IV
La resurrección de la escuela Kamiya.
Yahiko solo tardó un par de días en estar lo suficientemente recuperado como para empezar su entrenamiento con Kaoru.
El médico que había acudido a verlo había dictaminado que no estaba demasiado malherido, tal como Kenshin había pensado originalmente. Sus heridas no habían sido de gravedad en absoluto, y la semana que se tardó en volver a estar sobre sus pies fue más que nada para descansar su maltrecho cuerpo, que era más delgado de lo que habría sido saludable para un niño de su edad. Se había acordado entre los adultos que el descanso sería bienvenido para que se recuperase completamente, por lo que el pelirrojo se había encargado de mantener al chaval en su futón aunque no le gustase. Kaoru había intentado atenderlo al principio, pero aquello no había terminado exactamente bien, por lo que al final había sido el varón el responsable de encargarse de la recuperación y del bienestar de Yahiko.
Los intentos de escape del niño habían sido variados, pues no le gustaba para nada encontrarse encerrado en una habitación y estar recostado todo el día, pero cada vez que trataba una huida había sido frustrado por el hitokiri, cuya diversión por la actitud del mocoso había sido innegable.
Sin embargo, una vez que se recuperó bajo la mirada silenciosa pero alerta del samurái de ojos violetas, de inmediato comenzó sus clases. Y su respeto por su profesora era, por decirlo suavemente, escaso.
Solo llevaban entrenando un día, pero ya se había formado entre ellos una rutina completa de insultos que solo lograban hacer suspirar a Kenshin, quien se había limitado a observarlos por breves momentos con aburrimiento en los instantes en que estaba libres de sus tareas.
Tal como en ese preciso momento. Era el segundo día de entrenamiento, y el samurái acababa de terminar de lavar la ropa, por lo que se había sentado en un rincón del dojo a observarlos entrenar en completo silencio, con una expresión incrédula en su rostro mientras los insultos y discusiones aumentaban entre la maestra y el estudiante. Por los kamis, si él hubiese actuado de esa manera con su maestro probablemente se habría llevado más de un palo por la cabeza…
Aunque no era como si Kaoru no castigara a Yahiko por sus insultos, de hecho lo hacía en demasía. Ya le había dado un par de zamarreos al mocoso por insolente, pero el niño parecía que mientras más lo regañaran, peor se comportaba. Era insoportable. Y Kenshin no tenía mucha paciencia para tratar con esa clase de insubordinación, y a veces comenzaba a hacérsele difícil el poder mantener puesta la máscara de suavidad en su rostro.
Si la situación seguía así, se vería en la obligación de intervenir para poder corregir la actitud del niño. Pero la verdad, no quería hacerlo aún pues podría causar más mal que bien al final. Pensaba que era mejor que Kaoru se ganase por sí sola el respeto de su estudiante, respeto que no podía ser impuesto por la fuerza, pero…
—¡Tu agarre está mal! —exclamó Kaoru en aquel momento, con el ceño fuertemente fruncido. Hasta entonces había usado lo mejor de su paciencia para enseñarle al mocoso como sostener su shinai, pero él seguía haciéndolo mal casi como si fuera a propósito. De hecho, estaba casi completamente segura de que así era.
Yahiko bufó, irritado, y ajustó el agarre en el mango de su espada de bambú antes de refunfuñar en voz molesta:
—Oh, cállate. ¿De esta manera, anciana?
El grito de Kaoru en respuesta al nuevo insulto resonó por todo el dojo. Verla erizarse como un gato enfadado para quejarse y reprender a su pupilo, hizo que un suspiro escapase de los labios del hitokiri que los observaba. La escena era cómica si lo veía desde un punto de vista externo, pero no podía encontrar dentro de sí la voluntad de siquiera sonreír. Era muy serio el asunto de la falta de respeto del niño por cualquier tipo de autoridad.
Bueno, cualquier autoridad excepto la suya. Por alguna razón, el niño a él si lo escuchaba. Quizás se debía al hecho de haberlo salvado, el ser hombre, o de que Yahiko sabía su verdadera identidad y reputación, pero la cuestión era que en esos días había demostrado más respeto por él que por cualquier otra persona además de sus padres muertos. Y eso era algo que Kaoru había notado, y que entonces demostró al exclamar:
—¡Kenshin, este chico es un bocasucia! ¡Dile algo!
Llevó una mano hasta sus sienes cuando la muchacha ojiazul le exigió que interviniese, con una voz tan alta que casi logró sacarle una mueca al varón en respuesta. Tenía unos oídos tan sensibles que el ruido hacía que le dolieran bastante, aunque no iba a decirle eso a la mujer. Quizás se enfurecía de nuevo con él y terminaba lanzándole el bokken otra vez, y esa ciertamente era una experiencia que no quería repetir en que lo que le quedaba de vida.
Los observó con expresión cansada, pareciendo quizás por primera vez como el veterano de guerra que era. Su aspecto juvenil, después de todo, era engañoso, y a pesar de solo tener 28 años, tenía un cansancio en sus huesos que no siempre se reflejaba en su rostro como lo estaba haciendo en ese preciso momento.
—Ambos son demasiado obstinados. —masculló en voz tan baja que ninguno de los dos, ni la mujer ni el niño, se dieron cuenta de que había hablado a pesar de que estaban pendientes de él. Decidieron ignorarlo al ver que él no los dignaba con otra respuesta y siguieron con su discusión a gritos, hasta que el pelirrojo se puso de pie con la gracia felina que lo caracterizaba, tomando su espada y colocándola en su obi. El movimiento finalmente silenció al par que discutía, y Yahiko se cruzó de brazos mientras observaba con descaro el rostro del hombre. Kenshin lo admiró por eso. Hombres más grandes que ese niño temían enfrentarse a él, pero el mocoso se mantenía lo más firme posible, aunque un ligero temor resonaba en su ki.
Hizo una nota mental para hablar con el niño. Él también había crecido escuchando absurdos rumores sobre su identidad, y no necesitaba que pudiese tenerle miedo si algún día lo veía pelear. Jamás lo lastimaría, tendría que decírselo.
—Estoy aquí para ser fuerte, no para pelear con una niñita. Quiero que tú me enseñes a pelear. —dijo entonces el niño con desfachatez cortando sus pensamientos de golpe, usando un tono de voz que causó que el ceño de Kenshin se frunciera ligeramente casi por inercia.
