—Muchas gracias por recibirme, Hanayagi-san.

Kaoruko fingió una discreta sonrisa. Para ella esa era una noche como cualquier otra, era viernes, y como cada fin de semana el famoso Lirio Rojo estaba a reventar. Camareros acarreando bandejas repletas de cocteles finos, croupiers llevando a decenas de ludópatas a la ruina, un espectáculo digno de Las Vegas ocurriendo en el escenario principal. Era, en definitiva, una noche perfecta.

No obstante, pese a la cortina de glamour que envolvía a su exitoso casino, Hanayagi Kaoruko no podía mantener la calma.

—Es un placer —respondió, sirviendo un exquisito champagne Dom Pérignon en la copa de su invitado, luchando para que los ligeros temblores que recorrían sus manos no le hicieran una mala jugada— siempre tengo tiempo para mis amigos, especialmente para usted.

El hombre sonrió complacido.

Lo cierto era que Kaoruko no tenía la más mínima intención de recibir a nadie. Ese era su segundo día sin nicotina, y lo único que buscaba al acudir a su club era deslizar sus dedos en el interior de una de esas pelirrojas que siempre le arrebataban un suspiro, esperando que la lujuria consumiera la abstinencia y le brindara unos minutos de paz. Al principio todo fue de maravilla: se escabulló dentro de los camerinos y no tardó ni un minuto en encontrar a una chica dispuesta a acostarse con ella, una belleza de cabello castaño lo suficientemente claro para que las luces de neón lo tiñeran de su color favorito. Charlaron por un minuto o menos, la tomó de la cintura y la llevó a uno de sus salones privados, lista para dar rienda suelta a sus deseos.

¿Qué había pasado entonces?

La besó apenas cruzaron la puerta, y aunque carecía de una dulzura a la que ya estaba acostumbrada, se las arregló para desnudarla por completo, hacer que se subiera a su regazo y…

—¿Hanayagi-san?

Cuando regresó al presente, Kaoruko se dio cuenta de que estaba derramando el champagne.

—Lo lamento —murmuró, sintiendo como se le enrojecían las mejillas— creo que estoy algo cansada.

Claro, también había atribuido aquel otro incidente al cansancio, porque cuando esa chica sin nombre estuvo encima suyo su mente evocó imágenes de una cabellera completamente roja, corta y salvaje, piel blanca e inocentes ojos color violeta, todo entorno a una hermosa sonrisa que resplandecía como el sol. Pensó en Futaba, su querida Futaba, y cuando esa otra mujer trató de besarla de nuevo, Kaoruko se la quitó de encima y corrió al baño a vomitar.

—Sé que usted es una mujer muy comprometida, Hanayagi-san, pero no debería esforzarse de esa manera. —Su aliento olía a tabaco, y el aroma por poco la hizo salivar—. Espero que la ausencia de Tendo-san no sea lo que la tiene en ese estado.

Kaoruko miró discretamente a su costado, a la mujer rubia que aguardaba de pie, vigilando los alrededores de su mesa privada con los brazos cruzados sobre el pecho. Yumeoji Fumi era una de sus personas de confianza, llevaba años comandando sus tropas y la consideraba uno de los pilares de su poder. Era tenaz, letal con las armas y con la capacidad de adaptarse a la situación, pero no poseía el tacto de un consigliere, y lo confirmó cuando anunció que alguien solicitaba su presencia sin saber que cada cita y cada reunión debía planearse de principio a fin.

—Tendo-han está encargándose de una tarea de suma importancia para mí —le contó, haciendo un gesto para señalar a su caporegime— pero mi querida Yumeoji-han se encargará de suplirla esta noche.

La aludida, mirándolos por encima del hombro, se limitó a asentir.

—Es un placer —dijo el hombre, dedicando una mirada nerviosa al enorme cuchillo táctico que la mujer llevaba en el cinturón— todos los amigos de Hanayagi-san son mis amigos.

—Y como he demostrado en cientos de ocasiones, comisionado, sus enemigos son mis enemigos.

—Lo sé —respondió él con cierta solemnidad— por eso he venido a solicitar su ayuda una vez más.

Kaoruko sonrió.

Ambos se habían conocido hace unos años, cuando ella era una desconocida en tierra de nadie y él un oficial de policía con muchas ambiciones y pocos contactos. Ganarse su lealtad había sido fácil: bastaron unas miradas, una charla amena y un súbito ascenso para que el ahora Comisionado de la Policía Metropolitana de Tokio estuviera en su bolsillo.

—Adelante —invitó, dando un recatado sorbo a su propia copa— tiene mi atención, y espero que no la desperdicie.

—Nunca lo haría, Hanayagi-san —se humedeció los labios y, sin más rodeos, comenzó a hablar—. Hay un nuevo tipo en la comisaría, una especie de inspector enviado por el gobierno para supervisar nuestras actividades.

—Un entrometido, dirá —corrigió Kaoruko reclinándose en la silla— todos tenemos uno de esos en algún momento.

—Es diferente. Desde que lo transfirieron ha estado observándolo todo, especialmente a mí —él clavó sus ojos en la mesa; eran grises, adornados por las primeras marcas de la mediana edad—. Toma notas todo el tiempo y cuestiona todo lo que hago, me está volviendo loco.

Kaoruko entornó los ojos; sabía a donde llevaría esa conversación, y la idea la hizo sentir más ansiosa de lo que ya estaba.

—¿Cuánto hace que llegó?

—Dos meses, quizá más, pero su acoso comenzó hace unos días, cuando me interrogó acerca de la desaparición de unos papeles importantes en un caso abierto sobre narcotráfico.

—No use esa palabra en público —reprendió con frialdad, demostrando su descontento—. No estará hablando de los archivos sobre el incidente de mi cargamento, ¿o sí?

—Cuestionó mi falta de acción ante las amenazas sobre el jefe de peritaje —añadió, confirmando sus sospechas—. Desde ese día ha estado tras de mí, respirando en mi cuello, esperando que cometa un descuido para destituirme.

Kaoruko, impaciente, echó un vistazo a su reloj.

—¿Es todo? —preguntó como si aquello representase una afrenta—. ¿Por esta tontería está tan angustiado?

El hombre la miró con la boca abierta.

—Es un asunto importante, Hanayagi-san.

—Veo que no lo entiende —señaló con desdén— viene a mi territorio, solicita un poco de mi tiempo y luego llora como si fuera algo que no puedo solucionar.

—He venido porque confío en usted...

—Ha venido con miedo, creyendo que esos cerdos van a quitarte algo que yo le entregué.

