CAPÍTULO 6

Si ese hombre en la forja no era su marido, querido Dios en el cielo, ¿qué iba ella a encontrar cuando se diera la vuelta? ¿Se atrevería?

Se volvió ligeramente, como si un pequeño atisbo pudiera ser más seguro, minimizando el impacto. Sakura descubrió pronto cuán equivocada estaba. Nada podría minimizar el impacto de ese hombre.

Valhalla a la derecha. El paraíso recobrado a la izquierda.

Atrapada entre una trufa de Godiva y un eclair de chocolate.

Entre una roca y un lugar muy duro. Dos lugares muy duros hasta donde podía ver. Odio a los hombres guapos, se recordó internamente. Los odio. Los odio. Los odio. Todavía puedo resistirme...

Unas manos sujetaron su cintura desde atrás mientras el herrero la empujaba contra su cuerpo esculpido.

—¡Permite que me vaya! —gritó ella, la niebla extraña alzándose de su cerebro.

El herrero la soltó.

Y ese hombre muy grande, hermoso que la enfrentaba —el legendario Sasuke— estaba brillando como Odín, preparándose a desintegrarla con un rayo. Ella resopló.

—No me mires a mí. No te molestaste en presentarte a nuestra boda siquiera —Sakura empezó furiosamente. Si ella realmente fuera Samui, ¿cómo se habría sentido? ¡Cuán terrible ser casada como un pedazo de propiedad y tratada tan miserablemente por los nuevos parientes!—. Me paso dos miserables y húmedos días en la parte de atrás de una jaca y... ¿deja de llover alguna vez en este lugar alejado de la mano de Dios? ¡Dos días nos tomó llegar aquí! El cortés Naruto se libró de mí al minuto que pusimos un pie en Dalkeith. No te molestas en saludarme siquiera. Nadie me muestra un cuarto. Nadie me ofrece algo de comer. O beber, ya que estamos —Ella hizo una pausa en su letanía y se apoyó contra un árbol, las manos en sus caderas, un pie tamborileando—. Y entonces, ya que no puedo encontrar ninguna parte donde dormir sin temer que pertenezca a alguien más, me marcho vagando finalmente, hasta que te molestas lo bastante para presentarte, ¿y ahora me miras así? Bien, quiero saber...

—Silencio, chica.

—No soy el tipo de mujer que puedes empujar a un lado y después tomar dócilmente. Sé cuándo no me quieren.

—Te quieren, ciertamente —ronroneó el herrero.

—No necesito que me peguen en la cabeza con una tonelada de piedras...

—Dije que hagas silencio.

—¡Y yo no me casé sin estar presente! —agregó ella, orgullosa de haber pensado en eso. Sí, Samui ciertamente se habría ofendido.

—¡Silencio! —rugió Sasuke.

—¡Y no recibo órdenes! ¡Ummmph! —Sakura gruñó cuando su marido arremetió la distancia que los separaba y la desplomó en el suelo. Una vez ella cayó a tierra, con la delicadeza de un rinoceronte pequeño, él rodó sobre ella varias veces, encerrándola en la curva de su brazo. Sakura pudo oír al herrero maldecir suavemente, entonces el sonido de pies corriendo, mientras ella luchaba poderosamente contra su abrazo acerado.

—¡Cálmate! —gruñó Sasuke, su respiración cálida contra su oreja. Le tomó unos momentos comprender que él estaba sosteniéndola casi protectoramente, como escudándola con su cuerpo. Sakura levantó la cabeza para ver los ojos oscuros examinando intensamente el borde del bosque.

—¿Qué estás haciendo? —susurró ella, con su corazón martilleando. Por dar volteretas tan bruscamente, se aseguró, no por ser acunada en los brazos poderosos de ese hombre. Se retorció.

—Cálmate, he dicho.

