El reloj marcaba las 11 de la noche. La luna brillaba resplandeciente en su punto más alto, y un silencio inquietante se repartía en los pasillos. Diana se encontraba en el escritorio de su habitación, rodeada de dos estanterías, una a su espalda y otra al frente, teniendo a la izquierda la vía para dar con el resto de la habitación y las otras tres camas, dentro de las cuales se encontraban Hannah, Barbara y Chika durmiendo profundamente, y a la derecha su propia cama. Además de ello, tenía el ventanal de su cuarto descubierto, siendo iluminada por la luz de la una, pero también por la lámpara que reposaba sobre el escritorio, mostrando los dos libros que estaban abiertos, a parte de la libreta de apuntes que tenía la estudiante junto a ella.

«Creo… que a este punto voy a llegar a un callejón sin salida» Pensaba Diana para sí misma mientras su mirada pasaba sobre sus apuntes «Se supone hay criminales buscando a Chika por alguna razón, pero la única opción que hay es que sean aquellos que atacaron a las musas en el Bosque Arcturus, a no ser esté equivocada y sean otras personas, pero ¿Quién?»

—¿Diana? —escuchó la estudiante una voz que se acercaba.

—Hola, Hannah.

Ante el saludo, la mencionada apareció en pijamas y cabellos revueltos al lado de ella, cargando el sueño en su rostro y el largo bostezo que dio antes de decir algo.

—Perdón si te desperté —le dijo Diana con una sonrisa.

—No te preocupes por mí ¿Qué haces despierta a esta hora?

—Quise adelantar un poco el proyecto de historia, ya he terminado el ensayo inicial, pero quería adelantar lo demás.

Hannah veía los dos libros que tenía abiertos. Uno de leyendas mágicas y otro de registro periodístico de eventos importantes ocurridos dentro de la era contemporánea mágica (después de tantas horas buscando un tema para hacer su proyecto, podía ver cualquier página de esos libros que ya los identificaba). En el de leyendas, logró detallar la imagen de cuatro brazaletes.

—¿Hablarás sobre los Brazaletes del Caos?

—Sí —Diana miró las páginas con profundidad—. Fue difícil elegir el tema, pero este fue el que más me interesó.

—Es algo que se menciona casi todo el libro, pero realmente solo le di una ojeada al tema y… No capté mucho —Hannah rió nerviosamente mientras rascaba su nuca.

—La historia se remonta al principio de los tiempos —Diana comenzó a leer la sinopsis del artículo—, cuando el Yggdrasil se marchitó debido a la Guerra del Caos, y el Grand Triskellion fue sellado, el flujo de magia debía regularse y mantenerse en el universo. Para este trabajo, la gran bruja Margarette creó los llamados Brazaletes del Caos, cuatro brazaletes que representan un aspecto de la magia: cuerpo, mente, alma y divinidad. Se usan en el Hechizo del Equilibrio, hecho cada 100 años para mantener la energía mágica en el mundo.

—No me extraña que el libro mencione tanto esos objetos.

—Pero, desde que dos de los brazaletes se perdieron en el Incidente del Bosque Arcturus, no se ha podido hacer el hechizo del equilibrio y, como consecuencia, tenemos la magia tan débil que hay… En nuestro mundo ahora mismo.

—De eso sí leí más a detalle —Hannah se inclinó para ver aquella página—. Los dos restantes están protegidos, pero para hacer el Hechizo del Equilibrio se necesitan de los cuatro. Crees que si de alguna forma se reúnen todos y se intenta hacer ese hechizo… ¿La magia vuelva a ganar fuerzas en el mundo?

Un momentáneo silencio se prolongó en el lugar. Diana había mantenido la mirada baja con un brillo en sus ojos. Tanto ella como Bárbara (quien estaba en un profundo sueño), conocían lo que significaba ese brillo. Tal vez Diana no era muy expresiva con respecto a sus sentimientos, pero eso no significaba que no los tuviera. Vaya que los poseía, y en esos pequeños momentos, esos brillos, los tonos de voz que a veces hacía, las ocasiones en que guardaba silencio, todas eran señales de aquel cofre de emociones ocultas en su pecho. Una sonrisa se formó en el rostro de Hannah.