El hombre bajó la cabeza. Eso era lo que le gustaba de él: era como un libro abierto, alguien a quien podía controlar, y eso fue lo que la llevó a colocar una carga de explosivos bajo el asiento del auto familiar de un comandante muy poco querido por los clanes, activar el detonador y dejar que ese joven policía ascendiera hasta las nubes. Ahora estaba en su nómina y ella, cuya responsabilidad nunca se pudo comprobar, había ganado el segundo gran pilar de su poder.

—¿Qué debo hacer entonces, Hanayagi-san?

—Creo que a estas alturas conoce bien los detalles de mi situación —respondió, limpiando discretamente el sudor de su frente; se sentía enferma—. Necesito que sea honesto conmigo, comisionado, ¿ha notado movimiento extraño en las calles?

—¿Lo dice por ese tipo enorme de Chiyoda? —Kaoruko dejó que su silencio sirviera como afirmación—. Bueno, ahora que lo dice, hemos detectado un patrón inusual en el movimiento de la mercancía.

Aquello capturó su interés.

—Explíquese.

—Los precios han ido a la alza —aclaró— pero no se trata de uno o dos proveedores, son barrios, distritos enteros.

—Yumeoji-han.

—Si decidieron reestructurar los costos, nosotros no fuimos informados —confirmó su caporegime— mis asociados se siguen moviendo bajo los lineamientos establecidos.

—Ya veo...

—Y no solo eso. Robos de autos, asaltos a mano armada, incluso las agresiones sexuales han ido a la alza de la noche a la mañana. —El hombre apagó su cigarro dentro del cenicero—. Algo ocurre allá afuera, y puede que sea una repercusión de lo que esos peces gordos hacen en las sombras.

Tomó un poco de champagne. Era lo que esperaba, la unión de los clanes dio a los matones en lo más bajo de la pirámide la confianza para actuar sin miedo. Tenía que moverse.

—Escúcheme bien —por fortuna su voz salió fuerte y llena de seguridad— necesito que realice una limpieza dentro de sus fuerzas: un solo hombre en el bando equivocado podría meter una bala en su cabeza.

El comisionado, atento, asintió.

—También quiero que sea completamente neutral. Arreste a quien deba arrestar, haga redadas en donde las tengas que hacer. Incluso aquí de ser necesario.

—¿Hay algún sitio en especial que desee que visite?

—Tengo uno en mente, pero desconozco el nombre o la ubicación —respondió— mañana en la mañana le daré los detalles.

—¿Y qué hay sobre el inspector?

—Ponga su confianza en mi «familia» y le prometo que ese entrometido no volverá a causarle problemas.

El hombre asintió, aliviado, se puso de pie y atrapó su mano derecha entre las suyas, besando sus nudillos con caballerosidad.

—Muchas gracias por cederme su tiempo.

—No es necesaria tanta formalidad —dijo levantándose de su silla, indicando al policía que la siguiera a través del casino—. Está tenso, así que quiero que se siente, juegue un rato y se lleve a alguna de mis chicas a casa.

—Me parece estupendo, Hanayagi-san, pero temo que soy malo para las apuestas.

—¿A quién le importa perder unos billetes a cambio de una noche de diversión? Solo deje que le consiga una buena mesa y entenderá de lo que hablo.

Por suerte aún quedaba un lugar en la mesa que buscaba, una cuya ruleta iba perdiendo impulso ante la mirada inquieta de sus participantes, esperando ansiosamente el resultado final.

"Diecisiete" pensó en silencio, observando satisfecha como su pronóstico se hacía realidad.

—Sirve a mi amigo el licor más fuerte que tengas —ordenó al camarero, y en cuanto lo vio asentir se giró al croupier—. Dale crédito por favor, veinte mil grandes en fichas.

Los jugadores y sus acompañantes soltaron gritos de júbilo, e incluso el rostro del comisionado se iluminó. Desde que era pequeña a Kaoruko le gustaba ser el centro de atención: fuese en la danza, en sus lecciones privadas o en esas misteriosas reuniones a las que acompañaba a su abuela, tener una audiencia hacía que su corazón se volviera loco.

Y el Lirio Rojo se había convertido en su escenario, su Posición Cero. Un lugar donde nunca caería el telón.

—Mucha suerte, comisionado.

Se alejó sin decir nada más, dejando que siguiera la fiesta y que su invitado especial pusiera su primer apuesta sobre el tapete: setecientos dólares para el número nueve.

—Haz que alguien se encargue de vigilar a ese inspector del que habla —le indicó a Fumi, quien hasta entonces se había limitado a seguirla en silencio—. Necesitamos saber si está al servicio de alguna de las «familias» antes de intervenir.

—¿Debo encomendárselo a Rui?

—No, si realmente es un agente del gobierno ya debe tenerla en su radar.

—Entendido.

—¿Qué piensas del comisionado?

Su caporegime pensó unos segundos antes de responder.

—La respeta —dijo encogiéndose de hombros— de otro modo no me explico como puede ser tan sumiso con el poder que tiene.

—Es ambicioso, y sabe que gana más conmigo que en mi contra; nadie mataría a su gallina de los huevos de oro.

—No estaría tan segura si fuera usted. —Fumi sacó una libreta pequeña de su bolsillo, de color azul cielo con una escueta botella de ponzu dibujada en la portada. Era un regalo de su hermana menor, y se encargaba de llevarlo con ella a todas partes—. Los políticos comienzan a desconfiar, y algunos de nuestros socios han decidido mantenerse al margen hasta que se calmen las aguas.

—Entonces debemos asegurarnos de que este no nos traicione.

Se detuvo en medio de la sala, entre luces neón, máquinas tragamonedas y supervisores de piso que vigilaban cada mesa con ojos de halcón. Necesitaba a alguien intrépido, sin miedo, con una habilidad para la manipulación tan descarada que pudiera exprimir hasta la última gota de información de su objetivo.

¿Pero quién?

—¿Cuánto tiempo le queda al espectáculo de Otonashi-han?

Pese a que la pregunta la había tomado con la guardia baja, Fumi miró la hora en su reloj de pulsera.

—Su endemoniado acto debió acabar hace cuarenta minutos —dijo entre gruñidos— le está robando tiempo al espectáculo de magia.

—Tráela entonces.

Fumi suspiró, pero se acercó al escenario para cumplir con su deber, abriéndose camino entre los asistentes hasta que sus ojos se cruzaron con los de la vedette, haciendo que parara a mitad de su número para agitar la mano en su dirección.

