—Cuanto tiempo, Tendo-han.

Nunca olvidaría su voz. Era aterciopelada, dulce como un postre derritiéndose en su paladar, pero con un toque ponzoñoso que la hizo arrugar el rostro. Era, sin duda, peligrosa.

—Hanayagi-sama. —El hombre se quitó el sombrero en una reverencia escueta, pero aunque trataba de mantener una máscara de cordialidad, era evidente que estaba temblando—. Esto… Esto es…

—Un desastre —terminó Hanayagi, dando una calada al kiseru dorado que sostenía entre un par de labios pintados de rubí—. A diferencia de ti, querido, ellos decidieron no acudir a mi llamado, y sabes lo que le ocurre a aquellos que se niegan a cumplir mi voluntad.

En realidad, si se hubiera cuestionado a cualquier medio de comunicación sobre él, todos habrían descrito a Tendo Isao como estoico. Era alto, de metro noventa, con cabello castaño y un par de ojos color violeta acostumbrados al desdén.

Esa mañana, sin embargo, aquel hombre perfecto se vio obligado a retorcerse para contener una grotesca arcada.

—¿Por qué? —Dio un paso al frente, torpe e inseguro—. ¡¿Por qué?!

Estaban apilados uno sobre otro, tiñendo el tatami bajo ellos de un rojo intenso. Las moscas se aglomeraban sobre sus rostros hinchados, paseando por sus ojos e introduciéndose en sus gargantas abiertas de lado a lado, supurando sangre tan coagulada que casi parecía negra. Los seis cadáveres olían a violencia, y en sus expresiones sin vida se reflejaba el terror.

—Conoces las razones —gruñó la mujer, observando el panorama con desinterés. El sombrero de ala ancha le oscurecía el rostro, y las lúgubres plumas de su abrigo la hacían lucir como un buitre acechando desde las alturas—. No me gusta perder el tiempo, niño, así que date prisa.

—Hanayagi-sama…

—¡Dame lo que te pedí o acompañarás a tus socios a la otra vida!

Isao se estremeció de pies a cabeza, con los ojos desorbitados y una delgada capa de sudor frío cubriendo su rostro angular, lo pensó un momento y, cuando menos lo esperaba, tomó a la niña que se escondía a sus espaldas para llevarla sin miramientos hasta las fauces del dragón.

—Vamos, hija.

Y ella, una niña de cinco años de edad, lo siguió obediente, abriéndose paso entre vísceras y sangre hasta que el líquido atravesó sus medias e impregnó sus pies.

Años después, cuando intentara recordar la sensación, una sola palabra llenaría su cabeza: cálido.

—Sí, pequeña, ven aquí.

La mujer la recibió con los brazos abiertos, permitiéndole echar un vistazo al rostro que durante muchas noches protagonizaría sus pesadillas. Era enjuto, marcado por la mediana edad y por el tatuaje de una lengua viperina que besaba el costado de su mejilla como la raíz de un árbol viejo. Era atemorizante.

—Sí, tienes buen porte, y su misma edad—murmuró contra su rostro, obligándola a girar el cuello para inspeccionarla desde todos los ángulos posibles—. Me has traído un espécimen maravilloso, Tendo-han, a mi nieta le encantará.

El hombre, nervioso, dio un paso al frente.

—¿E-Eso quiere decir que la deuda está saldada?

—No lo sé, ¿lo está?

Sus ojos se encontraron, y su subordinado se vio obligado a bajar la mirada. La mujer lo pensó un momento, miró nuevamente a la niña y, tras un largo suspiro, asintió.

—Sí, niño, te dejaré ir.

Isao sonrió, colocó sus manos detrás de su espalda y se inclinó en una profunda y marcada reverencia.

—¡Muchas gracias!

—Pero con una condición.

Su padre esperó. Tal vez fue su imaginación, pero el hedor de los cadáveres pareció ganar fuerza.

—Quiero que desaparezcas —sentenció la mujer, haciendo que los ojos de Isao se abrieran de par en par—. Vete, sal de Japón antes de la medianoche o haré que te abran la garganta como a estos cerdos.

—No… No puedo hacer eso. —El hombre esbozó una sonrisa desencajada; apenas un último y nervioso ápice de valor—. Mi vida está aquí, mi carrera… Si salgo del país…

—Será el fin de la Dinastía Tendo.

La orden fue dada, y el hombre al que los medios llamaban El Purasangre aceptó su destino como un niño pequeño.

—Sí, Hanayagi-sama…

Hanayagi asintió, lo despidió con un gesto y dejó que sus guardias se acercaran para escoltarlo hasta la salida a punta de uzis. Isao recogió lo poco que le quedaba de dignidad, hizo una reverencia y se dio la vuelta, listo para escapar de aquella aterradora mansión.

—¿Padre…?

Y sólo la voz de su hija pudo hacer que detuviera sus pasos.

—Sé buena, Maya.

Entonces se esfumó, tan rápido como había llegado, desapareciendo de su vida para siempre.

—Olvídate de él. —La mano de Hanayagi Hanako, cabeza de la «familia» criminal más importante de Kioto, se colocó sobre la cima de su cabeza en una caricia fría, y cuando el ordinario color marrón de sus ojos adquirió un brillo dorado, la niña sintió que se encontraba cara a cara con el Diablo—. Nosotros tenemos grandes planes para ti, Maya-han.

Entonces, cuando la mujer la tomó del brazo, Tendo Maya despertó.

Se incorporó en la oscuridad, jadeando, con el corazón acelerado y la sensación de que la realidad se preparaba para caer bajo su propio peso.

—¿Dónde…?

Miró a su alrededor, alterada, buscando en la penumbra algún rastro de familiaridad: Aijo Karen, su escandalosa compañera de clases, cantaba en sueños, Daiba Nana roncaba con fuerza a Isurugi Futaba, la chica a la que debía proteger, aún dormía plácidamente sobre su futón. Miró hacia abajo, a su propio cuerpo, y descubrió con alivio que seguía siendo la mujer de veinticuatro años que veía al espejo cada mañana, aferrándose a un pequeño cisne de felpa que conservaba desde la niñez.

Se encontraba a salvo, rodeada de sus amigas, y aquello no había sido más que un mal sueño.

—¿Te encuentras bien?

Giró su rostro, desorientada, encontrando un par de ojos del color del vino tinto observándola con suspicacia.

—Saijo-san…

Su cabello estaba revuelto, sus rizos de oro apuntaban en todas direcciones y los tirantes flojos de su camisón dejaban al descubierto una extensión de piel suave y lechosa. Por un momento, Maya se atrevió a pensar que todavía estaba soñando.

—No creas que me preocupo por ti, Tendo Maya —aclaró Claudine, y la fiereza en su mirada le indicó que sería una mala idea contradecirla— pero realmente me asustaron tus murmullos.

—Oh…

—Ahora lo repetiré, ¿te encuentras bien?

Se mordió el labio inferior, repentinamente avergonzada. ¿Desde cuándo hablaba en sueños? Ella era una adulta, la tercera al mando de una poderosa «familia» criminal; no tenía tiempo para ridiculeces. Se aclaró la garganta, secó discretamente la única lágrima que había derramado y, con pesar, fingió una sonrisa.

—Lamento mucho la molestia, Saijo-san —agradeció con indiferencia fingida— sigo un poco cansada por los ejercicios de hoy, por lo que mi cuerpo debió jugarme una mala pasada.

Claudine arrugó el rostro.

—¿Así llamas a eso? ¿Una mala pasada?

Asintió, usando toda su fuerza de voluntad para sostener su mirada, pero cuando los ojos de su compañera se detuvieron sobre el cisne entre sus brazos, su semblante cambió por completo.

—Mentirosa —murmuró, cubriéndose de pies a cabeza con su manta, dejando a la consigliere con una herida más dolorosa que un disparo.

—Lo lamento…

No obtuvo respuesta. Se dejó caer sobre el futón, de espaldas, abrazando el primer y único juguete que Hanayagi-sama le había comprado en toda su vida. Las imágenes de su sueño aún daban vueltas por su cabeza, asentándose de a poco hasta convertirse en lo que realmente eran: recuerdos.

"Era sólo una niña", rememoró, dejando que su mirada se perdiera en el techo del dormitorio, "esos hombres muertos eran socios de mi padre, y de no haberme entregado, él habría muerto también".

Ese fue el trato: vida por vida. Su única hija a cambio de una nueva oportunidad en el exilio, y Tendo Isao no lo pensó dos veces antes de abandonar el espléndido hogar ancestral de los Hanayagi sin ella, a toda prisa y sin mirar atrás.

¿En qué pensaba esa excéntrica mujer al aceptar a una simple chiquilla como pago por una deuda millonaria? No sabía, tampoco se atrevió a preguntar, pero en cuanto perdió de vista a su padre, la líder del Clan Hanayagi la arrastró a otra habitación, una en donde la esperaba una niña pequeña.

La recordaba: cabello azul, hombros delgados, y unos hermosos ojos color marrón mirándola con miedo. Hanayagi Kaoruko.

Hundió su rostro en la felpa. Desde que su figura se implementó en la cambiante jerarquía de la mafia durante los años treinta, la función del consigliere era ser la mano derecha del Don. Era tanto su amigo como su confidente, su voz de la razón cuando era cegado por la ambición o por la ira. Si alguien quería hablar con la jefa tendría que pasar por ella primero, y si la cabeza del Clan quería dar un mensaje a sus fuerzas, la tarea recaería en sus manos.

El consigliere era, en el más idealista de los casos, una figura de paz.

