—¿Dónde está Elena?
La voz del mafioso era profunda, ominosa como una amenaza y afilada como la pequeña navaja de afeitar que llevaba en el bolsillo delantero de su amplio abrigo negro. Era, sin duda alguna, una sentencia de muerte.
—No lo sé —respondió la ama de llaves a la que acorralaba contra la pared, buscando con ojos inquietos una forma de escapar solo para darse cuenta de que no le quedaba ninguna—. Aún no llega a casa y no tengo idea de dónde puede estar.
—¿No?
La mano del hombre se cerró sobre su mentón, arrebatando de su garganta un alarido que resonó entre los enormes muros de la mansión de Lucania Brioschi, ahora sumergida entre las llamas y el caos.
—¿Sabes? Realmente odiaría arruinar el rostro de un hermoso pajarillo como tú. —Su mano libre desplegó la cuchilla, una herramienta mundana que había visto miles de veces sobre el tocador—. Pero si sigues metiéndote en nuestros asuntos, ni siquiera tu querido Bartolo podrá protegerte.
Y cuando el acero embotado se presionó contra su mentón, Futaba sintió como si volviera a encontrarse cara a cara con la muerte.
—¡Si la señorita Elena estuviera aquí, Melissa y el resto de los guardias estarían con ella! —recitó tan rápido que sus palabras tropezaron entre sí—. Yo solo me encargo de cuidar la casa, ¡no sé nada más!
Su voz era aguda, temerosa, y aunque su intensidad despertó el interés de sus compañeras, en el fondo ella sabía que no se trataba de una reacción racional. El mundo se desvaneció a su alrededor, y en un instante se encontró a sí misma en el bosque, con un monstruo a sus espaldas y el filo de un verdadero cuchillo de caza amenazando con abrirle la piel.
—¿Futaba-chan…?
Fue la angustia en la voz de Mahiru, su compañera de escena, la que la devolvió a la realidad, y cuando esos horrorosos recuerdos abandonaron su cabeza, Futaba se dio cuenta de que todas la estaban mirando.
—¿Pasa algo, Isurugi? —preguntó Sakuragi-sensei con una pizca de preocupación en su voz—. ¿Necesitas un descanso?
Estaba mareada, pálida como la leche y tan debilitada que solo se necesitaría un empujón para hacerla caer, pero de igual forma negó con la cabeza.
—Estoy bien —aseguró, luchando por disimular la inseguridad que abrigaba sus palabras—. Permítame repetir esta escena, por favor.
—¿Estás segura? —preguntó su amiga acariciando su espalda en amplios y reconfortantes círculos—. Si estás muy cansada podrías hacerte daño.
—No es nada —refutó con obstinación, aceptando de buena gana aquel pequeño consuelo—. Solo que tu interpretación fue tan buena que me dio escalofríos.
Mahiru no le creyó, lo veía en sus ojos, pero de igual modo esbozó una sonrisa tímida y comprensiva, aceptando sus razones sin preguntar.
—De acuerdo, estaré lista cuando tú lo estés.
Regresaron a sus posiciones dispuestas a dar lo mejor de sí, y su profesora se dio a la tarea de marcar los tiempos con un par de palmadas suaves.
—Muy bien, desde el principio. Tres, dos.
Entonces todo volvió a la normalidad, a una donde no había bosques, penumbras ni bestias peligrosas acechando en las mismas, solo un aula que muy pronto sería reemplazada por un escenario reluciente y un puñado de diálogos que recitó como si los llevase grabados en la piel.
Y durante todo ese tiempo los ojos de Tendo Maya se mantuvieron clavados en su espalda, analizándola en silencio.
—¡Qué día tan pesado! —exclamó Karen en cuanto la clase terminó, tirándose al suelo con los brazos y las piernas extendidas como una estrella de mar—. Muero de hambre... Oye, Banana, ¿te importaría cargarme hasta el comedor?
—¡No seas perezosa! —Hoshimi Junna se adelantó antes de que su compañera de cuarto pudiera cumplir la petición, dándole a su hiperactiva amiga un golpecito en el centro exacto de la frente—. Ni siquiera has aprendido tus líneas, deberías tener energía de sobra.
—No puedo tener energía con el estómago vacío —respondió Karen llevando una dramática mano a su abdomen—. Hikari-chan y Mahiru-chan se fueron sin mí, ¡e incluso Kuro-chan se adelantó sin decir nada!
Nana asintió, mirando la puerta abierta con extrañeza.
—Tienes razón, Kuro-chan se fue tan rápido que apenas me di cuenta...
—¿Lo ven? ¡Debe tener un sexto sentido francés que le avisa cuando el almuerzo estará delicioso!
—¡No digas tonterías! —El segundo golpe fue más fuerte que el anterior, o al menos lo suficiente para que Aijo soltara un gritito ahogado—. ¿Acaso no eres una Chica de Escenario? Si no te esfuerzas lo suficiente no podrás participar en el Starlight de este año, ¿sabes?
Aquello tocó una fibra sensible en su compañera, pues se levantó tan rápido que la representante se fue de espaldas por la impresión.
—¡La Chica de Escenario, Aijo Karen, crece día con día! —exclamó a todo pulmón, y por un momento brilló tanto como una lámpara de luz mercurial—. Ya lo verán, ¡seré la mejor Flora que el mundo haya visto!
Clic.
—Esta va directo al álbum —dijo Nana entre risas, mirando la fotografía que acababa de tomar—. Ustedes dos siempre tienen un montón de energía, chicas.
—Habla por ella —pidió Hoshimi al mismo tiempo que ajustaba sus gafas torcidas por la caída, aceptando la mano de Daiba cuando esta se ofreció a ayudarla a ponerse en pie—. Todas nos estamos esforzando al máximo, pero parece como si Karen solo hubiera venido a tomar unas vacaciones.
Nana bajó la mirada, pensativa.
—Junna-chan tiene razón, Karen-chan —confirmó luego de un rato— cada ensayo es más intenso que el anterior, por lo que no podemos darnos el lujo de quedarnos atrás.
—Lo sé, y es fantástico. —Los ojos de la chica centellearon con emoción, hipnotizada por el brillo del escenario frente a ella—. Todas lo han hecho increíble, en especial Futaba-chan.
Futaba, que se encontraba ordenando sus pertenencias en un rincón apartado del resto, se paralizó en cuanto escuchó su nombre.
—Concuerdo —asintió la representante, ajena a la manera en que los hombros de su compañera de clases se tensaron ante su insistente escrutinio—. Has puesto mucho corazón en tus líneas, Isurugi-san, te felicito.
—Y tus expresiones eran tan realistas... ¡Como si de verdad hubieras visto a un mafioso a los ojos!
Claro... Por supuesto que sería Karen quien diera en el clavo, con una idea tan ridícula y acertada que la hizo sentir enferma.
—Gracias, supongo.
Cerró su bolso con prisa, se lo echó al hombro y se puso en pie con cuidado de no lastimarse el tobillo con una mala pisada. Nana, atenta, se adelantó para ayudarla, pero en cuanto sintió su tacto Futaba la apartó bruscamente de sí.
—¡ALÉJATE!
Por un momento regresó a ese sitio, ese al que no quería volver, y cuando se dio cuenta de lo que habías hecho sus amigas ya la estaban mirando fijamente, con la boca abierta y los ojos desorbitados.
—Lo... Lo siento...
Sus manos se convirtieron en puños a sus costados, palideciendo bajo una docena de banditas adhesivas que ocultaban heridas que no terminaban de sanar. Nunca fue su intención, no pudo hacer nada para evitarlo, no cuando los recuerdos del enfrentamiento seguían frescos en su cabeza como si nunca hubiese abandonado el bosque o el agarre férreo de Minase Suzu.
—¿Isurugi-san? —Junna tomó su hombro con cautela, como si temiera la clase de reacción que pudiera tener—. ¿Te sientes bien?
—Lo lamento mucho —murmuró apenas consiguió bajarse de las nubes— no sé qué me pasó...
—¿Te duelen las heridas? —preguntó Banana, tan preocupada como si no hubiese sido víctima de su paranoia tan solo segundos atrás, y esa gentileza la hizo sentir incluso más culpable que antes—. Tienes que cuidarte, caerse de un árbol no es cualquier cosa.
¿Caerse de…? Cierto, esa fue la excusa que se inventó la noche del lunes para explicar tanto sus lesiones como los arañazos en su ropa. Negó con la cabeza, avergonzada por su comportamiento.
—Tal vez necesito dormir…
—¿Quieres que te acompañemos a la enfermería?
Se sintió atrapada, como si la insistencia de sus amigas hiciera que los muros se encogieran a su alrededor, o como si una mano invisible se cerrara en torno a su garganta. Tenía que escapar, debía…
—Yo me encargo, Daiba-san.
Las cuatro chicas se giraron al unísono, encontrándose de frente con la misteriosa mirada de Tendo Maya.
