CAPITULO III


El carruaje paró al frente de la residencia Briefs. Rápidamente, el cochero bajó y abrió la puerta mientras los demás sirvientes se encargaron de bajar las maletas de la pareja recién llegada.

—Mi Lady—el cochero ofreció su mano, pero justo cuando ella iba a tomarlo, Lord Raditz se adelantó.

—Permítame que sea yo el afortunado de recoger a mi esposa—intervino Raditz.

Tights recibió su mano y bajó con una sonrisa.

—Siempre tan caballero.

Raditz solo le guiñó el ojo con cariño. Tights empezó a acomodar su vestido mientras su vista se dirigía a la antigua casa donde había compartido hermosos recuerdos con su pequeña hermana Bulma. Moría de ganas de verla. A ella. A papá. Era más que claro que Bulma ya sería toda una dama lista para casarse.

Aunque conociéndola muy bien, ella preferiría casarse con algún mono que con algún hombre. Sonrió al reconocer a su ya avanzado padre esperándola en la puerta. Había pasado, ¿cinco años o cuatro años? Desde la última vez que lo vio.

—Mucho tiempo sin verte, querida—dijo Lord Briefs mientras caminaba hacia ellos.

—No sabes lo emocionada que estaba, padre—respondió ella abrazándolo—¿Cómo has estado?

—Últimamente el negocio ha subido por el contrato que tengo con el Duque Vegeta IV. Tu madre está muy feliz por el regreso de Bulma.

Tights abrió los ojos de emoción.

—¡Bulma! ¿Dónde está?—empezó a buscarla con la mirada—¿Y madre? Ella siempre anda atenta a cualquier visita.

—Tal vez anda ocupada, mi Tights—dijo Raditz mientras le ponía un mechón rubio detrás de su oreja. Le dio un saludo con la mano al padre de su esposa—. Encantado de volver a verlo, Lorf Briefs.

—El placer es mío—respondió él mientras veía cómo algunos sirvientes salíann y recogían todas las maletas—. Pasen, pasen. Justo tenemos una habitación para ustedes.

Tights avanzó sin esperar ningún minuto más. Las emociones no podían definirse para ella, tenía un torbellino dentro. Después de haber tenido que separarse de su hermana porque había surgido su matrimonio con Raditz, se había quedado con las ganas inmensas de poder apoyarla. Por eso cuando se enteró cuando ella se fue a Estados Unidos, se preocupó muchísimo. Era un país muy avanzado, y, lamentablemente, ser mujer era muy peligroso.

Saludó amablemente a los sirvientes cuando le abrieron la puerta, Tights soltó un suspiro de melancolía cuando volvió a ver su casa. Su antigua casa. La de los Briefs, pero seguía siendo suya.

Y cuando sus ojos azules la hicieron avanzar hacia la sala, ya que no había visto a su madre por ningún lado—cosa que eso era muy raro ya que ella siempre andaba en todas partes—, se sorprendió al encontrar a un hombre recitando de rodillas a su hermana quien estaba sentada en el sofá viendo con sorpresa fingida el poema del varón. Su madre estaba feliz tomando su taza de té mientras escuchaba cada palabra.

Tights no pudo evitar sonreír al ver la cara de Bulma. Era evidente que no aguantaba ningún minuto más.

—La lámpara de mi alma te sonrosa los pies, el agrio vino es más dulce en tus labios: oh, segadora de mi canción de atardecer, cómo te sienten mía mis sueños solitarios!—terminó de decir.

El recuerdo no pudo evitar llegar a la mente de Tights al ver la pieza de piano tendida en la sala.

Estaba tal y como lo recordaba.

Para aquella época Bulma se encargaba de aprender las piezas más famosas que existieron en la época, mientras que ella era recibida con miles de regalos de parte de sus pretendientes.

Aún recordaba aquel tiempo cuando Bulma vino de un paseo con la señorita Lazuli, quien por cierto tenía la misma edad que ella, y soltó tremenda pregunta.

