¡Hola a todos de nuevo! Como véis me he embarcado en una nueva aventura. Prometo que ésta va a ser larga. Pido paciencia porque no sé con qué asiduidad podré subir los capítulos, pero os prometo que en cuanto tenga huecos los iré subiendo. ¡Gracias a todo por dedicar algo de vuestro tiempo a leerme y espero que lo disfrutéis!
Nunca terminaba de confiar por completo en los desconocidos. Aunque claro, para que alguien se convirtiera en conocido primero tenía que resultar ser un completo desconocido. Pero el grupo tenía ambiciones, y los primeros pasos siempre eran los más importantes. Habían surgido de la nada… y pronto su nombre estaría en boca de todos, incluso de esas malditas organizaciones que estaban muy de moda en la lucha contra el bioterrorismo.
La caída de Umbrella había puesto en alerta a todos, y lo que realmente no sabían los peces gordos era que ahora eran más fuertes: podían tener acceso a todos los datos de la corporación. El mercado negro era como una especie de barra libre en la que prácticamente podías servirte todo lo que quisieras. Todo, obviamente, dependiendo de lo que pudieras ofrecerle a la persona que te administraba la mercancía.
Alias era su creación, su pequeña familia. Eran buenos hombres y mujeres que estaban dispuestos a plantarles cara a todos los altos cargos que pasaban horas y horas engordándose los bolsillos a costa de los ciudadanos. Era hora de que alguien les diera un toque de atención a esos payasos que lo único que hacían eran poner buena cara delante de las cámaras.
Alfred Lansing caminaba escoltado por dos de sus subordinados por un pasillo con las paredes blancas y el suelo de mármol. Todo era demasiado frío, demasiado… seco. Un posible reflejo de la persona con la que iban a tratar. El tipo parecía tener bastantes influencias si poseía información tan importante.
Habían logrado contactar con él gracias a un enlace en común. Una mujer asiática que les había hecho algún que otro encargo en el mercado negro. Les había garantizado que ese tipo disponía de todo cuanto necesitaban para organizar un ataque a escala nacional o internacional.
Vieron a un tipo rubio cruzado de brazos y apoyado contra la pared junto a una puerta negra. Giró la cabeza al oír sus pasos y se los quedó observando mientras se acercaban. Tenía unos brazos imponentes, y se le marcaban todos los abdominales a través de la camiseta roja que llevaba puesta. Se separó de la pared hasta situarse frente a los visitantes.
El primero de ellos llevaba un traje gris que le debía haber costado una pasta. Los demás iban con una camiseta blanca y unos pantalones militares. Si habían llegado hasta allí era porque los había llamado él en persona. Sabía que llevaba varios negocios entre manos, y era bastante frecuente encontrar a gente de ese tipo. Alzó una mano deteniendo el avance de los tres.
-Manos arriba –les ordenó antes de acercarse al que estaba más a la izquierda. Le pasó las manos por los hombros, bajando por la cintura, la cadera y los pantalones. Estaba limpio. Repitió el proceso con sus colegas. No llevaban armas ni cuchillos -. Esperen un momento…
Se dio la vuelta y caminó firme hacia la puerta. Pegó tres veces antes de abrirla y mirar hacia el interior.
-Los he registrado y no suponen ningún peligro.
-Que pasen –anunció una voz gélida bastante autoritaria desde el interior.
Los terroristas intercambiaron una rápida mirada mientras el rubio que los había registrado se echaba a un lado, dejándoles vía libre. Alfred dio unos pasos con decisión hasta llegar al umbral. Sus compañeros lo seguían muy cerca. Había llegado el momento de descubrir la verdad.
Lo primero en lo que se fijó Alfred era en una enorme lámpara que colgaba del techo. Iluminaba por completo la estancia, y emitía una luz bastante potente. Había algunos armarios de madera situados en la parte izquierda. Todos estaban llenos de carpetas que tenían unos rótulos, aunque eran demasiado pequeños para leerlos desde su posición.
No había ninguna ventana, y le daba la impresión de encontrarse bajo tierra. Bueno, realmente no era del todo mentira, ya que habían tenido que coger un ascensor en la parte superior para descender. Los escondites bajo tierra garantizaban inmunidad hasta cierto punto; ellos mismos tenían su cuartel general bajo unos almacenes abandonados.
Y allí, detrás de una mesa gris, estaba su contacto. Se quedó petrificado al verlo. Su piel era blanca como la leche, asemejándose más a un cadáver que a un vivo. Llevaba unas gafas oscuras con las que era imposible ver sus ojos. Mostraba todos sus dientes con una sonrisa parecida a la de un tiburón. Era bastante… intimidante.
-Bienvenido, señor Lansing –los saludó levantándose de su asiento y acercándose al líder del grupo terrorista. Si sentado impresionaba, de pie era aún peor. Debía medir alrededor de metro noventa, y su gesto serio denotaba que era alguien con quien era mejor no tener problemas -. Veo que ha traído… acompañantes.
Le tendió la mano sin dejar de mirar a los dos tipos que se habían quedado junto a la puerta. Alfred dudó unos instantes aún algo impresionado por la manera en que lograba intimidarle con tan sólo unas palabras. Pero no había venido hasta allí para eso; tenía un rato que cerrar y debía dejar a un lado sus emociones.
Le estrechó la mano durante unos instantes sintiéndola fría como el hielo. Un ligero escalofrío le recorrió de arriba abajo. ¿Con qué clase de persona estaba tratando? Sabía que debía mantenerse firme, y no dejarse impresionar… pero era imposible. Debía mostrar ejemplo a sus subordinados; por algo era el líder de ese grupo.