—¡Sabía que vendrías a ver mi brillante espectáculo, Fumi!

—No te emociones —respondió Yumeoji, alzando su voz por encima de la música—. Ahora baja de una maldita vez, tu tiempo acabó hace mucho.

—¡¿Eh?! ¡Pero a ellos les gusta!

—¡La jefa quiere que bajes!

El rostro de la chica, de rasgos muy infantiles para ser alguien que ya se encontraba en sus veinte, se deformó en un puchero, y tras despedirse animadamente de su audiencia bajó de un salto, cediendo lugar al pobre mago que llevaba cincuenta minutos esperando su turno.

—¡¿Podrías comportarte?! —regañó Fumi con la cara roja de indignación—. ¡Todos estamos trabajando! No puedes ir por ahí como si se tratase de un…

Pero Otonashi Ichie, la atracción principal del Lirio Rojo, la pasó de largo y le ofreció al capo un rígido y demasiado exagerado saludo militar.

—¡A sus ordenes, jefa!

—¡Ten un poco de respeto, Ichie!

—Pero la llamé jefa...

—¡No es suficiente!

Kaoruko esbozó una media sonrisa, rodeó a Ichie con su brazo y la llevó tras bambalinas, donde los ojos curiosos de sus invitados no la podrían seguir; Fumi, inconforme, les pisaba los talones.

—Tengo un trabajo para ti, uno digno de la mente más brillante de la ciudad.

—Por supuesto —la chica infló el pecho con orgullo— ¡solo dígame cual será mi objetivo y considérelo hecho!

—Necesito que te vayas con ese tipo de ahí.

Le señaló al comisionado en la lejanía, y por su expresión pudo deducir que había perdido varios cientos de dólares. Ichie, por su parte, hizo una mueca de desagrado.

—Odio dormir con tipos como ese, ¿no tiene un trabajo un poco más interesante?

—¡Te está dando una orden, no una sugerencia!

—Estás de peor humor que de costumbre, Fumi —señaló la vedette con una sonrisa maliciosa—. ¿Acaso te pone celosa que tenga una cita con alguien más?

—¿Entonces lo harás? —intervino Kaoruko antes de que cualquiera de las dos pudiera decir una palabra. Ichie, consciente de su error, estuvo a punto de contradecirla, pero ella fue más rápida—. Estupendo, ya que acabo de concederle un préstamo que te podría interesar.

—¿...Préstamo?

Justo en el blanco.

—Veinte mil dólares.

—¡¿Veinte?! —Ichie se paró en la punta de sus pies para ver mejor al oficial.

—Así es —respondió Kaoruko cruzando los brazos sobre el pecho— elegí esa mesa porque está trucada, y no hay nadie que entienda su funcionamiento mejor que tú.

—¡Claro! —asintió— solo dígame qué es exactamente lo que debo hacer.

—Siéntate con él, haz que despilfarre todo ese dinero, y cuando esté demasiado ebrio para seguir llévalo a cualquier hotel de por ahí y averigua si sigue siendo de fiar… Tienes mi permiso para quedarte con todas las fichas que quieras.

Esa frase fue suficiente para que la actitud de Otonashi cambiara por completo. Sacó un espejo del interior de su bolso, revisó que tanto su peinado como su maquillaje estuvieran en orden y, una vez quedó satisfecha, salió de las sombras y no se detuvo hasta sentarse sobre las piernas del oficial.

—¡Tenemos un ganador en esta mesa!

El hombre soltó una carcajada, y cuando Ichie le sirvió su tercer trago, deslizó su próxima apuesta.

—No puedo creer que realmente haya encontrado un trabajo para ella —murmuró Fumi a sus espaldas, soltando un suspiro cansado— con la cantidad de dinero que le robó antes de trabajar para nosotros…

—Nadie conoce mejor a un estafador que otro —respondió Kaoruko con una sonrisa, adentrándose un poco más a las sombras. Ahí, fuera de la vista del público, se encontraban los camerinos, el equipo técnico y las oficinas de los administrativos, convenientemente separadas de la misteriosa puerta blindada a la que se dirigían—. Además el escenario es deslumbrante, Yumeoji-han, oculta mil cosas y nada se oculta de él.

—¿Eso qué quiere decir?

Kaoruko sonrió.

—Que mañana por la mañana tendré toda la información que necesito.

Colocó la clave numérica y la cerradura se abrió con un clic. Una decena de miradas se posaron sobre ella, pero en cuanto respondió con un discreto gesto afirmativo todos regresaron a sus deberes. Las paredes eran grises, de concreto sólido que no dejaba escapar el sonido, con un omnipresente aroma a tabaco que en plena abstinencia le provocó escalofríos.

—¿Se encuentra bien, Hanayagi-san? —preguntó su compañera cuando la vio detenerse por un segundo, apoyando su peso en la pared— luce algo pálida…

—Estoy bien —respondió convencida de que, de no haberlo hecho antes, habría vomitado ahí mismo— sigamos por favor.

Continuaron su camino entre escritorios y archiveros perfectamente ordenados. Ahí dentro la vida era tan arriesgada como una partida de blackjack: abogados, contadores, técnicos encargados de revisar todas las fichas para asegurarse de que no hubiese ninguna falsificación en su inventario. Lejos de los reflectores el mundo del espectáculo era una máquina enorme y compleja, y ella era la mujer perfecta para asegurarse de que cada uno de sus engranajes estuviera funcionando adecuadamente.

—Imagino que ella ya habrá llegado…

—Llegó a Tokio esta misma mañana —asintió Fumi, entendiendo perfectamente a lo que se refería— debe estar esperando en el Cuarto de Atrás.

Cruzaron una sala de descanso, luego un largo pasillo entre oficinas hasta llegar a una segunda puerta, una que solo se abría con huella dactilar. Kaoruko colocó su índice en el lector, abriendo paso a una habitación que todo el personal conocía como La Bóveda.

—Buenas noches —saludó, y esa vez sus chicas se pusieron de pie para recibirla—. Sigan con lo suyo por favor, gracias por su trabajo.

La Bóveda, como su nombre lo indicaba, guardaba todas las ganancias del casino, e incluso algunas provenientes de algunas inversiones más turbias. Cinco chicas de su «familia» se encargaban de contar el efectivo, ataviadas con traje negro y actitud solemne, y en cuanto se aseguraban de que todo estuviera en orden este era destinado a alguna de sus muchas cuentas bancarias o al interior de su caja fuerte.