—Por eso te interesa el tema, ¿Eh?

—Es un rayo de esperanza, pienso que hay que tomarlo.

—Es una posibilidad… Pero de todos modos ya es muy tarde y mañana hay clases, no quieres que las chicas nuevas tengan una mala imagen de ti ¿Qué pensarán de la Cavendish que se quedó dormida y faltó a la primera clase?

Ante el comentario de Hannah, ambas guardaron silencio unos segundos para luego comenzar a reír.

—Tienes razón, mejor dejar esto para mañana.

Así, Hannah volvió a su cama, mientras que Diana alistó la suya para acostarse a dormir también. Las cuatro jóvenes quedaron en los brazos de Morfeo.

...

Más tarde, Chika soñó. Volvió a ver aquellas imágenes, a sus tías y a sus madres, al frente de aquel monstruo. Así lo veía ella. Volvió a sentir el corazón acelerado, el miedo, el sudor en su frente mientras escuchaba pocas palabras.

"Lo prometo"

Un juramento no cumplido, de nuevo, retumba en su cabeza. La última oración que escuchó de ella antes de que todo volviese oscuridad. Tsubasa tomándola y alejándose. Era la última vez que la veía, pero no lo sabía. No alcanzaba a ver su rostro, era una niña de siete años de nuevo. No podía moverse, no podía hacer nada. Sentía que su voz no salía, su voz se ahogaba. En su rostro, solo quedaba espacio para lágrimas. Tratando de gritar, el único aliento que recibió fue el repentino despertar que tuvo luego de ver como la luz se llevaba a su madre.

—¿Qué?... —dijo mientras estaba sentada en su cama.

A su derecha, las camas de Hannah y Bárbara donde se encontraban las estudiantes durmiendo, y a su izquierda el rincón donde se ubicaba el escritorio de Diana junto a su cama. Los ventanales de la habitación a sus espaldas daban un oscuro cielo iluminado por la luna y las estrellas.

Tambaleándose, se acercó al reloj que estaba a su lado, el cual marcaba las tres de la madrugada.

—No puedo creerlo, otra vez tuve ese sueño.

Con estas palabras, Chika se tumbó de espaldas en su cama para luego quedar mirando el techo de la habitación.

«Ya son demasiadas noches sin poder dormir por lo mismo ¡Ya me estoy cansando de esto!» Pensaba la joven mientras aferraba su rostro sobre la almohada que estaba acomodada en su cama. Con sutileza, levantó la mirada un poco, con lágrimas saliendo de la comisura de su mirada.

—Mamá… Te extraño mucho —susurró Chika, para luego ir quedándose dormida poco a poco.

—Entiendo cómo te sientes.

Ante esas palabras, Chika se levantó de inmediato para encontrarse con una serpiente deslizándose dentro de la habitación por el ventanal a sus espaldas. Su piel tan oscura que se confundía con las sombras, y ojos que tenían un amarillo vivo, hablaba de manera delicada y calmada mientras se acercaba y se deslizaba por la cabecera de la misma.

—¿Quién eres?

—Ya te lo contaré.

—Será mejor que me lo cuentes ahora —con un rápido movimiento, logró tocar la piel de la serpiente para luego tomar una distancia prudente.

—…Haces magia de aura ¿No? Justo como tu madre.

—Return.

Con estas palabras, la serpiente dejó de moverse y sentir una fuerte presión en cada una de las partes de su estirado cuerpo.

—¿Cómo conoces a mi madre?

—E-eramos viejas amigas… Ambas… Era su maestra —respondió la víbora con respiración agitada.

—¿Cómo sé que eso es verdad?

—Permíteme transformarme, por favor… Mi aura está bajo tu control, tienes la confianza que no haré nada raro.

Chika guardó silencio por unos segundos, para luego soltar el amarre que tenía sobre el animal. La víbora, con su cola, abrió el ventanal para así colocarse a las afueras, mirando a la estudiante dentro del lugar.

—Metamorphie Fasciese.

