14 meses antes.

Kevira, Republica de Zamora. 1997.

Por primera vez en tres días, Panchito despertó totalmente consiente de sí y de donde estaba, aunque los recuerdos de la noche anterior, así como los de toda la semana, estaban difusos en su mente. Reducidos a meros flashazos de imágenes que no tenían sentido por sí mismas y solo le confundían más, pero él sabía que eso solo era parte de la diversión, de la experiencia completa. Llevaba tres días así y le faltaban cuatro más.

La habitación donde estaba no solo él, sino otras diez personas más, era estrecha en cuanto a área pero larga en altura para soportar los intensos calores de esa zona del país. Había dormido en el piso con una camiseta de tirantes y un chándal corto por lo mismo y esperaba volver a Santa Maria en cuanto terminara su juerga. El lugar carecía de mobiliario más que unos cuantos sofás sucios y una mesita en el centro, sin embargo era todo lo que se necesitaba. Había una peste presente en cada rincón, una mezcla entre mariguana, cuerpos sudorosos, ebriedad, sexo, humo de cigarro y demás, pero los sentidos de Panchito estaban tan embotados que apenas la percibía. Le sorprendía incluso no haberse asfixiado con su propio collar mientras dormía.

Era el único despierto. Las cortinas estaban cerradas y no podía determinar qué hora era. Se frotó los ojos para desperezarse un poco, cuando sintió un cuerpo junto a él en un abrazo demasiado íntimo como para ser solo uno de los demás adictos. Volteo para ver la alborotada melena rizada de José. En la mente de Panchito flotaron las imágenes cortadas, recordando a flashazos que la noche anterior se había encontrado a su ocasional amante en el bar después de un tiempo de no verse. Ambos había bebido, ambos habían follado y habían acabado por ir a la "Casa de la Risa" a conseguir algo más. Desde su posición podía ver aun en el brazo de José el torniquete que había usado para inyectarse heroína. Habían pasado una noche grandiosa.

José dormía con la cabeza apoyada en su costado izquierdo y tenía la camisa de Panchito fuertemente agarrada, lo único que llevaba puesto eran unos pantaloncillos cortos. El mexicano acaricio su cabello, pensando que de verdad lo había extrañado.

—Préstamelo alguna vez— escuchó a alguien decir del otro lado de la habitación.

Un tipo con un aspecto terrible de adicto sin remedio, de ojos vidriosos y mejillas hundidas, miraba embelesado las piernas de Zé. Panchito se incorporó con cuidado de no molestar a su compañero.

—Vete al carajo— dijo con voz rasposa.

Sus intentos de ser cuidadoso fueron en vano, ya que de un momento a otro el brasileño igual comenzó a incorporarse con movimientos torpes.

— ¿Quién rayos eres?— pregunto Zé sin verle, tallándose las lagañas.

— ¿Tan mal estas?— contestó Panchito divertido.

—Ah, solo eres tú...—miró a su alrededor— Esto parece una orgia ¿Dónde estamos?

—Le dicen "La Casa de la Risa", pero no me preguntes como acabamos aquí.

—Joder, me duele la espalda. Hace tiempo que no dormía en el suelo.

—Ya te volviste elegante...

—Pff, cierra la boca, Pancho, de serlo no me despertaría en una casa llena de drogadictos— José se rasco la nuca, desperezándose— ¿Y ahora qué?

El pelirrojo sonrió.

— ¿Qué se te ocurre?

—Conozco esa sonrisa, no te cansas nunca ¿Verdad?— dijo José sonriendo a su vez— Tengo un cuartucho por aquí cerca, podríamos conseguir unos gramos, unas frías y divertirnos solos todo el día, ya sabes a que me refiero.

—Me convenciste con las frías más que con el sexo— contestó riendo—Vale pues, me encanta el plan, solo deja que...

Panchito se levantó, palpando sus bolsillos.

—Mierda...

— ¿Y ahora qué?

—La pistola, ya no la tengo. Debí perderla en el bar.

José se llevó a la mano a la barbilla, pensativo.

—Oh, sí. Cuando te encontré la tenías a la funda de la cintura. La última vez que la vi fue cuando fuiste al baño.

—Me sorprende que lo recuerdes, estabas muy pasado.

El brasileño hizo un puchero.

