—Entonces te irás...

Su voz quedó en el aire, suspendida en el tiempo, en el espacio y en el auricular del teléfono sobre su oído, tan fría y distante como no la había escuchado jamás.

—Sí —respondió a duras penas, inmóvil sobre el rellano de una escalera desde la que podía ver su casillero, el inmenso patio frontal a través de la puerta abierta y el largo sendero de concreto que unía a Seisho con el exterior—. Toda mi clase se irá de campamento por…

—Dos semanas, ¿no es así?

—S-Sí.

Primer strike. Trató de mantener la calma, jugando con la maleta deportiva que llevaba al hombro junto a la funda de lino grueso en la que reposaba su amada espada de madera. Tomó su posición sobre el home y, aún un tanto nerviosa, se preparó para batear.

—¿Sabes dónde está Tendo? —preguntó en un intento de guiar la conversación por un rumbo más casual, luchando para que su voz no se quebrara por los nervios—. La representante la estuvo buscando durante horas, pero no la encontró.

—Y no lo hará —terminó su pareja al otro lado de la línea, colocando un cigarrillo electrónico entre un par de labios rojos—. Pero no te preocupes, ella las alcanzará el día de mañana sin falta.

—¿A qué te refieres?

—Le conseguí un permiso especial.

—Lo entiendo pero, ¿cómo?

—No es tan difícil cuando tienes el tiempo suficiente para armar una excusa a la altura. —Encendió el dispositivo, dio una calada larga y dejó que el vapor con sabor a mentol le llenara el paladar—. Habría hecho lo mismo por ti, claro, si te hubieras tomado la molestia de decírmelo.

—¿Por eso estás molesta?, ¿por lo del viaje?

—Yo no estoy molesta.

Tenía razón; estaba furiosa.

Por un momento pensó en dejarlo, fingir demencia y quedarse en ese cómodo -pero insuficiente- espacio seguro en el que se había refugiado apenas respondió el teléfono, pero la tensión la estaba matando.

Ese muro entre ambas, esa distancia, no era normal.

—¿Te lastimaría ser un poco menos dramática? —preguntó, alzando ligeramente la voz para dar peso a sus palabras—. Si Tendo te lo dijo, no había necesidad de que yo también lo hiciera.

—¿Dramática? —Los ojos de su chica se entornaron como los de un depredador—. La última vez que revisé estaba saliendo contigo, no con ella, así que no me parece dramático esperar que mi novia me informe sobre algo tan importante.

Strike dos. Tenía razón, incluso cuando sus palabras habían sido más ponzoñosas de lo esperado. Infló el pecho, plantó los pies en la tierra y se preparó para recibir la bola más rápida de su carrera.

Si esa yakuza sinvergüenza se creía capaz de amedrentar a Isurugi Futaba, estaba en un gravísimo error.

—Es solo un campamento, Kaoruko, deja de actuar como si fuera a salir del país.

—¡¿Solo un campamento?! —Kaoruko se incorporó sobre la silla; a su alrededor, un par de sus colaboradoras se giraron para mirarla con interés—. ¡¿De verdad no te das cuenta de lo que estuviste a punto de hacer?!

—¿Irme sin tu permiso? —preguntó con una voz cargada de insolencia—. Sé que estás acostumbrada a que todo el mundo te obedezca, pero yo no trabajo para ti.

—¿Qué?

—Ya me escuchaste —le dijo, movida por una súbita ráfaga de valor—. Soy tu novia, no tu empleada, ¡así que deja de esperar que me ciña a tus lineamientos y respeta mis decisiones de una buena vez!

Cuando terminó, Futaba estaba jadeando.

Por un momento se sintió orgullosa, como si hubiese logrado derribar a una rival más grande y fuerte que ella, pero pese a que creía estar lista para debatir toda clase de respuestas, la reacción de Kaoruko la dejó sin habla.

—Creí que lo entenderías…

Ya no sonaba molesta, ni irritada, pero sí tan lastimada que Futaba sintió como si le hubieran dado una puñalada en el pecho.

"Quizá solo soy una tonta", pensó, tan cansada que se vio obligada a dejar su equipaje a un lado para sentarse sobre uno de los peldaños de la escalera, dejando que sus ojos se perdieran en el exterior y en la forma en la que el sol de otoño daba a su tan ajetreada mañana un poco de tranquilidad. "Después de todo, fui yo quien decidió mantener todo esto en secreto".

Aunque, como era evidente, su secreto no había durado mucho.

Habían pasado dos días desde que sus compañeras de la Clase B dieron el esperado anuncio, y aunque la mismísima Tendo Maya le aseguró que Kaoruko estaba completamente de acuerdo con la idea, Futaba no se atrevió a mencionarlo ni una sola vez.

No fue su intención en absoluto; en el fondo ella se moría por contarle sus planes, por comprar souvenirs a juego para ambas y por tomar cientos de fotografías que mostrarle al regresar. Sin embargo, cuando se encontró en la soledad de su habitación, a punto de realizar la tan esperada llamada , todo su entusiasmo se vino abajo como una torre de naipes.

Kaoruko era de carácter difícil, tan voluble como una tormenta y con tanta influencia que podía hacer que el mundo se moviera conforme a su voluntad.

¿Y si cambiaba de opinión?

—Se lo diré mañana —recordó decir en ese entonces, hecha ovillo en su cama al mismo tiempo que se aferraba a su móvil desesperadamente—. Además no puede ser para tanto…

Pero aunque tuvo más de una oportunidad a lo largo del fin de semana, al final fue la propia Kaoruko quien decidió enfrentarla a primera hora de la mañana, mientras se preparaba para subir al autobús que ya se encontraba aparcado frente a las puertas de Seisho.

Sí, quizá aquello era su culpa después de todo.

—¿Kaoruko? —preguntó, jugando con los hilos sueltos de su sudadera deportiva—. ¿Sigues ahí...?

—¿Realmente crees que estoy tratando de controlarte?

La pregunta fue inesperada, y Futaba se encontró a sí misma buscando una buena respuesta.

—Bueno... No exactamente...

—¿Acaso olvidas que hay personas tras de ti?

—¡Claro que no! —respondió, aunque por un momento no estuvo del todo segura—. Pero no entiendo que tienen que ver unos matones que capturaste por ahí con este viaje.

Kaoruko planteó su respuesta con tranquilidad, más paciente de lo que había sido nunca.

—Sé sincera —pidió—. Si Tendo-han no me lo hubiera contado aquel día, ¿lo habrías hecho tú?

—P-Por supuesto —aseguró a medias—. Estamos saliendo, no iba a irme sin despedirme.

—¿Sin despedirte? —presionó el capo, y Futaba no pudo evitar percatarse de un ligero temblor en su voz—. ¿Y eso cuándo sería? ¿Cuándo ya estuvieras a kilómetros de aquí?

—Eso… Eso no…

—Yo conozco a esa gente, Futaba-han, sé cómo piensan, y poco les importará tener que deshacerse de un par de testigos para llegar a ti.

Sus palabras carecían de malicia, pero en cuanto las terminó de comprender, Futaba sintió todo su cuerpo tensarse. Estaba tan ensimismada en su paranoia que nunca se detuvo a pensar en lo que implicaba, y menos en la decena de chicas que ya se comenzaban a reunir en el patio frontal de Seisho, llevando consigo grandes maletas, bolsas de frituras y objetos personales que se rehusaban a dejar atrás.

—¡Rápido! —escuchó la inconfundible voz de Karen a lo lejos, y no pasó ni un minuto para que su silueta surgiera de uno de los corredores del primer piso—. ¡Aún nos queda tiempo para ir a la tienda de conveniencia antes de irnos!

Tsuyuzaki Mahiru, su eterna niñera, negó furiosamente con la cabeza.

—¡Ya llevamos todo lo que necesitamos! —dijo, señalando la enorme mochila que llevaba a cuestas—. Además no iríamos tan lejos solo por golosinas, ¿verdad, Hikari-chan?

Hikari, quien las seguía a su propio ritmo llevando poco más que un bolso de mano y un muy sobredimensionado muñeco de Mr. White, asintió.

—Quiero medusas de chocolate, y esas solo las venden en el acuario.

—¡¿Eh?!

—¡Oh! ¡Si corremos muy, muy, muy rápido creo que podemos llegar! —Por un instante Karen miró en su dirección, y cuando sus ojos se cruzaron, la saludó efusivamente con la mano—. ¡Muy buenos días, Futaba-chan!

Ella devolvió el gesto, siguiéndolas con la mirada desde el momento en que se cambiaron de zapatos a toda prisa hasta que Junna las detuvo para reprenderlas por tratar de abandonar los predios del colegio sin autorización. Vio a Nana conversando alegremente con Claudine, a las chicas de la Clase B ayudando a empacar algunos de los vestuarios que se utilizarían para la obra y a Sakuragi-sensei dando la primera llamada para comenzar el pase de lista.

Eso fue todo. La bola fue lanzada con tal bestialidad que bastó un toque para que el bate entre sus manos se hiciera añicos. Ese era su mundo: su escuela, sus amigas y su escenario, y el solo pensar que algo podría ocurrirles por su culpa le revolvió el estómago.

Strike tres. Estaba fuera.

—Lo lamento —murmuró resignada, tan bajo que su novia tuvo que acercarse al teléfono para escuchar—. Nunca se me pasó por la cabeza algo como eso…

Kaoruko, en respuesta, suspiró.

—Entiendo que el cambio es difícil, pero no puedo protegerte si no confías en mí.

—Lo sé, y me comporté como una tonta.

—Supongo que tampoco actué de la mejor manera. —Kaoruko se acomodó en la silla, echando la cabeza atrás para ver como el humo ascendía de sus labios al cielo—. Pero creo que ambas aprendimos la lección, así que prométeme que tendrás cuidado durante el viaje, ¿de acuerdo?

Futaba apenas alcanzó a responder.

—¿Qué…?

—¿Qué cosa?

—¿Qué has dicho?

—Que me prometas…

—No, lo otro —se apresuró a decir, poniéndose de pie con cuidado de no perder el equilibrio—. ¿Eso quiere decir que me dejarás ir?

—No me estabas pidiendo permiso, ¿o sí? —el capo alzó una ceja, expectante—. La verdad es que no entiendo el interés que Tendo-han y tú tienen por ir a un lugar tan mundano como Uminomori, pero si eso es lo que desean, entonces me encargaré de proporcionarles una escolta adecuada.

—¿Escolta?

—Una chica inteligente, hábil, sumamente diestra en el uso de armas de fuego y, por encima de todo, muy bien parecida. Ya la conocerás en cuanto llegues. —Kaoruko sonrió con cinismo, deslizando sus dedos a través de su largo cabello azul—. Ahora dime, ¿crees estar bien hasta entonces?

—¡Sí! —respondió, más entusiasmada de lo que le hubiese gustado, así que aclaró su garganta e intentó otra vez—. Quiero decir… Sí, te contactaré tan rápido como sea posible.

Entonces, tras largos minutos de tensión constante, Kaoruko comenzó a reír. Era la misma risotada burlona de siempre, pero lejos de molestarla, el sonido la hizo sentir como en casa.

—Si te soy honesta, sí consideré intervenir, pero entendí que es mi deber compartir tu brillo con el resto del mundo. Si mi Futaba-han va a ser una gran estrella, debe volar.

—Haciendo a un lado lo maquiavélico que suena, realmente lo agradezco. —Bajó las escaleras, caminó a su casillero y cambió sus uwabaki por unas zapatillas deportivas diseñadas para correr—. A estas alturas creí que tendrías alguna clase de truco bajo la manga.

—¿Truco? ¿Por quién me tomas? ¿Por una especie de criminal?

—Eres una criminal…

—¡Pero de las Grandes Ligas, cariño! —la interrumpió con orgullo, como si fuera algo digno de presumir—. Y más que un sucio y corriente truco, yo te haré una oferta que no podrás rechazar.

Ahí estaba la frase que empezó todo; la misma que la hizo percatarse del tipo de persona con la que estaba tratando desde que la conoció.

—Así es como va a ser, ¿eh? —dijo con voz seca, cerrando su casillero mientras miraba sus alrededores para asegurarse de que nadie la estuviera escuchando—. ¿Qué es lo que quieres?

—¿De ti? Absolutamente todo.

—Si vas a chantajearme ve al grano de una buena vez, Capone.

—Preferiría Lucky, si me dieras a elegir, pero justo ahora vamos a hablar de negocios. —Kaoruko sonrió, y cuando por fin habló lo hizo con una voz tan profunda que no le resultó descabellado compararla con dos de los más grandes gangsters de la historia—. Seré directa: o haces algo por mí o le romperé las hipotéticas piernas a tu viaje escolar, así de simple.

