CAPÍTULO 3
Sakura no tenía ni idea de cómo había terminado en el regazo del hombre.
Ninguna.
En un momento era absolutamente sensata —quizás un poco neurótica, pero firmemente convencida no obstante de su cordura— y al siguiente momento la tierra desaparecía bajo sus pies y ella caía como en uno de los agujeros del conejo de Alicia En el País de las Maravillas.
Su primer pensamiento fue que debía estar soñando: una impresionante, horrorosa correría subconsciente en una pesadilla bárbara.
Pero eso no tenía ningún sentido; sólo momentos antes había estado acariciando a Moonshadow o había hecho... algo... ¿que? ¡Simplemente no podía dormirse sin darse cuenta!
Quizá había tropezado y se había golpeado la cabeza, y esa alucinación era el resultado de una conmoción.
O quizá no, se preocupó cuando echó una mirada alrededor del cuarto humeante y cavernoso lleno de personas extrañamente vestidas que hablaban en una versión mutilada de la lengua inglesa.
Ahora la has hecho, Sakura, meditó sobriamente. Finalmente has caído por el borde, aunque todavía pataleando. Sakura se esforzó en enfocar los ojos, que se sentían extrañamente pesados. El hombre que la asió estaba levantándose. Era una bestia eructante con brazos gruesos y una barriga gorda, y hedía.
Sólo hacía unos momentos ella había estado en su biblioteca, ¿no era cierto?
Una mano grasienta apretó su pecho y ella exclamó sorprendida. El desconcierto fue vencido por el ultraje avergonzado cuando su mano rozó la cima de su pezón deliberadamente a través de su suéter. Aún cuando ése era un sueño, no podía permitir que esa clase de actividad pasara sin castigo. Abrió la boca para lanzar un acerbo latigazo de su lengua, pero él la pegó a su pecho. Su boca rosa en esa masa enredada de pelo extendida en una ancha O. Santos Cielos, pero el hombre no había terminado incluso de masticar, y no la sorprendía, pues los pocos dientes que le restaban estaban llenos de tocones y castaños.
Con revulsión Sakura limpió pedazos de pollo y saliva de su cara cuando él rugió, pero se alarmó genuinamente cuando comprendió sus palabras, a través de su acento espeso.
Ella era una merced divina, había proclamado el hombre al enorme cuarto. Era un regalo de los ángeles.
Se casaría al día siguiente.
Sakura se desmayó. Su cuerpo inconsciente sufrió un espasmo sólo una vez, pero después quedó flácido. La reina negra se resbaló de su mano, cayó al suelo y rebotó bajo una mesa al ser arrastrada por una bota de cuero.
Cuando Sakura despertó, todavía estaba tendida, los ojos apretados y firmemente cerrados. Bajo su espalda sentía gruesos bultos amontonados. Podría ser su propia cama. Había comprado un colchón de resortes antiguos y lo había tenido guardado para ponerlo sobre su cama estilo Reina Ana. Estaba enamorada de las antigüedades, no había duda sobre eso.
Olfateó cautamente. Ningún olor extraño del banquete que había soñado. Ningún zumbido de ese acento espeso que había imaginado antes.
Pero ningún tráfico tampoco.
Alertó sus oídos y escuchó intensamente. ¿Había oído alguna vez tal silencio?
Sakura contuvo un roto suspiro y ordenó a su corazón tranquilizarse.
Se estiró sobre el nudoso colchón. ¿Cómo había ocurrido esa locura? Había empezado con una vaga noción de inquietud, un presentimiento terrible de ser observada, y entonces... ¿una escalada rápida a plena locura, sólo para culminar en una pesadilla donde una bestia apestosa, peluda, le anunciaba nupcias inminentes?
Sakura apretó los ojos más aún firmemente cerrados y oró por su retorno a la cordura. La silueta de un juego de ajedrez se dibujó en su mente; los alfiles listos para la batalla y las soberbias reinas se grababan en alivio severo contra el interior de sus párpados, y parecía haber algo urgente que necesitaba recordar. ¿Qué había estado haciendo?
La cabeza le dolía. Era una especie de dolor sordo, acompañado por el sabor amargo de monedas viejas en el fondo de su garganta. Por un momento luchó contra ellos, pero los latidos se intensificaron. El juego de ajedrez bailó huidizamente en sus sombras de negro y blanco, y se disolvió después como un detalle distante. No podía ser demasiado importante. Tenía cosas más urgentes de qué preocuparse, como ¿dónde demonios estaba?
Mantuvo los ojos cerrados y esperó. Unos momentos más y oiría el ronroneo de un BMW calle abajo de Coattail Lane o su teléfono repicaría enojadamente...
