Era el año 2008, y la época de invierno había llegado a Japón, llenando de frío a todo el país. Tokio, capital de la nación, había empezado a tener bajas temperaturas, pero la nieve aún estaba ausente. En los barrios como Shibuya, Shinjuku, Meguro o Minato, estaban los árboles desnudos y con la gente en las calles cubiertos de abrigos.
Entre ellos, estaba el barrio Chiyoda, en el centro de todo Tokio y cuya avenida Hakusan-dori, se extendía larga y ancha con los árboles sin hojas adornando cada uno de sus lares.
Se trataba de una calle de cuatro carriles, autos de todo tipo circundando en cada uno de ellos, sobre todo a esas horas de la tarde. Rodeadas de dos aceras de concreto bastante delgadas, permitiendo a la avenida ocupar el mayor espacio posible. No había cortes, la acera iba de corrido, siendo únicamente cortada por callejones que estaban ubicados cada cinco o cuatro edificios, o pequeñas calles donde la gente pasaba mediante pasos peatonales.
Los edificios que rodeaban la avenida, iban variando de tamaño en tamaño. La mayoría se trataba de restaurantes o locales de distintos artilugios, siendo estos los más pequeños y los que estaban justamente al lado de la acera, pero que eran cubierto por los altos árboles desnudos que se extendían por todo el camino, sin parar y embelleciendo la vista de los que transitaban por ahí. Detrás de estos locales, sin embargo, se podían notar altos edificios alcanzando alturas dignas de la metrópolis, perteneciendo a las corporativas o grupos empresariales de la ciudad.
Entre el Menya TORI CRAB, un restaurante especializado en ramen cuya estructura se asimilaba a un pequeño cubo de concreto, y la librería Tozaido, un pequeño local de libros antiguos que cerraría años más tarde, se encontraba un local particular llamado Homura. Antiguamente una tienda de dulces bastante famosa en el barrio, este mismo estaba renaciendo y buscando extenderse en las calles de Japón. Se trataba de un edificio mediano, con puerta transparente y dos ventanales de cristal, donde se alcanzaba a ver la gente dentro pero también los folletos de "Comida mágica, música hecha para los corazones ¡Bienvenidos a las especialidades Homura!". El letrero a las arribas y pintado en un marrón artesanal, indicaba el nombre del local.
Si miramos adentro, nos encontraríamos con un sitio amplio, con suelo de baldosas y varias mesas ubicadas en distintos sitios, de manera que permitan el paso entre las mismas. Mesas redondas y con sillas acolchadas. Al fondo, se alzaba una tarima con un micrófono donde se permitía al público hacer karaoke o se traían invitados especiales (todo anunciado enormemente en los letreros de fuera).
Detrás de la tarima, se toparían con las dos puertas que daban a la cocina. Una gran cocina industrial que tenía a varios trabajadores entre ayudantes como chefs propiamente dichos. Al fondo de la misma, se encontraba la puerta que daba con administración, donde se encontraba el encargado de dirigir aquel local, en una oficina un poco oscura pero que estaba iluminada con varias lámparas en las paredes. Allí se encontraba Shimura Otto en su escritorio atendiendo documentos varios.
—Ese idiota, le dije que adelantara estos papeles mientras yo no estaba.
Un hombre de mediana edad, aspecto calmado y piel tersa, que se desconocía cuando se alteraba demasiado (que no era muy difícil de hacer, y tampoco era muy raro que sucediera). Sus cabellos castaños y cortos, su estatura de 1,60, era alguien de respetar entre las paredes de aquel local. No era arbitrario, pero sí buscaba sacar lo mejor de cada uno de los trabajadores.
Dos pequeños toques sonaron en su puerta.
—Puede pasar.
Al abrirse, se encontró con una mujer alta, de cabellos castaños que caían sobre sus hombros. Ojos azules, piel completamente tersa y blanca, así como una sonrisa amigable en su rostro. Su melena, adornada con una cola de caballo al costado que caía de manera tierna. Vistiendo una ropa casual, cualquiera pensaría que era una cliente que se coló a la cocina.
—¿H-honoka?
—¡Hi!
Kousaka Honoka, de 28 años en ese momento, se levantaba delante suyo portando un gran abrigo y pantalones acolchados. Parecía más grande y rellena de lo que era en realidad, pero no le extrañaba a Otto verla con tantas vestimentas encima. Suponía que se estaba adaptando de nuevo al frío luego de estar fuera los últimos dos años.