Él mismo había pensado en variadas ocasiones sobre la infantilidad de Kaoru, pero él era un hombre adulto de 28 años, superaba la edad de la muchacha por once años, y era un hombre que había visto la muerte y se había endurecido en la guerra, no un niño de diez cuya peor acción había sido robar una cartera y faltarle el respeto a la gente. Claro, también pensaba que Kaoru debería saber comportarse mejor a sus 17 años y no caer al mismo nivel del niño, pero seguía siendo joven. Ya aprendería, eventualmente.
El niño, por otro lado… Kenshin suspiró un poco, con el ceño todavía fuertemente fruncido en su rostro. No estaba seguro de cómo tratar con la situación o qué debía decirles. Ya empezaba a resultar obvio que tenía que intervenir antes de que esos dos se matasen el uno al otro, pero en realidad él nunca había tenido mucha experiencia intercediendo en las discusiones de los demás y calmando los ánimos. Generalmente, él se alejaba de la situación cuando estallaba una discusión trivial, o al menos siempre había sido así en el pasado. Pero ahora, con una mujer explosiva sin ninguna clase de control y un niño insolente que carecía de límites, sabía que no podía simplemente alejarse y dejarlos a su suerte.
—Yahiko, —comenzó con una voz calmada, helada pero firme, dirigiendo una mirada ligeramente más fría de lo usual al niño, que por un instante pareció comprender que había pasado una línea y lució ligeramente avergonzado antes de volver a poner una expresión impertinente.— Me niego completamente a pasar mi estilo de espada a las futuras generaciones, así que no voy a tomar ningún aprendiz. Aquí solo soy un juez, o un espectador. Tú perteneces a la escuela Kamiya ahora, y tendrás que hacerte fuerte en ella, siguiendo el ideal de la espada que protege. Y no voy a oír ni una sola queja más al respecto, ¿queda claro?
Yahiko gruñó, pero no respondió, lo cual ya era un avance. Ciertamente no era la clase de niño que se guardaba sus réplicas, pero parecía saber cuándo morderse la lengua. Al menos si de Kenshin se trataba. En lugar de hablar, sencillamente se volteó hacia su maestra y volvió a tomar la postura que ella le había estado mostrando hasta entonces. Ahora lo hizo casi perfectamente, y al notarlo Kenshin tuvo que reprimir un suspiro. Era obvio que la mayoría de sus fallos anteriores solo eran para molestar a Kaoru.
—¿Ahora sí, fea? —gruñó el niño, haciendo que el samurái tuviese que contener el repentino impulso de poner los ojos en blanco. Esos dos le iban a sacar canas demasiado joven…
—¡Ya basta! ¡Deja de llamarme así!
Con un quejido inaudible para cualquiera de los otros dos, Kenshin caminó hacia la salida y se deslizó silenciosamente por la puerta shōji abierta para abandonar el dojo, caminando hacia la cocina donde podría refugiarse un poco de sus gritos incansables. Podría ponerse a preparar la comida con anticipación, o podría ver si faltaba algo para la cena y luego ir a comprarlo mientras la hora de la lección terminaba… Tras reflexionar unos segundos, eso último fue lo que hizo.
Luego de comprobar que estaban escasos de soya y miso, cogió algo del dinero que Kaoru mantenía a disposición para la comida y luego abandonó el recinto, caminando hacia el mercado a ritmo tranquilo y disfrutando de la paz disponible ahora que estaba lejos del rango de audición del concurso de gritos de los dos niños.
Había poca gente por las calles a esas horas de la tarde, y los presentes se encontraban en su mayoría bastante ocupados como para prestarle demasiada atención, lo que él agradeció en su fuero interno. La espada, su pelo, su apariencia en general solían atraer bastantes miradas, y lo último que necesitaba era tener que escapar de la policía otra vez, aunque parecían estar haciendo caso omiso de su presencia desde el incidente. No quería tentar la suerte solo por eso.
El mercado estaba en su mayor parte vacío, contando solo con la presencia de los vendedores y una señora con su hijo. Gracias a lo solitario del sitio, pudo realizar sus compras en paz, o al menos así fue hasta que un par de policías llegaron caminando. Y aunque parecían haberlo visto sin tomar ninguna acción al respecto, él igual maldijo entre dientes al notarlos, deslizándose prácticamente por instinto entre las sombras de un callejón. Allí se quedó inmóvil mientras esperaba que los oficiales se alejaran.
Fue entonces cuando los escuchó, y al instante se paralizó por la sorpresa:
—¿Has escuchado sobre ese supuesto hitokiri?
Las palabras le cayeron como un balde de agua fría, y su primer pensamiento fue que estaban hablando sobre él. ¿Se había corrido el rumor? ¿Cómo era posible? Descartó que Yamagata o el jefe Uramura hayan dicho algo sobre él casi de inmediato, no creía que ellos quisieran provocar cualquier tipo de pánico en la ciudad si su identidad se hacía de conocimiento público. Y no dudaba que habría pánico. Realmente esperaba que los policías no estuviesen hablando de él, o tendría que irse de inmediato de la ciudad. Y se estaba encariñando con Kaoru y Yahiko, realmente no quería dejarlos tan de improviso.
No pudo respirar tranquilo hasta que el otro oficial pronunció un nombre: Gasuke. Y entonces todo cobró sentido.
Hacía dos días, algunos de los yakuza que había enfrentado hacía una semana habían sido apresados por cargos que el samurái desconocía, sin embargo pronto habían sido liberados. Uno de los oficiales que había efectuado el arresto había sido asesinado por el denominado hitokiri (aún le daba ganas de reír cuando lo pensaba, que aquel idiota pudiese ser considerado un hitokiri era honestamente una de las cosas más ridículas que Kenshin hubiese oído en muchos años), pero no había sido atrapado.
Aparentemente, aquel hombre no había aprendido nada desde su último encuentro.
Y mientras los policías se alejaban, aún charlando sobre aquel sujeto, los violetas ojos del samurái brillaron repentinamente de color oro, con el mismo tono helado que había sido infame en Kioto. Tenía una presa para cazar esa noche, alguien que era un verdadero peligro para la sociedad y la paz de aquella era.
Kaoru suspiró algo cansada cuando, en un pequeño receso de su lección, se alejó hacia el pozo para poder beber un poco de agua que necesitaba con desespero.