—Maya-chan…
—Lamento interrumpirlas de forma tan grosera —dijo Maya con gesto cortés, llevando consigo un par de toallas para secar el sudor— pero Isurugi-san prometió ayudarme a ponerme al corriente con mis deberes, y ese es un ofrecimiento que no puedo darme el lujo de rechazar.
Nunca había hecho tal promesa, apenas habían tenido tiempo de intercambiar un par de palabras desde que Tendo se incorporó al grupo la mañana anterior, pero esa excusa fue suficiente para que Hoshimi retrocediera un par de pasos, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz.
—Bueno, es entendible que desees estar al tanto de cada detalle, Tendo-san, pero si Isurugi-san no se siente bien…
—Entonces me encargaré de llevarla personalmente a la enfermería. —Buscó su mirada, insistente—. Créame, puedo hacerlo, lo quiera o no.
Sonrió, y aunque el gesto convenció a sus compañeras, a ella le evocó extraños recuerdos que no quería revivir.
Las chicas, una vez convencidas, tomaron sus pertenencias y se despidieron, abandonando el salón de clases en dirección al comedor. Futaba las siguió atentamente con la mirada, y cuando estuvo segura de que no volverían, caminó hasta Maya y tomó una de las toallas para sí.
—Te debo una —le dijo, y su repentino ánimo arrancó una sonrisa genuina del rostro de la consigliere.
—Si me regala su postre del día de hoy estaremos a mano, Isurugi-san.
Entonces ambas abandonaron la habitación, hombro con hombro, girando en dirección opuesta a sus compañeras para dar inicio al que poco a poco se estaba convirtiendo en su recorrido habitual.
—¿También entrenará hoy?
Futaba la observó con interés. Desde cierta perspectiva, Maya era el vivo ejemplo de una loba disfrazada de oveja: traía una sudadera deportiva igual a la suya, una camiseta que se le pegaba al cuerpo por el sudor y unos pantalones cortos que dejaban ver unas piernas largas y fuertes.
—¿Qué otra opción me queda? —cuestionó, a lo que Tendo respondió enumerando las posibilidades con sus dedos.
—Volver al dormitorio, ir a la enfermería como sugirieron las chicas o, si le es más cómodo, dejarse curar las heridas de una buena vez.
—¡Te dije que estoy bien! —Giró uno de sus hombros para demostrarlo, pero le ardió tanto que se mordió la lengua para no gritar—. Bueno, puede que aún me duela un poco…
—Entiendo que no es agradable que una persona como yo se entrometa en sus asuntos, pero Hanayagi-san me ordenó protegerla, así que si siente cualquier clase de incomodidad no dude en decírmelo, ¿de acuerdo?
—Claro, claro, lo tendré en cuenta.
Luego de eso ninguna dijo nada más, por lo que continuaron caminando en medio de un silencio pesado y profundo, mismo que se encargó de guiar sus pensamientos a ese lugar al que no quería regresar: a la oscuridad y al bosque, a la sutil línea roja que llevaba dibujada en la mejilla derecha y que había hecho pasar por un simple raspón.
En ese día en particular, lo menos que Futaba necesitaba era silencio.
—¿Cómo está Kaoruko? —preguntó, aferrándose al sonido de su propia voz.
Para su sorpresa, Maya lo meditó unos momentos antes de responder.
—Físicamente está mejor que nunca —contó— pero la noté un tanto preocupada cuando abandoné nuestra base.
—Sigue pensando en lo ocurrido, ¿no?
—Me sorprendería que no lo hiciera. —Quizá sus palabras gatillaron alguna reacción de la que no se percató, pues cuando alzó la mirada Maya se estaba mordiendo el labio inferior, evitando encararla a toda costa—. Yo... Lamento que las cosas hayan escalado de esa manera... Subestimamos a nuestro enemigo, y ese es el peor error que pudimos cometer.
Futaba negó con la cabeza.
—Lo entiendo —dijo con una sonrisa desganada, palpando sin darse cuenta su nueva cicatriz—. Sé que hacen todo lo que pueden y se los agradezco, es solo que...
—¿Está asustada?
—¿Asustada? —repitió entre risas, luchando para que no se le quebrara la voz—. Estoy aterrorizada, Tendo. Siento tanto miedo que esa mujer es lo único que veo al cerrar los ojos.
Maya la miró con cautela.
—Minase Suzu está siendo vigilada día y noche, Isurugi-san. Hanayagi-san no permitirá que vuelva a hacerle daño.
—Pero hay más como ella, ¿no?
—Sí, pero...
—¿Pueden garantizarme que no vendrán tras de mí? ¿Puedes mirarme a los ojos y prometerme que estaré a salvo?
Ante eso, la consejera guardó silencio. Futaba esperó una respuesta, la que fuera, pero cuando comprendió que no la obtendría soltó un suspiro cansado, tembloroso, regresando la mirada al largo camino que quedaba por recorrer.
—Eso imaginé…
Eventualmente el corredor frente a ellas fue reemplazado por un pasillo al aire libre, mismo que conectaba con el auditorio y ofrecía una vista panorámica de todas las cosas que Uminomori tenía para ofrecer: una modesta cancha de soccer, unas cuantas máquinas expendedoras junto a las que algunas chicas de su clase pasaban el rato y una extraordinaria vista al mar.
También podía ver su destino desde ahí: un edificio viejo y apartado del resto, de techo abovedado y ventanas altas que no dejaban entrar la luz.
—Estar asustada no tiene nada de malo, Isurugi-san —dijo Maya con voz firme y segura, rompiendo el silencio—. Tener miedo a morir, miedo a perder a los que amamos... Es parte de nosotros, tal como es vivir.
—Eso no hace que deje de ser frustrante.
—¿Frustrante?
Futaba asintió.
—Toda mi vida me he considerado fuerte, ¿sabes? al menos un poco más que los demás —contó, mirando sus propios pies con impotencia—. Siempre me creí capaz de lograr lo que fuera, de mover montañas con las manos, pero nunca me había detenido a pensar en lo insignificante que realmente soy.
—Usted no es insignificante.
—¿Entonces cómo lo llamas? Solo fui un estorbo para todos, e incluso Kaoruko se puso en peligro por mí. —Ante esto, los labios de la consigliere se curvaron ligeramente hacia arriba—. ¿Qué de todo esto te parece gracioso, Tendo?
—Nada, se lo aseguro —aclaró su compañera para apaciguar su ira—. Solo me resulta fascinante que se preocupe tanto por Hanayagi-san cuando ella estaba tan orgullosa de usted.
—¿Eh?
Futaba se detuvo, petrificada, observando con el corazón en un puño como Maya la pasaba de largo.
—¡E-Espera, Tendo! —pidió, trotando torpemente tras ella—. ¿Qué quieres decir con eso de orgullosa? —La aludida no respondió—. ¡Tendo!
—Eso mismo.
—¿P-Pero por qué lo dices?
—Porque es la verdad. —La consejera la miró por encima del hombro, sin detenerse—. Esa noche no dejó de hablar de usted ni un segundo, de lo determinada que había sido y de su fantástica forma de pelear. Estaba maravillada.
—Bromeas.
—Esta vez no.
—¡Pero no hay forma de que...! —La mano de Maya se posó sobre su hombro, callándola al instante—. Tendo...
—Puede que parezca frágil a simple vista, Isurugi-san, pero Hanayagi-san lleva años siendo la cabeza de nuestro Clan. Ha visto y ha hecho caer «familias» enteras de la noche a la mañana, y si existe alguien capaz de reconocer el valor cuando lo ve, esa es ella.
Futaba, inquieta, bajó la mirada.
—No hay nada de valor en mí...
—Dígaselo a ella. Como sabrá, contradecirla no es tarea fácil. —La consejera le sonrió, y por un instante Futaba se atrevió a devolver la sonrisa—. Ella cree en usted, en lo que lleva aquí dentro, y ya va siendo hora de que usted comience a hacer lo mismo.
Su dedo índice se hundió sobre su pecho, justo por encima de su corazón, y cuando se percató de la intensidad de sus latidos Futaba sintió un nudo en la garganta.
Tendo Maya nunca fue la primera persona con la que se imaginaba compartiendo un momento así de íntimo; era un misterio, un libro imposible de leer. Sin embargo, en ese instante su cercanía se sintió como un bálsamo sobre una herida abierta, como un empujoncito que podría ayudarla a sanar.
En esa ocasión las palabras de Maya se sintieron como las de una amiga.
—Supongo que no hay remedio —dijo en un murmullo, tratando de ocultar la sonrisa sincera que amenazaba con ocupar sus labios—. Dado que no me podré librar de ustedes ni aunque lo intente, no me queda de otra más que acostumbrarme a su extraño modo de vivir.
Maya rió con ganas, con el mismo timbre burlón que tenía cuando la conoció.
—Me alegra que por fin lleguemos a un entendimiento mutuo, Isurugi-san... ¿O le gustaría que la llamara Hanayagi-san a partir de ahora?
Futaba golpeó su hombro con fuerza.