—Madre, padre—dijo ella mirándolos frente a frente, ambos voltearon a verla. Su padre fumaba su pipa y su madre bebía su té, mientras que ella, Tights, trataba de aprenderse una pieza de piano—¿Cómo es que una mujer queda en cinta?

Ella paró rápidamente de tocar su piano para girar a verla. Tights tenía la misma pregunta: ¿Cómo nacían y se hacían los bebés?

Su madre rápidamente dejó su té y se paró hacia Bulma.

—Querida, pero qué pregunta.

—Obviamente no lo va a traer la cigüeña, madre. Eso es un cuento de niños. Hay que ser bien tontos para creerlo. Así que díganme, ¿cómo es que una mujer queda en cinta?

—Creo que no es momento de responder esa pregunta—dijo su madre.

Tights se quedó estudiando cada palabra con los ojos entrecerrados.

—Bulma tiene razón, mamá—intervino ella—. ¿Cómo es que se tienen los bebés?

—Tights, querida, estabas tocando muy bonito tu piano. Deberías volver a hacerlo.

Oh, no. Ella estaba con la duda. Bulma miró a su padre.

—¿Papá? ¿Tú tuviste algo que ver?

Su padre solo sonrió.

—Para nada, querida.

Bulma alzó una ceja.

—¿Cómo que no? Obviamente de un humano y un extraterrestre no va a nacer otro humano. Y si lo fuera, sería un ser amorfo. ¿Acaso es un requisito poder tener bebés para casarse?

—Hasta ahora tengo la duda, madre—intervino Tights—. ¿Qué pasa después que me case con Raditz?

Su madre la miró con sorpresa. Su rostro estaba un poco sonrojado ante ello.

—Oh, querida. Ya decidiste casarte con el joven Raditz.

Bulma cruzó los brazos.

—¡Mamá, no cambies de tema!

—Querida—volteó hacia ella—, es mejor que vayas a tejer alguna flor. Milk puede ayudarte.

Cuando vio que el hombre terminó su poema, ella empezó a aplaudir. De inmediato, Bulma, su madre y el invitado voltearon hacia ella.

—Eso fue un poema muy…victoriano—dijo ella. Claro, para no decir que era deprimente.

—Gracias, mi Lady—el joven hizo una reverencia.

Bulma, al verla, sonrió genuinamente. Su hermana, su salvación había vuelto. No podía estar más que feliz.

—Mi Lord, ha sido muy grato escuchar su maravilloso poema—dijo su madre mientras se acercaba a él—. Permítame acompañarlo a la salida—lo guió hasta la puerta.

Rápidamente, Bulma corrió hasta Tights para abrazarla.

—¡Tights! ¡No sabes cuánto te extrañé! —se separó de ella—Me pone muy feliz verte.

Ella sonrió.

—Mi felicidad no puede ser mayor que la tuya, Bulma. He venido de las vacaciones de Grecia y decidimos visitarlo aquí. Obviamente, no pensamos alargar mucho nuestra estadía.

—Ustedes pueden quedarse lo mucho que quieran, querida—dijo su madre—. Pero mírate nomas, estás hermosa. ¡Ay, todas mis hijitas son hermosas! Simplemente el legado Briefs. Uy, debería ir a saludar al joven, ahora casado, Raditz.

Tights sonrió al ver cómo su madre se iba. Miró a Bulma.

—¿Alguna novedad?

—Si veo algún otro hombre entrar por eso puerta, te juro que me moriré. Lo que menos quiero ahora es casarme. Ahorita estoy enfocada en debutar como actriz y cantante en el teatro.

—¿Teatro?—Tights alzó una ceja—Al parecer vine en buena hora. Raditz ha estado comentando que el duque Vegeta IV ha vuelto a Inglaterra.

Esa mención. Es simple mención fue suficiente para que a Bulma se le bajaran los ánimos. Le caía absolutamente mal ese hombre.

—¡Ni lo menciones! Su simple presencia hace que las flores que renacieron por primavera se mueran a instante.

—Vaya, al parecer ya se conocieron—dijo Tights sorprendida.

