CAPÍTULO 13
Sakura caminó inquieta, su mente en un torbellino. Su siesta breve a la luz del sol no había hecho nada para dispersar los pensamientos voluntariosos. A sus pensamientos les gustaba meditar en cuán capaz, por no mencionar cuán deseoso, estaba Sasuke de proporcionar bebés para llenar esa maldita guardería.
Instintivamente evitó ir al extremo norte de la muralla, sin ánimos para confrontar al herrero y esas imágenes enervantes, que todavía fermentaban en su mente, de cuando había estado enferma.
Hacia el sur se desvió, atraída por la visión de sol fuera de un tejado de vidrio y una curiosidad profunda como un lago. Ésas no eran personas bárbaras, meditó. Y si no equivocaba su suposición, estaba paseando hacia un invernáculo. Cuán brillante era la mente que había formado Dalkeith-Upon-the-Sea. Era impenetrable en el extremo oriental debido a los precipicios que presentaban una pura, inescalable caída al océano feroz. Entendiéndose por el norte, sur y este, el torreón mismo estaba encerrado entre paredes monstruosas, todas de setenta a ochenta pies de alto. Cuán extraño que la misma mente que había diseñado Dalkeith como una fortaleza, la hubiera hecho tan hermosa. La mente complicada de un hombre que preveía la necesidad de la guerra, y aún así saboreaba los momentos de paz.
Cuidado, ¿estás intrigada?
Cuando llegó al invernáculo, Sakura notó que estaba adherido a una torre de piedra redonda. Durante sus muchas horas de surfear en Internet, había buscado una y otra vez cosas medievales. ¿Los maullidos? Halcones. Allí se los mantenía y adiestraba para cazar.
Atraída por el señuelo de los animales y su perdido Moonshadow como un dolor en su pecho, Sakura se acercó al broch de piedra gris. ¿Qué habría querido decir Sasuke tratándola como a uno de sus halcones?, se preguntó. Bien, lo descubriría por sí misma, para saber qué evitar en el futuro.
Alto y completamente redondo, el broch tenía sólo una ventana, cubierta por una contraventana de pizarra. Algo sobre la oscuridad, recordó haber leído. Curiosa, se acercó a la puerta pesada y la empujó a un lado, cerrándola tras de sí para que ningún halcón se tentara de escapar. Ella no daría ninguna excusa a Sasuke para castigarla.
Despacio, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y pudo distinguir algunas perchas vacías en la luz oscura. Ah, no eran maullidos, ése debía ser el broch de entrenamiento. Sakura intentó recordar la manera en que los entrenadores antiguos entrenaban a sus pájaros para la caza.
El broch olía a lavanda y especias, el almizcle pesado del invernáculo penetraba las paredes de piedra. Era un lugar pacífico. Oh, cuán sencillamente podría acostumbrarse a nunca oír de nuevo la prisa del tráfico; nunca tener que mirar por encima de su hombro de nuevo; no ver Nueva Orleáns, y terminar con todas las huidas, los escondites y el temor.
Las paredes del broch eran frescas y limpias al tacto, nada como las paredes de piedra que la habían mantenido prisionera una vez en una celda, en la suciedad arenosa de una prisión de Nueva Orleáns.
Sakura se estremeció. Nunca olvidaría esa noche.
La pelea había empezado sobre, como todas las cosas, un viaje a Acapulco. Sakura no había querido ir. Sasori había insistido.
—Bien, entonces ven conmigo —había dicho ella. Él estaba demasiado ocupado, no podía hacerse de tiempo, había contestado.
—¿Qué tiene de bueno todo tu dinero si no puedes tomarte tiempo para disfrutar la vida? —había preguntado Sakura.
Sasori no había dicho una palabra, se las arregló simplemente con una mirada defraudada que la hizo sentir como una adolescente torpe, una huérfana tonta y no deseada.
—Bien, ¿por qué sigues enviándome sola en estas vacaciones? —preguntó la joven, intentando parecer madura y sofisticada, pero su pregunta acabó en una nota lastimera.