—¡Deja de fastidiar!
Pero pese a la hosquedad de sus palabras, ambas continuaron su camino a su propio ritmo, enfrascadas en una amena charla que tenía que ver más con las desventuras de una Chica de Escenario que con eso que llevaba días atormentándola, por lo que ninguna se percató de lo cerca que estaba el edificio hasta que lo tuvieron frente a ellas, alzándose tras una pesada puerta doble que no ocultaba nada más que oscuridad.
—Llegamos —señaló Futaba disimulando la decepción en su voz, escalando de uno a uno los peldaños del pórtico como si no desease alcanzar la cima—. Supongo que me tomarás la palabra con lo del postre, ¿no?
Para su sorpresa, Tendo Maya negó.
—Temo que ese bocadillo deberá esperar por mí —respondió con actitud sombría—. Dado que nuestras amigas estarán en el comedor, aprovecharé la oportunidad para tomar una ducha rápida.
—¿Una ducha? —cuestionó incrédula—. ¡Por favor! Eres como un barril sin fondo, Tendo, no me digas que dejarás pasar el almuerzo solo por un baño.
—¿Barril…? —Maya arrugó el rostro, pero se aclaró la garganta antes de que su indignación saliera a la luz—. Para su información, Isurugi-san, una buena alimentación ayuda a tener un desempeño óptimo en sus actividades diarias.
—Y también ayuda a que seas, en efecto, un barril sin fondo.
—Bueno, si va a tener esa actitud no hay nada que hacer. —Tendo le obsequió una reverencia rígida, giró sobre sus talones y comenzó a deshacer el camino que recién acababa de recorrer—. De todos modos le traeré algo de comer en cuanto termine.
—¿Eh? ¿Te irás así como así? —preguntó con torpeza—. ¿Acaso no vas…?
—Si necesita algo puede hacer una señal al bosque y una de mis chicas acudirá corriendo —explicó la consigliere antes de que pudiera terminar, señalando ese punto del horizonte en el que la espesura de los árboles obstruía la luz—. Siempre hay una patrulla en el área, así que no hay nada que temer.
—¿Patrulla? —de pronto se sintió un poco mareada—. ¿De cuántas personas estamos hablando exactamente?
—Suficientes para que siempre haya una cerca de usted. —Maya se despidió con la mano, alejándose—. Con su permiso, este barril sin fondo debe irse. La última vez que coincidí con alguien dentro del cuarto de baño terminé trabajando para una nueva «familia».
—Ah, claro… Espera… ¿Qué?
—Si me disculpa.
Y, tal como lo hizo con sus compañeras de clase, Futaba la observó hasta que se perdió a lo lejos, luchando contra el poderoso impulso de pedirle -suplicarle de ser necesario- que se quedara con ella al menos por esa ocasión.
—No seas ridícula…
Abrió la puerta del edificio y se escabulló dentro, dedicándole una mirada cautelosa al bosque y a los misterios que se escondían en su interior.
Al final, una de las muchas cosas que le dijo a su ahora amiga era verdad: de una forma u otra tendría que acostumbrarse a ese estilo de vida.
—Estoy de vuelta —saludó en cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, y el eco de su voz le dio la bienvenida.
De vuelta… Vuelta… Vuelta…
Buscó el interruptor a tientas, encendiendo una por una las inmensas lámparas amarillas que se balanceaban en lo alto del techo, parpadeó para acostumbrar sus ojos a la luz y dejó sus pertenencias en el suelo, sin cuidado.
—Bien, es hora…
Giró sus hombros una vez, luego otra y otra, sintiendo los nudos en sus músculos deshaciéndose uno por uno, tomó asiento y comenzó sus flexiones, calentando con entusiasmo en aquella solitaria cancha de basquetbol, entre gradas vacías y equipo deportivo que nadie se había tomado la molestia de volver a guardar.
En un lugar lleno de sofisticados estudios equipados para la música y el baile, un gimnasio viejo como ese se había quedado en el olvido. La propia Futaba lo descubrió por accidente mientras buscaba un lugar tranquilo para pensar, y no pudo evitar encontrar cierto alivio en sus colchonetas roídas, sus gradas vacías y el suave rechinido de la madera bajo sus pies; un lugar olvidado en el tiempo, justo como ella.
—Creo que eso bastará…
Tenía las piernas tensas, cansadas como pocas veces en su vida, pero tras un largo suspiro se sintió con la fortaleza suficiente para comenzar a trotar. Al inicio su andar era lento, entorpecido por las pequeñas punzadas que subían por su tobillo hasta su esternón, pero conforme consiguió regular su respiración fue capaz de llegar a un ritmo constante.
"Más fuerte".
Se sacó la chaqueta en la segunda vuelta, limpiándose el sudor con ella antes de arrojarla a algún lugar entre las gradas. El sonido de sus jadeos ahora rivalizaba con el de sus propias pisadas, ayudándola a dirigir sus pensamientos a una sola dirección:
"Más fuerte, más y más fuerte".
Se moría de hambre, pero logró superar la sensación de vacío en el estómago para mantener su ímpetu, y cuando completó la segunda vuelta Futaba sintió que no podía parar.
"Debo ser más fuerte", pensó para sí, rechinando los dientes con furia. "Si quiero seguirla, debo fortalecerme más".
Y no fue hasta finalizar su veinteava vuelta cuando detuvo su andar por completo, apoyándose sobre sus rodillas para recuperar el aliento.
—Un buen inicio —se felicitó, sacudiéndose el sudor del cabello antes de dirigir a la bodega que resguardada el aditamento que necesitaría para continuar su rutina, deslizando su puerta corrediza con un rechinido mientras sus manos se sumergían entre equipo viejo y uniformes escolares llenos de polvo y suciedad.
Además de la cicatriz junto a sus labios, los rasguños sobre sus manos y la abrumadora cantidad de hematomas que le cubrían la piel, su pequeña escapada del lunes le había traído innumerables problemas. Su primer dolor de cabeza fue Claudine, quien no tardó ni un minuto en hostigarla a preguntas sobre lo ocurrido, le siguió Junna, que por poco se desmaya al verla, y por último Karen, quien teorizó que la causa de sus múltiples heridas había sido una pelea a puño limpio con un oso negro.
Sin embargo, cuando la noticia llegó a los oídos de su profesora, las cosas escalaron a un punto alarmante.
—No sé qué pasa últimamente contigo, Isurugi —recordó decir a Sakuragi-sensei cuando la llamó a su oficina esa noche, observándola desde su escritorio con gesto severo— pero si vuelvo a verte deambulando con esa cosa en las manos no volverás a verla hasta que regresemos a Tokio… Y puede que ni así.
¿Había sido una amenaza? Quizá.
¿Se había sentido inclinada a usar las influencias de su novia para solucionar el problema? Tal vez.
Pero en su lugar optó por una opción más segura, una que la obligaba a buscar entre una pila de balones sin aire y una decena de conos de tráfico.
—¡Aquí estás! —exclamó en voz alta cuando finalmente encontró su tesoro, alzándola entre sus manos con cuidado y cariño—. No te preocupes, ni loca dejaré que te confisquen… Por más rota que estés…
La madera estaba maltrecha, astillada en donde los golpes de Minase acertaron con fuerza y ferocidad, y aunque hizo todo lo que estaba a su alcance para reparar el daño, las cicatrices seguían ahí, tanto en el material como en ella.
—No pienses en eso…
El bosque. La oscuridad. Las sombras que la persiguieron hasta que abandonó el almacén con la espada en sus manos, colocándose en el centro del que se había convertido en su propio escenario para drenar toda esa frustración de una vez por todas.
—Posición Cero —murmuró, observando la marca que ella misma había hecho en el suelo con dos trozos de cinta adhesiva, preparó sus músculos y, sin más ceremonia que su propia fuerza, comenzó la última parte de su rutina—. ¡Estudiante número dos, Isurugi Futaba, lista para comenzar!
Su espada cortó el aire ferozmente, emitiendo un silbido agudo que le perforó los tímpanos. Estaba llena de odio. Odiaba ser el eslabón débil de una cadena de la que no quería formar parte, odiaba sentir su orgullo astillado y roto como su espada, y como el arma que Kaoruko dejó caer a sus pies esa noche; balas inútiles entre hojas secas y musgo.
Estuvo a punto de morir, de perderlo todo, pero aún así la abrazó con fuerza cuando todo terminó, uniendo sus siluetas bajo la luz de la luna.
Gruñó, colocando un poco más de fuerza sobre sus golpes. Recordó su calor, el sutil roce de sus labios cuando se apoderó de todo su ser, atrapando su cintura con tanto amor que no logró ponerlo en palabras.
Sus ojos eran los mismos que vio en lo alto de la Torre de Tokio, tan brillantes y sinceros, con tanto que decir y hacer.
