Fullmetal Alchemist y sus personajes no me pertenecen, hago esto sin fines de lucro.
Advertencias: Rated M, Slash (slow burn), Fix-it. PTSD, Time Travel, temas maduros en general.
-"ABC..."-. Diálogo
-"ABC..."-. Pensamiento
Llave
Capítulo 9, Diferencias
El Programa de Certificación Estatal para Alquimistas de Amestris era… una institución que se componía de un proceso largo e innecesariamente complejo. Bien, era un programa, pertenecía al Estado y respondía directamente al ejército, pero era una institución por sí misma.
-"Una institución es un sistema, ¿o no?"- se decía cada vez que lo cuestionaba –"Se autorregula y funciona bajo sus medios, en apariencia funciona como un reloj de precisión, pero diseccionándolo, puedes encontrar las pequeñas fallas… y, si bien no puedes luchar contra el sistema por tu cuenta, averiarlo no es tan complicado"-.
Se sentía orgulloso de sí mismo al saber que, la última vez, había logrado convencer a Mustang de modificar el programa a favor de los derechos de los alquimistas –aunque no había necesitado esforzarse por convencerlo–.
Instaurado en 1742, el programa especializado en alquimistas, se dedicaba a reunir a los mejores del país. Reunía a aquellos con la ambición suficiente y el talento necesario, no sólo para ser alquimistas, sino también para pertenecer al ejército de Amestris. Era una competencia de egos en la que Edward había ganado la primera vez.
Con la esperanza de obtener una serie de privilegios, que iban desde una beca anual de investigación y un rango militar equivalente al de mayor, acceso a investigaciones exclusivas para el uso militar desde la fundación del país, hasta el renombre que conllevaba ser parte de una élite intelectual a la que no cualquier persona tenía acceso; los alquimistas se sometían a una serie de pruebas que, con el paso del tiempo, se habían convertido en una medida de su valía como científicos, alquimistas, armas y seres humanos.
Y no ser considerado humano era… algo que no muchos comprendían.
Aquellos alquimistas que perseguían tales privilegios, renunciaban a su condición humana para ser llamados perros del ejército, un título que había sido llevado a la práctica a lo largo de la historia roja de Amestris –recientemente en Ishval–. Si el führer así lo consideraba, los alquimistas estatales eran llamados al frente militar, habiendo entregado sus habilidades por el bien del país, olvidando por completo lo que constituía a un alquimista… convirtiéndose en armas en el cuerpo de un humano, usadas bajo el criterio de su superior inmediato.
Era una suerte que fuera Mustang quien descubriera la existencia de Edward y Alphonse, no quería imaginarse si alguien con métodos diferentes hubiese llegado a su puerta.
-"Bien, sí, podría haber peleado"- Edward no habría tenido ningún problema en hacerlo, pero las consecuencias habrían sido mucho peores de lo que un niño de once años podría pensar.
No, cada vez se daba cuenta que habían tenido mucha suerte, en verdad.
Porque había ciertas leyes que permitían al ejército tomar en sus manos a dos niños huérfanos y con el talento de la alquimia. Separarlos si era preciso, usarlos cuando fuera necesario.
Y Mustang no había sido tan malo.
Era un imbécil y tomaba cierta ventaja de su rango y edad –todavía no olvidaba sus comentarios sobre su altura–, pero el hombre jamás había usado a Edward más allá de lo que sus principios lo limitaban. Jamás lo había enviado a misiones donde tuviera que usar fuerza letal, tampoco le había ordenado dejar a su hermano atrás, le había dado libertad para buscar sus propias ambiciones –porque, al final, el simple hecho de tener a Edward listado como uno de sus subordinados era suficiente para darle a su carrera un gran impulso–.
No se imaginaba qué habría sido de él si… digamos… ¿Grumman? Si Grumman hubiera tomado control de Edward, si Bradley lo hubiera hecho.
Ser alquimista estatal sólo era una carrera llena de riesgos –"Al demonio sus privilegios"-.