—¿Cuántas veces debo explicarte esto? Estoy intentando educarte, Sakura. Si piensas por un momento que será fácil para una huérfana que nunca ha estado en sociedad ser mi esposa, piénsalo de nuevo. Mi esposa debe cultivarse, ser mundana, europea.
—No me envíes de nuevo a París —había dicho Sakura apresuradamente—. Llovió durante semanas la vez pasada.
—No me interrumpas de nuevo, Sakura —su voz había sido tranquila; tan calmada y cuidadosamente moderada...
—¿No puedes venir conmigo sólo una vez?
—¡Sakura!
Sakura se había tensado, sintiéndose tonta e inadecuada, aunque sabía que no estaba siendo irrazonable. A veces se había sentido como si él no la quisiera alrededor, pero eso no tenía sentido: quería casarse con ella. Estaba preparándola para ser su esposa.
Aún así ella había tenido dudas...
Después de su último viaje a Río, había vuelto para tener noticias de sus viejos amigos de Blind Lemon, ya que Sasori no había sido visto en sus oficinas desde hacía tiempo, pero había sido visto en su deslumbrante Porsche con una morena igualmente deslumbrante. Una punzada de celos la había atravesado como un arpón.
—Además, he oído que no trabajas demasiado duro mientras yo no estoy —había murmurado ella.
La pelea había empezado entonces en serio, escalando hasta que Sasori hizo algo tan sorprendente y aterrador que Sakura huyó ciegamente en la humeante noche de Nueva Orleáns.
Él le pegó. Duro. Y, tomando ventaja de su aturdida pasividad, más de una vez. Llorando, ella se lanzó dentro del Mercedes que Sasori arrendara para ella.
Apretó el acelerador y el automóvil surgió hacia adelante. Condujo ciegamente, en piloto automático, las lágrimas teñidas de rimel manchando el traje de seda crema que Sasori había escogido para que llevara esa tarde.
Cuando la policía la persiguió declarando que había estado conduciendo a más de cien millas por hora, supo que estaban mintiendo. Eran amigos de Sasori. Él probablemente los había llamado en el momento en que ella había dejado su casa; sabía qué ruta siempre tomaba para regresar a su departamento.
Sakura permaneció fuera de su automóvil con los policías, su rostro machucado e inflamado, su labio sangrando, llorando y disculpándose en una voz que orillaba en la histeria.
No se le ocurrió hasta mucho después que ninguno de los policías le había preguntado ni una vez lo que le había pasado a su rostro. Habían interrogado a una mujer evidentemente golpeada sin mostrar una onza de preocupación.
Cuando la habían esposado, llevándola a la estación, y habían llamado a Sasori, no se había sorprendido en absoluto al verlos colgar el auricular, mirarla tristemente y encerrarla con llave en una celda.
Tres días que ella había pasado en ese lugar infernal, sólo para que Sasori pudiera demostrar su punto.
Aquella fue la noche en que ella había comprendido cuán peligroso realmente era.
En el fresco del broch, Sakura pasó sus brazos alrededor de sí misma, intentando exorcizar los fantasmas de un hombre desesperadamente guapo llamado Sasori Akasuna y la joven y tonta mujer que se había consumido solitariamente, escondiendo su vida en un orfanato. Qué presa fácil había sido. ¿Has visto a la pequeña huérfana Sakura? La pequeña estúpida de Sasori. ¿Dónde había oído esas palabras burlonas? En el yate de Rupert, cuando pensaban que ella había bajado por más bebidas. Se estremeció violentamente. Nunca seré de nuevo la marioneta de un hombre.
—Nunca —se juró alto. Agitó su cabeza para menguar la marea dolorosa de recuerdos.
La puerta se abrió y admitió una guadaña ancha de luz del sol brillante. Entonces se cerró de nuevo y la oscuridad reinó absolutamente.
Sakura se tensó, girando sobre sí misma, y obligando a su corazón a refrenarse. Había estado allí antes. Escondiéndose, esperando, demasiado aterrada para siquiera hacer una respiración por el miedo de alertar al cazador de su situación exacta. ¡Correría y se escondería! Pero no había habido ningún santuario. No hasta las calles de oscuridad que ella encontró finalmente en Seattle, y había habido una eternidad de infiernos oscuros bajo cada camino tortuoso entre Nueva Orleáns y el asilo del Noroeste del Pacífico.