—Ay, es que no sabes lo que se atrevió hacer ese sinvergüenza en nuestra casa, Tights, justo cuando hicieron una fiesta por mi bienvenida.

—Me gustaría saberlo.

—El muy maldito vino con su porte de gorila, me vio con desdén y simplemente no soportó que lo pusiera en su lugar. Se había tropezado conmigo, cosa que claramente fue su culpa, y no se disculpó.

Tights se sorprendió. ¿El duque Vegeta IV no se disculpó? Había escuchado rumores de su carácter, pero jamás pensó escucharlo de la boca de Bulma. Claro…y teniendo en cuenta que Bulma tenía un carácter…no quería imaginarse la gran combinación química que tendrían juntos.

—Supongo que eso debió molestarte.

—Claro que me molestó, ¿pero sabes que me molestó más? Que se le haya ocurrido venir y decirme que canto horrible. El tal duquecito se caracteriza por tener unos modales tan malos que me estuvo espiando mientras yo tocaba el piano y cantaba.

Tights abrió más los ojos.

—Y no solo eso—bajo un poco la voz—¿Puedes creer que se atrevió de tener relaciones sexuales con una de nuestras sirvientas! ¡Es un hombre insoportable!

Vaya, vaya. A Titghs ya le había quedado más claro que el agua que Bulma y el duque Vegeta no podían ni siquiera escuchar la mención de alguno de ellos.

—Entonces, todos los rumores son ciertos. Me pregunto si también es verdad que está comprometido.

Bulma se sorprendió.

—¿Está comprometido?—Tights asintió—Bueno, pues más le vale a su futura esposa escapar de aquel hombre. Yo ni loca me casaría con él. Verdad, Tights…

—Dime, Bulma.

Bulma se avergonzó un poco.

—No fue mi intención recibirte con esas palabras, perdón. Cuéntame, ¿a qué se debe su visita?

Tights soltó un suspiro.

—Raditz se acaba de enterar que tiene un hermano perdido aquí en Inglaterra—confesó—. Hemos contratado a investigadores para que nos den más pistas, pero para que él también pueda asegurarse, decidió venir aquí.

Bulma no pudo evitar sorprenderse. Siempre había pensado que Raditz era hijo único y así se quedaría, pero al parecer no resultó así. ¿Un hermano perdido eh? Eso debió ser sorprendente.

—Bueno—dijo ella mientras se agarraba del brazo de su hermana—, creo que será mejor que vayamos a comer. Madre nos estará esperando.

Tights solo le sonrió y avanzaron juntas para encontrarse con su madre.


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No para nada sorprendente que después de la llegada de Tights y Raditz, los rumores sobre su llegaran corrieron por los caminos, lagos, parques y puentes de Inglaterra. Por su parte, Bulma no podía estar más que feliz, su hermana mayor había venido. Su hermana a la que la había ayudado en todo, ocultado sus más recónditos secretos. Bulma le debía la vida a Tights, y eso se lo demostraba estando atenta a ella a cada momento.

No podía estar más que feliz al ver el amor que había en el matrimonio entre Raditz y Tights, era más que evidente que se amaban. Se casaron con amor. Con devoción. Y, aunque ella estaba segura que no quería casarse con ningún hombre, no podía evitar soñar con un matrimonio así. Y se le desgarraba el alma al saber que no podía conseguir uno.

¿Algún hombre la aceptaría de verdad? ¿La amaría de verdad? ¿Lo haría si sabría todo lo que ella tuvo que pasar en el pasado? ¿Con un carácter totalmente inadecuado para una dama? ¿Con conocimientos que no eran los adecuados para una lady como ella? ¿La querrían…la amarían…después de que sepan lo que ella hizo?

Añoraba con toda su alma tener algún amante eterno, aquellos con las que se escriben las novelas más suspirantes en toda Inglaterra. Las que te roban el alma y el corazón. Las que te hacen pensar a cada minuto cuán caballeroso puede llegar a ser un personaje masculino, en cómo a pesar de que no eran reales, se sentían tan real.