Un gallo cacareó.
Otro minuto y oiría que Moonie estaría pidiendo comida con su mer—ooow, y sentiría su cola paseando por su cara obligándola a levantarse de la cama. No oyó el chirriar de bisagras destempladas, la raspadura de una puerta demasiado alta contra un umbral de piedra.
—Milady, sé que estás despierta.
Los ojos se abrieron repentinamente para encontrar a una mujer corpulenta con pelo castaño y canoso y mejillas rosadas retorciendo las manos al pie de la cama.
—¿Quién eres? —preguntó Sakura cautelosamente, negándose a mirar nada más del cuarto a excepción de esa última aparición.
—¡Bah! ¿Quién soy yo pregunta ella? ¿La chica que aparece de ninguna parte, volando, como una bruja si se quiere, está deseando saber quién soy yo? ¡Hmmph!
Con eso, la mujer puso una fuente con un peculiar olor a comida en una mesa cercana, y forzó a Sakura a incorporarse dejando caer las almohadas detrás de su espalda.
—Soy Talia. Me han enviado a supervisar tu cuidado. Come. Nunca serás lo bastante fuerte para enfrentar la boda si no estás comiendo —reprendió ella.
Con esas palabras y un vislumbre de las paredes de piedra llenos de tapices vivamente coloreados que retrataban cazas y orgías, Sakura se desmayó de nuevo, esta vez, con gusto.
Sakura se despertó de nuevo ante una fila de sirvientas trayendo prendas de ropa interior, medias y un traje de novia.
Las mujeres la bañaron en agua perfumada ante un hogar de piedra maciza. Mientras se sumergía profundamente en la tina de madera, Sakura examinó cada pulgada del cuarto. ¿Cómo podía ser un sueño tan vívido, tan rico en olores y tactos y sonidos? El agua de baño olía a brezo fresco y lilas. Las sirvientas charlaban ligeramente mientras la bañaban. El hogar de piedra era, fácilmente, tan alto como tres hombres, subiendo hasta besar el techo y tendiéndose a lo largo de la mitad del ancho de la pared oriental. Estaba engalanado con una serie de artísticos trabajos de plata; cestos delicadamente filigranados, rosas hechas a mano que brillaban como plata fundida, cada pétalo distinto y pareciendo aterciopelado de algún modo. Sobre la gran repisa de la chimenea trabajada en áspero roble color miel, colgaba una escena de caza que pintaba una victoria sangrienta.
Su estudio fue bruscamente cortado por el chillido de la puerta. Jadeos asustados, e inmediatamente callaron las voces compeliéndola a alzar la mirada sobre un hombro desnudo, y ella, también, quedarse muda. ¡El bribón con la alfombra enmarañada en la cara!
Con las mejillas ardiendo de turbación, se hundió más profundamente en la tina.
—Milord, este no es lugar para usted —empezó una sirvienta.
Una palmada rebotó a través del cuarto, imponiendo silencio a la protesta de la criada y deteniendo a cualquiera que considerara empezar también a hablar. La gran bestia grasienta de más temprano en su pesadilla se detuvo a la altura de sus caderas ante la tina humeante, una mirada de soslayo a su cara. Los cortantes ojos marrones se encontraron con el verde cuando Sakura sostuvo su ruda mirada sin parpadear. Los ojos del hombre bajaron, investigaron la línea de agua y sondearon debajo de ella. Sonrió abiertamente a la vista de sus pezones rosados antes de que ella cruzara sus brazos y se cubriera apretadamente.
—Pienso que no le irá tan mal —murmuró el hombre. Entonces, arrastrando los ojos del agua hasta la cara inexpresiva de ella, le ordenó—: Desde este momento tu nombre es Samui Shimura.
Sakura le lanzó una mirada orgullosa.
—Mi nombre —espetó—, es Sakura Haruno.
¡Crack!
Ella levantó una mano a su mejilla con escepticismo. Una criada clamó una embozada advertencia.
—Prueba de nuevo —aconsejó él suavemente, y tan suaves como sus palabras eran, los ojos marrones brillaban gravemente duros.
Sakura se frotó la mejilla ardiente en silencio.
Y la mano del hombre se levantó y cayó de nuevo.
—¡Milady! ¡Te lo imploramos! —Una pequeña criada se dejó caer de rodillas al lado de la tina y puso una mano en el hombro desnudo de Sakura.
—Está muy bien, aconséjala, Bess. Sabes lo que hago con una chica lo bastante tonta para negarse a mí. Dilo—repitió dirigiéndose a Sakura—. Dime que tu nombre es Samui Shimura.