Los recuerdos amargos amenazaron atraparla cuando un ronco canturreo rompió el silencio.
¿Sasuke? ¿Cantando? ¿Un arrullo?
Retumbaron las palabras en gaélico grave y profundo; ¿por qué no había sospechado ella que él tendría una voz como un rico butterscotch? Él ronroneaba al hablar; podría seducir a la Madre Abadesa del Sagrado Corazón cuando cantaba.
—Curioso, ¿no es verdad? Veo que viniste por tu propia voluntad —Su acento rodó a través del broch cuando terminó el estribillo.
—¿Venido dónde? —preguntó ella insolentemente.
—A ser entrenada para mi mano. —Su voz parecía divertida, y ella oyó el susurro de su kilt cuando entró en la negra oscuridad.
Ella no se dignaría a contestar.
Una pausa larga, otro susurro, entonces:
—¿Sabes qué cualidades debe poseer un halconero, mi corazón?
—¿Cuáles? —refunfuñó la muchacha a pesar de sí misma y se movió lentamente hacia atrás. Ella estiró sus manos como una pequeña antena provisional en la oscuridad.
—Es una posición exigente. Pocos hombres pueden ser halconeros de calidad si no poseen el temperamento. Un halconero debe ser un hombre de paciencia infinita, oído agudo y visión única. Poseído de un espíritu atrevido, y una tierna pero poderosa mano. Constantemente debe armonizarlos con sus cantos. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué? —susurró ella.
—Porque los halcones son criaturas muy sensibles y excitables, mi corazón. Son conocidos por padecer dolores de cabeza y toda clase de dolencias humanas, tan sensibles son. Su sensibilidad extrema las hace las más finas y exitosas de las cazadoras de todos los tiempos, aunque puede hacerlas también las más exigentes. Y el haggard... ah, mi dulzura, el haggard es el más puro desafío de todos. Y por lejos el más recompensado.
Ella no preguntaría lo que era un haggard.
—¿'Qué es un haggard', preguntas profundamente en esa alma terca y silenciosa, mi corazón? —Él rió exquisitamente e hizo eco en las paredes de piedra del broch repentinamente balsámico.
—Deja de llamarme 'mi corazón' —murmuró ella cuando se movió hacia atrás oh, tan cautamente. Tenía que encontrar una pared. El broch era redondo, por lo que una pared garantizaría una puerta en algún punto. Podría haber sido ciega en esa oscuridad abismal.
Oyó sus pisadas en el suelo de piedra. Santo cielo, ¿cómo podía verla él? ¡Pero estaba dirigiéndose directamente hacia ella! La muchacha retrocedió despacio, silenciosamente.
—No soy ningún extraño para la oscuridad, chica — advirtió Sasuke—. Te encontraré. Soy el mejor de los halconeros.
Ella no dijo nada, no hizo ningún sonido.
—Un haggard es un halcón salvaje, maduro —continuó él, la indirecta de una sonrisa en su voz—. Normalmente un halconero es renuente a asumir el desafío de entrenar uno, pero a veces, en una luna verdaderamente rara como la luna de cosecha que nosotros tuvimos la última tarde, el halconero descubre un pájaro de tal brillo, tal magnificencia, que lanza toda cautela a un lado y atrapa el haggard, jurando ligarlo a él. Jurando hacerlo olvidar todo su pasado salvaje —en la oscuridad o en la luz— y el ave brinda libremente su futuro a su halconero.
Ella no debía contestarle; él seguiría su voz.
—Mi dulce halcón, ¿te digo cómo domaré mi nuevo haggard?
Silencio absoluto. Estaban rodeándose en la oscuridad como animales cautos.
—Primero cegaré a mi dama, que es privarla de visión con una capucha de seda negra.
Sakura sofocó un jadeo indignado en su mano temblorosa. Los pliegues de su vestido susurraron cuando se apartó rápidamente.
—Entonces embotaré sus garras.
Un guijarro rodó por el suelo un poco más lejos. Ella retrocedió sobre sus pasos, asiendo sus faldas para mantenerlas silenciosas.