Ella se retorció una vez más, en parte para molestarlo y en parte para conseguir sacar la pierna de él de entre sus muslos, pero sólo alcanzó a terminar con sus nalgas apretadas contra su... oh, Dios, ¡ciertamente él no debía ser así todo el tiempo! Dió grandes tirones para deshacerse del contacto y oyó un porrazo embozado, el sonido de huesos que pegan contra huesos cuando su cabeza golpeó la mandíbula masculina con un sonoro thwack. Él maldijo suavemente, entonces el retumbar de su risa de barítono vibró tanto como sus brazos apretados alrededor de ella.

—Una pequeña bruja, ¿no es cierto? —dijo él en su oreja.

Ella se esforzó violentamente.

—¡Déjame ir!

Pero él no lo hizo. Sólo alivió su presión firme lo bastante para darse la vuelta y que ella yaciera encima de él y lo enfrentara. Un gran, gran error, pensó Sakura fúnebremente. Presentaba una nueva y completa serie de problemas, y empezaba con sus senos aplastándose contra él, su pierna atrapada entre las suyas, y sus palmas extendidas en su pecho musculoso. Su camisa de lino blanca estaba abierta y un puro calor masculino brotaba de su pecho ancho. Había una gota de sangre en su labio inferior arrogantemente encorvado, y por un momento desquiciado, ella consideró lamerlo realmente. En un movimiento veloz, elegante, el hombre la rodó bajo él y ella perdió la respiración. Sus labios se abrieron. La muchacha lo miró con muda fascinación y supo en ese momento espantoso, que el hombre con el que se había casado por poderes estaba a punto de besarla y estaba segura de que su vida nunca sería la misma si lo hiciera.

Ella gruñó. Él sonrió y bajó su cabeza hacia la suya.

Justamente entonces el herrero regresó corriendo al claro.

—¡Ni una condenada cosa! —increpó—. Quienquiera que haya sido se marchó.

Sasuke se irguió por la sorpresa y Sakura aprovechó el momento para empujarlo. Podría bien haber intentado empujar la Esfinge por la arena hasta el Nilo.

Sólo entonces Sakura vio la flecha que todavía temblaba en el árbol donde ella había estado momentos antes de pie, riñendo a su nuevo marido seriamente. Los ojos se ensancharon cuando miró interrogante a Sasuke. Era todo demasiado raro.

—¿A quién has ofendido? —Su marido la agitó con fuerza—. ¿Quién busca matarte?

—¿Cómo sabes que ellos no te buscaban a ti, que no fue simplemente un mal tiro?

—Nadie quiere matarme, chica.

—Por lo que he oído, tu última amante intentó hacer justamente eso —replicó ella ofensivamente.

Él palideció ligeramente bajo el profundo bronceado de su piel.

El herrero se rió.

El cuello de la muchacha estaba dolorido de tanto mirarlo hacia arriba.

—Sal de encima de mí —gruñó a su marido.

No estaba preparada para que los ojos de Sasuke se oscurecieran, rodaran sobre ella y la empujara contra sí.

—Aunque persistes en rechazarme, esposa, creo que podrías necesitarme —dijo Sasuke suavemente.

—No lo creo —ella se retorció furiosamente.

—Estaré aquí, si lo reconsideras.

—Me arriesgaré. Nadie había disparado algo en mi dirección hasta que te presentaras. Eso hace dos intentos que conozco en tu contra, y ninguna en la mía —Se puso de pie y sacudió su vestido. La suciedad y las ortigas se pegaban al tejido pesado. Se sacó unas hojas del pelo y desempolvó su trasero hasta que percibió una sensación incómoda. Despacio, levantó los ojos de su ropa para encontrar a ambos hombres mirándola con la intensidad de lobos. Lobos grandes y hambrientos.

—¿Qué? —espetó ella.

El herrero se rió de nuevo. El sonido era profundo, oscuro y misterioso.

—Creo que la señora no ve qué dulcemente cruel es la llama de su belleza.