La vida dejaba heridas en el corazón, en la piel y en los ojos. En el corazón, para crear un caparazón y protegerlo; en la piel, que son las cicatrices de tus pasos en la vida; y en los ojos, que te quitan la venda de ellos. Que te hace ver el mundo en realidad.

Pero no casarse o no tener pareja no era algo como para hacer tu propio funeral. Pues, si ella no tenía algún hombre, podría tenerse así misma. Y si, veía necesario tener a algún hombre, lo conseguiría con solo el parpadeo de sus cristales azules. Con un pequeño roce de manos…Una simple sonrisa que volvía loco a cualquier hombre. Pero eso no era su prioridad. Primero estaba ella y sus sueños a cumplir.

Pero por supuesto que no al duque Vegeta.

Mientras Bulma y Tights paseaban en los caballos por el campo, las miradas no tardaron en llegar. No tardaron en enfocarse en nada más, y nada menos, que en Bulma Briefs, la joya de la temporada.

Bulma solo los ignoró. ¿Cómo era posible que no pudiese pasear sin siquiera llamar la atención? Estaba harta de que todo el mundo aquí en Inglaterra hablara de ella. Ella parpadeaba escándalo, ella estornudaba escándalo, ella se enojaba escándalo, ella se dormía escándalo, ella no hacía nada escándalo

Bulma y Tigths se vieron obligadas a parar cuando Raditz, ahora su cuñado, decidió unírseles. Ella hubiera ido con ellos, pero no quería ser mal tercio. Era momento de pareja, y no quería estar estorbando ahí.

—¿Segura que no quieres acompañarnos, Bulma? —preguntó Tights, un poco preocupada de que Bulma vaya a pasear sola. No era nada adecuado que una dama paseara sola por los campos.

Bulma le restó importancia con una sonrisa.

—Ni que me vaya a encontrar con algún monstruo, ¿ o sí? —bromeó. Titghts entrecerró los ojos.

—Volverás a la hora que acordamos para volver a casa, ¿entendido?

Bulma asintió, a regañadientes, pero asintió. La verdad, ella quería irse por su propia cuenta, pero no quería preocupar a Tights, había venido de un viaje, y lo peor que podría hacer era preocuparla con su comportamiento.

Pero no fue hasta que cuando volteó con su caballo para seguir paseando por su propia cuenta que se dio cuenta que todos los presentes en el campo habían estado presenciando con mucho recelo la escena entre ella y su hermana. Bulma apretó los dientes, ¿acaso no podrían dejarla en pasa algún momento?

Bien, si no podían hacerlo, entonces ella escaparía.

Y así lo hizo, se dirigió en un camino donde no se solía habitar. Al menos, donde una dama no se solía habitar.

Murmullos no se esperaron. Pero Bulma no les hizo caso.

No supo por cuántos momentos estuvo paseando con su caballo, pero cuando decidió que era momento para descansar un poco, se dio cuenta que el sol ya se estaba ocultando. No, no era tarde todavía como para volver. Para ella nunca era tarde nada.

Lentamente amarrando su caballo a un árbol, le acarició el cabello cuando terminó de hacerlo.

—Quédate aquí por un ratito, ¿sí? —le susurró. El caballo bufó como si la entendiera. Bulma sonrió.

Yendo hacia otro lado de árbol, no sin antes sacar un libro que había obtenido como regalo, se sentó en el césped y se dispuso a leer. Los rayos del sol llegaron a su rostro, haciendo que su piel lechosa brillara más de lo normal. No le molestó sentir los rayos ultravioletas en su piel, de alguna y otra manera, apoyaba en su lectura.

Paz. Sentía paz en estos instantes. La tranquilidad al sentir la brisa del aire hacer revoletear su cabello azulado, le generaba un poco de cosquillas, pero no la distraía en lo absoluto como para detener su lectura.

No podía leer en su casa, estaba lleno de adornos florales y cada tres o cuatros minutos algún nuevo caballero venía para otorgarle regalos para que ella le considerara un baile en la próxima fiesta. Bulma, por obligación, tenía que hacerlo. Si fuera por ella, bailaría sola. Pero, tampoco sería descortés con los caballeros. Por otro lado, ella no podía ir a la biblioteca. Ja, no después de haber sido descubierta por ese tal duque Vegeta.