A decir verdad, al final nadie sabía a ciencia cierta las ganancias netas de sus negocios. Siempre había intermediarios, entre los encargados de realizar las transacciones hasta quienes transportaban y almacenaban el dinero para lavarlo y convertirlo en recursos legales. Todos tomaban un poco del botín, cinco, diez o veinte mil, como las rémoras que se pegaban a la piel del tiburón; su supervivencia dependía de ella y viceversa, y la conocían lo suficiente para saber que si tomaban más dinero del que era prudente, ella se encargaría de hacerlos pagar.

Si se pasaban de listos, terminarían en el Cuarto de Atrás.

Era la última puerta, la más apartada del edificio, ahí donde llevaban a los tramposos más empedernidos o aún peor, a los que cometían el error de meterse en sus asuntos. Fumi la abrió para ella, y al instante fue recibida por la mirada tranquila de Tomoe Tamao.

—Hanayagi-san.

Se veía elegante, con un traje completamente blanco sin arruga o imperfección, un largo abrigo sobre unos hombros delgados y medias negras bajo unos zapatos de tacón, tan relajada como si los nudillos de su guardaespaldas no estuvieran rompiéndole la nariz a un hombre en la sala al otro lado del cristal. Había perdido mucho peso desde que lo capturó, e incluso su cabello parecía quebradizo y sin color, escurriendo una mezcla de sudor y sangre.

—¿Cómo va todo, jefa? —la saludó su abogada personal desde una de las pocas sillas del cuarto, agitando la mano con pereza— oh, también ha venido Fumi-senpai.

—Respeta, Yuyuko.

Tanaka Yuyuko la ignoró, se echó la capucha del suéter sobre el rostro y, sin dificultad, comenzó a cabecear lentamente.

—¡No es momento de dormir!

—Corrección: siempre es momento de dormir —para confirmarlo, soltó un bostezo grande y sonoro— además he venido corriendo desde una de mis presentaciónes de Rakugo, necesito recuperar energías.

—¡¿De qué diablos hablas?!

Ambas comenzaron a discutir, aunque solo una de ellas parecía tomarlo en serio. Kaoruko las ignoró, se paró frente a la ventana y luchó contra el impulso de colocar entre sus labios el primer cigarrillo de la noche.

—¿Qué tal tu viaje?

Su sottocapo se colocó a su lado, a su derecha, envuelta en esa inamovible solemnidad que conservaba desde que eran pequeñas.

—Magnífico —respondió Tamao— fue agradable volver a casa aunque sea por unos días.

—Hablas de Kioto con demasiada añoranza...

—Por supuesto, es nuestro hogar.

—Es mi tierra natal, pero no es mi hogar —corrigió— aunque eso es lo de menos. Así que dime, ¿cómo se encuentra la abuela?

—Está molesta —sus ojos se encontraron con el reflejo de los suyos sobre el cristal—. Quería verte a ti, no a mí.

—Ella más que nadie debe entender que soy una persona muy ocupada.

—No lo entiendes, nunca la había visto tan furiosa —y aunque su voz parecía impasible, Tamao se mordió el labio inferior—. Costó mucho tranquilizarla, e incluso Rui-chan tuvo que intervenir para que las cosas no se salieran de control.

—Supongo que tampoco debió gustarle mucho ver a Akikaze-han ahí, entre los viejos se dice que un policía nunca deja de serlo.

Tamao entrecerró los ojos.

—Realizó la ceremonia.

—Frente a mí, no frente a ella —la interrumpió— pero ya que estás viva y coleando, asumo que pudieron dejar los tecnicismos de lado y hablar como se debe.

—Nos brindará apoyo mientras los maletines sigan llegando —le explicó como si estuviese leyendo un contrato— pero su única exigencia es que seas tú quien lleve el próximo.

—No.

Tamao guardó silencio. Al otro lado del cristal, Akikaze Rui respiraba agitadamente, con los puños cerrados y las mangas de su camisa enrolladas hasta los codos, dedicando a su víctima una mirada desinteresada que indicaba que había hecho eso cientos de veces.

—No puedes huir toda la vida, Hanayagi-san.

Al mismo tiempo que su guardaespaldas acertaba un gancho derecho en la quijada del hombre, los ojos de Tamao ganaron un brillo feroz.

—¿Huir? —cuestionó Kaoruko con desdén— todo este tiempo me he hecho cargo de mi «familia», ¿se puede saber en qué momento estuve huyendo, Tamao-han?

No se había dado cuenta, pero incluso la discusión a sus espaldas había parado.

—Mi familia ha sido aliada de la tuya por siglos —respondió Tamao— y te seguí porque fue mi destino desde el momento en que nací, pero no me quedaré a observar como das la espalda a nuestro legado.

Kaoruko soltó una risa seca.

—¿Acaso pretendes traicionarme?

—Conozco tu punto débil. —De pronto la expresión de Kaoruko se volvió helada—. De haber querido traicionarte lo habría hecho hace mucho tiempo, antes de que nos encaminaras a una guerra sin cuartel por una tierra que no nos pertenece.

—¿Insinúas que debo aceptar el trato de Kirin y entregarle todo lo que nos ha tomado años conseguir?

No alzó la voz, ni siquiera apartó la mirada de su reflejo, pero los gestos de su sottocapo estaban llenos de decisión. Esa era la verdadera Tamao, la loba que se había cansado de llevar una piel de oveja sobre los hombros y había comenzado a mostrar sus colmillos, el tercer pilar de su poder.

—No quería decírtelo de esta manera, pero la abuela apenas puede moverse —dijo atenta a su reacción—. Más temprano que tarde tendrás que tomar las riendas de la «familia» y ocupar su lugar.

—Mi lugar está aquí.

—¿Entonces dejarás que nuestro hogar se vaya a la ruina?

Fue suficiente. Llevó una mano al bolsillo de su abrigo, y aunque pudo ver como cada una de sus subordinadas se ponía en guardia, lo único que sacó de él fue un cigarrillo, el único que llevaba consigo y que guardó para usarlo en caso de que el malestar se volviera insoportable.

"Lo siento mucho, Futaba-han".

Lo colocó entre sus labios ansiosos, encendiendolo con su mechero favorito, respiró profundamente y dejó que el humo le llenara el paladar. En ese momento sintió como si hubiese colocado la última pieza de un rompecabezas.

—El horimono que tienes en la espalda, ¿a qué edad te lo hiciste?

El rostro de su compañera se ablandó de inmediato, llevó una mano a su hombro y buscó con sus dedos los primeros trazos del oni que ocupaba parte de su espalda y cuello.

