La noche era extrañamente cálida: en realidad, no se trataba de la temperatura que poseía, mas bien era el sentimiento que generaba. Las estrellas deslumbraban con su radiante magia a cualquier mortal espectador; la luna resplandecía en lo más alto, guiando a un sinnúmero de viajeros de vuelta a su hogar; la reconfortante estridulación de los grillos, acompañado por la solitaria ululación de los guardianes nocturnos, hacían de aquella noche un verdadero espectáculo. No eran la clase de lujos que los descendientes de la realeza estaban acostumbrados a gozar, aquel preciso momento trascendía de cualquier bien material e incluso lucía insignificante ante la paz que aquel sosegado escenario otorgaba. No había campesinos ebrios gritando a todo pulmón estruendosas cacofonías disfrazadas de cánticos angelicales, ni pequeñas farolas encendidas afuera de las viviendas, y mucho menos pueblerinos desvelándose por algún asunto en particular. Los nativos, aquellos seres que fueron perseguidos durante décadas debido a su poder, eran tribus pacíficas y en contacto con la naturaleza y el entorno que los rodeaba. En cuanto el sol se ponía, los contagiosos bostezos se oían como eco entre los integrantes. Sus párpados se cerraban en cuanto el último destello solar se esfumaba, y caían redondos a los brazos de su deidad onírica. La vida nocturna era inexistente para ellos, dado que el sol era su única fuente de luz, y ciertamente no tenía sentido realizar las actividades que comúnmente ejecutaban en un panorama en donde no podían ver ni siquiera más allá de su nariz. En cuanto la oscuridad los acunaba, el descanso resultaba inminente.
Esa noche Eren y Armin descansaban juntos, abrazados el uno al otro. Finalmente se encontraban como desde un inicio anhelaron estar. Sus corazones bailaban de felicidad a un son conocido, una melodía que solamente ellos dos eran capaces de comprender. El rubio tenía su mano puesta en el pecho del moreno; sentía como su pecho se achicaba y agrandaba conforme el oxígeno entraba y salía de éste. Lo escuchó roncar, moverse sutilmente y acercarlo inconscientemente hacia él. El castaño tenía puesto un brazo alrededor de él, atrayéndolo hacia sí de vez en cuando. El omega sonrió instintivamente, había esperado demasiado por ese momento.
Sus viviendas estaban construidas con materiales naturales, evidentemente simples. Unas cuantas ramas y hojas eran suficientes para construir firmes chozas, aunque no eran muy útiles en tiempos de lluvia. Aún así, lograban arreglárselas con lo que su ingenio les permitiera fabricar. Todas ellas se agrupaban a una distancia considerable, mas no lejana. Si bien era cierto que la privacidad dentro de aquella comunidad era prácticamente inexistente, a ninguno parecía avergonzarle dicho hecho. En realidad, era todo lo contrario. Para ellos cualquier conducta primitiva y biológica (como la reproducción) resultaba absolutamente normal y entendible. No había ningún motivo para apenarse.
Los habitantes construyeron esa choza específicamente para ellos dos. Fueron presentados como pareja, sin embargo, remarcaron que aún no estaban casados. Eso último fue aclarado por Hange, quien lo mencionó para solicitar ayuda para la preparación de su boda. Los nativos accedieron ya que, dentro de su cultura, una unión era sagrada y traería buenas noticias para las futuras cosechas.
En cuanto amaneció, los nativos que se comprometieron a colaborar con los preparativos de la boda empezaron a poner manos a la obra. Algunos se movilizaban entre el frondoso valle que los resguardaba, iban en busca de hierbas específicas que les serían útiles para los rituales de purificación. Otros cuantos, acomodaban las piezas que les serían necesarias durante la realización del mismo. Y por último, unos pocos, se manifestaban sirviendo al gran Helos, quien era conocido como el chamán de la tribu.
Desde muy temprano, Hange y Sasha se adentraron a la choza de los futuros esposos. Saludaron con un enérgico «buenos días», el cual terminó convirtiéndose en lo que el cacareo efusivo de un gallo simbolizaba para un granjero.
La pareja saludó, ambos aún somnolientos. No obstante, fue el rubio el único capaz de levantarse, dado que el castaño continuaba alegando que deseaba dormir un poco más. Armin y Hange rieron por lo bajo cuando lo escucharon mencionar el nombre de su madre, evidenciando que el alfa estaba demasiado adormilado como para percatarse de su nueva realidad.
