En aquella noche con olor a fiesta, al interior de una de las más espléndidas mansiones de la costa neoyorquina, Don Lucania Brioschi escuchó un golpeteo sobre la puerta de su oficina.
—Adelante —indicó con una voz que estaba acostumbrada a ser escuchada, dejando que su mirada se perdiera en la única ventana que había en la habitación. Afuera, su pequeña Elena giraba en brazos de su hermano mayor, riendo de una forma en que él no recordaba haberlo hecho nunca.
—Lamento la intromisión. —La puerta se abrió ligeramente, y su ama de llaves asomó la cabeza a través del umbral.
—¿Qué ocurre, Virginia? —preguntó—. ¿No deberías estar en la fiesta con Melissa y las demás?
—Esa era la intención —respondió la mujer, jugando con los pliegues de un delantal tan blanco como su rostro— pero el Señor Bartolomé Salvatore solicita hablar con usted.
Sus ojos, rojos como brasas, destellaron como los de una fiera.
—¿Bartolo está aquí?
Cuando la mujer asintió, temerosa de haber entregado malas noticias, Don Brioschi soltó un suspiro de hastío. Todo el día, desde el alba hasta el anochecer, se la había pasado encerrado en su oficina; peticiones, alianzas, muestras de lealtad, estaba listo para atender cualquier asunto que los invitados al cumpleaños de su hija tuvieran para él, fuese deseado o no.
Sin embargo, en una noche en que un Hombre de Honor no podía ofrecer negativas, lo menos que esperaba era la visita de su más grande rival.
—Hazlo pasar.
—¿Está seguro?, creí que tenía prohibido entrar al territorio de los Brioschi.
—El territorio es como una prisión —contó con una sonrisa seca, alejándose de la ventana lentamente—: aquellos con disputas ocupan celdas distintas, pero deben verse a la cara al menos una vez.
Virginia se mordió el labio inferior, pero al final dejó que la ominosa sombra a sus espaldas entrara a la oficina, evocando pesadillas como hacía con los hombres más duros del Bronx.
—Gracias, pajarillo —susurró Bartolo a su ama de llaves con esa voz aterciopelada que lo caracterizaba, deslizando uno de sus dedos debajo de su mentón—. Espero sinceramente que puedas concederme una pieza de baile antes de que acabe la noche, aunque un beso tampoco estaría mal.
—Gracias, pero no —desafió la mujer, pero eso no impidió que su invitado deslizara su dedo pulgar por encima de sus labios.
—¿Sabes? Creo que podría hacerte cambiar de opinión...
—¿Tienes un asunto pendiente conmigo o solo has venido a cortejar a mi ama de llaves sin mi autorización, Bartolo?
Entonces, esos ojos violetas se clavaron en él, peligrosos como puñales.
Hubo un tiempo en que ambos habían sido muy buenos amigos. Llegaron en el mismo barco desde Castellammare del Golfo en la bella y pobre Sicilia, jugaron codo a codo entre los carromatos de la Pequeña Italia y aprendieron a ganarse la vida antes de que las calles corrompieran su amistad.
—Siempre has sido un aguafiestas, Luca —saludó con cortesía calculada— pero debo admitir que has organizado un festejo maravilloso. Espero de todo corazón que tu querida hija cumpla muchos años más.
Se conocían, se apreciaban y se cuidaban la espalda de vez en cuando, pero desde que la prohibición los había hecho ascender hasta las más altas esferas del crimen, ese hombre se había convertido en un desconocido para él. Una bestia sedienta de poder y de sangre.
—Gracias por atender, Bartolo —su rostro se endureció— ¿o debería llamarte Don Salvatore?
Frente a él, los ojos del capo brillaron con malicia.
—¡Perfecto!
Sakuragi-sensei se levantó de la silla entre aplausos, acabando con la fantasía y convirtiendo aquel lúgubre escenario de principios de los 30's en una ordinaria aula escolar. Algunas de sus alumnas, sentadas en el suelo en pequeños grupos, se unieron a la ovación.
—Fue una actuación estupenda. Saijo, Tendo, Isurugi, espero grandes cosas de ustedes durante la puesta en escena.
Claudine, que interpretó al jefe de los Brioschi, asintió orgullosa, pero ese atisbo de entusiasmo se esfumó cuando fue consciente de la mirada de su co estrella encima suyo.
—Ha sido una interpretación formidable, Saijo Claudine.
—Nadie pidió tu opinión, Tendo Maya.
—Ya pueden salir de su papel, ustedes dos. —Sakuragi-sensei se interpuso entre ambas, señalando con un gesto amplio al resto de la clase—. Ahora vuelvan a sus lugares por favor, que aún quedan muchas lecturas que hacer.
—Sí...
Ambas chicas intercambiaron miradas, contándose secretos que no podían ser pronunciados en voz alta, agradecieron a su profesora y volvieron a reunirse con sus compañeras al fondo del salón. Futaba, que hasta ese momento había tratado de desaparecer en el interior de su sudadera deportiva, las siguió en silencio.
Definitivamente aquel sería uno de esos días.
—Eso fue increíble. —La representante de clase las recibió con aprobación—. La soltura con la que las tres leyeron sus líneas fue digna de admirar.
—¡Y la interacción entre Don Salvatore y la ama de llaves fue muy interesante! —contribuyó Nana, sentada a su lado de piernas cruzadas—. Aunque juraría que eso no estaba en el guión original...
Maya, que le había dado vida al mafioso, esperó a que sus compañeras tomaran asiento para ocupar el lugar entre ambas.
—Creí que tener un interés amoroso haría al villano un poco más humano —dijo— aunque entiendo que esa no es una decisión que yo pueda tomar, lo lamento...
—La calidad nunca es un accidente; siempre es el resultado de un esfuerzo de la inteligencia, John Ruskin —citó Junna ajustándose las gafas—. Recién hace dos días que nos dieron el libreto, pero ya le has dado una esencia a tu personaje, a sus movimientos y a su forma de hablar...
—Cierto, ¡hasta le diste un acento distinto!
—Bueno, puede que haya tenido un poco de tiempo extra para ensayar.
Daiba soltó una misteriosa risita.