Cuando la palma de su mano fornida cayó de nuevo, lo hizo sobre la cara de Bess, con furia. Sakura gritó cuando él golpeó a la criada repetidamente.
—¡Deténgase! —gritó ella.
—¡Dilo! —ordenó él cuando su mano subió y cayó de nuevo. Bess sollozó al acurrucarse en el suelo, pero el hombre la persiguió, su mano ahora en un puño.
—¡Mi nombre es Samui Shimura! —gritó Sakura, medio levantada de la tina.
El puño de Shimura se detuvo en mitad del aire, y lo hundió de nuevo en sus caderas, la luz de victoria brillando en los ojos. Victoria y esa lenta y repugnante inspección de su carne.
Sakura vaciló bajo el puro libertinaje de los ojos marrones, y se sumergió de nuevo en el agua.
—No, él no consigue un mal trato en absoluto. Eres mucho más bonita que mi propia Samui —Su boca se torció en una sonrisa—. Hasta me agradaría disfrutar de esas gordas almohadas yo mismo, pero llegaste justo a tiempo.
—¿Llegado a dónde?
—Venido de dónde es mi pregunta —replicó el hombre. Sakura comprendió en ese momento que infravalorar a ese hombre brutal sería un grave error. Porque detrás de los modales desastrosos y la apariencia desaliñada, había un temple de acero y la estocada de un marcado ingenio. El brazo flojo que había derramado los golpes tenía mucho músculo. Los ojos marrones pálidos que vagaban inquietos no erraban un golpe. Él no había castigado Bess con rabia. Le había pegado en un frío, calculado acto para conseguir lo que quería de Sakura.
Ella agitó su cabeza, los ojos abiertos con confusión.
—Realmente, no tengo la más mínima idea de cómo llegué aquí.
—¿No sabes de dónde viniste?
Bess estaba sollozando suavemente, y los ojos de Sakura se oscurecieron cuando miró a la criada acurrucada en una pelota intentando moverse poco a poco lejos de Shimura. La mano de él se estiró y apresó el tobillo de la criada. Bess lloriqueó desesperadamente.
—Oh no, mi hermosa. Puedo necesitarte todavía —Los ojos la barrieron estremeciéndola con una mirada posesiva. Sakura abrió la boca cuando él rasgó el vestido de Bess y procedió a hacerlo tiras sobre su cuerpo. El estómago de Sakura latió en agonía cuando vio los grandes moretones que subían de los pálidos ijares y muslos de la criada. Moretones crueles, punzantes, de un cinturón o un látigo.
Las otras criadas huyeron del cuarto y la dejaron sola con la sollozante Bess y el loco.
—Este es mi mundo, Sakura Haruno —entonó él, y Sakura tuvo la premonición de que se tallarían profundamente, durante mucho tiempo, las palabras que estaba a punto de proferir. Él acarició el muslo tembloroso de Bess ligeramente—. Mis reglas. Mi gente. Mi voluntad para ordenar la vida o la muerte. La tuya o la de ella. Es una cosa simple lo que quiero de ti. Si no cooperas, ella muere. Entonces otra y después otra. Encontraré el mismo centro de esa tonta compasión que llevas como una mortaja. Te hace tan fácil de usar. Pero las mujeres son de esa manera. Débiles.
Sakura se sentaba en silencio, su agitada respiración acompañando los sollozos cansados de Bess.
—¡Quieta, chica! —Él palmoteó la cara de la criada, y ella se acurrucó más apretadamemente y lloró entre sus manos para sofocar el sonido.
Un día lo mataré con mis manos desnudas, se juró Sakura silenciosamente.
—No sé cómo viniste aquí o quién eres, y francamente, no me importa. Tengo un problema, y vas a arreglarlo. Si alguna vez te olvidas de lo que estoy a punto de decirte, si alguna vez fallas, si alguna vez me traicionas, te mataré después de que haya destruido todo lo que es valioso para ti.
—¿Dónde estoy? —preguntó ella apagadamente y expresó renuentemente una de las preguntas que habían estado molestándola. Tenía miedo de que una vez que empezara a hacer preguntas, realmente pudiera descubrir que no era un sueño después de todo.
—No me preocupa si estás loca —él se rió entre dientes apreciativamente—. El hecho es que prefiero saborear el pensamiento de que podrías tener palos batiendo en tu campanario. Dios lo sabe, mi Samui los tenía. Y eso es más o menos lo que él merece.
—¿Dónde estoy? —insistió ella.
—Samui tenía dificultades en recordar las cosas también.
—Entonces, ¿dónde estoy yo?
Shimura la estudió, y se encogió de hombros.
