Fullmetal Alchemist y sus personajes no me pertenecen, hago esto sin fines de lucro.
Advertencias: Rated M, Slash (slow burn), Fix-it. PTSD, Time Travel, temas maduros en general.
-"ABC..."-. Diálogo
-"ABC..."-. Pensamiento
Llave
Capítulo 6, Flores
Si Edward había creído que, por haber pasado por la misma cirugía antes –dos veces, además–, haría más sencillo soportarla de nuevo, había estado muy equivocado.
Muy equivocado.
El dolor había sido exactamente el mismo y ningún cuerpo humano estaba totalmente preparado para soportarlo, incluso si ya sabían qué esperar. Y Edward casi se arrepintió un par de veces, antes de recordar las razones por las que necesitaba un automail lo más pronto posible… pero, vamos, dolía.
Definitivamente habría sido mucho más soportable contar con la increíble anestesia mágica que Winry había desarrollado en Rush Valley con la ayuda de Mei –había sido una planta que Edward había ayudado a sintetizar, pero Mei la había llevado desde Xing, y toda esa idea había sido de Winry y Paninya–, había escuchado cómo le cantaban alabanzas, eso habría sido tan útil. Como fuera, suponía que la anestesia le habría hecho, por lo menos, soportar la visión de la cuenca donde su automail iría.
Preferiría no repetir esa experiencia de nuevo, muchas gracias.
A pesar de todo, Edward se consideraba afortunado porque, durante lo peor de las operaciones –donde el sistema de alojamiento de los nervios y conexión se ajustaban por primera vez al cuerpo–, Winry había enviado a Alphonse, convenientemente, a hacer un par de compras. Cuando su hermano había regresado, Edward había logrado mantener a raya sus gritos y se había desmayado antes de que su hermano pudiera determinar qué tan grave había sido esa parte de la operación.
Definitivamente este Alphonse no habría soportado sus gritos –no recordaba muy bien, pero le parecía que la última vez, Al había salido de la casa corriendo–.
No era una vista agradable, eso era cierto. La cirugía era caótica y había mucha sangre rondando, la mayoría del tiempo Winry y la abuela habían estado corriendo de un lado a otro con el instrumental o toallas para limpiar. Winry estaba preparada para eso, habiendo crecido en una familia de mecánicos y médicos, su sueño era convertirse en la mejor mecánica, pero Al… bien, Al podía vivir sin esa pequeña escena.
No importaba qué tan maduro fuera, realmente su hermano no tenía que estar ahí.
Además, probablemente Alphonse se habría culpado –de nuevo– por el inevitable dolor y todo habría terminado en una conversación incómoda donde un Edward semiconsciente intentaba tranquilizarlo con sus limitadas habilidades. La abuela habría terminado gritándole a su hermano y las cosas habrían sido mucho peores.
Su hermano todavía estaba en una situación frágil y no deseaba cargar más a sus hombros de lo que pudiera soportar, antes no había tenido opción, ahora mismo la tenía y la iba a aprovechar.
Por supuesto, servía bastante que Winry pudiera aburrir a cualquiera cuando se dedicaba a hablar por tanto tiempo sobre los automail que construía y lo que consideraba mejor para cada componente y cosas que a Alphonse no le importaban siempre y cuando Edward recibiera lo mejor.
Y eso había recibido.
Edward había pedido el automail más ligero y parecido a una pierna real que pudieran crear para él; no tenía caso pretender soportar el peso de una pierna como la primera que había tenido, cuando fácilmente podría vivir con un automail creado especialmente para caminar y moverse –que las palabras de Dominic sobre la relación de su estatura y el peso de las prótesis siguieran rondándolo nada tenía que ver con su decisión, para nada–. Por supuesto, la mayoría de los ahorros que su madre les había dejado se habían ido en eso –la última vez, Edward había elegido los dos automail más económicos, no dispuesto a arriesgar la única seguridad que podrían tener si fracasaba en la certificación–, la personalización de un automail era costosa y no iba a permitir que la abuela y Winry no recibieran un pago por su trabajo.
Al final, Edward en verdad había obtenido un pedido mejor del que habría esperado.
Orgulloso dueño de una nueva pierna, hecha con una aleación de cromo, cobre-níquel, aluminio, además de estar reforzada con fibra de carbono y fibra de vidrio para mantenerla ligera y casi tan resistente como el acero. Mucho menor mantenimiento, menor peso, resistencia a temperaturas extremas… ah, y una recuperación acelerada; sí, Edward tendría que esperar un poco para agregar las modificaciones con las que se había acostumbrado a mover con los años –por supuesto, disfrutaba el minimalismo de su pierna–, pero estaba conforme.
Y sí, había costado casi el precio original que había pagado por dos automail, pero había valido la pena.
Ahora estaba seguro de obtener su antiguo trabajo, así que no debía preocuparse mucho tiempo por el dinero para mantener a Al. No había necesidad de cuidar el dinero que su madre les había dejado cuando pronto podría acceder a una cuenta bastante… generosa como alquimista estatal –vamos, que, si debía mencionar algo bueno del ejército, era el dinero que había obtenido por trabajar para ellos–.
La última vez, Edward había prometido terminar con la recuperación en un año, comparado con los tres años, en promedio, que le tomaba a la mayoría de los pacientes. Esta vez, sin embargo, Edward no se podía dar el lujo de permitirse perder tanto tiempo y, aunque las operaciones y la instalación total de su automail le llevaron más de dos meses para completar –más del tiempo que se habían llevado la última vez–, utilizó muy bien los siguientes cuatro meses para forzar a su cuerpo a aceptar una nueva pierna.