"Quizá por eso estoy tan nerviosa. Mi deber siempre ha sido permanecer junto a ella, pero ahora estoy aquí, viviendo una vida falsa".

Giró el rostro para observar a la figura que dormía en el espacio contiguo. Isurugi Futaba se revolvía entre sueños, con los labios apretados y sus manos aferrándose con fuerza a su manta.

—Kaoruko… —Su compañera de cabello rojo se dio la vuelta, soltó un suspiro y volvió a murmurar— …Quita tu mano de ahí.

Maya parpadeó, desconcertada, observando el pequeño forcejeo juguetón en el que su amiga parecía enfrascada, y cuando entendió de qué se trataba no pudo evitar esbozar una sonrisa genuina.

"Al menos alguien la está pasando bien".

Futaba se rindió, o al menos esa fue la impresión que le dio cuando dejó a un lado su enfrentamiento imaginario para abrazar la almohada con cariño. Así, con esa discreta sonrisa, se veía genuinamente feliz.

Maya suspiró. Cuando recién llegaron a Tokio, Hanayagi Kaoruko ya no se parecía en nada a la niña asustadiza que conoció cuando tenía cinco años: se había vuelto violenta e incontrolable, tan hambrienta de poder que habría pasado encima de quien fuera para conseguirlo. Ahora, sin embargo, volvía a reír, y sus ojos recuperaban la esperanza que le fue arrebatada cuando los primeros trazos del dragón se plasmaron en su piel, y todo gracias a ella.

¿Cómo serían sus vidas si nunca se hubieran topado con Isurugi Futaba? Cuando amaneciera, se encargaría de darle las gracias.

—Soyez gentils et fermez-la !

¿Cuándo comenzó a reírse? No lo sabía, pero su compañera mitad francesa sonaba furiosa.

—Je m'excuse encore une fois.

Se acomodó sobre el futón, se cubrió hasta los hombros y, más relajada, se permitió mirar esos ojos de rubí una última vez, preguntándose cómo sería ella si nunca se hubiese topado con Saijo Claudine.

Pero el amanecer llegó antes de obtener una respuesta, y la mañana pasó de forma lenta y tortuosa para alguien que no había conseguido ni una hora de descanso.

Tendo Maya contuvo un bostezo, ocultando su rostro entre las páginas del libreto en sus manos. Era jueves, el preámbulo de su primer fin de semana en Uminomori, y una de esas veces en las que las chicas del Departamento de Actuación decidían pasar su hora de receso al aire libre, buscando refrescarse con alguna de las bebidas que las máquinas expendedoras tenían para ofrecer. Maya, sin embargo, se encontraba sola, con los bolsillos vacíos y los ojos puestos sobre una persona en particular.

Saijo Claudine.

¿Cómo podría apartar la mirada de ella? Llevaba el cabello recogido, una camiseta deportiva y unos ojos que brillaban mientras conversaba con sus compañeras, suaves y gentiles, lo más feliz que la había visto en cualquier otro lugar que no fuera la televisión.

"Es porque yo no estoy ahí".

Suspiró, hundiéndose en la solitaria mesa de picnic que había elegido para concentrarse en sus deberes. Había pasado más de un mes desde que Daiba Nana le regaló ese libreto para ayudar a reconstruir su amistad con Claudine, pero tenía tan poca idea de la verdadera naturaleza de sus problemas que era incapaz de comprender que no se solucionarían con una simple sesión de práctica.

¿Qué le diría? ¿Cómo se justificaría?

Echó la cabeza hacia atrás, tratando de distraerse con el crujido de los árboles, el soplido del viento y los inquietos talones de Karen golpeando el suelo una y otra vez. Al final Kaoruko tenía razón: podía ser la mejor consejera sobre la faz de la tierra, pero su mayor temor seguía siendo el desprecio de una niña.

—¿Pasa algo, Karen-chan? —La voz de Nana llegó a ella desde la distancia, curiosa mientras daba un leve sorbo a su café—. No has dejado de saltar desde que salimos de clases.

—Tienes mucha razón, ha estado más emocionada que de costumbre, y eso es mucho decir. —Confirmó Hoshimi Junna, pensativa—. ¿Hay algo que quieras decirnos, Karen?

Y la aludida se enderezó como un resorte, como si hubiese estado esperando que alguien le hiciera esa pregunta en particular, se terminó su refresco de cereza de un solo trago y, con una sonrisa confiada, asintió.

—Ahora que lo mencionas, sí.

El resto de sus compañeras la miraron con curiosidad.

—No es algo malo, ¿verdad? —Mahiru, preocupada, se llevó una mano al rostro—. Si rompiste algo no creo que podamos…

—Nada malo —intervino Kagura Hikari— y de hecho es algo que nos involucra a las tres.

—¿Eh?

—Bueno, esa reacción garantiza que será algo interesante —comentó Claudine con una sonrisa traviesa, llevando dos latas de té helado entre sus brazos—. ¿Volvieron a tostar el tostador o algo así?

—Ni siquiera bromees con eso. —Futaba, que se encontraba contando un puñado de monedas, negó con cansancio—. No quiero pasar todo el fin de semana limpiando la cocina otra vez, Kuroko.

—No es eso —aclaró Karen de brazos cruzados, sonriendo con expresión confiada— pero les aseguro que es algo igual de impresionante.

Tendo arrugó el rostro, entendiendo a la perfección a lo que se refería. Las dos amigas de la infancia intercambiaron miradas cómplices, y cuando se aseguraron de que toda la atención de sus compañeras se encontrara sobre ellas, Karen dejó salir el secreto que llevaba más de un mes guardando.

—¡Las tres iremos a Londres durante las vacaciones de navidad!

Sus dedos se tensaron sobre el libreto. El eco de sus palabras quedó flotando en el aire, hiriendo sus bolsillos como si fueran puñales.

—¡¿Londres?! —El rostro de Mahiru pasó por todos los colores del espectro, desde un intenso color rojo hasta un enfermizo tinte azul—. ¿Y-Y-Yo iré también?

Los ojos de Claudine se abrieron de par en par.

—¡¿No te lo habían dicho?!

Karen sonrió.

—¿No es una sorpresa maravillosa, Kuro-chan?

—¡No cuando la das de esta manera!

—Pues a mí me parece fantástico —intervino Nana, tomando los hombros de Mahiru para ayudarla a mantenerse en pie—. Yo siempre he querido ir a Londres, especialmente en navidad.

—¡¿Londres?! —Junna dio un paso al frente, con tal brusquedad que sus gafas se torcieron en el acto—. ¡Eso es una locura! No pueden salir del país así como así...

—Del continente —corrigió Nana.

—¡Del continente! —corrigió Junna, alzando sus brazos con exasperación—. ¿Qué van a hacer? ¿Dónde se van a hospedar? ¡¿Saben al menos como llegar al aeropuerto?!

—No tenemos ni idea.

—¡Karen-chan! —El rostro de Mahiru todavía era un poema, y Nana no lo pensó dos veces antes de inmortalizarlo en una fotografía—. ¡No puedes darlo por hecho! Debo preparar mis cosas, avisar a mis padres… ¡Y un viaje tan largo requiere muchos preparativos!

Hikari asintió.

—Tenemos todo reservado en WhiteLand.

—¡¿WhiteLand?! —en esa ocasión fue la chica mitad francesa quien se lanzó hacia adelante—. ¿Hablas de ese costoso parque temático? ¡¿Cómo hicieron para conseguir entradas en invierno?!

Hikari meditó su respuesta, dejando que sus inexpresivos ojos azules vagaran a lo largo y ancho del patio hasta que se toparon con los suyos, y cuando lo notó, sus labios se curvaron hacia arriba con tanto cinismo que Maya tuvo que morderse la lengua para contener un grito de impotencia.

—Contactos.

Frunció el ceño, soltó un suspiro y regresó su atención obstinadamente al libreto, decidida a no seguir escuchando un sinsentido como aquel. Contactos era una palabra incomprensible para sus compañeras de clase, pero para ella llevaba un mensaje fuerte y claro: gané.

—¿Mal día?

Alzó la mirada de golpe, justo a tiempo para ver como una lata de té helado se balanceaba frente a su rostro con insistencia. No escuchó a nadie acercarse, ni siquiera sintió su presencia, y una criminal de su calibre no pudo evitar pensar que, de haberse tratado de un enemigo, ya estaría muerta.

—Esto…

—Es un regalo —respondió su compañera de clases, acercando tanto el objeto que este rozó su nariz— tómalo antes de que me arrepienta.

Sus ojos vagaron por el metal, observando como la humedad se deslizaba por su superficie al mismo tiempo que su tráquea se contraía dolorosamente por la sed. Se lamió los labios, miró a la chica frente a ella una última vez y, obedeciendo a sus más primitivos instintos, aceptó el obsequio con una sonrisa.

—Muchas gracias, Isurugi-san.

Futaba le devolvió el gesto.

—No hay de qué.

Se sentó a su lado, dando un sorbo a su propia limonada. Tenía el cabello húmedo, recogido en una diminuta coleta, shorts deportivos y las mangas de la camisa enrolladas para dejar al descubierto un par de brazos cubiertos de moretones frescos. Maya la miró un momento, curiosa, luego abrió la lata y dio un enorme trago que le sentó mejor que la más costosa copa de champagne.

—¡Realmente tenías sed! —comentó la pelirroja entre risas, limpiándose los labios con su antebrazo—. No me explico como una mafiosa de primer nivel como tú no tiene suficiente dinero para comprar una bebida.

Maya, sintiéndose repentinamente expuesta, negó con la cabeza.

—Le aseguro que el dinero no representa ningún problema para mí.