— ¡Hey! ¡Al menos mejor que tú sí estaba! No sé que fuerza te mantenía todavía en pie, pero al menos tu cabeza no era.

—Mmm... no me acuerdo de nada, supongo que debí dársela a... ¡Jesús!

— ¿Jesús?— preguntó José ladeando la cabeza.

—Sí, Jesus.

—Oye, sé que eres católico por la cruz de madera que llevas al cuello, pero no sé qué tenga que ver...

—No, no, no ese Jesús. Yo iba con alguien ayer, supongo que le dejé la pistola— explicó Panchito.

—Oh, sí, sobre eso...también cuando fuiste al baño tuviste un pleito con algún tipo. Se oyó un disparo y después de eso nos fuimos. Ya sabes, nadie llamó a la policía como es costumbre, no les gusta meterse en eso.

— ¿Qué? Un... ¿Disparo?

José, que hasta ese momento había seguido sentado en el piso, se levantó, caminando hasta Panchito cuidando de no pisar a los otros sujetos que dormían a pierna suelta. Poca diferencia había entre cadáveres y ellos, si alguno estaba muerto era difícil saberlo.

—Sí, un disparo ¿Qué te sorprendes? Es lo que haces ¿No? Disparas a imbéciles..."Pistolas, el que no falla un tiro"

—Sí, claro, pero... n-no no lo sé, no recuerdo nada...Tal vez debería ir a ver que paso, buscar a Jesus...

— ¿Me vas a dejar aquí?— inquirió José con el ceño fruncido.

—D-dijiste que vives cerca. Por favor, Zé, es algo importante, solo por esta vez. Te lo compensaré, lo prometo— contestó nervioso y apresurado mientras buscaba sus tenis por la habitación o intentaba recordar si siquiera aun existían tales tenis.

— ¡Baaah, da igual! Haz lo que tengas que hacer.

Terminó de amarrarse las agujetas, para después ir hasta José y agarrarlo por lo hombros, besándolo en un gesto que se le antojo ridículo, como una pareja de casados de alguna comedia, pero en ese momento no le importaba.

—Volveré contigo, nada más déjame resolver esto.

El brasileño se encogió de hombros, mostrándole media sonrisa confidente.

Panchito salió de "La Casa de la Risa", haciendo esfuerzos sobrehumanos por acordarse de qué había pasado la noche anterior. Levemente recordaba que, antes de encontrarse con José, su hermano, Jesús, Chuy, había llegado al bar diciéndole que era suficiente. Solo eso. Sus memorias se cortaban allí. No recordaba haberle dado la pistola a Chuy o haberla disparado. Lo único que sabía era que, como siempre, su hermano estaba molesto con él por lo usual. La misma cantaleta de todos los días. Francisco, ya deja esa botella, hombre. ¿Qué diría mamá si te viera?

El bar se encontraba doblando la calle, a un par de manzanas de La Casa de la Risa. Panchito llegó en cinco minutos, pensando en que era lo que iba a decir, a quien le iba a preguntar.

Un muchacho joven estaba cerrando el local con candado. Aunque el cielo gris era engañoso, ahora Panchito confirmaba que no era tan tarde, debían ser las nueve de la mañana.

—Oye, emm...— empezó a decir. El muchacho volteo y en cuestión de segundos lo reconoció o al menos eso era lo que creía.

No conocía a ese muchacho, ni siquiera sabía que empleo tenía en el bar y esa era la primera vez que Panchito lo veía, sin embargo, lo que le dijo lo recordaría toda su vida, casi llevándolo clavado en la piel como parte de la cruz que él mismo se había echado a la espalda.

— ¡Ah, eres tú!— exclamó el muchacho casi con alivio— Joder, si vienes de una pieza, pensé que no vivirías, hombre. No te ofendas pero eso le habría dado muy mala fama al bar. Aunque ¿No sanaste demasiado rápido?

— ¿A qué te refieres?— preguntó Panchito.

—Quiero decir, no tendrá ni doce horas que los paramédicos vinieron por ti, para una herida de bala es poco tiempo. El doctor que te atendió debe tener manos de bendito. Pero oye, si vienes buscando al que te disparo tengo que decirte que aun nadie sabe nada. Lo usual, todos los testigos se hicieron los ciegos, más de doscientas personas y nadie vio nada como de costumbre...

El muchacho se quedó pensativo, sin darse cuenta de que la cara de Francisco había perdido todo color, estaba rígido y sudaba.