El duque de los malos modales debería llamarse.

Lo detestaba. No lo soportaba. Y por supuesto que ella tenía toda la razón cuando le había dicho en su cara insulsa que él ni siquiera debía respirar su propio aire. Ese hombre era un odioso. Arrogante. Gruñón. No tenía modales. No le importaba lastimar a las personas. Ni siquiera respetaba a sus propios sirvientes como lo hacía ella. Y estaba segura, que había tenido, a lo largo de su asquerosa vida, unos treinta amantes.

Ni siquiera podía entender cómo era posible que su padre estuviera trabajando con él. ¿Cómo podía sopórtalo? Tan solo ver aquellos ojos ónixes le causaba rabia. Le daba ganas de vomitar. Su maldita presencia hacia que quisiese sacarse los cabellos de encima. De hecho, no le sorprendería ver que habían surgido algunas canas en su precioso cabello azulado pro haber lidiado con aquel título.

Bulma alzó sus ojos de su libro. Soltó un suspiro. Ahora que estaba en casa, sin fiestas, sin cantos, sin invitados o algún caballero que quisiera cortejarla, se permitía respirar en paz.

Ahora que lo revoloteaba, Tights había dicho que el duque estaba comprometido.

Bueno, ella misma se encargaría esta noche en hacer plegarias para la pobre mujer que había sido tomada como futura esposa para Vegeta. Lo más probable es que hubiera sido obligada a casarse con él. O seguro que por una alianza entre lores. No podía imaginar por qué alguien elegiría casarse con el duque.

Cerró los ojos por unos instantes al sentir el aire revolotear.

Por el momento, no se gastaría sus preciados minutos a solas en pensar en él. Él ni siquiera merecía que pensara en él.

—¡Ah!

Bulma abrió los ojos de inmediato. ¿Qué había sido ese sonido?

—¡Ah! ¡No pare!

Ahí estaba, ese sonido otra vez. Bulma agudizó sus oídos.

—¡Ah! ¡Ah!

No podía ser lo que ella estaba pensando. Rápidamente, y con mucha cautela, Bulma se paró de césped.

¿Debería de ver quién era la mujer que estaba gritando?

No, por supuesto que no lo haría. Eso sería ser muy entrometida de mi parte.

Bulma tragó saliva al volver a escuchar los gemidos. Cerró su cuaderno con mucha fuerza. No pudo evitar sentirse nerviosa ante ello. ¿Otra vez estaba presenciando, verbalmente, una escena sexual?

No. Seguro sus oídos estaban fallando. Sí, seguro eso.

Pero no, bien sabía ella que sus oídos nunca fallaban. Aparte, Bulma jamás se equivocaba en nada.

De pronto, su pecho se hinchó de la vergüenza. Tener relaciones sexuales en el campo era otro nivel de descaro y sinvergüenza. Era otro nivel de falta de respeto.

Debería irse, debería tomar sus cosas e irse nuevamente. Desamarrar su caballo y trotar hasta llegar al punto donde había quedado con Tights, debería hacer ello. Pero no supo en qué estaba pensando cuando ella se paró y caminó con cautela para verificar quiénes eran los responsables de tal acto.

Y cuando sus ojos se enfocaron en la pareja, Bulma sintió su corazón paralizarse por un momento. De pronto, el aire casi le faltaba. El habla o el poder de articular palabra alguna no se daba. No con lo que estaba presenciando.

—¡Ah! ¡Ah!

El duque. Era el duque Vegeta.

Otra vez.

—¡No pare! —gritaba la chica que estaba apoyada contra un tronco de árbol. Su cabello estaba todo despeinado y su rostro estaba sudoroso. Era evidente que no era una dama de la nobleza. Seguro era alguna actriz o cantante, o tal vez alguna sirviente. No lo sabía. Pero en estos momentos, el pasmo no hizo más que congelarla al ver tal escena.