El trío salió de la vivienda, complaciendo el capricho de Jaeger y permitiéndole descansar una hora más. Fue así como los tres se encaminaron hacia unas colinas mientras la beta parloteaba alegremente acerca de la celebración que tendrían ese día.
—Como te decía —prosiguió la castaña tras haber permanecido en silencio durante algunos segundos en lo que parecía recuperar el aliento—, nos dirigimos a un lago en el cual te bañarás. Es la primera ducha del día, pero debes estar impecable para el anochecer.
—¿La primera del día? —replicó Armin, arqueando una ceja con confusión.
—Ah, cierto. Lo había olvidado —rio con sorna mientras movía la cabeza de izquierda a derecha—. Sasha, ¿por qué no se lo explicas? —pidió, pero solamente hubo silencio por varios segundos—. ¿Sa... SASHA?! —la llamó fuertemente, con el ceño fruncido. La nombrada se encontraba muy abajo dialogando con Connie. No manifestó ni el menor esfuerzo en seguirles el paso.
—¡Lo lamento, ya voy! —se excusó la gamma, sonriendo tan torpe y carismáticamente a la vez—. ¡¿Puede acompañarnos Connie?! —preguntó en un grito, haciendo aquel gesto infantil similar al que un niño haría al pedir permiso para salir a jugar.
—¡Sí, sí!, ¡como quieras, pero ven ya! —ordenó la beta, negando con la cabeza ante la imprudencia de la menor. Suspiró, y acto seguido se rio por la situación—. Bueno, solecito —dijo devolviéndole la mirada al rubio—. Como te iba diciendo —continuaron con su caminata—. Los nativos se bañan de dos a tres veces al día. Un contraste colosal si tomamos en cuenta que los súbditos del reino a duras penas tocan el agua una vez al mes. Esa fue otra ventaja para el camuflaje del verdadero aroma de Sasha; supongo que los alfas no distinguían entre el hedor putrefacto de su naturaleza o la capa de mugre que impregnaba su pellejo —bromeó, haciendo reír al menor también.
—Parece ser que para ella también hubo un nuevo comienzo —dijo, y sus radiantes ojos zarcos brillaron con un cautivador encanto. Su sonrisa, tan bondadosa y dulce como siempre había sido, se expandió unos cuantos milímetros más. Entre las lejanas montañas, el luminoso sol comenzaba a emerger, transmitiéndole algo de su calidez al apaciguado semblante del rubio. Y ahí, por primera vez en mucho tiempo desde la secuencia de sucesos catastróficos, Hange logró ver reflejado al difunto rey en su descendiente. Tan firme como noble, tan empático como altruista, tan defensor como de buen corazón. Era su viva imagen, el anterior rey perduraría por siempre en su más preciado legado de carne y hueso.
Algunas lágrimas discretas se deslizaron por las mejillas de la mujer. Sonrió inconscientemente, haciendo memoria de los recuerdos que atesoraba junto a Uri Reiss. Su fin había marcado un nuevo inicio, una nueva era.
—Para todos lo hubo. De eso se trata la vida, terminar ciclos y empezar otros —lo tomó sutilmente del hombro, mirándolo con orgullo y nostalgia.
—¡Mira, mira! —se escuchó a la distancia. Posteriormente, Connie sopló, esparciendo un diente de león por todo el rostro de Sasha—. ¡Ay no, no, no! ¡Esa no era mi intención! —se disculpó torpemente, cambiando su expresión facial a una avergonzada.
—Tendremos que arreglar esto con un duelo, campesino —la gamma frunció el ceño, fingiendo ser intimidante—. ¡Ya veremos quién caza más jabalís para ofrendarlos en la boda! —se cruzó de brazos, segura de sí misma y sus habilidades. El beta no tenía oportunidad contra ella.
—¿Jabalís? ¿Tan siquiera hay jabalís por aquí? —cuestionó el muchacho, chocando contra la espalda del omega. Había estado tan sumergido en su conversación con la castaña que ni siquiera fue capaz de percatarse que ya los habían alcanzado—. ¡Oh no, doble fallo y apenas va empezando el día! —se lamentó en voz alta—. ¡Lo siento mucho, joven Reiss!
—No hay problema, no te preocupes —el mencionado se dio la vuelta, encarando al apenado chico—. Por cierto, llámame Armin —sonrió, transmitiéndole confianza.