Otro tajo cortó el aire, tan poderoso que se llevó una parte de su alma consigo. No iba a esconderse detrás de ella por siempre, sintiendo como esa debilidad se convertía en un obstáculo que no dejaría florecer eso que ambas sembraron juntas. Al final, si quería sobrellevar esa situación, si en verdad deseaba mantener esa relación a flote, tenía que cuidarse por sí misma.
Tenía que pararse a su lado, o si no...
—No está mal.
Una voz desconocida hizo eco dentro del edificio, haciendo que la espada resbalara de sus dedos para girar en el aire, aterrizando a los pies de la mujer misteriosa como una ofrenda silenciosa que ella aceptó con una sonrisa.
¿Cuándo abrió la puerta? ¿Cuánto tiempo llevaba observándola? Futaba no tenía ni idea.
—¿Quién...?
Nunca la había visto, al menos no en todo el tiempo que llevaba en Uminomori. Tenía el cabello negro e inmensamente largo, ropaje impecable y unos ojos que, incluso a su mediana edad, reflejaban tenacidad. Parecía un producto de sus pesadillas.
—Impresionante —le dijo con voz suave y aterciopelada, tan taimada como una pieza de jazz—. Tienes mucho talento, pero te falta seguridad.
La vio girar el objeto entre sus dedos, tan hábilmente que le recordó a Mahiru y a su extraordinario dominio sobre el batón.
—Muy buena espada, de roble rojo de la mejor calidad —continuó, tomando el bokken por la hoja para tender el mango hacia ella—. Pero si no aprendes a usarla te será igual de útil que una rama.
Le sonreía, paciente, pero había algo en ella que la hizo retroceder. Algo que hizo que las alarmas dentro de su cabeza se encendieran de una a una.
"Nadie viene aquí, menos a esta hora", le susurró su consciencia, y por un segundo le pareció que su voz era idéntica a la de Kaoruko. "No bajes la guardia".
Y no lo hizo. Se acercó a ella lentamente, agazapada, buscando una forma de escapar. Por un instante recordó la obra para la que estaban ensayando, y no pudo evitar sentir empatía con el ama de llaves que interpretaba.
—Gracias —dijo con cautela, sin perderla de vista ni un segundo—. Ahora dígame, por favor, ¿quién es usted?
Calma, mucha calma, como si no estuviese a punto de echarse a correr.
—¿Yo? —cuestionó la mujer de vuelta, sonriendo ampliamente—. Soy la encargada de dar mantenimiento a este sitio, aunque nadie había mostrado interés en él más que tú.
Normal, una excusa sin pretensiones; de no tener la voz de Kaoruko susurrando a su oído habría confiado en ella en un santiamén.
"Toma la espada rápido y vete". Su voz era gruesa, cavernosa, y por un segundo sintió el fantasma de sus manos posarse sobre sus hombros. "Corre al bosque, de prisa".
El bosque, no quería pensar en el bosque, pero la voz tenía razón. Además de todos sus miedos, en ese lugar encontraría a alguien capaz de protegerla.
"Toma la espada y vete. ¡Ahora!"
Rozó la madera con los dedos, sintiendo el cabello de su nuca erizándose como el pelaje de un animal, pero cuando su mano se cerró a su alrededor, la mujer atrapó su muñeca con tanta fuerza que la hizo gritar.
—Tienes el brazo lastimado, ¿no es así?
Perdió el aliento. En un instante todos sus intentos por olvidar se derrumbaron como una torre de naipes, y las imágenes de su enfrentamiento regresaron a atormentarla una vez más: la oscuridad, el miedo, el filo del cuchillo sobre su rostro. Quería gritar, correr, pero estaba tan asustada que sus piernas no respondieron.
—T-Tuve una pelea hace un par de días, nada más.
La vio examinar su brazo, deslizando las frías yemas de sus dedos a través de su piel, sobre uno de los muchos moretones negruzcos que la cubrían como pintura a un lienzo en blanco.
—¿Una pelea? Tal parece que te hicieron pedazos.
No pudo contradecirla, ni siquiera tuvo el valor de responder. Esperó en silencio, temblando, hasta que la mujer misteriosa sació su curiosidad y la soltó, dejando que se quedara con el arma.
—Ya veo…
Cerró la puerta y se adentro al gimnasio, permitiendo a sus ojos perderse entre paredes desiertas y gradas vacías, hasta que se detuvieron sobre la marca que ella misma había hecho. Su Posición Cero.
—Adelante —invitó con arrogancia, a lo que Futaba no supo cómo responder.
—¿Disculpe?
No podía ver su rostro, no cuando le daba la espalda, pero su voz fue tan poderosa que regresó amplificada a sus oídos en un eco infinito.
—Ven aquí —repitió, girándose para verla a los ojos—. Ven y atacame con todas tus fuerzas.
Aquello despertó en su interior una mezcla de confusión y miedo.
—¡No! —exclamó en un grito tembloroso, retrocediendo a trompicones mientras se aferraba a su espada—. No atacaré a un oponente desarmado, eso es…
—¿Injusto?
Futaba alzó la mirada, y cuando lo hizo se encontró con una enorme sonrisa. Se estaba burlando de ella, como todos.
—¡Cuando se trata de combate escénico no hay nadie como yo! —exclamó, fuerte y claro como si se encontrase a mitad de un recital—. Sé que eso es lo que pasa por tu cabeza, y puede que dentro de la escuela tengas razón, pero comparada conmigo no eres nadie.
Bajó la mirada otra vez, observando como la madera temblaba entre sus manos. No era nadie. Nadie.
—¿Estás frustrada? Si es así entonces deja atrás ese miedo e intenta derribarme, jovencita.
"No la escuches", rugió Kaoruko a su oído, con su voz debilitándose un poco más con cada segundo. "Corre y escóndete".
Podía hacerlo: la puerta estaba abierta de par en par, y por más veloz que resultase su rival, nunca la alcanzaría antes de que las tropas de los Hanayagi acudieran a su auxilio.
Pero no lo hizo.
Se secó las manos en su camiseta, tomó un par de respiraciones profundas y, casi sin pensarlo, se colocó en posición, con la mandíbula tan tensa que amenazaba con romperse, y cuando su conciencia volvió a hablarle, se dio cuenta de que poseía su propia voz.
"¡No puedes huir!"
Entonces, en un instante tan fugaz como un parpadeo, Futaba tomó una decisión: arremetió contra ella, lanzando golpes hábiles mientras rezaba para que alguno de ellos limpiara el temor que había echado raíces al interior de su pecho.
Sin embargo, aunque su determinación era palpable y sus acciones inesperadas, ninguno de sus ataques dio en el blanco.
¿Era ella? ¿Acaso el cansancio la estaba volviendo lenta? No, era esa extraña mujer quien esquivaba cada uno de sus movimientos con la soltura de una bailarina de ballet, en medio de una coreografía para la que ella no había ensayado. Desvió su espada con las manos desnudas, una y otra vez, atacó con un rápido pero certero rodillazo en el pecho y la hizo retroceder.
Y todo ese tiempo, su sonrisa se mantuvo ahí, inamovible.
"Maldita sea…"
Futaba giró sobre sí misma, lanzando un nuevo golpe que tal como los anteriores fue atrapado en el aire como si no fuera nada, creando la apertura perfecta para que su oponente golpeara sus nudillos y se apoderara de su espada por segunda vez, enviándola lejos con un golpe a mano abierta sobre el pecho.
—¿Es todo lo que tienes?
La esperó de cuclillas, observándola como si se alimentara de su confusión, divertida, con una expresión que le recordó tanto a la de Minase Suzu que le dio náuseas.
—¡Maldita sea!
Debía borrarla, debía deshacerse de esa sonrisa antes de que la hiciera enloquecer. Atacó a puño limpio, en un gancho que fue neutralizado al instante cuando la mujer la sometió contra el suelo, de rodillas, con su brazo herido doblado dolorosamente hacia atrás.
—Es demasiado fuerte…
Aún podía gritar, suplicar que su voz fuera escuchada, pero el dolor se hizo tan intenso que le impidió pensar con claridad.
—Todos nacemos encadenados, jovencita —dijo la mujer a su oído con una voz que la hizo imaginarse una golosina empapada de veneno—. ¡No vas a llegar a ninguna parte a menos que luches por ti misma!
La liberó, dándole una última oportunidad para remontar, para enfrentarla con el puño en alto pero, en un parpadeo, todo terminó.
Un golpe. Un único golpe con el mango de su propia arma hizo que se doblara hacia adelante como una marioneta, perdiendo el aire y cayendo patéticamente al suelo. En un solo golpe, Futaba volvió a perderlo todo.
—Simplemente… —la mujer lanzó la espada con desdén, justo frente a ella— …Eres un gran pez en un pequeño estanque.
Se incorporó débilmente, respirando con dificultad, robando una mirada al objeto en el que había colocado todas sus esperanzas, el mismo que ahora yacía resquebrajado y roto, tal como ella.
—¿Por qué...?
Había ocurrido otra vez, lo mismo que en el bosque, y cuando su puño azotó el suelo, Futaba sintió ganas de llorar.