Además, los perros del ejército debían someterse a una prueba de presión cada año, un estúpido requisito para mantener su título y sus privilegios. Entregaban así su vida a la investigación dirigida al Estado, olvidándose de una vida personal más allá de las relaciones sociales que pudiesen construir con su equipo asignado.
Dios… la obsesión de ser mejor cada año llevaba a muchos a un quiebre y sabía muy bien que esa había sido la intención de Padre desde el principio, la desesperación y la obsesión eran grandes amigos que acababan con alguien… y eventualmente, supuso, servía para crear sacrificios aptos para su plan.
Manipular a seres humanos como si se tratara de meros objetos… típico de ese homúnculo.
Sí, ser un perro del ejército permitía una serie de libertades y privilegios en tiempos de paz, sin embargo, también significaban una cantidad considerable de responsabilidades y obligaciones que no siempre empataban con la naturaleza de la alquimia ni su filosofía… mucho menos en tiempo de guerra.
Dinero, poder y recursos…
A cambio de ser un sacrificio eventual para el verdadero fundador de una nación sin otro propósito que servirle de medio para… para tocar a Dios. Eran producto de las maquinaciones de un homúnculo bajo Ciudad Central.
Por supuesto, no podía olvidarlo, ser alquimista estatal también te permitía un descuento considerable en viajes de clase económica en tren –"Si me lo preguntan a mí, eso es un privilegio"-.
Si mal no recordaba, la historia oficial hablaba de la instauración del programa de alquimistas como un momento de celebración de las grandes proezas de un país principalmente constituido por científicos y de personas con una inteligencia por encima del resto. El discurso que exacerbaba una superioridad que no existía, ya fuera por la raza o nacionalidad, le había parecido una estupidez, incluso cuando había comenzado a estudiar para el examen la primera vez.
-"Sigue siéndolo"-.
En conjunto con la fiesta nacional, el día de fundación de Amestris, la temporada del examen de certificación –había descubierto con los años– era una fecha de orgullo. Gracioso, le habría encantado saber cuál habría sido la reacción de las personas si se enteraran sobre el verdadero origen de su patria.
Más de una crisis habría surgido, estaba seguro.
Y ese era un caos que le parecía algo más atractivo de lo que podría admitir jamás.
Suponía que explicar a las generaciones futuras lo que había sucedido con Padre y sus homúnculos sería más complicado que seguir con las mentiras que normalmente explicaban durante los primeros años del colegio obligatorio –cómo había odiado esos años–.
Y funcionaba, a Mustang le había funcionado mantener la unión de la sociedad amestrisana para tener el control y el apoyo de todos para conseguir todas sus metas.
Ese sentimiento de identidad nacional era… algo que no podía comprender –y, como Alphonse tampoco lo entendía, jamás le había importado demasiado, porque quería decir que no era algo tan malo–. Es decir, había estado rodeado de militares por una buena parte de su adolescencia, entendía a un nivel básico –entendía su utilidad–, pero no era algo que lograra tocar con sus propias manos. Veía la necesidad de personas como la general Armstrong para proteger y fortalecer el ejército o Mustang para crear un lugar mejor, proteger a sus seres queridos era algo que Edward podía entender, pero no… no ese extraño sentimiento de querer pertenecer a Amestris… o cualquier otro país.
Aunque si alguien del ejército lo escuchaba decir eso, probablemente enfrentaría una corte marcial por traición –sin siquiera pertenecer al ejército–.
No se atrevía a decirlo más allá de los oídos de sus seres queridos –incluso así, sólo Al parecía entender su desapego–.
Jamás había sentido tal ansiedad de proclamarse parte de Amestris –quizá porque era algo evidente, dada su crianza–, no como Winry y la abuela, por ejemplo, que, si bien no se sentían parte de Amestris, sí se sentían parte de Resembool –que pertenecía a Amestris, técnicamente–; o como Cicatriz y los ishvalanos… aunque, para ser sinceros, su apego a la tierra de Ishval era distinto, ¿o no?
Tal vez se trataba de su sangre xerxiana… pero no lo creía.
-"¿Prodigio?"-.