—¿Por qué no me dijiste que habías regresado a Japón?
—Pensé ya lo sabrías por los mensajes que dejé, me quedé esperando tu bienvenida en el aeropuerto —Respondió la mujer girando de costado y cruzando los brazos de manera exagerada.
—Bueno, perdona. He estado ocupado con el manejo del local. Además, no tienes de qué quejarte si siempre te acompaño en el aeropuerto cada vez que viajas con tu familia.
—Pero no lo hiciste esta vez —Honoka infló sus mejillas, dejando caer una gota de sudor en la cabeza de su amigo. Era una realidad, cada vez que su amiga se movía él estaba ahí acompañándola, algo que era casi rutinario todos los años. Era más el tiempo que Honoka estaba en el exterior que en Japón.
—Bueno, me alegra que estés aquí. Ahorita mismo estaba un poco estresado. Los artistas que quería invitar estaban casi todos ocupados. Menos mal hubo una que me aceptó la invitación para hoy.
—¿Hablas de esa que tuvo el accidente hace unas horas?
—Sí, esa mis- espera ¿Qué accidente?
—Salió en las noticias hace poco que tuvo un accidente de vehículo, me imagino que tuvo que ser mientras venía para acá.
—Me lleva la —Y así, el hombre dejó caer su cabeza sobre el escritorio.
—Estas son cosas que pasan, no te des mala vida. De todos modos dijeron en las noticias que tuvo lesiones leves, así que todo está bien.
—Pero… Si ella no llegó ¿Quién era la que estaba cantando ahorita?
Ante la pregunta de Otto, la sonrisa juguetona de Honoka le dio la respuesta.
—Pensé que habías dejado la música.
—¡No la dejé! Solo ya no canto tan seguido. De todas formas, acompáñame.
Ambos salieron de la oficina de administración. Pasaron por la cocina que, para ese momento del día, no estaba tan llena pero tampoco poco movida. Al menos, podía caminar tranquilamente. Al salir por la salida de dos puertas, comenzaron a caminar pasando por su lado la tarima, vacía en ese momento, y mirando al frente encontrándose con el grupo de clientes sentados en cada una de las mesas. No tan lleno, donde se respiraba un ambiente acogedor.
—¿Ves? Puede que esa cantante no haya llegado, pero no hay nada de qué preocuparse —Le dijo la mujer dándole un golpe amistoso en la espalda a su amigo, pero que casi le saca el aire.
—Sí, creo que tienes razón… Y te dije que no me golpees así.
—¡Ah! L-lo siento jejeje.
Así, ambos se rieron juntos. Sin embargo, las risas no duraron mucho, puesto que Honoka sintió cierta aura que se acercaba pasando por la acera de la calle. Aura que supo reconocer.
Entre las mesas y clientes sentados en las mismas, se lograba distinguir las calles y a la gente pasar, gracias a los ventanales de la entrada. Honoka y Otto de su lado podían ver cómo pasaban los habitantes de la ciudad de aquí y allá, pero en ese momento, a la castaña se le prendió las alarmas por el aura que sentía. Cuando se dio cuenta, delante de aquel ventanal pasaba una perrita cubierta de cabellos blancos, cola y cabeza amarilla, mientras de su correa era llevada corriendo una pequeña de cabellos naranjas que la adulta identificó.
—¿Chika?
A las afueras del local, iba Kousaka Chika de siete años, siendo llevada a toda velocidad por su perrita mientras corrían entre la multitud de gente de la transitada acera al lado de la avenida.
—¡Shiitake! ¡Shiitake ya!
Sin escucharla, el animal seguía corriendo, mientras la pequeña solo podía seguir sintiendo que su brazo se desprendería en cualquier momento. Tropezando con varias personas, ganando desde un "¡Ten cuidado!" hasta insultos de todo tipo, Shiitake giró en una esquina para dar con un estrecho y solitario callejón. Para fortuna de la peli naranja, era un callejón cerrado, lo cual obligó a la perrita a detenerse, pero Chika por inercia quedó lanzada hacia las cajas que tenía por delante.
—Ayayayay —limpiándose, la pequeña se acercó hacia su mascota—- ¡¿Por qué tenías que salir corriendo?!
—Wof wof.
—¿Mi culpa? No es mi culpa que estuvieses en medio de mi entrenamiento con aura. El punto era aumentar el aura de la pelota para que rebotara más, pero tuviste que meterte en medio.
—Wof.