—¡¿POR QUÉ SOY TAN DÉBIL?!
Se encogió en sí misma, hecha ovillo. No podía dejar que nadie la viera así, no con esos ojos llenos de derrota. Su mirada se nubló, y sus uñas se clavaron al suelo con tanta fuerza que temió que los tablones de madera fueran a desprenderse.
—¿Sabes? Sé cómo te sientes. —La desconocida se acercó con andar felino hasta que sus lustroso zapatos negros estuvieron frente a ella—. Yo era como tú, creía que era la persona más fuerte del mundo hasta que salí de Seisho y descubrí que no era nada para nadie.
Se inclinó junto a ella, cubriéndola con su sombra inmensa, y solo en ese momento Futaba se atrevió a buscar su mirada una vez más.
—Pero eres fuerte y hábil, y por eso tengo una propuesta para ti.
—¿Propuesta? —preguntó débilmente, y cuando sus ojos se cruzaron, vio en ellos algo que conocía a la perfección. Un brillo intenso que había visto muchas veces antes en los ojos de Kaoruko.
Ambición.
—¡Ven a mí! —ordenó poniéndose en pie de un salto, retándola con un gesto amplio con los brazos—. Atacame con todas tus fuerzas, ¡déjame sacarte de ese mediocre estanque!
Su voz se convirtió en un rugido, uno que despertó algo en su pecho que poco tenía que ver con el terror. Era una chispa, una llama en medio de un bosque seco, algo que la hizo recuperar su arma con ansias.
Su espada. Su amada espada. Ese regalo que Kaoruko le había dado cuando no era más que una desconocida luchando para llamar su atención, y ahora que el vínculo que compartían estaba floreciendo como los cerezos, la utilizaría para demostrarle su valor.
Caminaría a su lado, lucharía por ella y le daría una verdadera razón para sentirse orgullosa.
—¡Sí!
Y con esa nueva determinación dentro de su pecho, intentó otra vez, olvidándose de todo lo acontecido aquella noche, del bosque y de aquella cazarrecompensas de cabello color olivo que se había convertido en su pesadilla, la misma que en ese momento luchaba por su vida en algún lugar a la orilla del mar, con las manos atadas tras la espalda y los ojos inmisericordes de su captora observándola desde la playa.
—Sumérjanla un poco más.
La vio salir a la superficie segundos antes de que unas manos enguantadas la hundieran bruscamente, sujetando su cabeza para mantenerla bajo el agua. La mañana seguía su curso, y aunque el sol otoñal se debilitaba un poco más con el paso de los días, emanaba el suficiente calor para dar a los visitantes de esa solitaria playa un poco de paz.
—Esto es un fastidio —murmuró Kaoruko estirándose sobre su silla, alternando su mirada entre la pantalla de su tableta y lo que ocurría en el mar.
¿Cómo podía pasar un agradable día en la playa cuando tenía tanto trabajo por hacer? Ordenó a sus chicas despejar el área para ella desde muy temprano, y aunque hicieron un gran trabajo enviando a los turistas inoportunos a sus casas, no pudieron hacer nada ante la montaña de papeleo que la esperaba dentro de su correo electrónico, todo cortesía de Tomoe Tamao.
—Maldita sea —gruñó con desdén, dando una calada larga a su kiseru mientras veía sin ver uno de los más de veinte currículos que estaban pendientes por revisar. Había pasado más de un mes desde la última vez que un verdadero cigarrillo tocó sus labios, por lo que sentir el poderoso sabor del tabaco sobre su lengua la ayudó a pensar con claridad—. Le ordené a mí querida sottocapo que se hiciera cargo de mis negocios en mi ausencia, pero lo único que hizo fue enviarme toda la maldita información.
El dispositivo, demasiado costoso para llevarse a la playa, reproducía la audición de una chica para el papel de Ofelia en su versión de Hamlet. Era muy hermosa, y aunque en otro tiempo habría dado lo que fuera para acostarse con ella, en ese momento no le despertó ni el más mínimo interés.
—Esto es difícil, ¿sabes? —dijo en voz lo suficientemente alta para ser escuchada por la mujer retorciéndose entre las olas—. Ahora mismo podría estar disfrutando mis días de vacaciones como es debido, pero en su lugar debo hacerme cargo de todos estos deberes... Y de ti...
Sus guardaespaldas tomaron a su prisionera por los hombros, alzándola hasta que su rostro quedó completamente fuera del agua. Estaba pálida, y el suave tiritar en sus hombros le indicó a Kaoruko que, con ese clima, sería muy mala idea darse un chapuzón.
—Mi trabajo es más difícil de lo que todos creen —le contó, haciendo a un lado su tableta y, por consiguiente, sus deberes—. Tengo reuniones con mis talentos todos los días, a primera hora, luego paso buena parte de mi tarde revisando una montaña de papeles inútiles y por las noches me encargo de todo lo demás. Ya sabes, eso que te involucra a ti y a los tuyos.
Sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos.
—Antes era más tolerable, por supuesto. Había montones de chicas con las que podía desahogar toda esa frustración cada noche, pero desde que mi noble corazón tiene dueña muchas cosas han cambiado para mí.
Olas con tinte carmesí regresaron a la costa, y ella las siguió con la mirada sin mucho interés.
—Mi amada Futaba-han… —suspiró, sonriendo—. ¿Sabías que es actriz? Por supuesto que lo sabías. Algún día su nombre estará en cada marquesina de la ciudad... Ah, si tan solo estuviera aquí... Hasta compré este adorable bikini solo para sus ojos…
Abanicó el espacio entre sus pechos, justo por donde descendía una discreta gota de sudor. Su bañador era negro, con altos en color rojo que hacían resaltar un cuerpo esbelto y hermosamente esculpido por el entrenamiento constante. De no ser por el dragón de jade enroscándose por encima de sus curvas, sobre un campo de flores, habría pasado por una modelo.
—Pero dado que el amor de mi vida está muy ocupada con sus deberes, tendré que conformarme con tu compañía…
Chasqueó los dedos y sus chicas salieron del agua, arrastrando el cuerpo debilitado de su víctima sobre la arena hasta dejarla caer a sus pies.
—…Minase-han.
Minase Suzu, la Tormenta Azul, se irguió con dificultad, tosiendo escandalosamente para expulsar el agua que había entrado a sus pulmones. Tenía la ropa desgarrada, el cabello lleno de arena y las muñecas magulladas sangrando bajo las ataduras con la esperanza de liberarse.
—Es horrible, ¿no? —Kaoruko se inclinó hacia adelante, reemplazando su tono juguetón por un peligroso siseo viperino—. Sentir como el agua entra a tus pulmones, como la sal de mar desgarra tu tráquea desde dentro, como cada respiro resulta tan doloroso que sientes que vas a enloquecer.
Una de sus chicas dio un puntapié en el hombro de Minase, haciéndola girar hasta quedar de espaldas en la arena.
—No te diré nada… —dijo Suzu a duras penas, al mismo tiempo que un delgado hilo de sangre bajaba por su nariz—. ¿Me oíste? Nada.
Kaoruko ladeó el rostro.
—Ah, ¿no?
Otro chasquido y una poderosa patada se estrelló contra su mejilla, haciéndola rodar a su costado mientras ese mismo hilo rojo se convertía en un torrente.
—Vamos, Minase-han, las dos merecemos un descanso. —Kaoruko cruzó una pierna sobre la otra en una mezcla de elegancia y sensualidad—. Lo único que pido es un nombre. Uno. ¿Realmente es tan difícil echar de cabeza a alguien que no ha dado una mierda por ti?
—No digas tonterías…
—Abre los ojos. Tus compañeras te han dado por muerta.
—¡No es cierto! —Su grito brotó como un silbido ahogado, gorgoteante y débil—. No me han abandonado, ¡mi sensei nunca…!
—¿Sensei?
Los ojos de su presa se abrieron de par en par, como si acabara de darse cuenta de lo que acababa de hacer. Kaoruko sonrió, complacida, lista para llevar ese jugueteo hasta el final.
—¿Acaso hablaste de más, cariño?
Suzu gruñó, irritada.
—Solo mátame y terminemos con esto…
—¡Pero nos estamos divirtiendo! O como mínimo mis chicas están pasando un buen rato usándote como pelota de playa. —Se puso en pie, rodeando a su víctima como un buitre, con la pesada pipa deslizándose entre sus dedos con destreza y la fuerza de sus guardias a su alrededor—. ¿Sabes, Minase-han? Me agradas, así que si me cuentas un poco más de esa sensei de la que tanto hablas te invitaré algo de beber.
No respondió, ni siquiera le dirigió la mirada, pero su lengua delineó sus labios inconscientemente. Estaba llegando a su límite.
—¿Qué prefieres? ¿Whisky? ¿Tal vez una cerveza?
—¡No voy a hablar!