Sí… bien, tendría que seguir con ciertos ejercicios que Winry le había pedido –Edward sabía que eran necesarios– hasta que su cuerpo se ajustara por completo, pero ahora podía caminar y moverse alrededor de la casa sin ayuda de la silla de ruedas.
Y eso era un gran avance.
¡Incluso habían podido celebrar su cumpleaños y después el de Alphonse en el jardín! Eso debía contar para algo… ¿verdad?
Nadie que no tuviera que pasar por la rehabilitación de un automail sabría con exactitud qué tanto había acelerado un proceso como ese. Ni siquiera Winry o la abuela.
Daba igual, ahora había recorrido un gran tramo del camino y pronto tendría que recorrer el resto, en tanto que pudiera terminar con lo que pretendía hacer ahora mismo. Porque ahora mismo estaba decidido a pasar exitosamente una misión muy importante: cocinar para la familia.
No era el mejor cocinero, lo admitía, pero después de haber practicado las recetas de la libreta de Alphonse por capricho de su hermano –porque, aparentemente, era necesario que Edward cocinara para él todo lo que había querido probar por cuatro años–, creía que era bastante decente para replicar ciertos platillos.
-"¿Qué estás preparando, Ed?"- Winry estaba a su lado, mirándolo con curiosidad, desde hacía poco menos de una hora.
Le sonrió un poco –"Algo que leí"- por supuesto, eso no era cierto, se trataba del quiche de Gracia Hughes que amablemente le había enseñado a hacer sólo para Al –"¿Quieres ayudarme?"- preguntó por cortesía.
Sabía que Winry había tomado cierto gusto a la cocina después de algunas promesas que les había hecho a Alphonse y a él, pero antes de eso… su opinión de la cocina no había sido realmente la mejor durante su infancia. Cuando la chica negó con la cabeza rápidamente, Edward tuvo que suprimir una risa.
A veces era bueno conocer a las personas más de lo que ellos mismos se conocían.
-"Eh… prefiero…"- miró hacia todos lados, pero no vio lo que estaba buscando –"¿Dónde está Al? Pensé que estaría contigo"-.
Edward se encogió de hombros –"No ha dormido muy bien, así que debe estar arriba"- esos últimos meses habían ayudado mucho con las pesadillas de ambos, pero Alphonse todavía tenía problemas para dormir solo, así que Edward le hacía compañía en las noches… otras veces… bueno, no había forma de dormir.
Suponía que era como solía decir la general de brigada Hawkeye… había días buenos, y otros no tanto.
Winry asintió y salió de la cocina un poco más rápido de lo que era socialmente aceptado –Edward no iba a decirle nada, él no era el mejor ejemplo de buenos modales–.
Eran esos momentos a solas que Edward realmente podía pensar en paz, sin preocuparse por parecer un extraño entre las personas que deberían conocerlo, así que no estaba particularmente molesto por la ausencia de su amiga. A veces la compañía de otros no era lo mejor o lo que necesitabas, Edward lo había entendido con los años.
Todavía tenía mucho en la cabeza y todavía tenía que hacer muchos planes para ese nuevo futuro y, aunque cuidar de Al le traía cierta paz que le había robado aquel futuro matrimonio, necesitaba ese tiempo para poner su cabeza en un estado medianamente aceptable.
Porque era confuso rememorar los detalles de todo lo que había sucedido en su infancia, pero era mucho peor pensar en la posibilidad abierta que tenía ahora.
Era algo complicado, porque sabía que cualquier cambio a los pequeños detalles podría significar una gran brecha entre lo que sabía que sucedería y lo que sucedería realmente en esta ocasión. Ya se había arriesgado lo suficiente con la visita de Mustang, no pretendía arriesgarse más, no cuando era obvio que su conocimiento del futuro era lo único que podría poner las cosas a su favor.
Debía tener cuidado de no cambiar demasiado el camino por el que caminaría, necesitaba esa ventaja si tenía que terminar con Padre antes del Día Prometido. También tenía que tener cuidado con otras personas y, aunque no le gustara admitirlo, saber cuándo debía no intervenir. Podría, por supuesto, seguir la misma investigación que habían llevado por años, pero había ciertas cosas que debía modificar, no estaban en duda: la memoria de Nina Tucker y Alexander quemaba en su cabeza tanto como la imagen de Maes Hughes o incluso Codicia. Y, si podía evitar algunas muertes –como algunos alquimistas que habían muerto a manos de Cicatriz–, quizá sería lo mejor.
También tendría que vigilar de cerca a aquel grupo disidente, ese que había reclutado al Alquimista de Hielo y probablemente a otros, porque tenía la sospecha que serían de gran utilidad en una lucha contra el actual führer y Padre –estaba seguro que el futuro führer iba a apreciar esa ayuda–. Debía contactar cuanto antes a los ishvalanos que estuvieran dispersos en Amestris y… y probablemente debía intentar ser más civil con los militares que pudieran ayudarlo –eso no sólo le serviría a él, sino también a Mustang–, como todos los soldados en Briggs, los soldados del Este y, si podía, aquellos que estaban bajo el comando de Armstrong. Por supuesto, debía cuidar que el doctor Marcoh no saliera de su escondite y… muchas cosas.