—Es una historia muy interesante, Mafia Famiglia. —Mahiru pasó las páginas de su libreto de una a una, repasando sus diálogos subrayados con rotulador verde—. La historia de dos «familias» de la mafia italiana en guerra, en la que la pequeña hija de uno de los jefes se convertirá en el objetivo principal...
—Creo que todas sabemos de qué va la trama, ¿o acaso hay alguna novedad?
El comentario de Claudine era todo menos malintencionado, pero Tsuyuzaki estaba tan nerviosa que ni siquiera lo escuchó.
—Es intimidante actuar como un mafioso...
—¡Pero lo has hecho muy bien!
—No estoy segura de eso...
—Mahiru puede ser espeluznante si se lo propone, en especial cuando me obliga a limpiar nuestra habitación.
—¡Es porque siempre esperas que alguien más lo haga por ti, Hikari-chan!
—¿Lo ven? Da miedo.
—¡Hikari-chan!
—Un mafioso es más que violencia, Tsuyuzaki-san —intervino Tendo de nueva cuenta—. Un hombre siciliano debe ser sagaz, elegante y encantador, capaz de recurrir a la diplomacia antes que a la guerra. Más que un asesino, un mafioso es un empresario, y traté de plasmar todo ese concepto en las actitudes de Don Salvatore.
—Has llegado a una conclusión increíble, Maya-chan. —Nana, impresionada, aplaudió con delicadeza—. De haber sabido que estabas tan familiarizada con el tema te habría consultado antes de escribir el guión.
—¿Cómo es que sabes tanto? —murmuró Claudine—. No es una materia muy agradable para una chica de preparatoria.
Y pese a su provocación, la consigliere no tardó ni un segundo en responder.
—A mí padre le fascinan las películas de mafiosos, Saijo-san, así que he aprendido mucho de él. Incluso realizamos algunos viajes recreativos a Sicilia.
—¡¿En serio?! —Karen se inclinó hacia adelante, tan rápido que por un momento pareció como si quisiera saltar sobre el regazo de su compañera.
—Sí, estuve en Castellammare, Palermo y Corleone.
—¡Genial!
—¿Usted qué opina, Isurugi-san? —Maya se deslizó más cerca suyo, hasta que sus hombros estuvieron en contacto total—. ¿Esas nuevas escenas fueron de su agrado?
Futaba, en respuesta, se movió en dirección contraria.
—Aléjate de mí.
—¿Por qué? ¿Acaso no le gustó mi interpretación?
Volvió a invadir su espacio personal, insistente como la peste, y tenerla tan cerca le recordó el motivo por el que se había sentido tan incómoda durante su pequeña improvisación.
—Esto te divierte, ¿no?
Toda la clase había quedado embelesada con su papel, pero ella la conocía lo suficiente para ver la realidad: esas miradas, esos roces con segundas intenciones, esa sonrisa burlona con la que le exigía un beso...
—Solo quiero saber su opinión, Isurugi-san.
Su Don Salvatore no era un personaje trabajado a base de la observación y el estudio, claro que no, estaba inspirado de pies a cabeza en una mafiosa que ambas conocían muy bien, y que había llegado a desbalancear su vida por completo.
—Si te dijera mi opinión…
—Me diría que teme estarse enamorando de mí.
—¡No seas ridícula!
—¡No digas eso, Tendo-san! —interrumpió Karen, y su grito escandalizado las sorprendió lo suficiente para que Tendo pusiera un poco de distancia entre ambas—. ¿Qué tal si la novia de Futaba-chan se molesta?
Y aunque su intervención la atrapó con la guardia baja, la consigliere no tardó en ocultar una risita tras el dorso de su mano.
—Su novia es muy buena amiga mía, Aijo-san, y le garantizo que la situación le haría bastante gracia.
—¡¿La conoces?! —Karen la miró a ella—. ¡¿La conoce?!
Futaba, suficientemente frustrada para seguir tratando con ese asunto, desvió la mirada.
Desde que anunciaron su nueva producción, Mafia Famiglia: La Sombra de Omertà, Futaba estuvo más que segura de que sería como una patada en el trasero. Claro, para sus amigas esa era una experiencia nueva e interesante, pero ella tenía a la verdadera mafia tan cerca que el solo pensar que ahora tendría que arrastrar todas esas vivencias a la escuela le producía náuseas.
"Y ahora también tengo que tratar con estas tontas escenas nuevas..." pensó con cierto pesar mientras hojeaba su copia del guión, recorriendo todas esas líneas que Maya había agregado a mano y sin su consentimiento. "Me apuesto lo que sea a que Kaoruko le ayudó a escribirlas".
Por supuesto, conocía bien a su novia para saber el tipo de fantasías que pasaban por su cabeza, especialmente si la colocaba a ella como una indefensa ama de llaves que debía quedarse a solas con el más grande rival de su empleador.
—¿Estás nerviosa, pajarillo? —Hasta podía imaginar su voz, tan profunda como cuando daba una orden.
La imaginó a sus espaldas, respirando en su oído mientras las plumas negras de su abrigo le hacían cosquillas en el cuello, sintió sus manos sobre su cintura y, antes de que tuviera la oportunidad de escapar, como la atrapaba contra su pecho.
—Si Don Brioschi se entera... —Diablos, incluso su propia voz sonaba distinta, débil y suplicante.
—¿Qué hará el buen Luca si nos encuentra así? —Sus labios repartieron pequeños besos a lo largo y ancho de su cuello, mordiendo de vez en cuando como si intentase apoderarse de todo su ser—. ¿Creerá que lo estás entregando a su enemigo?
—¡Eso no...!
Pero cuando se giró para encararla, lista para oponer toda la resistencia que estuviera en sus manos, se encontró de frente con esos alargados y elegantes ojos color marrón.
—¡¿EN QUÉ ESTOY PENSANDO?!
Futaba se dejó caer de espaldas al suelo, tan roja como la lava de un volcán, agradeciendo para sus adentros que tanto su profesora como el equipo de producción supervisaran las escenas minuciosamente.
—¿Qué le ocurre a Futaba-chan?
—No sé —secreteó Nana a Mahiru, como si realmente pensara que no las podría escuchar a esa distancia— pero creo que está feliz.
—¿Tú crees? La noto un tanto nerviosa.
—Es lo que pasa cuando estás enamorada, o al menos así es como te ves cuando hablas con Karen-chan.
—¡¿Eh?!