—Oye, ahora que lo recuerdo— siguió diciendo el muchacho— ¿No te había disparado en la cabeza?

Ya no tenía que preguntar nada, sin saberlo el muchacho del bar le había contado todo lo que necesitaba saber. Francisco se tensó, sintiendo las piernas débiles como si en cualquier momento éstas se negarían a sostenerlo.

El muchacho del bar estaba equivocado, a Francisco no le había ocurrido nada, estaba perfectamente. El que había recibido el disparo y se lo habían llevado los paramédicos era a Jesús.

Francisco se sintió como si se asfixiara, como si su collar con una cruz se hiciera cada vez más pequeño apretando su cuello. Era lo menos que se merecía.

Había sido una confusión muy común.

Porque Jesús era su hermano gemelo.

Tiempo presente.

Estaba estacionado en un callejón, con la cabeza apoyada sobre el volante y ambas manos aferradas con fuerza a éste. Panchito no era de los que les gustaba escapar ante la mínima mención de problemas, pero últimamente sentía que todo le sobrepasaba, como si se hubiera metido a sí mismo al mar sin salvavidas y sabía que tarde o temprano terminaría ahogándose. Había estado llorando los últimos diez minutos, oculto en el coche de Daffy en un callejón, lejos de todos aquellos por los que se preocupaba con la estúpida excusa de que había ido a recoger unas cosas al Kumbala, pero es que ya no podía. Ya no podía seguir intentándolo. Había accedido a serles de ayuda por José y sin embargo el propio José parecía ya no quererlo cerca y siendo sincero, Francisco tampoco, por el momento al menos.

Y lo que estaba sucediendo...Había hecho una promesa a sí mismo y a su hermano de dejar ese tipo de vida ligada al gatillo, de dejar la muerte de lado y no volver a disparar una pistola. Solo por José había regresado y aunque no se arrepentía de haber tenido que empuñar de nuevo un arma para proteger a sus amigos, tampoco sentía muchas ganas de seguir haciéndolo. Que lo perdonaran Donald y Daffy y Bugs, incluso José, pero ya no podía continuar. Iba a tirar la toalla. Abandonaba. No sabía en primer lugar por qué se había metido en asuntos que no le correspondían.

Se limpió la nariz con la manga y se talló las lágrimas de los ojos. Esto era más grande de lo que creía: con la muerte de Ralph, el principal importador de armas en Santa María el inicio de una guerra entre familias era inevitable. Más muertes, más fuego, más delincuencia. No iba a ser partícipe de eso. Jesús no lo habría querido así.

Jesús...

El callejón donde estaba estacionado estaba a una cuadra de hospital. Había pensado en pasar a visitar a su hermano, pero ya no creía que fuera una buena idea. No creía que pudiese ir y pararse ante él después de haberle fallado de nuevo. Llegar otra vez con las manos manchadas de sangre ante la camilla donde yacía su inconsciente hermano, con la vida dependiendo de cables y tubos. Así que decidió ir de verdad al Kumbala, pasar a recoger a Trigger y agradecerle a Penélope por haberla cuidado.

Cuando llegó el club aun no abría sus puertas al público. Las sillas estaban recogidas sobre las mesas, la música apagada y Pepe barría el local.

— ¡Oh, Monsieur Roux, está usted aquí!— exclamó el francés al verle entrar— Penélope y yo nos preocupamos mucho cuando no regresaron, pensamos que... Bueno, no importa.

Francisco se forzó a sonreír, a mostrar la misma actitud alegre y despreocupada con la que todos lo conocían.

—Perdón, perdón, debimos haber llamado. Fue una noche muy atareada— dijo pasando por el lugar hasta llegar a la barra y recargarse en ésta. Pepe se pasó del otro lado, tapándole la vista a las botellas de whiskey, ron y tequila que había exhibidas.

— ¿Puedo preguntar?

Panchito se encogió de hombros.

—Nada interesante. Gajes del oficio...

No tenía por qué contarle al francés que habían ido a quemar evidencia incriminatoria, casi los atrapaba la policía y había dormido en un burdel.

—Ya tenemos donde quedarnos, pero Donald me dijo que por favor mantengas cerrada nuestra habitación, aun nos es útil— dijo el mexicano.