—¡No puedes hacer eso!

—¿Tú crees? —Kaoruko cruzó una pierna sobre la otra con elegancia—. Tan solo me hace falta realizar una llamada para que lo descubramos.

Futaba chasqueó la lengua; eso era lo que temía, el riesgo que no se había atrevido a tomar. Suspiró pesadamente y, con mucho esfuerzo, aceptó su destino.

—¿Qué quieres de mí?

—Vaya, que drástico cambio de actitud.

—¡Escúpelo!

—Quiero que pases una noche conmigo.

De haber estado sola habría caído muerta ahí mismo, pero en su lugar fue su teléfono el que cayó dolorosamente contra el suelo, convirtiendo su pantalla en algo parecido a una pintura abstracta.

Genial, cientos de miles de yenes yéndose por el drenaje.

—¿Futaba-han? —escuchó la voz de su novia desde abajo, apenas un murmullo distorsionado entre docenas de voces—. ¿Qué ocurre? ¿Acaso mi propuesta te gustó tanto que te desmayaste?

¿Podría haber cuatro strikes en un partido de baseball? Tendría que preguntárselo a Mahiru después, pero por el momento se limitó a recoger su dispositivo con manos temblorosas.

—¡ESO QUISIERAS! —gritó, y más de un par de ojos se posaron sobre ella—. ¡Esto es demasiado repentino! ¡N-No lo puedo aceptar!

Kaoruko sonrió; la tenía.

—¿Crees que es repentino? —preguntó, colocando un dedo sobre sus labios en fingida inocencia—. Llevamos más de un mes saliendo, no creo que una pijamada sea para tanto.

—¡No creas que…! —su voz se cortó de golpe—. Espera un minuto, ¿pijamada?

—Claro, esta era una propuesta inocente, nada más —dijo, y aunque no podía verla, Futaba podía imaginar como una sonrisa gatuna atravesaba su rostro—. A menos, por supuesto, que tuvieras otra cosa en mente…

Oh, no. Había caído en arenas movedizas.

—Claro que no —alcanzó a decir— solo…

—¿Acaso mi inocente Futaba-han estaba pensando en algo indecente?

—¡No! ¡Además no actúes como si tú no hubieras pensado en lo mismo!

—¿Entonces sí lo estabas haciendo?

—¡Y-Y-Yo no…!

Sí, se estaba hundiendo cada vez más, y ahora la arena le llegaba al cuello.

—Entonces era eso. —La sonrisa sobre el rostro de Kaoruko se amplió aún más—. No te preocupes, cariño, estaré feliz de satisfacer todas tus fantasías de principio a fin.

—¡No! E-Eres una descarada, y no pienso seguirte el juego hasta…

—¿Entonces es un no? Es una lástima, y yo que me tomé la molestia de preparar uno de los cuartos de visitas solo para ti.

—No juegues conmigo.

—No juego con nadie, solo había pensado en que sería lindo pasar el fin de semana juntas, ya sabes: almorzar juntas, pasear por mi jardín, recorrer la montaña en moto, besarnos antes de dormir…

Bueno, diciéndolo así no sonaba mal…

—¿Me prometes que solo será eso?

—Jamás me atrevería a hacerte algo que no quieras, aunque tampoco me negaré si decides cambiar de opinión.

El sonido de su risa la irritó, pero al mismo tiempo hizo que se descubriera a sí misma riendo también.

—Tenías todo esto planeado, ¿no?

—Sé que mi ingenio te vuelve loca.

—Claro, de un modo muy literal.

Y ninguna dijo nada más. Permanecieron en silencio, atesorando el momento como si fueran las únicas personas en el mundo, como si quisieran guardarlo dentro de sus corazones hasta el final.

—¡Cinco minutos para irnos! —anunció su profesora a lo lejos, y el sonido de su voz las hizo caer de la última nube del cielo—. Y eso va para ti, Isurugi. ¡No quiero que te retrases!

Futaba alzó la mirada, notando como las chicas que se encontraban dispersas a lo largo y ancho del patio comenzaban a formar una línea frente al autobús.

—¡Sí! —respondió, se ajustó las zapatillas y comenzó a cruzar el sendero faltante en un trote suave—. Debo irme, Kaoruko, mi profesora me está llamando.

—Sí, ya la escuché —respondió su novia con una mueca de desagrado—. ¿No te gustaría que la cambiara por alguien más agradable? Mi agencia tiene docentes que están a años luz de la mediocre trayectoria de tu profesora.

—No, y tampoco entiendo porqué te desagrada.

—¡Ella atentó contra mí! —gritó Kaoruko genuinamente ofendida—. Me echó del Festival Seisho sin razón aparente.

—Bueno, yo hubiera hecho lo mismo si una de mis alumnas fuera acosada por alguien como tú.

—Pero si nos hubieran separado sería una tragedia, ¡como la de Flora y Claire!

Una sonrisa se dibujó sobre el rostro de Futaba, suave y cálida, esa que veía al espejo cada vez que pensaba en ella. Ese era su Starlight, uno en el que ambas eran protagonistas, y no cambiaría ese destino sin importar cuantas torres tuviera que escalar.

—Oye, Kaoruko —llamó en un murmullo, disminuyendo su velocidad gradualmente hasta detenerse por completo—. ¿Puedo decirte algo?

—¿Que me amas? Claro, estoy lista para escucharlo.

—Hablo en serio.

—Yo también. —Cuando Futaba gruñó, Kaoruko puso los ojos en blanco—. Bien, te escucho.

Pero aunque ella la escuchara, Futaba no pudo hablar.

Ese era el momento de la verdad, ese en el que tendría que pronunciar en voz alta las palabras que tenían más de un mes dando vueltas por su cabeza:

Quiero que asistas al Festival Seisho.

Era una simple invitación, nada fuera de lo ordinario, ¿entonces porque su convicción flaqueaba tanto? Se lamió los labios secos y, con la lengua hecha nudos, intentó otra vez.

—Quiero…

—¡ISURUGI!

El grito de su profesora le sacó el corazón, y Futaba se giró para ver con horror como la mayoría de sus compañeras ya habían subido al autobús; incluso Karen estaba a bordo, aunque miraba por la ventana una de las muchas bolsas de golosinas que se le habían caído en su frenesí.

—¡E-Espérenme! —apresuró el paso, con el corazón latiendo en su pecho como un martillo, regresando la atención a su móvil con manos temblorosas—. Debo irme ya, Kaoruko, es en serio.

—Claro, ahora irás por ahí a dormir con un montón de chicas, ¿acaso no te cansas de romperle el corazón a tu prometida?

—¿Y tú no te cansas de no tomarte nada en serio? —respondió, trotando cada vez más rápido—. ¿Por qué no te casas con Tendo? Tienen la cabeza igual de hueca, de todos modos.

—Eso es descortés, Isurugi-san.

Muy bien, esa no era Kaoruko.

—¡¿Tendo?! —exclamó sorprendida, casi tropezando con sus propios pies—. ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Dónde está Kaoruko?!

Maya, la consejera de la «familia», intercambió una mirada cómplice con su jefa antes de rodear sus hombros en un abrazo gentil.

—Está aquí mismo, conmigo —respondió, frotando su rostro contra el de Kaoruko— y si se descuida, Isurugi-san, me podría tomar en serio sus palabras.

Kaoruko se unió al juego de inmediato.

—Eres tan encantadora, Tendo-han —dijo en un ronroneo, acariciando el cabello de su compañera—. Quizá ambas podríamos divertirnos un poco esta noche.

—¿Eso no le molestará a Isurugi-san?

—Quizá ella quiera unirse a la diversión.

Pero no, la tercera participante dentro de esa conversación no se estaba divirtiendo en lo absoluto.

—¡¿Quieren dejar de jugar?! —intervino Futaba roja por la indignación—. Tendo, dime en este maldito instante qué diablos haces escuchando nuestra conversación.

Kaoruko suspiró.

—Tendo-han está haciendo un excelente trabajo tratando de conquistarme, Futaba-han, ¿acaso no piensas hacer algo al respecto?

—¡Kaoruko!

—Mi trabajo es escuchar, Isurugi-san —le aclaró la consigliere— y eso me da acceso libre a los medios de comunicación con los que cuenta Hanayagi-san.

—¿Eso qué significa?

—Significa que me está permitido leer los mensajes, escuchar las llamadas y revisar cada amenaza potencial a las que nuestra líder este expuesta. —La sonrisa sobre el rostro de Tendo se amplió—. Y debo decir, Isurugi-san, que nunca imaginé que usted fuera tan cariñosa.

Futaba palideció, deteniendo su andar con cautela.

—¿Qué quieres decir?

—Mi Futaba-han es adorable cuando cree que nadie nos está viendo, pero eso ya debes saberlo por todo el material que has tenido la oportunidad de revisar. La manera en la que me mira, las cosas que me dice… Ah, creo que me voy a desmayar.

—¡Y-Y-Yo no hago cosas así!

—Isurugi-san parece un príncipe —asintió Maya, ignorándola flagrantemente.

—Ella es un príncipe, Tendo-han, y tú eres la malvada bestia que trata de arrebatarle a su amada doncella.

—Una bestia, ¿eh? —Maya lo meditó un minuto—. ¿No podría ser un cisne? Una simple bestia suena demasiado vulgar.

—¿Un cisne monstruoso?

—Un cisne normal.

—¿Por qué un príncipe lucharía contra un tonto cisne?

—Los cisnes pueden ser muy agresivos, Hanayagi-san. Cuando era pequeña mis padres me llevaron a un parque donde había un lago, entonces…

—¡YA BASTA!

Ambas mafiosas saltaron en su sitio, sorprendidas por el súbito arranque de ira que invadió a la pequeña chica al otro lado de la línea, cuyos puños temblaban en una mezcla de frustración y mucho, mucho cansancio.

—Escúchenme —rugió Futaba, y ninguna de las dos se atrevió a interrumpirla—. No sé qué tanto están parloteando, pero las tres continuaremos esta charla en cuanto vuelva. ¡Ahora quiero que cierren la boca y se comporten como las adultas que se supone que son!

El silencio procedió a sus palabras, sólo interrumpido por sus propios intentos de recuperar la respiración. Kaoruko estaba anonadada, con la espalda pegada a su silla y los ojos abiertos de par en par.

—Hazlo de nuevo…

Futaba rió con ironía.

—¿Qué? ¿Gritarte?

—Sí —respondió, con una discreta sonrisa asomándose por su rostro—. Ya comienzas a hablar como una jefa, me agrada.

Tendo Maya recuperó la compostura casi a la par, separándose de su compañera para ajustar cuidadosamente su elegante corbata color oro.

—Debo admitir que me tomó por sorpresa, pero es lo que debo esperar de su futura esposa.

—Mi chica no solo será una exitosa actriz, sino también una despiadada y respetada jefa que me ayudará a llevar a la «familia» a una nueva era. —La conocía tanto que podía imaginarla a la perfección: cerrando los ojos con una expresión soñadora, con ambas manos en sus mejillas pintadas de carmesí—. Me emociona tanto que siento escalofríos.

Futaba suspiró, resignada.

—No tienes remedio, ¿verdad?

Kaoruko buscó en el interior de su abrigo, sacando un juego de llaves que giró entre sus dedos, robando un vistazo a la figura de daruma que colgaba de uno de sus extremos.

—No cuando eres tú la involucrada —dijo, lanzando el objeto a su consigliere—. Pero no te preocupes, cariño, yo me quedaré a cuidar el territorio por ti.

Maya sonrió, una mueca burlona sobre un rostro perfecto, acercándose a paso lento al vehículo ligero que las esperaba al otro lado del jardín. Era una motocicleta, pequeña y plateada, robando destellos del sol.

Y cuando Futaba menos lo esperaba, su motor se encendió.

—¡¿Qué fue eso?! —preguntó a gritos, apartando de su oído la fuente de ese rugido ensordecedor.

—¿Qué fue qué? —cuestionó Kaoruko de vuelta, luchando por contener la risotada que ebullía en su garganta— nosotras no hemos escuchado nada.

—P-pero eso es imposible, fue demasiado fuerte…

—¿No tenías que ir a un viaje escolar o algo por el estilo?

—¿Por qué de repente parece que quieres que me vaya?

—Por nada, solo no quiero que mi chica se pierda la diversión, o lo que sea de lo que traten esas cosas. —Kaoruko revisó su reloj—. ¡Mira qué tarde es! Recuerda llamarme en cuanto llegues o vas a estar en problemas, ¿capisci?

—S-Sí… Espera, ¿qué?

—Excelente, ten un buen viaje.

—¡Espera, Kaoruko!

Pero la llamada se cortó, y aunque el tono de la línea muerta la hizo sentir el impulso de llamarla de nuevo para exigir una explicación, el sonido de una bocina la hizo recordar en donde se encontraba, lo que hacía y a dónde debía ir.