Futaba dejó escapar una risa discreta, observando al techo mientras las palabras de Nana se repetían una y otra vez al interior de su cabeza.
"Enamorada, ¿eh?"
Había pasado un mes entero desde que comenzaron a salir, y aunque el conflicto entre «familias» le seguía poniendo los pelos de punta, no podía negar que Kaoruko constantemente superaba sus expectativas. No solo estaba dejando de fumar poco a poco, sino que también la llamaba a diario, había regresado a la costumbre de dejar pequeños obsequios como cartas o flores dentro de su casillero, e incluso la había invitado a cenar a uno de esos costosos restaurantes de Ginza, esos en los que los meseros se peleaban por tomar su orden.
En definitiva, y aunque sonara tonto, a veces Kaoruko la hacía sentir como una princesa.
—¿En que estoy pensando? —repitió, aunque en esa ocasión su voz no fue más que un murmullo.
Desvió la mirada al exterior, perdiéndose en el azul del cielo a través del ventanal. Hace solo un par de meses el pensar que Kaoruko estaría observándola al otro lado del cristal la hacía temblar de miedo, pero ahora se habían besado tantas veces que comenzaba a familiarizarse con su sabor.
¡Ni siquiera entendía porque le gustaba tanto! No solo era un peligro andante, también seguía siendo creída, posesiva, arrogante, caprichosa, lujuriosa a niveles descarados, tan impertinente que llegaba a ser incómodo, molesta y...
Y...
Llevó una mano a su pecho, justo encima de su corazón, y la fuerza de sus propios latidos le robó el aliento.
"Quiero verla..."
Cerró los ojos y se dispuso a tomar un pequeño descanso de todas esas situaciones que se habían apoderado de su vida poco a poco: mafia, libretos complicados y los inconvenientes del primer amor.
—¡Atención todas!
Aunque, por supuesto, su profesora parecía tener otros planes.
—Ahora que todas han tenido la oportunidad de recitar unos cuantos diálogos, sus compañeras de Producción Escénica tienen un anuncio importante que hacerles. Eso va para ti Isurugi, no creas que no te veo dormir allá atrás.
—No estaba dormida —replicó Futaba sin separar los dientes, y aunque su profesora la escuchó perfectamente, le hizo el favor de dejarlo pasar.
—Esa es mi señal. —Nana se puso de pie al mismo tiempo que sus compañeras de la Clase B pasaban al frente, cargando un montón de panfletos—. Vuelvo en un minuto.
—¿Acaso anunciarán algo, Banana?
—Espera y verás, Futaba-chan —respondió, y su suave sonrisa le trajo un mal presentimiento.
Nana se apartó de ellas, cruzando el aula hasta ocupar el lugar que le correspondía junto al equipo de producción con el que había trabajado codo a codo desde el inicio de su segundo año. Futaba, intrigada, la siguió con la mirada.
—Guionista, Amemiya.
—Guionista, Masai.
—Aprendiz de guionista, Daiba.
—Antes que nada, queremos felicitarlas por su esfuerzo —comenzó Amemiya, con una expresión gentil sobre un rostro que difícilmente mostraba emociones—. Pese a ser la primera lectura, la forma en que asimilaron sus personajes es digna de admirar.
—Así es —confirmó Masai—. Mafia Famiglia es de nuestros trabajos más ambiciosos, y por ello nos complace anunciar que ha sido seleccionado para ir más allá de los muros de Seisho.
Todas intercambiaron miradas, e incluso ella se inclinó hacia adelante con creciente interés. Las chicas de la Clase B miraron a la profesora en busca de aprobación, y cuando Sakuragi-sensei asintió, Nana dio un paso al frente.
—¡La Clase 99 irá de campamento!
Y entonces, por un minuto entero, reinó el silencio. Futaba pudo ver el cambio en los rostros de sus compañeras: de confusión a sorpresa y de dicha sorpresa a un inconfundible júbilo.
Ella, sin embargo, perdió la respiración.
—¿Qué…?
—Permítanme explicar —dijo Amemiya, y sus compañeras comenzaron a repartir los panfletos a la clase—. Debido al gran recibimiento que han tenido nuestras presentaciones, la Academia Seisho ha preparado un exhaustivo régimen de entrenamiento con dos semanas de duración que se llevará a cabo en la sede de Uminomori.
Masai continuó.
—Y como se espera que dicha sede tenga su propio alumnado en un futuro, la puesta en escena se llevará a cabo en un festival de la localidad.
Y Nana concluyó la explicación con una sonrisa.
—Partiremos este mismo lunes, así que utilicen su fin de semana para empacar lo esencial. ¡Vamos a esforzarnos al máximo!
—¡Sí! —exclamaron todas a una sola voz, emocionadas ante la perspectiva de un merecido viaje escolar.
—Volver a Uminonori —murmuró Karen con expresión soñadora y las imágenes de su último campamento reproduciéndose frente a sus ojos—. ¡No puedo esperar!
—Es una lástima que sea otoño, ya que con este clima no creo que nos permitan entrar al mar.
—Oh la la ! Mahiru quiere ver a alguien en traje de baño.
—¡Claro que no!
—Pues no podremos entrar al mar, pero hay unas estancias vacacionales no muy lejos de ahí. —Nana regresó a su lugar, y se veía a leguas que todo el entusiasmo de sus amigas la llenaba de energía—. Tienen servicio de banquetes, salas de juego, ¡y hasta aguas termales!
—La profesora jamás nos dejará ir a uno de esos lugares, además el campamento es para aprender, no para… —Hoshimi interrumpió su frase a la mitad—. ¿Aguas termales?
—Nadie se resiste a las aguas termales, Junna-chan.
—Pues un descanso no nos vendría mal luego de las semanas de locos que hemos tenido.
—En eso estoy de acuerdo, Saijo-san.
Y mientras sus compañeras discutían las posibilidades, el color sobre el rostro de Futaba era drenado poco a poco.
—Un viaje…
Pasó saliva casi dolorosamente, como si hubiera una fuerza externa oprimiendo su cuello, impidiéndole respirar. Dentro de su bolsillo el móvil parecía llamarla, suplicando para ser utilizado.
Claro, su novia estaba superando sus expectativas, pero había partes de ella que nunca podría cambiar.