Pepe asintió, mirándole con curiosidad hasta un punto que rayaba lo incómodo, a la par que tomaba un trapo y limpiaba los vasos de cristal puestos en fila en la barra. Panchito sabía que a pesar haberse bañado y cambiado ese día, su aspecto no era el mejor; llevaba ya mucho tiempo con un horario de sueño irregular, no había comido lo suficiente y por primera vez en meses comenzaba a sentir los estragos de la abstinencia.

— ¿Le pasa algo, Monsieur Francisco? Noto que no tiene su usual actitud hiperactiva. Incluso anteayer después de que le curaran la herida ya estaba charlando y sonriendo y ahora usted está...

Panchito tomó un banco de largas patas y se sentó en él, recargando sus codos sobre la barra.

—Hecho una mierda, lo sé— contestó sin ganas de dar explicaciones— Están pasando muchas cosas, Pepe, y no me siento capaz de lidiar con todo.

—Oh, entiendo— contestó el otro con mirada compasiva, sin dejar de limpiar vasos— No por trabajar en un bar me siento un experto en almas atormentadas, pero cuando viene gente que se siente abrumada, suelen pedir...— Dio media vuelta, parándose a buscar entre todas las botellas—...Mmm... ésta suena bien, destilado de agave...— tomó la botella, pequeña y rechoncha, para ponerla frente a Panchito— Supongo que debido a su nacionalidad usted sabrá apreciarla mejor que nadie. Vale la pena ahogar un poco las penas de vez en cuando.

—Si ¿Verdad?— sonrió, estando de acuerdo con las palabras del francés.

Ya de por sí le había fallado a su hermano, Daffy no podía recriminarle nada y José no estaba allí, tal vez podría...

Una criatura de suave pelaje negro saltó del piso a la barra e inmediatamente fue a exigirle ser acariciada, poniéndose insistente en la mano de Panchito.

— ¡Trigger!— exclamó alegre rascando su cuello.

Penélope salió de la oficina de su marido.

— ¡Oh, llegaste por ella!— dijo la mujer— Ser una lástima, gatita muy tierna, muy limpia e inteligente. Cuidarla mucho, por favor.

—Lo haré, Penélope. Muchas gracias por hacerte cargo— Panchito cargó a la gata, levantándose de su asiento. Luego se dirigió a Pepe— Tengo algo de prisa, creo que me llevo la botella ¿Podrías ponerla a mi cuenta?

—Ni se moleste en pedirlo, esta va por la casa.

El pelirrojo sonrió, asintiendo. Habría sido una ofensa para los modales franceses del otro negarse.

Se despidió de ambos, llevando a la gata en una mano y la botella en la otra. Había mentido, no tenía ninguna prisa y no sabía que haría a continuación, así que solo se metió al carro y condujo dando un par de vueltas por la ciudad, hasta toparse con playa. Estaba a poco de atardecer, el cielo comenzaba a tornarse naranja y la playa estaba libre de bañistas. Solo eran él, Trigger y el reflejo del sol en el agua, quería quedarse a verlo.

Encendió la radio, cambiando de estación hasta toparse con rap, pensando que hubiera estado bien pasar a comprar cigarrillos o algo. Aún no había comido pero no le importaba su estómago vacío, sin embargo sentía ansiedad por algo.

Volteó hacia el asiento del copiloto, donde Trigger se lamia las patas muy tranquila. La cargó para ponerla en su regazo y ella se dejó hacer, sin sacar las garras aun cuando él le estaba rascando la panza.

—Si renuncio, supongo que solo seremos tú y yo— dijo Panchito—Podré conseguir un empleo, tal vez recuperar mi antigua habitación de la vecindad y te compraré un rascador y sacos de comida. Suena bien ¿No?

La gata mordisqueaba su dedo, acostada sobre sus piernas.

— ¿Sabes?— continuó— He estado tras él y sobre él por un largo tiempo, sin pararme a pensar si eso era lo que José quería... José, ya sabes, el de cabello rizado, piensa que eres monísima... en fin, creo que solo estaba viendo por mí mismo y mis propios problemas, desde lo de Jesús me he sentido tan solo... me aferré a José pensando que también sentía algo por mí, pero creo que todo ha sido una ilusión, él es un alma libre ¿Y yo? Un pobre imbécil que se oculta y le cuenta sus penas a un gato.