—De acuerdo, gracias Armin —asintió el beta varón, sonriendo de la misma manera.
—¡Muy bien, chicos! Es hora de ponernos a trabajar —indicó la mayor, orden que todos acataron.
Por su parte, Eren se encontraba despertando una hora después. Escuchó un sonido provenir fuera de la choza, sonaba como el constante golpeteo de una vara de madera contra el suelo. No estaba seguro de lo que era, pero por si las dudas, salió a inspeccionar.
Se topó con la mirada firme de Moblit, la cual se suavizó en cuanto sus ojos se encontraron. Pretendía ser amistoso, supuso Jaeger.
El hombre que se erguía frente a él parecía nervioso, y en cierto punto, su presencia empezaba a incomodarlo. Sólo estaba ahí, de pie, sin decir ni una sola palabra. Lo miraba con minucia, como si quisiera leer su comportamiento corporal para así deducir el motivo de su visita. Justo cuando Eren decidió abrir la boca para gesticular su interrogante, el mayor se le adelantó:
—Ayudar a ti —soltó de la nada, frase que dejó aún más confundido al alfa. Cuando quiso indagar al respecto, recibió el mismo estímulo—, yo. Ayudar a ti —repitió—. Ma...—balbuceó un par de veces—. Matrimonio es noche.
El alfa abrió los ojos de par en par, analizando la situación por unos segundos. Era evidente que Moblit no hablaba su lenguaje, pero pese a ello hacía su mejor esfuerzo por comunicarse con él.
—Claro, estoy de acuerdo —asintió con la cabeza reiteradas veces tras darse cuenta de que aún no había respuesta por su parte.
—Tú... De acuerdo —susurró en voz baja el nativo, como si quisiera que fuera sólo para sí mismo.
El castaño sonrió y le dio una leve palmada en la espalda al gamma, hecho que lo tomó desprevenido y hasta cierto punto logró asustarlo.
—Tranquilo, tranquilo. Calma —indicó Jaeger con su mano, explicándole que no había porqué temer—. Estoy de acuerdo es un sí.
—Oh...—soltó Moblit—. Entiendo. Entonces, acompaña a yo, tú —dijo con más soltura y confianza, pero aún pausando las palabras.
El castaño accedió, siguiendo al gamma. Corregía su pronunciación de vez en cuando, otorgándole mayor destreza al contrario. Berner le enseñaba un poco sobre su cultura, Jaeger escuchaba atentamente a todas y cada una de sus palabras. A diferencia de otros gammas, Moblit no se sentía intimidado ante la presencia de un alfa. En realidad, era todo lo opuesto; le agradaba, y el sentimiento era mutuo. Aquel significativo día atrajo el comienzo de una gran amistad.
El suave viento mecía las copas de los árboles, los salvajes animales transitaban como comúnmente hacían, el sol continuaba cambiando de posición conforme las horas transcurrían, la tierra mantenía su habitual rotación. El mundo seguía intacto, tal y como siempre había estado. Jamás se detuvo, ni siquiera por un segundo. Era aquello lo que Hange llamaba «ciclos», esos lapsos temporales que tras su defunción una inminente oportunidad los desplazaba, o al menos desde la perspectiva mortal para aquellos que tienen noción del tiempo y su feroz hoz. No tenían validez en el mundo real; las tortuosas sendas se plasman para aquellos que son capaces de recorrerlas, así no sean capaces de llegar a la meta. Ellos, para su increíble y buena fortuna, lo habían conseguido.
—Me hubiera gustado celebrar tu boda a las orillas del mar —habló Hange con tanta calma y nostalgia que les fue imposible no sentirla ellos también—, pero lamentablemente los nativos arriesgarían sus vidas si salen de este lugar. Es terriblemente trágico, tener que vivir sus vidas ocultos por siempre —comentó, concentrando su mirada en los juguetones pájaros que surcaban el cielo—. Al menos les ha llegado un motivo para festejar.
Los presentes permanecieron en silencio, arrugando el semblante en muestra de compasión. Las crudas palabras de la beta tenían razón, pero tampoco había algo que ellos pudiesen hacer. O al menos, no por ahora.
Por otro lado, a unos cuantos kilómetros lejos de aquel lago, Eren y Moblit se encontraban recolectando ramas para prender el fogón. No tardaría en anochecer, y la joven pareja aún no se había visto en todo el día.