—¡No puede ser!

El autobús estaba arrancando, sin ella, a punto de llevarse a sus compañeras muy lejos de ahí, abandonándola en medio del vacío durante dos semanas. Se imaginó andando sola por el dormitorio, de un lado a otro, sin más compañía que la risa burlona de Kaoruko atormentando sus pesadillas.

¿Cómo reaccionaría si se enterara de que, después de todo ese escándalo, había perdido el autobús?

—¡No me quedaré para descubrirlo!

Se guardó el móvil, tomó sus pertenencias con firmeza y, sin previo aviso, comenzó a correr, moviendo los brazos tan rápido que sentía como cortaban el aire.

—¡Esperen!

¿Realmente el autobús iba tan rápido? Posiblemente no, pues no tardó mucho en dejar atrás los límites de Seisho e igualar su velocidad, utilizando el propio impulso de la carrera para sujetarse de la puerta y saltar al interior segundos antes de que la misma se cerrara tras ella, atrapando parte de su ropa como si fuera una tenaza.

—¡Estudiante número dos, Isurugi Futaba! ¡Presente!

Sea cual fuere la situación, algunas de sus compañeras la recibieron con una serie de aplausos, agradecidas por el espectáculo que les acababa de dar.

—Excelente demostración, Isurugi, pero la próxima vez preferiría que te ciñeras a los horarios establecidos. —Sakuragi-sensei marcó su asistencia en su lista, negando en un reproche silencioso—. Siéntate, por favor, y si te veo utilizando ese teléfono en el camino te lo confiscaré por lo que resta del año escolar.

—Sí, sensei…

—¡No podemos irnos! —gritó Karen desde su lugar, con las mejillas llenas de migajas de galletas—. ¡Tendo-san no ha llegado!

—Su compañera tenía programada una audición para un recital muy importante, por lo que se le fue otorgado un permiso especial para ausentarse el día de hoy —explicó la mujer, ocupando el asiento libre detrás del conductor—. Nos alcanzará el día de mañana para ponerse al corriente con nosotras.

Una serie de murmullos inundó el autobús, y Futaba aprovechó la oportunidad para recoger su dignidad rota y escabullirse de la forma más discreta que pudo hasta la última fila de asientos, donde Saijo Claudine había reservado un lugar para ella.

—No estuvo mal —dijo su amiga con una sonrisa burlona, ofreciéndole una lata de té helado—. Me encargaré de estar en tu equipo durante nuestro próximo festival deportivo.

—Que graciosa, Kuroko —dijo, aceptando su obsequio—. Lo único que quería era hablar una última vez con mi novia, pero nunca creí que me tomaría tanto tiempo.

—Tu novia, ¿eh? —la expresión sobre el rostro de su amiga cambió— suena como una persona difícil, esa chica.

—Sí… Quizá un poco…

Dio un largo trago a su té, disfrutando la frescura en su garganta antes de que sus ojos violetas se perdieran en el paisaje al otro lado de la ventana, preguntándose en silencio si Kaoruko estaría viendo ese mismo cielo azul.

Aunque en realidad…

—Está hecho. —Kaoruko guardó su móvil en el bolsillo interior de su abrigo, con una amplia sonrisa bajo el sombrero negro—. Ahora podemos seguirla sin que sospeche.

Las señales estaban ahí: su novia siendo exageradamente complaciente, sus llaves desapareciendo de su bolsillo o ese sonido extraño que aún le daba vueltas por la cabeza. Tuvo decenas, sino cientos de pistas, y más de una forma de averiguar lo sucedido, pero ni siquiera eso cambió el resultado final.

—Perfecto —dijo Tendo Maya, apagando el motor del vehículo antes de desmontar con la gracia de una profesional— de igual modo me alegra que haya decidido venir con nosotras, Hanayagi-san.

Kaoruko sonrió, orgullosa, sentada en una de las sillas de jardín en las que las chicas del Dormitorio Starlight pasaban algunas de sus tardes, infló el pecho y se señaló a sí misma de manera teatral.

—Dije que tendrían a la mejor escolta, ¿no es así? —preguntó, dándole una calada a su cigarrillo—. Pues aquí está: inteligente, diestra con las armas y tan hermosa que te deslumbra.

Maya asintió.

—No podríamos pedir a nadie mejor que usted.

—Aunque todavía no me queda del todo claro porque me pediste que lo mantuviera en secreto —comentó, hundiéndose en la calidez de su abrigo; en el fondo se estaba muriendo de sueño—. ¿No me dijiste que Futaba-han deseaba que la acompañara durante el viaje?

Si Kaoruko notó la tensión en los hombros de su amiga, decidió no comentarlo.

—Bueno, sabe cómo es Isurugi-san —dijo, sacudiendo un poco de polvo de su nuevo conjunto de tres piezas en color negro— si descubre que usted está al tanto del como se siente, armará un escándalo.

Kaoruko lo pensó unos minutos, mirándola con tanta intensidad que por un instante le fue imposible sostener su mirada.

—Entiendo —murmuró, dejándose caer en la silla—. Mi Futaba-han es adorable.

Fuera adorable o no, la mataría en cuanto descubriera el desastre en el que se había convertido su hogar: toda la tierra del patio estaba revuelta, abatida por las marcas de los neumáticos de las cuatro motocicletas negras que componían su guardia. Había maceteros rotos, árboles torcidos y de la pobre cerca de madera no quedaban más que astillas.

"Al menos el interior está mejor…"

No, no lo estaba. No cuando sus chicas se paseaban de un lado a otro con las botas llenas de lodo, vaciando las alacenas para equiparse con las provisiones necesarias para el camino.

En el fondo era su culpa. De tener un poco más de voluntad, su chica podría estar en sus brazos, no camino a los-dioses-saben-donde sobre un sucio e inseguro trozo de chatarra. Al menos ella había escogido personalmente el mejor de esos trozos de chatarra, aunque tuvo que amedrentar a punta de pistola al encargado de la central de autobuses para que le permitiera seleccionar el que mejor se ajustara a su gusto.

¿Acaso estaba siendo paranoica?

No encontró micrófonos, cámaras ocultas o -menos mal- explosivos en el autobús, pero sentía que sus precauciones estaban más que justificadas. Chorus, la base de operaciones de los matones de Ikebukuro, había sido cerrado por la policía luego de su pequeña redada, y los capos menores se abrían paso a disparos para encontrar al responsable de la operación.

Habían muerto dos personas: el dueño del bar, un hombre gordo y avaro que gustaba de los habanos puros, y el pobre oficial de policía que tuvo la suerte de ser asignado a esa misión. Ninguno de esos incidentes ocurrió en su distrito, claro está, pero no perdía nada siendo cautelosa.

—Y todo por un jodido libro —gruñó con voz gruesa, lo suficientemente alta para ser escuchada por su consejera—. Tuve que arrojar un automóvil a la bahía, una de mis generales se rompió el tobillo y lo único que conseguí es un maldito nombre.

—Tormenta Azul —dijo Maya como si se tratara de un mal presagio—. Es un nombre ominoso, incluso para un matón.

—Salvo que dicho matón sea una de las sabandijas favoritas de la jirafa.

—¿A qué se refiere?

—Yumeoji-han encontró algo interesante en el correo electrónico del dueño —dijo Kaoruko poniéndose en pie—. Había unas facturas que coincidían con las entradas de dinero en el libro de cuentas, y seguro no te sorprenderá saber quién era el encargado de lavar ese dinero.

Tendo alzó la mirada, frunciendo el ceño con cautela, y cuando notó su rabia lo entendió en un santiamén.

—El consejero de Kirin…

—¡Ese infeliz me ha odiado desde nuestra primera reunión! —exclamó—. En cuanto le ponga las manos encima le arrancaré ese tonto traje de animal junto…

—Debemos conseguir evidencia, convocar una reunión con los representantes de las «familias» de Tokio y dejar que ellos sean testigos de su ambición. —Tomó uno de los cascos que reposaban sobre el asiento de la motocicleta y lo tendió en su dirección: era rojo, brillante como una fogata, y con solo verlo Kaoruko pudo sentir el aroma de Futaba llenando sus fosas nasales, calmándola como un domador a su león—. Destruirlo desde dentro, esa es mi recomendación como su consigliere.

Al principio frunció el ceño, frustrada, pero más temprano que tarde se descubrió a sí misma con esa misma expresión estúpida que había en el rostro de su mejor amiga. Se quitó el sombrero y, sin ningún rastro de cortesía, arrebató el casco de su mano.

—Más te vale que tus métodos no hagan que me metan una bala en la sien, Tendo.

Maya rió suavemente, tomando el casco de color plata para sí.

—Yo me encargaré de eso, ahora hay que darnos prisa, ya que nunca he conducido un vehículo de este estilo.

Kaoruko rodó los ojos.

—Lo mismo dijiste cuando nos enseñaban a conducir y lo lograste a la primera.

Maya montó primero y Kaoruko la siguió inmediatamente después, se colocaron los cascos y bajaron sus respectivos visores. Sus chicas entendieron la señal, cerraron diligentemente la puerta de los dormitorios y acudieron corriendo a sus vehículos; dos de ellas arrancaron primero, preparando el camino mientras las restantes esperaban sus indicaciones.

—¿Tamao-han está lista? —preguntó a su compañera, aferrándose con fuerza a su torso—. Hay una audición para Hamlet el día de hoy y necesito que alguien esté ahí para supervisar.

—Proporcioné a Akikaze-san las llaves del Mercedes y un itinerario que abarca estas dos semanas, así que deberían estar bien. —Maya encendió el motor, subió los pies a la estribera y arrancó con seguridad—. Si tenemos algo de suerte, el que ustedes sean tan parecidas ayudará a despistar a nuestro enemigo.

Kaoruko golpeó su hombro en un ataque de furia.

—¡No me compares con esa falsa!

—Pero es verdad, Hanayagi-san. Todavía tengo una foto de cuando su abuela solía vestirlas con kimonos a juego.

—¡TENDO-HAN!

—De acuerdo, no lo mencionaré, pero no pretendo tirar esa foto —le sonrió por encima del hombro, deteniéndose un momento en los límites entre el dormitorio y la calle—. A propósito, ¿a Isurugi-san no le molestará que hayamos tomado la moto sin permiso?

Kaoruko le restó importancia con un gesto de su mano.

—Yo la compre y la llevo a donde se me dé la gana. —Alzó su mano derecha y su guardia se colocó en posición—. ¡Vamos, Tendo-han!

—¡Como ordene!

Y con un súbito -pero muy hábil- acelerón las tres motocicletas salieron disparadas calle abajo, despertando a los vecinos que dormían tranquilamente en los suburbios de Tokio, y mientras el escuadrón completo cruzaba el tráfico a una velocidad de vértigo, una chica de cabello rojo alzó la mirada de golpe, sintiendo un extraño escalofrío a través de su espina dorsal.

—Qué extraño —murmuró, haciendo que la chica junto a ella se quitara uno de sus auriculares para mirarla.

—¿Qué pasó?

—No lo sé —respondió, pasándose una mano sobre el cuello; tenía el cabello de su nuca de punta—. Hay algo que no me deja estar tranquila.

—¿Involucra a esa desagradable mujer?

—¿A Tendo? —cuestionó, observando la forma en que el rostro de su mejor amiga se contraía ante su nombre—. ¿Qué es lo que te preocupa de ella?

Pero Claudine no respondió, o al menos no lo hizo con palabras. Arrugó el rostro, se colocó los auriculares y volvió a lo suyo: mirar por la ventana, pretendiendo que no había nadie más ahí.

—Creí que lo entenderías…

Y esa frase, por supuesto, la descolocó más de la cuenta.

Habían pasado más de cuarenta minutos desde que la mancha urbana había sido sustituida por extensos campos de color verde, pero su extremadamente largo viaje estaba lejos de tener un atisbo de tranquilidad.

—Ve a tu lugar, Karen —ordenó Junna, la representante de clases, mientras Karen se subía sobre ella para observar a través del cristal.

—¡Pero vi una vaquita, JunJun!

—Puedes verla desde tu asiento.

—No es cierto, esa ventana le pertenece a Hikari-chan.

Hoshimi buscó a la aludida con la mirada, quien observaba el paisaje mientras se aferraba a su muñeco de Mr. White.

—¿Podrías dejar que Karen vea por la ventana, Kagura-san?

Hikari la miró de arriba a abajo, con tal indiferencia que era difícil saber si se trataba de un desdén real o de su extraña y estoica personalidad.

—Ofrece o cállate.

La representante de clases estaba roja de la furia, y apenas se levantó para enfrentar a su compañera cuando Nana se detuvo a su lado, ofreciéndole uno de sus famosos muffins de banana.