Así, el animal volvió a su forma original en un inhumano proceso de metamorfosis. Afuera, se levantaba una mujer adulta, de cabellos lacios y oscuros que caían por toda su espalda, de facciones delicadas, así como cuerpo delgado. Aparentaba ser bastante joven, sin superar los 25, pero no era ni de cerca su edad real. Vestía un vestido de bruja bastante antiguo y deteriorado.

—¿Profesora Ariadna?

—¿Ahora me reconoces?

—¡Pensé que había muerto! —la joven se acercó con una sonrisa en su rostro—. Qué alivio que siga con vida ¿Dónde había estado todo este tiempo?

—Eso es algo que luego averiguarás —la mayor dio dos pasos hacia atrás, para posicionarse encima de una escoba en la cual quedó flotando—. Acompáñame, Chika, debo enseñarte algo.

La joven dudó. A ambos lados se encontraban sus compañeras completamente adormiladas. No se molestó en despertarlas, esto era algo que debía hacer sola. Así, tomó su escoba y luego se asomó al ventanal, para flotar sobre la misma y seguir a la mujer quien ya había aterrizado sobre el verde césped del campus.

Con un pequeño salto, Chika fue descendiendo sobre su escoba hasta que sus pies tocaron suelo. El silencio que había era increíble, siendo capaz de escuchar hasta los animales más pequeños. Entre esos ruidos, escuchó la voz de Ariadna a un par de metros más adelante. La joven se acercó a paso lento para luego quedarse cerca de la mayor.

—Profesora Ariadna ¿Para qué me mandó a llamar?

—Chika ¿Qué recuerdas de aquella noche?

La repentina pregunta hizo que Chika bajara la mirada. A su mente comenzaron a llegar las imágenes de ese evento en el Bosque Arcturus.

—Recuerdo escuchar que usted fue asesinada… Recuerdo ver cómo ella nos atacaba y… Recuerdo cómo huía con mi mamá Tsubasa.

—Chika, sé lo que escuchaste, pero… —con ceño fruncido, Ariadna volteó a mirar a Chika—. Debes saber que pude sobrevivir, ahora estoy aquí y… Creo que descubrí una manera de hacer regresar a tu madre.

—¿A-a mi madre?

—Sí, hay posibilidad de traer a Honoka de vuelta.

Con estas palabras, las lágrimas se asomaron sin avisar en la comisura de sus ojos. El corazón de Chika comenzó a latir fuertemente, así como temblar ante esa noticia. Sin embargo, le dio la espalda a la profesora, renegando lo que escuchó, renegando esa posibilidad. Estaba muerta, se lo dijeron, lo sabía. No había lugar a falsas esperanzas, no quería depender de cables flojos. Sabía, dolorosamente, que aferrarse a falsas ilusiones resultaría más doloroso que aceptar la misma realidad; un mundo donde Honoka ya no existía.

—No… No trates de engañarme.

—No te estoy engañando, Chika —Ariadna se acercó, colocando su mano encima del hombro de la joven, para girarla con delicadeza—. Se supone yo debo estar muerta ¿No? Pero estoy aquí contigo.

Mirándola de frente, Chika pudo ver en sus ojos reflejados la misma ternura con que la miraba cuando era más pequeña. A su mente llegaban los recuerdos, cuando viajaba con sus madres a visitar a sus amigas, a sus tías, a veces a la academia y otras ocasiones a las antiguas profesoras de sus madres. De alguna forma, comenzó a creer ¿Y si era cierto? ¿Y si había una forma de traerla?

—Podemos hacer que ella vuelva con nosotros, pero necesito tu ayuda para ello.

Ariadna se arrodilló para quedar a su altura. Chika sintió el latir en su corazón, las lágrimas intentando salir ante esa fantasía, que se pintaba como realidad. Su raciocinio comenzó a apagarse, sus deseos comenzaron a brotar. En ese momento, comenzó a creer.

—¿Cómo puedo ayudarla?

—Practica lo mas que puedas tu magia de aura, en eso te debes centrar ahora.

—¿Mi magia de aura? —Chika comenzó a mirar las palmas de sus manos.

—Exacto… ¿Sabes qué es el día de la luna gigante?

—¡Claro! La noche donde la conexión con el más allá se intensifica.