Estaba muy, muy molesta. Enseñar a aquel maldito mocoso le estaba costando más de lo que había pensado, y realmente se preguntaba si valía la pena que se desgastara tanto. Cuando había corrido en busca de ayuda para salvarlo, no había pretendido que aquel muchacho practicase kendo en su escuela, sólo había querido protegerlo de los yakuza. Ella no lo había pedido como alumno, pero Kenshin lo había traído y ahora la dejaba sola para tratar con el pequeño problema. Qué desconsiderado de su parte, ya le daría su opinión al respecto cuando volviera.
Resopló de forma poco femenina al pensar en el regaño que le daría al samurái, aquello la hacía sentir un poco mejor con la situación. Algo menos cabreada, partió nuevamente al dojo, pero esta vez lo encontró completamente vacío.
Yahiko no estaba donde lo había dejado antes, ni tampoco se encontraba en ningún sitio a la vista.
Maldijo entre dientes, con el cabreo anterior regresando en todo su esplendor. Ese niño… No la escuchaba, no la respetaba, y ahora además desaparecía en mitad de su lección. ¿Cómo se atrevía? Con una vena latiendo en su sien producto de la furia, salió del dojo y se puso el bokken al hombro, comenzando a llamar a gritos el nombre de su estudiante díscolo.
—¡Yahiko! Dios, debe estar holgazaneando por allí... —masculló, irritada, siendo escuchada sin saberlo por el mencionado, cuya ira comenzaba a alzarse a medida que su maestra continuaba insultándolo bajo su aliento:— Es un boca sucia y tiene una personalidad retorcida, ¿qué habrá visto Kenshin en él…?
Antes de que pudiera continuar, un golpe en su nuca la sobresaltó.
—¡Escuché eso! —exclamó una voz desde el techo, una voz que ella conocía, provocando que una ola de molestia recorriese todo su cuerpo. Allí estaba el maldito mocoso. Alzó la mirada para verlo asomarse por el tejado, con una expresión de ira que solo provocó que la propia furia de Kaoru aumentase.—¡Decidí que puedo aprender más por mi cuenta que con una chica con cara de anciana! ¿Tienes siquiera la habilidad necesaria para enseñar?
La susodicha chica frunció el ceño, sintiéndose profundamente ofendida por el comentario. Tenía la cabeza adolorida por el golpe, que había sido propinado por la shinai de Yahiko, pero aquello dejó de importar cuando la cólera volvió a levantarse dentro de ella al verlo descender del techo, cayendo en cuclillas en el suelo.
Llevó una mano hasta su nuca, frotándose el sitio lastimado con cuidado, y con un pequeño suspiro mientras rogaba internamente por paciencia, abrió los labios para hablar:
—Es cierto que solo soy una maestra adjunta que aún continúa en entrenamiento, pero… —respondió, colocando una expresión enojada esta vez y alzando al mocoso sin contemplaciones ni muchas molestias. Él seguía estando demasiado delgado, lo que facilitaba las cosas en ese momento, aunque hizo una nota mental para mencionárselo a Kenshin. No dudaba de que el samurai lograría que el niño llegase a un peso saludable en poco tiempo, su comida era maravillosa.— Al menos soy más fuerte que tú. Ven acá.
Sin hacer caso de sus gritos de protesta, se giró y llevando al niño a cuestas se dirigió de regreso al dojo, pero antes de poder entrar en el lugar, la puerta del exterior se abrió de golpe.
La nombrada parpadeó asombrada, girándose para ver a su sorpresivo visitante. Hacía tiempo que nadie pasaba por el dojo, y debía admitir que estaba ligeramente emocionada por el posible regreso de algún estudiante, y al voltearse y clavar la mirada en un agitado joven que reconoció, casi sonrió aunque no veía a aquel muchacho desde que había abandonado su escuela durante la matanza del falso Battousai. Sin embargo, al ver su estado agitado, amplió los ojos por el desconcierto.
—¡Kaoru-san! —gritó el chico, con tal expresión de pánico que la kendoka no pudo evitar preocuparse de inmediato.— ¡Kaoru-san, por favor ayúdanos!
—¿Hira? —susurró la muchacha, mencionando el nombre del joven que ahora frente a ella se encontraba. Pero antes de que pudiese cuestionarle qué sucedía, otro chico cruzó el umbral de la puerta, uno que ella también reconoció.— ¡También Sato! Estás herido, ¿qué sucedió?
Incapaz de evitar la preocupación, Kaoru liberó a Yahiko y corrió a ayudar a los jóvenes, con una expresión de ligera angustia. No obstante, no alcanzó a acercarse demasiado antes de que otras personas ingresaran por la puerta abierta. Esta vez, dos tipos que no conocía, y cuya apariencia no le gustó en absoluto. Y que además estaban armados.
Cuando intentaron atacar, no lo dudó y se lanzó al ataque con su bokken, que no había soltado en ningún momento. A pesar de que eran dos, y relativamente más grandes que ella, prontamente los dejó inconscientes, para la sorpresa de Yahiko que la observó con los ojos muy abiertos. No obstante, ella estaba demasiado ocupada para notarlo. Tenía preocupaciones más urgentes que mirar a su irrespetuoso estudiante.
—¿Quiénes son estas personas? —murmuró, frunciendo los labios con preocupación antes de acercarse a Hira para ayudarlo a ponerse de pie, dejando por primera vez su bokken a un lado. Una vez que ambos chicos estuvieron frente a ella, los miró con seriedad, agregando:— Díganme que pasa. Ahora.
Sin embargo, ninguno de los pálidos muchachos tuvo tiempo de explicarse, pues en cuestión de segundos un grupo enorme de gente se encontraba en la entrada. A primera vista, la kendoka no los reconoció, pero no necesitaba ser Kenshin para sentir la hostilidad saliendo de ellos prácticamente en oleadas. Aquello no iba a terminar bien.
"Son demasiados", pensó, ligeramente pálida, pero con una expresión de determinación. Kenshin no estaba en la casa, pero sabía que tenía que proteger a sus estudiantes, estuviesen en la escuela o no. No podía depender de la protección del samurái, tampoco es que quisiese hacerlo.
—¡Todos entren al dojo ahora! —exclamó, apresurándolos en dirección del dojo y cerrando la puerta shoji cuando los cuatro estuvieron en el interior. Al haber dejado su espada de madera en el exterior, caminó hacia la pared donde estaban las shinai y tomó una en sus manos antes de acercarse a donde los dos jóvenes estaban tirados en el piso. Los observó con detenimiento, y aunque el hombro de Hira parecía dolerle, ninguno de los dos lucía muy malherido. Aquello la alivió.