Como fuera, saber sobre la historia del país era importante, no para la vida o para Edward, porque dentro de la prueba escrita del examen de certificación, los aspirantes debían responder una sección considerable sobre eso… porque evidentemente era muy importante para comprender la alquimia.
Idiotas, todos.
-"La alquimia es universal, la alquimia no necesita de un país…"-.
Desde la fundación de Amestris, pasando por los conflictos armados, la expansión territorial, y toda la historia institucional que realmente prefería olvidar. Edward había tenido que aprender esas cosas, perdiendo su tiempo leyendo libros de una historia falsa… pero al menos había servido de algo.
Muchos de los aspirantes ni siquiera tenían el cuidado de leer un poco sobre el tema, así que era un filtro importante que había pasado la primera vez.
-"¿Siquiera estás escuchando?"- por supuesto que estaba escuchando, pero si Mustang pudiera callarse de una vez, quizá podría escuchar mejor sus propios pensamientos…
-"Ah…"- le sonrió un poco, sin sentirlo realmente –"¿Lo siento?"-.
Llevaba más de un par de horas despierto, que le diera crédito, Edward ni siquiera sabía que había despertado y estaba demasiado ocupado intentando distraerse pensando estupideces para no contemplar qué demonios significaba haber recuperado esa memoria precisamente.
Primero había sido la limpieza del departamento –y se asombraba al saber que Mustang no había despertado después del ruido que había hecho–, después había sido darse una ducha fría para hacer que su cuerpo dejara de temblar –no había funcionado–, y ahora intentaba hacer algo comestible con lo que el hombre tenía en la alacena. Era una lástima que las actividades manuales no sirvieran de mucho para distraerlo de su propia mente.
-"Pregunté, ¿qué demonios sucedió aquí?"- estaba de brazos cruzados, mirando a su alrededor.
Como si estuviera contemplando si debía ofenderse o no por las acciones de Edward.
-"Oh…"- no era como si pudiera mentir y dar una buena razón por lo que había hecho, y si Mustang se ofendía, quizá era inevitable, e irrelevante –"Tuve… un…"- desvió la mirada para enfocarse en su desayuno –"Un ataque… de pánico"- se encogió de hombros –"Así que… eh… bien"- pero le pareció que Mustang había entendido más de lo que alguien normal debería.
-"Sobre la transmutación"- no era una pregunta, notó.
Edward asintió –"Recuerdos"-.
Fue el turno de Mustang por asentir, luego, más incómodo, volvió a hablar –"¿Quieres… hablar sobre eso?"-.
Eso era casi tan adorable como Alphonse intentando ser el hermano mayor, Edward no tuvo el corazón para molestar al hombre como hubiera hecho antes –"Gracias, pero creo que estoy bien"- lo que era sorprendente era escuchar al hombre intentando ser civil con él –"Tal vez necesitaré terapia después de todo esto"-.
Estaba bien, Edward había aprendido a lidiar con ese tipo de problemas, estaba bien.
Mustang no era, obviamente, la primera opción para hablar sobre algo así, de cualquier forma. Y sinceramente no podía discutir lo que había visto con alguien que no fuera él mismo.
Estaba bien.
El silencio de la habitación no era tan molesto para Edward como seguramente sería para Mustang, la incomodidad era algo a lo que se había acostumbrado desde su primer encuentro con el hombre, siempre presente. Se preguntaba cuánto podría resistir el hombre antes de perder la paciencia y comenzar a hacer preguntas o iniciar una conversación que ninguno de los dos disfrutaría.
Al final, Mustang tomó la tercera opción y salió de ahí para darse una ducha rápida, murmurando que necesitaría algo más que café para pasar el día.
Edward frunció el ceño, pero no se atrevió a comentar nada sobre eso.
No recordaba alguna ocasión en que Mustang hubiese llegado a la oficina con el familiar olor del alcohol encima –y estaba seguro que eso no estaba permitido–. Esperaba que sólo fuera una forma de hablar y no una verdadera necesidad.
Sirvió dos tazas de café y los platos con pan tostado y huevo.