No podía olvidar a sus amigos de Xing, Mei, Ling, Lan Fan y el anciano Fu llegarían en unos años, buscando algo que no podían obtener –la última vez, Ling se había quedado con una piedra filosofal, no creía que eso fuera a ser posible ahora–, tendría que vigilarlos de cerca.
Sería buena idea mantener más contacto con la abuela y Winry, una vez que se fueran, por supuesto… si con eso lograba menos golpes en la cabeza.
Tal vez debería iniciar un diario de investigación… la última vez su código había sido lo suficientemente bueno para que Alphonse no pudiera leerlo sin explicarle antes cómo hacerlo, así que suponía que escribir todo eso no sería tanto peligro… sería buena idea cifrarlo un poco más, sólo por seguridad.
-"Edward, ¿estás bien?"-.
-"¿Eh…?"- se giró en su sitio y volteó a ver a la abuela –"¿Lo siento?"-.
La mujer negó con la cabeza y se sentó –"No estabas escuchando, ¿qué estás pensando?"- luego arqueó una ceja –"¿Te estás arrepintiendo?"-.
Como si eso fuera posible, ya era la quinta vez que la mujer preguntaba algo similar y comenzaba a fastidiarlo –"No… sólo estoy pensando"- frunció el ceño –"¿Por qué lo dices?"-.
-"Has estado distraído"-.
Esa no era una respuesta, pero igual la dejó pasar –"Estaba pensando en llamar al teniente coronel, han pasado seis meses… necesito saber qué necesitaré para presentarme al examen"- mentira, de nuevo, Edward sabía exactamente lo que necesitaba hacer, pero era una buena excusa como cualquier otra y era una buena idea mantenerse en contacto con Mustang.
La mujer dejó salir un sonido de aceptación.
Ni la abuela, ni Winry… ni Alphonse… nadie… se había negado por mucho tiempo a sus demandas. Claro que ahora no tenía la determinación de recuperar el cuerpo de su hermano, así que había tenido que buscar alguna razón que pudiera justificar la decisión de entrar al ejército, pero al final todos habían accedido y respetado sus palabras. No estaban de acuerdo, obviamente, y Alphonse seguía teniendo problemas para hablar sobre Mustang, particularmente, pero ahora creía que entendían que no iba a cambiar de opinión como si fuera un niño –lo sabía, tenía el cuerpo de uno, pero eso no significaba que eso iba a suceder–.
Y Al había entendido por fin que no iba a permitirle intentar siquiera presentar documentos para hacer el examen, así que Edward podía decir que estaba gozando una racha de buena suerte.
-"No debería relajarme"- se dijo con media sonrisa.
Con la suerte que tenía, tal vez su hermano encontraba una manera de hacer el examen sin su autorización o algo así.
Prefería mantener su buen humor a raya.
Edward terminó el quiché y lo metió al horno antes de comenzar con la sopa que comerían –era difícil moverse ahí cuando no podías alcanzar muy bien las encimeras y los ingredientes sin subirse a alguna silla, y no, no se trataba de su estatura, era más bien que las cosas eran un poco más grandes de lo que deberían ser–. En cuanto pusiera un pie en Central, se aseguraría de agradecerle a Gracia las recetas que le había enseñado.
Eran dos platillos que Alphonse había disfrutado, así que esperaba poder alegrarlo un poco antes de darle una noticia que no le gustaría. La extraña actitud de su hermano todavía lograba confundir a Edward, porque realmente no comprendía su irracional fastidio cada vez que, accidentalmente, el nombre de Mustang salía en la conversación. Comentarle que tendría que hablar con el hombre más tarde sería… una de esas pláticas incómodas que no quería tener.
No era nada malo, se repetía cada que su hermano se molestaba, hablar con Mustang se convertiría en una rutina para ellos y aunque siguiera sin entender su animosidad contra el hombre –no podía decir mucho, todavía recordaba su propia actitud de la primera vez–, Alphonse tenía que acostumbrarse a tratarlo si Edward quería que todos sus planes funcionaran.
Eso se iba a convertir en un dolor de cabeza, lo sabía.
Así que… ¡comida!
La comida siempre era una buena idea para poner de buen humor a un Elric, eso era un hecho comprobado después de numerosos experimentos, era una ley. Un Elric bien alimentado era un Elric soportable.
Después de la comida y esa conversación, Edward necesitaría salir un poco a tomar aire, porque lo necesitaba.
Estar encerrado en una casa con otras tres personas era demasiado para él, quería moverse, caminar, necesitaba hacerlo. Su naturaleza no era estar encerrado en una casa sin mucho más que hacer que su terapia o la comida para todos; él era –para su desgracia– más parecido a Hohenheim de lo que quería, su vida estaba en los viajes, estaba en ciudades más grandes, con más espacio, con tiempo.
No podía quedarse ahí mucho tiempo más, no lo soportaría.
Porque en esos días donde Edward creía que las cosas podían estar bien, los veía como la nueva oportunidad, veía a su familia como habían sido hacía trece años… ahora, veía a Winry y a Alphonse con su rostro, con la imagen de dos niños. Pero… en otros días, cuando Edward estaba al borde de la locura, no podía siquiera mirarlos a la cara sin ver frente a él los rostros de ellos, de esa versión que no estaba ahí, que no sería… a la que había renunciado.
Era un nuevo tipo de culpa porque no debería hacerlo, porque sabía que era sólo su problema, porque era un ser humano horrible para ver en su propio hermano alguien que… es decir, veía a su hermano, pero…
Y se preguntaba qué significaba realmente esa penitencia, si era buena idea haber recordado todo, si podría soportarlo lo suficiente para… para cumplir con todo lo que necesitaba hacer.