Yahiko, que hasta entonces había estado mirando a su maestra, al ver que ella miraba a los muchachos también llevó sus ojos hacia el par en el piso. Había podido oler el sake en ellos antes, y no estaba seguro de si la chica lo había notado. Pero antes…
— Ellos son el Hishimanji Gurentai. —dijo el niño con seriedad. Al oírlo, Kaoru se giró hacia él, observándolo con curiosidad. Ella, claramente, no reconocía el nombre de la banda. Y no era para menos, ella no había pertenecido al mundo en el que Yahiko había tenido que vivir durante tanto tiempo. Sin mucha pausa, él añadió:— Son una banda criminal, no sé mucho de ellos pero son peores que los yakuza.
Kaoru tuvo que contenerse para no soltar un quejido. Ella no necesitaba a Kenshin para proteger su dojo, pero habría sido realmente agradable que él estuviese allí en esos momentos. Aunque, pensándolo mejor, quizás su presencia solo haría escalar la violencia, el grupo en el exterior parecía ser del tipo de personas que él no dudaría en matar. Y ya lo había visto matar una vez, no quería hacerlo de nuevo, menos frente a Yahiko. El niño podía haber visto y vivido mucha violencia, pero no quería que su inocencia se viese aún más empañada. Además, ella todavía tenía pesadillas sobre la muerte de Gohei… No quería que el mocoso tuviese que pasar por algo similar.
Pero antes de que pudiese decir o hacer nada, oyó nuevamente la voz de Yahiko.
—Ustedes iniciaron una pelea con los miembros del Hishimanji, ¿no? —cuestionó el niño, enojado, mirando a los dos muchachos que lo observaron con los ojos como platos.— Huelen a sake.
El primer impulso de Kaoru fue gritarle, reprenderlo por hablar mal de sus antiguos estudiantes. Ella los había enseñado bien, no creía que fuesen capaces de empezar una pelea con personas así, pero una mirada a sus rostros culpables bastó para que aquella reacción muriese rápidamente.
—¿Eso… es cierto? —murmuró trémulamente, sombría, observándolos con incredulidad por unos instantes mientras aguardaba a que ellos hablaran, mas no obtuvo respuesta porque en ese momento una bala de cañón atravesó la puerta del dojo.
Contuvo el impulso de maldecir y simplemente se apresuró a retroceder, dándole un breve vistazo a Yahiko para asegurarse de que estuviese bien. El niño era un insolente, pero estaba a su cargo en ese momento, y no permitiría que le pasara nada. Suspiró aliviada cuando vio que él estaba en una pieza.
Luego llevó la mirada hacia el exterior, donde el grupo de criminales se había reunido en el patio. Y habían traído un cañón de madera con ellos. Y entonces lamentó haber contenido la maldición.
—¡No pueden esconderse del Hishimanji! ¡Salgan!
Mientras regresaba al dojo con las compras del día, fue el sonido de la explosión en la lejanía lo que alertó a Kenshin de que algo malo ocurría.
No había escuchado un sonido como ese en diez años, e inevitablemente se tensó de los pies a la cabeza al verse envuelto en un flashback, uno de la última batalla en la que había participado durante la guerra. Cerró sus ojos ahora dorados por un instante, en el que casi podía escuchar los gritos, las espadas, los cañones, los quejidos de los moribundos… Todo lo que lo había rodeado mientras se abría paso por la batalla de Toba-Fushimi, con su espada cortando enemigos a diestra y siniestra. Podía escuchar todo en su cabeza, y fue casi abrumador. Estuvo a punto de dejar caer las compras cuando el instinto trató de hacerse cargo de su cuerpo, forzándolo a llevar una mano hacia la cintura para desenvainar su espada, pero logró controlar su reacción a tiempo al recordar que estaba en mitad de la calle.
Respiró profundo y se tomó un pequeño momento para regresar su mente al presente. La guerra había sido hace 10 años, él estaba en Tokio, era media tarde, iba de regreso al dojo Kamiya...
Kaoru. Yahiko.
Abrió repentinamente sus ojos que ardían como las llamas del infierno, y ni siquiera dudó antes de lanzarse en una carrera a toda velocidad por la calle. No le importó si alguien notaba su rapidez antinatural, tenía que llegar al dojo lo más pronto posible.
Porque ya pasado el sobresalto, sabía que el sonido del cañón había venido de esa dirección.
Rezó a cualquier deidad que pudiese existir para que no ocurriese nada, que solo estuviese siendo paranoico. Sin embargo, ya había notado que los líos parecían seguir a Kaoru incluso más que a él, y eso era considerable, por lo que no tenía muchas esperanzas de que no hubiese problemas. Lo cual era aterrador, porque la chica que lo alojaba era impulsiva, no parecía saber sus limitaciones y se lanzaba de cara al peligro. En serio, cualquiera que enfrentase a un supuesto Battousai con una espada de madera que se podía romper como una ramita, era suicida o tonto. Y Kenshin todavía no estaba seguro de cuál era la definición que mejor le quedaba a la kendoka.
A medida que se acercaba a gran velocidad, no pudo evitar maldecir entre dientes. Sus sentidos agudos captaron la presencia del ki hostil que parecía rodear el sector, y para cuando estaba a solo un par de calles resultaba obvio que provenía del dojo. ¿En qué diablos se habían metido Kaoru y Yahiko ahora?
Estaba lo suficientemente cerca para darse cuenta de que había un gran grupo de gente en el dojo, ninguno con ki positivo. Y fueron sus instintos despertados, afinados por años de actuar entre las sombras, los que lo hicieron detenerse y buscar… una "entrada alternativa". Después de todo, no era inteligente simplemente lanzarse de frente contra un grupo tan numeroso. Especialmente si no quería causar una carnicería.
No se detuvo a dudar y dobló por una calle, buscando un sitio por donde entrar a la parte trasera del dojo.
La promesa de venganza del que parecía ser el jefe de la banda hizo que Kaoru apretase los labios. Así que sus antiguos estudiantes no solo se habían metido en una pelea, sino que también habían lastimado a alguien. No pudo evitar la fuerte ola de decepción y angustia que recorrió su cuerpo.