—Ato jesses, campanillas delicadas a sus tobillos para que pueda ser consciente de
cada movimiento suyo, porque yo también estoy en la oscuridad.
Ella suspiró trabajosamente —casi un resuello—; entonces se maldijo por haberse equivocado y saber que él rastrearía su jadeo traidor. Sabía que su estrategia era seguir hablando hasta provocarla lo suficiente para revelarse a sí misma. ¿Y entonces qué? Aunque no estuviera dispuesta a ayudarlo, sí se preguntaba lo que sucedería. ¿Le haría el amor Sasuke allí y entonces en la oscuridad del broch? Un escalofrío la atravesó, y no estaba segura de que fuera miedo. No estaba segura en absoluto.
—Entonces le pongo una correa para atarla a su percha, hasta que ya no necesite atarla. Hasta que ella se ate por propia voluntad. Y la mejor parte, el proceso largo, lento, de amoldarla a mí. Le cantaré la misma canción dulce hasta que se acostumbre al sonido de mi voz y solamente de la mía...
Y su voz rica empezó ese mismo canturreo ronco de arrullo, fundiendo su voluntad.
Sakura caminó lentamente hacia atrás; sentía la brisa de él pasando cerca de ella, a pulgadas solamente. ¿Dónde estaba esa pared?
Casi gritó cuando él la encontró en la oscuridad, debatiéndose un largo momento contra su dominio de hierro. Su respiración abanicó su rostro y ella luchó contra su sujeción.
—Cálmate, dulce halcón. No te dañaré. Nunca —susurró él roncamente.
Sakura sentía el calor de sus muslos que quemaban a través de su vestido mañanero de tenue seda. Fue envuelta por el olor temerario de almizcle y hombre. Oh, hombre apuesto, ¿por qué no te conocí antes de que mi última ilusión se estrellara? ¿Por qué no te encontré cuando todavía creía?, se lamentó. Luchó contra sus brazos que la ciñeron, acunándola.
—¡Déjame ir!
Sasuke ignoró sus protestas y la acercó más en el acero de su abrazo.
—Sí, tendré que tenerte cegada simplemente. O quizás ligar tus manos y encapuchar tus ojos con seda, y posarte en mi cama, desnuda y abierta a las puras sensaciones hasta que te acostumbres a mi tacto. ¿Te domaría eso, dulce halcón? ¿Podrías aprender a amar mi tacto? ¿Pedirlo como yo te lo pido?
Sakura tragó convulsivamente.
—Un halcón debe cortejarse con amor implacable y áspero. Llevándose su luz, cegándolo, aprende a entender con sus otros sentidos. Sentidos que no mienten. El halcón es una criatura sabia, cree en lo que puede sentir, lo que puede contener su garra o su pico. Toca, olfatea y oye. Devolviéndole la vista y la libertad despacio, se liga a la mano que restaura esas cosas para él. Si no confía en su amo y no le concede lealtad absoluta al final de su entrenamiento, busca huir a cada oportunidad —Él hizo una pausa, sus labios a un suspiró escaso de los suyos—. Ninguno de mis halcones ha volado de mi mano alguna vez sin volver —advirtió él.
—Yo no soy un pájaro tonto.
—No, tonto no, pero el más fino. Un halcón es el único pájaro que puede emparejarse con otro halcón para el vuelo, exactitud, y velocidad. Para no mencionar la fuerza del corazón.
Ella se había perdido en el momento que él había empezado a cantar. Y no protestó más cuando sus labios acariciaron los suyos ligeramente. Ni hizo un reproche en el siguiente momento, cuando las manos de Sasuke en su cuerpo se tornaron duras, calientes y exigentes. Complaciendo. Reclamando.
—¿Volarías para mí, dulce halcón? Yo te llevaré más alto de lo que has estado alguna vez. Te enseñaré a remontar alturas que sólo has soñado que existían —prometió él cuando esparció besos por su mandíbula, su nariz, sus párpados. Sus manos acunaron su quijada en la oscuridad y sintieron cada curva, cada plano y hondonada de seda de su rostro y garganta con sus manos, memorizando los matices.