—Ahórramelo —dijo ella cansinamente.

—Pura como el alba de su rubor de muchacha, rica, madura y profundamente voluptuosa —Su marido no permitiría ser sobrepasado.

Sakura golpeó un pie y miró furiosamente a ambos. ¿Dónde estaba su Shakespeare cuando lo necesitaba?

—Por mí te ha jurado pura y te imagina luminosa, aquel de quien el arte es tan negro como el infierno, tan oscuro como la noche —ella murmuró.

El herrero tiró su cabeza atrás y rugió de risa. Los labios de su marido se encorvaron en una sonrisa, apreciando su ingenio.

Sasuke se puso de pie entonces y extendió su mano.

—Imploro hagas la paz conmigo, chica.

Implorar. El hombre podría hacer a un ángel llorar. Pero ella tenía hambre. Sed. Estaba cansada. Tomó su mano y se juró furiosamente no tomar nada más. Nunca.

Cuando su marido la guió fuera del claro, la voz del herrero los siguió en una brisa perfumada de jazmín, y ella se sorprendió de que su marido no reaccionara. O no era un hombre posesivo, o simplemente no lo había oído. Pero claramente ella oyó al herrero decir:

—Mujer que rinde a todos los hombres como débiles gatitos por la crema, puedo tomarte en lugares que sólo has imaginado en tus sueños.

—Pesadillas —refunfuñó ella, y lo oyó reírse suavemente detrás de ella.

Su marido la miró con curiosidad.

—¿Qué?

Ella suspiró pesadamente.

—La yegua que anoche monté fue una pesadilla. Debo dormir un poco.

Él asintió.

—Y entonces nosotros hablaremos.

Seguro. Si todavía estoy en este lugar perdido de la mano de Dios cuando despierte.

Sasuke Uchiha rascó su mandíbula sin afeitar con una mano callosa. ¿Enojo? Quizás. Escepticismo, ciertamente. Pero posesividad... ¿De dónde infiernos había venido eso?

Furia. Sí, ahí estaba. La furia fría y oscura estaba carcomiéndolo desde dentro y el espirituoso whisky escocés estaba ayudando sólo a mitigar el dolor.

Él había estado de pie y había mirado a su nueva esposa con hambre en los ojos. Él la había visto sufrir el hambre cruda y primaria por un hombre... y no era él. Increíble.

—Deja de beber o nunca llegaremos a Uster mañana — advirtió Naruto.

—No voy a marcharme a Uster mañana. Mi esposa podría tener un bebé cuando volviera.

Naruto sonrió abiertamente.

—Está completamente furiosa contigo, sabes.

—¿Ella está furiosa conmigo?

—Estabas demasiado bebido como para casarte con ella, mucho menos para acostarte con ella, y ahora te pones nervioso porque miró con agrado a Neji.

—¿Con agrado? ¡Da a la chica una cuchara y la habría resbalado sobre él, lamiéndose los labios para cenárselo!

—¿Y?

—Ella es mi esposa.

—Och, esto está poniéndose demasiado profundo para mí. Dijiste que no te preocupaba lo que hiciera una vez que estuviera hecho. Juraste honrar el troth y lo hiciste. ¿Entonces por qué esta ira tonta, Sasuke?

—Mi esposa no me hará cornudo.

—Creo que un marido sólo puede ser cornudo si le preocupa. Y a ti no te preocupa.

—Nadie me preguntó si me preocupaba.

Naruto pestañeó, fascinado por la conducta de Sasuke.

—Todas las chicas miran así a Neji.

—Ella no me notó siquiera. Es a Neji a quien quiere. ¿Y quién en el maldito infierno contrató a ese herrero de todas maneras?

Naruto meditó en su bebida.

—¿No era Thomas el herrero?

—Pensé que él, sí.

—¿Dónde ha ido Thomas?

—No lo sé, Naruto. Es por eso que te pregunté.