—Oh, ¿Tamao-senpai tiene uno también? —Yuyuko rompió el silencio— no sé ustedes, pero yo quiero ver.

—No lo recuerdo —respondió Tamao, y su mirada le indicó que decía la verdad— a los diecisiete tal vez.

—Imaginó que en su víspera realizaste el juramento.

La vio erguirse, orgullosa, se sacó el guante de la mano derecha y le permitió observar su palma abierta. Oculta entre pliegues de piel blanca, solo visible si sabías exactamente qué buscar, había una delgada cicatriz.

—Fue en el dojo de Rinmeikan, frente a mi abuela y la tuya, como debe de ser.

—¿Enserio?

Sus ojos se nublaron por los recuerdos, y por un instante pudo regresar a ese lugar: estaba en las montañas, o al menos eso era lo que podía deducir por su olor a bosque, a sangre y a tinta. También sintió el dolor, punzadas imaginarias sobre sus costillas, hundiéndose en su piel para marcarla de por vida. La primera noche, cuando recién llegaron a casa y su abuela le permitió retirarse a sus aposentos, Kaoruko se había echado a llorar sobre el regazo de Maya, en un momento que solo viviría en la memoria de ambas.

—Dices que era tu destino, pero tenías edad suficiente para decidir —colocó una mano en la perilla de la puerta, y de inmediato Fumi acudió a su lado—. Yo tenía trece años cuando me hicieron pasar por ese proceso.

Tamao, aunque no esperaba esa respuesta, se mantuvo firme.

—Así eran las cosas en ese entonces.

—Exactamente —confirmó— y por eso he decidido hacerlas a mi manera.

Entonces se adentró a la habitación, dando por terminada la conversación y tomando por sorpresa a las dos personas que se encontraban en su interior. Akikaze Rui, la más nueva adquisición de su «familia», se ajustó la corbata y le dedicó una reverencia cortés. El hombre tras ella, demasiado cansado luego de largas semanas de cautiverio, la miró con ojos ausentes.

—No ha dicho ni una sola palabra, por más fuerte que golpeé —le dijo Rui en un susurro, mirando al motociclista por encima del hombro—. Ni para quién trabaja, ni la cantidad que le ofrecieron para participar en el golpe, solo pide hablar con su hermano.

Kaoruko alzó una ceja.

—¿El hombre que iba con él?

—Eso parece…

—Entonces necesitará una ouija, porque ese tipo ya está tres metros bajo tierra —tomó otra calada y la entrada de nicotina en su sistema la hizo sentir en control—. Haz hecho un buen trabajo, Akikaze-han, pero lo mejor será que acompañes a Tamao-han a casa para que descansen del largo viaje. Ahora prepara ese cuchillo, Yumeoji-han, lo vamos a necesitar.

Ambas asintieron. La guardaespaldas se apartó, tomó su saco del perchero que había a un lado de la puerta y abandonó la sala, dejando que Kaoruko ocupara su lugar en la mesa, en la silla al extremo opuesto de donde su víctima la esperaba con las manos retenidas por un juego de esposas. Fumi, paciente, aguardó a su lado.

—Ha pasado tiempo —saludó ella como si se tratara de una conversación casual— ¿me recuerdas?

El hombre, con la cara hinchada por los golpes, asintió.

—Hanayagi —dijo entre dientes— la niña que se cree gangster.

—Tomaré eso como un cumplido —sonrió, inclinándose cómodamente en su asiento— pero basta de hablar de mí, ¿cómo sigue tu garganta?

—¿Qué demonios has hecho con mi hermano?

—Es de mala educación hacer esperar a una dama, ¿sabes?

El hombre sonrió, apenas una mueca torcida en un rostro deformado. En su tráquea aún se apreciaba un enorme moretón cuyos colores iban desde el negro hasta el púrpura y el amarillo, justo en donde la aguja de su tacón le había cortado la respiración.

—Son nimiedades —respondió— ahora tú.

—Posiblemente ya se encuentre en casa —dijo, preguntándose cuánto calor hacía en el infierno— y permitiré que lo alcances si puedes saciar mi curiosidad.

Buscó en su bolso, tomó las fotos que hasta entonces había guardado con excesivo recelo y las desplegó sobre la mesa.

—No preguntaré si te son familiares, ya que las encontré en tus pertenencias el día que te capturamos —deslizó una de las imágenes en su dirección, una que enfocaba a una chica pelirroja acarreando cuatro enormes bolsas de compra a través del distrito comercial—. Sé muy bien que alguien les ordenó ir tras ella, ¿sabes para qué?

Por un momento Kaoruko pudo ver un pequeño brillo en esos ojos oscuros.

—¿Acaso quieres tirártela, niña?

Fumi llevó su mano a la empuñadura de su arma y dio un paso al frente con la misma agresividad que un perro guardián, deteniéndose únicamente cuando el capo alzó su mano derecha.

—Está en mis planes.

Él soltó una risotada, un desagradable gorgoteo gutural que hizo eco en la habitación.

—También estaba en los míos.

Kaoruko, que aún tenía la mano en el aire, no se inmutó, solo cerró sus dedos en un puño firme y dejó que las cosas siguieran su curso.

—Ya veo…

Y Fumi obedeció esa orden silenciosa sin chistar. Su mano derecha se cerró alrededor del brazo del hombre, obligándolo a extenderlo hasta el centro exacto de la mesa mientras su mano izquierda se alzaba sobre su cabeza. Su cuchillo era largo, con un filo tan cuidado que podía cortar una sandía y un almenado que rompió los huesos cuando bajó en un arco amplio, hundiéndose en el dorso de su víctima.

—Quizá no lo sepas, pero estás hablando de mi prometida —señaló con una voz fría como una ventisca, y cuando dio la señal, su caporegime se encargó de que la hoja de su arma penetrara la carne del hombre de extremo a extremo, llegando a la madera que había debajo—. Sugiero que te dirijas a ella con respeto antes de que haga que te corten los dedos de uno a uno.

El cuchillo se retorció, y cuando escuchó el crujir de sus propios huesos el hombre comenzó a suplicar.

—¡Nosotros no lo sabíamos! —explicó con desesperación, luchando por liberarse—. ¡No teníamos idea de quién era, solo nos ordenaron capturarla!

—¿Quién?

—No lo sé. —Fumi apoyó todo su peso sobre el pomo, haciendo que el filo traspasara la mesa hasta que la guarda llegó al dorso de su mano; su sangre, cálida y fresca, escurrió hasta llegar al suelo—. ¡Es la verdad! ¡No sé su nombre, fue una mujer que conocimos en Chorus!