"No puede prohibirme ir", pensó para sí, reuniendo el coraje que necesitaría para realizar la temida llamada. "Ni siquiera tengo por que pedirle permiso, solo le explicaré el asunto para avisarle que me iré, no puede enojarse conmigo por eso..."
Aunque conociendo a Kaoruko, un viaje inesperado no iba a molestarla, claro que no. En cuando se enterara del asunto, Kaoruko iba a enloquecer.
Si tan solo hubiera otro pobre diablo que le llevara la noticia...
—Disculpe, sensei…
Entonces todas las miradas se clavaron en la chica a su lado, tan pálida como ella, la misma cuya mano se alzaba sin rastro de la valentía del mafioso a quien había dado vida minutos atrás. Maya era cínica, de sonrisa fácil y espíritu fuerte, pero el terror que encontró en sus ojos hizo que los nervios de Futaba se elevaran hasta las nubes.
—¿Qué ocurre, Tendo?
—¿Podría salir a realizar una llamada? Es una emergencia.
Sakuragi-sensei accedió sin problema, y la alumna modelo abandonó el aula tan rápido que estuvo a punto de tropezarse con sus propios pies, sujetando su móvil con tanta fuerza que bien pudo hacerlo añicos.
—Cielos...
—Tal vez debe pedirle permiso a sus padres —comentó Junna encogiéndose de hombros— yo debo hacer lo mismo en cuanto llegue al dormitorio.
—Pues a mí no me sorprende, estoy segura de que Tendo Maya debe llamarlos todos los días para que le digan qué hacer.
—¡Eso es cruel, Kuro-chan! —reprendió Mahiru, y una sombra de culpabilidad se apoderó del rostro de Claudine—. Ella se veía realmente asustada...
—Quizá solo son muy estrictos.
—¿Tú qué opinas, Futaba-chan?
Futaba observó la puerta que conducía al pasillo, a través de la cual podía ver la sombra de la consigliere caminando de un lado a otro como un animal enjaulado, y aunque habían tenido sus diferencias en el pasado, cruzó los dedos para que donde quiera que estuviese Kaoruko se encontrara de muy buen humor.
—¡TODOS CONTRA LA PARED! ¡AHORA!
Hubo toda clase de reacciones a lo largo del destartalado bar, desde gruñidos guturales hasta risotadas socarronas provenientes de rostros toscos y dispares, pero todos ellos dejaron su cerveza a un lado y se pusieron de pie, intrigados ante las ordenes dadas por el escuadrón policial que había interrumpido en su recinto.
—Estamos almorzando, niño —dijo el hombre más grande de todos, con estómago enorme y ojos de rata, balanceando un habano entre dedos tan gruesos y grasosos como un par de salchichas—. Además, creo recordar que tu comandante y yo teníamos un trato: nada de redadas hasta el próximo mes.
El policía no retrocedió; a sus espaldas, las luces bicolor de las patrullas se colaban por debajo de la puerta.
—Lo siento, jefe, pero la orden viene de más arriba.
—¿Más arriba? —El hombre le dio un empujón, al punto en que el habano se resbaló de sus manos, llenando de ceniza las baldosas del suelo—. ¿Quién se ha creído tan importante para traer esta mierda a mi bar? ¡¿Quién ha osado meterse con MI negocio?!
—Nadie de su incumbencia —respondió el oficial, apuntando su ametralladora al centro de su pecho—. Ahora, en caso de que no me haya escuchado, se lo repetiré: póngase contra la pared o tendré que llevarlo a la comisaría.
El gordo escupió al suelo.
—Me las pagarás…
Y así, con un gruñido furioso, el último bastión de resistencia en Chorus se derrumbó, dejando que las fuerzas del orden hicieran su trabajo.
En realidad Chorus era uno de esos sitios que suplicaban una redada de rodillas. Su interior era lúgubre como un almacén y apestaba igual que uno, aderezado con el hedor del alcohol y del sexo barato, protegido por pandillas de motociclistas que esperaban ansiosos a que uno de los muchos peces gordos de la capital tuviera un trabajo para ellos.
—¡Les pagué, cerdos infelices! —maldijo el dueño mientras uno de los policías presionaba su rostro contra el muro, decomisando un arma calibre 22 de un bolsillo oculto dentro de su chaleco—. Llevo años pagando su maldita cuota, ¡no pueden tratarme así!
—¡Silencio!
Pero los sobornos no lo eran todo, y siempre había alguien con bolsillos más profundos que se convertía en la nueva prioridad... Y dicha prioridad se había escabullido a la última planta del edificio, paseando por la oficina del administrador sin que las autoridades se percataran de ello.
—Tenemos treinta minutos —dijo Hanayagi Kaoruko revisando su pesado reloj de pulsera, única pieza de su indumentaria habitual que había llevado consigo a la misión—. Nuestro amigo, el comisionado, dio órdenes de que no revisaran este piso, así que estamos a salvo por ahora
Su caporegime, que buscaba con insistencia en el único ordenador de la habitación, alzó la mirada, con sus ojos azules ocultos tras las gafas que normalmente utilizaba para leer.
—Es una suerte que siga de nuestro lado —comentó, sin detener el recorrido de sus dedos sobre el teclado— aunque Ichie ha estado insoportable desde que salió con él.
—Imagino que pudo exprimirle algunos yenes.
—Quinientos mil, pero se los gastó en un solo día —suspiró— de todas maneras lo ha estado frecuentando últimamente, así que lo tendremos en la nómina por un poco más de tiempo.
Kaoruko, que hasta entonces se encontraba inspeccionando el interior de un armario, echó un vistazo en su dirección, esbozando una pequeña sonrisa gatuna.
—¿Acaso estás celosa, Yumeoji-han?
—No pretendo hablar de mi vida privada en horario laboral, muchas gracias.
—¿Y podemos discutirlo cuando lleguemos a casa?
Fumi, un poco irritada, no respondió. Kaoruko se dio por vencida con el armario, suspiró y cruzó la habitación, acercándose a la misma ventana por la que habían entrado para observar el panorama diurno de Ikebukuro.
¿En qué diablos estaba pensando cuando decidió infiltrarse en territorio enemigo? Estaba muy lejos de Ginza, y tan cerca de la influencia de Kirin que si sus ojos se cruzaban con los de un transeúnte inadecuado la entregarían a él antes de que pudiera decir «Senka-ryu».
