CAPÍTULO 9

—Veneno.

El rostro de Sasuke era austero y oscuro. Estudió el dardo diminuto que el viejo sanador había puesto en la tela cuidadosamente.

—Callabron. —El sanador pasó sus dedos a través de su larga barba blanca y se levantó de una silla al lado de Sakura.

Sasuke gimió. El Callabron no era un veneno gentil. Contenía una toxina viciosa y lenta, que causaría dolor prolongado durante días antes de que acabara despacio en la muerte por sofocación, cuando la toxina paralizara el cuerpo.

Sasuke sabía que no había ninguna cura. Había oído hablar del veneno durante su servicio al Rey James. Se rumoreaba que había costado las vidas de muchos hermanos reales: cuando uno buscaba eliminar a un futuro rey, no se arriesgaba con un veneno que pudiera fallar. Sasuke dejó caer la cabeza entre las manos y frotó furiosamente los ojos doloridos y nublados. La intensidad del calor de las altas llamas no estaba ayudando. Pero el calor la aliviaría, había dicho el sanador. Podría aplacar la fiebre. Aún así... ella moriría.

¡Tómame a mí, solamente sálvala a ella!, deseó Sasuke con todo su corazón.

—Podemos aliviar su dolor. Hay cosas que yo puedo darle... —dijo el sanador suavemente.

—¿Quién? —gruñó Sasuke, ignorando al anciano—. ¿Quién desearía hacer esto? ¿Por qué matarla? ¿Qué ha hecho ella?

El sanador retrocedió y mantuvo los ojos cerrados.

En la puerta, Mikoto aspiró en una respiración elaborada.

—¿Es Callabron, entonces?

—Sí. La piel se ha teñido de negro alrededor de la abertura, y esas líneas verdes pálidas salen de él. Es la mordedura mortal del Callabron.

—No puedo perderla, Sasuke —demandó Mikoto. Sasuke levantó su cabeza despacio de sus manos.

—Madre. —La palabra era una súplica desesperada, por ella y por sí mismo. Su madre la cuidaría mejor. Pero él sabía que ella no podía ayudarla.

—Algunos dicen que es más humano acabar el sufrimiento en las fases tempranas —ofreció el sanador muy suavemente, sin encontrar la mirada de Sasuke.

—¡Basta! —Sasuke impuso silencio con un grito—. Si todo lo que puedes traer es oscuridad y condenación, ¡entonces vete!

El orgullo y la indignación atiesaron la espalda del sanador.

—Milord...

—¡No! ¡No quiero nada! ¡Nosotros no la mataremos! ¡Ella no morirá!

—Quizás los Rom podrían conocer alguna cura —sugirió Mikoto suavemente.

El sanador resolló desdeñosamente.

—Le aseguro, milady, que los Rom no conocen nada por el estilo. Si yo le digo que no hay ninguna cura, puede estar segura de que nadie puede sanarla. Esa banda de vagos asesinos, timadores, y dedos ligeros no puede ciertamente. El viejo sanador encontró abruptamente la mirada oscura de Sasuke.

—Sería bueno intentarlo —Sasuke estaba de acuerdo con Mikoto.

—¡Milord! —protestó el sanador vehementemente—. ¡Los Rom no son más que andrajosos ilusionistas! Ellos están...

—...acampando en mi tierra —lo cortó Sasuke severamente—, como lo han hecho por más de treinta estaciones, con mi bendición, así que guarda bien tu lengua, anciano. Si estás tan seguro de que no saben nada, ¿por qué debes preocuparte si vienen?

El sanador sonrió con desprecio.

—No creo que las danzas salvajes y los cantos y el olor a sucio de algunas cosas momificadas de quién sabe qué, serían buenos para mi paciente —espetó.

Sasuke resopló. Era obvio que el sanador no sabía nada sobre los Rom, la orgullosa banda de personas que huían de país en país buscando sólo la libertad para vivir donde ellos escogieran. Como tantos que se habían atrevido a luchar por lo que creían, frecuentemente fueron mal entendidos y temidos. La tribu gitana que acampaba en Dalkeith era una comunidad estable de personas talentosas y sabias. Aunque discutiblemente supersticioso, Sasuke había encontrado muchos de sus "instintos" exactos.