En ese momento, ni siquiera tenía la voluntad de mirarlos. Estaba completamente decepcionada de ellos. ¿En qué había fallado durante su enseñanza?
—¿Ustedes… comenzaron una pelea y alguien salió herido? —susurró con voz quebrada, sin siquiera voltearse hacia los muchachos, eligiendo en su lugar mantener la mirada fija en la puerta shoji.
Escuchó, como si viniese de muy lejos, el regaño que Yahiko les estaba dando a los dos chicos. Parte de ella también quería gritarles por la estupidez que habían cometido, pero estaba demasiado aturdida como para hacerlo. No obstante, tuvo que forzarse a salir del aturdimiento cuando, repentinamente, alguien rompió lo que quedaba de la puerta shoji.
Los hombres ahora estaban justo en la entrada del dojo, y directamente frente a ella, luciendo absolutamente peligrosos. Claramente no se detendrían en su intento de vengarse.
Kaoru ni siquiera lo dudó. Cuando escuchó las palabras de Yahiko, y la posterior respuesta del matón, dio un paso adelante, atrayendo a su estudiante hacia atrás con una de sus manos y manteniéndolo detrás de ella, para la total sorpresa del mocoso. Claro, no se llevaban del todo bien, pero no iba a permitir que ningún daño le aconteciese al niño.
—Yo me entregaré para su venganza en su lugar. —dijo entonces en voz baja, haciendo caso omiso del jadeo de Yahiko, junto con su mirada en su espalda. Era responsabilidad suya que Hira y Sato hubiesen comenzado una pelea, su escuela les había enseñado kenjutsu y claramente estaban usando mal sus enseñanzas. Como tal, tendría que hacerse cargo de sus acciones.— Ustedes tres quédens-
No obstante, no alcanzó a terminar de hablar, ni siquiera alcanzó a acercarse más a los intrusos. Porque entonces una voz surgió entre las sombras junto a la casa, sombras causadas por el atardecer, y la interrumpió resonando con tal frialdad que causó que el hielo bajase por su espalda, aunque no estaba segura de si era por el tono, las palabras proferidas, o el mero hecho de lo inesperado del suceso.
—Si se atreve a hacer tal cosa, me enojaré con usted tanto como con ellos, señorita.
La muchacha, sobresaltada, miró hacia el costado del dojo. Y ahí lo vio, oculto y perfectamente inmóvil, analizando la situación con mirada experta.
Era Kenshin.
Sus ojos ardían con fría ira, resplandeciendo del más puro ámbar, y cuando emergió en la luz de la tarde con el cabello oscureciendo su rostro, parecía tan peligroso como las leyendas decían, aunque claro los hombres frente a él no sabían a quién se enfrentaban.
Dejó el cubo que contenía las cosas que había comprado en el piso para no arruinarlas antes de acercarse más al grupo reunido, con la mano izquierda sujetando la vaina de su espada. Sus pasos eran tan silenciosos que algunos de los matones pensaron que se trataba de un espejismo, y por un segundo solo pudieron observarlo de forma atónita. Habían escuchado algunos rumores, pero…
—Se-señor… Ese hombre es el que derrotó a la policía armada… —murmuró uno, mirando a su jefe, rogando internamente para que el susodicho ordenase la retirada. No quería enfrentar a alguien que podía enfrentar por sí solo a toda la policía armada. Sus ruegos no fueron escuchados.
—Imbécil, —respondió el jefe.— Para eso tenemos el cañón. Mátenlos a todos.
Kenshin logró contener el impulso de poner los ojos en blanco. ¿Qué había pasado en Tokio en los últimos diez años? Parecía que desde que había cambiado de nombre, todos los maleantes se habían vuelto estúpidos, o al menos así pasaba con los que enfrentaba él. No obstante, no permitió que sus pensamientos se reflejasen en su rostro y mantuvo una expresión pétrea, casi tan gélida como la que una vez había utilizado en Kioto. Cuando habló finalmente, usó el tono más frío que pudo encontrar, aunque aun así su ira era perfectamente palpable:
—¿Matarnos, dices? Grandes palabras… Para alguien tan insignificante.
Y entonces se lanzó, desenvainando la espada con la velocidad casi divina que lo caracterizaba.
Escuchó el grito estrangulado de Kaoru detrás de él, un aterrado "¡Kenshin, no!" que casi lo hizo suspirar. A veces era fácil olvidar que aquella niña en realidad no lo conocía. Cuando le sonreía, o intentaba golpearlo sin ningún tipo de miedo, era inevitable que olvidase que ella en realidad había crecido escuchando los peores rumores de él, y que a pesar de haberlo visto en acción no parecía ser capaz de razonar que él no tomaba vidas indiscriminadamente. Pero ese no era el momento para tener esa conversación. Tenía unos imbéciles que derrotar.
Los susodichos imbéciles no tuvieron tiempo ni de moverse antes de que él estuviera justo encima de ellos, con el filo de la espada apuntando al cañón de madera. Sabía que había partes de ese artefacto reforzadas con metal, pero él había visto muchos de ellos antes. Y había destruido gran cantidad también. Sabía perfectamente dónde golpear.
Con un gran salto para coger impulso, cayó encima del cañón. Con las dos manos sujetando el mango de la sakabatō, cortó limpiamente la madera, dejando prácticamente inservible el artefacto que había puesto en peligro a los dos niños que estaban bajo su protección por el momento. Satisfecho con el resultado, sin hacer pausa hizo uso del impulso para girarse en dirección del jefe.
El hombre, al igual que todos sus peones, parecía estar teniendo dificultades para procesar lo que había ocurrido. Pálido como un muerto, observó los restos de madera y metal del cañón ahora inútil, y cuando alzó la mirada hacia Kenshin que lo observaba con los ojos dorados ardientes, resultaba claro que no creía lo que acababa de ocurrir.
El pelirrojo, por su parte, apoyó la espada contra su hombro en un gesto casual que daba la apariencia de despreocupación a pesar del hecho de encontrarse esencialmente rodeado por enemigos. Claro, estaba atento a cada uno de los movimientos del grupo, pero sus ojos estaban clavados en el líder, y cuando finalmente abrió los labios para hablar, su tono envió escalofríos por las espaldas de todos los que lo rodeaban:
—Lo diré solo una vez, y considéralo una gentileza porque hay una mujer y un niño presentes. Detengan esta estupidez, lárguense de aquí y no vuelvan jamás, o sino…
Dejó que la frase colgara en el aire, con la amenaza implícita siendo captada sin duda alguna por los hombres que si ya estaban pálidos antes, ahora parecían ser del color de la tiza.