"Si es que me reconocen, claro".
El edificio que albergaba Chorus colindaba con unos condominios que a esa hora no eran tan concurridos, pero por si acaso tanto ella como su equipo habían decidido usar disfraces como medida cautelar, y el suyo era de los más interesantes.
"¿Qué pensaría Futaba-han si me viera así?"
En realidad lucía como una yankee cualquiera, con una falda larga que le llegaba hasta los tobillos, unas zapatillas deportivas que le servirían para correr y una chaqueta ligera que dejaba al descubierto un vientre plano producto de largas y agotadoras sesiones de entrenamiento. Incluso su rostro parecía extraño, con unas gafas falsas de pasta gruesa y una mascarilla que hacía un excelente trabajo ocultando su identidad.
Kaoruko era imponente por naturaleza, estaba en su sangre, pero con esa ropa lucía tan… Salvaje… Como si en cualquier momento fuera a perder el control.
"Podría hacerle una pequeña visita cuando todo esto acabe", pensó alejándose de la ventana, caminando hacia el único de los muebles que no había revisado aún: el escritorio del administrador. "Ya que le gusta tanto decir que soy una delincuente, no le molestará que la acorrale dentro de su dormitorio y le muestre lo que es salir con una delincuente de verdad".
Se imaginó aprisionando sus manos por encima de su cabeza, besándola mientras la sentía temblar debajo suyo. Imaginó sus ojos llorosos, suplicantes, pero llenos de todos esos sentimientos que solo mostraba cuando estaban solas, cuando reclamaba sus labios y permitía a su lengua acariciar la suya con suavidad.
—Hanayagi-san.
Sus dedos se deslizaron encima de la superficie de madera mientras su mente viajaba hasta un escenario donde repartía pequeñas mordidas por el cuello de su chica, descendiendo hasta su esternón y hasta el nacimiento de sus pechos; de pronto, esa ligera chaqueta parecía demasiado gruesa para tanto calor.
—¿Hanayagi-san?
Le gustaba imaginarla así, mordiéndose el labio inferior, con sus ojos nublados por sensaciones desconocidas. Ella sería la primera en reclamarla, la única que podría acariciar su cuerpo y...
—¡Hanayagi-san!
Y cuando la voz de Fumi la hizo volver en sí, Kaoruko descubrió que había perdido el aliento.
"Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que estuve con una chica..." Pensó para sus adentros, masajeando su sien a la vez que agradecía que la mascarilla ocultara el rubor de su rostro. "Si dejo pasar otro día voy a enloquecer".
Pero tenía que hacerlo, por lo que tomó una gran bocanada de aire antes de responder al llamado de su general.
—¿Qué ocurre, Yumeoji-han?
—Nada, salvo que las cámaras de seguridad de este sitio son una basura. —Fumi, ataviada con unos jeans y una sudadera con capucha, inclinó la pantalla para que pudiera ver por sí misma los cuatro videos que se reproducían en ella—. No guardan nada, solo muestran lo que ocurre en tiempo real… O al menos lo necesario para hacer trampa en una partida de póker.
—¿Por qué no me sorprende? —Kaoruko se dejó caer en la silla tras el escritorio, hundida hasta el hartazgo por el sobrepeso de su dueño. Sobre la superficie no había nada más que un bloc de notas, un par de bolígrafos baratos y una botella de licor—. ¿Al menos has encontrado algo de interés?
—Aún no, pero puedo entrar a su correo electrónico para buscar pistas.
—Perfecto, entonces veré si hay un tesoro bajo toda esta basura.
Solo les quedaban quince minutos, y cuando ambas regresaron a sus respectivas tareas, Kaoruko soltó un suspiro y decidió guardar todas esas fantasías para después.
—Ahora, de vuelta a esto…
Abrió el primer cajón del escritorio, encontrando solamente una caja de pañuelos desechables, cuatro cajetillas de cigarrillos baratos y una amplia colección de revistas para adultos. Lo cerró de inmediato y comenzó con el siguiente.
—¿Qué está buscando exactamente, Hanayagi-san?
—Un libro de contabilidad.
—¿Por qué? ¿Tiene una deuda que le interese?
—Si no te conociera pensaría que estás siendo sarcástica.
En el segundo cajón encontró cosas más interesantes, entre ellas un par de anillos de oro, unas cuantas facturas sin importancia y el recibo de una intrépida apuesta en un hipódromo americano. Estaba cerca, podía sentirlo.
—Supongo que lo sabes, ya que eres el nexo entre nosotros y nuestros asociados, pero la forma en que operamos es como una larga cadena de influencias. —Se probó un anillo y lo observó a contraluz; definitivamente se lo quedaría—. Dime, si alguien ajeno a la «familia» quiere comenzar un negocio en mi territorio, ¿qué es lo primero que debe hacer?
—Consultarlo conmigo —respondió su compañera de inmediato— luego yo debo informar a Tamao.
—Y Tamao-han debe informar a Tendo-han, y solo Tendo-han puede informarme a mí. Todo el mundo tiene alguien a quien rendirle cuentas, y esta gente no es diferente a nosotros.
—Entonces espera que haya un registro de esa cazarrecompensas en algún lugar...
—No espero, lo sé.
Cuando trató de abrir el tercer y último cajón, notó que estaba cerrado con llave. Era sospechoso, tenía que haber algo interesante en su interior. Se acuclilló frente a él y alzó la mano en dirección a su caporegime.
—Herramientas, por favor.
—De inmediato. —Fumi buscó en su cinturón, tomó una pequeña funda negra, la lanzó y Kaoruko la atrapó en el aire sin problemas—. ¿No prefiere que yo me encargue de eso?
—No tenemos tiempo.
Abrió la funda, dejando al descubierto un juego de granzúas de múltiples formas y tamaños, eligió las más adecuadas y comenzó a trabajar, introduciendo primero la llave de tensión en la abertura antes de concentrarse en los pistones. En el mundo del crimen, las personas de su rango difícilmente participaban en ese tipo de actividades. Siempre estaban encerrados en sus oficinas, firmando papeles y dando órdenes a sus subordinados desde sus tronos.
"Pero esto es personal".