—Bien, alguien contrató a Neji.

—¿No lo hiciste?

—No. Yo pensé que lo hiciste tú, Sasuke.

—No. Quizá él es el hermano de Thomas y Thomas está enfermo.

Naruto se rió.

—¿Thomas el feo, su hermano? No hay una sola posibilidad de eso.

—Líbrate de él.

—¿De Neji?

—Sí.

Silencio.

Entonces...

—¡Por los santos, Sasuke, no puedes hablar en serio! No es propio de ti quitar el sustento a un hombre debido a la manera en que una chica lo mira...

—Sucede que esa chica es mi esposa.

—Sí; la misma que no querías.

—He cambiado de idea.

—Además, es quien mantiene a Kin bastante contenta, Sasuke.

Sasuke suspiró profundamente.

—Así que es eso.

Él hizo una pausa de varios latidos celosos de corazón.

—¿Naruto?

—¿Humm?

—Dile que mantenga la ropa puesta mientras trabaja. Y esa es una orden.

Pero Sasuke no podía dejarlo en paz. Su mente percibió a dónde sus pies lo habían llevado cuando entró en el margen ambarino de luz del fuego de la forja de Neji, bajo los árboles de serbal.

—Bienvenido, Lord Sasuke de Dalkeith-Upon-the-Sea.

Sasuke giró hasta estar nariz con nariz con el herrero reluciente, que había conseguido llegar desde detrás de él de algún modo. No muchos hombres podían tomar a Sasuke por sorpresa, y por un instante Sasuke estuvo tan asombrado como irritado con el herrero.

—Yo no te contraté. ¿Quién eres?

—Neji— contestó el herrero fríamente.

—¿Neji qué?

El herrero lo ponderó, entonces encendió una sonrisa pícara.

—Neji Hyūga.

—¿Quién te contrató?

—Oí que necesitabas un hombre para cuidar la forja.

—Aléjate de mi esposa —Sasuke se sobresaltó al oír las palabras dejar sus labios.

¡Por los Santos, parecía un marido celoso! Había pensado lanzar la pregunta de quién había contratado al herrero, pero al parecer no tenía más control sobre sus palabras de lo que tenía sobre sus pies; por lo menos, no en lo que a su nueva esposa concernía.

Neji rió perversamente.

—No haré ninguna cosa que la señora no quiera que haga.

—No harás ninguna cosa yo no quiera que hagas.

—Oí que la señora no te deseaba.

—Lo hará.

—¿Y si no lo hace?

—Todas las mujeres me desean.

—Qué cómico. Yo tengo justamente el mismo problema.

—Eres extrañamente descortés para ser herrero. ¿Quién era tu laird antes?

—No he conocido a ningún hombre digno de llamar amo.

—Qué cómico, herrero. Yo tengo justamente el mismo problema.

Los hombres se mantuvieron nariz contra nariz. Acero contra acero.

—Puedo ordenarte salir de mis tierras —dijo Sasuke rígidamente.

—Ah, pero entonces nunca sabrás si ella te escogería a ti o a mí, ¿verdad? Y sospechando que haya un profundo grano de decencia en ti, algo que clama por cosas tan anticuadas como la honradez y la caballerosidad, el honor y la justicia... Sasuke tonto. Todos los caballeros estarán pronto muertos, como polvo de sueños que pasan por la imaginación inconstante del tiempo.

—Eres insolente. Y a partir de este momento, estás desempleado.

—Tienes miedo— se maravilló el herrero.

—¿Miedo? —Sasuke se hizo eco incrédulamente. ¿Se atrevía ese estúpido herrero pisar en sus tierras y decir que él, el legendario Sasuke, tenía miedo?—. Yo no temo a nada. Ciertamente no a ti.

—Sí lo haces. Viste cómo tu esposa me miraba. Tienes miedo de que no pueda mantener sus manos lejos de mí.