—¿Chorus?

—Un bar de mala muerte en el centro de Ikebukuro —explicó su caporegime—. Es un sitio al que algunas «familias» acuden cuando necesitan información o mano de obra barata.

—Entiendo —dijo con voz desdeñosa— ¿cómo era esa mujer?

—Tenía cabello muy largo, negro, y siempre estaba sonriendo. —Habló rápido y desesperado, al punto en que unas cuantas gotitas de saliva escaparon de sus labios; su pecho subía y bajaba a un ritmo frenético— nos dijo que era una cazarrecompensas al servicio de nadie.

—Y aún así estaba dispuesta a hacerle un gran favor a mis enemigos —Kaoruko se puso de pie, lentamente, sin despegar la mirada de su presa—. ¿Qué indicaciones les dio?

El hombre tragó hondo antes de hablar.

—Nos dijo... —hizo una pausa para tomar aire—. Nos dijo que se la lleváramos viva, y ella se encargaría de lo demás.

—¿Sólo eso?

—No —dijo en un susurro ahogado—. Nos dio permiso de quedarnos con ella unos días a cambio de una parte de nuestra paga.

—¿Y ustedes aceptaron?

El hombre no respondió.

El capo dejó que lo que quedaba de su cigarrillo se consumiera en su boca, tirando la colilla al suelo en cuanto se terminó. Fumi asintió, se apartó de la mesa y dejó que fuera ella quien arrancara el cuchillo de golpe, llevándose consigo trozos enteros de piel, carne y tendón.

—Ella era un objeto para ustedes, ¿no es así? —probó el objeto entre sus manos; pese a su apariencia, el arma era ligera, firme entre sus dedos, y la sangre que escurría a través de su superficie la volvía cálida al tacto— solo una prostituta para usar y tirar.

Fumi rodeó la mesa y se colocó justo a espaldas del hombre, inmovilizándolo con una llave al cuello mientras Kaoruko lo obligaba a extender su brazo herido aún más, y en cuanto el motociclista sintió como la hoja se colocaba sobre su articulación, comenzó a retorcerse.

—¡Lo lamento! —gritó— ¡No sabíamos que tenía algo que ver contigo!

—Por eso te perdonaré la vida, pero a cambio saldrás de mi maldito distrito, volverás arrastrándote con tu jefa y le dirás que si quiere atentar contra Hanayagi Kaoruko tendrá que hacerlo ella misma. —El cuchillo rompió la piel al mínimo contacto, dejando escapar un delgado hilo rojo—. Y como muestra de mi hospitalidad, haré que le lleves un pequeño presente.

—¡Espere!

Pero era demasiado tarde. La pequeña conversación que mantuvo con Tamao llegó a su cabeza una vez más, acompañada de esos dolorosos recuerdos de su niñez, cuando todo en su vida cambió para nunca volver a ser lo que era. Su lugar estaba ahí, en el Lirio Rojo, dirigiendo y cuidando a los suyos como cualquier otro día.

Entonces, con esa idea en la cabeza, comenzó a cercenar.


—Muchas gracias por ayudarme, Maya-chan.

Tendo Maya se limpió el sudor de la frente con un movimiento grácil, se quitó el delantal y lo dejó sobre el perchero, sacudiendo la harina que había quedado impregnada en su uniforme.

—Al contrario, Daiba-san —dijo a su compañera con una sonrisa sincera— soy yo quien le debe agradecer el haberme compartido sus recetas. No puedo esperar a volver a casa y mostrarle a mi familia todo lo que aprendí.

—Supongo que ahora puedo ser Banana-sensei, ¿no crees?

—Es lo menos que se merece, sensei.

Ambas, satisfechas, observaron el fruto de su labor: había todo tipo de postres ocupando la barra de la cocina, los tradicionales muffins, jarrones llenos de chocolate líquido, galletas glaseadas, gelatina y hasta un apetitoso baumkuchen, todo con aquella fruta tropical que Daiba Nana consideraba su ingrediente secreto.

"Aunque de secreto no tiene nada" pensó Maya, tratando de que su boca no salivara de más ante tal banquete.

—La razón por la que me gusta tanto cocinar es porque te hace feliz tanto a ti como a quien prueba tus platillos —comentó Nana con entusiasmo, aunque Maya no pudo evitar notar un rastro de melancolía en sus usualmente alegres ojos color jade— por eso espero que esto le devuelva los ánimos a Kuro-chan.

En cuanto escuchó el nombre de su compañera, Maya bajó la mirada. Daiba Nana era astuta a su manera, perceptiva como nadie, y no tardó ni un segundo en colocar una mano sobre sus hombros caídos.

—¿Sabes, Maya-chan? —su voz era suave y gentil— me parece que ustedes dos comparten un vínculo muy especial.

Maya, en respuesta, soltó una risa desganada.

—Saijo-san me odia, y no la culpo por hacerlo.

—¿Por qué? —preguntó la chica de coletas sin malicia— has cuidado mucho de ella.

—Ocurrieron cosas, cosas que nunca me perdonará —respondió, rememorando una reunión secreta y el cañón de un revólver entre los ojos de Claudine—. No importa lo que haga, jamás demostraré que no tengo malas intenciones.

Y por eso tampoco la iba a culpar.

Nana permaneció en silencio, sumergida en sus pensamientos, pero en un abrir y cerrar de ojos su semblante se llenó de decisión. Tendo la observó dirigirse a su bolso y buscar algo en su interior, alzándolo sobre su cabeza una vez lo tuvo en sus manos.

—¡Aquí está! —exclamó— mi plan era prestártelo para pedir tu opinión, pero dado que tengo otra copia te regalaré esta.

Al final se acercó a ella dando saltitos y dejó el objeto entre sus manos. Era un libreto de unas treinta páginas, todo escrito a mano, con decenas de anotaciones en sus márgenes y pequeñas ranitas de color lima dibujadas en las esquinas. A todas luces se veía que había sido preparado con mucho esfuerzo y amor.

—¿Esto...?

—Invita a Kuro-chan a ensayar alguna vez y verás que todo se arreglará.

No entendió bien a lo que se refería, pero su expresión le resultó tan esperanzadora que abrazó el objeto contra su pecho sin preguntar, poniendo todas sus esperanzas dentro de sus misteriosas páginas. Si su amiga lo consideraba un tesoro, ella lo trataría como tal.

—Muchísimas gracias, Daiba-san.

Entonces, sin previo aviso, su móvil comenzó a sonar.