Pero ese sanador, como tantos otros, tenía miedo de lo que era diferente y entonces lo condenaba. La ignorancia se traducía en miedo, que rápidamente se volvía persecución. Sasuke lanzó una intensa y acerada mirada al anciano y gruñó:

—Algo que podría sanar a mi esposa sería bueno para ella. No me preocupa si se momifican cerebros de sapos. O momificaran cerebros de sanadores, si vamos al caso.

El sanador cerró la boca e hizo una rápida señal de la cruz.

Sasuke frotó sus ojos y suspiró. Los Rom eran tan buena chance como cualquier otra. Ordenó a un guardia de la puerta despachar rápidamente a un mensajero al campamento.

—Creo que estás cometiendo un gran error, milord.

—El único error que está cometiéndose en este cuarto es que estás abriendo tu boca de nuevo— gruñó Sasuke.

El sanador se irguió furiosamente, sus viejas articulaciones estallando en protesta. Con los labios fruncidos, quitó un frasco de piedra sellado con cera y firmemente tapado de dentro de su túnica. Lo puso en el hogar; entonces con la audacia y la temeridad adquirida por aquéllos que han sobrevivido plagas, hambre y guerras para alcanzar una vejez avanzada, el sanador se atrevió a agregar:

—Podrías escoger usarlo cuando tus Rom fallen. Porque fallarán —antes de huir del cuarto en una agitación de crujidos de articulaciones y miembros delgados.

Sasuke agitó su cabeza y miró pensativamente a la mujer estremeciéndose en la cama. Su esposa. Su esposa agonizante, encantadora, orgullosa, tempestuosa. Él se sentía absolutamente desvalido.

Mikoto cruzó el cuarto y tiró de la cabeza de su hijo hacia el consuelo de su pecho.

—Sasuke, mi dulce Sasuke —murmuró ella, con esos sonidos sin sentido que sólo una madre conoce.

Un momento largo pasó, entonces Sasuke retiró su cabeza. Si él no podía ofrecerle consuelo a su esposa, él no aceptaría consuelo de su madre.

—Dime de nuevo exactamente lo que pasó en los jardines.

—Ven, dulce prostituta —ordenó Neji, y Kin obedeció.

Ella estaba ahora más allá de la redención. Kin sabía quién era Neji Hyūga al ir hacia él. Su gente siempre lo había sabido, y acordaban ser cautelosos. Particularmente al tratar con él: incitar su ira, o meramente volverse foco de su atención, podría ser la copa de la muerte para una nación entera. Y aunque ese poder fenomenal inspiraba inmenso terror en las venas de Kin, también era un afrodisíaco irresistible.

¿Qué lo había traído allí?, se preguntó ella. Fue su último pensamiento coherente cuando él empezó a hacer esas cosas a su cuerpo que la volvían loca. Su rostro estaba oscuro de pasión sobre ella, dorada en la luz ambarina del fuego bajo el serbal. El olor de sándalo y jazmín subió de la tierra humeante alrededor de ellos. Apenas amanecía cuando ella pudo finalmente arrastrarse de su forja.

Neji chasqueó sus dedos y consideró su estrategia mientras miraba a la mujer vacilante salir de su tienda con piernas débiles.

—¡Bromista!

La palabra vino repentinamente, áspera y condenatoria.

Neji se tensó.

—¿Llamaste, mi Rey? —preguntó, dirigiéndose a su amo invisible.

—¿Qué has hecho esta vez, Neji?

—Estaba haciendo mis cosas con una muchacha gitana, ya que preguntas. ¿Qué sucede?

—La Bella está agonizando.

—¿Sakura? —se sobresaltó Neji—. No. No por mi mano.

—Bueno, ¡arréglalo!

—De verdad, mi Rey, yo no tuve nada que ver con eso.

—No me preocupa. Arréglalo. Nuestra Reina estaría furiosa si arriesgáramos el Pacto.

—Lo arreglaré. ¿Pero quién buscaría ver en la tumba a la Bella?

—Es tu juego, Bromista. Ejecútalo más cuidadosamente. Ya la Reina pregunta por ti.

—¿Me extraña? —se regocijó Neji por un momento.

Hashirama resopló.

—La puedes haber agradado en el pasado, pero yo soy su Rey.