Una sonrisa amarga, burlona, encorvó los labios de Sasuke. Él no era un hombre dado al autoengaño. Tenía miedo de no poder mantener a su esposa lejos del herrero. Lo mortificaba, lo incitaba, y encima el herrero también había acertado sobre su decencia subyacente. Decencia que exigía, como Naruto había sospechado, que no privara a un hombre de su sustento debido a su propia inseguridad sobre su esposa. Sasuke sufría el extraño defecto de ser noble, honrado hasta el final.

—¿Quién eres realmente?

—Un simple herrero.

Sasuke lo estudió a la luz de la luna que clareaba a través de serbal. Nada simple. Algo se arrastró a su mente y flotó en su memoria, pero no podía acertar a descubrirlo.

—Te conozco, ¿verdad?

—Lo haces ahora. Y pronto, ella me conocerá también.

—¿Por qué me provocas?

—Me provocaste primero cuando agradaste a mi reina.

Sasuke buscó en su memoria una reina a quien él hubiera agradado. Ningún nombre le vino a la mente; pero normalmente no lo hacían. Aún así, el hombre había puesto su juego en claro. En alguna parte, alguna vez, Sasuke había hecho volver la cabeza a la mujer de ese hombre. Y el hombre quería ahora jugar el mismo juego con él. Con su esposa. Una parte de él intentó que no le importara, pero desde el momento en que había puesto ojos en Mad Samui, había sabido que estaba por primera vez en su vida en problemas. Profundamente, en su cabeza, tenía el destello de los ojos color de las esmeraldas llamándolo hacia las arenas movedizas, y él habría ido de buena gana.

¿Qué decirle a un hombre cuya mujer has tomado? No había nada que decir al herrero.

—No tenía ninguna intención de ofender —ofreció Sasuke por fin.

Neji giró alrededor y su sonrisa se encendió demasiado brillantemente.

—Ofensa por ofensa, todo es justo en la lujuria. ¿Buscas todavía sacarme de aquí?

Sasuke encontró su mirada por largos instantes. El herrero tenía razón. Algo en él clamaba por justicia. Las batallas justas se luchaban en igualdad de condiciones. Si él no pudiera retener a una chica, si la perdiera ante otro hombre... Su orgullo ardió, caliente. Si su esposa lo dejara, más allá de si él la había querido desde el principio o no, y encima por un herrero, bien, la leyenda de Sasuke se cantaría en una runa inmensamente diferente.

Pero peor incluso sería que, si él despidiera el herrero esa noche, nunca sabría con toda seguridad si su esposa lo habría escogido por encima de Neji Hyūga. Y le importaba. La duda lo atormentaría eternamente. La imagen de ella cuando había estado de pie ese día y se había apoyado contra un árbol, mirando fijamente al herrero... ¡ah! Eso le daría pesadillas de igual modo en la ausencia de Neji.

Permitiría al herrero quedarse. Y esa noche Sasuke seduciría a su esposa. Cuando estuviera completamente convencido de donde descansaban sus afectos, bien, quizá entonces podría despedir al bastardo.

Sasuke ondeó una mano desapasionadamente.

—Como tú quieras. No ordenaré que te marches.

—Como yo quiera. Me gusta eso —contestó Neji Hyūga sencillamente.

Sasuke atravesó el patio despacio y frotó su cabeza, que todavía le dolía un poco de la embriaguez de tres noches atrás. El troth que el Rey James había ordenado estaba cumplido. Sasuke se había casado con la hija de Shimura, y así consumado el decreto final de James. Dalkeith estaba una vez más segura.

Sasuke había esperado que fuera de la vista significara de verdad fuera de la mente, y que el Rey James se olvidara de Dalkeith-Upon-the-Sea. Todos esos años, había hecho la voluntad de James, sólo para tener una demanda más del rey para él: gracias al decreto real, James había tomado de Sasuke su última instancia de libertad.