Había renunciado a más de lo que había considerado.
A su salud mental… a su muerte… al futuro de todos sus amigos… de Amestris… había renunciado a una seguridad que él mismo había conseguido para toda su familia, por la que muchos otros se habían sacrificado…
Y lo había hecho para salvar a Alphonse de algo que ni siquiera sabía si en verdad habría sucedido, porque el simple concepto de ver a su hermano arruinar su vida había sido demasiado para él y… y había sido débil… egoísta.
Quiso reír, porque algunas veces ni siquiera era capaz de ver a su hermanito a los ojos sin ver el casco inexpresivo de una armadura o ver el rostro de un Alphonse mayor. Quería salvarlo, pero era tan cobarde como para no poder enfrentarse a su propia mente y ganar.
Por eso necesitaba un respiro.
No sabía qué haría si alguien se daba cuenta de todo eso.
Tenía que salir… sí…
Tal vez debería visitar su… la casa de su madre.
Hacía toda una vida que no la veía apropiadamente y, aunque recordaba perfectamente cómo sería, ya era tiempo de superar esa parte de su pasado. Tenía buenas memorias de ese lugar, los mejores años de su infancia habían pasado ahí dentro, pocos o muchos; Edward creía que sería mucho mejor visitar a su madre dentro de esa casa que… que visitarla frente a una tumba fría. Así la recordaría como ella era en vida, su sonrisa… la sonrisa de su madre era el mejor recuerdo que tenía de ella… sólo habría deseado que fuera más genuina de lo que había sido en verdad.
Era tiempo para visitarla, tal vez hacer algunos planes allá… revisar las fotografías… los libros de Hohenheim.
-"¡Abuela!"- llamó sin despegar la vista de la olla –"¿Podrías llamar a Al y a Winry?"- sabía que la mujer lo escucharía y no lo decepcionó cuando, eventualmente, escuchó los pasos de los dos menores bajando las escaleras y escuchó a la abuela hablar con ellos.
Del horno sacó el quiché –justo a tiempo– y cuando puso las cosas en la mesa, su hermano y Winry se acercaron para ayudarle. No lo iba a decir en voz alta, pero había ciertos beneficios en ser tratado como un niño, principalmente la ayuda que le daban con tareas mundanas que le fastidiaba hacer, como poner la mesa.
Pasar tiempo con Winry parecía hacerle bien a Alphonse, lucía más despierto y la leve sonrisa que tenía significaba mucho para Edward –"¿Dormiste bien?"- preguntó cuando se sentó a su lado.
-"Sí…"- el color en su rostro fue suficiente respuesta para Edward.
-"Me alegro, necesitas dormir más, Al"- la abuela asintió con él –"No es bueno para tu salud si…"-.
-"Lo sé, lo sé"- rodó los ojos –"He estado durmiendo mejor, hermano… no te preocupes"- claro, le pedía eso a él.
Sería más sencillo si le pedía cualquier otra cosa –"De acuerdo"- rió un poco –"¿Por qué no comemos?"- era mejor si evitaba fastidiarlo.
Winry sirvió a todos una porción del quiché y, por un rato, todos se mantuvieron en un silencio más cómodo de lo que habría esperado. Las comidas siempre eran todo un evento en casa de los Rockbell, pero eran mucho más complicadas cuando ellos dos compartían la mesa, pero Edward se había estado esforzando todos los días para no causar más problemas, por lo menos a la mesa, si con eso podía evitar más molestias.
-"Tu hermano tiene razón, Alphonse, debes cuidar de ti mismo"- la abuela le acercó un vaso –"Esto está muy bueno, Ed, ¿dónde aprendiste a hacerlo?"-.
-"Eh… en el futuro, abuela, con Gracia Hughes y su hija"- rió un poco y miró a su plato –"Lo leí… pensé que les gustaría"- que le gustaría a Alphonse, agregó en su mente; nadie comentó nada después de eso y Edward no alzó la vista hasta que terminó su sopa y comenzó con el quiché.
No notó las miradas de las dos mujeres y tampoco la expresión de preocupación de Alphonse, no se dio cuenta de cómo Alphonse se llevaba un bocado a la boca con más cuidado del que había tenido durante toda la comida –"Esta delicioso, hermano, gracias"-.
Edward le sonrió un poco, sin saber cómo responder a eso.
-"¿Podrías…?"- levantó la vista para encontrarse con Winry demasiado concentrada como para poder interrumpirla –"¿Podrías enseñarme a hacerlo, Ed?"-.
Oh, bien, no había esperado eso.
La última vez, Winry había conectado con Gracia a través de la comida y las largas conversaciones en las que él no había estado presente. Winry se había convertido en una parte más de esa pequeña familia, ayudándoles a superar la pérdida de Maes Hughes como nadie habría hecho. Suponía que no haría daño enseñarle algunas de esas recetas, quizá eso aceleraría un poco la relación entre Gracia y Winry y… bueno, no lo sabía.
-"Claro"- asintió con la cabeza.
Tendría que tomarse el tiempo para enseñarle antes de irse, no quería que esperara por ellos cuando se fueran –la primera vez que se habían ido de Resembool, habían pasado meses antes de regresar y sólo lo habían hecho porque debía darle mantenimiento a su brazo–.