—Siénteme, chica. ¡Siente lo que me haces! —Él apretó su cuerpo contra el suyo y meció sus caderas, asegurándose de que ella sentía la masculinidad hinchada que se levantaba bajo su kilt e incitaba el interior de los muslos femeninos.
Y allí estaba la pared; había estado justo a su espalda todo el tiempo. Piedra fresca en su espalda y el infierno de Sasuke al frente, quemándola a través de su vestido. Ella levantó sus manos para abofetearlo, pero él las recogió y las fijó sobre su cabeza, contra la pared. Sus dedos fuertes extendieron su autoridad, retorcieron y acariciaron sus manos. Palma contra palma, aplastados contra la piedra. Y una de sus manos cerró los ojos de Sakura suavemente.
—Mi dulce halcón —suspiró él contra su cuello—. Lucha cuanto quieras, no servirá de nada. He puesto mis ojos en ti, y ésta es la primera vez que estás cegada. En esta oscuridad, aprenderás a conocer mis manos cuando toquen cada pulgada de seda de tu cuerpo. No tomaré de ti más que eso. Simplemente que sientas mi tacto, no necesitas incluso ver mi rostro. Seré paciente mientras te haces dócil a mis manos.
Su otra mano era fuego líquido, resbalando su vestido hacia arriba y por encima de sus muslos y ¡oh...! Ella no había tenido la más mínima idea de dónde buscar ropa interior esa mañana. Su mano, su mano fuerte, hermosa, estaba amasando sus muslos, empujándolos suavemente para apartarlos y deslizar el calor de su pierna musculosa entre ellos. Él ronroneó, un gruñido ronco de triunfo masculino, cuando sintió la humedad traidora entre sus muslos. Sakura se ruborizó furiosamente; a pesar de sus intenciones, sus manos temblaron a descansar en sus hombros, entonces se hundieron profundamente en su pelo suave, grueso. Sus rodillas, ya débiles, se sintieron flácidas cuando él apartó el corpiño de su vestido a un lado y dejó caer su cabeza sobre sus pechos, lamiendo y rozando las cimas endurecidas con su lengua, después con sus dientes. Apenas advirtió cuando él empujó su kilt; pero notó definitivamente cuando su excitación dura, caliente, pesada, se apretó contra su muslo. Sakura hizo un sonido gutural: medio gimoteo, medio súplica. ¿Cómo le había hecho él eso? Solamente tocándola, Sasuke había conseguido de algún modo desenredar cada onza de resistencia que había tejido tan cuidadosamente como una capa protectora.
¡Nunca había sido así con Sasori! Su mente huyó de su cuerpo y ella se aferró a la mano que estaba cegándola. La mano que había negado su vista y ella saboreaba con sus labios; volvió su cabeza para coger un dedo con su lengua. Sakura casi gritó cuando él tomó ese mismo dedo y lo puso dentro del calor ardiente entre sus piernas.
—Vuela para mí, dulce halcón —la instó, sosteniendo uno de sus pechos pesados con su mano y lamiendo su cima endurecida. La provocó implacablemente y la apretó con suavidad, tocándola por todas partes.
Sus labios volvieron para reclamar los suyos con desesperación, un hambre demasiado largamente negada. Un hambre que nunca podría saciarse. Su beso fue largo, duro, castigador, y ella se deleitó en sus demandas tácitas. Un gimoteo se le escapó cuando la yema de su dedo pulgar encontró el trozo diminuto de calor anidado entre sus pliegues húmedos, y la cabeza de Sakura se dejó caer hacia atrás cuando una ola floreció lanzándola alto y más alto. Rindiéndose a sus dedos, su lengua y sus labios, ella sacrificó el último vestigio de su contención.
—Sakura —susurró él roncamente—, eres tan hermosa, tan dulce. Deséame, chica. Necesítame como yo te necesito.
Ella sentía el calor de un lugar sin nombre que nunca le habían enseñado, atrayéndola más profundo.
Sakura se esforzó por decir las palabras que sabía debía decir. La palabra que sabía la librarían. Ese seductor legendario de mujeres... ¡oh, cuán fácil era entender cómo esas legiones habían sucumbido ante él! Era tan bueno en eso. Casi la había hecho creer que era por ella y sólo por ella que estaba ansioso. Casi una estúpida de nuevo.