—¿Y las mentiras sí? —Futaba alzó una ceja—. No lo niegues, es evidente, en especial porque ese viaje del que habla Karen lleva tu nombre escrito por todos lados.

—¿Eso cree?

—Por supuesto, sé que nos has estado escuchando desde aquí, y vi como tu expresión se volvió incluso más miserable cuando Kagura mencionó lo de los contactos.

Miserable. Pese a todo lo que implicaba, la palabra la hizo sonreír.

—Usted es astuta, Isurugi-san. —Volteó completamente uno de sus bolsillos, dejando caer al suelo un par de monedas que ni siquiera se molestó en recuperar—. Tal como imagina, el viaje es un soborno, y uno tan costoso que Hanayagi-san lo descontó directamente de mi sueldo.

—¿Tanto así?

—Bueno, si toma en cuenta que ahora soy una estudiante de preparatoria incapaz de ganar dinero, un gasto como ese basta para dejarme en bancarrota un par de meses.

—Así que incluso ustedes tienen esa clase de problemas... —Futaba apoyó su rostro sobre la palma de su mano, observando el panorama con pereza—. Con que Kagura las chantajeó… Sinceramente ya no sabemos qué hacer con ella. Ayer hizo que Hoshimi le comprara el almuerzo a cambio de no decirle a la profesora que llevaba algunos diálogos escritos bajo la manga.

—Está refinando sus métodos…

—¿Y qué es lo que sabe para que usara esos métodos contra ustedes?

Se miraron a los ojos, violeta con violeta, y cuando Tendo vio la decisión en su iris comenzó a hablar. Le contó todo, desde la persecución que las llevó a las puertas de Seisho hasta el momento en que Kagura Hikari las descubrió discutiendo a mitad de los vestidores. Se tomó la libertad de omitir el asesinato que tuvo lugar aquella mañana, pero esa era una historia para otro momento y lugar.

—¡Lo sabía! —Exclamó Futaba en cuanto la narración llegó a su fin, dando a su pierna un pequeño golpecito triunfal—. Sabía que Kaoruko había causado más problemas de los que admitió… Esa chica… ¡Ya me escuchará la próxima vez que la vea!

—La escuela no sufrió ningún daño…

—¡Pero Hoshimi casi se muere del susto!

—Y por eso me encargué de escribirle una educada nota de agradecimiento por prestarnos su uniforme.

—Eso no… Olvídalo. —Futaba abrazó sus rodillas, dejando que sus ojos melancólicos se perdieran en el horizonte—. Ahora entiendo porque Kaoruko parecía tan alterada esa mañana...

—A veces, Isurugi-san, la ignorancia es felicidad.

Futaba no respondió.

El sol continuaba surcando el cielo, consumiendo su tiempo de descanso y haciendo que sus inquietas amigas buscaran alguna forma entretenida de pasar el rato. Al principio sólo fue Karen quién comenzó a patear una lata vacía a lo largo del patio, pero tras unos minutos Nana decidió que sería buena idea jugar también.

—¡Vamos, Junna-chan!

La representante trató de ignorarla hundiendo su rostro entre las páginas de Macbeth, pero la insistencia de su compañera resultó tan adorable que hizo a un lado sus inhibiciones, y en cuanto Hoshimi dio la primera patada el resto de la Clase 99 decidió unirse al juego.

—¿Va a entrenar hoy, Isurugi-san?

Futaba asintió.

—Yakumo-sensei es muy estricta, por lo que no me permitirá tener un solo día de descanso hasta el sábado.

—Yakumo Kyoko, ¿eh? —Tendo enmarcó los ojos, inquieta—. ¿Todo bien con ella?

—¿Ignorando el hecho de que resultó ser una salvaje que disfruta pateándome el trasero? Sí. —Su compañera sonrió, adolorida, dando otro enorme trago a su limonada—. No me digas que todavía sospechas de ella...

—¿Por qué no habría de hacerlo?

—No lo sé, tal vez porque tu red de informantes no encontró nada sospechoso.

—Ya encontraremos algo —prometió, sintiendo como una migraña se formaba en lo profundo de su cabeza—. Hasta ahora solo hemos revisado su historial escolar, sus tareas de voluntariado, sus referencias laborales y...

—Admítelo, no tienen nada.

Maya arrugó el rostro, hundiendo violentamente sus dedos alrededor de su lata de té. Al verla, Futaba negó con la cabeza.

—Eres un ser humano, está bien equivocarse.

—No está bien —respondió frustrada— no cuando su vida o la de Hanayagi-san podrían estar en riesgo.

La pelirroja suspiró, desvió la mirada y dejó que su atención se perdiera en el cielo y en el lejano oleaje del mar.

—¿Puedo preguntarte algo, Tendo?

Maya ladeó el rostro, curiosa. La brisa mecía su cabello, y el suave sol otoñal hacía que el constante traqueteo de sus dedos no pasara desapercibido para alguien que, como ella, había dedicado toda su vida a la observación.

—Se trata de Hanayagi-san, ¿no? —preguntó, y la velocidad con la que su amiga le devolvió la mirada le indicó que estaba en lo cierto—. En realidad no tengo mucha experiencia en lo que concierne a relaciones duraderas, pero si necesita consejos de alcoba puedo decirle que…

—¡No es eso! —El rostro de Futaba estaba tan rojo como un volcán en erupción—. Te aseguro que eres la última persona a la que le pediría consejos de ese tipo.

—¿Por qué? Sé bastante sobre el tema... Aunque Hanayagi-san tiene más experiencia en el campo que yo.

—¿Sabes qué? No quiero saberlo. —Futaba ocultó su rostro entre sus rodillas, e incluso así Maya pudo notar como las puntas de sus orejas se teñían de carmesí—. Solo prométeme que no se lo dirás a ella... Por favor...

Por favor. Definitivamente hablaba en serio.

Tendo dejó a un lado su lata de té, resguardó el libreto en su regazo y se deslizó para acercarse a ella, colocando una mano sobre su hombro como un gesto de buena voluntad.

—Sabe lo que pensamos de los soplones, ¿no? —preguntó, y con un poco de esfuerzo pudo escuchar como su amiga rió tímidamente—. Tiene mi palabra, Isurugi-san.

Futaba asintió, nerviosa, alzando la cabeza ligeramente antes de hablar.

—Supongo que ya lo sabes, pero este es mí… Nuestro… último año en Seisho. —Sus palabras fueron duras, directas como si las dijera más para sí misma que para ella—. Puede que para ti resulte tonto, pero nuestra generación ha interpretado Starlight durante tres años seguidos.

—Lo entiendo perfectamente, incluso en el ámbito profesional el Festival Seisho goza de mucho prestigio —señaló Maya con una sonrisa—. De hecho, Isurugi-san, fui yo quien le sugirió a Hanayagi-san que acudiera a su presentación.

—Entonces nos conocemos gracias a ti... —Futaba esbozó una sonrisa nostálgica, como si disfrutara los recuerdos, e incluso creyó ver en sus ojos un brillo de gratitud—. Es un día sumamente importante para nosotras, ¿sabes?

—Lo entiendo —respondió— ¿pero qué papel juega nuestra querida amiga en todo esto?

Futaba no respondió. Arrugó el rostro, convirtiendo sus manos en puños tan tensos que Maya temió haber dicho algo malo.

—¿Isurugi-san…?

—Quiero que asista —interrumpió de golpe, y su semblante entero adquirió un toque de madurez—. ¡Quiero invitarla al Festival Seisho!

Entonces se hizo el silencio. Maya la miró atónita, con la boca abierta y un poco de rubor sobre sus pómulos marcados, y al darse cuenta de sus propias palabras, su amiga también se ruborizó.

—¡Q-Quiero decir! Sé que lo más probable es que ella se invite sola —agregó, sonriendo nerviosamente mientras buscaba a donde mirar—. Pero lo que realmente quiero es invitarla yo misma… ¡Quiero que me reconozca como una Chica de Escenario!

Alzó el rostro con entusiasmo, y cuando los rayos del sol iluminaron su sonrisa, Tendo Maya pudo ver un poco de aquello tan especial que Kaoruko encontró en ella: era inocente, llena de vida, y sus ojos parecían un par de piedras preciosas esperando con paciencia las manos del ladrón.

—Isurugi-san…

—Tú eres su mano derecha —interrumpió antes de que pudiera decir algo más— si alguien sabe cómo debo acercarme para que me tome en serio, esa eres tú.

Y por alguna razón, Maya sintió como si hubieran depositado una inmensa carga sobre sus hombros. Se llevó una mano a la barbilla, pensativa. ¿Cómo sabría manejar una situación así? Llevaba diecinueve años junto a Kaoruko, su convivencia era tan normal como respirar. ¿Qué clase de consejo podría dar respecto a ella?

—Vamos, Tendo —animó Isurugi— ¿Qué harías si estuvieras en mi situación?

¿Qué haría? Miró al frente, al pequeño partido entre sus amigas, y sus ojos no tardaron en posarse sobre la misma figura que llevaba toda la mañana observando. Cabello rubio, porte elegante. ¿Qué haría ella si quisiera acercarse a Claudine?

—Creo que sé por dónde empezar, Isurugi-san.

Al otro lado del patio, el partido entre sus compañeras continuó. Karen robó la lata de entre los pies de Junna, jugó un poco con ella y la pasó a Mahiru, quien la pateó con tanta fuerza que la misma se estrelló contra una de las máquinas expendedoras que había en las cercanías.

—¡Mahiru-chan anotó el primer gol!

—¿Gol? —Saijo Claudine cruzó los brazos sobre el pecho—. ¡Nunca dijimos que habría porterías!

