese a su agarre, Claudine se lanzó hacia adelante.
—¡Deja a Futaba fuera de esto!
—Eso te digo a ti. —La soltó, limpiándose los labios con la manga del kimono—. Si yo caigo, Futaba caerá conmigo, así que toma una decisión por tu bien y el de tu amiga.
Le lanzó una última mirada llena de odio, luego la pasó de largo y caminó hasta la puerta, deslizándola antes de que alguna de sus sirvientas lo hiciera por ella. Paró junto al marco de la puerta y, con el alma en su puño, habló.
—Tendo-han.
Su propia voz le resultó ajena a sus oídos, como si la escuchara a muchos kilómetros a la distancia. Su consigliere, que se había acuclillado junto a su compañera para ver que se encontrara bien, asintió.
—¿Sí?
Verla tan cerca de ella, tan preocupada, la hizo sentir más sola que nunca.
—Que esto no se repita.
Maya inclinó la cabeza.
—Déjelo en mis manos, Hanayagi-san.
Dio un paso al frente, insatisfecha, lista para regresar a su vida y a sus asuntos, pero cuando giró para tomar el pasillo la voz de Claudine la detuvo en seco.
—¿Realmente eres tan egoísta?
El capo bufó.
—¿De qué diablos hablas?
—¿Acaso no te interesa lo que le ocurra a Futaba?
—¿Por qué me habría de interesar el bienestar de mi juguete?
—Porque la amas, ¿no es así?
Se giró para mirar por encima del hombro, esforzándose para que sus movimientos no reflejaran el vuelco que dio su corazón ante esas palabras sinceras. Los ojos de Saijo se encontraron con los suyos, con su odio reemplazado por simpatía y tristeza.
—¿De dónde sacaste esa tontería?
—La he escuchado hablar de ti, y he leído lo que escribes para ella en esas cartas.
—Soy muy buena conquistando mujeres, Kuro-han, no es ninguna novedad.
Claudine negó.
—Tú quieres hacerme creer que se están usando mutuamente, pero por la forma en que la miras sé lo que sientes en realidad.
—No juegues conmigo, mocosa.
—¿Acaso ella es un juego para ti?
—Por supuesto.
—Entonces si la matan por tu culpa, ¿vas a poder vivir con ello?
No dijo nada más, de haberlo hecho todos habrían notado el temblor en su voz. Cerró la puerta tras de sí, recorriendo el pasillo con pistola en mano y el sabor amargo de la sangre mezclado con tabaco. Solo ahí, llevando unos dedos vacíos a la boca, se percató de que el kiseru había resbalado de sus manos durante la confrontación; no habría más tabaco para ella ese día.
—¡Mierda!
Quería disparar. Quería desahogar toda la frustración que sentía del mismo modo en que lo hizo con aquel tonto motociclista al que le voló la mandíbula, como haría con el hombre que aún tenía cautivo dentro de su bar, en el cuarto trasero al que pocas personas tenían acceso. En su lugar se apoyó en una de las columnas de madera que había en el pasillo, luchando para regular su respiración.
—Tranquila —murmuró para sí— esa niña no sabe nada de ti, nada.
—¿Hanayagi-ojousan? —Alzó la vista, encontrándose con el rostro preocupado de una de sus sirvientas— ¿se encuentra bien?
Podía jalar el gatillo, podía sumergir sus inseguridades en sangre de nuevo, pero decidió no hacerlo. Un Don cuida de los suyos, y esa era una norma a la que no planeaba renunciar.
—Llévale esto a Yumeoji-han —le entregó la pistola, asegurándose de que tuviese el seguro bien puesto— y lleva la cena a mis aposentos cuando esté lista, no quiero que nadie me moleste.
—Sí, señora.
—Perfecto, ve entonces.
La chica tomó el arma casi con miedo y se alejó dispuesta a cumplir sus órdenes. Ella permaneció un momento frente a su jardín central, tratando de recuperar la paz en la visión de las rocas y la arena, en el cielo y en la perspectiva de que había alguien esperando por ella.
Siguió por el pasillo en silencio, hasta que se topó con el mismo juego de escaleras por el que Futaba había ascendido unos minutos atrás. Subió cada escalón movida por su memoria muscular, andando por la tercera planta hasta detenerse frente a la puerta que llevaba a su habitación.
"Ella desea quedarse conmigo", se dijo a sí misma, abrazándose para disimular sus temblores. "Nadie va a separarnos. Ni esa jirafa, ni esa niña entrometida. Nadie".