Cuando el sol poniente comenzó a manifestarse, los amigos de Armin lo acompañaron hasta el fogón, en donde supuestamente se encontraría con el alfa. Para ese momento ya se había duchado al menos cuatro veces.
Estaba vestido con más ligereza que de costumbre; portaba un vestido fabricado con fibra de algodón que la misma Sasha se tomó la tarea de diseñar. El proceso no fue tardío ni laborioso gracias a la práctica de la gamma, adjuntado a los despreocupados trazos que salían como si hubiese puesto toda su devoción en ellos.
Se sentó en el suelo, esperando a que el castaño apareciera pronto. Los demás integrantes de la tribu se reunieron alrededor de él, expectantes ante la ceremonia. El tan mencionado y misterioso Helos finalmente hizo acto de presencia posicionándose enfrente de él, siendo separados por la creciente llama que les proporcionaba el fogón. Era un hombre viejo, tal y como Moblit lo había descrito: en su rostro los años permanecían plasmados. Su semblante, tan autoritario como sosegado era el vivo retrato de lo que era obtener paz con uno mismo. Un hombre imponente, sabio y mágico. No había otra manera de juzgarlo.
—Sasha —nombró el anciano, haciéndole un gesto con tal de que la castaña se acercara.
La gamma respondió en su dialecto, dirigiéndose hacia el hombre. Éste le susurró algo, cosa que la chica no dudó en obedecer. Afirmó con la cabeza, devolviendo su mirada hacia el único rubio entre los presentes.
—Armin, ¿dónde está tu novio? —interrogó su amiga, mirándolo con preocupación.
—Yo, eh... Él no debe tardar en llegar, él...
Pero las explicaciones del rubio fueron abruptamente interrumpidas por el severo grito asustadizo de un gamma.
Moblit salió disparado de entre los frondosos árboles del valle. Corría despavorido, maldiciendo en su idioma natal a sólo Ymir sabe qué. Se oía severamente enfadado.
Su pareja, Hange, corrió a su auxilio. Lo tomó entre sus brazos, indagando el origen de su malestar y repentina aparición. Él sólo confesó que el diablo lo estaba cazando, hecho que despertó intriga entre todos los habitantes. Inmediatamente Sasha se manifestó inquiriendo el paradero del alfa, a lo que el gamma encargado de custodiarlo no tuvo respuesta.
Antes de que el pánico se esparciera en Armin, quien había puesto todas sus fuerzas con tal de mantenerse sereno, de la misma manera en la que Moblit apareció el Jaeger también lo hizo, pero siendo arrastrado por una frágil cuerda que ataron al cuello de un bucardo. Seguramente era la cena de esa noche.
—¡Quédate quieto, lo haces más doloroso para ambos! —bramó el castaño, intentando domar al salvaje animal el cual, de puro milagro, no lo había lastimado con sus fornidos cuernos. Él se encontraba lleno de lodo por todas partes.
Sin gesticular un sonido más, el animal cayó completamente inconsciente al suelo. Le habían disparado una flecha directo al corazón. Un chorro de sangre emergió de éste, cediéndole el eterno descanso al bucardo. Había sido un tiro limpio, por lo que el pobre animal no pareció sufrir ningún tipo de daño o sufrimiento adicional.
Hubo un silencio que, de no haber sido porque el tiempo pareció congelarse en ese momento, fue corto, pero incómodo. El rubio se llevó la mano a la cara, ocultándose tras de ésta. La señora Jaeger miraba boquiabierta a su torpe hijo mientras se preparaba mentalmente para la tremenda regañada que le tocaría recitar después, y el viejo Helos abrió los ojos con desmesura, como no había hecho en años.
—¡Magnífico tiro, Sasha! —le halagó Connie, saltando alegremente alrededor de ella. La muchacha se sonrojó, sintiéndose apenada por las palabras del beta.
La tribu gritó eufórica al unísono, expresando su satisfacción con la cena que gozarían esa noche. Lejos de tacharlo como una imperdonable falta de respeto o una cuestionable conducta respecto a su moralidad y el respeto que el joven alfa tenía ante sus costumbres, todos ellos decidieron celebrar ya que una presa de ese calibre era poco frecuente de obtener.
—No me equivoqué —susurró el gran Helos para sí mismo, claramente en su dialecto. Le pidió a la joven Blouse que diera inicio a la ceremonia, y así fue como la velada empezó.