Si Mustang pretendía tenerlo ahí, iba a darse cuenta que no sería suficiente la cantidad de alimento que había –aunque si el hombre pretendía que Edward comiera en la horrible cafetería del Centro de Comando, tendrían un problema–. Por ese tipo de cosas era que habría deseado quedarse en un hotel hasta presentar el examen.
No era divertido ser invitado de alguien que era tan avaro como Mustang.
Ahora, que si se tratara del señor Hughes…
Cerró los ojos por un segundo.
Sabía que no había sido buena idea no regresar a dormir en cuanto había terminado de limpiar la sala de estar, lo sabía. Ese cuerpo no podía soportar el insomnio al que había acostumbrado a su cuerpo adulto, sabía que los efectos de una noche en vela se reflejarían si no tenía cuidado. Pero es que simplemente no había podido hacerlo. Lejos de Al y demasiado cerca de lo que había sido su vida, Edward no estaba seguro de poder conciliar el sueño como se suponía que debería.
Bien, no era como si alguna vez hubiera podido hacerlo.
Desde su transmutación aquella vez, Edward no conocía lo que significaba tener una noche de descanso. Cuando había estudiado bajo el cuidado de Ling y Lan Fan, su patrón del sueño tampoco había sido el mejor; había recibido suficientes regaños como para entender que debía mantener su pequeño problema en secreto –no había funcionado tan bien como habría esperado–.
Después de un mes de haber ignorado sus consejos, Ling le había propuesto meditar para calmar su mente… y eso había ayudado… un poco.
Tal vez debía intentarlo esa noche.
Si las cosas iban a ser como habían sido el día anterior, Edward iba a necesitarlo.
Mustang entró a la cocina diez minutos después, vestido con su uniforme y con una apariencia mucho más presentable que el día anterior. Al menos, pensó Edward, lucía más como el hombre que había conocido, y eso era un alivio.
-"Espero que eso sea para mí"- dijo mientras se sentaba y tomaba una de las tazas.
Esperaba que Mustang no se acostumbrara a eso. No estaba hecho para cuidar de otro ser humano que no fuera Alphonse Elric –incluso con él, Edward no había hecho un buen trabajo, como Mustang le había señalado amablemente–.
Edward asintió y tomó asiento –"Tenía tiempo"-.
La comida no tenía mucho más sabor que el de la sal y el café tenía la amargura característica de un café viejo y sin azúcar. Edward lo sabía porque era tan exigente con su comida como lo era con la alquimia, pero Mustang parecía masticar sin saborear lo que estaba en su plato y luego tomar grandes sorbos del café caliente, como si se tratara de agua.
-"Bien, me alegro, pero no tenemos tiempo ahora, así que termina rápido que debo ir a la oficina"-.
Edward rodó los ojos –"Tenía entendido que los militares deben presentarse a las ocho de la mañana"- y lo sabía porque Mustang había sido bastante claro con eso cuando Edward había trabajado en su equipo –"No es como si el imbécil respetara eso"- y su impuntualidad había sido sólo en respuesta a la propia impuntualidad del hombre.
Bajó la mirada a su café justo a tiempo para no ver la incomodidad del hombre antes de responderle casi a la defensiva –"Tengo un poco de trabajo atrasado en mi escritorio, Prodigio, así que tengo que irme un poco más temprano"-.
Bien, eso no era extraño –"De acuerdo"- se encogió de hombros y terminó su café de un trago –"¿Nos vamos?"-.
-"¿Vamos?"- negó con la cabeza –"No, iré a la oficina por mi cuenta, puedes quedarte aquí y…"-.
Edward arqueó una ceja –"No voy a quedarme aquí, ¿qué haría?"- frunció el ceño –"Además, tengo algunas preguntas sobre el examen y el proceso de selección, que tal vez podría responder"-.
-"Prodigio, no tengo tiempo…"- luego puso una mano en sus ojos y soltó el aire con pesadez –"De acuerdo, sí, vamos"- el hastío era evidente en su voz.
Apretó los dientes con fuerza y asintió.
Si estar cerca de Edward era una carga tan molesta, no entendía por qué el hombre había decidido ofrecerle su departamento. A veces simplemente no podía entenderlo.