Sakura estaba ardiendo. Atada a una estaca, como una bruja antigua entrampada entre una montaña de maderas llameantes, mientras los aldeanos miraban plácidamente. ¡Ayúdenme!, rogó a través de los labios resecos cuando se convulsionó en el humo fluctuante. Se estaba ahogando, sofocada, y entonces sintió la sensación horrorosa de mil hormigas de fuego que echaban a correr frenéticamente una y otra vez bajo su piel.

Ella ignoraba que Sasuke lavaba con esponjas su frente, bañando su cuerpo con telas frescas, y envolviéndola en sedas suaves. Él empujó pámpanos húmedos de pelo de su frente y la besó suavemente. Atizando el fuego, regresó rápidamente para descubrirla revolviéndose con violencia contra el capullo cómodo de mantas que el sanador había asegurado podría aliviar su fiebre.

La desesperación lo absorbió, más brutal y salvaje que la más feroz tormenta de las Highlands.

Un gemido primitivo escapó de sus labios cuando Sasuke miró los rasguños perversos de su piel, donde ella se había rascado en un esfuerzo vano por suavizar el ataque de la bestia feroz que la fiebre habría conjurado para atormentarla. Ella se rascaría hasta quedar en carne viva si no la detenía, y sin embargo, no podía aún ligar sus manos como el sanador había recomendado. Una visión de ella fatigándose contra las ataduras fluctuó a través de los ojos de su mente, y se tragó un aullido amargo de furia impotente. ¿Cómo podría emprender él la guerra contra un invasor invisible que no tenía ninguna vulnerabilidad conocida? ¿Cómo podría derrotar él un veneno que no tenía ninguna cura?

Sólo hizo una pausa de un latido de corazón antes de arrancar la camisa de su cuerpo y dar puntapiés para sacarse las botas. Vestido sólo con su kilt, subió a la cama y se envolvió alrededor de ella, apretando la espalda de la muchacha contra él herméticamente.

—¡Sakura! —maldijo bruscamente cuando la acunó en sus brazos. ¿Cómo podría sentir tanto dolor por una virtual extraña? ¿De dónde salía ese sentimiento de que ellos debían haber tenido más tiempo?

Apoyó su espalda contra la pared y la acunó entre sus piernas, sus brazos envolviéndola herméticamente mientras ella se agitaba y estremecía, su barbilla descansando sobre la cabeza dorada.

En la profunda noche la fiebre alcanzó su punto máximo, y ella habló y lloró lágrimas plateadas.

Nunca sabría que él las besó, una por una.

Nunca sabría que él escuchó con un corazón dolorido cuando lloró por un hombre que no la merecía, y que él deseó con todas sus fuerzas haber sido el primer hombre que ella había amado.

Sasori Akasuna. El bastardo que había roto el corazón de su esposa.

¿Qué tipo de escocés que se respetara a sí mismo se llamaría Sasori?

En las horas pequeñas de alba, Sasuke tocó el ébano liso de la pieza de ajedrez que Naruto le había dado, y que Sakura había pedido en su delirio. Él la estudió y se preguntó por qué esa pieza del juego era tan importante para que, cuando estaba muriendo, la buscara tan desesperadamente en los corredores ardientes de su mente.

Fue la conmoción la que lo despertó, arrastrándolo de un profundo e insomne sueño. Negándose a abrir los ojos, sintió su ambiente primero con sus sentidos.¡Condenación, ella todavía estaba ardiendo! Más caliente, si era posible. Su esposa de días escasos que moría en sus brazos. ¿Qué lo había despertado? ¿Era el Rom, finalmente, que había llegado?

—¡Permíteme pasar! —la voz del herrero tronó desde más allá de la puerta cerrada, lo bastante ruidosamente para sacudirlo. Sasuke despertó totalmente. La voz de ese hombre hizo que su cuerpo se preparara para la batalla.

—Sasuke te matará, hombre —se mofó Naruto—. No le gustará que hayas venido, y no está de buen talante.

Sasuke asintió, de acuerdo con las palabras de Naruto, y se alegraba de haber apostado un guardia fuera del cuarto Green Lady. Sería indescriptible lo que podría haber hecho si despertaba para encontrar al arrogante herrero asomándose en su presente estado de ánimo.

—¡Estúpidos! Ya dije que puedo curarla —espetó el herrero.