Los nativos tocaron sus instrumentos, danzando alrededor de los enamorados. Una de ellas, una gamma mujer, estaba encargada de «limpiarlos energéticamente» con hierbas y el humo de un moribundo incienso. Los paseaba alrededor de ellos mientras oraba en su dialecto, siempre con una gran sonrisa en su rostro.
Los sonidos acústicos junto con las sonoras pisadas de la tribu eran suficiente para mantener el ambiente vivo. Bailaban pasos que presumían su gran destreza y agilidad; era fascinante admirar como se movían tan armoniosa y ligeramente. Incluso cuando se encontraban parados sobre un solo pie, jamás perdían el equilibrio.
Otros pocos (quienes estaban fuera del bailoteo) cocinaban apresuradamente el bucardo que recientemente habían cazado. Parecían ansiosos de poder degustar su carne, y a decir verdad, así era. No todos los días gozaban de tal festín, por lo que ciertamente aquel día les resultaba especial.
En cuanto la gamma terminó su trabajo, hizo una leve reverencia y se marchó sin más. Fue entonces cuando el espectáculo fue acallado: el viejo Helos hizo una particular seña que los nativos acataron de inmediato. Todos ellos se sentaron sobre sus rodillas, expectantes ante las acciones del más sabio.
El anciano le susurró algo a Sasha, palabras que la castaña tradujo casi al instante:
—Por favor, siéntese aquí —repitió la castaña, señalando con su dedo índice un desgastado petate que yacía a un lado del viejo Helos—. Espera —advirtió, colocando su mano extendida enfrente de ella en cuanto notó que ambos se levantaron de sus respectivos asientos—. Sólo el omega —aclaró, lanzándole una mirada burlona al alfa.
El rubio accionó tal cual lo pedido. Helos se agachó para colocarle un precioso collar de jade que simbolizaba el sello de su unión, haciéndole saber a los dioses que ahora se encontraban comprometidos. El omega volteó inconscientemente la mirada hacia su amante, encontrándose con que a él le era colocada la misma reliquia, pero a unos cuantos metros lejos de él. Lo habían trasladado hasta allá en cuestión de segundos.
Helos hizo un ademán, como si le indicara a algún peatón que pasase. Al poco tiempo, Sasha se acercó hacia Armin y posteriormente se sentó a un lado suyo.
—Usted siempre tuvo un gran corazón; inquebrantable como el acero y gentil como un chamaco —mencionó la castaña con un tono de voz que amenazaba con quebrarse en cualquier momento. Pero no por tristeza, no, sólo estaba demasiado emocionada como para controlarlo—. Mis mejores deseos para usted y su matrimonio —lo tomó del hombro, apoyándose de éste para levantarse.
Antes de que el rubio pudiera agradecerle por sus amorosas palabras, la gamma se retiró, cediéndole su asiento a la suegra del rubio, la cual parecía estar un poco confundida.
Le dedicó unas simples (pero sinceras) palabras, explicándole con sutileza que lamentaba no haber dispuesto del tiempo suficiente como para llegar a conocerse más a fondo, así como le aseguraba que su instinto maternal le afirmaba que el omega sería un excelente progenitor. Confiaba ciegamente en él para guiar a su hijo en cuanto ella trascendiera de este mundo. Se lo hizo saber, mirándolo con firmeza.
Finalmente la última dama se acercó a él. Era ella, la mujer que desempeñó un papel de madre para él, aquella que le hizo tomar nuevas perspectivas del entorno que le rodeaba, quien lo impulsó a convertirse a lo que era hoy en día: Hange.
—Mírate, te has convertido en todo un hombre —mencionó la castaña con un particular cariño que le fue imposible no derramar una lágrima mientras hablaba—. Mi pequeño niño, estuviste en mis brazos cuando apenas comenzabas a gatear —su mirada denotaba ternura, seguramente un fugaz recuerdo adornó su mente—. Tu felicidad siempre será la mía, corazón. Me diste una razón para vivir, me otorgaste una nueva esperanza, y míranos ahora... Jamás me defraudas —lo abrazó emotivamente, expresándole todo lo que sus escuetas palabras no eran capaces de manifestar.
El Reiss correspondió al abrazo, afirmándole que el sentimiento era mutuo y que, en realidad, ella también había generado esa clase de impacto en él. Se miraron y al cabo de unos segundos la castaña se levantó, extendiéndole la mano al rubio en señal de que él también debía hacerlo. El omega aceptó su ayuda, por lo que se puso de pie de inmediato.