—Vamos, será nuestro pequeño secreto. —Se inclinó frente a ella, acariciando su rostro con algo muy similar al cariño—. De igual forma pretendo destruirlas a todas en cuanto caigan en mis manos…
Suzu se lanzó hacia ella, lista para atacar como un perro furioso a punto de morder, pero Kaoruko fue más rápida; la esquivó en un segundo, en una vuelta tan grácil que parecía un paso de baile.
—¡No eres rival para ella!
—Si no lo fuera, no estarías aquí, sola y miserable como un animal. —Sus dedos se hundieron sobre sus mejillas, haciendo brotar tanta sangre de sus labios que esta empapó sus manos—. Dime quién es esa mujer y qué es lo que quiere conmigo.
—Quítame las manos de encima.
Un poco más de presión.
—¡Habla!
—Ella es nuestra mentora —respondió por fin, mirándola directo a los ojos—. Ella nos rescató y nos convirtió en lo que somos.
—Estupendo, las convirtió en ratas.
—¡No sabes nada!
—¿Eso crees?
La pipa giró entre sus dedos, aún humeante por el tabaco en su interior. Era pesada, de oro macizo que se tiñó de rojo cuando la utilizó para golpear el rostro de Minase una y otra vez.
—¡¿Crees que no sé nada?! —escupió con desprecio, golpeando tan ferozmente que la sangre empapó su sien, sus pómulos y su mentón—. Sé que todo comenzó en ese bar de Ikebukuro, sé que ustedes enviaron a esos motociclistas para hacerle quién-sabe-qué a mi novia y sé con seguridad que fue un pez gordo el que las metió en esto.
Dio un último golpe, soltando su ropa para dejar que cayera sobre la arena, jadeando y sangrando, luchando para incorporarse y fallando en el intento.
—Pudieron matarla, pudieron dispararle a traición desde el primer momento, pero lo único que están haciendo es cazarla como si fuera un animal. —Kaoruko tomó lo que en otro tiempo solía ser una corbata color verde, tirando de ella para ver los ojos de Minase una última vez—. Futaba es mía, ¿entiendes? Y no voy a permitir que la sigan atormentando de esa manera frente a mis narices, ¡así que dime quién diablos las contrató o volverás al agua hasta que te salgan aletas!
Las manchas rojizas sobre su rostro le daban el aspecto de una leona, pero Suzu sostuvo su mirada hasta el final, tan impertinente como la primera vez.
—Solo son negocios, anesan. Ustedes son nuestra mercancía.
Sin embargo, pese a lo esperado, el gangster esbozó una sonrisa fría, amarga y salvaje, tan cruel que hizo que su prisionera se estremeciera hasta los huesos. Ahí, estando tan cerca, Hanayagi Kaoruko parecía un demonio.
—Te equivocas, niña —murmuró, limpiando sin cuidado la sangre ajena que había empapado su mentón—. Nosotras somos tu perdición.
Chasqueó los dedos una última vez, y sus guardias no tardaron ni un minuto en tomar a su prisionera para arrastrarla de vuelta al mar, tan débil que ni siquiera se molestó en resistirse.
—Si aún puede moverse para cuando termine de broncearme, ustedes serán las siguientes —amenazó a sus chicas desde la orilla, regresando la pipa a sus labios.
El misterio estaba ahí, esperando por ella, y era solo cuestión de tiempo antes de que encontrara aquella pieza que haría calzar las demás, permitiéndole llevar al hombre detrás de todo eso hasta la ruina.
"Futaba-han…"
Regresó a la comodidad de su silla, cerrando los ojos para calmar los primeros indicios de una migraña que se aproximaba, fantaseando con cortos mechones de cabello rojo deslizándose entre sus dedos y con un par de hermosos ojos de color violeta paseando sobre su ser. No podía descansar, no podía esconderse en la seguridad de un departamento rentado bajo un nombre falso cuando ella estaba en peligro.
Pero… ¿Por qué arriesgaba tanto por ella?
Futaba era sumamente hermosa, sí, pero había algo en ella que la hipnotizaba. La idea de una chica como ella luchando sola contra el mundo sin más que una espada de madera entre sus dedos era fascinante. Solo pensar en ella, en sus ojos brillando con determinación, le robaba el aliento.
Futaba se había convertido en su todo, y ya no había marcha atrás.
—La amo demasiado…
Sonrió, aspirando un poco de tabaco de la boquilla de su pipa. Quizá algún día esos hermosos sentimientos se convertirían en su ruina, pero mientras ese momento llegaba se encargaría de mantenerla a salvo, junto a ella, donde pudiera tomar sus manos entre las suyas y besar sus cálidos labios hasta no poder más.
Había encontrado una nueva oportunidad, e iba a protegerla a toda costa, de todo y de todos. Mientras ella respirara, nadie le pondría un dedo encima. Jamás.
—Eso es todo por hoy.
Aunque, en ese preciso momento, Futaba se encontraba recibiendo el último golpe de la tarde, mismo que la envió al suelo con un nuevo moretón naciendo bajo una camisa empapada de sudor.
—¡Gracias al cielo! —exclamó a mitad de un suspiro, con la respiración entrecortada y las mejillas rojas por el esfuerzo.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que comenzó a entrenar? Una hora, o dos tal vez, pero fueron las suficientes para que cada músculo de su cuerpo ardiera como si acabara de recibir una paliza.
"Me dieron una paliza", corrigió con una sonrisa irónica, observando como su oponente sacudía sus manos como si acabara de regresar de un paseo por el parque, con una única gota de sudor descendiendo por su sien.
—Buen trabajo —dijo la mujer, sentándose a su lado de piernas cruzadas—. Lamento si me excedí. Soy de la creencia de que se necesita un poco de castigo para aprender algo nuevo, pero entiendo que en ocasiones mis métodos son un poco drásticos.
Sus manos se perdieron en el interior de su abrigo, sacando de entre sus pliegues un paquete de galletas de chispas de chocolate. Futaba, sintiendo su estómago rugir como un tigre, aceptó tímidamente el obsequio.
—Muchas gracias —murmuró— y si le soy sincera, el inicio sí fue algo sorpresivo.
La mujer esbozó una media sonrisa, sin un rastro de culpa en su semblante.
—Una rival misteriosa que aparece de la nada para ponerte a prueba, ¿acaso no es la motivación perfecta para una verdadera Chica de Escenario?
—Solo si quiere provocarle un ataque al corazón antes de que se abra el telón…
—¡El mundo entero es un gran escenario, Futaba! —exclamó, dando unas amistosas y dolorosas palmadas en su espalda—. No importa el papel, siempre debes estar preparada para improvisar.
—¿Improvisar el papel de perdedora?
—Tú dime, ¿realmente quieres que ese sea tu papel?
Entonces, Futaba sonrió.
—No —dijo convencida, girándose para mirarla a los ojos—. La próxima vez seré yo quien la haga pedazos, sensei.
La mujer, complacida, asintió. No estaba burlándose de ella, y su expresión cínica había sido reemplazada por una llena de nostalgia, añoranza y necesidad.
—Sensei —repitió pensativa, saboreando la palabra sobre sus labios—. Ha pasado mucho tiempo desde que tuve una nueva aprendiz…
Parecía ilusionada, y su expresión la hizo esbozar una sonrisa sincera y relajada por primera vez en lo que iba del día.
—Buen provecho.
Futaba abrió el paquete de galletas con cuidado, llevándose una a la boca apenas tocaron sus dedos; tenía tanta hambre que ese pequeño bocadillo la llenó de energía.
Los brazos le dolían como nunca, sentía las piernas hechas gelatina y tenía tantos arañazos en el cuerpo que parecía como si realmente se hubiese caído de lo más alto de un roble, pero finalmente se sintió en paz. Incluso su espada lucía diferente: cada abolladura la hacía parecer más fuerte, y cada astilla suelta era un paso más cerca de su meta.
"Supongo que Karen tiene razón", pensó, conteniendo una pequeña sonrisa. "Una Chica de Escenario crece día con día".
—Futaba —la llamó su nueva mentora, y solo en ese momento se percató de que había estado mirándola fijamente—. ¿Te puedo preguntar algo?
Se apresuró a masticar, tomando un enorme trago a su botella de agua en cuanto sintió que estaba a punto de ahogarse.
—¿Qué cosa, sensei?
—¿Por qué quieres volverte fuerte?
La pregunta fue rápida, directa al punto, y tan inesperada que por un momento no se le ocurrió una respuesta. Dudó un momento y, tras pensarlo, respondió:
—Hay alguien a quien quiero proteger.
Una respuesta directa para una pregunta igual de directa, pero sintiendo esos penetrantes ojos negros encima suyo, no vio otra alternativa más que continuar.
—Esa persona cuida de mí todo el tiempo, sin importar cuantas veces le diga que no es necesario. Ella no entiende razones.
El rostro de Kaoruko se dibujó en su mente, idéntico al que vio esa noche en el bosque cuando se despidió de ella con una sonrisa llena de orgullo.