—Escocia. Shimura Keep. Mi torreón.
Su corazón dejó de pegar dentro de su pecho. No era posible. ¿Estaba de verdad desquiciada? Sakura endureció su voluntad para hacer la siguiente pregunta, la pregunta obvia, la pregunta espantosa que había estado evitando estudiosamente desde que había despertado por primera vez. Había aprendido que a veces era más seguro no hacer demasiadas preguntas, porque las respuestas podrían ser francamente enervantes. Obteniendo la respuesta a esa pregunta podría asirse frágilmente a la razón; Sakura tenía la sospecha de que dónde estaba realmente no era el único problema que tenía. Haciendo una respiración profunda, preguntó cuidadosamente:
—¿Qué año es?
Shimura se rió a carcajadas.
—Realmente eres un poco tonta, ¿no es cierto, chica?
Sakura le dirigió una furiosa mirada en silencio.
Él se encogió de hombros de nuevo.
—Es mil quinientos trece.
—Oh —dijo Sakura débilmente. Oh Dios mío, se lamentó en los confines de su mente. Hizo una respiración profunda, lenta, y se dijo que empezara desde el principio de ese misterio; quizás podría ser desenmarañado—. ¿Y quién exactamente es usted?
—Para todos los intentos y propósitos, soy tu padre, chica. Ésa es la primera de muchas cosas que nunca debes olvidar.
Un sollozo roto distrajo a Sakura temporalmente de sus problemas. La pobre y abusada Bess... Sakura no podía ver a una persona dolorida, no, sin que ella hiciera algo al respecto. Ese hombre quería algo de ella; quizá ella podría negociar a cambio por algo.
—Permite a Bess irse —dijo.
—¿Confías en mí en este asunto? —Él tenía los ojos fijos de una serpiente, comprendió Sakura. Como la pitón en el parque zoológico de Seattle.
—Permítele irse de este torreón. Dale su libertad —clarificó ella.
—¡No, milady! —chilló Bess, y la bestia rió entre dientes calurosamente.
Los ojos estaban pensativos cuando acarició la pierna de Bess.
—Creo, Samui Shimura, que no entiendes mucho de este mundo. Líbrala de mí y la condenas a la muerte por inanición, violación o algo peor. Líbrala de mis atenciones amorosas y el siguiente hombre puede no ser tan amable. Tu propio marido puede no serlo.
Sakura se estremeció violentamente cuando se esforzó en apartar la mirada de la gorda mano blanca que acariciaba rítmicamente. La fuente del dolor de Bess era la misma mano que la alimentaba. La protegía. La bilis subió a la garganta de Sakura y casi la estranguló.
—Afortunadamente, él ya piensa que estás loca, por lo que puedes hablar cuanto quieras después de este día. Pero durante este día, desde el alba hasta el crepúsculo, jurarás que eres Samui Shimura, única hija de sangre del poderoso Danzō Shimura, novia jurada de Sasuke Uchiha. Verás este día a través de cuánto yo te diga.
—Pero, ¿qué hay de la Samui real? —no pudo evitar preguntar.
¡Bofetada! ¿Cómo había conseguido el hombre pegarle antes de que ella pudiera poco más que parpadear? Cuando estuvo de pie, temblando de rabia sobre ella, él dijo:
—Los siguientes golpes no serán en tu cara, perra, porque el vestido no te cubrirá allí. Pero hay maneras de pegar que hieren aún más y no dejan ninguna marca. No me obligues.
Sakura se mantuvo callada y obediente a través de todas las cosas que él le dijo entonces. Su mensaje era simple. Si permanecía callada y obediente, viviría. Sueño o no sueño, los golpes le dolían, y tenía un presentimiento de que morir podría ser también posible.
Él dijo sus cosas entonces. Cientos de detalles que esperó ella guardara en su memoria. Ella lo hizo con determinación; le impidió temporalmente contemplar la magnitud de su clara locura. Repitió cada detalle, cada nombre, cada recuerdo que no era suyo. De la observación cuidadosa de su padre, ella pudo adivinar muchos de los recuerdos que habían pertenecido a la mujer cuya identidad ella era ahora debía asumir. Y todo el tiempo un mantra suave zumbó en el fondo de su mente: esto no puede estar pasando. Esto no es posible. Esto no puede estar pasando. Aún así, en la vanguardia de su mente, realista como era, entendió que las palabras no pueden e imposible no tenían ninguna relevancia cuando lo imposible estaba pasando, de hecho.
A menos que se despertara pronto de un pesadillesco y vívido sueño, estaba en Escocia, era el año 1513, y estaba a punto de casarse.