Y cuando abrió la puerta, encontrándose con el mismo panorama que apreciaba cada noche antes de irse a dormir, fue incapaz de contener la sonrisa.
—Linda vista —dijo, recargándose contra el marco de la puerta con una ceja alzada.
Su pareja se giró para recibirla. Su habitación era su santuario personal, con su propia barra de bar con los mejores licores del mundo, una sala con recubrimiento de piel y una cama king size con sábanas de seda y un juego de espejos que le ofrecían una vista perfecta de todas las maravillas que ocurrían en ella. Pero de lejos lo que más disfrutaba era su balcón, ese en el que podía respirar el aire del bosque y admirar la belleza del paisaje en el horizonte.
—Lo es —asintió Futaba con una sonrisa, con sus ojos perdidos en la lejanía— la próxima vez traeré la motocicleta, desde aquí puedo ver algunos caminos por los que me gustaría llevarte a dar un paseo.
Kaoruko, aunque conmovida por la sugerencia, sonrió.
—¿Quién dijo que hablaba de las montañas?
Cuando entendió el significado de sus palabras, su chica desvió la mirada, dejando que los rayos del sol acariciaran su esternón descubierto bajo el yukata púrpura que había mandado confeccionar sólo para ella.
—¿D-De dónde diablos sacaste esto?
—Es un secreto.
—Pero me queda a la perfección —Futaba hizo una mueca— ¿cómo conseguiste mis medidas?
—Eso, cariño, si fue cosa de tu directora.
Cerró la puerta, caminó hasta la barra y tomó de su cava una botella de whisky a medio terminar. Tenía la boca seca, y un poco de nerviosismo reflejado en sus manos temblorosas.
—¿Estás bien?
Lo estaba ahora, bebiendo medio vaso de un trago, sintiendo el alcohol quemándola desde dentro como fuego líquido.
—Sí —Kaoruko se acercó a ella con vaso en mano, observando el panorama hombro con hombro—. Es solo que esas estúpidas reuniones me tienen harta.
—¿Y hay algo que pueda hacer al respecto?
—Quedarte conmigo —le dijo al oído, rodeándola con su brazo para acercarla a su cuerpo— dejar que te proteja.
Su mente regresó a sus enemigos, a su guerra y al viejo Kirin, que había visto a su esposa morir en sus brazos por una bala que originalmente iba dirigida a él. Un solo error que arrebató el último rastro de humanidad en el corazón de ese hombre.
—¿Kaoruko?
Trató de imaginarse en esa situación, de rodillas sobre el asfalto, abrazando un cuerpo que se iba poniendo más frío conforme su sangre salía a borbotones de su aorta y de sus labios extremadamente rojos, y cuando quiso poner el rostro de Futaba en la silueta, sus ojos comenzaron a arder.
—¿Estás llorando?
¿Qué? Se llevó una mano al rostro, y las yemas de sus dedos se encontraron con la humedad que bajaba por sus mejillas. Ni siquiera estaba triste, ¿cuándo había comenzado a llorar?
—¿E-Estás bien?
Trató de decirle que estaba bien, que no era nada de lo que debiera preocuparse, pero lo único que atinó a hacer fue ocultar su rostro en su cuello, dejando que todo lo que llevaba dentro del pecho saliera en forma de un llanto silencioso.
—Tranquila, no tienes que decirme si no quieres —su novia la abrazó con cariño, acariciando su cabello mientras su otra mano se paseaba por su espalda en gesto consolador—. Estoy aquí, no te dejaré sola.
Kaoruko la abrazó con fuerza, clavando sus dedos en su piel, pensando que, tal vez, esa tonta niña estaba en lo cierto. Ella era la reina del crimen, el mundo se movía a su alrededor para acoplarse a su ritmo y tempo, pero esa chica entre sus brazos le había robado el corazón.
La amaba. Desde el instante en que la vio, Hanayagi Kaoruko estuvo perdida.
Se quedaron abrazadas hasta la última luz del atardecer, hasta que sus lágrimas frías empaparon la espalda de Futaba y hasta que un misterioso Mercedes abandonó la mansión. Futaba tomó su rostro entre sus manos, haciéndola descender hasta que sus labios se encontraron otra vez.
—Estaremos bien —susurró contra su rostro— me quedaré contigo hasta el final.
Y ella realmente quería creerlo.