Esta vez ella no podía gritarles o decirles que pareen porque no era su casa. Esta vez ella no podía molestarse por tan muestra de descaro y poco recato. Esta vez ella no podría cachetear al duque Vegeta por más que estuviera con las ganas de hacerlo. Esta vez…esta vez fue suficiente para saber que aquel hombre era más que despreciable.

No le importaba su prometida que era más que probable que estuviera esperanzada para que la boda se consagre y pueda tener su familia, un heredero.

Pero justo, en ese instante donde Bulma miraba la escena de coito, Vegeta volteó su rostro. Sus ojos negros chocaron con los de ellos. Vegeta la miró. Y por un momento no pudo evitar en apreciar lo bien que ella se veía en ese vestido apretado bajo los rayos del sol que se estaba escondiendo.

Vegeta no apartó su mirada a la de ella mientras que, con sus manos fuertes y gruesas, acariciaba el cabello de la mujer a la que estaba follando. Porque eso era para él lo que tenía con esa mujer en esos instantes, solo sexo. Una descarga para poder desquitar toda la rabia que había estado conteniendo al haber visto en el campo a Bulma. Al haberla visto tan tranquila, tan exhibida, tan en paz.

Tan hermosa como deseable.

Y es que había una cosa: no había podido sacarse de su maldita cabeza la voz que tenía ella. La manera en la que, de cierta forma, lo había cautivado al escuchar su canto. Y aunque, detestaba aceptarlo, se sintió un pirata al escuchar de una sirena. Y la odiaba por ello. La odiaba por haberle hecho perder la razón pon un mínimo instante. A él, al duque de Inglaterra. A él, que nunca había permitido que le volviera a pasar algún desliz.

A él, que no había podido quitarse de su cabeza la manera en cómo había un exótico contraste entre su cabello sedoso de color turquesa y su piel lechosa.

La odiaba tanto como no había odiado a ninguno de sus enemigos.

Y así, odiándola, pero admirando cómo sus preciosos ojos azules lo miraban con una sorpresa que deseaba que solo se quedara es mirada para siempre con él, le sonrió con descaro mientras seguía penetrando a la mujer que se volvía loca por sus embestidas.

Una sonrisa bastó para Bulma. Una curva de un labio. Una malicia, una maldad pura en los ojos de Vegeta para no poder descifrar lo que estaba sintiendo en aquellos instantes.

Ahora entendía la frase que había leído en Estados Unidos cuando había leído que decía que existía mujeriegos y Mujeriegos.

Los mujeriegos con minúscula sabían que el libertinaje sexual era un pasatiempo temporal. La sociedad sabía que ese tipo de hombre era peligroso, pero no le tomaban importancia porque se sabía que pronto recapacitaría al sentir que alguien tocaba su corazón.

Pero los Mujeriegos con mayúscula, sabían ellos mismo que eran peligrosos para las mujeres. Lo sabían.

Vegeta era un Mujeriego.

Había escuchado varios rumores de sus escapadas con mujeres. De sus efímeras relaciones con viudas, casadas, actrices y cantantes. Y comprobar otra situación de sus escapadas, hizo que su pecho se encogiera.

Frunciendo el ceño, Bulma agarró su vestido, alzó la mirada con profundo desdén y se marchó. No supo a dónde, pero se fue. No quería volver a cruzar camino alguno con el duque nunca más. Quería que su padre termine todo contrato que tenía con el duque.

Vegeta vio cómo Bulma se fue toda espantado. Una parte de él sintió satisfacción, pero otra parte de él…otra parte de él…no supo que sintió al verla partir.

Y la odió por eso. La odió porque no podía continuar el disfrute del placer que estaba sintiendo hace unos momentos. La odió, porque estaba seguro que la perseguiría para burlarse de ella. La odió, porque sería cruel con ella.

La odió, porque de pronto, de manera brusca, paró sus embestidas en el interior de la mujer. La dama le miró a los ojos, sorprendida, aturdida. Vegeta no había terminado. Y ella tampoco.