La abuela siguió comiendo hasta que sonrió un poco por su respuesta –"Sería buena idea tener una receta así"- suponía –"Parece que tenemos un nuevo favorito, ¿verdad, Al?"-.
Todos rieron un poco y la tensión que se había formado de la nada, desapareció.
Extrañaría eso… pero todo se volvería más fácil una vez que Edward y Alphonse tomaran su propio rumbo, lo sabía. Pasarían un par de años, pero la abuela y Winry se acostumbrarían a no tenerlo ahí, él y Al se acostumbrarían a viajar en tren y… suponía que su hermano disfrutaría casi tanto como él.
Era mejor así, mucho mejor que tener a dos niños deprimidos en la casa más cercana, con una pésima actitud y, ahora, tendencias suicidas. No importaba que Edward no tuviera más interés en la transmutación humana, Pinako Rockbell nunca les creería –habían perdido su confianza–. Mantenerse en movimiento lograría darles el punto medio en esa relación. Además, Edward jamás estaría dispuesto a regresar a la escuela con estúpidos niños que no sabían siquiera escribir su nombre, no cuando él era un hombre de veinticuatro años encerrado en un cuerpo de doce años… y podía decir que su hermano no estaría mucho mejor que él si ponía un pie en la escuela.
Ahora, más que nunca, sabía que estaba tomando la mejor decisión al unirse al ejército… oh, la ironía.
-"Al menos podré comer bien cuando mi hermano y yo nos vayamos"- dijo Al con medio bocado en el aire –"¿Crees que podrías hacer esto más seguido, hermano?"- claro que podría, no pensaba vivir de comidas costosas o comidas de la cafetería de los dormitorios de los militares –"Seguro que el ejército tendrá algunos sitios para comer o…"-.
-"Sí… tal vez"- Edward sonrió un poco a eso, porque sabía qué tan decepcionado iba a estar Alphonse en cuanto se diera cuenta de la pobre calidad de las cafeterías en los centros de comando.
-"Oigan…"- Winry se aclaró la garganta y los miró por un segundo –"¿Han pensado en lo que harán si no consiguen la certificación del ejército?"- sabía que no quería hacerlos preocuparse o hacerlos sentir mal, pero Winry a veces podía ser poco oportuna –"¿Qué sucederá si Edward no pasa el examen?"-.
Edward frunció el ceño –"Voy a conseguir la certificación"- no era una pregunta.
-"Pero… ¿qué sucedería si…?"-.
Winry dejó de hablar en cuanto vio la expresión de Edward –"No sucederá, Winry… presentaré el examen y pasaré, me convertiré en alquimista estatal y…"- miró a Alphonse –"Y recuperaremos mi pierna, ¿cierto?"-.
Alphonse asintió y le sonrió –"Sí, no hay nada de qué preocuparnos… sólo necesita… necesitamos tener paciencia, hermano"- Edward aceptó sus palabras, incluso si él no tenía ningún problema con su pierna, porque sabía que Al necesitaba eso.
Complacer a Alphonse siempre había sido una tarea sencilla –"Winry, no tienes que preocuparte, ¿de acuerdo?"-.
La niña no respondió, fue la abuela la que tomó la palabra –"Edward, ¿no tenías algo que hacer?"- arqueó una ceja y apuntó a la puerta –"Creo que todavía podrías llamar si te apresuras"-.
-"Eh…"- miró de reojo a su hermano y vio cómo la tensión subía por su cuello y hacía que sus hombros se pusieran rígidos, la sonrisa se había borrado –"Lo haré mañana, abuela… no creo que a… al teniente coronel no le importará si tardo un poco más en comunicarme"- luego se levantó de la silla y comenzó a estirar los brazos –"Pero quisiera dar un paseo"- añadió después de ver que su hermano regresaba a una relativa normalidad –"Regresaré antes del anochecer"- prometió.
Era obvio que todavía no podía forzar demasiado su pierna y caminar en la oscuridad –incluso si era un camino conocido– sería arriesgarse innecesariamente. Alphonse se apresuró a apuntarlo –"Ed, puedo acompañarte, ¿no necesitas ayuda? Yo podría…"-.
-"Adorable"- le sonrió –"Estoy bien, Al, no te preocupes por mí, regresaré pronto"- su hermano no parecía tan seguro –"De verdad, todo está bien"-.
Diez minutos después, en los que aseguró a todos que si tenía cualquier mínimo problema regresaría, Edward cruzaba el marco de la puerta y bajaba las escaleras con cuidado.
Sólo cuando no pudo ver la puerta de la casa de los Rockbell, Edward tomó una bocanada de aire y suspiró.
Espacio.
Eso era lo que necesitaba.
Caminó con cuidado, sin salirse del camino marcado, contando los pasos por la colina y preguntándose qué haría una vez que pusiera un pie dentro del que había sido su hogar. Recordaba cómo era, recordaba los olores que alguna vez habían pasado entre las habitaciones, pero… había ciertas cosas que no había grabado ahí… hacía meses en esa nueva vida que Edward no había puesto un pie ahí –Alphonse tampoco, por supuesto, pero por diferentes razones–, hacía años que no veía esa casa.
Todo tendría polvo encima, eventualmente tendrían que limpiar el lugar… seguramente habría ropa que debía lavar y tal vez habría algún desorden dentro. Oh, probablemente tendrían comida arruinada en la cocina. Debía limpiar ese lugar antes de irse, a pesar de saber que no sería capaz de usarlo como un hogar de nuevo. Creía que Alphonse podría querer usar la casa en algún futuro, ya fuera como un hogar o como cualquier otra cosa –no lo sabía, porque la última vez había estado decidido a mudarse a Xing con Mei–.