Un mes, tardó todo un mes en planear la operación. Un mes para descubrir que el dueño de Chorus fumaba habanos fuertes cada fin de semana, por lo que dejaba la ventana de su oficina abierta antes de bajar al bar para almorzar con su gente. Un mes para negociar el día y hora exactas de la redada, el instante indicado para que nadie, ni siquiera Kirin, la viera venir. Había sido un mes entero de trabajo duro, y no lo tiraría a la basura por quedarse en casa como si fuera una princesa.
"Debo protegerla…" el mecanismo vibró bajo sus dedos, "debo mantenerla a salvo cueste lo que cueste".
Giró la granzúa un poco más, y cuando creyó que estaba a punto de romperse, la cerradura cedió con un milagroso clic.
—¡Bingo! —exclamó con el triunfo reflejado en sus ojos marrones—. Quisiera ver al viejo Kirin intentando algo así, seguro está tan oxidado que no puede sostener un arma por sí mismo.
Lo abrió con prisa y revolvió su contenido, pero dentro no encontró nada particularmente incriminatorio: pendientes, collares, decenas de anillos de oro sólido, balas para una semi ametralladora y un enorme fajo de billetes que, a ojo de buen cubero, sumaban la friolera cantidad de cuarenta mil dólares. No debía tomarlo, había ido ahí a proteger al amor de su vida, no a conseguir dinero fácil como cualquier criminal, no tenía…
—¿A quién engaño? —Se guardó el dinero en el interior de la chaqueta y llenó sus bolsillos con todas las joyas que encontró—. Después de todo, ladrón que roba a ladrón…
Sin embargo, no había ni rastro del registro que buscaba.
Miró su reloj: le quedaban menos de diez minutos. Se puso de pie y observó la habitación con las manos en la cintura, desde los ductos de ventilación hasta la alfombra, manchada de ceniza aquí y allá. Habían revisado cada cajonera y compartimiento a la vista, pero no había nada, ni contratos, ni armas, ni un nombre por el cual empezar. Nada.
—Maldición…
¿Qué haría ella? ¿En dónde guardaría algo tan incriminatorio que podría enviarla directo a prisión? Siguió observando un poco más, sus ojos enmarcados por la concentración, y en cuanto encontró lo que buscaba cruzó la oficina en solo tres zancadas.
—Ayúdame con esto, Yumeoji-han.
—¿Qué pretende hacer?
—Solo ven y ayúdame.
Fumi obedeció, desenfundó su enorme cuchillo táctico y la siguió hasta una de las esquinas de la oficina, donde un trozo desprendido de alfombra dejaba al descubierto los tablones de madera que había debajo, cortó un generoso trozo de tela y, tras presionar un poco, uno de los tablones de madera se hundió.
—¿Cómo…?
—Hice algo similar cuando era una adolescente, para ocultar ciertas… Fotos comprometedoras a mi abuela. —Tomó un extremo del tablón suelto y tiró con fuerza hasta que se desprendió—. Ahora, Yumeoji-han, contempla el verdadero botín.
Sus ojos brillaron con codicia, sin poder desprenderse ni un instante del resplandor de las joyas y el plateado del maletín que esperaba bajo sus pies, acompañado de un libro alargado con cubierta negra. Eso era exactamente lo que buscaba, el primer paso para comenzar el contraataque.
—¿Ya tienes guardados los archivos del ordenador?
Fumi, aún concentrada en su hallazgo, tardó un rato en responder.
—S-Sí.
—Entonces toma todo lo que puedas y llama a las chicas, debemos irnos cuanto antes.
—Entendido.
Pero antes de alejarse debía estar segura de que ese era el objeto que buscaba con tanto ahínco. Lo tomó, sintiendo la fina capa de cuero falso que lo envolvía, lo abrió en una página al azar y dejó que sus ojos pasearan sobre decenas de líneas de texto. Había de todo: ganancias relacionadas al tráfico de drogas, robos a mano armada, sobornos, todo lo que necesitaba para hundir ese sucio lugar para siempre.
Y entre todos los nombres que figuraban en su lista, ocultos tras pseudónimos, había uno que reportaba las cifras más altas: Tormenta Azul.
—El auto ya está listo, Hanayagi-san —le informó Fumi, colgando su móvil mientras llenaba su mochila con cuánto tesoro tenía a su alcance— puede adelantarse si así lo desea.
—Bien. —Cerró el libro, colocándolo bajo su brazo antes de dirigirse a la ventana en donde había empezado todo, recorriendo el paisaje de Ikebukuro una última vez—. Bajaré entonces, ten cuidado.
—Sí.
Y sin decir más, Kaoruko se escabulló al exterior con la gracia de un felino, bajando por la escalera de incendios que, a esas alturas, reflejaba las luces de las patrullas que se aglomeraban frente al bar, rojas y azules.
—Justo a tiempo —murmuró, pisando los peldaños metálicos con la suficiente delicadeza para no hacer más ruido del necesario. Abajo, esperando ocultas en el oscuro callejón que había entre el bar y los condominios, dos de sus chicas la esperaban con sus armas listas.
—¿Está todo bien, Hanayagi-sama? —le cuestionó una de ellas en cuanto se dejó caer desde el último peldaño, casi a dos metros por encima del suelo, aterrizando sin problema.
—Por supuesto, ¿creían que su jefa no podría con algo así? —le dijo mientras se sacudía el polvo de la ropa, tratando de lucir menos cansada de lo que en realidad estaba—. ¿Han tenido problemas con la policía?
—Ninguno, pero su teléfono no ha dejado de sonar desde hace diez minutos.
Ella alzó una ceja.
—¿Mi teléfono? —La mujer asintió—. De acuerdo, veamos quién me necesita con tanta urgencia…
Kaoruko se adentró a lo más profundo del callejón, hasta el viejo Nissan del '97 que esperaba con las puertas abiertas, saludó a la chica tras el volante y abordó por la parte trasera.
—¡Qué cansancio! —exclamó, dejándose caer sobre el asiento recubierto de piel. El modelo era viejo, una baratija si lo comparabas con el Mercedes-Benz en el que Maya la llevaba a todas partes, pero tan bien equipado que podía resistir una lluvia de plomo sin problemas—. En cuanto Yumeoji-han salga nos largamos, ¿entendido?
—Como ordene, Hanayagi-sama.