No comprendía del todo qué acababa de pasar exactamente, pero estaba feliz de todas formas. Hange tomó una de las antorchas que le ofreció la misma mujer de la limpia y posteriormente caminó hacia el lugar donde se encontraba Eren, todo mientras Armin la sujetaba del brazo.
Sasha asesoró a Carla: le explicó que había que «purificar» al novio, por lo que ella tenía que golpetearlo suavemente con un ramo de flores blancas, el cual le fue entregado por la misma gamma. La señora Jaeger no comprendía del todo las extrañas creencias de los nativos, pero aun así las respetaba. No era su deseo blasfemar contra sus ideologías, así que simplemente efectuó lo requerido.
En cuanto ambos muchachos estuvieron cara a cara, Hange les indicó que debían sentarse dentro del círculo trazado sutilmente con flores decapitadas. Ambos obedecieron.
El viejo Helos, quien hasta ese punto había permanecido silencioso como una tumba, habló entre la muchedumbre, acercándose lentamente hacia la pareja:
—¡Que los dioses bendigan esta unión! —gritó fuertemente en su dialecto, siendo acompañado por los demás integrantes de la tribu quienes replicaron con un sonoro «¡que así sea!».
Unos cuantos niños emergieron del tumulto de gente, roseando pétalos alrededor de ellos. Su lazo había sido aceptado, finalmente consumado. No había necesidad de decir algo más, así que dieron por finalizado el matrimonio y el inminente festejo inició.
El alfa miró a los ojos a su, ahora, esposo. Colocó su mano sobre su tersa piel y se acercó con una reconfortante lentitud que le hizo sentir aquel gesto en todo su esplendor. Lo besó, tan dulcemente como había sido siempre.
Y los nativos celebraron como si ellos dos siempre hubiesen pertenecido a su tribu.
La música se reanudó, invitándolos a continuar moviéndose alegremente mientras bebían y deleitaban sus manjares o simplemente conversaban amenamente desde la comodidad de sus asientos. Los niños jugaban, brincaban y corrían, algunos también eran partícipes de sus danzas típicas.
Hange y Moblit se divertían como no habían hecho en años; se contemplaban, riéndose de los comentarios absurdos que tenían para intercambiar entre ellos. Ella, tan alocada y deslumbrante y él, tan sosegado y protector. Conformaban el dúo perfecto, eran la exacta representación de la complementación. Cualquiera que se detuviera un segundo a admirarlos sería capaz de sentir envidia ante la innegable conexión que mostraban.
Carla Jaeger los admiraba desde una esquina, sentada sobre una roca. Suspiró con nostalgia en cuanto los vio, no pudo evitar divagar entre sus añejas memorias hasta toparse con un oxidado recuerdo de ella y su ex marido. Su pecho dolía cada vez que pensaba en él, pero se mantenía fuerte para su hijo. Pese a que todo lo que vivió en Eldia aún seguía atormentándola, aquello ya no formaba parte de su realidad actual y era más que consciente de ello. El apaciguado cielo nocturno jamás lució tan hermoso estando lejos de casa.
Una desconocida mano se plantó ante ella, sacándola de sus pensamientos. No era grosera, todo lo contrario; lucía más bien como una invitación. Una clara e irrefutable propuesta de baile. La castaña miró con confusión al gamma, quien sonrió ampliamente en cuanto logró captar la atención de la señora.
Al principio se negó, creyendo que se trataba de una equivocación. Sin embargo, al caer en cuenta de las buenas intenciones del señor, no le quedó de otra más que aceptar. No hablaban el mismo idioma, y por lo tanto, no se entendían. No obstante, eso no representaba ningún obstáculo ya que eran capaces de entenderse mediante otro lenguaje: el corporal. Al poco tiempo, la señora Jaeger terminó soltándose y riendo tan alegremente como el nativo.
—¡Eso estuvo muy... —un eructo se escapó de su boca—. Bueno! —Connie se cubrió inmediatamente, avergonzado. Por más que rogase porque la castaña no lo haya escuchado, aquello era imposible. Ella estaba a su lado, claramente lo oyó.
—¡Oh, vamos! ¡Exijo mi recompensa, calvo! ¡Gané la competencia! —exclamó la gamma, desconcertando a su compañero por completo—. ¡No me mires así, estoy hablando de lo que sucedió con los dientes de león! —bramó, cruzándose de brazos mientras fruncía el ceño.