Además…
Cada vez que pensaba en lo que había hecho con esa casa, las palabras que Hohenheim le había dedicado aquella vez en el cementerio resonaban en su cabeza con más fuerza de la necesaria.
¿Cómo no recordarlas? Había sido lo primero que su padre le había dicho directamente después de haberlos abandonado por doce años, algo de eso debía afectarle.
Quemar su casa no era una opción. Y no serviría de nada –lo odiaba, pero Hohenheim había tenido razón–, sólo significaría que Edward seguía huyendo después de toda una vida.
Y él ya no estaba huyendo.
Aquella vez lo había hecho, no había sido capaz de soportar la simple imagen de un fracaso tan rotundo, la imagen de un hogar sin su madre. Sí, quemarla había servido para tomar impulso –no tener un lugar para regresar era un buen incentivo para no rendirse–, pero también había ocultado sus estupideces…
Había superado eso, había tomado aire, se había levantado con sus propias piernas y caminado con esfuerzo hasta alcanzar la única meta que lo mantuvo vivo por años. Recordaba sus errores y había aprendido de ellos, dejando atrás la culpa… dentro de lo posible…
-"No deseo encontrarme con Hohenheim y escuchar esas palabras de nuevo"- se encontró pensando en contra de su voluntad.
El hombre había sido un asco de padre, sus pobres intentos simplemente habían hecho más daño de lo que habría creído y Edward todavía sufría por eso –no lo admitiría, y su hermano ni siquiera parecía entender eso, así que no debía importar demasiado–. Era una buena persona, pero no estaba hecho para ser padre, preocupado por el bien mayor y no por sus dos hijos y su esposa. Tal vez Al estaría feliz cuando pudiera reunirse con él y eso… eso debía ser suficiente para él.
Fue una suerte encontrarse con pocas personas en su camino, porque no estaba seguro si sería buena idea saludar a otros y perder su tiempo con ellos cuando no era la mejor compañía.
Cuando llegó a casa, el sol había bajado considerablemente, pero Edward supuso que no iba a estar ahí demasiado tiempo de todas formas.
Por un segundo muy largo, justo antes de cruzar la imaginaria línea de propiedad, Edward pudo ver a su madre en la puerta, con su eterna sonrisa y una mano en la cintura, sosteniendo en la otra una lámpara para iluminar su camino. Le sonreía a él, no a su padre, no a Alphonse…
-"Ella era bellísima"-.
Siempre ocupada con alguna tarea de la casa, siempre con algo en la mente, ella encontraba el tiempo para pasarlo con sus dos hijos. Cocinando o lavando, no importaba porque siempre había un espacio para sus dos niños problema. Normalmente Alphonse brincaba con él por toda la casa o salían a divertirse sin prestarle atención a otra cosa que no se tratara de sus mundos imaginarios, otras veces estudiaban con los libros de Hohenheim y hacían un caos en la oficina. Pero ella estaba ahí… hasta que ya no pudo estarlo.
Tan pronto como la vio, la imagen desapareció, dejando el lugar algo más frío de lo que había estado al principio.
-"Cómo desearía verte una vez más"- pensó mirando al vacío.
Entró a la casa con pasos lentos, mirando con cierto asco las marcas de pisadas sangrientas y algunas otras marcas que la abuela no había limpiado. El vestíbulo era tan pequeño como lo recordaba, con la suciedad cubriendo todo tal como había esperado, Edward ni siquiera se atrevió a tocar las cosas ahí o mirar las fotografías que descansaban en la mesa más cercana, había muchas fotografías de su madre sonriendo falsamente a la cámara, con sus dos hijos en diferentes posiciones.
Lo que antes había sido una familia feliz… nunca lo había sido, no en realidad.
Cuántas fantasías habían vivido –"Gracias, mamá"- gracias a ella habían disfrutado unos años de felicidad, sin su padre, habían sido niños, aunque eso no hubiera durado más.
Caminó hasta la sala de estar y vio algunos libros que su madre había dejado y ellos no habían tocado después de su muerte –"Tal vez es tiempo de leerlos"- eso sería una buena idea, Trisha Elric tenía un buen gusto en literatura, sus historias siempre habían servido para hacer dormir a Alphonse, y mantener despierto a Edward, toda la noche.
Sí, antes de visitar Ciudad del Este se aseguraría de limpiar ese lugar.
Subió las escaleras para ver las habitaciones y, sin poder evitarlo, entró a la habitación de su madre.
Cuando ella había enfermado, habían acondicionado una cama en la planta baja, para evitar que su madre se lastimara o tuviera que esforzarse subiendo escaleras cuando insistía en continuar con sus labores –Edward se había hecho cargo de la mayoría cuando su madre no había podido continuar a cargo de esas cosas–. Su cama había permanecido parcialmente intacta por mucho tiempo, excepto la noche anterior a la noche de la transmutación: Edward había querido recordar el olor de su madre y Alphonse no había estado mucho mejor.
Y ahí estaba, la cama desordenada, con una capa fina de polvo alrededor. Entró con cuidado y sacudió una de las almohadas de la cama, del lado que su madre solía usar –"¿Sabes, mamá? He aprendido mucho"- se llevó la almohada al pecho y la abrazó –"Y esta vez pude cuidar de Al, así que él estará bien"- respiró profundamente y, después de un momento, pudo identificar claramente su olor, a pasto recién cortado, detergente natural que solía preparar ella y… y algo más cercano a ese olor dulzón que su hermano había heredado.