¿Por qué lo había sorprendido? Durante quince años el rey había estado encantado apropiándose de sus libertades y las había calibrado bajo la única opción de obedecer a su rey o morir, junto con su clan entero.

Recordó el día que James lo había convocado, sólo tres días antes de acabar su servicio.

Sasuke se había presentado, picada su curiosidad por el aire de anticipación tensa que saturaba el espacioso cuarto del trono. Atribuyéndolo todavía a otro de los designios de James —y esperando que no tuvieran que ver con él o Dalkeith—, Sasuke se acercó a la tarima y se arrodilló.

—Hemos arreglado un matrimonio para ti —había anunciado James cuando la habitación estuvo en silencio.

Sasuke se envaró. Podía sentir los ojos de los cortesanos descansando pesadamente en él; con diversión, con burla y un toque de... ¿piedad?

—Hemos seleccionado a la más conveniente... —James hizo una pausa y rió resentidamente— esposa para agraciar el resto de tus días en Dalkeith.

—¿Quién? —Sasuke se permitió sólo una palabra. Decir más habría traicionado el irritado rechazo que se cocía a fuego lento en sus venas. No podía confiar en sí mismo para hablar cuando cada onza de él gritaba en desafío.

James sonrió y convocó a Danzō Shimura para acercarse al trono, y Sasuke casi rugió de rabia. ¡Ciertamente no con la famosa Mad Samui! ¡James no le obligaría que a casarse con la solterona loca que Danzō Shimura mantenía en su torre lejana!

La esquina del labio de James se torció hacia arriba en una sonrisa corva.

—Hemos escogido a Samui Shimura como tu novia, Sasuke Uchiha.

Una risa suave se desgajó a través de la corte. James frotó alegremente sus manos.

—¡No! —La palabra escapó de Sasuke en un estallido de aire; demasiado tarde, él intentó evitarlo.

—¿No? —se hizo eco James, su sonrisa al instante fría—. ¿Te oímos negarte a Nuestra orden?

Sasuke depositó la mirada en el suelo. Hizo una respiración profunda.

—No, mi rey. Temo que no me expresé claramente —Sasuke hizo una pausa y tragó duro—. Lo que quise decir fue 'No, ya has sido demasiado bueno conmigo' —La mentira quemó sus labios dejando el sabor del orgullo carbonizado en su lengua. Pero mantuvo segura a Dalkeith.

James se rió entre dientes, grandiosamente divertido por la capitulación rápida de Sasuke, mientras disfrutaba de la magnitud de sus poderes reales. Sasuke reflexionó amargamente que una vez más, James tenía todas las cartas en su poder.

Cuando James habló de nuevo, su voz goteaba veneno.

—Falla en casarte con la hija de Shimura, Sasuke Uchiha, y Nosotros limpiaremos todo rastro de Uchiha de Escocia. Ni una gota de tu linaje sobrevivirá a menos que lo hagas.

Era la misma amenaza que James siempre había usado contra Sasuke Uchiha, y la única que podía ser tan cruelmente eficaz, una y otra vez.

Sasuke inclinó su cabeza para esconder su enojo.

Él habría querido escoger a su propia esposa. ¿Era mucho pedir? Durante sus quince años de servicio, lo había mantenido el pensamiento de escoger a una mujer propia, de volver a Dalkeith y criar a una familia lejos de la corrupción de la corte de James; había guardado sus sueños intactos a pesar de los esfuerzos del malhumorado rey de destruirlos uno por uno. Aunque Sasuke no era un hombre que creyera en el amor, creía en la familia y el clan, y el pensamiento de pasar el resto de sus días con una buena mujer, rodeado de niños, lo atraía inmensamente.

Él quería pasear por la costa y contarles historias a sus hijos. Quería hijas encantadoras, y nietos. Quería llenar la guardería de Dalkeith. Och, la guardería... el pensamiento lo picó; esta nueva imposición era la más amarga y dolorosa que el rey le había hecho alguna vez. ¡Nunca podré llenar ahora la guardería, no si mi esposa lleva en sí las semillas de la locura!