—Oh, sí, sí —asintió el beta, recordándolo—. ¡Oye, pero eso no era un jabalí! —espetó, copiando la expresión facial de su amiga.
—¿Y eso qué importa? ¡Caza es caza, gané de todas formas! —replicó la mujer, pellizcando las mejillas del contrario—. ¡Exijo mi premio!
—¡Bien, bien! —el muchacho se dio por vencido, apartando sutilmente la mano de la gamma—. ¿Y qué es lo que quieres de recompensa? —cuestionó, arqueando una ceja con severa duda.
La castaña se sonrojó lo suficiente como para que el contrario se diera cuenta. Aun así, no comentó nada al respecto puesto que supuso que ya estaba demasiado ebrio.
—Quiero...—habló la mujer en voz baja, mirando al suelo mientras revolvía algo de tierra con su pie—. Un beso —dijo rápidamente, como si tuviera miedo de ser escuchada.
—¿Un qué? ¡No te oigo! —contestó Connie, colocando una mano curvada en su oreja con tal de escucharla mejor.
—¡Un beso! —gritó Sasha una vez que el beta se acercó demasiado hacia ella. Inmediatamente bajó la cabeza y sonrió con pena, sintiéndose avergonzada ella también.
El beta la miró incrédulo, parpadeando un sinfín de veces.
—¿A-Acaso tú, yo, escuché, es decir...
Antes de que pudiera terminar la oración, la castaña lo tomó de la camisa y le plasmó un inocente beso en la mejilla, dejando al varón sin palabras. No podía creerlo, la vida finalmente empezaba a sonreírle.
La noche estaba más viva que nunca. La luz de la luna les permitía tener un panorama más amplio del que usualmente tenían a esas horas, además, los rojizos tonos del fogón acompañado con las antorchas les proporcionaban mayor iluminación. Todos bebieron, comieron y bailaron hasta desfallecer, no era de extrañarse que en la madrugada ya estuviesen todos roncado plácidamente.
Todos, a excepción de los recién casados. Para ellos la luna de miel apenas empezaba...
—¡A-Ah, E-Eren! —gimió suavemente el rubio en cuanto su amado alfa besó su cuello con pasión y lujuria, inhalando toda su esencia.
El pobre omega se encontraba recostado, completamente desnudo. Mantenía ambas piernas cruzadas y los ojos cerrados, expectante ante las sensaciones que el castaño le causaba.
El moreno descendió con sus besos hasta la clavícula del omega, dejando un trayecto de leves marcas rojizas ocasionadas por sus juguetonas mordidas. Como a todo alfa, le gustaba esa sensación de poder marcarlo, poder reclamarlo como suyo ante todo el mundo, tenerlo solamente para él así como el menor también lo poseía.
Manoseó sutilmente sus pezones, bajando hasta su cintura y finalmente deleitándose con sus caderas. El omega tenía una forma de cuerpo muy bonita, bastante atractiva, en su opinión. Le era imposible no volverse loco teniendo a semejante belleza a su lado, quería comérselo todo de un bocado. Lamentablemente, la paciencia no era una de sus virtudes.
Lamió sus pezones, mordisquéandolos suavemente mientras el rubio jadeaba e imploraba desvergonzadamente ser atendido. Su entrada se encontraba húmeda, perfectamente lubricada para recibir al visitante nocturno. El pobre joven estaba desesperado por tenerlo dentro, pero el moreno era demasiado sádico como para dárselo inmediatamente.
—Sé un buen chico y tendrás lo que deseas —susurró seductoramente en el oído de su esposo, provocándole que su piel se erizara en lo absoluto y sus suplicantes jadeos aumentaran. Aquellos sonidos placenteros lo eran todo para el castaño. Claro que disfrutaba hacerlo esperar.
Pasó una mano por uno de sus muslos, acariciándolo peligrosamente. Descendió hasta su entrada, metiendo un dedo en ésta y comprobando que se encontraba lo suficientemente dilatada y lubricada como para que fuese seguro proseguir. El rubio respingó como respuesta ante el estímulo.
El moreno separó las piernas del contrario, permitiéndole observar cuidadosamente sus genitales y cavidad anal. Bajó hacia esa última, inspeccionándola a mayor detalle. Su lengua pasó por todo el aro, provocando un escalofrío en la columna del rubio. Sonrió al percatarse de la reacción de éste.
—E-Eren...—le llamó el joven Reiss, con su voz algo entrecortada debido a su excitación—-. Tómame.