Karen, orgullosa, sonrió.

—Tampoco dijimos que no habría.

Y mientras ellas discutían, Futaba inspeccionaba minuciosamente el cuaderno que acababa de ser colocado entre sus manos, deslizando las yemas de sus dedos sobre cada uno de sus márgenes con un gesto que se debatía entre la angustia y la confusión.

—¿Realmente crees que esto funcionará? —preguntó, buscando ansiosamente su mirada—. Esto es de Banana, ¿por qué lo tienes tú en primer lugar?

—Daiba-san me lo obsequió junto a sus mejores deseos —afirmó Maya llena de seguridad— pero me parece que usted lo necesita más que yo.

—¡Pero esto no cambiará nada! Kaoruko no…

—Isurugi-san.

La repentina seriedad en su voz la hizo callar. Maya cerró los ojos un momento; le dolían los músculos, el sudor se deslizaba por su espalda y la delicada brisa marina llenaba su cabeza de recuerdos, desde la última caricia de su madre hasta la primera vez que sintió la pesada mano de Hanayagi Hanako sobre su cabeza en una fría pero honesta muestra de afecto.

—¿Puedo contarle algo?

Futaba asintió, desconcertada.

—Claro —respondió—. Tú me has escuchado, así que lo menos que puedo hacer es escucharte a ti.

Su honestidad le robó una sonrisa. Al principio titubeó, preguntándose si lo que estaba a punto de decir sería algo más que delirios luego de una larga noche sin dormir, pero eventualmente asintió con firmeza y comenzó.

—Hubo un tiempo, durante mi adolescencia, en el que creí que mi vida no tenía ninguna clase de valor.

Su amiga bajó la mirada, preocupada.

—¿Lo dices por lo que me contaste el otro día? ¿Lo de tus padres?

Maya asintió.

—Los odiaba —confesó, tratando de ignorar la dolorosa punzada en su corazón—. Todavía pienso en mi padre de vez en cuando, y en la forma en que mi existencia resultó tan insignificante para él que poco le importó venderme como un trozo de carne. De un día para otro dejé de asistir a la escuela, y mi vida entera cambió de una forma que nunca imaginé.

Futaba se tensó. Quería decirle algo, lo veía en la forma en que se inclinó discretamente hacía adelante, abriendo y cerrando la boca como si tratara de hablar. Maya pretendió no darse cuenta y siguió con lo suyo.

—No tengo muchos recuerdos de esos años, pero durante un tiempo caí en un abismo sin fin, uno que me convirtió en una persona… Terrible… Pero ahora puedo cansarme, morirme de sed y ver como mis amigas juegan con latas. Ahora, finalmente, estoy recordando lo que se siente ser yo.

Se puso de pie, dio el último trago a su bebida y lanzó la lata vacía al contenedor de basura más cercano.

—Tendo…

—Y la historia de Hanayagi-san no es muy diferente a la mía. Estudiaba con un tutor privado por la mañana, practicaba danza al mediodía y pasaba toda la tarde en el campo de tiro, aprendiendo a disparar. Solo podíamos jugar por las noches, montando obras imaginarias y fingiendo ser alguien que no éramos. —Maya le ofreció su mano—. Acérquese a ella, Isurugi-san. Invítela a ensayar y dele la oportunidad de recordar que se siente ser una mujer ordinaria, así como ella me la ha dado a mí.

Futaba observó su mano con la boca abierta. Regresó la mirada al libreto, observándolo con una expresión diferente, y cuando aceptó su ayuda lo hizo con la sonrisa más grande que le había visto desde que el destino hizo que sus caminos se cruzaran por primera vez.

—Déjamelo a mí —dijo, sacudiendo el polvo que se había impregnado en su ropa—. Quizá sea incómodo los primeros minutos, pero ver a un genuino jefe de la mafia interpretando el papel de un mafioso será interesante.

Maya, satisfecha, asintió.

—Una vez la invite a ver esta obra, invitarla al Festival Seisho será pan comido, ya lo verá.

—¿Pero cómo encontraré el momento adecuado?

—Eso déjemelo a mí —sonrió— ya que usted fue tan amable de proporcionarme esa lata de té, yo me encargaré de crear el ambiente adecuado para ustedes.

—Siempre y cuando no sigas interfiriendo en mi entrenamiento, las cosas se pusieron muy tensas la última vez...

Claro, se había olvidado por completo de ese otro asunto. No sabía porqué, pero la sola presencia de Yakumo Kyoko le ponía los pelos de punta, y aunque todos sus instintos le indicaban que había algo mal con ella, necesitaría al menos una prueba fehaciente para intervenir.

Tal vez…

Llevó una mano al bolsillo interior de su sudadera deportiva, cocido a mano por ella misma, rozando el objeto metálico en su interior.

—Bien, si va a seguir frecuentando a esa mujer lo mejor es que le entregue esto. —Miró en todas direcciones, y cuando se aseguró de que nadie las estuviera observando, se apresuró a extraer el objeto y dejarlo discretamente en manos de su amiga—. Guárdelo bien, y úselo solo en caso de ser necesario.

Al sentirlo, Futaba perdió el color.

—¿E-Esto…?

—No es un arma de verdad —aclaró, viendo como las manos de Futaba temblaban alrededor de la culata— es solo una bengala.

—Oh, solo una bengala... —La tranquilidad duró dos segundos, y antes de que pudiera darse cuenta su compañera la tomó del cuello de la camisa para obligarla a ponerse a su altura—. ¡¿Estás demente?! ¡No voy a llevar una cosa como esta a todas partes!

—¿Por qué no? Es discreta y completamente inofensiva.

—¡Ese no es el punto! —exclamó, metiendo el objeto a su bolsillo antes de que alguien más pudiera verlo—. Al menos dime que tiene seguro o algo así…

—No soy una irresponsable, Isurugi-san.

—Y no quiero ni imaginar lo que pasaría si lo fueras —Suspiró con pesar, entre resignada y molesta—. ¡Ustedes nunca dejan de sorprenderme!

Futaba le dio un golpe en el hombro, un gesto casual que se estaba convirtiendo en una costumbre entre ambas, y aunque lo adjudicó al cansancio, Maya sintió que se había vuelto un poco más fuerte que antes.

—¿Cree que deberíamos volver al salón de clases, Isurugi-san? —preguntó, frotándose el área del golpe.

—Aún queda tiempo, seguro que podemos aprovecharlo mejor.

—¿Cómo?

Su amiga lo pensó un momento, mirando a su alrededor con las manos en la cintura, parecía concentrada, y cuando finalmente encontró algo que capturó su interés, esbozo una sonrisa de oreja a oreja.

—Ya lo verás —dijo con una expresión traviesa, una que seguramente había tomado prestada de la pintoresca personalidad de su pareja, levantando uno de sus brazos para agitarlo en el aire—. ¡Oye, Kuroko! ¿Queda lugar para dos más?

Claudine las miró desde la distancia, y el suave rubor que el cansancio pintó en su rostro hizo que Maya se echara hacia atrás.

—Karen acaba de inventarse como tres porterías, ¿te parece que este juego tiene reglas?

—Con ustedes no se sabe —respondió la pelirroja antes de girarse hacia ella—. ¿Vamos?

Maya no sabía qué decir. Abrió la boca una y otra vez, pero por más que lo intentó, aquella era una de las pocas veces que se encontró a sí misma sin palabras.

—¿Puedo?

—Claro, ¿por qué no podrías?

—Porque usted sabe, Saijo-san no quiere que…

Futaba ladeó el rostro.

—¿Sabes, Tendo? Podrías ser la mejor criminal del mundo, pero definitivamente no sabes leer a las personas. —Lanzó su propia lata a la basura, y aunque su lanzamiento no fue tan perfecto como el suyo, dio en el blanco—. Después de todo, yo nunca dije que esa bebida que te di fuera cosa mía.

La chica le guiñó el ojo, adelantándose para unirse inmediatamente al equipo de su mejor amiga, y aunque por un momento consideró ocultarse nuevamente en las sombras, Maya permitió que su mirada se encontrara con la de Claudine. Sus ojos brillaban con insistencia, como si aquello no fuese solo un accidente, y cuando se alejó para dar un sorbo a una lata de té idéntica a la que Futaba le había entregado, la consejera sintió como su corazón se llenaba de calidez.

—¡Oh! ¡Tendo-san! —saludó Karen en cuanto la vio trotar hacia ellas con una pequeña pero evidente sonrisa en el rostro—. ¿Ya terminaste de estudiar?

—Así es —respondió, sujetando su cabello en una coleta alta—. Me hacía falta ajustar un par de líneas, pero creo que ya he dominado a mi personaje por completo.

—¡Excelente! Ya que todas estamos aquí podemos reanudar el juego. —Nana le ofreció una toalla para el sudor, y mientras el resto de sus compañeras se encontraban distraídas, colocó una mano sobre su hombro y se acercó discretamente a su oído—. ¿Todo bien, Maya-chan?

—Mejor que nunca —confirmó— le aseguro que sus buenos deseos no serán en vano, Daiba-san.

Banana sonrió con gentileza, le dio una última palmada en el hombro y se apresuró a tomar su lugar en el equipo contrario. Maya miró a sus compañeras por encima del hombro; el equipo de Karen no era el mejor, pero daría su mejor esfuerzo para ganar.

—Cuando te derrote tendrás una buena razón para no dormir, Tendo Maya —dijo Claudine cuando ambas se encontraron frente a frente, y en cuanto vio el fuego en sus ojos, Maya se olvidó del cansancio y la sed, del dolor y las preocupaciones. A la mañana siguiente le contaría todo, la invitaría a ensayar y arreglaría cualquier clase de malentendido que aún quedara entre ambas. Y, por supuesto, le agradecería por haberle comprado esa lata de té.