—¡Yo no te llamé para jugar! Aunque, si lo pienso bien —una pequeña sonrisa se pintó en el rostro de la menor—. El hecho de que pude aumentar la energía de tus patas a través del aura de la pelota, ¡Demuestra que he avanzado!
—¡Wof!
—¿Qué mire hacia atrás? ¿Para qué quieres que mire hacia atrás? ¡Ah!
Volteando, la niña se encontró con tres perros acercándose lentamente a ella, sacando sus colmillos. De piel oscura, delgados y cabeza alargada, sus ojos miraban profundamente a los de Chika mientras le gruñían y le daban ladridos.
—O-ok, Shiitake, creo que es hora de irnos.
Pero antes de poder retroceder, a la salida llegaron otros dos perros, acercándose también, buscando a la pequeña niña quien sería su presa. Chika comenzó a sentir su cuerpo temblar, desde sus piernas hasta su torso. El sudor comenzó a correr, y sentía que estaba a punto de llorar. Solo quedaba una cosa por hacer:
—¡Alguien que me ayude!
—¡Wof!
Entre Chika y los perros, entró Shiitake para hacerles frente y proteger a su amiga. Al tiempo, los atacantes se quedaron quietos en sus lugares, parecían haberse pasado de perros a estatuas. La perrita, orgullosa de su cometido de haber detenido a aquellos animales, se volteó para recibir los elogios cuando notó que Chika estaba viendo directamente a la verdadera responsable de haber detenido a esos animales.
—Energy: presione.
A los ojos de la niña, llegó la imagen de cómo aquellos sabuesos, con expresiones de haber visto a un demonio, no podían mover ni un solo músculo. Era como si toda la presión del mundo se estuviera ejerciendo a donde estaban cada uno de ellos. Chika pensaba que los huesos de esos perros quedarían aplastados si eso continuaba.
—¡Mamá! Déjalos, son solo perritos.
—No son perros, Chika.
—¿Qué?
Honoka se acercó lentamente, mirando a cada uno de esos animales mientras ellos solo les alcanzaba las fuerzas para mirar a la que se acercaba.
—Díganle a su bruja, que no se atreva a ponerle un dedo encima a nadie de esta ciudad —comenzó a recitar la mayor—, y mucho menos a mi hija.
Y con estas palabras, la mujer liberó del amarre a aquellos animales, quienes se fueron corriendo y atravesaron la pared del callejón cual fantasmas. En el suelo, en medio de toda esa basura, quedó Chika petrificada por lo que acababa de pasar, junto a su compañera Shiitake que se acercaba a saludar a la recién llegada.
—Hiciste un buen trabajo protegiendo a Chika ¿Quién es una buena perrita? ¿Quién es una buena perrita?
Chika se quedó viendo con una sonrisa cómo su madre mimaba a la pequeña Shiitake mientras esta última se ponía panza arriba para recibir todas las acaricias.
—Mamá, menos mal llegaste-
—¡Chika! Me tenías preocupada ¿No te pasó nada? ¿No te mordieron? ¡¿Dime qué ocurrió?!
Con movimientos dramáticos y con lágrimas saliendo de la comisura de sus ojos, Honoka se había puesto frente a frente con su hija. Para Chika era bastante cómico ver a su madre hacer esos gestos exagerados, pero entendía que la preocupación era sincera, y en ese momento, no tenía ninguna excusa.
—No, no me pasó nada, pero… Perdón por preocuparte de esa manera. Me diste confianza para que me cuidara sola por unos minutos que estabas afuera, pero unos minutos me bastaron para arruinarlo todo —la pequeña bajó la mirada, mientras aguantaba la humedad que se formaba en sus ojos.
—Chika, no arruinaste nada —con la palma de su mano, Honoka tocó la mejilla de Chika, alzando su mirada—, lo bueno es que estás bien, Shiitake está bien y todo está bien.
—¡Sí!
Y así, ambas se fueron del callejón, llevando a Chika de la mano y Shiitake a su lado, dejando aquel lugar de aquella ruidosa ciudad.
…
El día pasó rápidamente. El reloj marcaba las ocho de la noche, el cielo estaba oscuro, pero mientras que en la gran ciudad las calles eran transitadas enormemente, la tranquilidad se respiraba en la casa de la familia Kousaka. Detrás del local original del negocio Homura, había una casa de clase media, acogedora y rodeada de varias edificaciones. Por dentro, se notaba en las paredes de un amarillo cálido, un suelo de baldosas y aquel televisor de caja al frente de un conjunto de muebles. Al fondo, se encontraba un comedor delante de una cocina, la cual tenía al lado un pasillo que daba a las escaleras y de la cual, subiendo, daba a los cuartos.