-Siéntese, por favor –le hizo un gesto en dirección a la silla mientras volvía a su asiento, un sillón de cuero que tenía pinta de haberle costado bastante dinero. El líder arrastró un poco la silla y tomó asiento en silencio. Su contacto apoyó los codos sobre la mesa y cruzó las manos a la altura de su barbilla.
-Me han dicho que tienes una mercancía que puede interesarme… ¿Es cierto lo que dicen? ¿Tiene acceso… a todos los datos de la corporación Umbrella?
No respondió al instante. Bajó la mirada y abrió el primer cajón, donde tenía un pequeño maletín metálico. Lo puso sobre la mesa y lo abrió antes de darle la vuelta y ponerlo de cara a Alfred.
-Yo fui el verdadero causante de la caída de Umbrella… -comentó mientras el líder cogía un pequeño frasco de cristal con un líquido de color morado. Lo examinó a través de sus gafas con atención -. Es una nueva variante que aún no ha sido comercializada. No obstante ha sido probada en algunos sujetos con resultados bastante óptimos. Lo llamo… Virus X.
-¿Ha sido sintetizado a partir de otros virus? –preguntó el tipo trajeado dejando la muestra en su lugar. Había un total de ocho pequeños tarritos llenos de esa sustancia.
-Ha sido creado gracias a los valiosos datos que la corporación dejó en su última base. Estaba en fase de desarrollo… y yo simplemente me he dedicado a terminar el proceso.
-¿Cuál es su principal medio de propagación?
-Curioso que lo pregunte… -respondió el de las gafas oscuras mientras se levantaba y se acercaba a una jarra de cristal que estaba llena de agua. Cogió un vaso que había a su lado y lo llenó hasta la mitad. Volvió a la mesa con él en la mano y lo dejó delante de un sorprendido Alfred -. Es un vaso de agua normal y corriente. Pero… -volvió a abrir uno de los cajones y sacó un pequeño frasco que contenía la misma sustancia -. Una sola gota basta para contaminar todo el recipiente.
Y destapó el frasco achuchando el cuentagotas que estaba en la parte superior. Una gota cayó en el vaso… y no ocurrió absolutamente nada. El agua seguía teniendo el mismo color transparente de siempre. ¿Qué significaba eso? Alfred cogió el vaso de cerca para examinarlo.
-Yo no lo haría… -le advirtió con un tono autoritario -. Un simple sorbo y se convertirá en una marioneta del virus. Como puede observar, se diluye en el agua e imperceptible al ojo humano… Harían falta pruebas de control de calidad para determinar que ese líquido está contaminado. Se camufla perfectamente con el agua potable, una poderosa fuente de la que sacar tajada.
-Interesante… -murmuró el terrorista pensativo -. ¿Afecta por igual a todos los seres vivos?
-Existen ligeras variaciones –contestó el otro tipo cruzándose de brazos a la altura del pecho -. En los seres humanos se ha observado que el proceso es algo más rápido. Tarda aproximadamente entre treinta minutos y una hora en hacer efecto. En animales y plantas es mucho más efectivo. Puede crear un auténtico ejército de B.O.W.S. que le ayuden en su… cruzada.
Aún no tenía claro por qué quería comprar el virus X, pero le daba igual mientras sirviera como campo de pruebas. Ya se aseguraría de seguirle la pista a ese grupo e ir tras sus pasos para conseguir los datos que buscaba para mejorar ese nuevo virus. Tenía muchas esperanzas puestas en él.
-Con unos cuantos de éstos podríamos contaminar el agua de toda una ciudad… -dijo más para sí mismo Alfred mientras volvía a examinar un tubo. Era exactamente lo que estaba buscando. Cuando las autoridades intentaran actuar sería demasiado tarde. Iba a ser muy divertido -. Me interesa –dictaminó volviendo a colocar la muestra en su sitio -. ¿Cuánto quiere por el maletín?
-Bueno… podríamos llegar a un… acuerdo. Si lo pone en práctica con éxito le llevaré la mitad… Quinientos mil dólares.
-Hecho –respondió casi sin pensarlo. Sabía que tenía ante sí una oportunidad de oro; esos malditos políticos iban a enterarse de lo que era bueno. Volvieron a estrecharse la mano -. Vladimir, Roger, haceos cargo del maletín.
-Sí, señor –asintió el que estaba al lado derecho de la puerta. Se hizo con el maletín y volvió a colocarse en su posición.
-Arriba le facilitarán el número de cuenta para que haga el ingreso… Pero tranquilo… -y sonrió ampliamente mostrando de nuevo su dentadura -. No tengo ninguna prisa.
-Ha sido un placer hacer negocios con usted –se giró y le hizo un gesto a sus camaradas para que se marcharan.
Caminaron en silencio al salir por la puerta. Wesker no podía dejar de sonreír. Era la oportunidad perfecta para probar el virus. Ese grupo parecía realmente decidido a provocar alguna amenaza biológica. Sería interesante comprobar cómo lo hacían… y cómo actuarían sus viejos enemigos, esos que siempre iban un paso por detrás de él.
-Krauser –lo llamó sabiendo que estaba rondando por allí. Era el encargado de controlar las entradas y salidas de su despacho. Había demostrado ser un peón bastante fiel, y estaba preparado para exponerse a algún virus. Sólo llevaba con ellos unos meses, pero le había demostrado que estaba preparado para entrar en el juego. El rubio entró en la sala y se quedó al quicio de la puerta -. Localiza a Wong. Tengo una misión para ella.
Krauser asintió en silencio antes de marcharse con paso firme. Wesker le dio la vuelta a su sillón y se quedó contemplando un cuadro que tenía puesto en la pared. Se titulaba "El mundo", y eso era exactamente lo que quería: dominar el mundo.