—No vamos a pelear mientras tenemos el estómago vacío, ¿de acuerdo?

Junna suspiró, pero terminó asintiendo y tomando el bocadillo.

—Envidio tu paciencia, Nana.

Banana se veía reluciente, recorriendo los asientos para asegurarse de que todas se encontraran cómodas. Incluso Futaba tenía su propio muffin sobre el regazo, pero sentía el estómago tan revuelto que no se atrevió a darle una mordida.

Claudine, por supuesto, ni siquiera había tocado el suyo.

Había pasado más de un mes desde que comenzó a notar un cambio en la actitud de su mejor amiga. Al principio creyó que era su culpa, que había hecho algo para molestarla sin siquiera darse cuenta, pero con el paso de las semanas llegó a la conclusión de que se trataba de algo más, algo que la hacía mirar sobre su hombro todo el tiempo, alejándose de ella como si hubiera una nube de desgracia flotando a su alrededor.

Era como si el problema fuera ella, como si hubiera algo que trataba de evitar a toda costa y, luego de mucho pensarlo, Futaba llegó a la conclusión de que había alguien más a quien evitaba con él mismo ímpetu.

Tendo Maya.

Claudine era muy astuta, como si tuviera un sexto sentido que le indicaba cuando alguien guardaba un secreto.

¿Acaso se había confiado demasiado?

Futaba negó con la cabeza, cerrando los ojos para tratar de dormir. En el fondo no tenía derecho de quejarse, no cuando su relación con Kaoruko podía ponerlas en riesgo a todas.

Kaoruko. Su querida Kaoruko.

Su relación era una versión retorcida del amor imposible que veía en las películas, como una chispa que esperaba el menor descuido para convertirse en un incendio forestal, uno por el que sería consumida hasta los cimientos.

¿Qué es lo que hacía con alguien así?

Suspiró, dejando que sus preocupaciones salieran en una bocanada de aire, dejando que el motor del autobús la condujera a un sueño profundo, donde el abrigo de su novia la envolvía como una manta y su voz la ayudaba a dormir.

—¡Motociclistas!

A menos, claro, que la estruendosa voz de Karen tuviera otros planes.

—¿Eh? —Escuchó a Mahiru levantarse de su asiento—. ¡No las llames, Karen-chan!

—Pero la del casco rojo me saludó con la mano. Además su abrigo es muy bonito, ¡mira como se mueve con el viento!

—¡P-P-Pero podrían ser peligrosas!

—No veo porqué, Hikari-chan también las está saludando…

—¡HIKARI-CHAN!

—Parecen amigables —intervino Nana— aunque esa motocicleta se parece mucho a la de…

—¡¿QUIEREN BAJAR LA VOZ?!

Tal vez el grito las tomó por sorpresa, o tal vez Claudine se había mantenido callada por tanto tiempo que su voz fue suficiente para que sus amigas bajaran la cabeza y regresaran obedientemente a su lugar.

—Gracias —murmuró Futaba, y la suave risita que escapó de los labios de Saijo la llenó de alivio.

—No hay de qué.

Entonces, finalmente pudo dormir, y todos sus pensamientos se mantuvieron por un minuto lejos de Tokio, de los peligros que acechaban en las sombras y de Kaoruko, como siempre debió ser.

—¿Futaba? —la voz llegó a ella como si la escuchara a través de un largo y estrecho túnel, uno que parecía no tener final—. Ya llegamos.

—Cinco minutos más... —murmuró aún en su letargo, irritando un poco más a su de por sí voluble compañera.

—¡A despertar!

Le dio un golpecito en la frente, apenas un ligero roce, pero fue suficiente para que se incorporara de golpe en su asiento.

—¡¿Dónde…?!

—Tranquila, todo está bien. —Claudine la tomó del hombro para calmarla—. Mira por la ventana.

Futaba se frotó los ojos, somnolienta.

—¿La ventana?

—Oui, ¿por qué no lo intentas?

Y así lo hizo, al mismo tiempo que muchas de sus compañeras se ponían en pie para tomar su equipaje, amontonándose sobre el pasillo para pisar tierra firme.

—Bajen en orden —indicó su profesora— formen una sola fila y no se empujen.

Pero fue el bosque quien realmente le dio la bienvenida. Las hojas de los árboles ya estaban amarronadas, frágiles con el paso de una nueva estación, precedentes de un duro invierno. El aire olía a sal, y el sol del atardecer coloreaba aquel enorme edificio de paredes blancas con un intenso tono marrón.

—Uminomori —dijo casi sin querer, robando a su amiga una sonrisa.

—Y eso que nunca has estado en Les Champs-Élysées —le ofreció su mano para ayudarla a ponerse en pie— ahora vamos antes de que el autobús te lleve de regreso a Seisho.

Futaba sonrió, tomó su mano y se puso de pie, feliz de recuperar a su mejor amiga aunque fuera por unos momentos. Tomó su mochila deportiva, su espada de madera y, hombro con hombro, las dos se prepararon para lo que habría de venir.

—Que cansancio —suspiró Junna junto a la puerta, esperando con diligencia a que la última de sus compañeras bajara del autobús— nunca creí que un viaje por carretera sería así de agotador.

—Pudiste haber utilizado esas horas para dormir —respondió Nana, quien ofrecía su mano a sus compañeras para ayudarlas a bajar—. ¡Como Futaba-chan! Durmió como un tronco todo el camino.

Ante la mención de su nombre, Futaba decidió librar los tres escalones que la separaban del suelo de un solo salto, limpiándose el polvo de la ropa mientras esperaba a que Saijo bajara también.

—Para mí fueron cinco minutos —dijo, apoyando sus manos tras su nuca— sin mencionar lo difícil que fue ignorar el alboroto.

—Sinceramente me sorprende que Karen no intentara saltar por la ventana o algo así.

Aquella era una broma, eso era más que evidente por el tono en la voz de Claudine, pero el rostro de la representante de clases se puso azul, y por un momento fue como si no hubiera un alma tras sus anteojos.

—Sí lo intentó…

—¡Pero ese es un tema para después! —Daiba se interpuso entre ambas antes de que pudieran obtener más detalles, uniendo sus manos con una expresión alegre sobre un rostro risueño—. Por ahora, Junna-chan y yo debemos avisarle a la profesora que ya no queda nadie en el autobús.

—¡Oh! Tienes razón. —Junna se irguió, se ajustó las gafas y recuperó la compostura que una representante de clases debería de tener—. Nana y yo iremos a reportar los incidentes que ocurrieron durante el viaje, mientras tanto ustedes deberían seguir a las demás; falta poco para la puesta de sol, y no me gustaría que las sorprendiera la noche en el bosque.

—¿Qué no falta más de una hora para la puesta de sol? —señaló Claudine con una sonrisa irónica, pero de igual modo les dio la espalda y emprendió el camino—. Vamos, Futaba.

—Ah, claro.

¿Por qué sentía como si todo el mundo la dejara atrás? Fue tras ella, caminando un poco más rápido de lo habitual para que sus piernas cortas pudieran seguirle el paso, y estaba a un par de metros de alcanzarla cuando otro escalofrío extraño recorrió su espalda.

—¿Futaba?

El bosque estaba oscuro, incluso cuando el sol del atardecer seguía coronando el cielo. La vegetación había crecido desde la última vez que estuvo ahí, y las copas de los árboles se volvían más espesas conforme forzaba la vista, buscando cualquier rastro de vida entre sus troncos.

—¿Estás bien?

—Espera…

Había algo ahí, acechando como una bestia, rodeándola entre las sombras para que nunca la pudiera encontrar. Futaba alzó su mano derecha, acercándose a los límites del bosque al mismo tiempo que su cabeza reproducía imágenes aterradoras con cada uno de sus pasos. Estaba temblando. En un momento sintió como la punta de sus dedos rozó el árbol más cercano, paseando por su superficie hasta que…

—¡Demonios!

Una parvada de cuervos salió volando entre la espesura, haciendo que cayera de espaldas en un remolino de plumas negras.

—¿Qué? ¿Domar aves no es lo tuyo? —le preguntó Claudine conteniendo una carcajada.

—Muy graciosa, Kuroko —respondió desde el suelo, asegurándose de que nadie más hubiese prestado atención a su bochornoso incidente—. Pero podría jurar que vi algo en el bosque…

—Certes, se llaman aves, ¿quieres que te las presente?

No, ni siquiera se tomaría la molestia de esforzarse. Se levantó con dificultad, recogió tanto sus pertenencias como su dignidad del suelo y le dio la espalda a esa extraña corazonada que le decía que aún había alguien observándola.

"Quizá es solo mi imaginación".

Sin embargo, entre la maleza, la sombra que la acechaba regresó al bosque, en espera de una nueva oportunidad.

—Bien, ahora que estamos todas creo que podemos continuar —dijo su profesora en cuanto ellas se unieron al grupo dentro del vestíbulo, enorme y de apariencia limpia, y tan vacío que su voz hacía eco—. Este fue un viaje largo, así que quiero que vayan a los dormitorios y descansen; mañana será un día pesado y necesito que estén en la mejor condición.

Al fondo, Karen alzó la mano.

—¿Sí, Aijo?

—¿Cuándo podemos explorar?

—Mañana. La cena se sirve a las ocho de la noche, ahí les entregaré el programa y les presentaré al personal. ¿Entendido?

—¡Sí! —dijeron todas al unísono, y juntas se encaminaron al que sería su dormitorio por los próximos días.

Si bien el edificio de Uminomori no era ni por asomo tan grande y espléndido como era Seisho, estaba tan bien equipado que podía ser la envidia de cualquier colegio: tenía media docena de estudios de danza, un salón de música, un auditorio que bien podía pasar por un teatro de verdad y una maravillosa vista al mar. Habían otras cosas de primera necesidad como un gimnasio, un comedor y un cuarto de baño, pero lo que más les interesaba en ese momento era el aula acondicionada para ellas, con un puñado de suaves futones en los que podrían relajarse y dormir.

—¡Por fin! —exclamó Junna apenas pudo, dejando su maleta a un lado para dejarse caer sobre el primer futón que vio—. Esta ha sido la experiencia más agotadora de mi vida.

Nana, que inmediatamente se acomodó en el espacio contiguo, comenzó a reír.

—Pero Karen-chan le da emoción a estas cosas, ¿no crees? ¡Hace que se sientan como una aventura!

—¿Aventura? Si saltar de un avión sin un paracaídas puesto es una aventura para ti, entonces sí. —Se giró y hundió su rostro en la almohada—. Ahora, si me disculpas.

—¡Espera, Junna-chan! Todavía tienes tus gafas puestas…

—No me hables, estoy dormida.

Futaba observó su espectáculo desde el umbral de la puerta, escaneó la habitación y buscó el sitio perfecto como si fuera una tarea trascendental. No quería estar cerca de la puerta o del par de ventanales que habían a cada lado del aula, por lo que se terminó decidiendo por un espacio hasta el fondo, bien pegado a la pared, donde no habría sorpresas.

"Supongo que es el sitio más seguro…"

Miró a todas partes, asegurándose de que nadie le estaba prestando atención, buscó su móvil y lo revisó a toda prisa: sin señal.

—¿Es enserio?

Lo apagó y volvió a encender, revisó que no hubiera problema en la configuración, pero todo -salvo la pantalla destruida- parecía en orden. Contuvo un gruñido y se tiró de espaldas al futón.

Podía imaginar la reacción de Kaoruko si no reportaba su llegada de inmediato, ella la conocía lo suficiente para saber que era capaz de cometer una locura como viajar cientos de kilómetros para secuestrarla en la oscuridad de la noche.

Otra vez.

Suspiró, guardó su teléfono en el interior de su bolsillo y tomó una decisión: tenía que hacer esa llamada, y lo haría a toda costa. Se incorporó, tomó su espada y la desenvolvió poco a poco hasta que pudo sentir la madera entre sus dedos. Debía salir antes de que el resto se diera cuenta, sin llamar la atención.

—No pensarás ir afuera a esta hora, ¿o sí?

Solo tenía que deshacerse de Claudine.

—Solo unos minutos —dijo poniéndose en pie— me gustaría tomar un poco de aire fresco antes de cenar, ya sabes, lejos de todo este ajetreo.

Saijo le dio la espalda, desempacando sus pertenencias en el espacio junto al suyo, y aunque parecía tranquila, la conocía lo suficiente para notar la tensión en sus hombros.

—¿Por eso llevas esa cosa contigo?

—¿La espada? —preguntó, colocándosela sobre el hombro—. Nunca es mal momento para entrenar.

—Ya habrá tiempo para eso mañana, ¿no es mejor descansar?

—¿Con ellas aquí?