Sasuke se tensó al instante.

—¿Dices que soy estúpido? —la voz de Naruto crujió con escepticismo—. No, ¡un estúpido es quien piensa hay una cura para un veneno como el Callabron!

—¿Te atreves a arriesgarte, Naruto? —preguntó el herrero fríamente.

—Permítele pasar —pidió Sasuke a través de la puerta cerrada.

Él oyó el sonido de espadas con una cuchillada metálica cuando los guardias separaron las hojas cruzadas que habían estado obstruyendo la entrada al cuarto Green Lady, y entonces Neji apareció en la puerta, llenando casi por completo el marco.

—Si vinieras aquí pensando jugar conmigo, Neji Hyūga, vete antes de que derrame tu sangre y la vea corriendo en mi suelo. Sería una distracción pequeña, pero me haría sentir mejor.

—¿Por qué la sostienes de esa manera? ¿Tan cerca, como si la amaras?

Sasuke apretó sus brazos alrededor de ella.

—Está muriendo.

—Pero apenas la conoces, hombre.

—No tengo ninguna razón por la que tenga sentido. Pero me niego a perderla.

—Ella es hermosa —ofreció Neji.

—He conocido a muchas mujeres hermosas.

—¿Ella es más hermosa que las otras?

—Ella es más que las otras —Sasuke acarició su mejilla suavemente contra su pelo. ¿Por qué has venido aquí?

—Oí que era Callabron. Yo puedo curarla.

—No pienses tentarme con quimeras, herrero. No me traigas esperanzas falsas o terminarás muriendo con ella.

—No pienses en tentarme con quimeras, Lord Sasuke —hizo eco tersamente Neji—. Además, digo la verdad sobre una cura.

Sasuke estudió al herrero un momento cuidadoso.

—¿Por qué harías eso, si puedes?

—Me beneficio totalmente, te lo aseguro —Neji se acercó a la cama y se sentó en el borde. Extendió su mano, entonces la detuvo en mitad del movimiento ante la mirada en el rostro de Sasuke —. No puedo sanarla sin tocarla, temible Sasuke.

—Te burlas de mí.

—Me burlo de todo. No lo tomes tan personalmente. Aunque en tu caso particular, significa bastante personalmente. Pero en esto, te ofrezco la verdad. Yo tengo la cura.

Sasuke resopló y apretó sus brazos protectoramente sobre su esposa.

—¿Cómo puede pasar que un simple herrero tenga el conocimiento de una cura inestimable?

—Pierdes el tiempo haciendo preguntas mientras la señora muere.

—Dámelo entonces, herrero.

—Oh, no. No tan fácilmente.

—¿Ahora quién está perdiendo el tiempo? Yo quiero la cura. Dámela y vete, si realmente la tienes.

—Un don por un don —dijo Neji rotundamente.

Sasuke había sabido que eso vendría. El hombre quería a su esposa.

—Hijo de perra. ¿Qué quieres?

Neji sonrió abierta, pícaramente.

—Tu esposa. La salvaré. Y la tendré.

Sasuke cerró los ojos. Debía haber disparado al herrero bastardo cuando había tenido la oportunidad. ¿Dónde infiernos estaba el Rom, sin embargo? Ellos debían haber estado en ese momento en Dalkeith.

El herrero podría sanar a su esposa, o eso decía.

El Rom podría no saber nada.

Y todo lo que el herrero quería a cambio de salvar la vida de su esposa, era a su esposa.

Cada fibra en su cuerpo gritaba en desafío. ¿Confiar a esa mujer, dejar su cuerpo y su lujuriosa naturaleza a merced de otro hombre? Nunca. Sasuke forzó a sus ojos a abrirse y miró fijamente al hombre llamado Neji. ¿Permitir a ese arrogante, soberbio bastardo de herrero levantar su cuerpo sobre su esposa y capturar sus gemidos de placer en sus labios? Los labios del herrero aún ahora estaban encorvados en una sonrisa cruel mientras saboreaba la guerra emprendida dentro de Sasuke.

Sasuke controló su cara para demostrar una calma impasible. Nunca traiciones tus sentimientos reales. Nunca les permitas ver lo que estás pensando cuando te hieren en lo más profundo. Qué bien había aprendido esa lección del Rey James.

Sin embargo, aún así, cualquier cosa para que ella pudiera vivir.