—Bien… Nosotras quisimos jugar limpio, pero no nos dejaste otra opción…
En la sala de estar, iba caminando Chika junto a Shiitake, con pasos lentos, buscando a su presa que estaba escondida en alguna parte.
—¡Wof!
—Shhh, haz silencio, Shiitake. Necesitamos atraparla desprevenida —le dijo la pequeña susurrando a su amiga—. Bueno, como no aparece creo que nuestra enemiga resultó ser una cobarde después de todo.
Los sentidos de la pequeña se alertaron inmediatamente cuando sintió cierta presencia detrás de la barra de la cocina. Su lectura de aura aún verde, le fue suficiente para sentir la presencia de la persona que buscaba detrás de ese lugar. Cargando dos municiones de almohadas, se acercó lentamente mientras asomaba su pequeño ojo sobre la barra que cubría su vista.
—Sería una pena que alguien la… ¡Encuentre!
Asomándose por sobre la barra, grande fue su sorpresa cuando lo único que encontró, fue una almohada con un mechón de cabello de Honoka.
—¡¿Pero qué?!
—¿Creíste que me atraparías tan fácil?
Con estas palabras tocando su espalda, Chika tembló. Con su cuerpo débil y sus ojos saltones, comenzó a girar lentamente hacia donde estaba la voz. Cuando se dio cuenta, tenía a Honoka detrás suyo, con una sonrisa malévola y dos almohadas cargadas en ambas manos cuál bombas.
—¿Creíste ganar en su juego a la bruja de aura más poderosa de todas?
—Shiitake, ¡Al suelo!
Tanto la niña como el animal se tiraron detrás del sofá, intentando protegerse del bombardeo masivo que se les vino encima de aquellos esponjosos objetos.
—Shiitake, estamos en un código rojo. Ahora necesitamos una estrategia para salir de esta.
—Wof!
—¡¿Qué?! Eso es demasiado arriesgado.
—Wof wof.
—Bueno, si lo pones de esa manera… Es lo único que tenemos ¿No?
—Wof.
Con cara seria, Chika tomó las pocas municiones que le quedaban de aquel ataque sin piedad. Con su mano derecha tomó una almohada como escudo, y con la izquierda tomó otra como espada. Se levantó sobre sus pies, poco a poco mientras su corazón latía a mil por hora. Con ceño fruncido, y con todas las energías concentradas en su pecho, el grito de batalla rebotó en las paredes de la habitación.
—¡AAAAAHHHH!
Saltando del sofá, avanzó a través de aquella ola de disparos, se iba moviendo esquivando lo que podía y bloqueando lo que se colaba. Cual campo de guerra, era poco lo que Chika podía ver a través de tantas balas esponjosas. Delante de sus ojos, vio pasar su vida mientras corría con todas sus fuerzas cargando la mayor energía que haría posible para vencer a esa imponente enemiga. Los metros se acortaron, y Honoka por su lado tomó aquella almohada para recibir a la pequeña donde estaba. Pocos segundos separaban a ambas, las dos planeaban terminar eso ahí y en ese momento. Una de las dos iba a salir con la victoria, y la otra con la derrota.
—¡CHIKAA!
—¡MAMÁ!
—¿Se puede saber qué hacen?
Ante la voz proveniente de la puerta, todo conflicto había sido olvidado para dejar a una madre y su hija escondiendo las almohadas tras sus cuerpos tensos ante la recién llegada.
—T-tsubasa-chan… Llegaste más temprano hoy, ¿Cómo te fue en el trabajo, mi amor? —preguntó Honoka con la voz temblorosa y sonrisa miedosa.
—Bastante bien —respondió la mencionada con una sonrisa de supuesta tranquilidad—. Me pregunto si así como ensuciaron toda la casa de plumas, hicieron los quehaceres que les encomendé mientras yo no estaba.
—Con respecto a eso…
Antes de que Chika pudiera responder, Tsubasa se acercó lentamente, provocando que por inercia, hija y madre se abrazaron ante lo que se venía.
—Así que no hicieron nada de lo que les encomendé, ¿No?...
Con sus últimas energías ante el ataque de aquella enemiga, solo quedó una última cosa por decir.
—¡Que alguien nos ayude!
Y así, terminó la última noche de juego que tendría la familia Kousaka.