Claudine alzó la mirada en el momento justo en que Karen, Hikari y Mahiru se sumergían en una adorable y escandalosa guerra de almohadas.

—Touche —aceptó— ¿pero realmente vas a estar bien por tu cuenta?

—Este no es un lugar realmente peligroso. Las voluntarias montan guardia durante la noche, ¿sabes?

—Lo sé, pero…

—¿Pero…?

Claudine pasó una mano por su frente, y solo entonces Futaba notó que su rostro estaba cubierto de una delgada capa de sudor. Se acercó a ella, aún dudosa, alzó una mano para consolarla, pero apenas la tocó, ella se apartó como si su cercanía le calcinara la piel.

—Kuroko…

—Quieres hablar con esa chica, ¿no? —la cortó de golpe, continuando con sus cosas como si nada hubiese pasado—. Si Junna te ve, le dirá a la profesora; te cubriré.

—¿Y podremos hablar de esto en cuanto regrese?

—¿De qué, exactamente?

—De esto —insistió— de lo que sea que ocurre entre nosotras.

Claudine la miró por sobre su hombro, y tras una larga ausencia, sus ojos se encontraron por primera vez. No había emociones en sus pupilas rojas, tan sólo un profundo desasosiego que a su vez le dio la respuesta que necesitaba:

No.

—Ten cuidado, ¿de acuerdo?

Quería enfrentarla, preguntarle los motivos detrás de sus palabras y de su actitud, y lo que había hecho para merecerlo.

—Lo tendré.

Pero no lo hizo, en su lugar caminó hasta el pasillo, con la cabeza en alto y la vista al frente, luchando para no mirar atrás.

—¿A dónde va Futaba-chan? —escuchó a Karen preguntar cuando ya se encontraba a unos cuantos metros del dormitorio, en un corredor cuyas ventanas daban paso a la luz rojiza del atardecer.

—Posiblemente al baño —le dijo Claudine, y su voz sonó tan ordinaria como siempre— y ya sabes, a la mayoría de las personas les gusta ir solas.

—¡Pero llevaba su espada! —imaginó a su compañera blandiendo un arma imaginaria con sus manos—. Además es tarde, no sé si…

Algo voló por los aires, e incluso a esa distancia pudo escuchar como dicho proyectil se estrellaba en la cima de la cabeza de Aijo.

—¡Eso dolió, Kuro-chan!

—Pues hace un momento parecías estar buscando pelea, ¿no?

Otra almohada voló, luego otra y otra más, hasta que la dura voz de la representante de clase se impuso sobre las demás.

—¡Nada de peleas en…!

Un golpe seco, precedido por un profundo y abrumador silencio sepulcral. Imaginó el proyectil perdido estrellándose de lleno en el rostro de Junna, tirando tanto sus gafas como su dignidad.

—Lo siento, no fue mi intención… —alcanzó a decir Karen, aunque a juzgar por su voz estaba muerta de miedo.

—Fue un accidente, Junna-chan. —Hasta Nana parecía nerviosa—. Si hablamos de esto verás que…

Pero su sugerencia cayó en oídos sordos cuando otra almohada alzó el vuelo, cortó el aire y le dio a Karen justo en el centro de la frente.

—¡¿Junna-chan?!

Sí, tal como sospechó, ese ataque había venido de la representante, quien estaba más que lista para armar un contraataque a manos llenas.

—¡ESTA ME LA PAGAN!

Un golpe tras otro, y resultó evidente que sus compañeras se habían enfrascado en una guerra sin cuartel. Futaba esbozó una sonrisa, deseando deshacer su camino y unirse a las demás.

—Tengo que hacer esto —dijo en voz alta, quizá para convencerse a sí misma, dio un último vistazo anhelante a sus espaldas y siguió su camino al exterior.

Ya habría tiempo para eso, en alguna otra oportunidad.

Tal como el primero, los demás pasillos se encontraban desiertos, por lo que nadie le impidió llegar a la puerta principal y salir al fresco del bosque.

—Demonios. —Se cerró la chaqueta hasta el cuello, sacó el teléfono de su bolsillo y gruñó de frustración—. ¿Eh? ¿Tampoco aquí hay señal?

Alzó el dispositivo sobre su cabeza, dando unos pasos de prueba buscando un atisbo de vida en la pantalla, pero no obtuvo resultados.

¿Qué otra opción tenía? Podía pedirle un teléfono a Sakuragi-sensei, salvo que eso implicaría dar un montón de explicaciones que no tenía ni la astucia ni el ánimo para dar; también podía escalar un árbol, pero tampoco le apetecía mucho romperse la espalda al caer.

También podía llamarla después…

No, eso estaba fuera de cuestión, por más tentadora que resultara la idea de tenerla cerca por unos momentos. Solo quedaba una opción, la única que le ponía los pelos de punta. Tragó dolorosamente y, con el móvil en la mano, emprendió la marcha hacia la creciente oscuridad del bosque.

—Esto es completamente seguro —se dijo en un intento de dar fuerza a sus pasos— ella dijo que enviaría una escolta, así que todo va a estar bien.

Y eso fue suficiente para convertir su tétrico recorrido en una tranquila caminata a la luz del atardecer, misma que iba ganando pequeños toques púrpura conforme el sol se ocultaba en el horizonte.

Pasaron cinco minutos, luego fueron diez y después veinte, y Futaba aún caminaba sin rumbo entre los árboles, siguiendo su camino mientras luchaba por no perderse entre el verdor.

—Vamos, tiene que haber algo por aquí…

No tardó muchos minutos en encontrar un pequeño montículo de rocas, una apilada sobre otra, cubiertas por una discreta capa de musgo. Se subió a ellas, alzó el brazo lo más alto que pudo y, después de pararse en la punta de sus pies, recibió el primer resultado.

—¡Gracias al cielo! —dejó su bokken en el suelo y comenzó a escribir. Iba a redactar un texto rápido, lo enviaría y cruzaría los dedos para que éste alcanzara su destino sin problema—. ¿Por qué me esfuerzo de todos modos? Al parecer ella no ha hecho ningún intento por llamarme…

Aunque eso era entendible. Su novia era un tanto inmadura, pero no dejaba de ser una mujer de negocios que posiblemente tenía mejores cosas de qué preocuparse que de una ingenua chica de instituto a la que frecuentaba de vez en cuando. Sí, tenía sentido.

El movimiento de sus dedos fue perdiendo fuerza hasta detenerse por completo.

—Kaoruko…

Lo olvidó todo, lo que debía hacer y a dónde debía ir, guardó su teléfono y se dejó caer sobre las mismas rocas a las que se había subido hace un segundo, formulando para sí misma la pregunta que se había hecho cientos de veces en esa semana.

¿Qué significaba Kaoruko para ella?

Abrazó sus rodillas, cerró los ojos y dejó que el bosque arropara sus pensamientos. Kaoruko había cambiado mucho desde su primer encuentro: ahora era más honesta, dispuesta a mostrarse vulnerable frente a ella, y aunque había enigmas a su alrededor que parecían imposibles, más de una vez se descubrió deseando que los momentos a su lado no terminaran jamás.

Sin embargo, su último Starlight estaba a la vuelta de la esquina. Dentro de poco el telón caería, y las Chicas de Escenario tendrían que abrir los ojos a la realidad.

¿Qué haría entonces?

Algunas de sus compañeras ya tenían sus planes a futuro, como Junna, quien ya se preparaba arduamente para ser aceptada en una universidad al otro lado del mar, o Claudine, que apuntaba a conseguir una beca en una academia de interpretación en Francia. Todas querían ir más alto, ser mejores.

¿Y ella?

Podría optar por aplicar a una universidad enfocada al acondicionamiento físico, o quizá lanzarse directo a las audiciones tal como planeaba hacerlo Karen. Si algo salía mal siempre podría recoger sus trozos rotos y regresar a Kioto, directo al abrazo de sus padres.

O podría quedarse con…

No. Kaoruko era una especie de huracán, peligrosa e impredecible, y era imposible saber el tipo de vida que le esperaba si le tomaba la palabra y ambas convertían ese pequeño experimento en algo real, algo a largo plazo.

Largo plazo… ¿Casarse?

Tomó una roca del suelo y la lanzó, en un intento desesperado por mitigar todo eso que la consumía por dentro. Kaoruko era alguien importante para ella, le gustaba sentir sus manos sobre las suyas, ver sus ojos, hablar por horas sólo para descubrir que tenían algo más en común.

Amaba abrir su puerta y descubrir un ramo de flores sobre sus sábanas, junto a una de esas cartas que siempre hacían vibrar su corazón. Quería ver como esos días se convertían en semanas, luego en meses y, tal vez algún día, en años.

Para ella Kaoruko era especial... Era...

—Tú eres Ishiugaki, ¿no?

Su corazón se contrajo en el interior de su pecho, y el espasmo que lo siguió hizo que buscara su espada de madera a tientas y se levantara de un salto. El sol ya se había ocultado por completo, y la tenue luz de la luna le permitió observar con claridad a la mujer desconocida que la acechaba desde las sombras, girando en sus manos una gruesa y pesada barra de metal.

—Isurugi —corrigió tentativamente mientras retrocedía a ciegas; tenía los músculos tensos, los sentidos alerta y sus ojos vagabundos buscando con desespero una forma de escapar—. ¿Qué quieres conmigo? ¿Quién eres?

Ella sonrió. No era de la zona, o al menos eso indicaba su ropa, nada coherente en un entorno rural como ese: llevaba pantalón negro, una camisa color blanco y una corbata olivo atada en un nudo flojo alrededor de su cuello. Llevaba las mangas enrolladas hasta los codos, dejando al descubierto un par de brazos fuertes labrados por largas horas de entrenamiento.

Pero entre todo, lo que más la preocupó fueron sus ojos, confiados y peligrosos.

—Eso dije, ¿no? Ishiugaki.

—No juegues conmigo —alzó su bokken lista para atacar, pero tan asustada que sentía como la madera se estremecía en su agarre—. No te conozco, así que dime que asunto tienes conmigo o tendremos problemas.

—¿Acaso eso es una amenaza? —cuestionó la desconocida con una suave risita naciendo de sus labios, mientras su mano enguantada acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja. Era color verde, pero tan opaco que parecía gris—. Bueno, realmente eres tan impertinente como me contaron, pero justo ahora no será necesaria tal actitud.

Dio un paso al frente, y Futaba no tardó ni un segundo en retroceder dos de un salto, casi tropezándose con uno de los muchos árboles que rodeaban el erial.

—R-Retrocede...

—¿Me tienes miedo? —preguntó la mujer entre risas, y no esperó a obtener una respuesta antes de acercarse todavía más—. Eres muy astuta, pero eso no te será de utilidad.

Corrió, y la sorpresa fue tal que Futaba no pudo hacer más que encogerse sobre sí misma, sosteniendo su espada en lo alto mientras escuchaba el golpeteo de unas enormes botas con casco de acero aproximándose a toda velocidad.

—¡Aléjate!

Pero en vez de atacarla, la desconocida hizo lo inesperado: hundió su rodilla en tierra, humilde como un súbdito ante su rey, alzando una de sus manos con la palma abierta en una ofrenda pacífica.

—Mi nombre es Minase Suzu, y a partir de ahora estaré a tu servicio, anesan.

Su sonrisa era inocente, y tan resplandeciente como la luna llena, y Futaba se descubrió a sí misma paralizada mientras su compostura se caía a pedazos.

—¿Anesan?

—¡Claro! Ya que eres la chica de la jefa, es lógico que te llame así. —Suzu esperó con paciencia, ladeando el rostro como si la animara a aceptar su invitación—. ¿Sucede algo? Tener la mano así es cansado, ¿sabe?

Pero no la aceptó, mantuvo una distancia prudente entre ambas, bajando su arma mientras trataba de encontrar una explicación.

—¿Eres la escolta que Kaoruko envió para mí?

—¡Sí! —Minase se puso de pie de un salto, sobresaltándola—. Lo lamento, no quería asustarte. He venido a cuidar de ti hasta que TenTen regrese.

—¿TenTen? ¿Te refieres a Tendo?

—Ella, o como sea que se llame —insistió, regresando su rechazada mano a su costado—. Pero son cosas que podemos dejar para después, lo importante ahora es que la jefa vino de visita, y solicita verte con urgencia.

—¿Kaoruko? —preguntó, dudosa— ¿Ella está aquí?

—¡Claro! No pensaste que te dejaría a tu suerte, ¿verdad?

Eso tenía sentido, demasiado a decir verdad, o como mínimo explicaba el porqué se había mostrado tan considerada de repente, o porqué decidió dejar a Maya en la ciudad un día más. Siempre planeó ir detrás de ella, y ella fue lo suficientemente tonta para ir a su trampa como un mosquito a la luz.