Pero por eso era por lo que los llamaban pícaros. Lotharios. Don Juanes. Aplicaban la misma habilidad y determinación implacable a la seducción que la que aplicaban al arte de la guerra, a las conquistas de cualquier clase.
Resucitando los jirones de sus defensas, ella endureció su voluntad contra sus avances.
Sasuke en cambio estaba perdido. Perdido como había estado desde el momento en que había puesto sus ojos en esa mujer fascinante. No importaba que sus imaginaciones extrañas surgieran de algún pasado secreto y terrible, él descubriría una manera de borrar todos sus miedos. Las cosas que Naruto le había dicho no significaban nada. Con amor, él podría superar cualquier obstáculo a tiempo. Ella sería su dama halcón, ahora y para siempre. La acaparó rindiéndose a sus manos, saboreado con la delicadeza más rara la miel dulce de sus labios, temblando ante el pensamiento de que ella sintiera por él lo que él sentía por ella. Con ella, nunca estaría como había estado antes, vacío y hundido.
No, con esa chica él derrotaría a la vida. Ella no veía la belleza que las otras mujeres habían adorado. Esa chica poseía sus propios secretos. Sus propios horrores. Sus propias profundidades. Todo en una, una mujer singular, de hecho. Él estaba hundiéndose, hundiéndose en sus profundidades... el beso se ahondó ferozmente y sintió que los dientes de Sakura rozaban su labio inferior. Lo enloqueció más allá de todo control.
—¡Oh! —suspiró ella, cuando él mordió suavemente el cuello de seda.
Animado por su éxito, él suspiró sus primeras palabras tentativas. Necesitaba decírselas; necesitaba que ella entendiera que ese no era ningún juego. Que nunca en su vida se había sentido de esa manera, y nunca lo haría de nuevo. Ella era lo que había estado esperando todos esos años, la única que completaría su corazón.
—Saku, mi corazón, mi amor, yo...
—¡Oh, calla, Neji! No hay necesidad de palabras —Ella apretó sus labios contra los suyos para imponerle silencio.
Sasuke se tensó, rígido como un glaciar ártico y completamente frío.
Con los labios de él todavía contra los suyos, el corazón de Sakura gritó en agonía. Pero, ¿cuánto peor gritaría si se volvía una marioneta de nuevo?
Las manos de Sasuke se clavaron cruelmente en sus costados. Le dejaría cardenales que durarían días. Despacio, muy despacio, uno por uno, sacó sus dedos de ella.
¡Ella había dicho su nombre!
—La siguiente vez que digas el nombre de Neji, chica, dejaré de pedir lo que ya poseo y simplemente lo tomaré. Pareces olvidar que me perteneces. No hay necesidad de seducirte cuando podría sencillamente llevarte a mi cama. La opción es tuya, Sakura. Ya te lo advertí: escoge sabiamente.
Sasuke abandonó el broch sin otra palabra, dejando a Sakura sola en la oscuridad.
Sakura debía haber sentido apetito. Había pasado el resto del día, después del incidente con Sasuke, vagando por cada pulgada de la muralla. ¿No iba ese día a acabar nunca?, se preguntó. Debía de haber paseado veinte millas, por lo que debía haber quemado algo de su frustración. Incluso sus guardias habían parecido un poco picados cuando ella consintió en volver al castillo encontrando al propio y valiente Sasuke finalmente.
La cena ofreció una suave y espesa sopa de patatas con queso fundido y condimentado con cinco pimientas; un delicado pez blanco cocido al vapor sobre fuego en aceite de oliva, guarnecido con un cangrejo mantecoso; espárragos crocantes a la perfección; salchichas gordas y panes crespos; budines y frutas; tartas de limón y pastel de arándanos. Sakura no podía comer ni un poquito.
La cena era horrible.
Si hubiera mirado una vez más y descubierto la mirada letal que Sasuke le había lanzado, la mujer se habría llevado un puño a la boca para impedirse gritar.
Sakura suspiró profundamente cuando hizo pasear la cuchara en la sopa que todos los demás parecían estar saboreando. La empujó, la revolvió, quebró el queso fundido. Estaba reestructurando sus espárragos diligentemente en pequeñas pilas cuando Sasuke finalmente habló.