Se puso alerta, reconociendo al instante el tono que había configurado para esa persona en específico, sacó el móvil de su bolso velozmente y confirmó sus sospechas.

—Contesta antes de que pierdas la llamada —apremió su amiga con entusiasmo— solo no olvides decirme qué te pareció, ¿de acuerdo?

Maya asintió, se despidió con un gesto, tomó su bolso escolar y salió de la cocina, guardando el libreto en su interior. Cuando cruzó la sala de estar, con su teléfono sonando con insistencia, una voz conocida la detuvo.

—¿Es ella?

Sus ojos no tardaron en encontrarse con los de Futaba.

—Así es —respondió— aunque desconozco el motivo de su llamada.

La chica caviló por unos segundos, como si quisiera decirle algo más, pero más pronto que tarde se encogió de hombros y regresó su atención al televisor.

—Dile que no podré tomar su llamada esta noche —pidió, tomando un puñado de palomitas del cuenco sobre sus piernas— me muero de cansancio por pasar toda la tarde en detención.

—Eso debiste pensarlo antes de saltarte el toque de queda otra vez —reprochó Junna con severidad, apartando la novela que estaba leyendo— aunque me sorprende que les haya tomado tanto ponerte un castigo.

—Para nosotras también fue una sorpresa, ¿no es así, Tendo?

Futaba la miró por el rabillo del ojo, molesta, y aunque sintió un poco de culpa, Maya se limitó a sonreír. Normalmente era su trabajo discutir ese tipo de cosas con Souda-sensei, pero dado que su estatus como alumna entorpecía sus movimientos, Hanayagi Kaoruko prometió hacerse cargo del asunto en persona.

"Y supongo que se le olvidó…"

—Bueno, eso te pasa por romper las reglas —dijo la representante mientras se ajustaba las gafas— y de todos modos, ¿a dónde vas para llegar tan noche, si se puede saber?

Karen despegó la mirada del televisor al momento, como si la pregunta hubiese sido dirigida a ella.

—¿Tuviste una cita con tu novia?

—¡Ella no es mi...!

Futaba se interrumpió a la mitad, como si las palabras se rehusaran a abandonar sus labios. Balbuceó, y cuando se dio cuenta de que todas las miradas se encontraban sobre ella, soltó un bufido y se hundió en el sofá.

—¿Sabes qué? No tengo porqué darte explicaciones.

Lejos de ofenderse, el rostro de Karen se iluminó, dejó su lugar en la alfombra y se acercó a su amiga en dos zancadas, tomando sus manos entre las suyas.

—¡No lo negaste!

—¡Suéltame!

—¡¿Es la chica que te regaló la moto?!

Un golpe seco hizo eco en la habitación, haciendo que la atención de todas se centrara en la chica de hombros temblorosos que estrelló su puño contra la mesa de centro.

—Nadie —amenazó Junna entre dientes— hablará de motocicletas en esta casa.

—Tranquila, Hoshimi —dijo Futaba— soy bastante responsable con la moto, no veo razón para…

—¡Tu eres la menos indicada para hablar! —su dedo índice la apuntó acusadoramente, directo al rostro, haciéndola retroceder—. Si Sakuragi-sensei descubre que no tienes licencia...

—¿Quién te dijo que no tengo licencia? —sus ojos, casi sin quererlo, se encontraron con los de Hikari al otro lado de la habitación—. E-Eso no importa, dentro de poco…

—¡Ya ha pasado demasiado tiempo! —Junna se puso de pie—. ¡No permitiré que uses esa motocicleta hasta que…!

—¿Alguien dijo motocicleta? —Nana salió de la cocina con una enorme bandeja entre sus manos— porque Maya-chan y yo hemos horneado unas galletas en forma de…

—¡DESHAZTE DE ESO, NANA!

—¿Galletas? —Karen se apartó, corriendo hasta la bandeja con el mismo entusiasmo de un cachorro—. ¡Realmente se parecen a la moto de Futaba-chan!

—¿Lo dices enserio? —incrédula, Futaba se levantó del sofá, se acercó a Nana y echó un vistazo—. ¡Increíble! Se ven estupendas, Banana.

Tomó una de las galletas y se la llevó a la boca, provocando que Nana esbozara una gran sonrisa.

—Me alegra que te gusten, las horneamos especialmente para celebrar lo de tu novia.

—¡¿Eh?! —su sobresalto fue tal que provocó que casi se atragantara, tragó pesadamente y recuperó el aliento a duras penas—. ¡¿Quién te lo dijo?!

Y aunque sus ojos buscaron los de Tendo de inmediato, acusadores y hostiles, Daiba Nana soltó una risita traviesa.

—Tú, justo ahora.

Entonces Futaba se dio cuenta del error que acababa de cometer, y apenas tuvo tiempo de tomar unas cuantas galletas antes de que Karen se lanzara contra ella, convirtiendo su pequeña discusión en un juego del gato y el ratón.

—¡No te contaré nada! —gritó, utilizando una de las sillas de la cocina para poner distancia entre ella y la chica de coletas; si Karen se movía a la derecha, ella se desplazaba a la izquierda y viceversa—. ¡Esas son cosas que solo nos conciernen a ella y a mí!

—Pero nosotras somos como tu familia, ¡debes traerla para que la conozcamos!

—¡Ni soñarlo!

—¡¿Es la chica de cabello azul que tienes en el teléfono?!

—N-No…

—¡No sabes mentir!

Y mientras todo eso ocurría, y sus amigas se movían a la cocina para seguir observando el enfrentamiento, su teléfono no dejaba de sonar.

—¿No vas a responder?

De todas las voces, esa era la que menos esperaba escuchar. Maya tragó hondo, mucho más nerviosa de lo que debería, y cuando vio como los hombros de la única otra persona en la sala se tensaron bajo su mirada, sintió como se le contraía el estómago.

—Saijo-san.

—No quiero darle motivos para volver a este lugar —dijo sin mirarla— así que responde antes de que crea que algo anda mal.

Quería decirle que estaba equivocada, que lo menos que deseaba era hacerle daño y que sus queridas amigas se amaban con todo su corazón, pero el teléfono volvió a sonar, insistente, y la consigliere en su interior entendió que no tenía elección.

—Antes de eso, necesito que me prometa que cuando el momento llegue, usted y yo hablaremos sobre lo ocurrido.

Claudine no respondió.

—Entonces seré yo quien lo prometa...

—Solo márchate.

Y pese al dolor que llenó su pecho, Maya ajustó la mochila sobre sus hombros y salió de la sala de estar al mismo tiempo que sus compañeras regresaban de la cocina, acarreando postres que no podría probar.