De acuerdo, tratar con niños no era algo que él deseara hacer, por supuesto, pero Edward difícilmente podía ser catalogado como un niño normal… y hasta ahora había intentado comportarse tan bien como era capaz, dada la compañía que tenía. Él tampoco estaba mucho mejor tratando con el que parecía ser un adolescente incapaz de cuidar de sí mismo –aun cuando tenía una meta que le requería estar en buena condición–… diablos, ni siquiera recordaba por qué había sentido tanto alivio al verlo.
-"Mustang es Mustang… y siempre será el imbécil del coronel"-.
Eso era cierto, un Mustang siendo el idiota de siempre era preferible al hombre que había visto el día anterior.
Suspiró y se resignó a una nueva mala relación con el hombre.
Se suponía que todo eso iba a ser mucho más sencillo que la última vez, ¿no? Que ahora que sabía las verdaderas intenciones de Mustang, Edward no tendría ningún problema con tolerar ciertas acciones cuando lo enviara a algunas misiones con información no tan verdadera sobre la piedra filosofal. Y no tenía ningún problema, realmente podía entender su ambición, estaba de acuerdo con que Mustang estuviera a cargo del país porque confiaba en el hombre… o había confiado en él.
Y este Mustang era el mismo, lo reconocía… lo reconocía tanto como había reconocido a su hermano en el niño que no estaba en una armadura. Pero el hombre estaba haciendo todo tan difícil.
Edward esperó al menos quince minutos hasta que Mustang estuvo listo para salir –durante ese tiempo, recordó tomar su libreta y el bolígrafo con él, además de buscar una remera extra para protegerse del frío y el suéter de su madre–, después caminó al lado del hombre por veinte minutos sin hablar sólo para evitar decir algo que no necesitaban. No estaba acostumbrado a tener tanto cuidado alrededor de Mustang, era una experiencia… bien, no estaba seguro de sentirse cómodo.
-"La paciencia es una virtud…"- eso le habían dicho, su madre y la maestra, su hermano, la abuela y Winry también –"Una virtud que yo nunca tuve"- mucho menos si se trataba de algo que no entendía.
El Centro de Comando del Este era un lugar en el que Edward podía, al menos, no sentirse tan fuera de lugar como lo había estado desde que había regresado. Era familiar y no había cambiado desde su asignación hasta su regreso a Amestris.
Si pudiera tener a Alphonse ahí… o quizá sólo a Ling –no estaba siendo quisquilloso–, con eso sería más que suficiente.
Hablar con alguien era… una urgencia que jamás había sentido con tal fuerza; era una persona solitaria por naturaleza, Al era su hermano y aunque había necesitado su presencia, había podido vivir sin él por un tiempo…
Tal vez ahora era más notable porque en verdad estaba solo. No había una sola persona ahí que pudiera… no tenía a nadie.
-"Por Al"- se repitió por enésima vez antes de cruzar la puerta de la oficina.
Como esperaba, Hawkeye estaba ahí, trabajando sobre algunos documentos que no le interesaban demasiado como para saber de qué se trataba. Cuando la puerta se abrió, Hawkeye se levantó para saludar a Mustang –"Buen día, señor"- dijo, pero luego miró a Edward –"Buen día, Edward"-.
Edward le sonrió –"Buenos días, ten… señorita Riza"- corrigió a tiempo.
Era de esperar que un niño pudiera equivocarse con algo tan confuso como eran los rangos militares, ¿verdad? Había escuchado un par de veces a niños equivocarse al mirar las bandas y las estrellas en los hombros de algunos militares, Edward nunca había tenido ese problema –porque no le importaba saber el rango de alguien–.
Era una suerte que Breda no estuviera ahí; de todos en la oficina, el hombre era quien tenía la habilidad de encontrar las pequeñas fallas en una conversación o cualquier tipo de información que llegara a sus manos –por supuesto, después de Mustang y Hughes, por todo lo que sabía–.
-"Buen día, alférez"- su tono era el mismo de siempre, pero Edward sentía cierta tensión entre esos dos, una tensión que nunca había visto –"¿Algo más sobre mi escritorio?"- preguntó.