—La cuestión es que la semana anterior a esa noche, sufre el mismo efecto. El mundo está más conectado con el mundo de los muertos y es posible que, con la suficiente energía y el aura correcta, podamos traer personas.

—Pero… ¿Cómo?

—Simple —Ariadna agarró una rama cerca del lugar y comenzó a dibujar en el suelo—, si un alma que está encerrada en el más allá, gana energía, es posible que tenga la suficiente fuerza y pueda volver a nuestro mundo. Claro, todo radica en quien sea la persona que le de esa energía, si es una bruja que tiene un aura distinta al muerto, pues no funcionará. Pero si es alguien que tiene un aura muy similar, entonces.

—Se le otorgará la suficiente energía para que vuelva.

—Exacto.

Los ojos se le iluminaron a Chika. Mientras que las brisas movían su cabello, su cuerpo permanecía inmóvil y su piel erizada, hasta que en su mente apareció el raciocinio de nuevo.

—Pero… Traer a los muertos está rotundamente prohibido.

—Chika, estamos hablando de tu madre. Imagina cómo sería si volviera a la vida… Podrías por fin tener a tu familia de nuevo unida.

Sus ojos comenzaron a iluminarse de nuevo, y su cuerpo a temblar. Su mente le decía una cosa, pero su corazón otra. Sin embargo, llegó a una conclusión: ya estaba harta de todo eso, de las pesadillas, del no tenerla a su lado. Quería volver a hablar con ella, jugar con ella, estar con ella. Pero, sobre todo, tener a sus dos madres juntas una vez más. En aquel dilema, su corazón fue el que ganó.

—Acepto.

Con estas palabras, una cálida sonrisa se formó en el rostro de la mayor para luego darle un abrazo a la estudiante.

—Sabía que harías una buena decisión.

...

La madrugada comenzó a correr como cualquier otra. Chika había vuelto a su dormitorio y estaba durmiendo plácidamente en su cama. Ariadna, por otro lado, se movía en los caminos del Bosque Arcturus, ya bastante cansada de la larga caminata que había tenido que dar (sus ropas parecían sacadas de un basurero, pero al menos no estaba tan mugrienta como hace dos noches cuando tuvo que quedarse a dormir allí).

A grandes esfuerzos, dio con el lugar donde se encontraban sus dos compañeros. Uno, sentado encima de una rama sobresaliente del suelo, con aspecto delgado, demacrado y piel pálida. El otro, más robusto y alto, de piel morena pero igual de golpeado y con sus ropas rasgadas, apoyado sobre un árbol cuyo tallo había sido roto a la mitad. Ambos, en un sitio que parecía ser amplio, como un punto de encuentro entre tanta maleza. Desde ahí, detallaron a su compañera acercándose.

—¿Cómo te fue? —preguntó Zeya, aquel chico delgado.

—Bastante bien… Recuerdenme por qué no podemos usar nuestras escobas.

—¿Para que el ministerio mágico o la misma policía nos encuentra más rápido? Claro que sí, Ariadna —respondió Benton aquel hombre robusto—. ¿Qué te dijo la chica?

—Nos colaborará, ya solo falta esperar y… Traerla con nosotros.

—La cosa se está poniendo cada vez peor allá afuera, tenemos que apresurarnos.

—Eso lo sé, Benton. Solo necesitamos tiempo.

—¿Tiempo? —cuestionó Zeya levantándose de su puesto—. Eso es lo que menos tenemos, Ariadna.

—Lo sé… La noche de la luna gigante está a la vuelta de la esquina pero crean en mí, podemos traerla de vuelta y terminar lo que empezamos.

Ante estas palabras, ambos hombres guardaron silencio. Sentían nervios, miedo y un poco de incertidumbre, todo mezclado dentro de esas atropelladas cabezas, atadas a una promesa que hicieron hace muchos años, promesa que los está persiguiendo, y que no los soltará hasta el fin de sus días.

—La magia volverá a alzarse en este mundo, las brujas y los magos seremos respetados nuevamente… Nadie se burlará de este arte de nuevo… Un nuevo mundo renacerá y nosotros seremos sus fundadores.

Con estas palabras, el silencio se formó en el bosque arcturus.