Cuando se tranquilizó, la noche transcurrió con total normalidad. Cenaron juntas entre comentarios inapropiados y halagos que venían directo del corazón, pero la imagen del rostro de Kaoruko bañado en lágrimas permaneció en la cabeza de Futaba hasta que aparcó en su dormitorio mucho tiempo después de su toque de queda.
—Una boda, ¿eh?
¿Acaso esa relación sería a largo plazo?, ¿serían capaces de equilibrar sus modos de vida cuando eran tan diferentes como la luna y el sol?
Bajó de su motocicleta y echó un vistazo al que se había convertido en su hogar, el edificio que albergaba a todas sus amigas y todos sus sueños, y entonces tomó una decisión.
No sabía lo que vendría en el futuro, pero aquel era su tercer año de preparatoria, y durante su último Starlight se encargaría de que esa mafiosa no volviera a ocultarse en las sombras. Le conseguiría un lugar en la primera fila, ahí donde podría ver como sus traviesos ojos color marrón se llenaban de orgullo.
—¿Pero en qué estoy pensando? —sonrió mientras se quitaba el casco, ansiosa por subir a su habitación para reposar luego del espléndido banquete—. Para ella debo ser una novata, no lograré impresionarla.
—¿A quién?
La voz la sobresaltó, y cuando se giró se encontró con un par de ojos carmesí que la miraban de arriba a abajo. Ella se limitó a encogerse de hombros y esbozar una sonrisa nerviosa.
—Nada importante, Kuroko —dijo— solo pensé que sería buena idea invitar a mi novia a nuestro Starlight.
Saijo Claudine se acercó a ella desde las sombras, con los brazos cruzados y una expresión de descontento en el rostro.
—¿Novia?
Futaba parpadeó un par de veces. Vaya, había salido tan natural que apenas y se dio cuenta de sus palabras. Aún un tanto avergonzada, asintió.
—Sí, quise que esperáramos un tiempo antes de dar el paso, pero todo parece ir muy bien.
—¿Y te hace feliz?
—Sí —respondió con honestidad— de otra manera no habría aceptado.
Su compañera bajó la mirada. Futaba vio como sus manos se convirtieron en puños a su costado, y por un instante juró que la escuchó gruñir.
—¿Podemos hablar?
—Estamos hablando.
—Lo digo enserio.
—Claro —dejó su casco sobre el asiento, expectante— ¿sobre qué?
Claudine dudó, pero al final sacó fuerza de flaqueza y dio un paso hacia adelante.
—¿Acaso ella…?
—Es bueno tenerla de vuelta, Isurugi-san.
Ambas se giraron, y los cálidos ojos de la chica de intercambio las recibieron desde el marco de la puerta que conducía a la sala de estar. Estaba acostumbrada a ver a Tendo Maya de traje, por lo que verla en algo tan casual como un suéter gris y un pantalón de pijama blanco la sacó de su zona de confort.
—Buenas noches, Tendo.
—Supe las noticias —dijo, dando otra mordida al macarrón que tenía en sus manos— muchas felicidades.
Ella bufó.
—Kaoruko no sabe guardar un secreto, ¿verdad?
—No cuando está emocionada. Además, dado que ya es oficial, se podría decir que ahora somos familia.
—Ah…
No sabía en qué sentido había dicho esa frase, pero estaba segura de que ambos serían un problema en el futuro. Buscó el rostro de su amiga rubia para distraerse, pero no pudo evitar notar como su mirada se encontraba en el suelo, cohibida por razones que no podía explicar.
—¿Kuroko?
Alzó la mirada, pero no respondió. Se dio vuelta y regresó al dormitorio, evitando a toda costa que sus miradas se cruzaran por accidente.
—¿Cuál es su problema?
—Me temo que Saijo-san no se ha sentido muy bien desde que terminaron las clases —aclaró Maya en un suspiro— Daiba-san preparó sashimi para ella y no probó ni un bocado.
—Eso es preocupante.
—Lo es, pero me encargaré de que coma apropiadamente —le dedicó una última reverencia y siguió a la ex estrella a la sala de estar, deteniéndose cuando tenía un pie en la puerta—. Espero de corazón que haga feliz a Hanayagi-san.
Por alguna razón, esa frase le pareció inquietante.
—Claro, buenas noches.
Subió a su habitación más cansada de lo que imaginaba, pero pese a las horas que pasó intercambiando mensajes de texto con Kaoruko, Futaba no concilió el sueño hasta bien pasada medianoche, y cuando lo hizo soñó con armas, sangre y lágrimas sin sollozos.