No habría ningún pequeño —por lo menos legítimo— para Sasuke. ¿Cómo podría tener nunca un niño para proclamarlo como propio?

Sasuke nunca había hablado de su deseo por una familia; sabía que si James lo averiguaba, erradicaría cualquier esperanza sobre eso. James lo había averiguado de algún modo, o bien había decidido que como él no había podido tener la esposa que había deseado, Sasuke tampoco.

—Levanta tu cabeza y míranos, Sasuke —ordenó James.

Sasuke levantó su cabeza despacio y fijó en el rey los ojos sin brillo.

James lo estudió; entonces, volvió su mirada brillante hacia Danzō Shimura y añadió una amenaza final para asegurar su cooperación:

—Destruiremos a los Shimura, también, si este troth es desafiado. ¿Oyes lo que decimos, Danzō Shimura? No nos falles.

Laird Shimura parecía perturbado por la extraña orden de James.

Arrodillándose ante el séquito de James, Sasuke dominó hasta el último de sus rebeldes pensamientos. Reconoció las miradas compasivas de los soldados con quienes había servido; la simpatía de la mirada de Naruto; el odio satisfecho y la burla arrogante de algunos lores que hacía mucho tiempo habían notado el éxito de Sasuke con las mujeres, y aceptó el hecho que se casaría con Samui Shimura aún cuando ella fuera una vieja arrugada y sin dientes, enferma, perturbada. Sasuke Uchiha siempre haría cualquier cosa para salvar a Dalkeith y mantener segura a su gente.

El molino de los rumores había desprendido historias interminables sobre Samui Shimura, una solterona loca, encarcelada porque estaba incurablemente desquiciada.

Cuando Sasuke pisó el sendero empedrado de guijarros de la entrada de Dalkeith, se rió en alto de la imagen falsa que había creado en su mente de Mad Samui.

Él comprendió que James no había sabido obviamente mucho más de ella que otros, porque James nunca habría ligado a Sasuke a semejante mujer si hubiera sabido que ella le gustaba de verdad. Era demasiado hermosa, demasiado ardiente. James había pensado en hacer que Sasuke sufriera, y la única manera en que un hombre sufriría junto a esa mujer sería si no pudiera poner sus manos en ella, si no pudiera degustar sus besos y pudiera disfrutar su promesa sensual.

Sasuke no había esperado nada como la luminosa criatura de seda de temperamento apasionado que había encontrado en la forja. Había enviado a Naruto en el último día a casarse con la chica por poderes, pensando ignorarla totalmente cuando llegara. Había aclarado expresamente que nadie debía darle la bienvenida. La vida seguiría en Dalkeith como si nada hubiera cambiado. Él había decidido que si ella estaba la mitad de loca como los chismes contaban, probablemente no podría incluso entender que estaba casada. Había concluido que podría encontrar alguna manera de tratar con ella, aún cuando significara confinarla en alguna parte, lejos de Dalkeith. James había pedido que se casara, no había dicho nada sobre compartir cuartos toda la vida.

Y entonces, había puesto los ojos en Mad Samui Shimura. Como una diosa apasionada, ella lo había desollado con sus palabras y había evidenciado una unión de ingenio y de belleza no terrenal. Ninguna mujer que pudiera recordar había revuelto en él el firme, hondo apetito que había sufrido cuando la había acariciado con los ojos. Mientras ella había estado acariciando al condenado herrero con los suyos.

Los rumores no podían estar más equivocados. Si Sasuke hubiera podido escoger una mujer, las cualidades que Samui poseía —la independencia, una mente rápida, un cuerpo delicioso y un corazón fuerte— hubieran sido todos los atributos que habría buscado.

Quizás, meditó Sasuke, la vida podía tomar simplemente un giro para mejor después de todo.