Se rio de sí mismo, a la par que Trigger se levantaba y regresaba al otro asiento. Fue entonces cuando Panchito recordó la botella que estaba en una bolsa en la guantera. No debía... no lo necesitaba...pero... solo un trago, uno pequeño, no sería malo ¿Cierto?

Salió del auto a toda prisa, dejando a Trigger acostada dentro sin inmutarse. Había una tienda Ajax cerca, así que podría hacer una llamada.

La tienda era atendida por un par de adolescentes que no dudaron en decirle que sí cuando les pidió el teléfono, seguramente intimidados por su apariencia (¿Tan mal se veía?). Metió las monedas y marcó el número, rezando porque no lo hubieran cambiado. La línea sonó por un tiempo que se le antojó largo, hasta que le contesto exactamente la persona que quería escuchar.

— ¿Quién es?— dijo la voz gruesa y con tono fastidiado del otro lado.

—Daffy, soy Francisco.

—Hermano, ¿Qué demonios pasa contigo? ¿Fuiste al Kumbala de rodillas o qué?

—Yo...tuve que hacer otras cosas...

—Vale pues, entonces mueve el culo y regresa rápido, ya solo estamos esperando por ti para...

—No voy a volver— interrumpió con voz firme.

— ¿Qué? Creo que la línea fue interferida, te oí decir...

—No voy a volver— repitió Francisco, tomando un caramelo que estaba junto.

—Maldición, hombre, no me hagas esto. Ya ha muerto un buen amigo hoy, no te largues tú también. ¿Qué te pasa?

—Es...es solo que... yo no...— No tenía idea de cómo decirlo— Ya no... ya no quiero ser un criminal, ya no quiero ver más muertos, meterme en luchas que no soy la mía. No quiero ser una marioneta para un propósito más grande, Lucas.

—Entiendo— dijo su amigo ¿Qué más podía decirle? Ambos habían sido militares, habían trabajado para un gobierno que no daba un centavo por ellos. En ese sentido, nadie lo entendía mejor— Pero dime algo, colega... Parte de éste berrinche es también por José ¿Cierto?

Tragó saliva con pesadez, estrujando el caramelo en su mano.

—Se me han atravesado muchas cosas y todo, simplemente, se me ha enredado. José es... algo complicado. No me siento fuerte para lidiar con todo... y yo, bueno, no pensé nunca en las consecuencias. Al fin llevaba una vida estable y lo lancé todo por la borda en cuanto me llamó para que lo sacara de prisión. Estúpido ¿No?

—No, no es estúpido, Francisco— Daffy hablaba ahora con voz suave— Tú eres esa clase de sujeto, habrías hecho lo mismo por cualquier otro... Vale, sí, es un poco idiota, pero lo es aún peor ya que José no movería un dedo a tu favor y tú, vaya, tu autocontrol es más débil que los brazos de fideo de Bugs. Solo... intenta de pensar más en ti, hombre.

—No podría. No. Antes era un imbécil egoísta y las cosas no resultaron bien, además... solo quiero que José sea feliz.

—Me vas a hacer llorar... Significa que es un adiós, entonces.

—No actúes como si ya nunca nos fuéramos a ver. Solo quiero tener una vida común y si te casas con tu bombón no olvides llamarme para ser el padrino. Seguiré en tu orbita.

—"Seguiré en tu orbita" no me vengas con romanticismos baratos, Panchito, ahora mismo tengo bastante mierda encima. Solo haz lo que te propongas y no te metas en estupideces, ¿De acuerdo?

Francisco sonrió. Supuso que Daffy también lo hacía.

—De acuerdo.

Colgó.

Los empleados ya no le tomaron importancia, seguían en sus asuntos cuando él salió de la tienda. Volvió al auto donde la gata estaba dormida en el asiento del copiloto. El atardecer podía verse en todo su esplendor desde donde estaba estacionado, volvió a aferrarse al volante, como si eso de alguna manera le diera algún control.

Miró a la gata, dormida, tranquila, ajena a cualquier estupidez humana. Con su rosada nariz oculta entre su patita negra de suave pelaje. Después su vista se posó de nuevo en el maletero, pensando en la botella... ¿Qué era? ¿Whiskey? ¿Brandi? ¿Tequila? No lo recordaba pero daba igual.

Solo un trago no haría daño.

No te metas en estupideces.

Solo un trago, para relajarse, para calentar el cuerpo.

Solo un trago.