—Hasta mañana, Saijo-san.

Y cuando puso un pie en el primer escalón, resguardada por la oscuridad del pasillo para dirigirse a su dormitorio, escuchó su voz.

—Bonne nuit.

En cuanto entró a su habitación cerró la puerta con llave, dejó su mochila sobre la silla de su escritorio y deslizó su dedo sobre la pantalla de su móvil para responder.

—Chorus —fue lo primero que escuchó desde el auricular— ¿has escuchado ese nombre?

Maya suspiró, se sentó al borde de la cama aún a oscuras y trató de concentrarse.

—Me parece haberlo escuchado en la grabación que Yumeoji-san consiguió para nosotras.

—Así que siempre regresamos a Kirin-han. —Del otro lado de la línea, agotada luego de un largo día, Kaoruko se quitó sus zapatos de tacón y subió los pies al escritorio de su oficina privada, reclinándose en la silla y dejando que sus ojos se perdieran en el hermoso candelabro de cristal que colgaba del techo—. Su nombre siempre trae malas noticias.

—¿Ha realizado el interrogatorio?

—Sí —tomó su sombrero y lo giró en sus manos— dijo que ese era el nombre del triste bar en el que lo contrataron. Pase lo que pase, esa jirafa se está asegurando de que cualquier movimiento contra él parezca una provocación.

—No lo contrató alguien de los suyos…

—No —afirmó—. Lo único que sé es que es una mujer. Le pediré a nuestro amigo dentro de la policía que nos ayude a organizar una pequeña redada a ese sitio, quizá así descubra quién está detrás de todo esto.

—Es un buen inicio.

Maya tomó el cojín en forma de cisne que había en su cama, sosteniéndolo contra su pecho. Lo tenía desde que era muy pequeña, y había estado tan renuente a deshacerse de él que Kaoruko había ordenado que le fabricaran un moño idéntico al suyo, ocasionando que lo atesorara aún más.

—¿Hanayagi-san?

—Iban tras ella —le dijo en un gruñido— esos cerdos planeaban ponerle sus sucias manos encima…

—Lamento si estoy siendo insensible, pero ambas conocíamos el riesgo desde el primer momento —le dijo con cautela— por eso debemos ser más listas que él.

—Lo sé —respondió frustrada— aunque me he encargado de enviar un mensaje bastante claro a esa supuesta cazarrecompensas.

—¿Acaso lo...?

—No. Solo lo envié en dos partes, si entiendes a lo que me refiero. —Aunque estaba riendo, su voz sonaba desganada—. Por desgracia ahora debo llevar mi traje a la tintorería.

—Mañana es sábado, ¿desea que programe la cita por usted?

Al otro lado de la línea, Kaoruko sonrió.

—Había olvidado la falta que me haces, Tendo-han.

Permanecieron en silencio, un silencio cómodo como los que compartían cuando aún estaban en Kioto, descansando sobre el tatami del estudio de baile de su abuela, disfrutando de una efímera tranquilidad. Maya se sintió nostálgica, quizá por pasar tanto tiempo lejos de casa, de su gente y de aquello que juró proteger.

—¿Cómo está Futaba-han?

—Cansada —respondió un poco más tranquila, buscando entre sus pertenencias el libreto que Daiba Nana le había regalado—. Usted olvidó hablar con Souda-sensei sobre el toque de queda, así que la castigaron.

—¿Toque de…? —Kaoruko estrelló la palma de su mano sobre su frente— maldita sea, lo olvidé.

—Lo sabía.

—¡No es mi culpa! Este fue mi segundo día sin tabaco y estos estúpidos temblores no me dejan tranquila. ¡Ni siquiera fui capaz de dormir con una chica para relajarme!

—Se llama consciencia, Hanayagi-san —explicó sosteniendo el teléfono entre su oreja y su hombro, encendiendo su lámpara de noche y usando ambas manos para hojear el libreto—. Ya que finalmente formalizó su relación con Isurugi-san, salir con otras chicas sería como traicionarla.

—Esas son tonterías, Futaba-han debe entender…

—Hanayagi-san.

Kaoruko dejó escapar un quejido ahogado.

—¡De acuerdo, nada de chicas! Pero que no espere que deje de fumar de la noche a la mañana.

—Entonces si ha fumado hoy, ¿no?

—Ugh…

Maya contuvo una risita, imaginando el rostro ruborizado de su compañera. Se detuvo en una página al azar, escaneó el texto con ojos tenaces y leyó en voz alta la primera línea que le llamó la atención, de forma tan potente que era difícil creer que lo había logrado sin vocalizar.

—Si huyo en este momento te perderé también —recitó— ¡Si no hubiese escapado de mi destino, nadie habría tenido que morir!

Kaoruko guardó silencio por unos segundos, consternada por sus palabras, hasta que su voz se rompió en una carcajada.

—¿Qué diablos fue eso, Tendo-han? Hasta sentí escalofríos.

—Es una de las líneas de nuestra próxima obra —le explicó— una de mis compañeras me lo obsequió y me pidió que le diera mi opinión cuando terminara de leerlo.

—Suena emocionante, ¿de qué trata?

—No estoy muy segura. —Leyó la siguiente línea para sus adentros, luego la otra y la otra, y cada palabra capturó un poco más su atención—. ¿Podría ser…?

—¿Ocurre algo?

—Deme un segundo.

Cerró el libreto, y en cuanto vio la portada una sonrisa se formó en sus labios. De ninguna forma, en ningún otro universo, pudieron haber tenido tanta suerte, con una coincidencia tan perfecta que casi parecía imposible. Abrió la cámara de su teléfono y tomó una fotografía.

—¿Qué es esto, Tendo-han? —le preguntó Kaoruko en cuanto recibió dicha imagen.

—Mírelo y entenderá.

Kaoruko abrió el archivo, y cuando leyó el título de la dichosa obra, comenzó a reír. Era una risa relajada, libre de la tensión de lo que ella consideraba una noche como cualquier otra. Su consigliere, contagiada por el sonido de su voz, sonrió.

—¿No adoras las ironías?

—Dan lugar a situaciones encantadoras, Hanayagi-san —le respondió, abriendo el guion desde la página uno— así que, si me disculpa, revisaré esto de principio a fin.

—De acuerdo. —Con nuevas energías, Kaoruko se puso en pie, se quitó el abrigo y lo lanzó lejos—. Puede que esté algo oxidada, pero envíame unas páginas más, lo leeré contigo.

—De inmediato, Hanayagi-san.