—Quiero que sea ella la que se apoye en mí —sus manos se convirtieron en puños, tan tensos que sintió sus nudillos arder—. Quiero aprender a valerme por mí misma.
Eso era todo lo que inundaba su corazón, y en todo ese tiempo esa excéntrica mujer permaneció observándola fijamente, en un profundo y reflexivo silencio.
—Estás muy enamorada, Futaba.
Sí antes se sintió a punto de ahogarse, en ese momento sintió que iba a morir.
—¡¿Eh?!
—De esa chica —aclaró la mujer—. Te gusta mucho, ¿no?
Por un momento pensó en negarlo, en dar las mismas excusas de siempre y abandonar el gimnasio, pero quizá por el cansancio o por la súbita tranquilidad en su corazón, lo único que hizo fue asentir.
—Un poco —aclaró, rascando su mejilla tímidamente—. Quiero decir, es hermosa y tiene un lado muy amable, pero la mayoría del tiempo es malcriada, egoísta, desconsiderada…
—Puedo sentir el amor, sin duda.
—¡Ni siquiera entiendo qué diablos es lo que me gusta de ella! —continuó dentro de su pequeño arranque emocional—. Es molesta, pero…
¿Pero…? ¿Pero qué? Lo preguntó para sus adentros, tomándose menos de un minuto para meditar antes de que la respuesta se presentara por sí sola en su cabeza. Estaba más que claro, era algo que llevaba días en su mente, y era una de las muchas razones por las que la derrota había pesado sobre sus hombros como una barra de plomo.
—Quiero permanecer a su lado —dijo al fin, y vocalizar esas palabras en voz alta hizo que sus sentimientos se asentaran en el interior de su pecho.
Al terminar, ambas guardaron silencio.
Estaba lista para cualquier cosa, incluso para que su nueva mentora se burlara de ella, pero lo único que hizo fue revolverle el cabello con mano firme, justo como lo haría una hermana mayor.
—Sí, te tiene loca —le dijo con una media sonrisa—. Ni en mi adolescencia estuve tan enamorada como tú, Futaba.
—Deje de jugar, por favor —pidió, aunque no pudo evitar corresponder la sonrisa; en ese momento se sentía de buen humor—. Además, eso quiere decir que usted tiene a alguien especial en mente, sensei.
La mujer ladeó la cabeza, pensativa.
—La tuve alguna vez —contó, llevando una mano a su barbilla—. Su nombre era Sawa, y era mi senpai durante mi tiempo en Seisho. Perdí contacto con ella luego de mi graduación.
—¿En serio?
—Sí —confirmó con tranquilidad, a la vez que sus recuerdos se perdían en tiempos mejores—. Teníamos objetivos distintos, y ella decidió seguir los suyos sin mirar atrás.
Futaba bajó la mirada.
—Lo lamento…
—No te preocupes, todo eso ya está en el pasado —respondió, mirándola de soslayo con ojos traviesos—. Mejor dime como se llama la afortunada.
—¿La que…?
—Tu novia, ¿cómo se llama?
—¡Nunca dije que fuera mi novia!
—Y tampoco lo negaste.
Su rostro se puso rojo hasta las orejas.
—Eso es por…
—¡Yo te dije el nombre de la mía! Lo menos que puedes hacer es hablar de la tuya.
Futaba frunció los labios, sintiendo la cara tan caliente que pudo haber cocinado algo sobre sus propias mejillas. ¿Cómo hizo para meterse en esa situación? Suficiente tenía con Karen como para agregar una curiosa más al plantel, fuera su profesora o no…
—Su nombre es…
Pero cuando se dio cuenta de lo que estuvo a punto de hacer, guardó silencio. ¿Estaría bien si decía su nombre? Incluso si no se trataba de una criminal -y vaya que lo era- Kaoruko gozaba de cierto renombre en el mundo del espectáculo, ¿qué pasaría si su identidad caía en malas manos?
—¿Y bien…?
Su profesora estaba esperando. Futaba se mordió el interior de la mejilla, tratando de pensar en cada una de las posibilidades que había ante ella, y cuando tuvo un panorama más amplio decidió hacer lo correcto.
—Ayasa —dijo con seguridad, recordando ese nombre que encontró en los documentos escolares de Tendo Maya, obtenidos bajo amenazas e intimidación—. Ese es su nombre, Ito Ayasa.
Al final la respuesta fue clara: no debía bajar la guardia, mucho menos en algo que podía poner en riesgo la seguridad de su pareja. Si no podía cuidar de ella ahí afuera, Futaba la protegería desde su posición, escondida en las trincheras.
—Así que Ayasa-chan... —Los ojos de su mentora brillaron con interés, tan intensos que por poco se vio obligada a desviar la mirada— es un nombre interesante…
Futaba, tratando de actuar natural, no se inmutó.
—Es un nombre como cualquier otro —dijo, pero no pudo evitar sentir algo extraño en la insistencia de la mujer.
—Deberías traerla para que la conozca.
Oh, no. Estaba tocando terreno peligroso, debía salir de ahí cuanto antes.
—¿Para qué? —preguntó tratando de sonar desinteresada, cruzándose de brazos—. Ella ni siquiera viene a esta escuela, no veo una razón para que le interese conocerla.
—¿Entonces a qué escuela va?
Mentir, tenía que mentir.
—V-Va a la universidad —respondió, aunque más temprano que tarde se dio cuenta de que aquello había sido una mala idea.
—Entonces es mayor que tú. —Su profesora se pasó una mano por la barbilla, mirándola con los ojos entrecerrados—. Con más razón debo conocerla, solo para asegurarme de que no te lleve por malos pasos...
Oh, si tan solo supiera lo cerca que estaba de la verdad.
—¡Sensei! —reclamó con una ansiedad que no era fingida, a lo que la mujer respondió regresando a su ácido humor habitual.
—Solo bromeo —dijo entre risas— pero debo admitir que si me causa cierta curiosidad el conocer a la chica que llena a mi apreciada alumna de fuerzas.
—Claro, al menos ahora admite que es mera curiosidad.
Se miraron un momento, fijamente, pero en un instante las dos se echaron a reír, como si todo lo que hubiese ocurrido fuera un mal sueño.
"Sensei…"
Futaba abrazó sus rodillas. Había algo en el rostro de su maestra que le recordaba al de Kaoruko, con rasgos alargados y una mirada que parecía guardar millones de secretos en su interior. Su sola presencia la hacía sentir segura y fuerte, como si pudiera lograr todo lo que se propusiera.
Estaba muy claro: si había alguien que podía llevarla hasta su meta, era ella.
—Disculpe, sensei —la llamó en cuanto su risa terminó de apagarse—. Lamento si es impertinente de mi parte, pero aún no me ha dicho su nombre.
Ante esto la mujer alzó una ceja.
—¿En serio? ¿No lo dije? —Futaba negó con la cabeza—. Bueno, creo que nunca es tarde, ¿verdad?
La mujer sonrió, se puso de pie en un solo movimiento y le ofreció una de sus manos con gesto galante. Ella, gustosa, aceptó la ayuda sin dudar.
—Entonces, mi querida Futaba —se irguió con elegancia, cabeza y media encima suyo— mi nombre es…
Sin embargo, cuando sus labios apenas había pronunciado la primera sílaba, la puerta del gimnasio se abrió, y la imponente figura de Tendo Maya apareció ante ellas.
—¿Terminó, Isurugi-san? —preguntó, siendo inconsciente de lo que ocurría ante sus ojos, llevando en sus manos dos enormes cajas de bento—. No es por alardear, pero convencí a Aijo-san de apostar su postre en una partida de jan-ken-pon, y…
Su cabello estaba húmedo, goteando por encima de la toalla que llevaba alrededor del cuello. Se veía relajada, incluso feliz, pero cuando sus ojos se encontraron con los de su profesora, su actitud cambió por completo.
—Oh —exclamó su sensei al verla, limpiando el polvo de su abrigo azul—. Lo lamento, me temo que no esperaba más compañía el día de hoy. ¿Puedo saber su nombre, señorita?
Pero la consejera no respondió.
En retrospectiva, y si recordaba todas y cada una de sus interacciones, Tendo Maya nunca le había dado realmente miedo.
Sí, su primer encuentro todavía seguía en su memoria, del mismo modo que lo hacía la forma en que la ató y la arrojó al interior del maletero de un auto, pero el tiempo la había convertido en una figura extraña en su vida, un guardián amigable observando a la distancia con una rebanada de pastel sobre el regazo.
Sin embargo, la mirada que tenía en esos momentos le mostró un poco de lo que era en realidad: se veía peligrosa.
—Mi nombre es Maya, Tendo Maya —dijo con cortesía fría, meciendo su cabello en un movimiento que no parecía casual; era una señal, un llamado silencioso—. ¿Le importaría decirme el suyo?
¿Era una amenaza? Posiblemente, y esa misteriosa mujer dio un paso al frente de inmediato.
—Yakumo —se presentó, haciendo una reverencia elegante— profesora voluntaria y, a partir de hoy, la instructora de esgrima de Futaba.