—¿Pasó algo…su excelencia? —preguntó ella, acomodándose el vestido al ver que Vegeta se arreglaba los pantalones y volvía a esa postura fría, cortante y arrogante.

Vegeta la miró con desdén.

—Lárgate de una vez—respondió, con una frialdad que la mujer se quedó helada—. Vuelve a la casa del fantasma de tu esposo. No creas que por haberte considerado aceptable de pasar un rato contigo tendremos algo.

La dama lo miró con todo el odio que pudo. La había humillado, el duque Vegeta la había humillado. Lo estaba haciendo en este mismo instante.

—No tengo con qué irme—fue lo único que pudo decir. No podía pegarle, no podía insultarlo, era alguien importante. Y si se propasaba con él, él podía amargarse y castigarla por su osadía.

—Pues ese no es mi problema—contestó Vegeta—. No pienses que me tomaré la gentileza de que mi coche te lleve a tu casa.

—Pero cómo se le ocu…

—Fue usted quien aceptó recurrir a mí. No yo. Fue usted quien me deseaba, no yo. Yo solo acepté disfrutar un momento. Pero ya me aburrí.

La mismísima voz de Vegeta podía congelar más que el Antártida. Era tan gélida, que la pobre dama se limitó a responderle.

Vegeta solo se dio la vuelta y caminó a lo que recordaba…que era el lugar por donde Bulma se había ido.

Bulma por su parte, había estado corriendo tan desesperadamente que se había olvidado que había dejado su caballo amarrado a un lado. Que había olvidado que tenía su libro en la mano. Que había olvidado que si seguía corriendo caería ante un lago.

Pero como no se dio cuenta, cayó al lago. Bulma cayó al lago.

Helada. El agua estaba helada. Bulma sintió cómo su cuerpo se golpeó fuertemente al sentir el chapuzón de agua. Su cuerpo cayó por unos instantes en la profundidad del agua. Su vestido se mojó. Su cabello. Todo su vestido de pronto se sintió pesado al ser mojado. Y ella también.

Pero lo peor de fue que, cuando pudo respirar por fin y limpiarse con sus manos el agua en sus ojos, se encontró con nada más y nada menos que con Vegeta. Mirando de cierta forma que ella consideró burla.

Vegeta sonrió con crueldad.

—Eso te pasa por ser una mujer entrometida.

Bulma apretó sus dientes, tanto, que se sorprendió al no romperlos.

—¡Eres un sinvergüenza! ¡Ni Judas se atrevió a tanto!

La sonrisa de Vegeta se ensanchó. De pronto se arrodilló ante el lago, quedando frente a ella que lo miraba con el ceño tan fruncido que hizo apreciar lo hermosa que se veía a pesar estar molesta con él, metió su mano en el agua, y acto seguido, le tiró más agua bruscamente a ella.

Uno. Dos. Tres.

—¡Eres un maldito! ¿Qué demonios te pasa?

—Tú, mujer vulgar—respondió Vegeta—. Tú eres lo que me pasa.

Y cuando se levantó volvió a salpicarle agua con sus pies. Bulma tuvo que protegerse de aquello con toda la furia que hizo.

Y cuando creía que lo peor podría pasar, Vegeta la miró y se río. Se río de ella. Se río con una crueldad, que estaba segura que recordaría en toda su vida.

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N/A: Obviamente no iba a dejar abandonada esta historia que tenía jiji. Pasaran años, meses, días pero no la abandonaré xd. Pido perdón si me hice esperar, no pude escribir porque no me entró la inspiración, pero esta vez ya se vienen actualizaciones.

Bueno, bueno, ¿les digo algo? Me encantan los enemies to lovers. Eso cuando se odian y luego se aman jiji. Es mi cliché favorito. Y esta historia tendrá esto.

Vegeta la odia porque la desea jiji.

¿Qué opinan sobre Vegeta eh? Se pasa de maldito JAJAJA. Ya cambiará, Bulma le hará cambiar ya sea por las buenas o por las malas.

Espero les haya gustado, me gustaría saber su opinión. Besitos. Y nos vemos en Poliamor.