-"Hohenheim vendrá… sé que estuviste esperándolo…"- se forzó en contener las lágrimas –"Es un imbécil, pero no te olvidó, nunca te olvidó"- aunque se olvidó de nosotros, añadió en su mente.
Dejó la almohada después de un rato y tendió la cama, a ella le habría gustado que fueran más ordenados. Después de un poco, Edward regresó sobre sus pasos hasta la mesa donde su madre se había sentado por las noches, mirando por la ventana –"Sólo desearía… poder haber hecho algo por ti"-.
Salió sin cerrar la puerta y caminó a su antigua habitación, la que compartía con su hermano y se encogió un poco cuando vio el desorden de ahí. Se tomó algunos minutos para doblar algo de ropa en las camas y recoger sus notas del suelo. No había juguetes, salvo algunos de madera que descansaban al interior del armario y que él había dejado de usar en cuanto había alcanzado los primeros libros del estante de Hohenheim por su cuenta.
Tendría que recoger más ropa para su hermano de la que la abuela había tomado, quizá una maleta con esa ropa le serviría hasta que obtuviera su cuenta de investigación, ahí podría comprarle a Alphonse algo más apropiado –el niño estaba creciendo, después de todo–.
Le pediría a la abuela acompañarlo mañana, quizá podría convencer a Alphonse de ir con él y arreglar un poco ese desastre.
Bajó las escaleras usando un poco más su pierna real, sabiendo que necesitaría regresar pronto si no quería lastimarse –"Tal vez te traiga algunas fotografías de nuestros viajes, mamá"- dijo al aire –"Tú siempre quisiste salir de Resembool, ¿no?"-.
Avanzó hasta el salón y luego miró fijamente el único aparato que no habrían podido comprar si no fuera por los doctores Rockbell. Un teléfono no era precisamente un artículo convencional, mucho menos en una familia del campo como ellos, pero los Rockbell habían insistido y era difícil negarse cuando uno de ellos era tan insistente –"Para una emergencia, ¿cierto?"-.
Tomó el auricular y lo presionó en su oído, hasta que se dio cuenta que sí estaba funcionando, luego marcó un número que había gravado en su memoria desde los doce años, el número del Centro de Comando de Ciudad del Este.
Esperó casi un minuto hasta que alguien recibió su llamada –"¿Buenas tardes?"-.
-"Buenas tardes"- respondió Edward –"¿Llamo al Centro de Comando del Estado?"-.
-"Oficinas del Ejército, Comando de Ciudad del Este, ¿puedo ayudarte?"-.
Por supuesto, no esperaba que la mujer al otro lado de la línea tuviera un poco de educación como para tratarlo como un adulto, su voz era la voz de un niño, no podía culparla –"Sí, muchas gracias, estoy buscando al teniente coronel Roy Mustang"-.
-"¿Alguna relación personal o una situación oficial?"-.
-"… Relación profesional, llama Edward Elric"- rodó los ojos –"¿Podría comunicarme con él, por favor?"-.
Del otro lado, sólo escuchó el movimiento de papeles y algunos murmullos que no pudo identificar muy bien –"¿Podrías darme un momento?"-.
-"Por supuesto"-.
De nuevo, Edward se quedó en silencio, escuchando cosas del otro lado. Recordaba que eso no era nuevo, a pesar de sus esfuerzos, muchas veces no había podido evitar tener que reportarse a la oficina, así que dejarlo en espera era algo a lo que se había acostumbrado. Hablar desde un teléfono externo significaba pasar por varios filtros antes de comunicarse con quien realmente quería hablar, así que no debía ser una sorpresa.
No le agradaba mucho, pero era necesario –"Pero me aseguraré que el hombre quiera tomar mis llamadas más rápido"- así había sucedido antes, así sería ahora.
Tuvo que esperar varios minutos para que la línea se conectara de nuevo, cuando fue así, la voz no era la de esa mujer que había respondido –"Prodigio… no creí escuchar de ti tan pronto"- en verdad sonaba sorprendido –"¿A qué debo el honor?"-.
Edward bufó por lo bajo –"Dentro de poco terminaré mi rehabilitación, llamo para saber los detalles del examen y todo lo necesario para presentarme con usted"-.
-"¿Rehabilitación?"- luego de un espacio en silencio volvió a hablar –"¿Rehabilitación de qué, exactamente?"-.
Edward frunció el ceño –"Ya sabe, la terapia por todos mis traumas"- pero respondió –"De mi pierna, señor, tuve que pedir que personalizaran el automail para mí, así que se tomó un poco más de tiempo, pero…"-.
-"¡¿Automail?!"-.
-"Eh… ¿sí?"- no entendía, ¿qué tenía de extraño eso? Los automail estaban permitidos en el ejército, Edward conocía a algunos soldados con prótesis, claro no era algo que comentaban en público, pero tampoco era un secreto –"Ya sabe… las prótesis de…"-.
-"Lo sé, niño… lo sé"- Edward apretó el auricular con fuerza –"Quiero decir… ¿cómo…? ¿Cómo es que…?"-.
-"Oh…"- Edward creyó que el hombre había visto el gran letrero fuera de la casa de la abuela, suponía que en la desesperación por encontrarlo y saber qué habían hecho en su sótano, el hombre simplemente no lo había visto –"¿Cómo encontré a un mecánico?"- de acuerdo, podía entenderlo, la abuela no lucía muy fuerte, pero ella y Winry eran bastante buenas en su trabajo.