Estiró su mano con la palma abierta, pero Maya no la tomó, la miró fijamente con los mismos ojos fríos, como si esperara algo más.
—Qué curioso, no recuerdo haberla visto antes —dijo en tono hostil, cruzando los brazos sobre el pecho. Yakumo, paciente, mantuvo su mano extendida—. Dígame, sensei, ¿tiene algo que decir al respecto?
—He escuchado de usted, Tendo-san, y creo que ambas llegamos al campamento ayer por la mañana —comentó—. Apenas me estoy acostumbrando a este ambiente, así que deben disculparme por los malentendidos que pueda ocasionar.
—Disculparla, ¿eh?
Podía sentir la tensión, y aunque no las veía, Futaba podía escuchar murmullos discretos rodeando el edificio. La señal había sido escuchada, y la «familia» estaba moviéndose.
—Ya basta, Tendo. —Futaba se interpuso entre ambas, pero ni su presencia detuvo el despiadado duelo de miradas que se estaba llevando a cabo—. Yakumo-sensei ha sido muy amable conmigo, ella no es…
—¿Cómo sabe que dice la verdad?
—¿Eh?
La mirada de Tendo se oscureció.
—¿La ha visto antes por los alrededores, Isurugi-san? Impartiendo una lección, ayudando con la indumentaria, lo que sea. —Sus palabras hicieron que sus ojos se abrieran de par en par—. He invertido horas en memorizar los nombres de todas las voluntarias en el plantel, y no hay ninguna Yakumo entre ellas.
Se sintió palidecer, de nuevo llena de ese terror que por un momento había olvidado. Recordó el bosque, el dolor y el frío de un cuchillo sobre su piel.
—Usted…
En un segundo, todas sus esperanzas se habían perdido en la nada.
—Si descubro que nos está mintiendo estará en graves problemas, Yakumo-san. —Maya dio un paso al frente, tensa cómo un sabueso a punto de atacar—. Así que sea honesta y díganos quién es en realidad.
Era una amenaza, eso estaba claro, pero Yakumo no perdió la compostura. Se llevó una mano al interior del abrigo, y aunque el movimiento hizo que ambas se pusieran en guardia, lo único que extrajo de él fue una ordinaria identificación escolar.
—Estudiante de la generación 76, Yakumo Kyoko, especialista en combate escénico y doble de acción profesional. —Extendió su tarjeta y Maya la tomó para echarle un vistazo—. Todas las voluntarias del campamento somos ex-alumnas, así que puede encontrar toda la información sobre mi trayectoria en los registros escolares.
No podía saberlo con seguridad, pero esa identificación parecía tan genuina como la que Sakuragi-sensei llevaba consigo a todas partes.
—¿Y por qué su nombre no está en la lista? —preguntó Maya, a lo que la mujer no dudó en responder.
—Cómo mencioné, mi registro entró algo tarde, pero la lista actualizada ya debería estar disponible para su revisión.
—¿Y por qué no hay ninguna lección a su cargo?
—No hay mucho que una doble de acción pueda hacer en un punto tan temprano de la producción, pero le aseguro que eso va a cambiar con el tiempo, Tendo-san.
Maya arrugó el rostro. Al principio Futaba temió lo peor, temió que Tendo sacara una pistola de su bolsillo lista para abrir fuego, pero en su lugar reemplazó su expresión por una más amable, devolviendo la tarjeta a su propietaria.
—Lamento este malentendido, sensei —le dijo, inclinando la cabeza como muestra de respeto—. Como comprenderá, ya que soy la número uno de mi clase, la profesora me ha puesto al cuidado de mis compañeras.
Yakumo sonrió, regresando el objeto a su bolsillo.
—No se preocupe, entiendo que ver a una desconocida merodeando por el plantel es sospechoso para cualquiera. —Se giró en su dirección, haciendo una señal para que se acercara. Futaba dudó un momento, pero obedeció—. Sigue cuidando a Futaba con el mismo ímpetu, por favor, ya que se trata de mi querida alumna.
Maya de inmediato buscó la respuesta en sus ojos, y necesitó muy poco tiempo para entender que su próxima acción dependería total y completamente de su respuesta.
—E-Es verdad —respondió, sintiéndose aún más pequeña bajo la atenta mirada de la consigliere—. Sensei me ha enseñado un par de movimientos nuevos, no hay nada que temer.
Sin embargo, aunque ella estaba más que segura de sus propias palabras, Tendo no parecía convencida. Había algo reflejado en su sonrisa, una pizca de cautela que no pasó desapercibida ante a sus ojos, pero que no impidió que cerrara su puño tras su espalda en una señal, la última de la tarde.
—No se preocupe, no volveré a dejar sola a Isurugi-san ni un momento —dijo Maya con una expresión rígida, alzando una de las cajas que llevaba en sus manos—. Ahora, si me disculpa, me la robaré un rato; no es bueno que siga entrando con el estómago vacío.
—¿Es por amabilidad o porque realmente vas a robar mi postre? —preguntó Futaba en un intento de calmar la tensión.
Maya esbozó una leve sonrisa. Un gesto auténtico entre tanto caos.
—Eso es irrelevante, Isurugi-san. —La consejera se acercó a dónde había dejado su bolso, echándolo sobre su hombro para esperarla con un pie fuera del gimnasio.
"Supongo que no hay remedio…"
Tomó su chaqueta, olvidada en una de las esquinas, acercándose a su profesora con espada en mano. La madera resplandecía como si estuviera recién pulida, renovada por su ambición.
—¿Mañana a la misma hora? —preguntó, entregando el arma a su profesora.
Yakumo entendió el mensaje, recibiendo el objeto con la misma solemnidad.
—Por supuesto.
Hizo una reverencia marcada, misma a la que su mentora respondió con un discreto gesto afirmativo, giró sobre sus talones y salió corriendo para alcanzar a su amiga.
—Vamos, Tendo.
Maya asintió, rodeando sus hombros con su brazo en un agarre flojo, pero firme.
—Fue un placer conocerla, sensei. —La consejera de los Hanayagi sonrió, tan amable como siempre, pero en su mirada había algo más, algo que contradecía sus palabras: desconfianza e intriga, el ansia por averiguar un poco más.
—Lo mismo digo —respondió Yakumo con la espalda recargada contra el marco de la puerta, girando la espada entre sus dedos ágiles, luchando por retener una sonrisa burlona.
Nunca, en todos sus años dentro de ese negocio, se había divertido tanto.
Permaneció ahí, observando, con los ojos fijos en la nuca de su aprendiz hasta que esta se perdió en la distancia, guardada celosamente por la mujer que se había convertido en su sombra.
—Me pregunto qué es lo que harás ahora, Tendo —dijo para sí, adentrándose en el gimnasio mientras apagaba la luz—. Si lo investigas descubrirás que todo lo que dije es verdad.
Cerró la puerta, acostumbrándose poco a poco a la oscuridad, sintiendo como la risa brotaba de su garganta lentamente, hasta que su fuerza fue tal que rebotó contra los muros vacíos.
¡Qué afortunada fue al aceptar esa misión!
No sólo le dio la oportunidad de regresar a Seisho, su antigua escuela, sino que hizo que conociera a la presa más interesante que hubiese visto jamás. Futaba era todo lo que buscaba en una víctima: ingenua, noble, con una fuerza que crecía cada día como un brote a punto de florecer.
¿Cómo había terminado una chica como ella involucrada en esa situación? Oh, ya lo descubriría, cuando la destruyera hasta la raíz.
Su risa aumentó, descontrolándose más a cada segundo. Amaba ese juego, sentir su mano tan cerca de su víctima que sólo era cuestión de tiempo para hacerla caer, para demostrar a los grandes capos de la mafia que, por más inteligentes que se creyeran, siempre estarían a su merced.
—¿Qué haré contigo, Futaba? —observó distraídamente la espada, iluminada por la poca luz del atardecer que entraba por las ventanas altas, saboreando las palabras en sus labios como una deliciosa copa de cognac—. ¿Jugaré un poco más contigo o te romperé? ¿Qué es lo que haré?
La orden de Andrew fue clara: atrapar a la chica, entregarla viva a sabiendas de que su novia daría lo que fuera para verla otra vez.
¿Pero por qué qué ceñirse a sus órdenes?
Siempre había otra alternativa. Aún podía traicionar a ese tal Kirin y quedarse con su presa, o abrirle el cuello a la chica y dejar que las «familias» se enfrascaran en una guerra sin cuartel.
¿Lo verían venir? ¿Al menos sabrían qué los golpeó?
No, solo eran unos tontos con complejo de grandeza, y ella disfrutaría hacerlos girar ciegamente a su alrededor.
—Pero antes, va siendo hora de liberar a mi querida aprendiz —dijo con una media sonrisa, tecleando un nuevo trozo de información sobre su teléfono móvil—. Después de todo, tu propia mascota me ha dicho cómo encontrarte, Hanayagi Kaoruko.