Entre gritos de disculpa y promesas de no volver, los matones se apresuraron a seguir sus órdenes. Ni siquiera esperaron a recibir instrucciones de su líder, simplemente corrieron en tropel hacia la puerta bajo la mirada gélida del samurai pelirrojo. Al verse solo, el jefe no dudó en correr también, y pronto el dojo quedó vacío a excepción de Kaoru, Yahiko, y, según había oído Kenshin mientras acechaba en las sombras, los dos jóvenes que habían ocasionado el problema.
Llevó su mirada todavía dorada hacia ellos, haciendo que ambos dieran un paso hacia atrás con claro terror. Con los ojos fijos en ellos, envainó su espada con lentitud deliberada, dejando en claro que tampoco estaba feliz con ellos.
—Ustedes dos van a olvidar que aprendieron kenjutsu en esta escuela. Nunca vuelvan a tomar una espada, ¿entendido?
—¡Sí, señor! —gritó uno, Kenshin no estaba seguro de cuál, antes de que ambos se apresurasen hacia la entrada. No obstante, fueron interrumpidos por la voz de Kaoru.
La kendoka había dado un paso al frente, mirando el hombro de Hira con algo de preocupación, aunque su mirada contenía más angustia en esos momentos. No sabía en qué habían fallado ella y su padre al enseñarle a esos dos muchachos, pero aunque habían roto una de sus más grandes enseñanzas, todavía se sentía responsable por ellos.
—Hira… Tienes que ir a un doctor a que te vea ese hombro.
El muchacho la miró sorprendido, antes de que una ola de vergüenza oscureciera su rostro. Asintió con la cabeza antes de retirarse rápidamente del dojo, siendo seguido por su amigo.
Kenshin los observó irse con ojos ambarinos sombríos, que pronto llevó hacia la joven que había bajado la cabeza y parecía estar conteniendo las lágrimas. Estaba sumamente molesto con ella, por su estúpida reacción frente al peligro, y ciertamente tenían que tener una conversación seria sobre el valor que ella le daba a su vida, pero en ese momento no pudo encontrar la voluntad para regañarla.
Archivó sus pensamientos para después, para cuando realmente pudiesen hablar con calma. No le importaba realmente si ella todavía pensaba que era un asesino a sangre fría, que no podía controlarse o que no tenía real concepto de a quién matar. Pero el hecho de que ella hubiera estado tan dispuesta a sacrificarse por algo que no valía la pena, lo molestaba profundamente. Era joven, inocente, tenía una larga vida por delante, no podía permitir que la desperdiciara de esa manera.
Suspiró, acercándose a ella con pasos lentos y con los ojos oscureciéndose lentamente hasta ser nuevamente violetas. Aún tenía gran furia en su interior, pero hizo el esfuerzo por calmarse, para que la niña estuviese más tranquila. Sabía que la alteraba cuando dejaba escapar su ira, y en ese momento de angustia, no quería que se preocupara aún más.
—Anímese, Kaoru-dono. A veces, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, la gente simplemente no entiende lo que intentamos enseñarles.
Esbozó una pequeña sonrisa hacia ella, intentando transmitirle calma… Aunque el esfuerzo se fue al diablo cuando la insolente voz de Yahiko resonó en el patio, haciéndolo crisparse.
—Deja de lloriquear, es patético.
Ese chaval…
Kenshin se volteó a mirarlo, frunciendo ligeramente el ceño en disgusto. El mocoso carecía completamente de respeto y él realmente comenzaba a perder la paciencia con su actitud. No obstante, al ver sus ojos brillando de determinación, se detuvo en seco justo antes de abrir la boca, quedándose mirando al niño por un segundo con algo de incredulidad. Porque su rostro ya no llevaba la expresión de desprecio que había llevado antes al dirigirse a Kaoru.
—Yo soy tu estudiante. Vamos, Kaoru, no tenemos tiempo que perder.
Kenshin tuvo que contener una sonrisa.
Con un repentino brillo de orgullo reemplazando a la molestia en su mirada, observó al niño que había rescatado mientras éste mascullaba algo sobre tener que conformarse con Kaoru por ahora. Para cualquier observador era obvio que solo estaba intentando salvar la cara, y que en realidad acababa de ganar un sano respeto por su nueva maestra.
—Bueno, veo que alguien si está ansioso por aprender lo que tienes que enseñarle. —señaló Kenshin con amabilidad a la asombrada kendoka que miraba boquiabierta al niño. Al notar que no se movía, le dio un suave empujón entre los omoplatos para que fuese en la dirección del niño, que ya estaba caminando hacia el centro del dojo. Eso pareció sacarla de su estupefacción y pronto caminó tras su alumno.
El rōnin se rió suavemente cuando la escuchó regañarlo por dirigirse a ella por su nombre de pila. En su opinión, aquel era un buen cambio en comparación con los creativos insultos de esa mañana, pero su opinión era innecesaria en ese momento. Con una sonrisa, se volteó y caminó hacia el punto donde había abandonado las compras, inclinándose para recogerlas.
Tenía que ordenar las provisiones, limpiar el desastre que había quedado tras la pelea, y luego cocinar la cena. Y esa noche, tenía que salir sin que Kaoru se enterase.
El resto de lo que quedaba de la tarde, hizo justamente eso. Ordenó sus compras en la despensa, limpió y barrió el patio y se deshizo de la madera que había quedado del cañón, aunque viendo que alguna podría resultar útil la cortó para usarla como leña en el baño y la cocina. Ya estaba anocheciendo cuando finalmente pudo entrar a la casa, dirigiéndose a la cocina para comenzar la cena.
Pronto tuvo la comida preparada para el momento en que Kaoru y Yahiko, exhaustos por el entrenamiento, prácticamente cayeron en el tatami a la hora de comer. Tuvo que contener la risa cuando los vio devorar el arroz y el pescado con el hambre de quién no ha comido en muchos días, mientras él comía a un ritmo mucho más pausado. No obstante, su diversión se evaporó y se puso serio cuando notó que Kaoru planeaba levantarse al terminar.