—¡No puedo creerlo!

Pasó de largo a Suzu, ignorándola para andar de un lado a otro como un tigre enjaulado que gruñía y resoplaba con furia tras los barrotes.

—¡Me estafó! —exclamó, y su voz hizo eco entre los árboles—. ¡Todo lo que dijo sobre confiar la una en la otra era una mentira!

Suzu, aunque al principio parecía confundida, se encogió de hombros, demasiado casual para la situación.

—Supongo que eso hacen los mafiosos.

—¡Eso lo hace una niña! Ya es una adulta, por todos los cielos, debería tener la decencia suficiente para mandarme al diablo en mi cara. —Tomó otra roca del suelo y la lanzó a la oscuridad—. No importa que tanto intente demostrar lo contrario, sigue siendo una inmadura que cree que puede hacer lo que quiera.

La mujer siguió la trayectoria del objeto con la mirada, se estiró perezosamente y se dejó caer sin cuidado sobre el mismo montículo de rocas en el que ella se había subido poco antes del anochecer.

—Estás muy enamorada de ella, anesan.

Al escucharlo, toda la furia que Futaba llevaba dentro se desvió a su dirección.

—¡¿Qué te hace pensar eso?!

—Bueno, supongo que fue por tu reacción. —Minase lo pensó por un momento—. Cuando me acerqué parecías muy miserable, pero...

—¿Pero...?

Suzu sonrió, mirándola directo a los ojos.

—¡Justo ahora te ves muy feliz!

Futaba la miró con la boca abierta.

¿Feliz?

Negó con la cabeza. Esa era una tontería, como si tener a Kaoruko tan cerca pudiera alegrarla en lo absoluto, o como si su sola presencia despejara las dudas en su cabeza como si no hubiesen existido. Debía tratarse de una broma.

Se sentía aliviada, nada más.

Así era la Kaoruko que conocía, la que iba tras ella hasta el final, siguiéndola como si fuera su sombra. Su Kaoruko. Graduación, universidad, Starlight. Esas cosas podían esperar, mientras ellas continuaban con su vida igual que siempre. Había sido muy irresponsable, claro está, y Kaoruko posiblemente la regañaría por salir a caminar a esa hora en medio de la nada, pero luego se aprovecharía de la maldita situación como siempre…

—¡Un momento!

Gritó tan fuerte que Suzu saltó en su sitio, y Futaba aprovechó esa pequeña ventaja para recuperar su espada y poner tanta distancia entre ellas como fuera posible.

—¿Hm? ¿Ocurre algo?

—¡¿De verdad crees que me iba a tragar esa basura?!

—¿Basura, dices? —preguntó ladeando la cabeza.

—Lo siento, pero nadie conoce a Kaoruko mejor que yo. —Agudizó sus sentidos, bajó su postura y se preparó para atacar—. No importa cuántas mentiras inventes, nunca me creeré que esa mafiosa depravada iba a dejar pasar la oportunidad de atraparme sola en este maldito bosque.

La sonrisa de Suzu se esfumó de golpe, y esa fue la última prueba de que su teoría estaba en lo cierto.

—Eres una mentirosa, como todos, y sin importar lo que busques conmigo, ¡no lo conseguirás!

Entonces, Minase comenzó a reír, y pese a que no era la risa malévola del villano de una película, su sonido le dio escalofríos. Era alegre y jovial, como si se estuviera riendo de la broma hecha por un amigo; como si su presencia no fuera más que un juego para ella.

—¡Increíble! —admitió—. Hisame siempre dice que debo poner más atención, y creo que por fin entiendo porqué.

—Tú no tienes nada que ver con Kaoruko.

—Eso está de más decirlo. Pandillas como la suya son demasiado elitistas para nosotras, con esos aburridos códigos de honor y sus tontos lazos de sangre. —Giró su barra de metal entre sus dedos—. Sin embargo una de esas «familias» nos contrató porque te quiere fuera del juego, Ishiugaki-anesan.

—¿Por qué a mí?

—Porque necesitas un buen anzuelo para atrapar un gran pez.

Futaba temblaba de pies a cabeza, con su puño cerrándose en torno a su espada tan fuerte que podía sentir la madera astillarse bajo sus dedos.

—Si me quieres capturar tendrá que ser por las malas.

Y la idea de lastimarla, para su desgracia, no desagradó a su oponente.

—Entonces que así sea.

Lo siguiente ocurrió a toda velocidad, tan rápido que apenas pudo reaccionar: Suzu se lanzó hacia ella como una bestia, dándole a Futaba unos pocos segundos para tirarse a un costado antes de que un golpe descendente le abriera la cabeza.

—Muy ágil, anesan —tan pronto como se levantó volvió a tenerla enfrente—. ¡Pero no lo suficiente!

Un tajo lateral en un arco perfecto, alzó la espada a duras penas para bloquearlo, y al hacerlo la vibración del impacto viajó de sus nudillos a su hombro.

—Hace un momento dijiste que alguien las contrató —dijo entre jadeos, manteniendo a su oponente a raya—. Eso significa que hay más de ustedes.

Suzu comenzó a reír.

—Claro que somos más —le dijo, dándole un empujón que la hizo retroceder—. ¡Pero bastará conmigo para destruirte!

El siguiente golpe acertó en su hombro, y de no estar acostumbrada a las lesiones de combate habría creído que se dislocó. Aquello, por supuesto, no le impidió gritar de dolor.

—¿Qué? ¡¿Acaso esto es demasiado para ti, anesan?!

Los golpes no se detuvieron, provenientes de todas direcciones. Izquierda y derecha, arriba y abajo. Futaba blandió su bokken con una sola mano hasta que uno de esos tajos dio directo a sus nudillos, haciendo que su arma saliera volando por los aires junto a otro grito.

—¡Maldición!

Suzu retrocedió, limpiando una única gota de sudor de su frente.

—Vaya, parece que ahora no te queda de otra más que rendirte, ¿eh?

No, todavía podía borrar esa sonrisa de su rostro. Respiró, llenando sus pulmones de aire para calmar sus nervios, tomó todo el impulso que pudo y dirigió un poderoso gancho al centro de su estómago, uno que podría haberla mandado a la otra vida si se hubiese quedado para recibirlo.

—¡Por favor! —Suzu atrapó su puño en el aire, lo desvió y le regresó el mismo golpe que había lanzado contra ella, tan fuerte que le robó el aire—. ¿Realmente crees que puedes vencerme así?

Cayó de bruces, pero logró apoyarse en sus manos y usar las últimas fuerzas que le quedaban para arrastrarse lejos de su atacante. Intentó levantarse, pero el dolor en sus extremidades la llevó nuevamente al suelo.

—Solo un poco más —murmuró para sí, incorporándose con esfuerzo— si no lo hago, nunca…

Maya no estaba junto a ella, y ni siquiera la más extraordinaria coincidencia lograría que Kaoruko apareciera de la nada para protegerla. Ahora estaba sola, y ese momento definiría si debía regresar a sus sueños ordinarios y sus metas ordinarias.

—¿Sabes? A mi sensei le gustan mucho las chicas como tú. —Minase tomó su arma con ambas manos, tensa, y por primera vez dejó que su sonrisa fuera reemplazada por una expresión feroz—. Pero no temas, le diré que no sea tan dura contigo.

Su ropa estaba sucia, raspada sobre sus rodillas y codos, pero de igual forma logró recuperar su espada y colocarse en posición.

—Si no te derroto antes.

—Así que aún puedes hablar… Muy bien, ¡eso puede arreglarse!

Bien, estaba muerta, más que muerta de hecho. A esa velocidad y con esa fuerza, Minase parecía un tanque blindado preparándose para colisionar contra su objetivo, y estaba más que segura que un golpe así la haría picadillo. Al menos tuvo una buena vida, una familia unida y amigas únicas que habían llenado sus días de diversión. También tuvo una novia que le ocasionaba demasiados problemas, pero hubiera dado todo para verla una vez más.

¡No!

No dejaría que las cosas terminaran de esa forma, no cuando tenía tanto por lo que luchar. Derrotaría a esa matona de cuarta, le reclamaría a Kaoruko a gritos por meterla en ese tipo de situación y luego se armaría de valor para invitarla a ese tonto recital. Obtendría el papel protagónico en Starlight, sería la Flora más brillante que nadie hubiera visto y cegaría a esa mafiosa con su brillo.

Si esa chica quería pelea, ella se encargaría de dársela.

Entonces, cuando solo había un par de metros separándola de la muerte, un silbido cortó el aire como un cuchillo al rojo a una barra de mantequilla fresca, seguido de un estruendo tan poderoso que el bosque se estremeció, e incluso ella sintió la vibración sobre cada uno de sus nervios cuando el proyectil se incrustó en el espacio entre ambas.

¡Bang!

Su contrincante retrocedió de un salto, perdiendo su arma por la impresión y clavando sus ojos en la mujer que giraba una pistola semiautomática entre sus dedos, con el cañón aún humeante por el disparo anterior. Tenía una sonrisa altanera, confiada, oculta bajo un sombrero negro de ala ancha que portaba en su cima un emblema dorado, uno de los más temidos del país.

—¿Quién eres? —cuestionó Minase, y sus palabras robaron a la mujer una sonrisa mordaz.

—Una extraordinaria coincidencia —dijo en el irritante dialecto de Kioto, abandonando los límites del bosque para dejar que la luna iluminara su semblante—. Mírame bien, por favor, y la próxima vez no retes a alguien que ni siquiera reconoces.

Futaba vio a la chica ladeando su rostro contraído por la concentración, y cuando finalmente la reconoció, sus ojos se abrieron como platos.

—¡Vaya! No esperaba conocerla esta noche, Hanayanagi-anesan.

—Es Hanayagi, niña —corrigió Kaoruko con una sonrisa, y cuando alzó la mano, cuatro mujeres armadas surgieron de las sombras— pero no te preocupes, me encargaré de que no lo vuelvas a olvidar.

Ahí estaba, justo a tiempo, como si algún poder superior hubiese escuchado sus súplicas, colocándola en el momento indicado para intervenir. Todo en ella gritaba poder, desde sus joyas de oro hasta el abrigo que ondeaba con arrogancia sobre sus hombros, y cuando sus ojos se cruzaron el capo no lo pensó dos veces antes de dedicarle un guiño.

—Sorpresa.

Pero fue su voz la que hizo que no pudiera mantenerse en silencio por más tiempo.

—¡¿QUÉ DIABLOS HACES AQUÍ?!

Todas las miradas se clavaron sobre ella, incluidos los traviesos ojos color oro de Kaoruko, que la observaba fijamente con una sonrisa burlona sobre sus labios, riéndose de ella como si le perteneciera.

—¿Así es como recibes a tu amada novia luego de tanto tiempo? —le preguntó, pasando una mano por su cabello con aire seductor—. Sinceramente esperaba una reacción mucho más emotiva de tu parte, en especial porque acabo de salvar tu hermoso pellejo.

—¡No pedí que me salvaras! —reclamó, repentinamente avergonzada.

—Pues parecías necesitar mucho de mí.

La atención de los presentes iba de una a otra, como si observaran un entretenido partido de tennis en lugar de un enfrentamiento armado a mitad del bosque. Suzu se descubrió a sí misma relegada a un segundo plano, por lo que se aclaró la garganta y se interpuso entre ambas con una sonrisa.

—¡Pues a mí me parece fantástico que todas estemos reunidas! —exclamó con los brazos extendidos; su rostro, sin embargo, reflejaba preocupación—. Así que dígame, anesan, ¿a qué debemos su visita?

—Mi chica te lo acaba de decir, ¿no? —El cañón del arma apuntó al centro de su pecho, con más balas esperando por ella—. De ninguna manera voy a permitir que deambulara sola por un sitio como este, suplicando desesperadamente por un lugar entre mis brazos.

—¡Nadie está suplicando! —intervino Futaba con el rostro tan rojo como una antorcha, pero ni el gangster ni el sicario se tomaron la molestia de escucharla o sí quiera prestarle la más mínima atención. Se miraban fijamente, cautelosas como dos coyotes acechando la misma presa.

—Tiene problemas de apego, ¿eh?

—Por supuesto, ya que estoy locamente enamorada de ella —Kaoruko sonrió—. A propósito, ¿no es extraño que ni siquiera pudieras reconocer a tu objetivo?

—Todos cometemos errores —explicó Suzu, acercándose al capo con las manos en alto, como quien intenta pasar sobre un león dormido—. De todas maneras, ¿no le parece un poco cobarde traer una pistola a un enfrentamiento mano a mano?

Kaoruko lo pensó un momento.