—Si vas jugar con tu comida, Sakura, podrías dársela a alguien que tiene de verdad hambre.
—¿Como tú, mi señor? —Sakura sonrió dulcemente al plato de Sasuke, que también estaba lleno de comida intacta.
Su boca se apretó en una línea austera.
—¿La comida no es de tu gusto, Sakura, querida? —preguntó Mikoto.
—Es maravillosa. Supongo que todavía no he recuperado el apetito —empezó la joven.
Mikoto se levantó de un salto.
—Quizás todavía deberías estar descansando, Sakura —exclamó, disparando una mirada acusadora a su hijo. Sasuke rodó los ojos y se negó a involucrarse.
—Oh, no, Mikoto —Sakura protestó rápidamente—. Estoy totalmente recuperada —De ninguna manera iba a regresar al cuarto Green Lady y jugar a la inválida. Demasiados recuerdos extraños había allí. Esa noche planeaba encontrar un nuevo cuarto para dormir; no había escasez de ellos ciertamente en ese sólido castillo. Estaba esperando explorar el lugar más allá y seleccionar un cuarto para sí misma—. Realmente estoy bien. Creo que comí demasiado en el almuerzo.
—No tomaste el almuerzo —dijo Sasuke rotundamente.
—Oh, ¿y quién eres tú para saberlo? —replicó ella—. Quizá lo comí en la cocina.
—No lo hiciste —agregó Kagami servicialmente—. Estuve todo el día en la cocina, diré. Olvidarte de comer es lo que hiciste, milady. Una vez o dos yo he hecho lo mismo, diré, y más hambriento me puse, o al menos sentí más hambre. Así que deberías comer mejor, milady. ¡Necesitarás tu fuerza de nuevo y yo diré que más aún! —Una inclinación enfática de su cabeza alegre determinó su decreto.
Sakura miró fijamente su plato, un rubor rebelde coloreando sus mejillas.
Mikoto observó a Kagami cuando se puso de pie protectoramente al lado de la silla de Sakura.
—Encuentro que tampoco tengo mucha hambre —dijo Mikoto—. ¿Qué dices si tú y yo damos un paseo en los jardines?
—¿Con la fuerza bruta arrastrándose detrás? —murmuró Sakura, mirando a Sasuke bajo las pestañas bajadas.
—...mientras mi hijo saca algunos granos de la despensa y nos prepara una buena taza de café a nuestro retorno—continuó Mikoto, balanceando en el aire el cebo como si no hubiera sido interrumpida.
Sakura se levantó de un salto. Cualquier cosa para escapar de sus ojos, y café para reanimarse.
La traición brilló entonces en los ojos de Sasuke.
Mikoto tomó a Sakura de la mano y empezó a llevarla a los jardines.
—Prepararé el café, madre —dijo Sasuke a sus espaldas—. Pero haré que Maery lleve las cosas de Sakura al Cuarto del Pavo Real.
Mikoto se detuvo. La mano que sostenía la de Sakura se apretó casi imperceptiblemente.
—¿Estás lo bastante seguro, Sasuke? —preguntó tensamente.
—La oíste. Ella está completamente recuperada. Es mi esposa. ¿Qué lugar mejor para protegerla?
—Muy bien.
—¿Dónde está el Cuarto del Pavo Real? —Sakura giró sobre sus talones para enfrentarlo.
—En el tercer piso.
—¿Lo tendré para mí misma?
—Completamente, mientras yo no lo use. Son las cámaras del laird.
—No dormiré contigo.
—No recuerdo haberte preguntado.
—Tú, sobrecrecido asno arrogante, presumido...
—Realmente, Sakura, mi hijo no es ninguna de esas cosas —reprendió Mikoto.
—Nada personal contigo, Mikoto. Me gustas realmente—dijo Sakura educadamente. La cortesía terminó abruptamente cuando miró a Sasuke—. ¡Pero yo no compartiré tu cama!
—Realmente no es un tema para discutir en la mesa de la cena, diré —opinó Kagami, rascando su cabeza, el rubor enrojeciendo sus mejillas.