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos un momento, agotada como si todo el trabajo del mes cayera sobre sus hombros con la fuerza de doscientos ladrillos. Claro, por más que la adrenalina le diese fuerzas, lo cierto era que no estaba acostumbrada a tanta actividad. Dejó el libro de contabilidad en el asiento contiguo, se puso cómoda y se preparó para dormir un rato.
En cuanto llegaran a casa tomaría un baño, una buena taza de té y se confinaría dentro de su habitación para dormir tranquilamente…
Bzzt. Bzzt.
—Joder, lo había olvidado.
Su móvil estaba justo donde lo dejó, entre el asiento del conductor y el del copiloto. Era Maya, la misma que a esa hora debería estar en la escuela. Se bajó la mascarilla y respondió bruscamente.
—Más te vale que sea importante.
Quizá demasiado, ya que su consejera tardó unos segundos en responder.
—Lo es —dijo, y el tono de su voz le dio un mal presentimiento— pero le advierto, no le va a gustar.
Y mientras dicha conversación seguía su curso, Yumeoji Fumi bajaba ágilmente por la escalera de incendios, llevando consigo todos los bienes que acababa de robar.
El golpe había sido espléndido: rápido y conciso, con saldo blanco como debería de ser cualquiera de sus operaciones, y con un cuidado por los detalles que daba a su trabajo, que cada vez se parecía más al de un guardaespaldas que al de un general, un poco de emoción.
"Como en los viejos tiempos" pensó, recordando los días en que solía cometer pequeños robos para cubrir los gastos de criar por su cuenta a su hermana menor.
Pero al final todo eso valió la pena, ahora su hermanita estudiaba en Siegfeld, su propia ex-escuela, de donde Shiori aún creía que se había graduado con honores. No le gustaba mentirle, pero era lo que tocaba si quería seguir viéndola feliz, y ahora que sus manos estaban llenas de dinero podía darle el futuro que se merecía.
"Espero que la jefa me deje quedarme con algunas de estas joyas como recompensa, hay algunas que le quedarían bien a Shiori… O tal vez a Ichie…"
Aunque si había algo que esa vedette sin vergüenza no necesitaba eran más joyas.
Cuando llegó al último escalón se preparó para librar el vacío de un salto. Resultaba un poco difícil con tanto peso encima, pero sólo tendría que ajustar su balance, soltar sus manos sin miedo y aterrizar usando la punta de sus pies, pan comido.
—¡DEBES ESTAR BROMEANDO!
O lo habría sido si el grito feroz de su jefa no la hubiese desconcentrado lo suficiente para soltarse antes de tiempo, aterrizando sobre su pie derecho de tal manera que su tobillo se dobló en un ángulo antinatural.
—¡Yumeoji-sama!
En ese momento Fumi pudo apostar su colección de botellas de ponzu de edición limitada a que su grito se escuchó incluso en Siegfeld.
—¡Debiste escuchar mal! —gritó Kaoruko desde el auto, ajena a como un grupo de policías rodeaba a sus compañeras—. ¡No puede ser cierto!
—Pero lo es —respondió Tendo— y según el itinerario partiremos este mismo lunes.
—¡Eso es en dos días! —Afuera, en medio del callejón, sus chicas preparaban sus armas—. De ninguna forma someteré a mi querida novia a la horrible tortura de estar tanto tiempo separada de mí.
—Creo que es usted la que podría tener un problema de apego, Hanayagi-san…
—¡ES POR FUTABA! —Su rostro se puso completamente rojo, y su consigliere tuvo que apartar el móvil de su oído para salvar sus tímpanos—. Además no arriesgaré su vida dejando que vaya a un lugar donde no la puedo proteger.
—Estaré con ella en todo momento, si intentan algo… —al otro lado de la línea, resonó un disparo—. ¿Qué fue eso…?
—Nada importante.
La policía retrocedió, sorprendidos por las armas de alto calibre con las que contaban lo que hasta entonces habían creído que eran solo pandilleros. Fumi retrocedió, con el rostro pálido por el dolor, se acercó a la puerta del auto y señaló lo que ocurría frente a ella.
—¡Hanayagi-san! La policía…
Kaoruko la calló alzando una mano.
—Encárguense de ello y vámonos de una vez, no tenemos tiempo para esto.
—¿Esa fue Yumeoji-san?
—No. —Kaoruko se cruzó de brazos; su caporegime, frustrada, regresó junto a su gente saltando en un pie.
—¡Al auto! ¡Hay que terminar con esto de una buena vez!
—¡Sí, señora!
—Hanayagi-san, estoy muy segura de que esa era la voz de Yumeoji-san.
—No lo fue, así que volvamos a lo nuestro. —Una bala acertó en el centro del parabrisas, cuarteando el cristal—. Te lo diré una última vez: de ninguna manera permitiré que vayan a un lugar donde los pistoleros de Kirin pueden dispararte por la espalda y arrojarte al mar.
—Pero Tokio es igual de peligroso.
—¡No seas ridícula! —Otras cinco balas se incrustaron en el parabrisas—. Hablaré con Souda-sensei para que cancele todo este sinsentido.
—Querrá que le perdone su deuda, y estamos hablando de cientos de miles de yenes.
—Entonces le diré que planeó convertirme en inversionista mayoritaria de Seisho, estoy segura de que no rechazará un fondo adicional.
—Puedo manejar la situación, Hanayagi-san, solo necesito un guardaespaldas, una avioneta, nueve paracaídas y…
—Tendo-han.
Un escalofrío recorrió la columna de la consigliere.
—¿Sí?
—Tú quieres ir a ese viaje, ¿verdad?
Maya no respondió.
Sus chicas llegaron al auto, disparando a los policías que se cubrían trabajosamente detrás de un par de basureros, se deslizaron dentro y cerraron las puertas con fuerza.
—¡Vámonos, ahora!
El Nissan arrancó en un santiamén, derribando la pequeña barrera que los policías habían alzado para cortarles el camino y tomando las calles de Ikebukuro a tal velocidad que su espalda se pegó contra el asiento. Tras ellas, se encendió una sirena.
—¿Sabe, Hanayagi-san? —siguió Maya, girándose para observar el patio de Seisho a través de la ventana—. Cuando era pequeña asistía a una academia de baile muy parecida a esta.