—Eso lo veremos, Saijo Claudine.

Y al dar la primera patada del partido, Tendo Maya se sintió como la reina del mundo.

Su equipo ganó, por supuesto, entre emoción y vitoreos, y cuando una muy frustrada -pero también resignada- Claudine le ofreció su mano tras la última anotación, la consejera de los Hanayagi sintió que su día estaba a punto de mejorar.

—La próxima vez te patearé el trasero —declaró la rubia, y su determinación no tenía nada que ver con el desdén al que ya se había acostumbrado.

—Lo esperaré con ansías —respondió ella, antes de que la campana sonara y la representante de clases las invitara a volver al aula con la misma flexibilidad que un perro pastor. Estaba cansada, adolorida y somnolienta, pero feliz, y deseó con ansias regresar a los dormitorios y, por primera vez en mucho tiempo, dormir de verdad.

Sin embargo, cuando la noche la encontró retorciéndose sobre el futón, su mente no tardó en recordarle que todos esos bellos momentos no eran más que una ilusión. Una mentira tan grande como ella.

—Duele, Tendo-han…

La escuchó antes de verla, una voz suave sollozando en la oscuridad, y bastó con un parpadeo para que la figura se terminara de materializar entre sus brazos. Ahí también era de noche, pero se trataba de un lugar muy diferente a Uminomori: la luz de la luna se colaba por el fusuma, los adornos en forma de ave que colgaban de la ventana se mecían de un lado a otro y el olor a sangre, tinta y bosque le produjo náuseas.

Era su antigua habitación, escondida en lo más profundo de una mansión en las montañas de Kioto, la misma que compartió con la heredera de los Hanayagi durante toda la niñez.

—¿Hanayagi-san…?

La sintió tensarse contra su cuerpo. Esa versión de Kaoruko debía tener unos doce años, cuando tan solo era una niña de apariencia frágil que se la pasaba envuelta en kimonos de seda más caros de lo que cualquiera podría soñar. El que llevaba puesto era violeta, tan flojo que dejaba al descubierto unos hombros pálidos que no dejaban de temblar. Al verla, Maya sintió una profunda tristeza.

—Muéstreme —pidió, con una voz demasiado sumisa para pertenecer a alguien de su edad, pero apropiada para la chica de trece años cuyo cuerpo habitaba en ese momento—. Muéstreme la herida, por favor.

Pero lejos de obedecerla, Kaoruko hundió el rostro entre su pecho, tan asustada que no se parecía en lo absoluto a la mujer que en la actualidad consideraba su mejor amiga.

¿Qué había ocurrido? Le tomó mucho esfuerzo, pero recordó haber despertado esa mañana para encontrar el futón a su lado vacío, junto a la noticia de un gran acontecimiento concerniente a la «familia» dando vueltas por la mansión.

—No puedo —respondió su amiga en un hilo de voz—. Si la abuela descubre que te lo conté, podría matarte…

Su semblante se oscureció. Nunca, sin importar cuantos años pasaran, olvidaría la sonrisa de orgullo sobre el rostro de Hanayagi Hanako cuando regresaron a la mansión bien entrada la noche, y como esta se amplió cuando felicitó a su nieta por su esfuerzo antes de enviarla a dormir. Algo ocurrió entre ambas, algo que hizo que Kaoruko se lanzara a llorar en sus brazos en cuanto estuvieron a solas. ¿Pero qué?

—¿Fue ella quien la lastimó?

Kaoruko, sobresaltada, le dio un golpecito en el pecho.

—¡No! —exclamó con fuerza—. ¡Mi abuela nunca…!

—¿Entonces quién?

Levantó la mirada; sus ojos eran grandes, marrones, idénticos a los que vio el día que llegó a la mansión. Maya insistió un poco más, y logró ver como una gasa se escondía debajo de sus prendas, cubriendo desde su cadera hasta lo alto de sus pechos.

—Mi deber es servirle, Hanayagi-san. —Tomó el cuello del kimono con ambas manos, lista para romperlo—. Si está herida, debo ayudarla lo quiera o no.

Pero la más joven del Clan Hanayagi no iba a ceder tan fácilmente. Forcejearon en la oscuridad sin intención de herirse, pero aunque Kaoruko era fuerte, Maya era un año mayor, por lo que no tardó mucho en convertir la hermosa prenda en jirones.

—Esto…

—Este es el primer paso —completó Kaoruko, permitiendo que la tela dejara al descubierto su torso desnudo— el primero de la iniciación.

Y por más que trató de mantener la calma, la joven Tendo Maya tuvo que cubrir sus propios labios para no gritar.

No era tonta, tenía edad suficiente para entender la naturaleza del Clan, aunque los miembros del mismo hacían muy poco para ocultarlo. Hanayagi-sama tenía comprada a la policía desde la raíz, por lo que no se avergonzaba de mostrar el horimono que nacía en sus muslos y subía por su espalda para culminar sobre su mejilla izquierda, hecho con nada más que agujas de bambú y mucha paciencia.

El de su nieta, sin embargo, todavía carecía de color.

—Hanayagi-san… —alzó una de sus manos para palpar su esternón. El dragón reptaba por su costado, enroscándose sobre su pecho y deslizándose hasta el centro de su espalda supurando tinta y sangre. Apenas era un boceto, los primeros trazos de la obra, pero cuando estuviera terminado sería tan aterrador como el de sus antepasados—. ¿En qué momento…?

—Esta mañana —respondió su amiga en un sollozo seco—. Mi abuela me llevó a una reunión con sus socios. Creí que sería aburrida como todas, solo sentarse a escucharla, pero…

No quería llorar, trataba de resistirlo, pero las lágrimas se desbordaban sobre su rostro sin control, al punto en que Maya se descubrió tratando de controlar su propio llanto.

—¿Acaso usted…?

—¡No quiero! —Kaoruko cubrió sus oídos con fuerza, temblando como una hoja de papel—. No quiero hablar… No quiero recordar… ¡No quiero hacerle daño a nadie!

—No tiene porque lidiar con esto por sí sola, Hanayagi-san. —Tomó su mano, entrelazando sus dedos con los suyos—. Estoy con usted.

—No tengo otra opción. —Limpió sus lágrimas una y otra vez conforme brotaban de sus ojos, tan bruscamente que Maya temió que fuera a lastimarse—. Si la abuela me ve llorar… Si me niego a hacer lo que dice…

—¿Qué hará?

Entonces dejó de contenerse. Tendo vio como el corazón de su mejor amiga se rompió ante sus ojos, y su rostro entero se contorsionó en una mezcla de tristeza y pánico.

—Me enviará lejos, tal como hizo con mi madre.

Esa fue la primera y última vez que Hanayagi Kaoruko mencionó a su madre frente a ella.

Se dejó caer contra su pecho, desesperada, y Maya sintió como la humedad de sus lágrimas atravesaba su yukata mientras acariciaba su espalda con cuidado de no tocar sus heridas abiertas. Le dolía verla así. Esa niña era su única familia, el primer rayo de luz que encontró en esa oscura mansión, y aborrecía verla llorar como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros.

Kaoruko era todo lo que tenía. Si desaparecía, ¿a dónde iría ella?

—¿Tendo-han?

Maya la apartó de sí, decidida, se sentó en posición seiza y, mientras su amiga de la infancia luchaba por mantener la calma, inclinó la cabeza con solemnidad. Ella era servidumbre, una simple doncella destinada a vivir por su señora, pero esa noche las cosas iban a cambiar. No sería igual que su padre, ella no dejaría que las separaran.

—¡Permita que me una a su «familia», Hanayagi-san!

Su voz estremeció los muros de la mansión, llena de una fiereza que hasta entonces no tenía. El viento hacía que las copas de los árboles arañaran el tejado, y aunque en otro momento esos ruidos la habrían hecho temblar de miedo, esa noche ni siquiera se inmutó.

—E-Eso es imposible —dijo Kaoruko una vez recuperó el habla—. Solo hay lugar para los familiares de sangre, un sirviente jamás podría unirse al Clan.

—¡Empezaré desde abajo! —gritó—. No me importa cuantos rangos tenga que subir, ¡haré lo necesario para ser de utilidad!

—¡No sabes lo que dices!

—Se equivoca —corrigió, incorporándose para estar a su altura—. Conozco perfectamente las consecuencias, y estoy dispuesta a pagar ese precio por usted.

Kaoruko suspiró con miedo, acunando su rostro entre manos temblorosas. Por un momento, cuando la luz de la luna arrancó un destello color oro de sus ojos, Maya pudo ver una pincelada de la mujer en la que se convertiría en un futuro.

—Si das el paso no habrá marcha atrás, ¿lo entiendes? —sus dedos acariciaron su mentón con delicadeza—. Una vez entras a la «familia», no puedes salir.

Maya asintió, colocando sus manos sobre las suyas.

—Entonces que así sea.

Se acercó lentamente, temerosa, hasta que envolvió su cuerpo en un cálido abrazo, uno que la hizo sentir como si sus corazones latieran a la par, como sí, sobre todo motivo y razón, sus almas hubiesen escogido ese instante para fusionarse.

Y entonces, cuando las manos de Kaoruko se clavaron en su espalda, Maya despertó.

—¿Otra vez? —gruñó para sí, incorporándose en la oscuridad por segunda noche consecutiva. A su alrededor, Karen dormía patas arriba, Nana tenía la mitad del cuerpo encima de Junna y Futaba dormía tranquilamente acurrucada en su futón. El olor a sangre seguía vivo en su nariz, e incluso sentía el calor residual de su mejor amiga apagándose sobre su pecho.