Aquellas palabras activaron todos los sentidos animales del castaño. No podía negarse, era momento de hacerlo.
El moreno alzó las piernas del rubio, colocándoselas en los hombros. Mantuvo sus manos entrelazadas con las de su omega mientras entraba lentamente en él, excitándose cada vez más con los exquisitos ruidos que emanaba el rubio. Gemía su nombre de una manera tan lasciva que lo incitaba a aumentar la velocidad desenfrenadamente, sin embargo, no lo hizo así.
Sus embestidas eran lentas, pausadas, rítmicas. Armin se acostumbró a ellas en cuestión de minutos, alentándolo a no tener compasión con él. Por un momento, Eren se sorprendió de lo salvaje que podía llegar a ser su pareja durante el coito.
—Como ordene, mi rey —aceptó el castaño, sonriendo ampliamente.
Sus estocadas eran más fuertes con cada segundo que pasaba, y el característico sonido que emitían sus cuerpos chocando se hacía más notorio.
Salió de él abruptamente, confundiendo al cansado rubio. Antes de que éste pudiera preguntar qué sucedía, el alfa le dio la vuelta, dejándolo en cuatro. Entró en él nuevamente, esta vez con menos delicadeza pero igualmente siendo cuidadoso. Con sus manos tomó de las caderas al contrario, ejerciendo mayor presión al momento de dar una embestida y por lo tanto, llegando más profundo. El rubio no pudo evitar apretar las sábanas mientras sentía que el alma se le salía; estaba llegando a un punto muy sensible, un punto en el que sentía que podía ver las estrellas. No precisamente literal.
Lo nalgueó un poco, dejando sus manos impregnadas en su tersa piel mediante una rojiza marca. Todo el cuerpo del omega estaba lleno de detalles que le harían recordar esa noche por un buen rato, aunque la más importante y eterna aún no había sido puesta.
Salpicó su interior, saliendo de él al mismo tiempo en el que una delgada línea blanquecina se trazaba. Sus respiraciones agitadas denotaban su evidente cansancio, pero aún así el moreno no parecía estar satisfecho.
Se dejó caer sobre la cama (o el montón de sábanas encimadas al que llamaban cama) y le pidió al omega que se subiera encima de él.
El muchacho aceptó y acto seguido empezó a moverse a su propio ritmo, dando movimientos circulares y arriba hacia abajo. De nuevo, tenían las manos entrelazadas y los rostros terriblemente sonrojados, pero no por la vergüenza, sino por el cansancio. Aun así, eso no era impedimento para continuar con su noche.
Finalmente ambos llegaron al clímax. El rubio cayó exhausto sobre el pecho del castaño, escuchando su respiración contra la suya. Ambos sonrieron involuntariamente, asimilando todo lo que acababa de ocurrir.
El castaño recostó al rubio sobre las mantas para después colocarse él encima suyo. Lo miró con tranquilidad, haciendo al omega consciente de lo que estaba a punto de pasar. El rubio asintió con una plena sonrisa mientras cerraba los ojos lentamente, fue entonces que el alfa decidió accionar.
Abrió la boca lentamente mientras se acercaba a su clavícula, y una vez que estuvo lo suficientemente cerca, clavó sus dientes en la delicada piel ajena. El rubio gimió debido a los chorros de sangre que comenzaron a brotar de él. Un proceso tortuoso, pero necesario.
Ahora se pertenecían mutuamente.
˚₊· ͟͟͞͞➳ ❝ ɴᴏᴛᴀ ᴅᴇ ᴀᴜᴛᴏʀᴀ ❞
¡Hey, hey, hey! Lamento haberme desaparecido por tanto tiempo, sucedieron un montón de cosas en mi vida (tanto buenas como malas) y no me sentía con los ánimos de escribir algo, pero finalmente hallé la motivación que tanto necesitaba.
Este en sí es el último capítulo, lo que sigue será un epílogo. Muy bonito, por cierto (y al fin sabremos qué pasó con Frieda jujuju). Me gustaría que se quedaran a leerlo. No mencionaré nada con respecto a cuando lo publicaré porque conociéndome prometeré actualizar el viernes y terminaré haciéndolo el próximo año jajaja. Pero no se preocupen, trataré de tenerlo listo antes de navidad :D
Muchas gracias a las personitas nuevas que están leyendo/votando en esto, ¡les aprecio demasiado! Nos leemos :)