—Kaoru-dono, ¿le importa si hablamos un momento? —murmuró con voz suave, bajando los palillos y llevando sus ojos violetas hacia el rostro de la kendoka, interrumpiendo sus acciones.
Ella pareció sorprendida por un momento, mirándolo con ojos grandes y curiosos. Aquello era inusual. En las semanas que llevaba allí, no estaba segura de que hubiese ocurrido una sola ocasión en que el samurái comenzase una conversación por su cuenta, y que fuese en ese día después del problema de la tarde… Parte de ella temía que él fuese a decirle que se iba.
Yahiko, por su parte, miró de uno al otro con interés y luego se levantó. Aunque tenía curiosidad por saber lo que pasaba, tenía demasiado respeto (y algo de miedo, debía admitirlo) por Kenshin como para siquiera considerar quedarse. O peor, escuchar a escondidas.
—Gracias por la comida, Kenshin. Me voy a la cama. —murmuró, antes de hacer una retirada rápida sin siquiera detenerse a esperar una respuesta.
El pelirrojo lo observó irse con insondables ojos violetas, que pronto enfocó en la mujer apenas estuvieron a solas. Notó que ella parecía preocupada, y le dedicó una pequeña sonrisa en un intento de calmarla. No quería comenzar la conversación con mal pie. Sospechaba que ella podría enfadarse, y quería retrasar esa reacción lo más posible.
—Creo que tenemos que hablar sobre lo que pasó esta tarde.
Al instante, la ojiazul frunció el ceño. En su opinión, no tenían absolutamente nada de qué hablar, pero decidió morderse la lengua por el momento. Primero quería escuchar lo que Kenshin tenía que decir, luego podría gritarle por ello.
Él vio la testarudez en su mirada, vio que era poco probable que ella lo escuchase y entendiese lo que quería decir, pero aún así decidió continuar. Si podía sembrar aunque fuera una pequeña semilla de precaución en la mente de Kaoru, se daría por satisfecho. La niña era demasiado imprudente con su propia vida, casi la habían matado de nuevo ese día, y de hecho, si no hubiese regresado a casa en el momento en que lo hizo, incluso Yahiko podría haberse lastimado.
Lo peor era que no era la primera vez que ella se lanzaba de cabeza al peligro. La había conocido intentando luchar contra un hombre que decía ser Battousai, un hombre que la doblaba en peso y tamaño, y había usado una espada de madera contra una real. Sin mencionar que parecía tener la costumbre de invitar a hombres extraños a su casa, siendo él consciente de que era solo uno más de ellos.
—Kaoru-dono, llevo menos de un mes en este lugar y ha estado en peligro de muerte en tres ocasiones. —comenzó con suavidad, simplemente estableciendo un hecho que ambos sabían que era real. Intentó mantener su tono suave, amistoso, como si estuviese hablando con un niño pequeño… Algo que no estaba tan lejos de la realidad, en su opinión. Kaoru podía ser una mujer joven, algunos incluso dirían que estaba en edad para casarse, pero la mayor parte del tiempo no actuaba más que como una niña, y él no podía olvidarse de eso mientras continuaba su conversación.— La mayoría de las mujeres no sufren esa cantidad de amenazas de muerte en toda la vida.
—La mayoría de las mujeres no saben kenjutsu, y mucho menos lo enseñan, Kenshin. —replicó la joven, testaruda, mirándolo con los labios fruncidos. Toda su postura parecía estar a la defensiva, irritada por las palabras del samurái.
Él suspiró, cerrando sus ojos por un momento. Una parte de él quería dejar la conversación por lo inútil que parecía. Era esa parte fría de sí mismo, que le decía que aquel no era su problema. Si ella no quería escuchar, si quería seguir siendo imprudente, ¿quién era él para intentar detenerla? No era su lugar decirle cómo actuar, no era su padre, y mucho menos su marido, no tenía ningún tipo de relación con ella. No tenía derecho a reprenderla por sus acciones.
Reprimió esa parte de él con eficacia asesina.
Ella no tenía padre ni marido para hacerla comprender, y él realmente no quería tener que estarla salvando cada vez que se metiera en problemas. Tenía que hablar con ella sobre sus tontas decisiones. Sin mencionar que se iría algún día, quizás pronto, y entonces Kaoru tendría que lidiar con sus líos por su cuenta, idealmente sin matarse en el proceso. Y no podía asegurar eso sin ser más prudente.
—Es cierto, —aceptó, asintiendo con la cabeza suavemente mientras la miraba con insondables ojos violetas. Esbozó una sonrisa antes de agregar:— pero no puedo evitar preguntarme si realmente valora las enseñanzas que predica, Kaoru-dono.
El shock en el rostro de Kaoru era digno de admirar, y por un segundo el pelirrojo no pudo evitar sentir una chispa de diversión, al menos hasta que la sorpresa dejó paso a la ira. Alzó una mano para interrumpirla cuando vio que ella abría los labios para hablar, y sin darle tiempo a hacerlo, continuó con amabilidad:
—Ha dicho que el Kamiya Kasshin Ryu busca proteger la vida, pero no lo demuestra con la suya propia. Proteger a otros es importante y una misión noble, señorita, pero no a costa de su propia seguridad. —señaló suavemente, mirándola con calma a pesar de la tozudez e ira que podía ver en la expresión de la joven, que parecía lista y dispuesta a gritarle por sus palabras. Hizo caso omiso de eso, y volvió a interrumpirla cuando ella intentó hablar:—No creo que esté tomando en consideración el valor de su propia vida cuando actúa de manera tan imprudente. Si algo le pasara, mucha gente la extrañaría. Sería una pérdida muy grande para todos los que la conocen.
Kaoru no podía creer el descaro del vagabundo. ¿Quién se creía que era para regañarla? Echó humo en silencio mientras lo escuchaba, esperando solo una pequeña oportunidad para comenzar a gritarle, pero a medida que oía sus palabras… No pudo evitar sentirse inquieta. Sabía que a veces era impulsiva, su padre la había regañado muchas veces por eso antes de irse a la guerra, pero… No era tan malo, ¿verdad? No era como si estuviese buscando problemas a propósito.
Suspiró.
—¿De verdad crees que soy tan descuidada con mi vida? —murmuró, mordiéndose el labio inferior por un segundo y mirándolo con algo de vulnerabilidad en sus ojos azules, dejando atrás la furia por un momento.