Once años. Eso ocurrió once años atrás.

Pasó una mano por su frente, llenándola de sudor. Había hecho lo imposible para sepultar esos recuerdos en lo más recóndito de su cabeza, pero en ese momento parecían tan vivos como si hubiesen ocurrido ayer: si cerraba los ojos podía recordar inmensas salas de estudio repletas de libros, también sentir la bofetada que Hanayagi-sama le propinó cuando le exigió que le permitiera unirse a su «familia» y el beso que depositó en los labios de Kaoruko cuando finalmente lo consiguió.

Recordó meses de extenuante entrenamiento físico antes de su primera pelea callejera, el momento en el que vio terminado el cisne que ahora cruzaba su espalda y la primera vez que durmió con su mejor amiga antes de que ambas comprendieran que lo que compartían nunca podría ir más allá de la amistad.

Recordó una silla en medio de un almacén vacío, un cuchillo largo entre sus dedos y la calidez de la sangre sobre su ropa. Si cerraba los ojos, podía ver el momento preciso en que perdió su humanidad.

—Tengo que salir de aquí…

Se levantó a toda prisa. Estaba mareada, abrumada por las memorias y tan confundida que sintió que podría morir. Dejó su cisne de felpa a un lado y, tambaleándose, se deslizó entre las siluetas durmientes de sus compañeras.

—Me alegra no haberla despertado esta vez —murmuró cuando pasó junto a la chica mitad francesa, quien dormía con la sábana enrollada alrededor de su cintura. Sonrió para sí, se agazapó a su lado y la cubrió hasta los hombros—. Si le permito pescar un resfriado nunca me lo perdonaré.

Claudine se movió ligeramente, balbuceando entre los límites de la consciencia y el sueño profundo. Maya la arrulló, acariciando su cabello para ayudarla a descansar, suspirando de alivio cuando su respiración se convirtió en un acompasado vaivén.

¿Quién era ella para tocar a un ángel?

—Lo siento mucho, Saijo-san.

Una sonrisa triste se dibujó en su rostro. Se puso en pie nuevamente y, sin detenerse, salió de la habitación.

Tal como en casa, en Uminomori las luces se apagaban a las diez en punto, ni más ni menos, por lo que a esa hora el edificio estaba en completa oscuridad. Maya lamentó no llevar su teléfono consigo, colocó una mano en la pared y caminó a ciegas por los pasillos, valiéndose de la escasa luz de luna para no tropezar.

Cuando era pequeña solía ser muy asustadiza. Le temía a los relámpagos, a los monstruos en el armario y, sobre todo, a la oscuridad, por lo que pasaba las noches de tormenta bajo las sábanas, rezando para que Kaoruko despertara por el ruido y se escabullera dentro de su futón para hacerle compañía. Sin embargo, conforme fue creciendo todos esos miedos evolucionaron para convertirse en algo mucho más palpable. Más real.

Caminó sin rumbo hasta que su memoria muscular la llevó al mismo pasillo que conectaba con el patio y el gimnasio, y cuando abrió la puerta que llevaba al exterior el frío de la madrugada la hizo tiritar.

—Tal vez deba volver…

No, si regresaba se volvería loca. Debía encontrar un lugar a donde ir y tenía que hacerlo antes de morir de frío.

Caminó por el exterior, frotando sus manos, manteniendo su cuerpo tan cerca de la pared como le fue posible. Podía refugiarse en el interior del gimnasio, o adentrarse al bosque para pedir a las chicas de su guardia que le consiguieran un café, pero en lugar de tomar cualquiera de esas opciones decidió abrir la primera puerta que vio, y cuando echó un vistazo al interior fue como si los dioses respondieran a sus súplicas.

A lo largo de su vida, Maya siempre estuvo cerca de los escenarios. Sus padres pertenecían a una muy aclamada compañía teatral, y una vez que se separó de ellos, el Clan Hanayagi fungió como un nexo entre ella y aquel mundo lleno de mentiras y glamour. Danza, teatro, cine; estar cerca de un escenario siempre la hacía sentir en casa.

—He vuelto —saludó al auditorio vacío como si se tratara de un viejo amigo, dejando que la pesada puerta metálica se cerrara a sus espaldas entre rechinidos. Era enorme, y aunque la única luz que lo iluminaba era la que entraba por un par de ventanas altas y estrechas, las siluetas de los asientos y el rojo del telón se dibujaron claramente frente a sus ojos, tan vivos como la primera vez que los vio.

Caminó por el pasillo con los pies descalzos, deslizando sus dedos sobre el fino terciopelo que cubría las butacas. Los pequeños teatros como ese le recordaban a su madre, una prima donna que creía que cada escenario, por humilde que fuera, tenía algo especial. Ya no recordaba su rostro, pero sí su belleza, tan exótica que merecía ser exhibida en un museo, y también su voz, tan hermosa que el recuerdo pudo hacerla llorar.

Tendo Mao. Incluso su nombre era hermoso.

El Lago de los Cisnes era tu Magnum Opus, y fue por ello que elegí esa ave como mi emblema. —Buscó un lugar al azar y tomó asiento—. ¿Tú sabías lo que mi padre tenía planeado para mí, madre?

Silencio…

Sonrió, echando la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos en busca de unos minutos de paz. Se decía que cuando mirabas por demasiado tiempo al abismo este te devolvía la mirada, y lo que Maya más temió en ese momento fue que ese vacío abrumador respondiera sus preguntas.

—¿Qué me está pasando?

Pasó una mano sobre su rostro, tratando de recuperar la compostura a como diera lugar. Ella no era así, la Tendo Maya que todo el mundo conocía era la consigliere perfecta, en control de sus emociones, lo suficientemente fría para no dejarse llevar por la codicia y la lujuria que controlaban el mundo criminal y que habían hecho caer a tantos otros. No, Maya vivía por y para su «familia», y ninguna pesadilla la haría caer.

Sin embargo, mientras se tranquilizaba lo suficiente para ser vencida por el sueño, lo escuchó:

—¿Cansada, querida?

Saltó de su asiento, tensa, mirando a todas direcciones con tanta brusquedad que se lastimó el cuello. Era una voz femenina, apenas un susurro que parecía venir de todas direcciones y de ninguna a la vez, como si el abismo respondiera a su provocación con la voz de un cadáver.

"No seas ridícula", se reprendió, tratando de ignorar el repentino nudo que se formó dentro de su estómago.

—¿Quién está ahí? —preguntó emulando valentía, buscando rastros de la presencia en la oscuridad—. Si no quiere salir herido le recomiendo que se muestre.

Instintivamente llevó una mano al bolsillo de su pijama, descubriendo que dentro no había más que un caramelo que Futaba le obsequió esa tarde. Estaba desarmada, sola y, en el peor de los casos, rodeada.

—¿Hola?

Nadie respondió, ni amigo, ni enemigo, ni aparición. No había alma en el auditorio.

—Bien, basta de explorar —dijo en voz alta, estremeciéndose de la cabeza a los pies— volveré a la cama de una buena vez.

Pero apenas dio un paso sintió como si una fuerza invisible la regresara a su silla, obligándola a mirar directo al escenario.

—¿Por qué tanta prisa, querida? —dijo el abismo tomando forma en la butaca de al lado, con una voz tan dulce como la miel y tan letal como el veneno de un animal—. Siéntate y disfruta el espectáculo que han preparado para ti.

Al principio, cuando los mecanismos se accionaron por su cuenta, Maya creyó que era arte de magia, pero cuando los reflectores iluminaron a la única figura sobre la Posición Cero, supo con seguridad que se trataba de algo más.

Sobre el escenario había un hombre, alto y demacrado, con la cara molida a golpes y gruesos tramos de cuerda inhabilitando sus manos y pies contra una silla vieja. Solo uno de esos tantos motociclistas que dominaban las carreteras del país.

—Por favor —suplicó con voz quebradiza, pero que llegó a sus oídos con la facilidad de un grito— les juro que no era nuestra intención, no queríamos…

—Anda, ¿todavía puedes hablar?

Otra voz surgió de las sombras, y casi al instante dos actrices más se unieron a la representación. Sus rostros eran jóvenes, enrojecidos por la adrenalina, y el humo del cigarrillo que la líder llevaba entre los labios invadió el auditorio con una rapidez antinatural.

—¿Sabes? Creo que fui muy benevolente contigo —dijo la líder en tono burlón. Tras ella, escondida bajo una capucha negra, su guardaespaldas la siguió—. No te bastó con venir a causar alboroto al territorio de mi «familia» y amenazarnos cuando te pedimos que pararas, ahora también te atreves a pedir clemencia. ¡Qué grosero!

Dio una calada larga, pausada, y cuando aspiró un poco de aquel familiar aroma a menta la reconoció. Sonrisa torcida y ojos prepotentes. Las ganas de probarse a sí misma habían hecho de Kaoruko una persona especialmente peligrosa durante su adolescencia, y su recuerdo había vuelto a la vida para formar parte de ese bizarro recital.

—Ella ya no es así —murmuró, recordando la sonrisa traviesa que adornaba el rostro de su amiga la última vez que la vio—. Isurugi-san la ha cambiado, ella no…

—¿Cambiar? ¿Acaso has olvidado quién la convirtió en eso? —La sombra a su lado rió suavemente, volviéndose más real con cada segundo—. Tú la ayudaste, tú hiciste que perdiera el control y yo no podría estar más feliz.