—Tal vez tienes razón…

Jaló el gatillo, y en esa ocasión la bala pasó tan cerca de Minase que un delgado hilo color rojo bajó por su mejilla, goteando por su mentón para caer en tierra fértil.

—¡O-O-Oye!

—Es de cobardes, no de tontos —cargó un nuevo disparo, y en esa ocasión el cañón de su arma apuntó a su cabeza—. Si quieres entrar al negocio algún día debes entender que no existe tal cosa como un enfrentamiento justo.

—¿Ah, no?

—No, aunque creo que ya lo sabes, dado que has ido por una chica de preparatoria con un palo en lugar de venir a por mí.

La mujer se encogió de hombros.

—Supongo que ambas sabíamos cómo iba a terminar eso, ¿no?

—Totalmente.

Sin embargo, lo que ninguna de las dos notó fue que el disparo no sólo había herido a Suzu, sino que había pasado tan cerca del rostro de Futaba que habría jurado que le rozó la nariz.

—¡Fíjate a donde apuntas! —gritó a todo pulmón, sintiendo la espalda empapada de un sudor helado—. ¡Podrías matar a alguien!

Kaoruko puso los ojos en blanco.

—Ese es el punto, Detective Isurugi: las armas son para matar. Y de todos modos no corrías ningún peligro, mis disparos están planeados de principio a fin.

—¡¿Si es así por qué no disparaste desde un maldito principio?!

—¿Y perderme este espectáculo? —hizo un gesto amplio, señalando a su gente a lo largo del erial—. ¿Alguna vez habías visto una demostración de fuerza como esta? ¡Los mafiosos más sanguinarios del mundo estarían mojando sus pantalones si se enfrentaran a todo este músculo!

—¡¿Podrías dejar de ser tan engreída por un segundo y darte cuenta de que estuve a punto de morir?!

Y habría seguido gritándole, pero Suzu se acercó casualmente a ella, rodeando sus hombros como si se tratara de una vieja amiga. Lucía mucho más joven de cerca, quizá de unos diecinueve o veinte años, y había pasado por cualquier senpai si no tuviera un cuchillo de caza colgando del cinturón.

—¿Por qué no nos calmamos? Quizá si hablamos un poco sobre…

¡Bang!

Kaoruko disparó por tercera vez, y las dos tuvieron que agacharse para esquivarlo. Futaba dejó caer la espada, se llevó una mano a la cabeza y descubrió con horror que había un par de hebras de cabello sueltas en su cima.

—¡¿Quieres dejar de hacer eso?!

—¡Por favor! —apoyó Suzu con el rostro teñido de azul—. ¡Esta vez no hice nada!

—Corrección: tocaste a mi novia, y eso es algo que detesto —Kaoruko preparó un nuevo disparo— así que te recomiendo que te alejes de ella antes de que te convierta en una rebanada de queso suizo, Tormenta Azul.

Futaba notó cómo el semblante de la matona se transformó poco a poco, como si sus palabras hubiesen activado una especie de interruptor en su cabeza, uno que la hacía incluso más peligrosa. Trató de escapar, de salir de su camino, pero el brazo alrededor suyo la mantuvo cautiva, firme como una barra de metal.

—¿De dónde sacaste ese nombre?

—¿Importa? —Kaoruko sonrió—. En realidad me sorprende que hayas decidido venir en persona, ¿acaso no te gustó el obsequio que envié junto a tu última marioneta?

La mujer, en respuesta, hizo una mueca de desagrado.

—Fue un estupendo detalle, estupendo y macabro, pero sabes lo que dicen: si quieres hacer algo bien, hazlo tú mismo.

—Eso debiste pensarlo dos veces antes de hacer que esos motociclistas se metieran en mis asuntos. —Subió el cañón, apuntando al centro de su frente—. Me has causado demasiados problemas, Tormenta Azul, pero este descuido será tu final.

Sin embargo, para su sorpresa, Suzu no retrocedió.

—Tienes razón, he sido muy descuidada. —El agarre sobre su brazo se intensificó, y Futaba pudo ver como su mano furtiva buscaba algo en su cinturón, un objeto del que se había percatado hace solo un momento—. Pero hay algo que necesitas saber, anesan...

Cuando se dio cuenta de lo que ocurría, ya era demasiado tarde.

—¡Hay más de una Tormenta tras de ti!

El cuchillo salió de su funda, y el brazo en su hombro atrapó su cuello con un gancho que casi le quitó la respiración. En menos de un segundo había sido capturada.

—¡Futaba-han!

La hoja del cuchillo se colocó en la comisura de sus labios, acariciando su piel mientras cuatro uzis tintineaban a su alrededor.

—¡Bajen las armas! —gritó Kaoruko a sus chicas con voz de trueno—. ¡Ahora mismo! ¡AHORA!

—Tú también —ordenó Suzu en cuanto los cañones dejaron de apuntarle, con la mirada puesta en la pistola que Kaoruko aún tenía entre sus dedos—. Baja eso o dejaré una sonrisa eterna en el rostro de tu novia.

En ese instante el rostro de Kaoruko se deformó de la ira, y por un segundo se volvió tan amedrentador como el de un demonio.

—Si te atreves a hacerle daño…

—Será por tu culpa. —La hoja hizo un poco de presión y Futaba sintió el sabor del hierro sobre la lengua— y no creo que una herida como esta sea muy buena para una futura actriz.

—Para nadie, en realidad…

—Cuando la sangre se derrame veremos si te quedan ganas de bromear.

Por unos segundos ambas intercambiaron miradas. Futaba estaba aterrorizada, temblando como una hoja en medio de una tormenta de otoño. Deseó gritarle, decirle que no se preocupara por su bienestar y se encargará de que esa mujer no hiciera daño a nadie, pero el filo estaba tan cerca que cualquier vibración le abriría la piel.

—Se acaba el tiempo, Hanayanagi.

Entonces vio la derrota en sus ojos, fría y furiosa, al mismo tiempo que lanzaba la pistola a sus pies.

—Es Hanayagi, maldita hija de perra —le dijo sin despegar los dientes, con una voz tan fría como un témpano de hielo—. En cuanto te ponga las manos encima haré que te arrepientas.

—Las manos arriba, ahora.

Su rostro era una máscara de hierro, sin emociones, pero obedeció la indicación sin chistar. Sus chicas, luego de mirarse mutuamente, hicieron lo mismo.

Y eso estaba… Mal…

Recordó su visita a la mansión Hanayagi, y ese instante al atardecer cuando había visto a Kaoruko llorando por primera vez. En ese instante no supo qué hacer o decir, ni siquiera como debía sentirse, pero no dudó ni un momento en permitirle llorar contra su hombro, y aunque ella trató de transmitirle toda su fuerza, Kaoruko no sollozó ni una vez.

¿No había jurado protegerla? ¿Acaso su juramento estaba vacío?

—No…

No se rendiría tan fácilmente, ni siquiera cuando lo único que la separaba de la muerte era un afilado trozo de metal. Ella era la mejor en escenas de acción, la espada más rápida de Seisho, y aunque su arma había resbalado de sus dedos, aún tenía un honor que proteger. Ya había tenido suficiente de dudas y de preocupaciones por el futuro, ella estaba hecha de trabajo duro, y no mostraría flaqueza entre todos esos gangsters.

—¿Sigues hablando? —Suzu intensificó su agarre, asfixiándola—. ¿Acaso no ves que ya no hay escapatoria?

Pero sí la había, en especial cuando Minase se giró para observar como luchaba por tomar aire, perdiendo de vista a alguien que sabía que, en un mundo como ese, un segundo era la diferencia entre vivir o morir.

—¡No me subestimes!

Las manos de Kaoruko se perdieron entre los pliegues de su abrigo, y cuando volvieron a verlas las mismas eran acompañadas por un pequeño revólver plateado. Futaba siguió sus movimientos con la mirada, y por un segundo no reconoció a la niña mimada disfrazada de adulta que se había encaprichado con ella hace tanto tiempo. Frente a sus ojos, la verdadera Kaoruko salió a la luz, y parecía tan feroz como un monstruo.

—¡Te dije que no intentaras nada!

Pero la bala fue más rápida que su mano, y se incrustó en su muslo mucho antes de que su cuchillo pudiera moverse.

—¡Ahora, Tendo-han!

Y finalmente, fue la feroz embestida de Maya la que logró liberarla. Salió de la oscuridad como un bulldozer, derribando a su oponente con el hombro de modo en que ambas cayeron al suelo en medio de un forcejeo que, incluso antes de comenzar, tenía un ganador. Por un momento Futaba quedó en medio de su frenesí, entre puños que iban de una dirección a otra, hasta que una fuerza desconocida la tomó del hombro y la obligó a levantarse de un estirón.

—¿Estás bien? —La voz de Kaoruko llegó distorsionada a sus oídos, pero alcanzó a asentir con dificultad. La sintió acariciar su rostro, limpiando el lodo seco que había impregnado sus mejillas, besó el centro de su frente con delicadeza y, con expresión seria, la apartó de sí—. Quédate detrás de mí.

Futaba obedeció, y ambas observaron como Tendo Maya sometía a su presa con una llave al cuello, lo suficientemente fuerte para inmovilizarla.

—¡Quítate de encima, maldito cisne sin plumas! —exigió, retorciéndose de un lado a otro como un animal.

Vista de esa forma no parecía tan peligrosa: tenía el cabello desordenado, el cuello de la camisa roto y una enorme mancha de sangre que se extendía desde encima de su rodilla hasta su tobillo, expandiéndose un poco más con cada segundo. Kaoruko se acercó a ella sin miedo, apuntando la pistola al centro de su frente cuando Maya la obligó a incorporarse.

—Seas la verdadera Tormenta Azul o no, el juego ha terminado para ti. —El cañón tocó su frente, empujándola ligeramente hacia atrás—. Así que seré directa: o te rindes o te rompo la pierna que te queda.

Pero pese a lo que esperaba, Suzu sonrió, escupiendo una mezcla de saliva y sangre.

—La próxima vez, anesan, enfréntame en un combate justo.

Kaoruko, por su parte, ni siquiera se tomó la molestia de responder. Alzó su brazo, tomó impulso y dejó que la culata de su revólver impactara su quijada con tanta fuerza que Futaba tuvo que apartar la mirada antes de que Suzu cayera al suelo, sangrando a borbotones de frente, boca y nariz.

—Solo existe una justicia en mi territorio, y es la mía —dijo Kaoruko, limpiando la sangre de su arma con desinterés—. Ahora llévensela, o harán que le vuele los sesos.

De inmediato dos de sus guardaespaldas se acercaron corriendo a ellas, revisaron que la mujer se encontrara inconsciente y - con algo de esfuerzo- la tomaron de brazos y pies para llevarla a los límites del bosque, donde desaparecieron en la oscuridad.

—Tal parece que tenía razón, Hanayagi-san, esa Tormenta Azul era un mal presagio —dijo Maya desde el suelo, observando su propia ropa llena de sangre ajena y tierra—. Y este es, por cierto, el segundo atuendo que se arruina por un enfrentamiento así.

Kaoruko regresó el revólver a su escondite, estirando una mano para ayudar a su amiga a ponerse en pie.

—Por favor, a mí me gustaría verme igual de bien luego de haber dado una paliza.

—Créame, me he visto mejor. —Tendo aceptó su ayuda con gusto; no estaba herida, pero su moño estaba torcido y tenía una decena de hojas sueltas pegadas al cabello—. A propósito, ¿a dónde debemos llevar a nuestra invitada?

—A un lugar que no llame la atención, ve si hay algún apartamento de alquiler por esta zona.

—Como ordene.

Y mientras esa conversación se llevaba a cabo, Futaba esperaba con las piernas hechas gelatina. Estaba cansada, aturdida por la rapidez de los acontecimientos y, conforme la adrenalina se desvanecía de su sistema, adolorida a un punto insoportable.

—¿Qué crees que haces…? —dijo en un murmullo inaudible, avanzando con paso decidido y empujando a Maya para tomar a Kaoruko del abrigo, zarandeándola débilmente—. ¡¿Qué crees que haces?!

Kaoruko, pese a su brusquedad, bufó.

—Me quejo de la frialdad con la que me recibe mi novia, por supuesto —dijo visiblemente decepcionada—. Si no supiera que estás loca por mí, pensaría que estás molesta.

—¡Lo estoy! —le gritó, señalando un punto específico del bosque—. Mis compañeras de clase están durmiendo muy cerca de aquí, ¿qué es lo que haré si alguna de ellas escuchó todos esos disparos?

—Decir que fueron fuegos artificiales —sugirió Maya, obligándola a soltar el abrigo de su compañera con un manotazo. Parecía tranquila, aunque aún estaba visiblemente molesta por el súbito empujón—. Además la estancia en la que nos quedaremos está a unos cuantos kilómetros de aquí, por lo que es poco probable que volvamos a toparnos…

—¿Estancia? —preguntó Futaba, y su curiosidad hizo que el rostro de Kaoruko volviera a su risueño estado usual.