—Oh, cierto, tus padres son actores, ¿no? —El capo sacó un cigarrillo electrónico de su bolsillo, lo encendió y lo colocó entre sus labios. La sensación estaba lejos de parecerse a la de un cigarrillo regular, pero le ayudaba a controlar la ansiedad—. Debieron estarte entrenando para el negocio... ¿Pero qué tiene que ver todo eso con Uminomori?
—Qué nunca tuve la oportunidad de ir a uno de estos campamentos... No antes de que…
—Entiendo, no me lo recuerdes —interrumpió, soltando vapor con olor a canela en cada palabra—. Sé que es... Fue... Una parte importante de ti, creeme, pero no voy a poner su vida en riesgo de manera tan gratuita… Ni la de Futaba-han ni la tuya.
—Entiendo…
El auto se maniobró entre las callejuelas del distrito, desviándose por cualquier camino que le sirviera para despistar a sus perseguidores.
—Escucha —comenzó Kaoruko— cuando todo esto acabe podemos organizar un viaje nosotras tres… Podemos ir a Venecia, a París, incluso a Alemania por un auténtico baumkuchen. ¿No te gustaría?
—Supongo que estaría bien…
Oh, no. La última vez que su amiga perdió el interés en su postre favorito fue seis años atrás, cuando no consiguió entradas para la presentación de ese tonto musical que tanto le gustaba y se encerró en su habitación por dos semanas debido a la tristeza.
—Si lo que quieres es participar en un festival, les conseguiré un lugar en el mejor festival de teatro del país. —insistió cada vez más nerviosa—. Tus amigas lo amarán, será un gran empujón para sus carreras.
Maya negó.
—Se lo agradezco en verdad, pero esta era una experiencia que quería vivir con todas las chicas —revisó el panfleto con expresión melancólica—. El lugar sonaba muy divertido, tiene un gimnasio, su propio escenario, e incluso hay una estancia vacacional con aguas termales muy cerca de ahí…
—¡Vamos! Eso no tiene nada de… —Cuando comprendió sus palabras, Kaoruko paró en seco—. ¿Dijiste aguas termales?
—Sí, Daiba-san dijo…
Su expresión cambió por completo. Fue como si una luz se encendiera dentro de su cabeza, como un faro que guiaba a los navíos perdidos hacia la costa. Sonrió. Claro que su amiga estaría interesada en algo así, en especial cuando cierta chica pelirroja estaba involucrada.
Solo tenía que presionar un poco más…
—Daiba-san dijo que es un hermoso sitio a la orilla del mar, ideal para una cita romántica.
Kaoruko pareció asentir.
—Continúa.
—Con gusto —respondió, sintiendo los sueños de sus amigas sobre sus hombros—. Será un entrenamiento intensivo, así que a todas nos vendría bien un descanso luego de tanto trabajo.
—Un descanso, ¿eh?
—Usted podría venir —sugirió atenta a cualquier reacción, aunque lo único que escuchó fue el inconfundible rechinar de un par de neumáticos—. Le vendría bien descansar un poco de todo este asunto.
—N-No creo que sea buena idea, no con todas las cosas que tengo por hacer.
Comenzaba a quebrarse, solo tenía que empujar un poco más.
—¿No? —Maya fingió un suspiro—. Que lástima, Isurugi-san parecía muy entusiasmada con la idea.
—¿Futaba-han?
—Sí, no dejaba de hablar de lo mucho que le gustaría ir de vacaciones con usted.
—¿En serio? —Su coraza comenzaba a caer—. ¿Ella dijo eso?
—Por supuesto. —No, era mentira, pero su amiga no tenía porque enterarse—. Usted ha demostrado una fortaleza increíble últimamente, ¿acaso no merece una recompensa?
Kaoruko asintió.
—Ha sido un mes difícil…
—Así es, y no hay mejor manera de relajarse que con un baño caliente. Imagínelo: las dos solas sin nada más que agua y vapor para cubrirlas. Puede pedirle a Isurugi-san que se siente entre sus piernas, y ella está tan contenta con usted que seguramente no se negará.
El pez era grande y obstinado, pero ella era buena para pescar, así que tiró el anzuelo al agua y esperó, todo mientras una segunda patrulla de policía bloqueaba el camino del Nissan al otro lado de la línea, haciendo que el auto diera un giro violento para escapar.
—¡Tenemos que encontrar una forma de salir de esta, Hanayagi-san!
Esa, en definitiva, si era la voz de Fumi.
—¡Hanayagi-san!
Cuando Kaoruko reaccionó, el móvil casi había resbalado de sus dedos, tan temblorosos que reflejaban un poco del tipo de imágenes que se reproducían una y otra vez dentro de su cabeza.
Cabello rojo, piel blanca, ojos violeta mirándola fijamente a ella y solo a ella. Sí, Kaoruko iba a enloquecer.
—Llamaré al comisionado para que detenga esta locura —dijo con una voz llena de autoridad—, mientras necesito que otro vehículo nos espere en el límite de nuestro distrito. Hay que deshacernos de esta chatarra cuanto antes.
—¡Sí, Hanayagi-sama!
—Y también necesitamos ir al hospital, alguien debe revisar el tobillo de Yumeoji-han.
Fumi soltó un gruñido de dolor
—Gracias al cielo...
Balas, persecuciones, la policía tras ella en territorio enemigo. Si, definitivamente necesitaría unas malditas vacaciones, y no podría sumergirse en esas deliciosas aguas termales si terminaba en prisión. Saldría de esa a toda costa.
—Te llamo después, Tendo-han.
Entonces terminó la llamada, y cuando escuchó la línea muerta, una sonrisa de satisfacción cruzó el rostro de Tendo de lado a lado. Había sido una pesca estupenda.
—¿Cómo te fue?
Cuando se giró, Isurugi Futaba la estaba esperando. Tendo caminó hasta ella, la rodeó con su brazo y la invitó a caminar de regreso al aula en donde su clase se preparaba para su próximo ejercicio.
—El viaje está garantizado, Isurugi-san, no hay nada que temer.
—¿Lo aceptó tan fácil? —Futaba la miró con desconfianza—. No le dijiste nada raro para convencerla, ¿verdad?
—Puede que haya adornado un poco las cosas…
—¡¿Le mentiste?!
—Esto no es una mentira, Isurugi-san —le dijo guiñando un ojo— es solo un ladrón robándole a otro ladrón.