Los miró por un momento antes de decidir tomar asiento en su sofá. No tendría idea de qué hacer si esos dos decidían pelear frente a él –y ser mediador estaba fuera de sus habilidades laborales–.
-"Sólo el permiso del suboficial Breda, señor… y los formularios"-.
Mustang asintió –"Prodigio, ven aquí"- Edward rodó los ojos y no se molestó en ocultarlo, su pequeño sobrenombre comenzaba a molestarlo cada vez más, si Mustang no se aprendía su nombre pronto, Edward tendría que hacer algo –"Llena estos papeles… ¿sabes escribir? ¿Leer?"- preguntó seriamente, y no supo si bromeaba o no.
-"¿Saber leer?"- respondió Edward fingiendo sorpresa –"Por supuesto que sé leer, señor"- dijo cuando el hombre comenzó a reír –"Idiota"-.
Serían tres meses… y no creía soportar una semana.
Tomó los papeles con más fuerza de la necesaria y sacó el bolígrafo del bolsillo.
-"Asegúrate de no arruinarlos, es la única copia que tendrás"- eso era una completa mentira, se dijo Edward, porque la última vez habían necesitado tres copias de esos estúpidos papeles para que pudiera llenar el formulario con una letra medianamente legible.
Sí, de acuerdo, los alquimistas no eran conocidos por su caligrafía –excepto Alexander Armstrong, porque la caligrafía alquímica era una habilidad pasada de generación en generación en la familia Armstrong–, pero Edward debía admitir que no había conocido a alguien con el mismo problema que él.
Al principio, Edward había sido diestro.
Usaba su mano derecha para casi todo y, cuando había comenzado a escribir, era lógico haber tomado esa misma familiaridad con la mano que le era más hábil para todo lo demás. A su madre le había encantado verlo escribir en el escritorio de Hohenheim, y a Al le había gustado copiar todo lo que Edward escribía con la esperanza de aprender a escribir como él.
Cuando habían entrenado con la maestra, Edward y Al habían aprendido a usar su cuerpo en partes iguales, algo que había sido necesario en más de una ocasión mientras estaban viajando.
Y cuando habían realizado la transmutación… bueno… usar un automail para escribir no había sido buena idea, apenas podía controlar la motricidad fina para poder practicar algo como la escritura y sostener una pluma con una mano de metal era casi imposible, así que se resignó a aprender a escribir con la mano izquierda.
Se acostumbró tanto a usar esa mano que, cuando recobró su brazo derecho, Edward siguió utilizando la izquierda para escribir y hacer otras tareas que requerían una mayor delicadeza. Incluso si había vuelto a aprender cómo usar la mano derecha, le parecía extraño escribir con ella de nuevo.
Creía que, en los siguientes años había logrado mejorar su caligrafía, o eso le había dicho Mei.
Recibir los comentarios de Alphonse y de Mustang, de Havoc, de Winry… de todos, en realidad, había sido lo suficientemente molesto como para obligarse a usar ambas manos para cualquier actividad, pero escribir simplemente… usar la mano izquierda era mucho mejor, suponía.
Hawkeye le permitió usar el escritorio a su lado para llenar las hojas con su información, manteniendo el silencio de la oficina cuando sólo eran tres personas en diferentes estados de tensión –"Ah… cómo no extrañar esto"- pensó Edward bufando por lo bajo.
Nombre.
Fecha de nacimiento.
Edad –no entendía para qué preguntaban su edad si podían hacer una sencilla suma para averiguarlo con su fecha de nacimiento–.
Suspiró y comenzó a llenar todo tal como recordaba haberlo hecho la primera vez.
Eran sólo datos sobre su situación socioeconómica, la ciudad donde había crecido, intereses en la alquimia, otras ciencias, otras disciplinas, cosas que realmente no le interesaban a nadie –no imaginaba al homúnculo leyendo cada aplicación desde la comodidad de su trono–. De cualquier forma, suponía que Padre había delegado lo suficiente para hacer que pobres desgraciados tuvieran que pasar horas leyendo a estúpidos alquimistas intentando ganarse un lugar dentro de los mejores cinco puestos.