—La mejor de la zona, y la tendremos solo para nosotras por dos semanas. —Abrazó sus hombros, acariciando sugestivamente la piel a su alcance. Cuando rozó accidentalmente una de sus heridas, Futaba se estremeció—. ¿Así que por qué no vienes a quedarte unos días? De esa manera podremos pasar juntas tanto tiempo como tu pobre corazón necesite.

—¡¿Eh?! —gruñó, apartándose de inmediato—. ¡¿Qué te hace pensar que necesito más tiempo contigo?!

—No me imaginaba un recibimiento tan grosero, menos viniendo de ti. —Kaoruko se cruzó de brazos, frustrada—. De haber sabido que sería así me habría quedado en casa en lugar de hacerte el favor de venir.

—¡¿Por qué creerías que me estás haciendo un favor?!

Lejos de la conversación, Tendo Maya se aclaró la garganta.

—Bueno, si me disculpan, aún tengo algo de trabajo pendiente por terminar, así que me retiraré ahora mismo —hizo una reverencia para ambas y se alejó rumbo al bosque con pasos rápidos—. La esperaré junto a la motocicleta, Hanayagi-san.

—¿Motocicleta? —cuestionó Futaba, y por el rabillo del ojo pudo ver como Maya emprendía la carrera entre los árboles—. Tú no tienes una motocicleta, me lo habrías dicho.

Kaoruko desvió la mirada; algo andaba mal.

—Sí, sobre eso…

Alzó una de sus cejas, tratando de descifrar lo que ese silencio tan incómodo significaba, y cuando finalmente lo entendió, se sintió incluso más indignada de lo que se creía capaz de estar.

—¡Tomaste mi motocicleta!

—Yo te la compré, así que también es mi motocicleta —respondió en un puchero, dándole la única confirmación que necesitaba—. Además creí que dar un paseo juntas te haría feliz, ya sabes, luego de que Tendo-han dijera que querías que viniera contigo al campamento.

—¿Tendo dijo…?

Comprendió todo poco a poco, desde esa extraña benevolencia de Kaoruko hasta la extraña facilidad con la que Maya la había convencido un par de días atrás. Eso tenía mucho más sentido.

—¡No puedo creerlo! —gritó, señalando el pequeño hueco que su bala había dejado sobre la tierra—. Estos fueron los minutos más aterradores de mi vida, ¡tenía tanto miedo que ni siquiera podía gritar!

—Pero todo está bien, estás sana y salva.

—¡Disparaste una maldita pistola frente a mi cara! —gritó, dejando salir todo lo que había estado conteniendo—. ¿Sabes que pudo haberme hecho esa mujer?, ¿dónde pude haber terminado? ¡Si ella se hubiese salido con la suya yo…! ¡Yo…!

Pero no pudo continuar. Kaoruko la tomó del brazo, la lanzó contra el tronco del árbol más cercano y devoró sus labios en un contacto posesivo e incontrolable. Al principio le fue imposible corresponder, pero en cuanto sus manos se posaron sobre su cintura, y un poco del sabor a hierro viajó entre sus alientos entremezclados, un instinto primitivo hizo que le rodeara el cuello y se uniera finalmente a su juego.

¿Qué estaba pasando? Su corazón latía como loco, sus piernas no paraban de temblar y el movimiento de sus lenguas unidas convertían poco a poco sus recuerdos en una nebulosa incierta. En ese momento no existía el miedo o la incertidumbre; en ese pequeño instante en el tiempo sólo existían las dos.

—¿Crees que no lo sé?

La luna se reflejaba en sus ojos, brillantes, comprensivos como muy pocas veces los había visto, llenos de amor y gentileza. Su mano se posó sobre su rostro, acariciando su piel tan delicadamente como si fuera un tesoro.

—¿Kaoruko…?

Sus labios volvieron a unirse en un contacto breve y efímero que se sintió más intenso que sus besos más largos, y en cuanto terminaron Kaoruko la abrazó con tanta delicadeza como si creyera que se podría romper.

—Si te hubiera ocurrido algo, lo que sea, jamás me lo habría perdonado —susurró a su oído, y su aliento le erizó la piel—. Me alegra tanto haber venido.

Y aunque aún tenía muchas cosas que decir y por las cuales reclamar, Futaba se permitió relajarse contra su pecho, hundiendo su rostro en las plumas de su abrigo y en su esternón tan blanco como la nieve, con pequeños trazos de color por aquí y por allá.

—A mí también.

Pasaron minutos enteros así, sumergidas en el cuerpo de la otra, memorizando sus aromas mezclados entre el fresco de los árboles y la fragancia salina del mar, hasta que un súbito grito llegó a ellas desde los límites del bosque, donde debía encontrarse el campamento..

—¡Futaba! —la llamó la voz de Claudine a lo lejos, y su eco hizo que Kaoruko soltara un suspiro que sintió como propio.

—Esa chica es insistente, ¿no? —le dijo, hundiendo su rostro en la curvatura de su cuello—. Lleva un buen rato esperándote, aunque parece impaciente.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Mucho más que tú —sonrió, aspirando su aroma una última vez, dando un pequeño beso sobre su pulso antes de apartarse de ella, y en cuanto estuvo lejos, Futaba se descubrió a sí misma extrañando su calidez—. Te vi cuando llegaste, y me parece que me viste también.

Se llevó una mano al cuello, sintiendo las réplicas de esos escalofríos que llevaban horas persiguiéndola.

—Eras tú —señaló— la que se ocultaba en el bosque.

Kaoruko sonrió.

—Tienes unos instintos espléndidos, me encantan.

Claudine volvió a llamarla, aunque en esa ocasión su voz sonó un poco más cerca que antes; se estaba aventurando a ir más allá. El capo la miró con pesar, le guiñó un ojo y se alejó por la misma dirección por la que su grupo había desaparecido.

—¡Espera! —pidió Futaba dando un paso al frente—. ¿Estarás bien por tu cuenta?

Kaoruko no respondió. Se giró tranquilamente hacia ella, se quitó el sombrero con suma elegancia y le obsequió una única y cordial reverencia, solo para ella y para nadie más. Se irguió lentamente y regresó el accesorio a su cabeza.

—Hasta pronto, cariño.

Entonces desapareció. Las hojas cubrieron su silueta como si lo acontecido hubiese sido una pesadilla, pero las punzadas sobre sus extremidades le indicaron que aquello era realidad. Futaba la siguió con la mirada, palpando sus labios en silencio, notando como el pequeño calor que los envolvía iba desapareciendo poco a poco.

—Realmente está aquí…

Ahí, de pie en medio del bosque, Isurugi Futaba llegó a una conclusión: aún había tiempo. El año seguiría su curso, pero ni eso le impediría caer, levantarse y seguir intentando. Viviría el presente, encontraría su propio camino y, cuando finalmente lo viera frente a ella, tomaría una decisión.

—¡Estoy aquí, Kuroko!

Tomó su espada del suelo y corrió en dirección a la voz, planeando para sus adentros todas las excusas que tendría que dar en cuanto llegara al campamento.

Sin embargo, mientras todo esto ocurría, una discreta luz roja parpadeaba desde la copa del árbol más alto del bosque, llevando imágenes de lo ocurrido a una pequeña oficina a las afueras de Tokio, impregnada de un suave aroma a tabaco y café.

—Suzu-san… —una mano se estrelló contra la pared, y el impacto sacudió la coleta de la chica de lado a lado—. ¡Le advertí que fuera más cuidadosa!

—Hisame…

—¡No puedo creerlo! —Siguió, ignorando por completo a su compañera—. Le ofrecí que llevara refuerzos, informantes, ¡pero sigue siendo una bruta que cree que va a solucionar todo a golpes!

—Hisame.

—¡¿Qué se supone que haremos ahora?!

—¡Hisame!

La segunda chica la tomó de la muñeca, obligándola a alzar el rostro y mirarla directamente. Tenía ojos azules, serenos como el mar, y un cabello ondulado que caía sobre su hombro derecho como si fuera una cascada oscura.

—Koharu…

—No sirve de nada ponernos así —dijo Yanagi Koharu, una de sus amigas más cercanas, y su voz fue suficiente para arrastrarla de vuelta a la realidad— si no pensamos bien nuestros movimientos, podríamos perderla para siempre.

Hisame palideció. Siempre había sido la más asustadiza de las tres, pero también la más sensata, por lo que asintió, ajustó su corbata y se acercó al escritorio que había al fondo de la habitación, oculto en las sombras.

—Yakumo-sensei —llamó a su superior, obsequiando una reverencia rígida—. Por favor, permita que sea yo la que traiga a Suzu-san de vuelta.

Sin embargo, pese a la desesperación en su voz, Yakumo Kyoko no se inmutó. Dio una calada a su habano, de olor fuerte y penetrante, observando la grabación con desinterés mientras subía los pies a su escritorio, derribando en el camino una pequeña montaña de papeles.

—No —respondió, soltando una columna de humo por la comisura de sus labios.

—¡Pero…!

—La ayudaremos, pero sólo a su debido tiempo, ¿entendido?

Su voz fue contundente, y aunque Hisame se sintió frustrada, asintió y dejó que la grabación siguiera su curso. Yakumo se acomodó en su asiento, tomó el control remoto y retrocedió el video unos cuantos minutos.

—Así que esa es Hanayagi Kaoruko, ¿eh?

—No debería estar ahí… —le interrumpió Hisame, sacando una pequeña libreta de apuntes del interior de su blazer—. Según su itinerario debería haber acudido a su agencia esta mañana para cerrar un trato importante.

—Pues no era tan importante, al parecer.

—Sea lo que sea, ahora debemos decidir qué hacer con ella —Koharu dio un paso al frente— Andrew-san está impaciente.

—Andrew se puede ir al diablo —Yakumo pasó una mano por su cabello, largo y tan negro como el carbón—. El plan sigue su curso, y no dejaré que un pobre diablo disfrazado de animal me diga que hacer.

Koharu asintió. Yakumo-sensei se inclinó hacia adelante, reposando un rostro largo y esbelto sobre sus nudillos entrelazados, clavando sus ojos negros sobre la chica que aún miraba al suelo, impotente.

—Ella estará bien, Hisame, ha salido de cosas mucho peores.

Hisame, aún dudosa, asintió.

—Ahora, sin embargo, tengo un trabajo importante para ti. Necesito que vigiles a Hanayagi; no sabe con certeza quién o cuántas somos, así que quiero que te aproveches de eso para aprender su nueva rutina.

—Pero Suzu-san…

—No pueden ir muy lejos de aquí, y es solo cuestión de tiempo para descubrir a dónde la llevarán. Ten un ojo puesto en todas las propiedades disponibles en la zona.

—Entendido.

Koharu tomó la palabra.

—¿Qué debo hacer yo?

—Te encargarás de ella. —Adelantó unos minutos la cinta, pausando y acercando la toma a una chica de cabello castaño—. Tendo Maya, consejera y tercera al mando de los Hanayagi. Es una prodigio en el manejo de las armas de fuego y del combate cuerpo a cuerpo; una digna rival para ti, ¿no lo crees?

Y a diferencia de su compañera, Yanagi solo asintió.

—Bueno, ahora que todo está arreglado, pueden irse a descansar. Nos espera un largo viaje.

Sus chicas se irguieron, le dedicaron una reverencia profunda y, sin poner ninguna objeción, salieron de su oficina en silencio, dejándola sola con el humo de su habano y la evidencia de su derrota.

—Maldita sea.

Yakumo retrocedió la cinta por última vez, estudiando el enfrentamiento cuadro por cuadro. Las había subestimado, ese fue su más grave error, contratar fuerza ajena por creer que llegar al Don por medio de una de sus allegadas sería pan comido. No era de extrañar, había hecho el mismo trabajo para decenas de mafiosos antes.

Pero…

Retrocedió varios minutos, dejando que su atención se perdiera en un par de ojos que brillaban con valentía y terror en partes iguales. Minase Suzu era su aprendiz más fuerte, una bestia cuando se trataba de fuerza bruta, pero esa noche no había hecho falta otra cosa para detenerla que una espada de madera y una buena dosis de agallas.

Sí, las habían subestimado, pero eso era algo que no volvería a pasar. La Tormenta Azul estaba suelta, y tenía un objetivo del que se encargaría personalmente. Abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó un folder color crema y, al abrirlo, encontró dentro de él la ficha estudiantil que había tomado directamente de los archivos de Seisho, disparando sobre ella una ráfaga de humo gris.

—Isurugi Futaba, ¿eh?