-"No, eso no…"- escuchó un suspiro –"Olvídalo, hablaremos de eso cuando viajes al Centro de Comando, ¿cuándo puedes estar listo para viajar?"- qué considerado, pensó Edward, al menos en esta ocasión había sido lo suficientemente amable como para preguntar –"¿Necesitarás que envíe a alguien por ti y tu hermano?"-.
Sí… no creía que fuera a dejar que Alphonse asistiera con él al examen, con su necedad, probablemente encontraría la manera de hacer el examen sin que él pudiera enterarse –su hermano podía ser bastante astuto si se lo proponía–.
-"No, muchas gracias"- no iba a deber un favor así al hombre, y Mustang se estaba comportando muy extraño –"Asumo que podré viajar para el examen de alquimistas de este año, sólo que no conozco las fechas y…"- pero Edward no pudo continuar con su mentira.
Era de conocimiento general que el examen para alquimistas estatales se hacía una vez al año, era un evento del que se hablaba bastante –incluso si la mayoría de la población no tenía una buena opinión de los militares–, porque los alquimistas se preparaban por mucho tiempo. Por supuesto, se suponía que Edward no conocía los detalles de los exámenes y no tenía idea de las fechas –aproximaciones sí, pero no las fechas exactas ni la duración del examen–.
-"¿Estarás listo para el examen de este año?"- preguntó.
Podía notar cierta duda en su voz, casi mofa en la forma en la que había preguntado, pero Edward decidió que no era necesario comentar nada al respecto –"Si quiere jugar, dos pueden jugar a lo mismo"- debía recordarse que el hombre no lo conocía, que lo estaba tratando como un niño, la condescendencia era un rasgo de Mustang, sólo debía tener paciencia –"Sí…"-.
Hubo un pequeño silencio antes de que el hombre siguiera hablando –"El examen comenzará para julio, llámame una semana antes para preparar todo, Prodigio"-.
-"Bien, estoy muy seguro que está mintiendo, pero, ¿por qué?"- eso era demasiado confuso para él, ¿qué ganaría Mustang mintiéndole sobre la fecha? Pero difícilmente podría hacérselo notar, sería demasiado sospechoso que un niño dudara de la información que el hombre le daba, incluso si era un mentiroso patológico –"Eh… sí, de acuerdo, lo llamaré en cuanto termine mi terapia"- se mordió la lengua antes de agregar algo que no iba a ser útil.
-"Excelente"- y luego agregó –"Asegúrate de estar en perfecto estado de salud, Prodigio, no necesito una carga más"-.
-"¿Siempre es tan encantador?"- preguntó con sorna antes de poder detenerse –"No seré una carga, señor"- aseguró, no se iba a disculpar, así que el hombre debía aceptarlo.
Para su sorpresa, no realmente, el hombre rió un poco cuando dijo eso –"Muy bien, hasta después, entonces"- y luego el hombre colgó.
Edward miró el auricular por un momento antes de suspirar –"No sé por qué me esfuerzo tanto"- en realidad sí sabía por qué se esforzaba.
Ni siquiera podía obligarse a sentirse enojado con el hombre, era ciertamente reconfortante saber que Mustang no había cambiado. El hombre no era muy diferente a lo que había sido aquella vez que se habían conocido, seguía siendo el mismo imbécil –"Hasta dónde he llegado… debo estar loco"- a pesar de todo, sonrió.
-"Mamá… ¿qué me dirías si estuvieras aquí?"-.
Le habría encantado escucharla una vez más. Probablemente habría recibido una buena reprimenda por todo lo que había hecho, pero al final… al final quizá habría recibido un abrazo. Se preguntaba qué pensaría de su decisión para volver al ejército y qué habría pensado del futuro que habría sido si Edward hubiera renunciado a su vida. Bueno, no valía la pena pensar en lo que no podría ser, ¿verdad?
Colgó el teléfono y salió de la habitación hacia la salida, era hora de regresar si quería evitar preocupar a todos. Seguramente Alphonse ya estaría con un pie fuera de la casa, siendo detenido por la abuela y Winry. Pero cuando estaba cruzando el jardín, Edward miró el columpio que había estado ahí desde que tenía memoria y luego a las flores que amenazaban con cubrir todo dentro de unos meses más.
Esa casa se quedaría en su sitio, como memoria a su madre.
No importaban las palabras de Hohenheim, si dolían o no, debía conservar ese lugar por ella… y por Al.
Se acercó a las flores y seleccionó cuidadosamente las que le recordaban más a su madre, aunque no hubiera una gran selección; ella siempre había tenido un particular gusto por unas flores amarillas, pequeñas y con un aroma a campo que Edward ya no podía soportar. Cuando reunió suficientes, las colocó en el suelo y juntó sus manos para hacer la transmutación.
Una corona de flores, eso le había pedido antes de morir, tal como las que Hohenheim solía hacerle antes de todo. Aquella vez no había sido capaz de hacer esa pequeña transmutación, así que sentía que era hora de entregarle el regalo.
Cuando la terminó, la tomó con delicadeza y regresó hasta la habitación de su madre –"Mamá"- rió un poco ante su propia situación –"Cuánta falta me hiciste…"- dejó la corona en el escritorio, encima de todos los papeles –"Te amo"-.
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Hasta el siguiente capítulo!