Y Edward ganaría uno de esos, evidentemente.
Al final del formulario de diez hojas, notó, había una página con una instrucción bastante simple: escribir las razones por las que deseas ser alquimista estatal…
-"Bien… no lo sé, tal vez por el increíble sueldo que recibiré… o tal vez por el uniforme, dicen que los hombres en uniforme se ven particularmente bien"- Edward no recordaba haber llenado una hoja así –"Oh, tal vez debería escribir sobre cómo me encanta el ejército y…"- no podía con eso.
Al parecer, tenía algo más que agradecerle a Mustang.
Fastidiar a Mustang para saber qué hacer con esa última página no era precisamente algo que quería hacer en ese momento. Hablar con Hawkeye no sería prudente cuando veía la cantidad de cosas que normalmente tenía en su escritorio, así que Edward hizo la siguiente mejor cosa que se le ocurrió:
Nada.
Hasta que alguno de los adultos decidiera ayudarle –"Tengo que obtener algo a cambio de este estúpido cuerpo"-.
No iba a esforzarse por algo así.
Tomó su libreta y comenzó a leer sin mucho interés sus notas.
Había escrito absolutamente nada sobre Ciudad del Este; y es que tenía sus razones. Durante el tiempo que habían permanecido en esa ciudad, nada relevante había sucedido que pudiera darles una pista para encontrar la piedra filosofal, para crear una o para devolverles sus cuerpos. Claro, habían conocido a muchas personas, podía admitirlo, pero ciertamente no era algo de relevancia para la tarea que Edward había aceptado.
Las misiones a las que Mustang lo había enviado habían sido más bien útiles para él, no para Edward. Por supuesto, estaba pensando utilizar ese tiempo para descubrir una manera de recuperar el mayor número de piedras filosofales o siquiera idear un plan de acción con el que estuviera seguro de poder evitar el Día Prometido –seguía pensándolo, pero ¿acaso eso no le había dado todo el poder a la nueva generación del ejército? No quería admitirlo–.
Quería vomitar al pensar que estaba jugando a ser Dios… estúpidamente aceptando tareas que no estaban hechas para la mente humana, incluso con todo lo que sabía.
¿Quién decidía si algo debía usarse en provecho de una causa o no? ¿Quién decidía si la causa era justa?
-"Edward, ¿necesitas ayuda con eso?"-.
-"Te tardaste mucho, Hawkeye"- se encogió de hombros –"Sólo necesito llenar esta hoja… es sobre los motivos que tengo para ser un alquimista estatal"- le mostró la página –"En verdad dudo que mis razones… sean lo que el ejército quiere escuchar"-.
La mujer sonrió un poco.
Sólo que nadie ahí tenía la mínima idea de por qué estaba utilizando al ejército –"Y no me creerían si escribo que deseo acabar con el homúnculo bajo la ciudad"-.
Mustang aprovechó ese momento para levantarse –"De hecho… creo que yo me haré cargo de eso, no queremos que nuestro prodigio diga algo que no debería"-.
Edward bufó –"No pensaba hacerlo"- aunque habría sido divertido.
De cualquier manera, Mustang tomó una hoja en blanco, una pluma y comenzó a escribir.
No creía que fuera realmente justo para el resto de los aspirantes, que Edward tuviera la ayuda de un teniente coronel que además había hecho su examen antes, sí… eso no sonaba justo. Igual, no era algo que le interesara, lidiar con las sutilezas innecesarias de la diplomacia o las buenas costumbres nunca había sido su área de especialidad; quitarle el lugar a uno de los aspirantes tampoco era especialmente importante porque, al final, era como si estuviera salvando a otra persona que ingenuamente buscaba la gloria.
Además, sospechaba que Mustang estaba utilizando eso para zafarse de sus responsabilidades por unos minutos –"Dejemos que el hombre tenga su descanso"-.
Si seguía así, Edward se quedaría dormido en el escritorio antes de ver que Mustang terminara lo que fuera que estuviera escribiendo.