Sintió que estaba a punto de vomitar. Se decía que cuando miras demasiado tiempo al abismo este te devuelve la mirada, y cuando Maya reunió el valor suficiente para girar el rostro, dicho abismo había tomado la apariencia del Diablo.

—¿Ha-Hanayagi-sama...?

La mujer sonrió de oreja a oreja. Se veía tan bien como la primera vez que la vio, antes de que la vejez y la enfermedad hicieran estragos en su persona: piel blanca, rasgos afilados, pómulos altos marcados por la lengua viperina de un dragón y, lo más llamativo, un enorme abrigo sobre sus hombros, el mismo que le entregó a su nieta el día que ambas abandonaron su pueblo natal.

—¿Qué? ¿Acaso no te alegras de ver a tu abuela luego de tantos años? —Hanayagi Hanako le devolvió la mirada, y sus ojos centelleando con una luz sobrenatural—. No invertí tanto en tu educación para que resultaras ser una malagradecida, Maya-han.

No sabía si era una alucinación o una pesadilla, pero el miedo que sentía era real.

—¡No volverá a suceder! —exclamó el hombre en la silla, dejando escapar hilos de sangre con cada palabra—. Llevaré a mis chicos a otra parte. ¡T-T-Trabajaré para ustedes!

Kaoruko soltó una risotada.

—¿Trabajar para nosotros? ¿Acaso te has visto? No mereces siquiera que estemos en la misma habitación. —Rodeó la silla como un coyote hambriento, colocándose a espaldas del hombre para sujetarlo por los hombros—. Kioto pertenece a los Hanayagi, pero ya que tienes una súbita urgencia por dominarla, voy a dejar un trozo tuyo en cada rincón de la prefectura de Kansai.

Chasqueó los dedos y su guardaespaldas dio un paso al frente, desenfundando el cuchillo que llevaba en el cinturón. En un momento dado la capucha resbaló de su rostro, y en cuanto lo vio Maya sintió que había perdido la razón.

Aquella era una versión más joven de sí misma, con el rostro demacrado salpicado por pequeñas gotas de color rojo. Sus ojos eran del mismo violeta que los suyos, pero tan desenfocados que Maya habría dado lo que fuera para no verlos nunca más.

—E-Esto es otro sueño —murmuró— otra maldita pesadilla…

—¿Pesadilla? —Hanayagi-sama alzó una ceja—. ¿Acaso no lo recuerdas? Cortaste al chico en pedazos y me entregaste una parte como ofrenda para que te permitiera ser la consejera de mi heredera. ¿Cómo has olvidado algo tan especial?

Nunca lo olvidó, simplemente enterró el recuerdo en lo más profundo de su cabeza. Esas eran las normas del Clan: el juramento era una promesa, el horimono un contrato y el derramamiento de sangre era la iniciación.

«¿Tendo? ¿Estás ahí?»

Esa versión de Kaoruko tomó al hombre del cabello, tirando de él para obligarlo a echar la cabeza hacia atrás en una imagen que la luz de los reflectores se encargó de colorear de rojo.

—Sus ojos serán un buen obsequio para la jefa, ¿no lo crees, Tendo-han?

La sombra, ese fantasma del pasado dio un paso al frente, posicionando la afilada punta de su arma sobre la cuenca del ojo izquierdo del hombre, tan cerca que un pestañeo partiría su párpado en dos.

—Sí, Hanayagi-san.

«¿Qué haces dormida en un sitio como este? ¿Me estás escuchando?»

Maya se retorció en su asiento, gimiendo como un cachorro detrás de unos labios que era incapaz de mover. El abismo a su lado desapareció, fundiéndose en el humo de tabaco para reaparecer detrás suyo, deslizando sus manos huesudas a través de su rostro.

—No te atrevas a desviar la mirada —le ordenó, posicionando sus dedos sobre sus párpados para obligarla a mantener los ojos abiertos—. Esa es quien eres, no puedes huir.

No, aún no. Quería permanecer un poco más de tiempo dentro de esa mentira, esa en la que logró redescubrir su humanidad, en la que veía a su amiga más querida enamorándose y en la que podía ver una sonrisa en el rostro de Saijo Claudine.

«¡DESPIERTA DE UNA BUENA VEZ, TENDO MAYA!»

Y lo hizo. Despertó sobresaltada, saliendo disparada de su butaca como si llegara a la superficie luego de un largo rato bajo el mar. El auditorio estaba como lo encontró, vacío, y a su lado había nadie más que una muy preocupada Saijo Claudine.

—T-Tranquila —murmuró su compañera al ver su reacción, acercándose con cautela hasta tomarla del brazo—. Todo está bien, respira profundo.

Trató, realmente trató, pero todo el mundo dio vueltas a su alrededor, haciendo que le fuera imposible concentrarse en otra cosa. Claudine, sin embargo, volvió a intentar.

—Lo haremos juntas —insistió, tomando su rostro entre sus manos para fijarlo en su sitio—. ¿Lista? Inspirez, expirez. Très bien.

La ayudó a sentarse, acompañándola en sus ejercicios hasta que hubo recuperado el aliento. Ya no temblaba, pero se sentía cansada y aturdida, tan asustada que con esfuerzo logró hablar.

—¿Saijo-san? —Sentía los labios secos y arenosos—. ¿Q-Qué hace aquí?

—Te vi salir del dormitorio. —Sus manos apartaron los mechones de cabello que el sudor pegó a su frente. Quizá era un gesto sin importancia, una forma de externar su preocupación, pero para Maya significó el mundo entero—. No volvías, así que salí a buscarte, y desde el otro lado del pasillo escuché tu voz.

—¿Acaso hablé en sueños otra vez?

Claudine negó con la cabeza.

—Gritabas —corrigió, visiblemente preocupada—. No sé qué estabas soñando, pero parecías estarla pasando mal.

—Oh…

Bajó la mirada, observando sus manos con impotencia. Se sentía patética, como una niña atormentada por terrores nocturnos, aunque en lugar de monstruos, lo que invadió sus pesadillas fue su propia imagen.

—¡¿T-Tendo Maya?! —Claudine sujetó sus hombros cuando fue abatida por un ataque de tos—. Todo está bien, no hay nada que temer.

¿Nada que temer? Todo en ella era digno de temer.

Se puso en pie, luchando por retener la bilis que subía desde lo profundo de su estómago. Quería correr, abandonar ese auditorio y dejar atrás todos sus recuerdos; quería cerrar los ojos y despertar en la mansión de sus padres para descubrir que toda su vida había sido un mal sueño.

—Aléjese de mí, Saijo-san.

Pero la aludida se adelantó a sus intenciones, tomándola del brazo antes de que pudiera dar un paso más. Maya se tensó de pies a cabeza, y tal como hizo su padre con ella la última vez, no se atrevió a encararla.

—¡No sé qué diablos pretendes que haga! —Claudine chasqueó la lengua, frustrada—. He tratado de confiar en ti, sabía que algo andaba mal contigo y he guardado tus secretos porque sé que tienes buenas intenciones.

—Se equivoca —la corrigió, forcejeando suavemente—. No sé si lo habrá olvidado, pero fui yo quien la secuestró.

—Pero me protegiste, lograste que ella cambiara de opinión.

—Lo hice, pero si Hanayagi-san le hubiera disparado, yo habría escondido su cuerpo en las montañas.

Claudine estaba temblando, tenía miedo, pero se mantuvo firme en su sitio.

—Eso no ocurrió.

—Pero pudo ocurrir. Si quiere sobrevivir, debe alejarse de mí de inmediato…

—¡DEJA DE TOMAR DECISIONES POR MÍ!

Su grito le erizó la piel, y cuando su figura se pegó a su espalda en un abrazo fuerte, Maya dejó de luchar.

—Saijo-san...

—Realmente no te entiendo. —Pegó su frente contra su espalda, impotente—. A veces siento que eres tan parecida a mí, solo una Chica de Escenario que ansía llegar a la cima, pero en momentos como este siento que nunca podré conocerte del todo.

—No soy como usted.

—¿Entonces quién eres realmente, Tendo Maya?

¿Quién era ella? Aún podía ver claramente al otro yo de sus pesadillas: su rostro irreconocible, delgado por la falta de sueño, sus ojos muertos y restos de sangre goteando entre sus dedos.

—Un monstruo.

Esbozó una sonrisa desganada, como si finalmente se resignara a aceptar una verdad de la que llevaba años escapando.

—¡¿Quieres dejar de actuar así?!

Claudine la obligó a girarse, tomando su rostro entre sus manos para forzarla a ponerse a su altura en un extraño déjà vu. Sus ojos color vino se mantuvieron sobre los suyos con decisión, y ver toda esa determinación en bruto hizo que su corazón se volviera loco.

—¿Por qué…?

—Porque eres tan cabeza hueca que no puedes detenerte a escuchar a los demás. —La chica mitad francesa sonrió, acariciando sus mejillas con unos dedos suaves como el terciopelo, tranquilizándola—. ¿Sabes? Hubo un tiempo en el que realmente te tenía miedo...

—Tiene razones...

—¿Razones? Si esa mujer cumple su amenaza, si realmente arruina mi carrera, no sabría qué hacer. —Unió su frente con la suya, cerrando los ojos con fuerza—. El escenario es mi vida entera, Tendo. ¿Qué sería de mí si me lo arrebatan?

Sus dedos temblaban sin control, por lo que Maya colocó sus manos sobre ellos.

—En ese momento realmente creí que me mataría —le contó— pero cuando vi sus ojos entendí que ella tenía tanto miedo como yo.

—¿Qué quiere decir?

—Ella fue quien protegió a Futaba, ¿no es así? Lo que sea que pasó en el bosque la noche que llegamos al campamento, esa mujer tuvo algo que ver.