—Una mujer no es un don a ser concedido. Yo te la daré si, y sólo si, ella te desea —dijo él finalmente. Si ella muriera, él la perdería. Si ella viviera, por el precio de salvarla, él la perdería también. Pero entonces de nuevo... quizá no. Incapaz de esconder la rabia que sabía debía estar ardiendo en sus ojos, él los cerró de nuevo.

—Hecho. Me la darás si ella me desea. Recuerda tus palabras, Lord Sasuke.

Sasuke se echó atrás.

Cuando abrió los ojos de nuevo, Neji estaba pasando una mano sobre el rostro de su esposa. El sudor brillaba en gotas transparentes sobre sus labios y su frente. La herida en su cuello estaba verde alrededor de su boca teñida de negro.

—Tócala, herrero, pero para nada más que curarla — advirtió Sasuke.

—Por ahora. Cuando ella se cure, la tocaré todo lo que ella quiera.

—"Ella quiera" es la palabra importante.

Neji puso su palma contra la mejilla de Sakura, estudiando intensamente la herida en su cuello.

—Necesito agua hirviendo, compresas y una docena de linos hervidos.

—Tráeme agua hirviendo, compresas y una docena de linos hervidos —rugió Sasuke a la puerta cerrada.

—Y te quiero fuera de este cuarto.

—No.

No había más finalidad en la muerte que en la negativa de Sasuke.

—Sales o ella muere —murmuró Neji, como si dijera meramente: Está lloviendo, ¿lo habías notado?

Sasuke no movió un músculo.

—Sasuke James Lyon Uchiha, ¿tienes alguna opción? —se preguntó Neji.

—Conoces todos mis nombres. ¿Cómo sabes tanto de mí?

—Mi trabajo es saber mucho de ti.

—¿Cómo sé que no le disparaste tú con algún veneno oscuro parecido al Callabron, y ahora estás falsificando una cura, todo simplemente para poder robarte a mi esposa?

—Absolutamente —Neji se encogió de hombros.

—¿Qué? —gruñó Sasuke.

Los ojos de Neji relucieron como las piedras duras.

—No lo sabes. Debes hacer una elección. ¿Puedes salvarla tú a estas alturas, Lord Sasuke? No lo creo. ¿Cuáles son tus opciones? Ella está muriendo por algo, es simple de ver. Piensas que es Callabron, pero no estás seguro. Cualquier cosa que sea, está matándola. Yo digo que puedo curarla y pedir un don a cambio. ¿Qué opción tienes, realmente? Dicen que tomas decisiones duras haciéndolas parecer fáciles. Dicen que eres un hombre que movería una montaña sin pestañear, si quisieras que esa montaña se moviera. Dicen que tienes un sentido infalible de justicia, lo bueno y lo malo, honor y compasión. Dicen, también... —Neji hizo una mueca ante eso—, que eres sumamente bueno entre las sábanas, o es lo que una mujer dijo, y me ofendió en grado sumo. De hecho, se dice demasiado sobre ti para mi gusto. Vine aquí para odiarte, Sasuke. Pero no vine para odiar a esta mujer que reclamas como tu esposa.

Neji y Sasuke se miraron fijamente, con violencia apenas contenida.

Sakura sollozó rígidamente y se estremeció en los brazos de Sasuke. Su cuerpo se convulsionó, después se tensó como si tirara rígido en un potro de tormento. Sasuke tragó duro. ¿Qué opción? No había ninguna opción, ninguna opción en absoluto.

—Cúrala —murmuró él a través de los dientes apretados.

—¿Concedes mi don? —preguntó el herrero.

—Como acordamos. Sólo si ella te escoge.

—No pondrás ninguna restricción cualquier oportunidad que ella escoja pasar conmigo. La cortejaré a partir de este día y no la advertirás sobre mí. Ella es libre de verme cuando quiera.

—Yo estoy cortejándola también.

—Ese es el juego, Sasuke —dijo Neji suavemente, y Sasuke entendió finalmente. El herrero no quería a su esposa entregada libremente. Él quería un concurso, una batalla por sus favores. Él quería un desafío abierto, y pensaba ganar.

—Lo odiarás cuando te la arrebate, temible Sasuke —prometió el herrero—. Cierra la puerta al salir.