Todo sería mucho más sencillo si pudiera haber seguido el camino que había cruzado la última vez, tal vez así las cosas no serían tan extrañas como lo eran ahora y Edward podría estar al lado de su hermano sin preocuparse por él a cada segundo, y sin preocuparse por la actitud de Mustang.
¿Qué tipo de entrenamiento planeaba Mustang? No era como si Edward lo hubiera necesitado la última vez.
-"Van a ser tres meses muy largos"-.
No había necesitado muchas cosas la última vez, y Edward había pasado el examen como uno de los mejores. Si seguía dependiendo de la ayuda de otros, probablemente no entenderían qué tan independiente era Edward o qué tanto podía hacer y, mientras que era algo bueno ser subestimado por el ejército, no era una buena idea si quería ganarse la confianza de su antiguo equipo.
Estaría de acuerdo con mantener lo que sabía en secreto, pero no era fácil aceptar que debería utilizar la ayuda de Mustang. Entrenamiento… bien, si Mustang decidía enseñarle alquimia de fuego… no se lo discutiría.
Cuando pensó eso, su mente se detuvo.
Sería… un buen recurso.
No era una mala idea, de hecho. Recordaba lo que Alphonse le había dicho sobre cómo Mustang había terminado con el homúnculo en aquella sala blanca. Le había hablado con evidente impresión sobre su control sobre las llamas y cómo es que había logrado reducir al homúnculo a una pila de cenizas. Y Edward no era ajeno a ser un espectador de su alquimia, sabía cuánto daño unas simples llamas podían causar… y evidentemente eso había sido una gran ayuda contra Padre.
Pensar en matar a los homúnculos le parecía… no sabía qué pensar sobre eso.
Una vida era una vida, pero debía admitir que tenía miedo. Temía que, al no cumplir con su palabra y recuperar las piedras filosofales, la Verdad tomara medidas para obligarlo a hacerlo. Podía usar a su hermano, o quizá podría matarlo –después de todo, era su vida a cambio de las piedras–. Y si algo sucedía con él, podría ser malo… pero si algo sucedía con Alphonse…
Tendría que estudiar a los homúnculos con mayor cuidado, tenía que saber exactamente qué hacer con todos ellos.
Tal como había sucedido con Selim Bradley, Edward podría… podría intentar salvar a la persona dentro del homúnculo, sin embargo, estaba consciente que no todos los homúnculos habían sido creados de la misma manera… y no iba a considerar siquiera usar a Mustang o a alguien más para el trabajo sucio que él no quería hacer.
Quizá si contactaba con uno…
-"¡Codicia!"- no el mismo con el que había viajado, el que había tomado el cuerpo de Ling como suyo, sino el otro, el primer homúnculo Codicia que había creado Padre.
Y estaba en Dublith.
Sonrió de lado –"¿Acaso no era eso conveniente?"-.
Conseguir una nueva oportunidad para los homúnculos sería la mejor opción… sería en el mejor de los casos, pero… pero si las cosas llegaban a un punto en el que no podría siquiera ofrecerles una nueva vida… sabía lo que debía hacer.
-"¿Recordando a tu novia, Prodigio?"-.
Edward parpadeó un par de veces –"Ah, no…"- ni siquiera tenía una –"Estaba pensando en las aplicaciones de… de la alquimia molecular para la modificación de la luz en una habitación"- apuntó al techo y sonrió un poco más cuando Hawkeye y Mustang se distrajeron lo suficiente –"A veces es bueno saber que las personas pueden subestimarte así de fácil"-.
Usar la alquimia de Mustang para algo que el mismo hombre despreciaba le sonaba a traición, pero no podía evitar pensar que era el método más factible para hacer su trabajo –"Eso… o conseguir la ayuda de Lan Fan, de nuevo… y del viejo Fu"-.
No intentaría usar la alquimia de fuego, no a menos que no encontrara una solución a su problema en dos años… si eso sucedía… entonces hablaría directamente con Mustang, era lo menos que le debía.
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Hasta el siguiente capítulo!