—No sé de lo que…

—¿Realmente me crees tan idiota para creer que Futaba cayó de un árbol? —Dio un paso hacia atrás, soltando un gruñido de indignación ante su falta de respuesta—. Sacrebleu ! Ella está tan llena de moretones que apenas puede ocultarlos y tú te pasas todo el día pegada a ella como si fueras su guardaespaldas.

Maya dejó que una pequeña risita se escapara de sus labios.

—De un modo u otro eso es lo que soy.

—¿Ves a lo que me refiero? —Suspiró, mucho más tranquila—. Siendo honesta, no sé lo que hizo que Futaba se fijara en una mujer tan problemática y egoísta como esa, pero si ella decidió confiar en ustedes yo debería hacer lo mismo.

—Saijo-san…

—Prometiste que me explicarías todo, ¿no? —Se acercó un poco más, y por un momento la escasa luz que entraba por las ventanas altas le permitió observar su propia imagen reflejada en sus ojos—. Cumple tu promesa, Tendo Maya, y déjame decidir por mí misma si debo odiarte o no.

Maya se mordió el labio. Tenía miedo, estaba aterrorizada, pero asintió. Quizá no era el momento que tenía en mente, pero no iba a dejar pasar otra oportunidad. Pero ni siquiera había terminado la última sílaba de su nombre cuando un destello color rojo iluminó el auditorio, centelleando unos segundos antes de extinguirse como la flama de una vela.

—¿Eh? —Claudine siguió la luz con la mirada—. ¿Qué es eso?

La respiración de Maya se aceleró. Había visto esas luces cientos de veces, las suficientes para saber que nunca auguraban nada bueno. Giró sobre sus talones y salió corriendo por el pasillo, abriendo la puerta con tanta fuerza que la misma se estrelló contra la pared contraria.

Una única bengala extinguiéndose en el cielo, más brillante que las estrellas, del mismo tipo que entregó a Isurugi Futaba esa misma tarde.

—¿Tendo? —Claudine la alcanzó entre jadeos, mirando al cielo mientras se abrazaba a sí misma para protegerse del frío—. ¿Qué haces?

—Iré a investigar.

—¡¿Estás loca?! ¡No sabes lo que hay afuera!

—Isurugi-san podría estar en peligro.

—¡¿Y cómo sabes eso?!

—No lo sé, por eso debo ir a descubrirlo.

Analizó sus alternativas. Aún existía la posibilidad de que no fuera la chica pelirroja quién hubiera lanzado esa señal de auxilio, después de todo, todas sus chicas llevaban consigo herramientas similares.

—¿Trae su teléfono, Saijo-san?

Un poco confundida, ella asintió.

—P-Por supuesto, llegué hasta aquí usando la linterna… ¡Pero no hay señal aquí dentro! ¿De qué me puede servir?

—Enciérrese en el auditorio —ordenó, dando media vuelta para comenzar su camino—. Si se siente en peligro encienda la linterna y apunte la luz hacia el bosque... Alguna de mis chicas debería ser capaz de verla desde ahí.

—¡¿Q-Quieres decir que hay más de ustedes?!

—Tenga cuidado.

—¡Espera!

Salió corriendo sin mirar atrás, cruzando el patio a toda prisa hasta perderse entre los árboles. La tierra húmeda se hundía entre sus dedos, las ramas bajas le arañaban la ropa y el frescor de la noche la hacía temblar, pero se mantuvo tranquila, cuidando que sus pasos no hicieran ni un solo ruido.

¿Acaso Futaba había burlado a su guardia? No, estaba completamente dormida cuando dejó el dormitorio, y aunque se hubiese aprovechado de su somnolencia para escapar, habría tenido que burlar también a Claudine.

"Debería haber alguna de las chicas por aquí", pensó luego de caminar unos diez minutos en línea recta, acostumbrando sus ojos a la oscuridad. "Iwata-san debió dar la primera ronda al inicio de la noche, luego fue turno de Koizumi-san, por lo que a esta hora debería ser…"

—¡Sato-san!

Encontró a la chica sobre un enorme charco de sangre, con el arma aún en su funda y la pistola de bengalas a pocos centímetros de sus dedos. Maya se acuclilló a su lado, colocó el oído sobre su pecho y se concentró para escuchar su pulso: seguía viva, pero con tanto esfuerzo que su atacante debió darla por muerta.

—Se pondrá bien, Sato-san, lo prometo. —La ayudó a incorporarse, y no pasó mucho tiempo para que pudiera sentir la herida sangrante en la parte baja de su espalda. Era, es su mayoría, redonda, aunque sus bordes toscos eran propios de un disparo dado a quemarropa.

—¡Tendo-sama! —Dos de sus chicas se acercaron corriendo, iluminando el camino con sus linternas. Se trataba de Iwata y Koizumi—. ¡¿Qué fue lo que ocurrió?!

Frunció el ceño. Que ellas no estuvieran al tanto de lo ocurrido significaba que el resto del perímetro era seguro, lo que convertía el ataque en algo aislado y, en el peor de los casos, planificado.

Alguien quería que abandonara su posición. Alguien, quienquiera que fuera, necesitaba crear una abertura en su defensa.

—¡Demonios!

Tomó el arma de Sato de su funda, una semiautomática de 9mm, revisó que su cartucho se encontrara lleno y la metió a su bolsillo, cargó a la chica y la colocó cuidadosamente en los brazos de Koizumi.

—Llévala al hospital de inmediato —ordenó, y cuando Koizumi asintió se giró hacia Iwata—. Llama refuerzos y haz que rodeen todo el edificio; estás a cargo a partir de ahora.

Iwata asintió.

—¡Sí, Tendo-sama!

Se despidió con una reverencia, sacudió la sangre que quedó impregnada en sus manos y salió corriendo en dirección contraria.

Era una trampa.

A esa velocidad tardó menos de cinco minutos en deshacer la distancia que había recorrido en más de diez, y lo primero que vio al salir del bosque fue el móvil de Claudine, abandonado en el pasillo con su linterna apuntando al cielo.

—¡Saijo-san!

Cruzó el patio a una velocidad de vértigo, lanzándose violentamente contra la puerta del auditorio para buscar a su compañera en la oscuridad. Todo estaba ocurriendo demasiado rápido, tanto que tuvo que apoyar su cuerpo exhausto en el marco de la enorme puerta doble para tratar de recuperar la respiración.

—¿Sigue aquí? —Recogió la linterna del suelo y, dudosa, iluminó las decenas de butacas frente a ella. Claudine se encontraba ahí, ocupando el mismo asiento en el que ella había caído dormida, inmóvil como si se encontrase disfrutando un recital invisible—. ¿Se encuentra bien?

Quizá se había quedado dormida, aunque no comprendió cómo podía ceder ante el sueño en circunstancias como esas. Algo andaba mal.

—Escúcheme. Podría haber intrusos en el edificio, tengo que ponerla a salvo de inmediato.

Avanzó lentamente, deslizándose entre las filas de asientos mientras suplicaba para sus adentros que aquello fuera otra de esas estúpidas pesadillas que no la dejaban dormir.

—¿Saijo-san…?

Colocó una mano sobre su hombro, temblorosa, y cuando iluminó su figura retrocedió tan rápido que estuvo a punto de tropezar. Por supuesto que no iba a responder a su llamado, se encontraba inmovilizada, atada de pies y manos a la butaca y con los labios cubiertos por un enorme trozo de cinta adhesiva que le impedía gritar. No estaba herida, pero el terror que había en sus ojos era tan palpable como ella misma.

—¡Saijo-san!

Se apresuró a su lado, retirando el trozo de cinta con cuidado de no lastimarla. Claudine, de inmediato, tomó una enorme bocanada de aire que le provocó un severo ataque de tos. Maya permaneció a su lado, buscando la forma de liberar sus manos mientras se maldecía a sí misma por no llevar algún objeto afilado consigo.

—¿Se encuentra bien? —preguntó—. ¿Quién le hizo esto?

Pero la chica no respondió. Apenas recuperó el aliento miró detrás suyo, abriendo sus ojos de par en par.

—¡Cuidado!

El teléfono resbaló de sus manos. Apenas tuvo oportunidad de girarse cuando el proyectil pasó a su lado en un silbido, rozando su mejilla y desgarrando ligeramente el lóbulo de su oreja, haciendo que un poco de sangre empapara su ropa de dormir. Maya se llevó una mano a la herida, mirando a la oscuridad con una sonrisa nerviosa.

—Un arma con silenciador, por eso no pudimos escuchar el disparo —señaló, observando la figura misteriosa iluminada por el haz de luz que emitía el teléfono de Claudine—. Te escondiste en el bosque porque sabrías que iría a investigar, ¿no es así?

Su oponente no respondió, cargó otro disparo y le apuntó al centro del pecho.

—Tendo… ¿Quién es ella?

—Nadie importante, se lo aseguro. —Extrajo el arma de su bolsillo, parándose en el espacio entre su compañera de clases y su enemiga—. Ahora observe atentamente, Saijo-san, le prometo que esto no tardará mucho.

Quitó el seguro, cargó un disparo y colocó su índice sobre el gatillo, manteniendo una postura recta y confiada. Si iba a morir siendo un monstruo, lo haría protegiendo lo más importante para ella.

—¿Me haría el favor de decirme su nombre, señorita?

La misteriosa mujer asintió.

—Mi nombre es Yanagi Koharu —se presentó escuetamente, y Maya pudo ver en sus ojos la misma frialdad que encontró en la sombra de sus pesadillas—. He venido a acabar contigo, Tendo Maya.