Él no pudo evitar sentir lástima por ella. Era una niña que había quedado sola en un mundo que no era agradable con las mujeres, menos aún cuando no contaban con apoyo familiar. No pudo evitar preguntarse si su imprudencia era una forma de demostrar que no era una damisela en apuros, o quizás simplemente no se preocupaba por su vida porque no tenía a nadie más con ella.
Esa última idea lo perturbó más de lo que habría pensado posible.
—Creo que no se da cuenta de que lo es. —respondió con cuidado, antes de agregar en voz baja:— No me gustaría verla herida, señorita. ¿Cree que me preocupo demasiado?
La muchacha lo miró, y cualquier rastro de furia se esfumó de sus ojos azules. Había olvidado lo que era tener a alguien preocupándose por ella, y a pesar del corto tiempo desde que se conocían, no pudo evitar sentirse ligeramente satisfecha por la preocupación mostrada por el samurái. Sin importar sus diferencias de opinión en ciertas cosas, y el pasado e incluso presente que él cargaba, era un hombre guapo y no pudo evitar cierto placer por que él la cuidara así.
Se sonrojó al pensarlo, pero intentó aparentar calma cuando respondió:
—No creo que debas preocuparte por eso. Jamás deshonraría el legado de mi padre.
Kenshin, por supuesto, notó el rubor en sus mejillas con cierto desconcierto, pero decidió no pensar demasiado en ello, y menos aún mencionarlo. No estaba seguro de querer saber el motivo de esa reacción en particular. Además, ya que había logrado evaporar la ira de la ojiazul, prefería no despertarla de nuevo.
Se limitó a asentir a sus palabras, y le dedicó una sonrisa amistosa antes de contestar:
—No creo que quieras hacerlo, al menos no conscientemente, pero a veces nuestras acciones dicen cosas diferentes a nuestra mente. Solo quiero que se cuide un poco más, señorita. Yahiko la necesita ahora.
La joven se quedó en un inusual silencio tras sus palabras, procesándolas con una mirada pensativa. Él sonrió, al menos había logrado que ella lo escuchase.
Sin tener nada más que añadir, y considerando que la conversación había terminado, el samurái se levantó de su posición sin pronunciar palabra y reunió algunos platos para llevarlos a la cocina. Quería dejar las cosas lavadas antes de salir. No obstante, no alcanzó a dar un paso en dirección de la salida cuando la voz de Kaoru lo interrumpió.
Volteó a mirarla, con curiosidad en sus ojos violetas, que pronto se encontraron en una mirada fija con los orbes azules de la muchacha que lo observaba con una pequeña sonrisa. Sin que él se diera cuenta, lo cuál lo tomó ligeramente por sorpresa, la kendoka se había levantado de su lugar también y estaba de pie frente a él.
—Gracias, Kenshin. Tomaré en cuenta tus palabras. —comentó en voz baja, dando un paso para dirigirse a la salida. Estaba inusualmente tranquila y toda ira parecía haberse desvanecido de su figura, cosa que sorprendió al samurái, pero el siguiente comentario de la chica lo hizo parpadear y sonreír ligeramente:— ¡Pero eso no significa que voy a cambiar, solo voy a tener más cuidado!
"Bueno, algo es algo", pensó el pelirrojo, observando a la chica que se apresuró a abandonar la sala en dirección de su habitación.
No pudo evitar esbozar una sonrisa mientras la miraba.
Más tarde esa noche, Kenshin se deslizó en silencio entre las sombras de las oscuras calles de Tokio, con todos los sentidos en alerta máxima intentando detectar cualquier alma que estuviese en los alrededores. Lo último que necesitaba era que alguien lo viera, aunque sabía que las probabilidades de que eso ocurriese no eran muy altas. Habría sido terrible en su trabajo si no supiese cómo ser sigiloso.
Aunque no sabía en dónde podría encontrar al autodenominado "hitokiri", supuso que un buen lugar para empezar era la guarida que había visitado días antes para rescatar a Yahiko, así que se encaminaba hacia allí escondiéndose en la oscuridad, prácticamente sin emitir ningún sonido. Era prácticamente uno con las sombras, casi un espectro en las tinieblas de la noche, como había sido durante tanto tiempo. Casi un ser de pesadilla.
Odiaba lo que estaba a punto de hacer, tanto como había odiado siempre su trabajo durante la guerra, pero después de lo ocurrido con la policía, sabía que aquel hombre no podía seguir existiendo impune. Si la justicia del emperador no podía mantenerlo tras las rejas, entonces era un peligro para todos los inocentes que, en un mundo de paz, ni siquiera sabían o podían defenderse. Y eso incluía a los niños bajo su cuidado. No podía permitir que alguien así, con ese nivel de crueldad e indiferencia por las vidas de los demás, siguiese vagando en libertad por la era de paz por la que había luchado.
Solo esperaba que Tomoe, donde sea que estuviese, se lo pudiese perdonar.
El peligroso sector de la ciudad donde estaba ubicada la guarida de los yakuza estaba en casi completo silencio, a excepción de la ocasional risa de algún hombre en el interior de las destartaladas viviendas. En más de una ocasión tuvo que fundirse en las tinieblas de algún callejón ante la presencia de alguna persona en los alrededores, pero fue perfectamente capaz de llegar al posible escondite de su víctima sin que nadie siquiera percibiese alguna visión fugaz de él.
Y ni siquiera tuvo que buscar más, porque allí, recién saliendo del lugar se encontraba Gasuke. Parecía despreocupado, incluso divertido mientras comenzaba a hablar con otro hombre, otro de los miembros de la banda yakuza. Kenshin, en silencio, los observó desde su lugar en las sombras de un callejón, sin siquiera ser percibido por el supuesto hitokiri. Realmente era un completo idiota. Un idiota muy peligroso, a juzgar por el oficial que había muerto bajo su mano.
No quería causar una carnicería innecesaria, así que se armó de paciencia y se dispuso a esperar a que su objetivo se encontrase solo.
Afortunadamente, no tuvo que esperar demasiado.
Pronto, Gasuke se alejó de la guarida con su katana apoyada en el hombro en actitud despreocupada, internándose en las oscuras calles.
Y Kenshin lo siguió, apoyando la mano izquierda en la vaina de su sakabatō, usando el pulgar para liberar el arma de su funda. El sonido que hizo, llamó la atención del yakuza, que se apresuró a girarse.
Pero fue muy lento. Todos lo eran.