Sasuke se rió y el retumbo oscuro vibró a través del cuerpo de Sakura, dejando sus pezones erectos y su corazón martilleante.
—Esposa, compartirás mi cuarto esta noche aún si debo atarte y llevarte allí. Puedes sufrir esa humillación o puedes ir con tus propios pies de buena gana. No me importa demasiado cómo llegas allí. Simplemente llega allí.
Amotinando su pecho, amenazando robar sus sentidos... Oscuramente oyó la puerta detrás de ella abrirse y cerrarse, y sintió el olor de un perfume empalagoso que revolvió su estómago. Cualquiera fuera ese olor, le recordó el orfanato; de áticos y polillas y los días en que las monjas hacían la friega de los suelos y desempolvaban el mobiliario oscuro.
—¡Cariño! —vino el suspiro de deleite femenino desde detrás de ella. La mano de Mikoto se apretó dolorosamente en la suya.
—Suiren Dumont —murmuró casi sin respirar—. ¡Santo Cielo! Dudo que este día termine cuerda.
—¿Suiren? —se hizo eco Sakura, sus ojos volando hacia Sasuke.
Suiren, Sasuke pensó tenebrosamente. Este día estaba transformándose rápidamente de malo en peor. Se negó a encontrar la mirada interrogadora de Sakura. ¿Cómo te atrevía ella a llamarlo Neji mientras le hacía el amor y entonces preguntar por otra mujer? No tenía ningún derecho. No después de que ella hubiera dicho ese nombre.
La furia lo consumía cada vez que pensaba en eso.
Neji.
Las imágenes de sus manos separando la carne del herrero de sus huesos lo confortaron por un momento.
Entonces la desolación lo agobió. Ahora tenía dos problemas: ¿Cómo iba él a hacer a Sakura desearlo? ¿Y qué iba a hacer con Suiren?
¿Juntar a Suiren con el herrero?
Eso trajo una sonrisa a su cara, la primera en mucho tiempo.
Y naturalmente, Sakura lo entendió mal y pensó que su sonrisa estaba dedicada a Suiren, tal como lo pensó la misma Suiren. Como, parecía, había hecho su madre, que frunció el ceño. Naruto maldijo suavemente tras un suspiro. Kagami agitó su cabeza, murmuró un juramento acalorado, y se alejó silenciosamente de la mesa de repente demasiado llena.
—Suiren —Sasuke inclinó su cabeza—. ¿Qué te trae a Dalkeith?
—¿Por qué, Sasuke —Suiren ronroneó— necesitas preguntar? Te he extrañado en la corte. Has estado lejos de mi... lado... demasiado tiempo. Conjeturé que simplemente tenía que venir a buscarte por mí misma si te necesitaba. Por lo que —ella terminó con una vibración de pestañas y una ostentosa mirada de ven aquí— aquí estoy.
Sasuke comprendió tardíamente que había hecho una pregunta tonta con Sakura mirando fijamente a Suiren con una mirada helada. Sasuke sabía por experiencia que Suiren podía contestar cualquier pregunta —no importaba cuán inocente— con una indirecta cargada, pero había desterrado todos sus recuerdos desagradables de sus ridiculeces en el momento en que había vuelto a Dalkeith. Se le ocurrió que haría bien en resucitar esos recuerdos rápidamente. Sería imprudente olvidarse de la propensión de Suiren para los conflictos; el áspid estaba ahora en su nido.
La respiración de Suiren se detuvo audiblemente cuando miró fijamente a Sakura.
—Saludos, Suiren. ¿Has venido a hablar con mi marido?
Momentáneamente libre de la mirada colérica de Sakura, Sasuke se irguió. Marido, había dicho. Y lo había dicho posesivamente. Quizá había, después de todo, alguna esperanza.
—Hemos hablado realmente un idioma común en el pasado —pronunció Suiren con lentitud—. Una clase de comunicación sin palabras, si entiendes el significado. Simplemente el tipo de charla que a Sasuke se le da mejor.
—Ponla entonces en el Cuarto del Pavo Real a ella —espetó Sakura por encima de su hombro cuando arrastró a Mikoto por la puerta y la cerró de golpe detrás de ellas.
